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viernes, 28 de diciembre de 2012

Disolución


Como el ano junto al sexo, desde Quevedo, al menos, la poesía escatológica sigue a la amorosa como una sombra deforme, usurpando sus formas características (el soneto, especialmente) con una suerte de virtuosismo impropio (lo que JRJ llamaba 'poesía al revés'). La degradación de lo poético, tan penosa, tiene también algo alquímico: es Orfeo (o Ishtar) bajando a las cloacas, al infierno gástrico, un ciclo de metales y digestiones pesados, donde André Breton, por ejemplo, creyó imposible poesía alguna. Tiendo a darle la razón —pero en la duermevela de hoy la Musa sublunar ha venido a visitarme lira en ristre, pidiendo turno. Pues ellas mandan, procedo:

Un pedazo de mierda,
un zurullo viscoso y repelente 
que con constancia cerda 
esparce en el ambiente 
su hedor desaprensivo y estridente.

Materia cero, prima,
estiércol donde toman las raíces
venganza de su cima,
sorbiendo entre lombrices
el hilo de sus telas más felices.

Ingratos pies de barro,
pero botas también de siete mares,
desvencijado carro
que siembra en los pajares
la aguja de sus éxtasis vulgares.

Desagües y letrinas,
estanque saturado de presencias
incómodas, espinas
que grapan evidencias,
museo torturado de las ciencias.

La vida hecha residuo
resiste declarándose solvente;
doblado, el individuo
se aleja bajo el puente,
disuelto en la quietud de la corriente.

martes, 22 de junio de 2010

¿Soy yo quien anda esta noche?


Antonio, que tanto nos falta, tenía mucho que contar sobre la sensación de extrañeza que provoca (al parecer) el aura epiléptica y que él consideraba almendra tanto de su propia sensibilidad como de la de JRJ. Al hilo de esos razonamientos, le pregunté una vez por este poema, y estuvo a punto de contarme lo que pensaba, pero llegó la aurora o alguna otra transeúnte y la conversación cambió de tercio.

Se trata de un romance incluido en Jardines lejanos, de 1904. En una de sus versiones, dice así:

¿Soy yo quien anda, esta noche,
por mi cuarto, o el mendigo
que rondaba mi jardín,
al caer la tarde?... Miro
en torno y hallo que todo
es lo mismo y no es lo mismo...
¿La ventana estaba abierta?
¿Yo no me había dormido?
¿El jardín no estaba verde
de luna...? El cielo era limpio
y azul... Y hay nubes y viento
y el jardín está sombrío...
Creo que mi barba era
negra... Yo estaba vestido
de gris... Y mi barba es blanca
y estoy enlutado... ¿Es mío
este andar? ¿Tiene esta voz
que ahora suena en mí los ritmos
de la voz que yo tenía?
¿Soy yo, o soy el mendigo
que rondaba mi jardín
al caer la tarde?.... Miro
en torno.... Hay nubes y viento....
El jardín está sombrío....

Y voy y vengo.... ¿Es que yo
no me había ya dormido?
Mi barba está blanca y todo
es lo mismo y no es lo mismo...

1. En su fragmento más famoso, escribe Heráclito que «en unos mismos ríos entramos y no entramos, estamos y no estamos» (fr. 63 GC, 49a D-K). En la reconstrucción que hace García Calvo del libro de Heráclito el fragmento inmediatamente anterior dice casi lo mismo que el poema de Juan Ramón: «todas las cosas, las mismas y no las mismas» (fr. 62 GC, A7 D-K). «No ha cambiado casi nada, / pero nada sigue igual

2. Las mareas del yo, el sentimiento oceánico. Y voy y vengo, dice Juan Ramón. Aquella otra canción griega: φεύγει ο καιρός, καράβι και μας πάει πίσω μπρος («huye la edad: / su barco nos lleva adelante y atrás»). «Porque la vida es un barco / y todo se mueve

3. Aunque el paso del tiempo no sea la única clave del poema, sin duda abre algunos de sus cerrojos. En la caja de los ecos, este poema tradicional japonés, que trae García Martín en sus particulares jardines lejanos:

¿Por dónde ha entrado
el viejo que me mira en el espejo?
De haber sabido
que venía tras mis pasos,
le habría dado con la puerta
en las narices.

4. Sucede que John C. Wilcox escribió un artículo, probablemente esclarecedor, sobre este poema. He esquivado leerlo hasta escribir estas notas, para que no condicionara mi deriva. Ahora me daré (y a ello les invito) el gusto.

miércoles, 23 de mayo de 2007

Más versos del revés


JRJ solía explicarse, y muy bien —pero por desgracia no tengo a mano lo que tuviera que decir sobre su libro inédito Esto (1908-11), una de cuyas secciones es Poesía del revés (en Leyenda, Versos del revés).

¿Por qué del revés? ¿Compartía JRJ la idea, bien explicada por Carlos Bousoño, de que la poesía propiamente dicha, «del derecho», debe evitar lo humorístico, que sería su imagen invertida? Bousoño lo expone así (si no lo simplifico demasiado en el recuerdo): humor y poesía como dos maneras semejantes pero incompatibles de jugar con el valor añadido de las palabras, sus connotaciones y el potencial analógico de los fonemas que las forman. Ante el contrajemplo de la poesía satírica y humorística, Bousoño se limita a indicar que se trata de humoradas en verso, pero de ningún modo poesía en sentido estricto. La lírica alza el vuelo; el humor nos devuelve a tierra.

Es tentador pensar que Juan Ramón viera, efectivamente, estos experimentos como inversiones del sentido que toda poesía debe tener, o al menos del sentido principal que él pretendía dar a la suya. Sin embargo, incluyó muestras de esta 'obra al revés' en las antologías de su Obra, lo que parece indicar que cumplen una función en ella. Aunque su mirada estuviera casi siempre en otra parte (fundamentalmente, él mismo, y lo inmediato teñido de sí mismo), en un momento determinado quiso tratar ciertos temas 'comprometidos', sociales, en verso (la crítica de cuanto hipócrita, cursi y mal hecho hay en el trato de los hombres) y sintió que la ocasión exigía una poética alterada ad hoc.

No tengo ahora tiempo para comprobar si estos años son los de la Residencia de Estudiantes y la influencia de su laicismo militante, pero sospecho que sí. Una de las tres muestras de Versos del revés en Leyenda nos presenta una procesión letal de Semana Santa:


SEMANA SANTA

La procesión avanza. Sibilas y civiles
preceden al calvario; después pasa la muerte,
el tiempo... y un espacio... y entre dos alguaciles,
el diputado a cortes por... «nuestra mala suerte».

¡O diputado a cortes, hombre de dama y coche!,
¿tú no ves a Saturno? ¿A tu alma no llega
en medio de la música divina de la noche,
la carcajada que Voltaire dio a Micromega?

La Fe... La Magdalena... La mascarada avanza.
Se orina un anjelito. Luna. Silencio. El viento
caliente por los cirios. Al fin, tras la esperanza,
viene, a una marcha fúnebre, todo el Ayuntamiento.


miércoles, 16 de mayo de 2007

Poesías del revés


Así llamó Juan Ramón a uno de sus proyectos más extraños, destinado al parecer a recoger poemas satíricos. En éste, la víctima de la chanza es una monja cuyos encantos, antes de consagrados, cató el poeta —pero cabría pensar que él mismo, en cuanto personaje, no sale del todo bien parado.

Ella, cuya voz de falsete es cosa fina,
en la penumbra malva del misterioso coro
canta espresivamente a la gracia divina
palabras en flor: Faro, Encanto, Rey, Tesoro...

Fuera, el otoño piensa su elejía violeta,
y prende en el ocaso un recuerdo amarillo....
Madre Lina me dice: «¿No oye usted, mal poeta,
qué fervor pone en el precioso estribillo?»

Yo: «Una Santa Teresa, luz de Santa Cecilia...
Conozco la miel suya. Y esos lirios de toca
de sus labios, son, madre, de la misma familia
de los ricos corales que ponía en mi boca.»


martes, 8 de mayo de 2007

Reunión de las tribus


Se acumulan los libros, pero no el tiempo (o el ánimo) para leerlos (apenas los de Dick, y ésos por prescripción casi facultativa). Algunos son bien galanos, como la edición de la poesía completa corregida de Juan Ramón Jiménez, Leyenda, que publicó por primera vez Antonio Sánchez Romeralo en 1978 y en el 2006 se vuelve a editar, muy mejorada, en Visor, por obra del ya fallecido Sánchez Romeralo y una gran filóloga, María Estela Harretche.

Este fin de semana, si los dioses no disponen otra cosa, vendrán los amigos con guitarras y violines, en buena hora —pero mi corazón se empeña en esperar (y desesperar) otras llegadas imposibles. Está todo en Juan Ramón, abriendo al azar. Aire triste, dice (Leyenda, pp. 153-4):

TODO LO QUE TIENE

¡Qué cerca está lo distante, en la noche azul y honda;
honda, que todo lo tiene en su gran fondo, que asoma
todo lo que tiene! ¡Todo! a nuestras lágrimas sólidas,
que ven, lo mismo que ojos, la vecindad más remota!

Vienen las almas que amamos, a las nuestras, como ondas
—de la vida, de la muerte, iguales en esta hora,
sueños las dos de lo mismo, con una idéntica forma—
y rompen en nuestra playa en espumas de congojas.



lunes, 9 de abril de 2007

Coda fantasmal: Georgina


Primer enigma resuelto: como sospechábamos, el gran poema de Juan Ramón Jiménez Cuando yo era el niñodiós se remonta al primer libro publicado del poeta (Almas de violeta, 1900) —pero la versión que traje en su día corresponde a una revisión muy posterior: en sus propios términos, es una versión revivida, completamente remozada. Para bien; es una lástima no tener ahora conmigo la primera versión, con la que he topado estos días por casualidad; pero todo se andará.

*

El segundo enigma es de resolución (y planteamiento) más difícil. Tiene que ver también con la vida y la obra de JRJ, pero no sólo. Diría que topé por primera vez con él a propósito de mi tocayo, el emperador macedonio. Se cuenta de él que cuando llegó a tierras de Asia se dirigió a la tumba de Aquiles y lloró largamente por aquel héroe, su predilecto. Hoy sabemos que la tumba era de pega; el dolor, genuino.

La versión juanramoniana de la historia comienza el 8 de marzo de 1904, cuando dos espabilados muchachos del Perú, José Gálvez Barrenechea y Carlos Rodríguez Hübner, deciden escribir al poeta para pedirle uno de sus libros, difíciles de encontrar (y quizá caros para su pobre bolsillo). Antes de posar la pluma en el papel, deciden que plantearle sin más la demanda sería torpe y de mal gusto. ¿Quiénes son ellos para pedirle algo así?

Deciden, pues, no ser ellos quienes escriben, sino una limeña veinteañera y melancólica que ha encontrado en los versos del maestro abrigo para sus penas: Georgina Hübner. El nombre corresponde a una prima de Carlos, que es cómplice del engaño, pero se mantiene (parece) al margen de la escritura.

La mañana que recibe la carta de Georgina, Juan Ramón le responde de inmediato, enviándole un ejemplar de Arias tristes y asegurándole que con el mayor placer le hará llegar cada uno de los que publique en adelante. La despedida da idea de su galantería:
Gracias por su fineza. Y créame su muy suyo, que le besa los pies, Juan R. Jiménez.
A esta primera carta, conservada, le siguieron otras, parece que perdidas. Sabemos, en cualquier caso, que la devoción de Juan Ramón por su Georgina creció hasta tal punto que se planteó acudir a su encuentro, cruzando los mares, y le ofreció como prenda de amor la dedicatoria de su próximo libro, Jardines lejanos.

Según Gálvez, en este punto la verdadera Georgina llamó a capítulo a sus amigos, inquieta por el progreso de la broma. Hubo una nueva carta (quizá la última) en la que la joven declinaba agradecida el ofrecimiento del poeta, y para evitar males mayores el trío de traviesos decidió dar muerte al personaje, contando para ello con un nuevo cómplice, consciente o no: el cónsul de Perú en Sevilla, que se encargó de dar la noticia al poeta.

Conmovido por la noticia, Juan Ramón compone dos poemas. Uno de ellos es célebre: «Carta a Georgina Hübner en el cielo de Lima», publicado años después en Laberinto (1913). El otro, inédito, no ha salido a la luz hasta la publicación del primer tomo del epistolario del poeta, Epistolario I. 1898-1916 (ed. de Alfonso Alegre Heitzmann, Madrid: Residencia de Estudiantes, 2006). Iba a formar parte de La frente pensativa (1911-1912), uno de los muchos libros que el poeta dejó inéditos, pero no aparece en la edición (póstuma) de 1964. Dice así:

Esta mañana fría
me he acordado de ti, Georgina mía.

Mano que me escribía
aquellas cartas grises de poesía,
cómo la tierra umbría
habrá desbaratado tu armonía,
mano que me decía
¡ven! (Y no fui) . ...¡Qué fría
mañana de dolor, Georgina mía!

Del otro poema, el célebre, no tengo el texto publicado en Laberinto, pero sí la versión revivida que el poeta acometió en sus últimos años, publicada póstumamente en Leyenda. Lo peculiar del asunto es que para entonces Juan Ramón ya estaba al corriente del engaño sufrido (una situación que mi tocayo macedonio no tuvo que afrontar). Si su reacción juvenil a la carta de Georgina fue noble, la respuesta del hombre maduro es para enmarcar:
En suma, yo tuve una gran ilusión y escribí un poema que se hizo famoso y que Neruda aprovechó bastante en sus versos de aquella época. (...) Nada me pesa el engaño, ya lo sabe Georgina Hübner, los que participaron en la farsa y la exquisita autora de las epístolas.
Si así se expresaba en una entrevista, en un apunte íntimo destinado a su autobiografía va más lejos:
Sea como sea yo he amado a Georgina Hübner, ella llenó una época de vacío mía, y para mí ha existido tanto como si hubiera existido. Gracias, pues, a quien la inventara.
Quizá alguien pueda y quiera traernos la versión primera, digamos clásica, del poema. De momento, aquí va la versión tardía, que el Epistolario (pp. 602-4) reproduce en versión facsímil, mecanografiada y con algunas correcciones añadidas a mano:

CARTA REVIVIDA
A GEORGINA HÜBNER
en los cielos de Lima.

(...Pero a qué le hablo a usted de mis pobres cosas melancólicas: a usted a quien todo lo sonríe!
...con un libro entre las manos, ¡cuánto he pensado en usted, amigo mío!
...Su carta me dio pena y alegría. ¿Por qué tan pequeñita y tan ceremoniosa?

Cartas de Georgina — Verano de 1904)


El cónsul de Perú me lo dice: «Georgina
Hübner ha muerto».
...Has muerto. ¿Por qué? ¿Cómo? ¿En qué día?
¿Qué oro, al despedirme de mi vida un ocaso,
iba a rozar la dejadencia de tus manos
cruzadas, en sus tallos, sobre el parado pecho,
como dos lirios malvas ya planos de su peso?

Ya se pegó tu espalda para siempre a la tabla,
tus piernas están ya para siempre cerradas.
(Sobre el tierno verdor de tu reciente fosa,
el sol poniente ya inflamará los chuparrosas?)
Ya está más fría y más solitaria la Punta
que cuando tu la viste, huyendo de esa tumba,
aquellas tardes en que tu ilusión me dijo:
«¡Cuánto he pensado en usted, amigo mío!».

¿Y yo, Georgina, en ti? Yo no sé cómo eras.
Morena, casta, triste? Sólo sé que mi pena
parece una mujer, tú, tú que estás sentada,
llorando, sollozando al borde de mi alma.
Sé que mi pena tiene esta letra suave
que venía en un vuelo atravesando mares,
para llamarme «amigo»... o algo más... No sé... algo
que sentía tu corazón de veinte años.

(Me escribistes: «Mi primo me trajo ayer su libro».
¿Te acuerdas? Y yo, pálido: «Pero usted tiene un primo?»

Quise entrar en tu vida y ofrecerte una mano
limpia como una llama, Georgina... En cuantos barcos
partían fue mi loco corazón en tu busca.
Yo creía encontrarte pensativa en La Punta,
con un libro en las manos, como tú me escribías,
soñando entre las flores refrescarme la vida.

Ahora, el barco en el que iré una noche a buscarte,
no saldrá de tal puerto ni surcará los mares;
irá por lo infinito, con la proa hacia arriba,
buscando como un ánjel una celeste isla...
Y... ¡Georgina, Georgina, qué cosas! mis dos libros
los tendrás en tu falda, y ya le habrás leído
a Dios algunos versos... Tú hollarás el poniente
en que mis pensamientos dramáticos se mueven.
Desde ahí, tú sabrás que esto no vale nada;
que, quitado el amor, lo demás son palabras.

¡El amor, el amor! ¿Tú sentiste en tus noches
la llamada lejana de mis ardientes voces,
cuando yo, en las estrellas, en la sombra, en la brisa,
esclamando hacia el sur, te llamaba «¡Georginaaa!».
Una onda, quizás, del aire que llevaba
el profundo sentir de mis rotas nostaljias,
pasó junto a tu oído? ¿Tú supiste de mí
los sueños de la casa, los besos del jardín?

¡Cómo se rompe lo mejor de nuestra vida!
Vivimos ¿para qué? Para mirar los días
de fúnebre color, sin cielo en los remansos;
para tener la frente caída entre las manos;
para anhelar, cantándolo, lo que está siempre lejos;
para no pasar nunca el umbral del ensueño.
...Sí, Georgina, Georgina; para que tú te mueras
una tarde, una noche... ¡y sin que yo lo sepa!

Y el cónsul del Perú me lo dice: «Georgina
Hübner ha muerto».
Has muerto. Estás sin alma en Lima,
tupiendo rosa encima, debajo de la tierra...
Y si en ninguna parte nuestros brazos se encuentran
¡qué niño idiota, hijo del odio y el rencor,
hizo el mundo jugando con pompas de jabón!


Sentimientos reales; sucesos, personajes o escenarios ficticios. Hay algo en la historia que anticipa los corazones encandilados y rotos de estos días, presa de amores virtuales, nicks engañosos, clones del deseo ajeno. ¿Dime que me quieres, aunque sea mentira?

jueves, 29 de marzo de 2007

Dobles II: El mar de la muerte




Hay un mar donde los barcos crecen como el cuerpo viviente de un marino.
(E. A. Poe, Manuscrito hallado en una botella)

*

Moguer,
20 de enero


A UNA MUJER
QUE MURIÓ, NIÑA, EN MI INFANCIA

Cementerio de Moguer

Veinte años tienes en la muerte.
Eres ya una mujer —¡qué hermosa eres!—
Veinte años. Te pareces a esta aurora
bella y fría —¡qué pura!—, tierra y gloria!

(JRJ, Diario de un poeta reciencasado)

*

Focus II: Un mar de música añeja




lunes, 19 de marzo de 2007

Venus modernistas (fin)


Técnicamente, Juan Ramón es ya ex-modernista cuando escribe estos versos, fechados en 1936. Pero algo queda de aquello: la propia Venus, desnuda de ornamentos y arqueologías, pero plena aún de muerte, en esa ambivalencia tan finisecular. Puede que García Márquez lo tuviera presente cuando escribió su historia sobre el ahogado más bello del mundo.


AHOGADA

¡Su desnudez y el mar!
Ya están, plenos, lo igual
con lo igual.
La esperaba,
desde siglos el agua,
para poner su cuerpo
solo en su trono inmenso.
Y ha sido aquí en Iberia.
La suave playa céltica
se la dio, cual jugando,
a la ola del verano.
(Así va la sonrisa
¡amor! a la alegría)
¡Sabedlo, marineros:
de nuevo es reina Venus!


Canción, 1936

viernes, 12 de enero de 2007

Negra sombra que me asombras


Otra entrega de sus tesoros: Juan Ramón Jiménez, Música de otros. Traducciones y paráfrasis, ed. bilingüe de Soledad González Ródenas, Barcelona: Círculo de Lectores, hoy mismo (o a lo sumo, ayer). En el dibujo jeneral (démosle el gusto) no hay trastorno: primero (1897-1912) algunos poetas gallegos (dialectales, como los llamaba él), algo de Ibsen y mucha Francia; después (1913-1954), la fascinación por los anglos (Shelley, Shakespeare, Yeats, Blake...). Apenas hay alguna desviación de la ruta (sendos momentos de Mallarmé y Baudelaire, abordados en plena anglofilia). No sé si es casual que en esta antología lo primero y de momento único que me arrebata sea esta sencilla versión, que debe ser una de sus primeras, del gran romance de Rosalía:

Cuando pienso que has huido,
sombra negra que me asombras,
al pie de mis cabezales
te veo haciéndome mofa.

Cuando imajino que huiste,
por el mismo sol te asomas,
y eres la estrella que brilla
y eres el viento que sopla.

Si cantan, tú eres quien cantas,
si lloran, tú eres quien lloras,
y eres murmullo del río
y eres la noche y la aurora.

En todo estás y eres todo,
para mí y en mí tú moras,
nunca me abandonarás,
sombra que siempre me asombras.

miércoles, 11 de octubre de 2006

La vergüenza


Y qué nombres tienen los libros de Juan Ramón: Entes y sombras de mi infancia, por ejemplo. Y de ahí, esta viñeta tan linda, tan suya:

La vergüenza

La vergüenza era para mí, de mí con no sé qué rebose de vinos dulces de la carne y la sangre, un conjunto de mujeres rubias, gordas y blancas que yo había visto coloradas: la hija rubia gorda y blanca de Trinidad, Carmen Díaz, Regina la pelirroja, siempre una rubia sofocada y muchas veces pecosa.

Todavía cuando oigo, digo, escribo vergüenza, aquellas mujeres vienen en cúmulo blanco, colorado, rubio ante mí en un sol verdadero o fantástico, con una estela de sensualidad oculta a la calle, abierta a la puerta falsa, y me dejan en las manos, en la boca un rico sabor de vinos moscateles.

martes, 3 de octubre de 2006

Cuando yo era el niñodiós (JRJ)


A mí el Juan Ramón Jiménez que más me gusta es el primero. No voy a decir que detesto sus experimentalismos y ataques místicos posteriores porque de hecho me gustan —pero si toca elegir, me quedo a cualquier hora con estos versos niños:

Cuando yo era el niñodiós, era Moguer, este pueblo,
una blanca maravilla; la luz con el tiempo dentro.
Cada casa era palacio y catedral cada templo;
estaba todo en su sitio, lo de la tierra y el cielo;
y por esas viñas verdes saltaba yo con mi perro,
alegres como las nubes, como los vientos, lijeros,
creyendo que el horizonte era la raya del término.

Recuerdo luego que un día en que volví yo a mi pueblo
después del primer faltar, me pareció un cementerio.
Las casas no eran palacios ni catedrales los templos,
y en todas partes reinaban la soledad y el silencio.
Yo me sentía muy chico, hormiguito de desierto,
con Concha la Mandadera, toda de negro con negro,
que, bajo el tórrido sol y por la calle de Enmedio,
iba tirando doblada del niñodiós y su perro:
el niño todo metido en hondo ensimismamiento,
el perro considerándolo con aprobación y esmero.

¡Qué tiempo el tiempo! ¿Se fue con el niñodiós huyendo?
¡Y quién pudiera ser siempre lo que fue con lo primero!
¡Quién pudiera no caer, no, no, no caer de viejo;
ser de nuevo el alba pura, vivir con el tiempo entero,
morir siendo el niñodiós en mi Moguer, este pueblo!

lunes, 2 de octubre de 2006

Estar por debajo (JRJ)


Teniendo en cuenta lo que le debemos, a mí me parece que se habla poco de él, y aun ese poco muy malamente. Unos lo citan para arañar un poco de su prestigio, situándolo como padre fundador de una aristocracia poética de la que ellos se creen el culmen; otros (y otras) para afearle que tratara tan mal a su mujer, o que se recluyera en una supuesta torre ebúrnea, insensible al compromiso político y la solidaridad.

La anécdota que sigue debería, por lo menos, pulverizar el tercer tópico.

*

El 20 de agosto de 1936, Juan Ramón Jiménez y su mujer, Zenobia Camprubí, salieron de Madrid en dirección a Francia, desde donde no tardaron en trasladarse a los Estados Unidos de América. Juan Ramón llevaba un pasaporte diplomático, extendido por el presidente de la República, su amigo Manuel Azaña, y su misión —gratuita, pues no quiso aceptar el sueldo que le había ofrecido— era la de influir a favor de la causa constitucional en las autoridades de Washington. Como las cosas no salieron a medida de sus deseos, el poeta y su mujer se fueron pronto al Caribe y terminaron por recalar en Cuba, donde permanecieron desde últimos de noviembre de 1936 hasta enero de 1939.

El matrimonio, que no tardó en instalarse en el hotel Vedado, de La Habana, se dedicó a ganarse la vida ocupándose de las ediciones de unos libros del poeta, colaborando en la prensa literaria y dando conferencias. Juan Ramón organizó por entonces varios actos políticos y culturales en favor de la causa republicana española. Más tarde, y cuando ya se encontraba de nuevo en Norteamérica, pensó que debía publicar cuantos escritos propios y ajenos se refiriesen a su actuación de poeta y español durante una guerra civil que, a su modo de ver, aún no había terminado —cuando menos en sus efectos inmediatos— el año 1954, al que pertenecen los últimos de los escritos que habían de figurar en su proyectado libro.

Con la intención mencionada, Juan Ramón empezó a reunir materiales, escribió —con su elegante y casi indescifrable letra— varias decenas de notas y redactó unos cuantos escritos que han resultado ser de gran interés literario e histórico. Pero el libro quedó incompleto, en un estado realmente embrionario, y he sido yo quien, después de haberlo pensado mucho y haber repasado los miles y miles de documentos de su archivo, me he decidido a reunir y tratar de organizar, hasta donde ha sido posible, y teniendo en cuenta las a veces contradictorias notas de Juan Ramón, los materiales que andaban dispersos por los archivos y, en ocasiones, fuera de ellos. Sobre lo poco o mucho que haya podido conseguir, el lector tendrá muy pronto ocasión de pronunciarse, pues el libro, titulado Guerra en España, se halla actualmente en prensa [JRJ, Guerra en España, introducción, organización y notas de Ángel Crespo, Barcelona, Seix Barral (1.ª edición, enero de 1985; 2.ª edición, febrero de 1985)].

De entre los muchos autógrafos juanramonianos destinados a esta obra que me ha tocado en suerte descifrar, hay uno, lleno de lagunas y abreviaturas, que lleva el título de "Karl Vossler, el vitalista", y que es un despiadado ataque a este famoso y discutible hispanista alemán. Cuenta en él Juan Ramón que en 1939 —tendría que ser en los primeros días del año, puesto que los Jiménez se fueron a los Estados Unidos en enero— Vossler llegó a La Habana y se alojó en el hotel Vedado, con gran disgusto del poeta exiliado, que le sabía adicto a Hitler y pensaba que podía haberse desplazado a Cuba con la doble misión de profesor universitario y espía.

Aunque Vossler y su mujer se sentaron a comer, desde el día de su llegada, en una mesa contigua a la de los Jiménez, éstos se hicieron los desentendidos. El cuarto día José María Chacón y Calvo, un intelectual cubano que era amigo de ambos matrimonios, los presentó, dice Juan Ramón, "para evitar disgustos y mientras las cosas se aclaraban". "Me parecieron —sigue diciendo nuestro poeta—, él ambiguo y ella noble. Si él tenía que aludir a su Alemania, miraba de lado al suelo como el que tiene que echar la mirada al cesto de los papeles rotos, y se ponía colorado. Yo le preguntaba mucho por la poesía alemana contemporánea: Hoffmannstahl, George, Rilke. No la conocía muy bien. Decía: leí algo de sus primeros versos. Poco a poco me fui dando cuenta de que a él no le gustaba la poesía refinada, de que se jactaba de 'vitalista'. Una novela que acababa de publicarse en La Habana donde se describía vulgarmente un coito vulgar, la consideraba magnífica."

Como algunas de las conversaciones de los dos escritores versaron en torno a lo popular y lo aristocrático, lo universal y lo internacional, Vossler le plagió, según Juan Ramón, las ideas que le había expuesto en una conferencia que dio en La Habana y que publicó poco después la revista Lyceum. No, no podían entenderse, ni aun limitándose a hablar de literatura. Y un día tuvieron que hablar de política. "La víspera de su primera conferencia —escribe Juan Ramón— le dije, terminando de almorzar, que como al acto se le daba carácter oficial y había de ser inaugurado por el ministro de Alemania, yo, español, no podía estar presente, porque destruyó, entre otras, a Gernica." Viene a continuación una frase incompleta por la que no puede saberse cómo pensaba Juan Ramón terminar este escrito.

Encontrándome un día en Roma, en casa de mi amigo el poeta Enrique Rivas, hijo de Cipriano Rivas Cherif y sobrino de Manuel Azaña, nuestra conversación recayó sobre los años que él había pasado en Río Piedras, en cuya universidad enseñaban entonces tanto Juan Ramón como su padre, y sucedió que, sin que yo me hubiese referido al caso, mi amigo Enrique me contó el final de la historia incompleta que había descifrado pocos meses antes:

Cuando Vossler le bromeó a Juan Ramón diciéndole que lo que le pasaba era que le tenía odio a las solemnidades oficiales —ahí se interrumpe la frase incompleta a que me he referido— y que él, como intelectual que era, se encontraba por encima de aquellos bombardeos, el poeta le contestó secamente: "¡Pues yo estoy por debajo!". Dicho lo cual, le volvió desdeñosamente la espalda.»
(Ángel Crespo, «Estar por debajo», en Las cenizas de la flor, Barcelona: Júcar, 1987, pp. 57-60).

viernes, 24 de marzo de 2006

Trastorno


Trastorno

Nunca creí que el albo lirio fuera
efímero también. Yo no sabía

que el odio alimentara la alegría.

¡Invierno, te llamaron primavera!


¿Por qué la estrella altiva y pura era
el seco nido de la noche umbría?

La paloma inmortal ¿cómo encendía

corvo pico de ave carnicera?


Pues aquel manantial, con su negrura

enlutecía el mar de la mañana.

El ruiseñor pudo asustar al hombre.


Hablaba el niño con palabra impura,

el corazón era una gruta insana

y la traición tenía un claro nombre.