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viernes, 8 de junio de 2007

Te la picas


Aquí lo dicen así. Nosotros, allá, decíamos que el infortunado se la ligaba (quizá, a veces, que se la pringaba o se la pochaba). La idea es siempre la misma, como sacada de alguno de esos manuales antañones sobre el origen de la tragedia griega. Para que haya juego, un actor debe separarse del coro y enfrentarse dialécticamente a él. La pérdida del uno es la ganancia del otro. En un instante, todos tus amigos han dejado de serlo y traman tu ruina: se mueven para escapar de ti, te citan y burlan como al toro, intentan alejarte del Eje del Universo (la Casa) para llegar allí a hurtadillas, sin que puedas evitarlo, y salvarse (es decir, condenarte durante una partida más). Convertido en un farmakós, un enemigo público, sólo podrás dejar de serlo cuando le traspases el cargo (tal enfermedad infecciosa) a alguno de los jugadores. Si el que se la pica es torpe (y nadie, rompiendo la solidaridad del coro, se compadece de su sufrimiento), puede seguir en su rol toda la mañana o tarde, cada vez más cabreado y mustio. El juego sólo es divertido si el toro puede vestirse, en la siguiente, de traje de luces.

sábado, 5 de mayo de 2007

Devociones: Tristan Tzara


De los vanguardistas de primeros del XX, tengo debilidad por Tristan Tzara, grandísimo publicista de la debacle. De él me gusta casi todo: que acabara editando a Villon, que le pusiera un -2 a Lenin y que escribiera cosas como ésta.

Échale un ojo al amable arte burgués: era un juego de baratijas, niños coleccionando palabras con un tilín al final; luego se ponían a gritar estrofas y le ponían zapatitos de muñeca a la estrofa y la estrofa se convertía en una reina para morir un poco y la reina se convertía en una zorrita y los niños corrían hasta que se quedaban todos verdes.

Luego llegaban los grandes embajadores del sentimiento y chillaban históricamente a coro psicología psicología jejeje Ciencia Ciencia Ciencia viva Francia No somos ingenuos Somos sucesivos Somos exclusivos No somos simples y somos todos muy capaces de discutir la inteligencia. Pero nosotros, Dadá, no somos de la misma opinión, pues el arte no es serio, os lo aseguro.

Por supuesto, Tzara se equivocaba en casi todo, pero a tiempo y con gracia. En estos días en que Carco pretende enterrar mayo, es un placer comprobar que primaveras más lejanas siguen tan ácidas como siempre.

miércoles, 2 de mayo de 2007

Los colores de mis botas


En un documental sobre el disco Sergeant Pepper, de los Beatles, contaba Phil Collins que los discos «conceptuales», tan denostados desde el 77, nacieron de la tentativa de llevarte a un determinado lugar a pasar algo más que unos minutos: toda una velada en la que pudieras sentirte, en vez de turista relámpago, explorador pausado de aquel espacio.

Pocos discos cumplen tan bien esa premisa como Un día en el parque, de Finis Africae (Grabaciones Accidentales, 1985). Cada disco de este grupo inclasificable se planteó como una expedición. En este caso, se trataba de capturar la magia del parque del Retiro, de Madrid. Como escribió Diego Manrique, lo que el disco nos ofrece es «el Retiro, retratado en diez polaroids sonoras, grabaciones de campo o sensaciones destiladas posteriormente en un magnetofón semiprofesional». Juan Alberto Arteche, líder de la formación, se explica en términos similares:
“Un día en el parque” es el segundo viaje iniciático del Finis Africae. Un viaje cercano, pués tan solo distaba 3 manzanas desde donde se grabó. Está dedicado a el famoso parque de El Retiro de Madrid, donde Arteche ha pasado gran parte de su vida junto a maravillosos recuerdos desde la niñez, donde cambiaba cromos con Pirulo, desde la casa de fieras o desde el Palacio de cristal, habían pasado noches de música y magia. Es toda una experiencia volver a escuchar este disco lleno de los rincones más entrañables del pulmón histórico de la ciudad.
Como las sensaciones del parque, las músicas del disco son muy variadas. Hay ecos de la música planeadora a lo Tangerine Dream (Doble reflejo de la luna en el agua), pero también esencias infrecuentísimas del Alfanhuí de Ferlosio, música de muñecos y guiñoles que sin embargo han leído a Marx (Alguien gritó a los pobres más pobres del mundo que se unieran —y los pobres más pobres del mundo se unieron para tocar el bombo). Mucho, claro, de eso que terminó deglutido como New Age, pero aquí sigue siendo más bien buena música de los 70, desprendiéndose para avanzar de sus galas más sospechosas.

La mirada de todo el disco es la de un niño. Quizá se note sobre todo en este tema: si no mal recuerdo, la canción la inventó la hija del propio Arteche, y éste la grabó en el terreno, saltando con sus amigas a la comba —y después le dio oportunas vueltas de tuerca en el estudio, con Javier Bergia, Luis Delgado y los otros cofrades. Caja de ritmos, sintetizador y armónica dan la señal de salida a este imposible tecno-pop infantil.

Rojo, amarillo, verde
son los colores de mis botas
Rosa, naranja, blanco
es el color de mi jersey.


jueves, 26 de abril de 2007

Jugar con los coches


Martes a jueves:
Mundo 3, Alejandro 1.

*

Dice el licenciado en underground que los dos grandes del pop español reciente son los Planetas y los Piratas. Los primeros me han gustado siempre, aunque su ruidismo melódico está a un tris del dolor de cabeza. A los segundos, manieristas, he tardado en cogerles el punto, pero quizá acaben siendo los más adictivos. Hacerse adulto es quedarse sin juguetes. Mi infancia ha sido tan larga / que nunca acaba de terminar / y sigo sin encontrar algo que me divierta de verdad / como jugar con los coches / o tirar piedras al cristal / de aquel portal que tú conoces...

domingo, 22 de abril de 2007

Jugando a las maquinitas


Otro que tuvo y retuvo —y acaso hasta mejoró: para mí que sus canciones le suenan mejor a él que al frívolo Daltrey.

La gestación de Pinball Wizard es curiosa: cuando tienen ya su opera-rock, Tommy, prácticamente concluida, invitan a Nik Cohn, periodista feroz y fan del grupo, a escuchar una primera versión del disco. Cohn les dice que será un gran logro y todo lo que quieran, pero que el rollo de Dios está más que pasado y en conjunto la obra resulta aburrida.

Mosqueado, Pete Townshend le dice que a lo mejor le interesaría más la historia si el protagonista, en vez de salir de su sordo-ceguera-mudez para convertirse en líder espiritual, invirtiera su talento en jugar al flipper. Cohn le responde que eso sí que sería interesante, y al poco Townshend le llama para escuchar Pinball Wizard.






sábado, 21 de abril de 2007

El tobogán


O sea, helter skelter, en inglés británico. No un tobogán cualquiera, sino uno en espiral que va rodeando una pequeña torre, a la que hay que escalar cada vez que uno quiere volver a tirarse.

El origen de la canción homónima de los Beatles es azaroso. Parece que Paul McCartney leyó una entrevista a Pete Townshed, de los Who, en la que éste presentaba su último single, I Can See For Miles, como la canción más ruidosa, cruda y sucia que hubieran grabado nunca. Sin conocer la de los Who, McCartney inventó una propia que se ajustara a la descripción —con tanto éxito que cuando escuchó la de Daltrey y compañía (excelente por otros méritos) le pareció muy poquita cosa.

El elemento siniestro, amenazador, de la canción se intensificó de forma impredecible cuando la canción llegó a Estados Unidos y Charles Manson, que al parecer no conocía el significado inglés de la expresión, interpretó la letra como una profecía de una inminente guerra racial en la que casi todos los blancuchos (pésimos bailarines) serían exterminados.

Aunque el hijo le salió farruco, McCartney sigue orgulloso de él. En los últimos tiempos, la ha interpretado a menudo en directo. (Y, perdónenme el tópico, quien tuvo retuvo. Ojo con él.)







viernes, 20 de abril de 2007

El balancín


Hay letras de canciones que no sabe uno. Esta del segundo disco de Pink Floyd, además de a cuento, viene a concurso. ¿Amor entre hermanos? ¿El balancín como símbolo? Y si lo es, ¿de qué?

El balancín
(Rick Wright)

Andan enamoradísimas las caléndulas,
pero a él, ni fu ni fa.
Levantando a su hermana,
se abre camino por la tierra o los mares.
Ella sube y él baja,
baja.

Se sienta en un trozo de madera
en el río,
se ríe mientras duerme.
Su hermana arroja piedras,
esperando acertar.
Él no lo sabe, así que
ella sube y él baja,
baja.

Otro tiempo, otro día,
cómo debe marcharse un hermano.
Otro tiempo, otro día.

Ella estará vendiendo flores
de plástico, un domingo por la tarde.
Recogiendo yerbas, no tiene tiempo
de preocuparse.
Todos pueden ver que él no está.
Ella crece para otro hombre
y él está abajo.

Otro tiempo, otro día,
cómo debe marcharse un hermano.
Otro tiempo, otro día.
Otro tiempo, otro día,
cómo debe marcharse un hermano.


jueves, 12 de abril de 2007

Simulacros II: jugando a los barquitos


Cuentan, pues, que Nectanebo, el último rey de Egipto, después del cual Egipto decayó de su anterior dignidad, dominaba todas las cosas con su poderío mágico. Todos los elementos cósmicos se sometían a él, a su palabra y, valiéndose de ese poder para someter a todos los pueblos por la magia, vivía en paz. Ya que si en alguna ocasión se lanzaba contra él cualquier potencia en son de guerra, no se apresuraba a equipar sus ejércitos, ni a montar sus ingenios bélicos, ni a disponer el armamento, ni a ejercitar a sus oficiales contra las formaciones enemigas, sino que tomaba un lebrillo y practicaba la lecanomancía. Echaba en el lebrillo agua de una fuente y con sus propias manos modelaba con cera barquitos y figurillas humanas y los ponía en el barreño. Él se revestía con una túnica de profeta y conservaba en la mano su báculo de ébano. Y puesto de pie invocaba a los supuestos dioses de los encantamientos, a los espíritus del aire y a las divinidades subterráneas, y a efectos de su conjuro cobraban vida las estatuillas humanas. De modo que entonces sumergía los barquitos en el lebrillo y, al momento de sumergirse éstos, los barcos de los enemigos que le atacaban por mar eran destruidos, gracias a lo muy hábil que era aquel hombre en los poderes mágicos. Así transcurría en paz su reinado.
(Pseudo Calístenes, Vida y hazañas de Alejandro de Macedonia, Madrid: Gredos, 1988, tr. de Carlos García Gual)

miércoles, 11 de abril de 2007

Simulacros I: metáfora del sacrificio


Muy bretoniano: la evocación de juegos me lleva a las muñecas, y sólo entonces me doy cuenta de la armonía entre los dos empeños. Jugar a las muñecas es jugar a los dobles.

Los shabti, ushabti o ushebti (tienen surtido en portada), en egipcio «los que responden» (los responsables; ¡los replicantes!) son muñecos, figuras humanas reducidas de cera, madera o piedra que se enterraban en las tumbas de reyes o nobles para que en el Más Allá, tras recitar el conjuro adecuado (capítulo sexto de El libro de los muertos), cobrasen vida y realizasen las tareas cotidianas o engorrosas en beneficio del difunto. Resulta tentador pensar en una evolución. Primero, se liquida literalmente a los sirvientes del difunto para que le acompañen y sigan sirviendo en la Trastienda; después, se transige con el cambiazo, la metáfora. Por mí y por todos mis compañeros — pero éstos son ya figuras, palabras.

*

Si en este caso la evolución del sacrificio humano al de muñecos es hipótesis, los hay más explícitos. Síganme y conoceremos a la romana Mania: una dama siniestra, madre o abuela de los Lares o, según otros de las Larvas (o Manias).

Como su genealogía, su nombre se presta a equívoco: no tiene relación con el griego Manía, «locura», sino con el adverbio mane, «por la mañana» (Mania sería entonces la que nace con el alba) —o tal vez con los Manes, «los Buenos» (por la misma maniobra preventiva por la que aquellas otras Erinias o Furias dieron, por antífrasis, en Euménides, «Benévolas»). Mania: «la matutina», «la buena». [En un segundo nivel, lo mismo: la mañana no es otra cosa que «la (parte) buena (del día)»].

Según un experto en imposibilidades (Marciano Capela, De nuptiis Philologiæ et Mercurii II 160-5), Mania vive en la región que se extiende entre la zona media del aire y los confines de la tierra y los montes, en compañía de los semidioses o héroes. Nos dice otro docto, Macrobio, que en época del rey etrusco Tarquinio el Soberbio, al llegar la fiesta de las Compitales se sacrificaban en las encrucijadas ciertos bebés para que Mania les diera curso administrativo. Más tarde (sin duda asesorados por Jodorowsky), en los primeros días de la República, los romanos sustituyeron las cabezas humanas por cabezas de ajo y de adormidera. La diosa no protestó: si había contrato, lo releyó y estimó que los términos eran correctos.
Añadió Albino Cecina: «esa sustitución en el sacrificio que nos has presentado, Pretextato, la encuentro luego llevada a cabo en las fiestas Compitales, cuando por toda la ciudad en las encrucijadas se celebraban juegos, restituidos claro está por Tarquinio el Soberbio en honor de los Lares y de Mania a partir de un oráculo de Apolo, en el que se ordenó que se suplicara por las cabezas con cabezas. Durante algún tiempo se observó esta costumbre, el inmolar niños a la diosa Mania, madre de los Lares, para la preservación de las familias. Este tipo de sacrificio, una vez expulsado Tarquinio, el cónsul Junio Bruto resolvió que se celebrase de otra manera. Ordena, en efecto, que se realice la rogativa con cabezas de ajo y de adormidera, de forma que se satisficiera el oráculo de Apolo en lo tocante al nombre de cabezas, eliminándose, claro está, el crimen de un sacrificio infausto: y se hizo que, si algún peligro amenazaba a las familias, lo expiasen unas figurinas de Mania colgadas en la puerta de cada uno; y a estos mismos juegos, en referencia a los caminos de las encrucijadas (compita) donde se celebraban, los llamaron Compitales» (Macrobio, Saturnalia 7).
Pues no hay una sin dos, ni dos sin que sigan muchas, a esta Mania primeval la seguía un coro de Manias, tan numerosas como diminutas. En paradoja que no lo es tanto, se llamaba así a las hijas o nietas de Mania, coro de ogresas; pero también a las muñecas deformes de lana o harina que, con la misma función de las cabezas de ajo o adormidera, se colgaban en la puerta en honor de la Señora. Retrato y espejo: en cuanto víctimas sustitutivas, representaban a los hombres libres de cada familia, con los que deberían guardar una relación de semejanza; pero el hecho de que fueran figuras feas (turpes) y recibieran el nombre de aquélla o aquéllas a las que estaban dedicadas (maniae) sugiere que se trataba de representaciones apotropaicas, cuya eficacia estribaba en ser lo más similares posible a aquellos mismos espíritus a los que debían alejar.

Acusamos a los goblins de cambiones, pero está claro que somos los reyes del truco.

*

El prestigio siniestro de los muñecos viene, pues, de lejos. Quietos como muertos (así los encuentran o dejan las estriges), pequeños como niños pequeños que se niegan a crecer, dóciles como sirvientes. Silenciosos, hasta que la magia los vuelve shabti —aunque su mera presencia, como sucede al final de El planeta de los simios, pueda convertirse en un grito.

martes, 10 de abril de 2007

Juegos V: Tulipán (Freeze Tag)


La identidad es cuestión de exigencia, me dijo mi padre. Yo no soy el que jugaba a Tulipán, soñando con pasar entre sus piernas para liberarla —ni ella es Suzanne Vega jugando al Freeze Tag, congelada en la espera de un Bogart o un Dean (hay buenos tipos en venta / con sonrisas de chambergo y de James Dean). En la canción, sin embargo, cabe todo: la continuidad de los parques y los juegos, su aroma en las cuerdas de acero, atrapadas con una cejilla improbable, hecha con un bolígrafo y una goma para el pelo. El juego nunca acaba: cuando uno visite el velatorio del otro, estará aún tomando posiciones, dudando si ahora le tocara ligársela para siempre, hasta el final del trayecto. Por qué en invierno, querido alumno. Piénsalo (siéntelo) y no te des prisa en justificarlo.

Vamos al parque
en invierno.
El sol se pone con rapidez
sobre los toboganes
dentro del pasado,
sobre los columpios de la indecisión
en invierno.

En los diamantes borrosos
esparcidos por el parque,
en el cosquilleo
y el temblor
del Tulipán
en la oscuridad.

Jugamos a que somos actores
en la pantalla de una película,
yo seré Dietrich
y tú serás Dean.

Estás de pie
con la mano
en el bolsillo,
apoyado en el muro.
Tú serás Bogart
y yo, Bacall.

Y ahora sólo podemos decir sí
al cielo, a la calle, a la noche.

Haz un lento fundido en negro.
Juega conmigo otra partida
de caballerosidad,
tú y yo,
¿puedes ver
dónde suelo ocultarme
en este escondite?

Vamos al parque
en invierno,
el sol se pone con rapidez
sobre los toboganes
dentro del pasado,
sobre los columpios de la indecisión
en invierno,
invierno,
invierno...


(Suzanne Vega)

domingo, 8 de abril de 2007

Juegos IV: la reina del Mississippi


Ella sigue de pie
a la orilla del gran Mississippi,
sola en la pálida luz de la luna.
Espera a un hombre,
un tahúr que trabaja en el barco del río
y que debería volver esta noche.

Solían bailar un vals
a la orilla del gran Mississippi,
amarse la noche entera.
Él era un tahúr
decidido a hacer su agosto
y llevártelo a casa.

Evangeline, Evangeline
maldice el espíritu
de la Reina del Mississippi,
que le arrebató a su hombre.

Bayou Sam, del sur de Lousiana,
lllevaba el juego en las venas.
Evangeline, de la costa,
empezaba a perder la cabeza.

En lo alto de Hickory Hill
ella sigue de pie entre los rayos y truenos.
Abajo, en el río, el barco hizo pique.
Vio hundirse la Reina en el agua.

Evangeline, Evangeline
maldice el espíritu
de la Reina del Mississippi,
que le arrebató a su hombre.

(Robbie Robertson; Emmylou Harris & The Band)


jueves, 5 de abril de 2007

Juegos III: el juego de nada o mitad


Roger Caillois (más bien olvidado) escribió un libro notable sobre juegos, Los juegos y los hombres. Una de sus virtudes es recordarnos que junto a los juegos de competición (los que él engloba dentro del agón) hay al menos tres tipos distintos: los que giran en torno a la suerte (alea) y no el mérito; los que consisten en una imitación (mimicry) y los que juguetean con el vértigo (ilinx) —como dejarse caer rodando por una ladera.

El juego de la vida, tal como suele imaginarse y detestarse, es fundamentalmente competitivo, pero tiene armónicos de las otras modalidades. Ningún jugador en sus cabales minimizará el papel que tiene la chiripa en encumbramientos y caídas. Desde fuera, un Girard señalará que aprender a jugar es antes que nada aprender a imitar a los que ya saben. Quizá no haga falta nombrar a ningún sabio para que el lector acepte que el aliciente fundamental de cualquier empresa es el riesgo que entraña: la excitación del subidón y el coqueteo con el fracaso.

Jugar el juego por antonomasia llega a significar dejar de jugar, de modo paralelo a como la revelación del Dios verdadero (entre nosotros, el Dinero) reduce a arqueología decorativa cualquier panteón previo. Como ejemplo, valga para regresar esta canción del Gigante Amable (que se ríen amablemente de las fantasías del winner; con todo, uno de ellos, Derek Shulman, se convertiría en breve en alto ejecutivo discográfico, uno de los descubridores de Madonna...)

Mientras sujeto la llave
de la puerta trasera del mundo,
siento cómo mi mano
roza confines hasta entonces lejanos.
Puedo ver el poder
de mi posición
y mis ojos alcanzan
más que los de ninguno
en cualquier otro sitio.
Jugaré el juego
y jamás perderé la partida.

Soy el rey del agón:
las otras piezas están ahí
para que yo despliegue mi arte, mi táctica.
Mis juegos tienen un ganador
antes de empezar.
He hecho planes y no hay oposición
que pueda plantarme cara.
Jugaré el juego
y jamás perderé la partida.

Mis pensamientos nunca expresados,
sólo visiones en mi cabeza;
la verdad siempre intacta
en mis palabras mudas,
sin lengua que la traicione.

Gobernaré el timón de la patria
como su capitán,
recogeré mi recompensa
por el bien que estoy haciendo
y es inútil que me llamen canalla:
si les oigo,
el juego habrá comenzado de nuevo
y jamás perderé la partida.

lunes, 2 de abril de 2007

Juegos II: el ajedrez


Mira: esta píldora te hace mayor
y la de al lado te vuelve pequeño
y las que suele endilgarte tu madre
no te hacen nada. Pregúntale a Alicia
cómo es posible medir treinta metros.

Y si te pierdes cazando conejos
y tienes claro que vas a caerte,
di que una oruga que fuma en narguila
te ha dado el queo. Pregúntale a Alicia
cuando se vuelve pequeña, pequeña...

Los hombres del tablero de ajedrez
se alzan para decirte adónde ir;
acabas de tomar alguna seta,
tu mente avanza lenta.
Pregúntale a Alicia,
ella sabrá decirte.

Lógica y proporción
han caído, difuntas.
¿El Caballero Blanco habla al revés?
¿La Reina Roja chilla:
«¡esa cabeza, fuera!»?
Recuerda las palabras del lirón:
«Que nunca pase hambre tu cabeza».




domingo, 1 de abril de 2007

Juegos I: el Rescate


Nueva ronda del concurso de canciones del dr. Martinenson y quien suscribe. Esta vez se trata de localizar canciones memorables sobre juegos (del tulipán y policías a ladrones a la ruleta y el strip póker). Hagan ídem, señores.

Abro fuego con una cientovolandería: Esto es un rescate (que no un atraco), de Luli lulera.

Hoy vuelvo a las cosas que se dan si no se piensan:
esto es un rescate, juégate las prendas.
Mantengo el semblante firme, sólo río cuando observo
los campos nevados repletos de cuervos.
Creo que
me están observando,
creo que
andan comentando
que mi pelo ya no crece
del color que se merece.

Y es que no me importa que las piedras que me tiran
no sean de luna, sean de mentira.
Hoy que la luz juega a oscuras,
hoy que soy tu travesura,
ve y eh, no salgas a la calle, sólo
ve y eh, hace frío y baja el lobo,
ve y eh, enciérrame cuando puedas
en el cuarto de las fieras.

Si pudiera detener la luz por un instante
vestiría el arcoíris de un luto gigante,
vestiría las estrellas con corbata y con sombrero,
bailaríamos descalzos en un agujero
de agua fresca y transparente llena de monedas,
saltarían mis pies al verte sólo si quisiera.

Y es que no me importa que las cosas que te canto
te suenen distintas, sosas, sin encanto.
Hoy me como el mundo, hoy soy una mariposa ociosa
y viajo por el reino de la zarzamora.

Y así voy
detrás de tu sombra,
y así voy
recogiendo sobras
y así voy,
cargo toneladas
de sudor, lágrimas saladas.