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jueves, 9 de octubre de 2008

Un mundo sin LSD


Se propusieron borrar la LSD de la faz de la tierra. Un propósito baldío, como intentar llevarnos de vuelta a un mundo sin Marx ni Freud (en lo que también andan); pero en la superficie, al menos, no les va mal. En parte, porque muchas de las funciones que ejercía este fármaco (señal de identidad de una tribu urbana, agente desinhibidor en las relaciones entre miembros de la misma) han pasado a otras sustancias sintéticas. Muchas, pero entre ellas ninguna de las que sedujeron a intelectuales carentes de criterio ni prestigio como Albert Hofmann, Ernst Jünger o Aldous Huxley, o a terapeutas de probada ineficiencia, como Humphry Osmond. Este documental del canal Historia (tan objetivo y documentado que sólo cabe pensar que algún realizador independiente se lo ha colado a los responsables del canal) explora la conexión canadiense, que para mí, al menos, era casi desconocida. Muchos años antes de que Leary iniciara su peculiar cruzada (sobre cuyas luces y sombras aún no cabe hacer una valoración justa, me parece), durante los 50, Osmond y sus colegas trabajaron con rigor y apertura de miras las posibilidades de la mescalina y la LSD como psicomiméticos y agentes terapeuticos. Algunos de los logros (un 50% de éxitos en la terapia de alcohólicos, por ejemplo) son tan impresionantes que la reacción adversa de la psicoterapia convencional y el moralismo al uso (Alcohólicos Anónimos) se entiende demasiado bien. Los políticos conservadores (de prejuicios y desigualdades) se apuntaron sin vacilación a la demonización del fármaco, al que culparon, con los trazos gruesos de causalidad que les son propios, de la contestación juvenil contra la guerra del Vietnam y otras barbaries subvencionadas con dinero público. Con una mano (la de hierro) el poder procedió a la prohibición (incluso de la experimentación clínica), penando la elaboración, el tráfico, la tenencia y hasta el consumo; con la otra, de seda, más sibilina, se impulsó el componente trivial y autodestructivo de la cultura juvenil, promocionando el uso de la cocaína, la heroína y otros fármacos conformistas. Convertida en moda, de la psicodelia no queda mucho más que un conjunto de clichés banales e inofensivos: disfraces de jipi, pedales de wah-wah y delay y un par de minucias armónicas. Y sin embargo. Dejémoslo ahí. Y sin embargo.


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