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lunes, 25 de octubre de 2010

El aula encantada


Hoy es el día. Presentamos a las 18.00 horas en la Fundación Concha el libro que hicimos el curso pasado con los alumnos, El aula encantada. Tendremos con nosotros un invitado de lujo: el folklorista y profesor de Teoría de la Literatura José Manuel Pedrosa.

Para celebrarlo, subo una versión en PDF del libro. Todos los que queráis leerlo, estáis invitadísimos a bajároslo sin impedimento legal de ninguna clase.

¡Un abrazo!

*

Ecos: en el ABC. En el Hoy.

sábado, 24 de marzo de 2007

Va a caer una buena


De los libros del antropólogo y folklorista José Manuel Pedrosa siempre salen chispas. Se abre al azar uno cualquiera y surge, por ejemplo, esta letanía tradicional recogida por Fernán Caballero:

Yo vi un toro bramar desde una nube,
vi salir fuego de una cantimplora,
vi salir agua, es cierto, de un arado,
vi dos bueyes hablar a una señora,
vi dos hombres comiéndose a un caballo,
vi unos perros jugando a la pelota,
vi unos niños tragarse tres navíos,
vi el alto mar de leche abastecido,
vi una taza de cien codos,
vi una torre que andaba por un prado,
vi una vaca tocar la chirimía,
vi un sacristán verdad, por vida mía.

Con este punto de partida, Pedrosa define el tipo (la visión disparatada) y llega grado a grado hasta El Aleph de Borges [Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto rojo (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó...] El juego nunca termina: una vez puesto en marcha, uno sigue por su cuenta, evocando por ejemplo las visiones de Dylan, que se vierten casi solas en estos lodos:

Va a caer una buena

¿Por dónde estuviste, ojitos azules?
¿Por dónde has estado, querido muchacho?
He dado un traspiés
con la falda de doce montañas nubladas,
caminé y me arrastré por seis rutas torcidas,
hice pie en la mitad de seis tristes océanos,
avancé once mil millas dentro de un cementerio
y estoy viendo que en breve va a caer una buena...





sábado, 12 de agosto de 2006

La historia secreta del ratón Pérez


Nunca me han caído simpáticos. Comencé este blog hablando (mal) de ellos, y más de una vez me sorprendo silbando aquello de

Como eres pequeña y fea
y con malas intenciones,
te untas el culo con queso
pa que acudan los ratones.

Músicas ratoneras aparte, el último libro de José Manuel Pedrosa, encantador como todos los suyos, viene a reconciliarme con este animalejo, recordándonos que la simpatía por él (o al menos el deseo de propiciarlo) es cosa antiquísima y popular. Decir diente de ratón es decirlo de hierro, de oro, diamante. Un diente perenne, tan tozudo como el burro. Nosotros, tan dados a tropezar con la misma piedra (y, a la mínima, dejarnos los dientes) querríamos tomarle prestado al roedor (y al agua) esta paciencia implacable que erosiona y horada, haciendo trizas el obstáculo. Aunque el descontento popular tome, en ciertos momentos cumbre, la apariencia de un maremoto, su forma cotidiana es esta resistencia sorda, este poner chinitas en el camino de la máquina y cruzar los dedos en cada juramento de sumisión y amor al Poder. Más que cualquier recambio ideológico, la esperanza popular reside en que la maquinaria de la represión (y la reprensión) esté secretamente reblandecida por la poca fe de los que la engrasan. Cierto que este mismo escepticismo vuelve más flexible y audaz a un imperio (no a otra cosa se debe, según el buen Agustín, la cosmocracia de Occidente: a ese misma capacidad para maldecir de sí mismo que otros creen señal de decadencia), pero en el día a día es él quien vuelve vivible la tutela del Estado y sus paráfrasis. Atrapados en el queso, la vista se solaza descubriendo las galerías secretas por las que cabe aún moverse, haciendo camino machadiano cuando uno se da de bruces con lo desconocido (o al menos lo olfatea) y muerde con todas las ganas. Comerse el mundo, que lo llamaban. Non serviam -sed edam.

Nada de esto viene en el libro de Pedrosa: pero a estas cavilaciones y otras anima su persecución insaciable de la historia —él la llama mito— del ratón de los dientes. De entre todas las historias rituales, yo me quedo de momento con ésta en que el ratón deja paso a la gallina:

En los pueblos Djerma-Songay, cuando a un niño se le cae un diente, se le recomienda que lo guarde debajo de la almohada (...) Si se despierta en la madrugada, verá cómo, al primer canto del gallo, el diente se transforma en una gallina blanca (p. 105).