Anacronismos: ¿qué hubiera pensado E. T .A. Hoffmann de esta nueva aventura de su Hombre de Arena? Yo le imagino encantado, siguiendo con ojo travieso las evoluciones de este coro de Olimpias y sonriéndose ante su candor replicante.
El Hombre de Arena, siniestro en el cuento de Hoffmann, es en general benévolo en la tradición popular: si esparce arena en los ojos de los niños, es al modo del rey mago que arroja caramelos y confetti. Como prefiguraciones del famoso dinosaurio, los granos de arena siguen ahí al despertar: son las legañas o lagañas, una palabra de etimología adecuadamente oscura (tres deliciosas caras le dedica Corominas en su Diccionario oftalmológico).
Las legañas funcionan a veces como las gafas de color verde que el mago de Oz regalaba a sus súbditos. Vos mirastes con lagaña / a quien dais loores tantos, le reprocha a alguien Íñigo de Stúñiga. Hay ojos que de lagañas se agradan, le afea la celosa Elicia a Sempronio en el acto nono de la Celestina.
Las etimologías que Corominas va desechando son, cuanto menos, lindas: que si el griego láganon, suerte de buñuelo; que si lacus, 'lago', con la idea de una neblina que cubre las aguas, cf. el catalán llegany, 'nubecita'; o el légamo, barro oscuro y pegajoso.
No es menos interesante el recorrido por otras lenguas. En árabe pudo ser qada, 'mota en el ojo', 'brizna de paja' (lo que quizá da por fin sentido a aquello de la paja en el ojo ajeno). En alemán se dice Augenbutter, 'mantequilla del ojo'. En portugués ramela, 'ramita, brizna'. En inglés lo llaman, entre otras cosas, dormición, sleep.