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martes, 6 de mayo de 2008

Pop progresivo: Kevin Ayers


Está reciente en las tiendas The Unfairground (2007), el último disco de Kevin Ayers, bajista y cantante en su día de Soft Machine, acogido desde hace años al sol de nuestras islas y hoy residente en el sur de Francia. Como otros compositores de música pop que se mantienen en activo a edad respetable, Ayers se enfrenta al dilema de seguir haciendo música adolescente (a Brian Wilson le va de miedo reviviendo, y en buena hora, esos laureles) o utilizar la paleta del pop para hablar de temas 'adultos': el acelerón del tiempo, la pérdida de las ilusiones, los reproches que envenenan amistades casi-centenarias. Si lo primero obliga al artista a ponerse una máscara (inolvidable la estampa del provecto Angus Young, de AC/DC, con sus pantalones cortos de colegial), lo segundo pone a prueba la elasticidad de la música pop, y amenaza acabar sonando como un pianillo de juguete en el que alguien se obstina en tocar a Béla Bartók.

Ayers sale, me parece, con bien de la prueba, como Dylan y pocos más. A la pose del de Minessotta, siempre apocalíptico y agrio, se podría decir que la vejez le añade peso y credibilidad. En el caso de Ayers, querubín travieso, la elegancia le permite hablar de miserias trágicas con la misma distancia cool con que antaño nos contaba cuentos de hadas lisérgicos o deslumbres eróticos caribeños.

Como Youtube guarda silencio sobre el disco nuevo, me apetece recordar a Ayers con uno de los deslumbres en cuestión, que debe ser también su único videoclip, o casi. 1973: La Luna Caribeña.


jueves, 19 de abril de 2007

Retorno a los columpios



She's got a feeling for the Spring.
I`ve got another song to sing.

Girl on a swing.
Girl on a swing.
Girl on a swing,
0n a swing
Such a pretty thing.

She`s not a victim of despair,
She`s just a feeling in the air.

Girl on a swing,
Girl on a swing,
Girl on a swing,
0n a swing
Such a pretty thing.

She sways, silently she sings.
Her song gives my body wings.

Girl on a swing,
Girl on a swing,
Girl on a swing,
0n a swing
Such a pretty thing

(Kevin Ayers)



*

Se vuelve de otro modo (lo mismo que al aula), pero se vuelve, de la mano de un niño muerto de amor y de miedo, que no quiere subir a los columpios ni trepar a lo alto del tobogán, pero se queda hipnotizado observándolas —ese ir y venir que se lleva el sentido en cada vuelo.

*

Vuelve el columpio
vacío:
en el cielo,
otro angelito.

(Isabel Escudero)


lunes, 12 de febrero de 2007

Canción para tiempos enloquecidos


Juegos de interior: una fiesta memorable en la isla, con música y disfraces. Kevin Ayers puede ser el anfitrión, pero hace tiempo que no sabe dónde irá a parar esto, así que se sienta en buena compañía y disfruta. Si habéis estado allí, sabéis que uno puede llegar a ese punto en que se sienta en una escalera y observa cómo gira el mundo, la vida, como un niño despierto que ve jugar a otros niños, sonámbulos. Los defectos personales son abrumadoramente visibles, pero mientras uno siga inmóvil parece que todo esté a la distancia justa en que hasta la traición tiene su gracia. Componer la canción es eternizar ese rellano desde el que uno tararea lo que ve en elegante punto muerto. Se sabe que hay un fin, pero todo fluye más bien en un fundido, sin pelos en la estructura, que es sólo una sucesión de maravillosas ocurrencias. Arregladas así, las canciones están llenas de recovecos cómplices, digos y diegos, pulsos que se aceleran y remansan, llegando a tiempo en el último milagro. La psicodelia era eso: el alma en casa, en ropa interior, oscilando entre el cielo de la música y el pozo ciego del retrete. Nos han invadido. Mezclémonos con agua y tal vez nadie lo note.

La gente dice
que quiere ser libre,
le miran
y me miran
pero es a ellos mismos
a quien desean ver
y todos lo saben.

Hablamos
durante toda la noche
y conectamos,
estamos convencidos
de que le oímos cantar su canción,
contándonos que queda
trabajo por hacer
y todos entonamos
el estribillo de I am the Walrus.

Disneylandia ha llegado a la ciudad,
todos se han vestido y andan por ahí,
Alicia lleva puesta su túnica más sexy,
pero no quiere que la mires.

La gente guapa hace cola para ahogarse,
esperan que el socorrista se ponga su corona,
pero él está ocupado
en la otra punta de la ciudad,
intentando charlar con el espejo.

El científico habla y sabe lo que dice,
se sienta en el suelo y tiene hermosos sueños,
de repente le da un bajón
una mujer que chilla,
pero él sabe bien que no es más que un disco,
no señor.

Su nueva chica deja
de alimentar las hormigas
y le echa un ojo a sus calzoncillos infecciosos,
aún sabe cómo hacerle bailar
y olvidarse (qué camelo)
de eso de emanciparse.

Y tú y yo
nos sentamos y tarareamos,
sabemos que algo tiene que venir
a mover nuestro culo infinito,
seguramente hay uno en el baño
o incluso en el vestíbulo.
No tengo más idea
que tú,
lo cierto es que no tengo la más mínima.



miércoles, 25 de octubre de 2006

¿Te importa...

...que me siente a mirarte un rato? Lo llaman decadencia, pero es voluptuosidad. No hay que recurrir a civilizaciones viejas y enfermas, que suelen, de hecho, ser nidos de dolor. Ajeno a la Historia, cualquier gato nos da lecciones de lo que importa mientras ronronea hecho un ovillo o sale volando tras la cosa cualquiera. Así este joven Kevin Ayers del 70, con un Mike Oldfield más joven aún al bajo.