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jueves, 17 de octubre de 2013
Donde los muertos
La muerte no está donde estamos; tampoco nosotros estaremos cuando ella llegue. Así razona Epicuro en su Carta a Meneceo, sección 124. Aunque el argumento se dirige contra el miedo a la muerte, es también y sobre todo una constatación de la alteridad fundamental de la muerte. Un muerto es un ausente, alguien que nos ha dejado, se ha ido.
Sin embargo, nuestra mente acepta con dificultad la idea de un personaje sin circunstancias. No solo pensamos en los difuntos, los recordamos y guardamos sus restos en un sepulcro o urna, sino que tendemos a imaginarlos —y esta operación, tenga lugar en el sueño o en la vigilia, implica situarlos en un espacio peculiar, propio. Surge así de forma natural la idea de un mundo de los muertos, cuyos pormenores imaginarios son, en cada cultura, una descripción veraz de los deseos y temores de los vivos .
(Esta evocación de los muertos no es solo consciente: también se da mientras nos entregamos al estado alterado de conciencia más cotidiano y fascinante de todos, el sueño. Los sueños en que aparecen personas difuntas han llevado desde antiguo a una asociación, que a veces deviene identidad, entre el mundo onírico y el de los muertos. Géza Róheim y James Hillman han estudiado bien el tema, cada uno desde su perspectiva distintiva: freudiana la del primero y junguiana, o posjunguiana, la del segundo.)
En la imaginación de ese Otro Mundo es un factor primario el miedo a la muerte, el instinto de conservación. Incluso en culturas como las mesopotámicas y la griega, que no parecen haber planteado en principio el destino de los difuntos en términos de recompensa y castigo, el Más Allá se presenta como un lugar inhóspito, indeseable, donde falta todo aquello que hace grata y posible la vida humana: el calor (en su justa medida), la fecundidad, la energía vital. Abrasador o helado, el Inframundo nunca es templado, armónico.
Por otra parte, si el temor a la muerte es el miedo básico del hombre, la persona capaz de domeñar este terror, el héroe, sobrepasa al hacerlo el umbral de lo humano. Al anteponer la consecución de su deseo a la propia vida, el héroe acepta la posibilidad de la muerte y pone, en cierto modo, un pie en ella. La imaginación hace el resto: no es ya que el héroe arriesgue su vida para vencer al enemigo y conseguir lo que anhela (gloria, tesoros, princesas), sino que tanto el monstruo a vencer como la recompensa se sitúan al Otro Lado, en territorio enemigo.
El héroe debe morir (de forma ritual, reversible) para culminar su viaje, alcanzando el lugar más alejado de su punto de partida. Su regreso, más tarde, al mundo de los vivos, afirma la continuidad entre lo sujeto a límites y lo que subyace a estos: es como el discurso que, roto a final de cada línea, cruza de algún modo el margen, da la vuelta a la hoja y reaparece incólume para encabezar el próximo renglón. Un amanecer.
martes, 21 de septiembre de 2010
Érase otra vez
Cinco siglos, al menos, separan el relato homérico, compuesto en el siglo VIII a.C., de los sucesos en que se inspira. El lapso es largo: del Poema de Mio Cid se cree, en cambio, que pudo escribirse cuando el héroe aún vivía. De ahí, probablemente, su carácter realista, que contrasta con la exuberancia mítica de la Ilíada. Cuanto mayor el tiempo, también el margen para exagerar, mezclar, depurar y, en definitiva, digerir los hechos, haciéndolos dignos de canto.
Hay una tendencia universal a dorar el pasado, a hacer de él una Edad de Oro. Manrique asegura con aire proverbial cómo cualquiera tiempo pasado / fue mejor. La Revolución Industrial actualiza el tópico, al crear como efecto secundario una añoranza de las cosas hechas como antes, artesanalmente, frente a los productos industriales fabricados en serie.
En todas las épocas, ha sido también un tópico que los padres y abuelos se quejen de la decadencia moral y física de las generaciones siguientes (efecto del recuerdo selectivo que se tiene de la propia juventud). Ya no quedan hombres como aquéllos. Si los quejosos tuvieran razón, bastaría remontarnos tiempo atrás para hallar una primera generación de hombres excelentes, semejantes a los dioses.
Por supuesto, así es. Muchos pueblos cuentan en su cronología con una época heroica o mítica en la que los dioses y los hombres estaban más cercanos en todos los sentidos: se parecían más, y vivían en mayor proximidad. En el principio de los tiempos, in illo tempore, el hombre y Dios o los dioses convivían en un mismo espacio (el Paraíso). En Egipto y en otros lugares, los primeros gobernantes fueron los dioses (Osiris, Horus). En Grecia se dice que los dioses se paseaban por la tierra, invitaban a sus amigos mortales al Olimpo, bebían con los hombres y se acostaban con las mujeres: de ahí los frecuentes nacimientos de semidioses: hijos de dios y mortal, que viven más que los hombres comunes y son mucho más fuertes que ellos. De entre los semidioses saldrán casi todos los héroes.
Semidioses, híbridos de deidad y mujer, son también Jesucristo y su eventual contrafigura, el Anticristo o hijo del demonio, que tanto juego ha dado en la imaginación popular (cf., entre los casos más recientes, películas como La semilla del diablo, La profecía, Demian).
En la Biblia, hay huellas de este tema en la historia según la cual los hijos de Dios se unieron a las hijas de los hombres, engendrando así la raza de los gigantes o héroes (Gn. 6) .
Los textos ugaríticos, anteriores a la Biblia, usan hijos de Dios para designar a los dioses del Panteón cananeo, hijos del dios principal. Es probable que el mito bíblico sea una reliquia politeísta, del tipo del salmo 82, en el que YHVH se dirige a los demás dioses en la Asamblea divina: Dios se levanta en la asamblea divina, rodeado de dioses juzga….
La tradición de los teólogos judíos se divide entre quienes hacen de los hijos de Dios ángeles enviados por éste a la tierra para reformar a los hombres (pero que caen en la tentación y sucumben al encanto de las mujeres) y quienes tratan de evitar toda sombra de heterodoxia entendiendo por hijos de Dios a los descendientes de Seth, virtuosos, y por hijas de los hombres al linaje de Caín. En este caso, queda por explicar por qué los descendientes de la unión de ambas familias son gigantes, y a santo de qué viene la preocupación divina que trata de limitar el número de años de la vida humana.
La interpretación de los hijos de Dios entra, dentro del cristianismo, en contradicción con el dogma de que los ángeles, puro espíritu, no tienen sexo ni capacidad de engendrar. Cf., no obstante, la creencia medieval en íncubos y súcubos, y la creencia en hijos derivados de estas uniones híbridas (Merlín, hijo de un íncubo; el Anticristo, hijo del demonio).
Se observa también que, en un inicio, Dios hace al hombre a su imagen, inmortal. Los sucesivos errores o faltas hacen que el hombre sea objeto de castigo, primero perdiendo la inmortalidad (expulsión del Edén), más tarde el conocimiento del idioma divino (Babel). Aunque no inmortales, los patriarcas antediluvianos vivían aún sus 175 (Abraham) o hasta 969 años (Matusalén). Los hombres antiguos se parecían más a los dioses: su vida era más larga y su fuerza mayor. YHWH, que percibe esta cercanía como una amenaza, decide acabar con la raza de los héroes o gigantes, limitando a partir de entonces la vida humana a los 120 años.
En Grecia, se da también una pérdida de confianza entre dioses y hombres: tras sucesos como el de Ixión y Tántalo, que ofenden la hospitalidad de los dioses, éstos restringen drásticamente el contacto entre ambos mundos; no hay, pues, más semidioses ni héroes.
En definitiva, el tiempo de los mitos y de la épica es el tiempo antediluviano, los tiempos de Maricastaña: un pasado que se siente muy lejano, superior y distinto.
Puesto que la épica habla de cosas muy viejas, es normal que el propio lenguaje que se utiliza sea arcaizante: que suene él mismo antañón, artificiosamente avejentado. Si habla un personaje de hace cinco siglos, se intenta que hable como se hablaba hace cinco siglos (sólo que, en realidad, ya nadie sabe cómo se hablaba entonces). El fenómeno se da también en nuestros romances, donde abundan las formas que habían caído en desuso, o que nunca habían estado en la lengua: futuros del tipo oiredes, sabredes, la e paragógica (infelice), la conservación de la f- inicial (fablaba)...
Es un lenguaje que quiere evocar el ἀρχή, el principio de los tiempos, la época primorosa de los príncipes (cf. la cascada de ideas: principio, príncipe, presidente, primor, primario). Lo originario es también lo original: aquello que, a diferencia de la copia, del cliché, conserva todo su poder. Es también lo radical: la raíz que da origen y mantiene lo que es.
Las fiestas nacen como regreso periódico al tiempo de los orígenes, que se actualiza mediante el rito, repitiendo la acción original de los dioses (cf. la misa, en la que se revive la Última Cena). Las fiestas son al tiempo profano lo que los templos o zonas tabú al espacio común: rupturas de la continuidad, centros u ombligos del mundo en los que se manifiesta lo otro, lo distinto, lo separado o sagrado. El historiador de las religiones Mircea Eliade aborda a menudo el tema en sus obras.
Lógicamente, la épica intenta (sin éxito) evitar el anacronismo. Homero, por ejemplo, atribuye siempre a sus héroes armas de bronce, aunque en su época ya se usaban las de hierro. Como en un sueño, se trata de crear un pasado que pase, un recuerdo en acción. La muerte heroica inmortaliza al héroe, y con él a su tiempo. Poco importa que el recuerdo no coincida con los hechos. Como escribiera el neoplatónico Salustio estas cosas no sucedieron jamás, pero son siempre.
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jueves, 20 de septiembre de 2007
Jack Flash el Saltarín
Separado de su familia verdadera, el héroe crece en un entorno hostil, que pone a prueba su excelencia natural. Es Harry Potter en el hueco de la escalera, pero también Tristán, Sigfrido, Anakin Skywalker.
El descubrimiento de su tarea aproxima al héroe a su probable perdición, pero le llena de una alegría incontenible. Andersen:
El patito feo reconoció a aquellas espléndidas criaturas que una vez había visto levantar el vuelo, y se sintió sobrecogido por un extraño sentimiento de melancolía.
—¡Volaré hasta esas regias aves! —se dijo—. Me darán de picotazos hasta matarme, por haberme atrevido, feo como soy, a aproximarme a ellas. Pero, ¡qué importa! Mejor es que ellas me maten, a sufrir los pellizcos de los patos, los picotazos de las gallinas, los golpes de la muchacha que cuida las aves y los rigores del invierno.
Y así, voló hasta el agua y nadó hacia los hermosos cisnes. En cuanto lo vieron, se le acercaron con las plumas encrespadas.
—¡Sí, mátenme, mátenme! —gritó la desventurada criatura, inclinando la cabeza hacia el agua en espera de la muerte. Pero, ¿qué es lo que vio allí en la límpida corriente? ¡Era un reflejo de sí mismo, pero no ya el reflejo de un pájaro torpe y gris, feo y repugnante, no, sino el reflejo de un cisne!
Poco importa que se nazca en el corral de los patos, siempre que uno salga de un huevo de cisne.
Nací en un huracán
de fuego cruzado.
Llamé a gritos a mi madre
bajo la lluvia arrolladora.
Pero ahora todo va bien:
¡de hecho, es una pasada!
Soy Jack Flash el Saltarín
y me río de mi sombra.
Me crió una vieja bruja
barbuda y desdentada,
me educaron
doblándome a correazos.
Pero ahora todo va bien:
¡de hecho, es una pasada!
Soy Jack Flash el Saltarín
y me río de mi sombra.
Me ahogaron, me lavaron a fondo
y me dieron por muerto,
caí de bruces
y vi mis pinreles sangrando.
He apurado con asco
las migajas de un mendrugo reseco.
Me coronaron
con un pincho clavado en el cráneo.
Pero ahora todo va bien:
¡de hecho, es una pasada!
Soy Jack Flash el Saltarín
y me río de mi sombra.
de fuego cruzado.
Llamé a gritos a mi madre
bajo la lluvia arrolladora.
Pero ahora todo va bien:
¡de hecho, es una pasada!
Soy Jack Flash el Saltarín
y me río de mi sombra.
Me crió una vieja bruja
barbuda y desdentada,
me educaron
doblándome a correazos.
Pero ahora todo va bien:
¡de hecho, es una pasada!
Soy Jack Flash el Saltarín
y me río de mi sombra.
Me ahogaron, me lavaron a fondo
y me dieron por muerto,
caí de bruces
y vi mis pinreles sangrando.
He apurado con asco
las migajas de un mendrugo reseco.
Me coronaron
con un pincho clavado en el cráneo.
Pero ahora todo va bien:
¡de hecho, es una pasada!
Soy Jack Flash el Saltarín
y me río de mi sombra.
lunes, 17 de septiembre de 2007
Ya burlaron la muerte
En su Canción urgente para Nicaragua, incluida en su disco de 1982 Unicornio, el cantautor cubano Silvio Rodríguez nos habla del triunfo del Frente Sandinista de Liberación Nacional (que en 1979 se hizo con el gobierno del país, dando fin a la tiranía del dictador Anastasio Somoza) y de tres de sus héroes, los revolucionarios Simón Bolívar, Augusto César Sandino y Ernesto Guevara, el Che. La letra dice así:
Se partió en Nicaragua
otro hierro caliente
con que el águila daba
su señal a la gente.
Se partió en Nicaragua
otra soga con cebo
con que el águila ataba
por el cuello al obrero.
Se ha prendido la hierba
dentro del continente.
Las fronteras se besan
y se ponen ardientes.
Me recuerdo de un hombre
que por eso moría
y que, viendo este día
como espectro del monte,
jubiloso reía.
El espectro es Sandino,
con Bolívar y el Che ,
porque el mismo camino
caminaron los tres.
Estos tres caminantes,
con idéntica suerte,
ya se han hecho gigantes,
ya burlaron la muerte.
Ahora el águila tiene
su dolencia mayor:
Nicaragua le duele,
pues le duele el amor.
Y le duele que el niño
vaya sano a la escuela,
porque de esa madera
de justicia y cariño,
no se afila su espuela.
Andará Nicaragua
su camino en la gloria,
porque fue sangre sabia
la que hizo su historia.
Te lo dice un hermano
que ha sangrado contigo;
te lo dice un cubano,
Te lo dice un amigo.
otro hierro caliente
con que el águila daba
su señal a la gente.
Se partió en Nicaragua
otra soga con cebo
con que el águila ataba
por el cuello al obrero.
Se ha prendido la hierba
dentro del continente.
Las fronteras se besan
y se ponen ardientes.
Me recuerdo de un hombre
que por eso moría
y que, viendo este día
como espectro del monte,
jubiloso reía.
El espectro es Sandino,
con Bolívar y el Che ,
porque el mismo camino
caminaron los tres.
Estos tres caminantes,
con idéntica suerte,
ya se han hecho gigantes,
ya burlaron la muerte.
Ahora el águila tiene
su dolencia mayor:
Nicaragua le duele,
pues le duele el amor.
Y le duele que el niño
vaya sano a la escuela,
porque de esa madera
de justicia y cariño,
no se afila su espuela.
Andará Nicaragua
su camino en la gloria,
porque fue sangre sabia
la que hizo su historia.
Te lo dice un hermano
que ha sangrado contigo;
te lo dice un cubano,
Te lo dice un amigo.
De un texto tan comprometido con las circunstancias históricas (y, por tanto, tan emocionante como discutible, según compartamos o no las posiciones políticas del autor) nos interesa ahora, paradójicamente, lo que hay de intemporal, y hasta de ancestral, en la presentación del héroe y el villano.
Sobre el villano, apuntemos sólo que Silvio Rodríguez no lo presenta directamente, sino a través de un símbolo: un águila que actúa como un ser humano y trata al pueblo como ganado, marcándolo a hierro y jalándolo del cuello con una soga tramposa. Por el contexto, no es difícil descifrar a quién se refiere, pues el águila aparece en el Sello Oficial de Estados Unidos:
En la canción, las flechas que el águila sostiene en su garra izquierda se convierten en hierros ardientes, y las ramas de olivo que lleva en su derecha se transfiguran en sogas con cebo. Pensados como emblemas de poder (las flechas) y paz (las ramas de olivo), se transforman aquí en armas de opresión y sometimiento.
Que el villano al que se enfrenta el héroe tome la forma de un animal prodigioso, dotado de inteligencia humana, es, como veremos, muy habitual en los cuentos, mitos y leyendas: el águila tiene aquí la función que otras veces ejercen la serpiente, el dragón o algún otro monstruo.
Lo que más nos interesa, sin embargo, no es la presentación del villano, sino la del héroe. Augusto César Sandino fue un revolucionario que a finales de los años 20 e inicios de los 30 luchó contra Estados Unidos y contra la oligarquía que dominaba Nicaragua. Fue asesinado en 1934, y en ese mismo año comenzó la dictadura de Anastasio Somoza, que duró hasta 1956. Sus hijos Luis y Anastasio heredaron el poder, y este último, tras la muerte de Luis en 1967, se mantuvo como dictador hasta 1979.
Por tanto, en el momento del triunfo del Frente Sandinista (que toma de él su nombre), Sandino lleva muchos años muerto. Objetivamente, su vida fue un fracaso, pues murió a manos de sus enemigos, que a continuación tomaron el poder.
Sin embargo, Silvio Rodríguez no nos presenta a Sandino como un muerto que no siente ni padece, sino como un espectro que asiste desde el monte al triunfo de la revolución y ríe jubiloso (haciendo buena la advertencia tradicional: quien ríe el último, ríe mejor).
Abundando en esta visión del héroe como un fantasma dotado de vida sobrenatural, la canción sigue explicando que Sandino marcha junto a Bolívar y el Che Guevara, y los presenta como tres caminantes que han seguido una misma senda (una senda metafórica: el camino de la Revolución), y que por ello han recibido un don singular: burlar la muerte y volverse gigantes.
Ahora bien, resulta que esta visión del héroe como un difunto anómalo y rebelde, que no muere del todo, sino que permanece presente como un fantama en los lugares donde vivió y murió, se corresponde exactamente con la visión de los héroes que tenían los antiguos griegos, que fueron los creadores de la palabra héroe.
En griego, una de las acepciones de héroe (y probablemente la más antigua) es la de revenant, un muerto que torna a la vida (o, visto de otro modo, no acaba de morir del todo). La visión de este muerto redivivo solía causar pánico. Los que lo veían solían morir de miedo, o eran asesinados por el fantasma. Por tanto, no puede extrañarnos que su vuelta no fuera mejor recibida que la de otros no-muertos (como el vampiro o el zombie).
Como matar a quien ya está muerto plantea importantes problemas técnicos, la estrategia más común ante los héroes era intentar darles lo que necesitaban. Después de todo, si el difunto no descansaba en paz era porque tenía algo pendiente, por resolver. En muchos casos, se trataba de una injusticia: había sido asesinado (como Sandino), o se le negaba el reconocimiento que merecía por las hazañas realizadas durante su vida.
Para complacer al héroe descontento, los habitantes de la localidad en que había muerto solían levantar un templo (muchas veces, también una estatua) y hacerle ofrendas. Lo trataban, pues, como a un dios. Un dios menor, o, como suele decirse, un semidiós.
Una vez aplacado, el héroe pasaba de enemigo de la comunidad a protector de la misma. Se celebraban sus hazañas y se le hacían sacrificios. (En ocasiones, incluso, sacrificios humanos. A algunos héroes se les entregaban hermosas vírgenes para que se unieran con ellos. El fantasma del gran Aquiles, por ejemplo, exigió que los griegos llevaran a su tumba a la princesa troyana Políxena y le dieran allí muerte.)
Como vemos, la conducta del héroe-fantasma se parece a veces mucho a la de un dragón o brujo malvado: un ser con poderes sobrenaturales que chantajea a la comunidad, y se lleva cada cierto tiempo lo más preciado de ésta (una joven princesa, el hijo del rey…) a cambio de respetar las vidas de los demás lugareños. De ahí que encontremos historias en las que el héroe-difunto es el villano, y otro héroe (vivo) tiene que enfrentarse a él.
El historiador Pausanias, que recogió muchas leyendas locales del folclore griego vivas en su época (el siglo II antes de Cristo) nos cuenta lo siguiente:
Dicen que Odiseo, tras la toma de Troya, fue llevado por los vientos a varias ciudades de Italia y Sicilia, y llegó también igualmente a Temesa con sus naves. Y que allí uno de los marineros, borracho, forzó a una doncella y fue apedreado por los del lugar por ese crimen. Odiseo, por su parte, no teniendo en nada la pérdida de éste, partió, pero el fantasma del hombre apedreado en ninguna ocasión cesaba de matar sin distinción a los de Temesa, yendo contra los de toda edad, hasta que la Pitia [sacerdotisa de Apolo] por una parte en modo alguno a los que deseaban huir de Italia les dejaba abandonar Temesa, y por otra ordenó que se delimitara un santuario y que se levantara un templo, y que se le diera cada año a la mujer más hermosa de las doncellas de Temesa. Para éstos, al cumplir lo ordenado por el dios, no hubo en adelante terror alguno del fantasma. Pero Eutimo en efecto llegó a Temesa, y justo en el momento del año en que se hacía sacrificio al fantasma, y se entera de lo que les sucede, y se le metió en el ánimo entrar al templo y, entrando, mirar a la doncella. Y cuando la vio, primero se vio llevado hacia la compasión, y luego hacia el amor. Y la muchacha juró casar con él si la salvaba, y Eutimo, preparado, esperó la acometida del fantasma. Y ganó en verdad la lucha y, pues fue expulsado de la tierra, el héroe desaparece sumergiéndose en el mar y hubo una boda espléndida para Eutimo y para los hombres de allí libertad en adelante del fantasma (Pausanias 6.6. 4-11)El poeta Calímaco trató también esta historia en un poema, que se ha perdido, pero del que se conserva un breve resumen:
En Temesa un héroe superviviente del barco de Odiseo cobraba tributo tanto a los del lugar como a los vecinos, los cuales (se cuenta que) tras llevarle un lecho y dejarle una doncella núbil se retiraban sin mirar atrás, y al alba los padres se llevaban una mujer en vez de una doncella.Como ves, este marinero de Odiseo (Ulises) no tiene en vida una conducta muy heroica que digamos —pero después de muerto sí demuestra un poder extraordinario, y eso hace que la Pitia aconseje a los habitantes de Temesa la respuesta habitual: tratarle como a un semidiós, elevarle un templo y darle lo que, en primer lugar, buscaba: una doncella con la que satisfacer sus ansias. (Después de todo, como sabemos, no pide nada que no hubiera pedido antes el gran Aquiles, admirado por todo el mundo.)
Sin embargo, la leyenda no termina ahí: aun después de domesticado, el fantasma sigue comportándose como un enemigo, un tirano. Por tanto, hace falta que alguien se enfrente a él . El héroe vivo (Eutimo) derrota al héroe muerto y se aplica la sentencia popular: el muerto al hoyo (en este caso, al mar) y el vivo al bollo (los encantos de la doncella).
Para entender cómo se pasa de estos héroes inquietantes que exigen a los vivos sacrificios humanos, o al menos ser tratados como dioses, a la imagen que tenemos del héroe como un bienhechor de la comunidad hay que tener en cuenta que muchas veces no se esperaba a que el muerto hiciese sus demandas. Nada más muerto un gran guerrero, se le glorificaba de todas las maneras posibles: se le hacía protagonista de cantos épicos, se le elevaban estatuas, se le hacían copiosos sacrificios.
Esta conducta preventiva evitaba que el héroe llegara a dañar a la comunidad, y por tanto lo único que se manifestaba de él era su lado más positivo y soleado.
El siguiente paso es llamar héroes a personajes que aún están vivos, pero cuyas proezas indican ya que merecerán ser divinizados tras su muerte. Hay que tener en cuenta que las historias sobre héroes nos hablan de lo que hicieron en vida, pero se componen y cantan cuando los protagonistas ya han muerto y han sido glorificados. (Sucede lo mismo, y no es casualidad, con los santos cristianos: una vez que han muerto y han sido reconocidos como santos, se cuentan su vida y milagros reconociéndoles desde su nacimiento, retrospectivamente, la santidad.)
La victoria sobre la muerte de la que habla Silvio Rodríguez hay que entenderla, pues, como literal en un primer momento. Después, claro, se racionaliza: lo que sobrevive a la muerte del héroe no es su fantasma, sino el recuerdo de sus hazañas, y sus principios (otra canción comprometida, del cantautor uruguayo Quintín Cabrera, termina diciendo: porque el que murió peleando / vive en cada compañero). Sin embargo, la canción presenta los hechos que trata desde una clave poética, simbólica, que podemos sin miedo llamar mítica: por ello, del mismo modo que convierte a Estados Unidos en una ave de rapiña, recupera la visión mágica, arquetípica, del héroe como muerto que no muere y acaba vengándose de los que le maltrataron.
El canto épico vuelve así, mediante la licencia poética, a sus raíces antropológicas más profundas y oscuras.
(Hasta la idea de que los héroes se transforman tras su muerte, engrandeciéndose o cambiando de forma de algún otro modo, es en origen una creencia literal. La transformación convierte en ocasiones al hombre en animal sagrado: se creía que la espina dorsal de un héroe muerto se convertía en serpiente al pudrirse el tuétano (Plutarco, Cleomenes 39). La aparición de esta serpiente junto a la tumba de un héroe certificaba su condición de tal. Otras veces, los muertos se agigantan, como en la canción de Silvio Rodríguez: de los barcos que han desaparecido en altamar y se han convertido en buques fantasmas se cree que en cada avistamiento aparecen más grandes. Uno de los cuentos más misteriosos de Poe, Manuscrito encontrado en una botella, nos lleva a bordo de uno de estos barcos gigantescos, cuyos marineros encantados esperan con ansia que el buque perezca en un remolino, dejándolos libres. En el libro de Angelo S. Rappoport sobre las supersticiones de los marinos leemos:
En Finisterre los viejos marinos cuentan historias sobre barcos hundidos que vuelven a visitar la costa con su tripulación fantasma. Estos barcos se agrandan extraordinariamente. Un viejo marino cuenta que él formó parte de la tripulación de un bergantín que se hundió. Fue el único superviviente y, a menudo, volvió a encontrarse con su antiguo barco en mares lejanos; cada vez era más grande.)
sábado, 15 de septiembre de 2007
Un hombre y su león...
Yvain o El caballero del león, de Chrétien de Troyes, es una de las novelas más desasosegantes (y galanas) que conozco. En su estupendo estudio sobre La novela y el espíritu de la caballería (Barcelona: Mondadori, 1993), José Enrique Ruiz-Domènec la resume así:
Le Chevalier au Lion (novela que [Chrétien] escribe entre 1177 y 1181) es el relato de un «joven» del siglo xii, es decir, de un segundón, un hombre célibe que transforma la vida errante en la búsqueda de una esposa y un feudo. La ocasión se la brinda su pariente más cercano, su primo Calogrenante, que fracasa ante la apuesta que ignifica resolver el enigma de un lugar misterioso, en el que nada más llegar una tormenta prueba el coraje de todo caballero (es bien conocido lo que Auerbach dedujo de este pasaje en Mímesis, cuyo objetivo se redujo a una constante búsqueda de la impresión que la literatura hace en la realidad social). Yvain, que es el nombre de este muchacho, decide probar la aventura. Tampoco aquí me detendré en los detalles, aunque en verdad este caballero cumplió perfectamente sus deberes como tal: alcanzó el lecho de una rica viuda (tras matar a su esposo), se convirtió en señor de aquel extraño lugar a través de una ingeniosa ruse, y terminó hastiado de la vida matrimonial, cosa que le impulsó a transgredir la promesa hecha a su esposa y volver a la vida errante. Así, a los veintidós años más o menos, el joven Señor de la Fuente había experimentado todo cuanto la vida puede ofrecer, y la vanidad de ese todo. La huida del hogar conyugal fue su catástrofe. Se volvió loco, anduvo por bosques y montañas sin conocer ni siquiera su nombre. Todo se volvió oscuro. Sólo dos cosas le quedaban; en ellas puso toda su fe: un león que le ayudó a regresar a su casa y la esperanza en el perdón de su esposa. La variedad del mundo, la firmeza de la vida caballeresca, se habían reducido a eso. Un león fiel y una sugestión eran todo. Libre de la ilusión del grupo juvenil y muy afectado por ciertas impresiones del viaje (en especial la que tuvo en el castillo de la Pesme Aventure, donde pudo ver con todo detalle la terrible condición de la mujer de su tiempo) regresó a su castillo, junto a su esposa. Quizá no fue feliz, pero tampoco desgraciado.
Como estas cosas suelen venir así dispuestas, en lo que ordenaba papeles (otro de los achaques propios de estas fechas), han surgido de la nada estos versos que apenas recuerdo haber escrito, sin duda al calor de la lectura del Yvain. Como yo no sabría juzgarlos con la severidad debida, allá van...
Un hombre y su león a toda prisa,
el uno hecho metáfora del otro,
los dos en guerra a muerte por el tiempo,
que toma por traición las bellas damas
y torna incompatibles sus urgencias.
Aquí queman a una, aquí la otra
es presa desdeñada de un gigante
que piensa regalarla a sus criados
a modo de chochona. Piensa Yvain
que ser un caballero es cada día
más turbio y estresante, un remolino
de citas imposibles, cicatrices,
reproches entre camas mal deshechas
y un hambre que no sacian las manzanas
de gusto sospechoso. El buen león
se lame las heridas y descubre
lo obsceno que es beber la propia sangre.
el uno hecho metáfora del otro,
los dos en guerra a muerte por el tiempo,
que toma por traición las bellas damas
y torna incompatibles sus urgencias.
Aquí queman a una, aquí la otra
es presa desdeñada de un gigante
que piensa regalarla a sus criados
a modo de chochona. Piensa Yvain
que ser un caballero es cada día
más turbio y estresante, un remolino
de citas imposibles, cicatrices,
reproches entre camas mal deshechas
y un hambre que no sacian las manzanas
de gusto sospechoso. El buen león
se lame las heridas y descubre
lo obsceno que es beber la propia sangre.
viernes, 14 de septiembre de 2007
Héroe de clase obrera
Sí, pero no. Aunque las genealogías revelarán después su ascendencia noble, e incluso divina, es condición esencial del héroe criarse en un ambiente duro, que ponga a prueba su nobleza intrínseca y le obligue a dibujarse como hijo de sus propias obras.
*
Abro con esta entrada (y con la clase de hoy) el curso. Este año imparto (quizá por última vez) la asignatura de Literatura Universal, esa suerte de biblioteca absoluta, borgiana, donde te dejan hacer turismo durante unas pocas horas.
La primera evaluación la dedicaremos a la tarea del héroe (en homenaje al libro memorable de Fernando Savater, de 1982, en que cambia de aguas: 'he sido un revolucionario sin ira; espero ser un conservador sin vileza').
En un rato he estado repasando, y son muchas las canciones de alta graduación sobre héroes (y villanos). Abro fuego con esta de John Lennon, de su disco de 1970:
En cuanto naces, logran
que te sientas pequeño:
en vez de darte todo,
te niegan su tiempo,
y así hasta que el dolor
se vuelve tan intenso
que no ya sientes nada.
(Héroe de clase obrera,
molaría ser eso. )
Te hacen daño en tu casa,
te pegan en la escuela;
te odian si sales listo,
y al tonto lo desprecian,
hasta que estás tan loco
que no sigues sus reglas.
(Molaría ser eso:
héroe de clase obrera.)
Después de torturarte
durante veinte años,
te exigen que espabiles
y escojas un trabajo,
y no das pie con bola,
de puro acojonado.
(Héroe de clase obrera:
ése sí es un trabajo. )
Te drogan con la tele,
la religión y el sexo,
¡Te crees tan desclasado,
tan libre, tan despierto!
—pero por lo que veo,
sigues siendo un parludo,
un jodido paleto.
(Héroe de clase obrera:
molaría ser eso.)
Te guardan un asiento
en lo alto de la cima,
si quieres llegar alto,
tan sólo necesitas
aprender a matar
cagándote de risa,
como hacen los cabrones
que viven allá arriba.
(Héroe de clase obrera:
una meta en la vida.
Si quieres ser un héroe,
sigue mi rastro. Aprisa.)
que te sientas pequeño:
en vez de darte todo,
te niegan su tiempo,
y así hasta que el dolor
se vuelve tan intenso
que no ya sientes nada.
(Héroe de clase obrera,
molaría ser eso. )
Te hacen daño en tu casa,
te pegan en la escuela;
te odian si sales listo,
y al tonto lo desprecian,
hasta que estás tan loco
que no sigues sus reglas.
(Molaría ser eso:
héroe de clase obrera.)
Después de torturarte
durante veinte años,
te exigen que espabiles
y escojas un trabajo,
y no das pie con bola,
de puro acojonado.
(Héroe de clase obrera:
ése sí es un trabajo. )
Te drogan con la tele,
la religión y el sexo,
¡Te crees tan desclasado,
tan libre, tan despierto!
—pero por lo que veo,
sigues siendo un parludo,
un jodido paleto.
(Héroe de clase obrera:
molaría ser eso.)
Te guardan un asiento
en lo alto de la cima,
si quieres llegar alto,
tan sólo necesitas
aprender a matar
cagándote de risa,
como hacen los cabrones
que viven allá arriba.
(Héroe de clase obrera:
una meta en la vida.
Si quieres ser un héroe,
sigue mi rastro. Aprisa.)
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