
Nunca me han caído simpáticos. Comencé este blog hablando (
mal) de ellos, y más de una vez me sorprendo silbando aquello de
Como eres pequeña y fea
y con malas intenciones,
te untas el culo con queso
pa que acudan los ratones.
Músicas ratoneras aparte, el último libro de José Manuel Pedrosa, encantador como todos los suyos, viene a reconciliarme con este animalejo, recordándonos que la simpatía por él (o al menos el deseo de propiciarlo) es cosa antiquísima y popular. Decir diente de ratón es decirlo de hierro, de oro, diamante. Un diente perenne, tan tozudo como el burro. Nosotros, tan dados a tropezar con la misma piedra (y, a la mínima, dejarnos los dientes) querríamos tomarle prestado al roedor (y al agua) esta paciencia implacable que erosiona y horada, haciendo trizas el obstáculo. Aunque el descontento popular tome, en ciertos momentos cumbre, la apariencia de un maremoto, su forma cotidiana es esta resistencia sorda, este poner chinitas en el camino de la máquina y cruzar los dedos en cada juramento de sumisión y amor al Poder. Más que cualquier recambio ideológico, la esperanza popular reside en que la maquinaria de la represión (y la reprensión) esté secretamente reblandecida por la poca fe de los que la engrasan. Cierto que este mismo escepticismo vuelve más flexible y audaz a un imperio (no a otra cosa se debe, según el buen
Agustín, la cosmocracia de Occidente: a ese misma capacidad para maldecir de sí mismo que otros creen señal de decadencia), pero en el día a día es él quien vuelve vivible la tutela del Estado y sus paráfrasis. Atrapados en el queso, la vista se solaza descubriendo las galerías secretas por las que cabe aún moverse, haciendo camino machadiano cuando uno se da de bruces con lo desconocido (o al menos lo olfatea) y muerde con todas las ganas. Comerse el mundo, que lo llamaban.
Non serviam -sed edam.
Nada de esto viene en el libro de Pedrosa: pero a estas cavilaciones y otras anima su persecución insaciable de la historia —él la llama mito— del ratón de los dientes. De entre todas las historias rituales, yo me quedo de momento con ésta en que el ratón deja paso a la gallina:
En los pueblos Djerma-Songay, cuando a un niño se le cae un diente, se le recomienda que lo guarde debajo de la almohada (...) Si se despierta en la madrugada, verá cómo, al primer canto del gallo, el diente se transforma en una gallina blanca (p. 105).