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sábado, 19 de diciembre de 2015

La Navidad como relato



Las buenas gentes que organizan cada año el certamen de relatos breves de Navidad de Radio Navalmoral me invitaron a decir unas palabras en el acto de entrega de los premios del certamen, que se ha celebrado esta mañana en la Fundación Concha.  Y esto es lo que les he contado, más o menos, por si a alguien que no estuvo le apeteciera leerlo.


*

Invitar a un filólogo a hablar siempre tiene sus riesgos. Primero porque siempre es peligroso darle la palabra a alguien que, como avisa la etimología, adora las palabras: ¿sabrá pararse a tiempo? Pero también porque, dado su oficio, es probable que más que hablarnos de las cosas, termine hablando de las palabras que las designan. Puede que, como estamos hoy aquí para recordar el nacimiento del Verbo mismo, del Logos (En el principio era el Verbo: o sea, la palabra, dice el comienzo del Evangelio según san Juan) , y para celebrar el uso diestro de las palabras que han demostrado los ganadores de este concurso, este centrarse en las palabras resulte más perdonable que en otras situaciones.

Además de relato, la palabra que nos reúne hoy es Navidad: una palabra singular, sin duda; como singular es el relato al que se refiere. En una canción suya, El Cromosoma, advertía Javier Krahe, muerto en julio de este año: Hace tiempo no juego al acertijo / tan esdrújulo de un Padre y un Hijo / y una blanca paloma. Desoyendo su ejemplo, yo vengo a invitarles a jugar a este peculiar acertijo que nos plantea cada año la aparición de una historia sagrada, de una leyenda o un mito, en mitad de nuestra vida cotidiana.

Durante estos días, criaturas que pertenecen durante el resto del año a las páginas de un Libro (el Libro Sagrado) o al imaginario entran en nuestros cuartos por la ventana o la chimenea, en un juego de máscaras donde no se sabe tan bien como se cree si son los padres quienes fingen no ser ellos mismos o si son los Reyes Magos quienes recurren a los padres, como un personaje recurre al actor que habrá de representarlo. Al final del día, ¿qué actor se cree más real que el personaje que él ha encarnado esta noche, pero que mañana tomará otro cuerpo y otra voz sin dejar ser el mismo? Los actores pasan; los personajes permanecen.

Na(ti)vidad (¿quién no conoce alguna Nati, Natalia, Natasha o Noelia?) significa nacimiento (es la misma raíz de nativo y de nacer). Un comienzo, un nacimiento. (Que contrasta con aquel otro Re-nacimiento del que hablan los manuales de historia o de arte, en el que los que renacieron fueron precisamente los rivales de Cristo, los dioses paganos; con la Reinaixença catalana o el Rexurdimiento gallego, abuelas a su pesar del nacionalismo que sufrimos hoy tan agudamente; y con las múltiples formas de revival características de una sociedad obsesionada con la explotación comercial de la nostalgia.)

He aquí dos términos qui vont très bien ensemble: la Navidad y la invención literaria de autores que, en muchos casos, está naciendo a la literatura, bien porque sean estas sus primeras letras o porque sea la primera vez que las sacan a concurso público, como alguien que lleva por primera vez a su hijo a la plaza. [Aquí me corrijo a posteriori: los dos ganadores han sido autores conocidos, de largo ejercicio.] También su obra es resultado de un matrimonio misterioso: es suya, de quien la firma —pero algún papel tiene en ella ese factor misterioso que llamamos inspiración, la ocurrencia, algo que de repente está ahí sin que sepamos muy bien de dónde ha salido.

Si lo recordamos (y premiamos) es porque se trata del nacimiento de alguien (o algo) excepcional. Un nacimiento que, como el del sol, aunque viene a traer la luz acontece en la noche, en el misterio y casi en la intemperie, en un establo que quizás es una cueva. [En alemán, el nombre mismo de la Navidad contiene la palabra noche:  Weihnacht, Noche de bendición.] El niño que nace el 25 de diciembre vivirá gran parte de su vida de incógnito, sin revelar abiertamente su naturaleza, aunque desde el principio haya signos (la estrella que conduce a los Magos hasta Belén, la conversación del niño con los rabinos de la sinagoga, los milagros —y al fin, su muerte y resurrección) que indican que se trata de alguien muy especial, hijo de Dios, quizá Dios él mismo. También el que concursa suele hacerlo desde el anonimato, y solo el éxito lleva a que se abra la plica del ganador y se revele su nombre.

Hay resonancias de otros nacimientos: el del sol y el de la palabra misma. No es casualidad que los Reyes Magos vengan del nacimiento del sol, del Oriente; y tampoco (aunque quizá se le haya dado importancia excesiva) que la fiesta de Navidad viniera a celebrarse por las mismas fechas en que los romanos del Imperio celebraban el nacimiento del Sol Invicto. Todo héroe, ya lo hemos dicho, es solar —aunque no en el sentido reductor en que pudo creerlo algún sabio del XIX.

Quien nace, en fin, es el Verbo, el Logos; como nace en cada niño que se lanza a decir la primera palabra, sea esta mamá, papá o, como sostenía mi querido maestro Agustín García Calvo, alguna forma de la negación: ¡no! Como escribe Rafael Sánchez Ferlosio:

Nace el Niño Negativo:
Nunca
Nadie
Nada
No

Las propias palabras infancia e infante contienen a la vez la negación y la raíz del verbo hablar (fari). El niño es el que no habla; pero también el que dice no. Y en ese no está ya la raíz del lenguaje, ese curioso primo de los dientes que, como estos, también nos acaba saliendo a todos. Porque el niño aún no es nada, no es nadie, puede llegar a ser todo, a ser cualquier cosa: lo mismo que la página (o la pantalla) en blanco donde adviene la primera palabra, sea esta el título o el nombre del protagonista.

También hay resonancia en nuestra historia de otras historias en que una mujer mortal recibe la visita de un dios, convirtiéndose así en madre de un niño que no tiene, sin embargo, un padre visible entre los humanos —aunque a veces no falte un padre putativo o supuesto que lo cría como suyo. Acude enseguida a la memoria el caso de Heracles (Hércules), hijo de Zeus y Alcmena, criado sin embargo por el marido de esta, Anfitrión. En historias posteriores también encontramos el patrón: Merlín, por ejemplo, es hijo de una princesa virgen que recibe en la soledad de su celda, de noche, la visita de un espíritu que la deja embarazada de un niño sin padre.

Aunque normalmente el padre divino deja embarazada a su amada siguiendo el protocolo habitual en los mamíferos, no falta algún ejemplo en que la concepción tiene lugar de modo  prodigioso: Dánae, por ejemplo, encerrada en una celda con la única compañía del rayo de luz que entra por una ventana, ve un día cómo ese rayo se transfigura en una lluvia de oro, por obra de la cual queda embarazada de Zeus y dará más adelante a luz al héroe Perseo.

¿A qué viene al mundo el bebé que nace de esta singular manera, de la unión de un dios y una mortal? Viene a quitar el pecado, el mal, del mundo. En los mitos este mal que el héroe viene a aniquilar suele tomar la forma de un monstruo o una fiera: la Gorgona que mata Perseo o la Hidra, el León de Nemea o el jabalí de Erimanto de Hércules. Pero en los trabajos de este encontramos ya variantes que apuntan hacia algo más abstracto: uno de sus trabajos es limpiar la suciedad que ha ido acumulándose durante años en los establos del rey Augias (cosa que hace, sin mancharse las manos, desviando un río, el Alfeo, para que sean sus aguas las que borran la impureza: uno piensa en el agua bautismal que borra el pecado ancestral de cada niño); otro de sus trabajos es descender al mundo de los muertos, al Hades, como hicieron también Orfeo, Ulises y Eneas, y como hará también Cristo cuando baja a los Infiernos, al Sheol, a liberar las almas de los justos que yacen allá (triunfando donde fracasó el pobre Orfeo, que también bajo allí a liberar un alma, la de su amada Eurídice).

Aunque Cristo vence también a criaturas malignas (por ejemplo,a los demonios a los que obliga a salir del cuerpo de los hombres a los que habían poseído, metiéndose en cambio en el de unos cerdos), su victoria sobre el mal es de otro tipo, más profundo. Antes mencionaba a Krahe; otro muerto insigne de estos días (4 de noviembre) ha sido el francés René Girard, un antropólogo enamorado de la historia de Cristo. Creo que él acertó, mejor que nadie que yo conozca, a señalar cuál es el mal que vence Cristo: la tendencia humana a replicar el mal que recibimos, a hacer mal a los que nos lo hicieron (¡empezaron ellos!). Girard señaló que una vez que una persona hace mal a otra, esta se siente obligada a vengarse, y de este modo donde hubo una sola acción malévola, violenta, termina habiendo toda una cadena de ellas: pues cada una de las personas que es ofendida, herida, tiene parientes y amigos que se sienten ofendidos también, y obligados al odio. Los agredidos devienen agresores, y viceversa, en un círculo vicioso infernal. Al dejarse matar siendo inocente, al predicar el amor a los enemigos, el perdón de las ofensas y la renuncia a arrojar la primera piedra, Cristo viene a poner fin a a esta cadena de agravios mutuos (la tristemente célebre Ley del Talión) con el perdón que extingue todas las responsabilidades y las borra, como el río Alfeo se llevó consigo toda la porquería acumulada en los establos del rey Augias.

Es interesante preguntarse dónde está escrito exactamente este relato que convertimos en auto sacramental colectivo cada Navidad. La respuesta evidente es la Biblia, el Evangelio. Pero es bueno recordar que muchos de los detalles más significativos de la tradición navideña (los nombres de los Reyes Magos, por ejemplo, e incluso su número y su naturaleza de Reyes) no aparecen en el texto sagrado, sino que forman parte de una tradición más amplia donde la frontera entre lo culto y lo popular, y entre lo ortodoxo y lo herético, es a menudo dubitativa. Dentro de los Evangelios que no hallaron sitio en el Canon, en la Biblia, los llamados apócrifos, hay algunos relativos al nacimiento y la infancia de Cristo, y es en ellos donde aparecen muchos de estos detalles.

Otros elementos clave de nuestras Navidades, como Papá Noel (y su alter ego anglosajón, santa Claus) o el árbol de Navidad no aparecen ni siquiera en esos relatos que se pueden considerar hermanastros o hijos naturales de la Biblia. Su incorporación a la celebración de las fiestas es reciente y no se sustenta en el texto bíblico, aunque en Francia, por ejemplo, Papá Noel y el pequeño Dios recién nacido llegan a formar en cierto modo una familia: el bon homme Noël (nuestro Papá Noel) es como un desdoblamiento al otro extremo de la vida (la ancianidad) del petit Noël, el niño recién nacido.

Confirmemos, de paso, una sospecha de todo niño y adolescente: no es casual la coincidencia que se da entre el reparto de regalos (o de carbón) en Navidad y Reyes Magos y el de buenas o malas notas que tiene lugar unos días antes en colegios e instititutos. Los personajes que repartimos regalos o castigos, aprobados o suspensos, a los niños en estas fechas actuamos como jueces interinos, anticipando el juicio por excelencia, el Juicio Final que tendrá lugar tras la muerte.

Pero temo, con razón, que me estoy extendiendo demasiado. Después de todo, a un concurso de relayos breves no le corresponde una presentación extensa. Voy a recordar, pues, solo un microrrelato (que es también un villancico popular) y un villancico literario, culto. El microrrelato es un un villancico gitano, que me parece imposible superar como síntesis de todo el Evangelio. Como todos los villancicos, habla del nacimiento de Jesús, pero incluye un tremendo spoiler que nos envía al final de la historia, a Semana Santa: Esta noche nace el niño / que ha de morir en la Cruz. [Así lo recordaba de memoria; buscándolo ahora en la Red encuentro esta otra versión: ¿De quién será ese niñito / que está vestido de azul? / Es el hijo de María / que ha de morir en la cruz.]

El villancico es de una autora que murió hace ya algunos años (en 1998), pero que está vinculada a la infancia de muchos de nosotros, y a la de nuestros hijos, que siguen leyéndola con placer. Me refero a Gloria Fuertes, que escribió este villancico, al que puso música magistralmente Paco Ibáñez. Dice así:


Villancico

Ya está el niño en el portal
que nació en la portería,
San José tiene taller,
y es la portera María.

Vengan sabios y doctores
a consultarle sus dudas,
el niño sabelotodo
está esperando en la cuna.

Dice que pecado es
hablar mal de los vecinos
y que pecado no es
besarse por los caminos.

Que se acerquen los pastores
que me divierten un rato
que se acerquen los humildes,
que se alejen los beatos.

Que pase la Magdalena,
que venga San Agustín,
que esperen los Reyes Magos
que les tengo que escribir.

jueves, 4 de octubre de 2012

Te iré a buscar

Cada vez que me toca explicar Edipo Rey, hago un intento de familiarizarme con la música del verso en que está compuesta la mayor parte de la obra: el trímetro yámbico. Aunque supone una simplificación, uno se hace una idea de por dónde va la cosa si coloca en las sílabas largas que marcan el ritmo (no todas lo hacen) una sílaba tónica; y en las breves (o largas no marcadas), una sílaba átona.

El sistema es más complejo, porque caben inversiones y resoluciones (en vez de una larga podemos encontrar dos breves). Pero esencialmente es algo así:

tatátatá tatátatá tatátatá 

En este esquema, cada grupo de cuatro sílabas constituye un metro, y la secuencia breve-larga, tatá, se llama yambo. De ahí el nombre: trímetro (tres metros) yámbicos (a base de yambos).

Vertido así al español, el esquema produce un dodecasílabo con final agudo, que sería por tanto un tridecasílabo. Las métricas académicas sugieren que se trata de un verso desdichado (ya el número de sílabas sugiere el mal fario) que solo algún romántico o modernista chalado intentó redimir; pero no es del todo cierto. Hay varias canciones pop (a falta de mejor apellido) que lo utilizan. Recuerdo solo dos:


y aquella otra de Javier Krahe, Paréntesis:

¡Oh, cuán curiosa —me decía— es la mujer! 

En el primer ejemplo se ve que el final en agudo puede alternar, como es costumbre en español, con finales en palabra llana o esdrújula sin que la medida se altere. El regalo del intento de esta tarde ha sido darme cuenta de que también Antonio Hernández, Mandul, nuestro querido amigo, practicó ocasionalmente este verso, aunque ciertamente no lo llamó trímetro yámbico. Así suena en su mano, tratado con libertad (los acentos no siempre caen en sílaba par) y combinado en cada estrofa con un eneasílabo final (dáctilo + troqueo + troqueo + troqueo):

Te iré a buscar al más allá de las mesetas, 
lejos del muro donde mueren los ocasos, 
donde no hay suelo para el pie,  donde aún florecen, 
altos y libres, nuestros pasos. 

Mas, ¿dónde ir, si tú no existes, si tu entorno 
es un osario que, insepulto en el desierto, 
mana estertores como manan oquedades 
todos los huesos que se han muerto? 

¿Qué me dirás, si no te veo, o si te viera:
—¿Quién eres tú?, no te conozco, ¿qué pretendes?
—Estar contigo.... —Yo no soy a tu medida, 
no me conoces ni comprendes....? 

No: me dirás —Yo sólo soy lo que has creado, 
yo sólo existo en la espesura de tu centro, 
somos el mismo ser, somos los dos reales, 
ven a habitar, conmigo, dentro.... 

11-4-98

viernes, 1 de octubre de 2010

Tristes guerras


Tristes guerras
si no es amor la empresa.
Tristes, tristes.
(Miguel Hernández)

Aunque la Ilíada canta una guerra, la de Troya, nunca se idealiza el combate ni se presenta como algo grato. Homero habla siempre de la guerra funesta, la triste guerra.

El rechazo a las pretensiones de la guerra, estéticas o morales, se hace inequívoco en la escena en que Zeus discute con Ares y le escupe su desprecio, indicando que es el dios que menos estima, y que, de no ser hijo suyo, lo arrojaría del Olimpo, por solazarse con el odio, la destrucción y la muerte (Ilíada 5: 888-898).

Al mismo tiempo, en el poema se acepta la guerra como cosa inevitable. Como escribe Heráclito, la guerra es el padre de todo. No sólo desde que hay registro de sus andanzas ha estado siempre el hombre en guerra consigo mismo, sino que las sociedades 'pacíficas' crían y adiestran especialistas en la violencia (ejércitos, policías) para afrontar al enemigo exterior o reprimir al interno. Dentro de cada uno, también los deseos luchan: la lujuria con la pereza, la sociabilidad con la timidez, el orgullo con la necesidad de afecto. Según la concepción de otro filósofo griego, Empédocles, el mundo es una partida sin fin entre dos tunantes: Amor y Odio.

Homero acepta que la guerra está ahí, y nos muestra cómo otorga a los hombres la oportunidad de descubrir su mejor yo. Las situaciones extremas sacan, en efecto, lo mejor y lo peor de la gente. Sin guerra, no hay héroes: quienes serían admirados por su valor en la lucha, pueden terminar catalogados en tiempos de paz como psicópatas (mata uno y serás un asesino; mata mil y te colmarán de medallas). Cf. las barbaridades que hicieron famoso al mutilado Millán Astray: ¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte! y el canto de los legionarios: soy el novio de la muerte.

En Homero, por otra parte, no hay buenos ni malos: los héroes de uno y otro bando compiten como si fueran atletas con distinto espónsor y equipo. De ahí que, en ocasiones, el respeto mutuo prevalezca sobre la hostilidad: el aqueo Diomedes y el troyano Glauco se enfrentan en un duelo a muerte, pero charlando descubren que sus antepasados fueron amigos. Renuncian a matarse y se separan amistosamente, tras intercambiarse las armaduras (Ilíada libro VI: 119-235). Cf. la denuncia pacifista: Los soldados se matan. Los generales se saludan.

Lo absurdo de la guerra de Troya, y por extensión de toda guerra, se expresa muy bien en el personaje de Protesilao: un joven al que, nada más casarse, enrolan en el ejército griego. Cuando los aqueos llegan a Troya, Protesilao es el primero en desembarcar. Nada más pisar tierra, se lo lleva por delante una flecha, sin darle opción a desplegar su valor. De algún modo, simboliza la carne de cañón necesaria en toda guerra. Cf. la ironía de Allen Ginsberg: La guerra es un gran negocio. Invierta a su hijo.