Mostrando las entradas con la etiqueta Fernando Savater. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Fernando Savater. Mostrar todas las entradas

lunes, 3 de junio de 2013

Unos y otras: encuentros con ¿Agustín García Calvo?



Todos los días me subo a un globo, vía Google, y recorro el ancho mundo a ver si alguien se ha decidido a reseñar por fin Unos y otras. Encuentros con ¿Agustín García Calvo?, el libro que acaba de editar Triacastela y que se presentó hace una semana en la fundación Juan March.  Como parece que nadie se anima, me lanzo yo mismo a dar mal ejemplo, en la esperanza de que no faltará quien lo agrave.

Antes que nada, conviene aclarar que sí, juegos terminológicos aparte, se trata de un homenaje póstumo, eso que el maestro tanto odiaba y cuya sola posibilidad le hizo sufrir y maldecir en vida.  Cuenta, por tanto, con la hostilidad razonada de cuantos sienten que la manera de mostrar cierta gratitud al difunto es no darle por tal y seguir enredándonos en las múltiples razones y juegos que nos dejó, en vez de fijar la vista en lo que él mismo consideró un excipiente desdeñable: su persona. Al final de la presentación [minutos 22:38 y siguientes] antes citada, Luis Caramés expone este punto de vista con elegancia, recia pero un tanto escéptica: en contradicción quizá con la indignación que encarna, parece cumplir buenamente un deber, más que seguir un impulso.

El libro se ha montado con prisas, quizá demasiadas, y se nota. Su ambición es que gentes diversas aporten 'su Agustín': una suerte de álbum de fotos que nos muestra al personaje aquí y allá, tan pronto dando lo mejor de sí (por ejemplo, cuando se queda con Savater como único alumno de sus clases de Desengaño y prosigue como si nada, con la misma convicción y entrega que si la salud de la Polis toda dependiera de ello) como haciendo con contumacia de sí mismo (cuando le invitan a un congreso erudito sobre Heráclito y decepciona al público especializado haciendo un discurso genérico contra la Realidad y sus males, sin contenido filológico alguno).

Como es de suponer, la lectura del Agustín de cada cual informa sobre todo sobre los gustos, logros y defectos personales del ponente. Hay un par de contribuciones magníficas que confirman el aprecio que uno ya tenía por las dotes del autor: Félix de Azúa juega maravillosamente con las expectativas del lector y Jesús Ferrero, que nos convierte en Jesús Ferrero durante su narración de los hechos, hace que nos quedemos con ganas de vivir más (sobre Agustín o no) desde sus ojos. Otros tiran de lo que ya escribieron: Savater, siempre simpático y zumbón, revisita sin mucho reparo el capítulo pertinente de su Mira por dónde y la necrológica que escribió en noviembre. El mucho oficio no disimula el hecho de que en su caso, más que en ningún otro, se trata de cumplir con un deber inexcusable pero engorroso: si Agustín fue esencial en su 'biografía intelectual', parece evidente que su figura acabó resultándole incómoda, y que su discurso en otras voces le resulta soporífero e insufrible. Leyendo la introducción que hace en 1996 a algunos de sus libros antiguos, reeditados en el volumen La voluntad disculpada, se percibe en el Savater maduro una suerte de envidia hacia el juvenil que se resuelve en ojeriza:

El lector es muy libre de simpatizar más con mis fórmulas pasadas que con las actuales. En cierto sentido, yo diría que es casi inevitable que lo disparatado resulte más simpático que lo verosímil: después de todo, la mayoría de nuestros errores provienen de querer creer lo que nos agrada o lo que nos edifica —por lo cual también pueden resultar más gratos o edificantes para otros— mientras que nuestros aciertos son más inhóspitos porque se deben casi siempre al reconocimiento de una realidad frecuentemente insípida y desde luego invulnerable a nuestros caprichos. 

A tan firme abogado del principio de Realidad, un evasor de infinitos como García Calvo no puede parecer sino un tozudo irresponsable, incapaz de descender de su nube para condenar de forma explícita el terrorismo etarra o para apreciar y defender las bondades del marco legal que hizo posible, de 1978 en adelante, que el maestro pudiera desarrollar en público sin demasiado escándalo su ataque sistemático contra la Paz y la Democracia. Que, a pesar de todo, el afecto le haya llevado a impulsar la confección del libro y a dar la cara (cierto que una cara de invencible hastío) en su promoción no deja de ser un triunfo.

Savater, en cualquier caso, no decepciona, o lo hace a la manera que Montano, su mejor fan, suele agradecerle. Es penoso en cambio que hayan encontrado sitio en el volumen las letrillas (o letrinas) en que Villena, un individuo que jamás apreció la obra del difunto y se complació a menudo en caricaturizarlo, hace del peor Villena: culto y vacuo, pero dispuesto hipócritamente a hacer causa común, o simplemente a apuntarse a los canapés, en cualquier milonga que suene 'progre'. Más penoso aún es que la contribución de Yolanda Alba intente endilgarle al muerto un discurso feminista al uso, que sus propias citas desmontan, y que, vencida acaso por la dificultad del apaño, se dedique a saquear el artículo de Wikipedia sobre el maestro, dándonos así a los que colaboramos en él la sensación extrañísima, aunque no inédita, de leernos bajo otros nombres y en compañía muy mejorable.

El volumen, en fin, es atractivo pero muy irregular: faltan nombres clave (¿dónde están Juan Bonilla y Javier Marías?) y hay mucho material de relleno. En lo que surge, si es que surge, alguien capaz de obsesionarse de veras con Agustín García Calvo y dedicarle un libro que sirva de puerta a su obra o que le añada un apéndice biográfico bien trabado, esto es lo que hay de momento: el peso de un legado inmenso que ha sido hasta ahora ninguneado en los días laborables y premiado en los festivos (3 Premios Nacionales, de Ensayo, Teatro y Traducción, no se los regalan a cualquiera). En lo que los filólogos deciden si lo incorporan o no a su discurso, contrariando una costumbre muy asentada, vivimos una zona extraña en que, por ejemplo, Carlos García Gual nos habla en este homenaje con cariño del montaje de Edipo Rey de Agustín y después, en su reciente libro sobre Edipo, logra recordar todas las traducciones al español de la obra menos la publicada en Lucina.

A día de hoy, en lo que vemos qué sucede con su pensamiento (toda una patata caliente), pinta mejor el uso continuado de al menos una parte de las aportaciones del maestro, las canciones y soliloquios de propia mano y la recreación de baladas populares.  Termino la reseña invitándoles a disfrutar de esta intervención recientísima de Isabel Escudero con Quesia Bernabé y Virginia, en la que se recuerda al maestro en su propia salsa: la oralidad, el canto y un poco, siempre sano, de teatro.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Agustín has left the building


Con el maestro Agustín, que acaba de morir en su Zamora, la vida me lleva arrancados tres hermanos y dos padres (aunque vivan aún, por muchos años, los que me dieron el ser, y esos pocos amigos sin cuenta que han sido y son más que eso). No soy un ingrato. Agradezco haberlos tenido, haberlos querido tanto, y que ellos (pienso) tuvieran constancia de ello. 'Era un hombre y te quiso mucho' —y 'mucho', llorando, digas.

Cada una de esas pérdidas ha sido un mazazo, una pared que se caía de repente en mi pequeño mundo, dejando entrar a traición la pena y el frío. Uno se las ve como puede con eso. Aunque nunca puede darse tal cosa como una recuperación, cabe al menos que el dolor del vacío no se lleve toda la presa, y la alegría de seguir sabiendo de ellos, a través de lo mucho que han dejado en marcha (no ya hecho, sino siempre mutante, vivo), haga también lo suyo.

Como el de mucha gente, supongo, mi primer contacto con Agustín fue a través de Fernando Savater, que lo cita con una mezcla de amor y odio en sus primeros libros. En La piedad apasionada, de 1977, después de citar el Sermón de ser y no ser de Agustín como el ejemplo más bello del discurso piadoso que ha intentado exponer en su libro, aclara que ni todo lo que allí dice se corresponde con el discurso del maestro ni lo pretende —aclaración, dice, que parece ociosa, pero que la experiencia le obliga a hacer explícita.

Cuando llegué a la Facultad de Filología de la Complutense en los 90 no sabía que allí mi camino se iba a cruzar con el de aquel maestro de mi maestro (pues eso fue el primer Savater para mí: el único filósofo que leí en los años en que la lectura nos constituye). Creo que lo vi por primera vez en persona con mi amigo Antonio Martín en un congreso de poesía y psicoanálisis que los del Grupo Cero (que siempre han tenido muy buena mano con las autoridades) habían organizado a todo trapo en la sede del Poder de Moncloa.

Antonio y yo soportamos muchas charlas lacanianas aquel día, casi todas autocomplacientes, llenas de jerga mal traducida y jueguecitos de palabras. Cuando le tocó el turno al maestro, subió a las tablas y sonrió. Antes que nada, dijo, quiero felicitar a los organizadores de este Congreso. Les felicito, porque hace falta mucho valor para organizar un encuentro para hablar de dos cosas como estas, de las cuales una no la hay, y de la otra solo sabemos que no se puede, sin mentir, decir nada.

Con el tiempo, me familiarizaría inevitablemente con esta peculiar captatio benevolentiae con que el maestro solía marcar distancias con el tinglado más o menos cultural en que se hubiera dejado atrapar, pero aquella tarde sus palabras me parecieron una verdadera revelación.

Poesía, sí, designaba algo que hubo una vez, pero que había dejado de vivir, devorada por la persona de los poetas y por la escritura, cementerio de aciertos y asentadora de nimiedades que nunca hubieran resistido el reto de la tradición oral. El papel se deja escribir cualquier cosa, me diría después Anita Leal que decía su abuelo, y aquel otro maestro inolvidable, Antonio Hernández Marín, le daba la vuelta a Bécquer con la misma música: en este mundo nuestro podrá haber poetas, pero ya no habrá poesía.

En cuanto al inconsciente, su conversión en un ítem más o menos mayúsculo del que se podían decir innúmeras pavadas (unas cuantas las llevaba yo oídas aquel mismo día) constituye en efecto uno de los tocomochos más indignantes de la modernidad. De no lo sabido cabe apenas, si uno no se resigna a hacerlo ser otra cosa que lo que no es, ensayar cierta teología negativa, a la que Agustín era muy aficionado. Renunciando al cultismo, en sus últimos años hablaba sin más de lo desconocido, que en su discurso es un suerte de océano incógnito que rodea a la Realidad, del que esta emerge y en el que siempre se está hundiendo.

Como muestra de lo que poesía pudo querer decir alguna vez, Agustín declamó ese día un poema inédito, que formaba parte, nos dijo, de la obra de teatro que estaba componiendo, Baraja del rey don Pedro. Si lo que llevaba dicho hasta entonces me había despertado del sopor, aquellos versos me sumieron en un encantamiento del que no llevo trazas, más de veinte años después, de despertar. Con él les dejo:

¿Quién contó las olas de la mar?
¿Quién le puso números al sueño?
Por tener lo que volaba,
llenó su jaula de pájaros muertos.
Por tener lo que soñaba,
su sueño trocó por joyeles de hielo.

Ese fue el rey Midas de los frigios,
que una vez, se dice, halló en su huerto,
medio asno, sudoroso,
peludo todo, borracho, a Sileno;
y lo ató con correyuelas
en flor y con hiedras llevóselo preso.

Pero luego al padre Dïoniso
le entregó su bruto tembloriento.
Conque el dios, en su sonrisa
le dijo: «Elige qué quieres en premio».
Y él pidió: «se trueque en oro
sin más cada cosa que toquen mis dedos».

¿Quién dirá los días que ha vendido?
¿Quién es quien las rosas puso a rédito?
Por saber lo que tenía,
perdió tesoro sin cuenta ni dueño.
Por saber lo que soñaba,
en mármol y nombre volviósele el sueño.

Esa fue la blanca niña Alma
que por celos de la misma Venus
hubo de tomar esposo
sin nombre, y nunca tenía que verlo.
Cada noche la abrazaba
y el gozo era sombra florida de besos.

Pero no bastó lo mucho y tanto:
todo quiso Alma, todo el tiempo;
y una noche que él dormía,
sacó la antorcha, la alzó sobre el lecho:
era Amor: su nombre supo;
lo vio y lo perdió: era amor, era ciego.





miércoles, 1 de diciembre de 2010

Close to the Edge (pero a cierta distancia)


En las corrientes artísticas que más valoro, que me han nutrido, hay una proximidad indudable a la religión. Así el surrealismo, el simbolismo y el abuelo de ambos, el romanticismo; así la psicodelia y, en fin, cualquier meandro o máscara del paganismo, tal como lo hemos soñado retrospectiva y algo improbablemente los que no lo vivimos. Sin religión (o sin eso que la religión pretende domesticar, pero a pesar de todo vehicula en cierta medida), no tendríamos la música de Bach, pero tampoco Tomorrow Never Knows o Close to the Edge.

Sin embargo, tan importante como el hecho de que estén próximas lo es que son distintas, distantes de cualquier dogma o jerarquía; inconciliables, de hecho. Frente a la promesa de otro mundo después, a mí sólo me importa el otro mundo aquí y ahora: el lugar donde las lindes se desdibujan.

Ese otro mundo, en fin, es extraño pero cotidiano también: lo atravesamos cada noche en sueños, y la mitocrítica nos ha enseñado hasta qué punto el desarrollo de la literatura y el pensamiento es otro nombre del baile de los dioses muchos. Arquetipos y sensaciones numinosas son hechos, no proposiciones de fe.

[Hay un libro del joven Savater, La piedad apasionada, que explica de manera inmejorable estas cuestiones. Leo que el autor no simpatiza mucho con aquellas diatribas neopaganas de sus comienzos, pero lo cierto es que no ha escrito nada mejor. Yo se las agradezco, igualmente.]


lunes, 4 de enero de 2010

Semana pop: lunes

Un saludo a Montano: un poeta de domingo con conciencia de lunes.

Cuando comencé este blog, en diciembre de 2005, dediqué una serie a cada día de la semana. Después, he vuelto a hablar de ellos (y de los meses) alguna vez. Esta semana, que tendrá lo suyo (mañana, por lo pronto, concierto), me apetece volver sobre el tema y recuperar algunas de las grandes canciones que se han escrito sobre cada día.

Por razones obvias, el lunes no tiene buena prensa. Su eterno retorno evoca la noria donde el burro se desnorta o, peor, se orienta: Nunca se puede saber / lo que va a ocurrir mañana, / salvo que al fin de semana / sigue el lunes otra vez, cantaban Radio Futura. Más lúgubre, escribía el joven Savater que el estado se inventó un lunes: el mismo lunes que se inventaron los lunes.

Todo canto al lunes tiene, pues, algo de exorcismo. Como nada está bien atado, incluso un lunes puede pasar cualquier cosa: amoríos, sorpresas, descubrimientos. Las dos canciones que me vienen a la mente son tan buenas que declino elegir. Ambas hablan de esos lunes sin calendario.

(Ojo también al bonus track. Y los que vengan: Bob Geldof, Lunes de Hierro, Los Lunes y hasta Los Lunis, si me descuido.)





martes, 21 de noviembre de 2006

Ruinas en flor


Durruti fue hombre de pocas, pero legendarias palabras. El joven Savater glosó con entusiasmo una de sus salidas: el amor a las ruinas. No se trata de la delectación romántica o decadentista en lo marchito, sino del júbilo que provoca ver cómo se tambalean los muros de la cárcel. En un plano más metafísico, García Calvo habla a menudo de las fisuras de la Realidad: la razón desmandada, en sermón o en canto, se vuelve contra su propia obra conformadora y deja adivinar por un instante lo que es previo y exterior al montaje, ese qué sé yo que florece a través de las grietas. Fotos del ángel en vuelo (veladas, por supuesto). Cuando era joven, cacé un vislumbre pasajero / por el rabillo del ojo. / Me di la vuelta a ver, mas era ido. / Ahora no me atrevería a asegurar que fue cierto.

La peripecia del anarquismo histórico tiene hoy hechuras de espejismo: por poco tiempo, pareció viable vivir sin ejército ni dinero, en una comunidad sin otro orden que su desenvolverse espontáneo, su estructura armoniosamente viva. Como dijo Darío del arte, no un conjunto de reglas, sino una armonía de caprichos. Reaccionarios como Borges o Tolkien no han resistido la tentación de murmurar que algún día mereceremos no tener gobierno. Cuando alguien nos cuente cómo nos lo echamos encima tal vez tengamos la historia del verdadero pecado original. Para el joven Savater, la falta que nos hizo súbditos es la delegación: pensar que alguien pueda o deba tomar las decisiones importantes de tu vida, algo tan absurdo como creer que pueda beber o fornicar por ti. El Poder reposa en la impotencia de aquellos contra los que se ejerce, y pierde por ello el derecho a ser considerado él mismo potencia, capacidad, virtud. Su logro es negativo: el Poder es que nadie pueda (pensar por sí mismo, decidir sobre su vida). Elimina el valor moral de las acciones, al reducirlas a acatamiento o desafío de una orden o prohibición externas. Si condesciende a mostrarse útil en algo, es sólo para realimentarse, legitimarse. Jamás se planteará en serio disolverse, devolver el pájaro al aire. De ahí la importancia de las grietas por las que, a pesar de todo, algo entra o se escapa. Respiramos por la herida.

sábado, 24 de junio de 2006

El rostro de la muerte


Leer al Savater descatalogado, casi borroso, de sus primeros libros es el mejor antídoto contra el adocenamiento que conozco. Los que disculpan con sonrisilla forzada estas travesuras de juventud, tildándolas de ingenuas, quieren que olvidemos que se escribieron en años salvajes, en los que la presión para ser comedido y avenirse a lo inocuo no era menos hiriente que ahora. Savater, por lo demás, sabía lo que se avecinaba. Quizá ningún pasaje lo expresa mejor que estas líneas de Sobre la probabilidad de la muerte, último argumento (amenaza) con el que cualquier totalitarismo espera vencernos. Retimbrando a Epicuro, razona que vivir es aceptarse inmortal (mientras dure), pues nunca viviremos nuestra muerte sino en cuanto vivísima fantasía diurna. Dos intimaciones, sin embargo, nos amortajan en vida. La una tiene que ver con el trabajo, que nos vuelve pieza rígida, intercambiable y al fin inerte, de su mecanismo. Que sea él quien nos cuente la otra:

Otro argumento que apunta a corroborar la amenaza de mi fallecer es el de la necesidad de adoptar, para triunfar en la vida, el rostro de la muerte. Llamo «rostro de la muerte» a ese semblante severo, ceñudo, duro, inflexible, que los ruegos no ablandan ni las consideraciones ternuristas conmueven. ¿Cuántas veces al día debo adoptar esta máscara de hierro? Siempre que deseo obtener un éxito rápido. En el penoso juego del amor, por ejemplo, es quien con mayor frecuencia adopta el rostro de la muerte quien lleva las de ganar; quien sepa hacer que el otro se estrelle contra unos ojos duros y unos labios apretados, quien sea más despiadado en el malentendido y menos tolerante en el «tú-hiciste-luego-yo-te-hago», ese será quien logre domeñar a su amante de manera irresistible. Y ¿qué diremos de la política o de la economía, donde el rostro de la muerte es el uniforme exigido para cualquier circunstancia? Ambos contendientes se lo ponen y triunfa aquél que lo guarda más tiempo, como ese terrible juego de los jóvenes americanos hipermotorizados, en el que se lanzan frente a frente y a toda velocidad dos automóviles, y gana el que tarda más tiempo en apartarse de la trayectoria mortal. Paulatinamente, quien se ha acostumbrado a ganar adoptando el rostro de la muerte, lo conserva puesto más y más tiempo; pero hay un día en que Hyde no puede volver a ser Jekyll, en que lo que comenzó siendo máscara termina por modelar el rostro verdadero a su imagen y semejanza. Al ver cómo incluso en mi rostro relajado de los días festivos ya apuntan perdurablemente las férreas asperezas de mi careta de muerte, no puedo por menos de conceder que, a fin de cuentas, también yo debo ser mortal.

(FS, Escritos politeístas, Madrid: Editora Nacional, 1975, pp. 81-2)

lunes, 22 de mayo de 2006

Tarea del pagano desterrado


TAREA DEL PAGANO DESTERRADO
(Fernando Savater)

En nuestra añoranza de la Edad de Oro, en nuestro destierro, nos la imaginamos como la época del dominio de los dioses en el mundo; en aquel entonces, el tiempo era cíclico y los momentos cumbre —epifanías de un dios terrible o enamorado— volvían sin cesar, traídos y conmemorados por el mito y el ritual, aún no disociados. A la comunidad perfecta de los dioses correspondía la impecable comunidad de los hombres, unidos en el mito y el ritual. Hubo una caída, cuyo motivo no podemos conjeturar más que muy malamente, pero que se puede describir así: los mitos se separaron de los ritos, la comunidad perdió su fundamento impecable, los dioses concretos comenzaron a borrar sus perfiles en un Dios abstracto. Fue el comienzo de la abstracción, del logos, del monoteísmo. Nació el Estado y los hombres adquirieron nombre propio; el tiempo comenzó a correr linealmente, hacia adelante: a la huída del paraíso se le llamó historia. El Señor dividió para vencer: y opuso el individuo a la sociedad, el trabajo al ocio, la teoría a la praxis, lo mío a lo tuyo, el hombre a la mujer, el alma al cuerpo, el amor al deseo, la muerte a la vida... Por fin, tras insinuarse durante largo tiempo, tras combatir el recuerdo de la Edad de Oro hasta trastocarlo y convertirlo en proyecto, el Dios abstracto se consideró lo suficientemente fuerte y se proclamó Dios Único; y los demás dioses, al oírle, murieron de risa. Se instauró la necesidad de creer, para fundamentar aún más el olvido de los otros dioses: nació la conciencia, el dentro y el fuera, la asediada ciudadela de la subjetividad. El Dios Único varió con hábil frecuencia de nombre: fue Naturaleza, fue Hombre, fue Espíritu Absoluto, Estado... Venerarle se llamó en ocasiones rezar, otras veces poesía, no infrecuentemente ciencia, como suele reiterarse en la modernidad. Pero a través de la duradera pesadilla de la historia siempre hubo réprobos que se negaron a unirse al coro de alabanzas, que se negaron a aceptar la disociación como necesaria e insistieron en el irreconciliable dolor de los contrarios; que añoraron, vagamente, la danzarina caterva de los dioses muchos. Así rechazaron toda reconciliación, el futuro, el progreso, el saber que acepta y aprueba lo que hay: su excesivamente buena memoria les dejó solos y acabó con ellos. Sólo nos quedan las briznas conmovidas de sus blasfemias y la inevitable biografía de su despedazamiento.

Aquí y ahora, el pensamiento negativo no acata el monoteísmo, ni quiere superar sino mantener viva la contradicción de la cosa. Se niega a producir nuevas teorías positivas que colaboren a sustentar la positividad del espectáculo vigente. Si aventura algo que no sea puramente crítica, no lo hace a modo de saber al que hay que conceder fe, sino como simple cuento (mito) que basta con escuchar y que quizá se haga recordar por la fuerza de su propio estilo. No podemos ser, aquí y ahora, politeístas, porque el mito de los dioses exige realizarse en el rito y la comunidad, no como creencia individual. Pero renunciando a convencer, a predicar, a establecer sobre firme base teórica lo que hay; limitándose a recensionar los avatares de una desdicha, las fisuras en la pretendida solidez vigente, a cantar la fiebre demoledora de anhelos desconocidos, a dar voz a lo que por decreto u olvido no puede tener voz.... se conserva de algún modo la imagen viva de la perdida Edad de Oro, cuya recuperación no puede ser ni consecuencia ni proyecto ni superación del Estado presente, sino su despertar del sueño monoteísta.

[FS, Papeles de Son Armadans 227 (1975): 95-7]