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jueves, 10 de septiembre de 2015

Allá donde se cruzan los caminos


Now the crossroads is a site with universal spooky impications. To the religious imagination it can appear not as a random juncture of paths but as a place where roads purposely converge: in Egyptian such an intersection is basic to the concept of 'city', of which the glyph, neywet, shows a crossroads. This may explain the weird feeling associated with a desolate crossroads far from any town — it's like a city center without a city, roads converging on Nowhere, or perhaps on the Invisible.

(J. Rabinowitz, The Rotting Goddess, pp. 37-38.)

lunes, 17 de septiembre de 2007

Ya burlaron la muerte


En su Canción urgente para Nicaragua, incluida en su disco de 1982 Unicornio, el cantautor cubano Silvio Rodríguez nos habla del triunfo del Frente Sandinista de Liberación Nacional (que en 1979 se hizo con el gobierno del país, dando fin a la tiranía del dictador Anastasio Somoza) y de tres de sus héroes, los revolucionarios Simón Bolívar, Augusto César Sandino y Ernesto Guevara, el Che. La letra dice así:

Se partió en Nicaragua
otro hierro caliente
con que el águila daba
su señal a la gente.

Se partió en Nicaragua
otra soga con cebo
con que el águila ataba
por el cuello al obrero.

Se ha prendido la hierba
dentro del continente.
Las fronteras se besan
y se ponen ardientes.

Me recuerdo de un hombre
que por eso moría
y que, viendo este día
como espectro del monte,
jubiloso reía.

El espectro es Sandino,
con Bolívar y el Che ,
porque el mismo camino
caminaron los tres.

Estos tres caminantes,
con idéntica suerte,
ya se han hecho gigantes,
ya burlaron la muerte.

Ahora el águila tiene
su dolencia mayor:
Nicaragua le duele,
pues le duele el amor.

Y le duele que el niño
vaya sano a la escuela,
porque de esa madera
de justicia y cariño,
no se afila su espuela.

Andará Nicaragua
su camino en la gloria,
porque fue sangre sabia
la que hizo su historia.

Te lo dice un hermano
que ha sangrado contigo;
te lo dice un cubano,
Te lo dice un amigo.


De un texto tan comprometido con las circunstancias históricas (y, por tanto, tan emocionante como discutible, según compartamos o no las posiciones políticas del autor) nos interesa ahora, paradójicamente, lo que hay de intemporal, y hasta de ancestral, en la presentación del héroe y el villano.

Sobre el villano, apuntemos sólo que Silvio Rodríguez no lo presenta directamente, sino a través de un símbolo: un águila que actúa como un ser humano y trata al pueblo como ganado, marcándolo a hierro y jalándolo del cuello con una soga tramposa. Por el contexto, no es difícil descifrar a quién se refiere, pues el águila aparece en el Sello Oficial de Estados Unidos:



En la canción, las flechas que el águila sostiene en su garra izquierda se convierten en hierros ardientes, y las ramas de olivo que lleva en su derecha se transfiguran en sogas con cebo. Pensados como emblemas de poder (las flechas) y paz (las ramas de olivo), se transforman aquí en armas de opresión y sometimiento.

Que el villano al que se enfrenta el héroe tome la forma de un animal prodigioso, dotado de inteligencia humana, es, como veremos, muy habitual en los cuentos, mitos y leyendas: el águila tiene aquí la función que otras veces ejercen la serpiente, el dragón o algún otro monstruo.

Lo que más nos interesa, sin embargo, no es la presentación del villano, sino la del héroe. Augusto César Sandino fue un revolucionario que a finales de los años 20 e inicios de los 30 luchó contra Estados Unidos y contra la oligarquía que dominaba Nicaragua. Fue asesinado en 1934, y en ese mismo año comenzó la dictadura de Anastasio Somoza, que duró hasta 1956. Sus hijos Luis y Anastasio heredaron el poder, y este último, tras la muerte de Luis en 1967, se mantuvo como dictador hasta 1979.

Por tanto, en el momento del triunfo del Frente Sandinista (que toma de él su nombre), Sandino lleva muchos años muerto. Objetivamente, su vida fue un fracaso, pues murió a manos de sus enemigos, que a continuación tomaron el poder.

Sin embargo, Silvio Rodríguez no nos presenta a Sandino como un muerto que no siente ni padece, sino como un espectro que asiste desde el monte al triunfo de la revolución y ríe jubiloso (haciendo buena la advertencia tradicional: quien ríe el último, ríe mejor).

Abundando en esta visión del héroe como un fantasma dotado de vida sobrenatural, la canción sigue explicando que Sandino marcha junto a Bolívar y el Che Guevara, y los presenta como tres caminantes que han seguido una misma senda (una senda metafórica: el camino de la Revolución), y que por ello han recibido un don singular: burlar la muerte y volverse gigantes.

Ahora bien, resulta que esta visión del héroe como un difunto anómalo y rebelde, que no muere del todo, sino que permanece presente como un fantama en los lugares donde vivió y murió, se corresponde exactamente con la visión de los héroes que tenían los antiguos griegos, que fueron los creadores de la palabra héroe.

En griego, una de las acepciones de héroe (y probablemente la más antigua) es la de revenant, un muerto que torna a la vida (o, visto de otro modo, no acaba de morir del todo). La visión de este muerto redivivo solía causar pánico. Los que lo veían solían morir de miedo, o eran asesinados por el fantasma. Por tanto, no puede extrañarnos que su vuelta no fuera mejor recibida que la de otros no-muertos (como el vampiro o el zombie).

Como matar a quien ya está muerto plantea importantes problemas técnicos, la estrategia más común ante los héroes era intentar darles lo que necesitaban. Después de todo, si el difunto no descansaba en paz era porque tenía algo pendiente, por resolver. En muchos casos, se trataba de una injusticia: había sido asesinado (como Sandino), o se le negaba el reconocimiento que merecía por las hazañas realizadas durante su vida.

Para complacer al héroe descontento, los habitantes de la localidad en que había muerto solían levantar un templo (muchas veces, también una estatua) y hacerle ofrendas. Lo trataban, pues, como a un dios. Un dios menor, o, como suele decirse, un semidiós.

Una vez aplacado, el héroe pasaba de enemigo de la comunidad a protector de la misma. Se celebraban sus hazañas y se le hacían sacrificios. (En ocasiones, incluso, sacrificios humanos. A algunos héroes se les entregaban hermosas vírgenes para que se unieran con ellos. El fantasma del gran Aquiles, por ejemplo, exigió que los griegos llevaran a su tumba a la princesa troyana Políxena y le dieran allí muerte.)

Como vemos, la conducta del héroe-fantasma se parece a veces mucho a la de un dragón o brujo malvado: un ser con poderes sobrenaturales que chantajea a la comunidad, y se lleva cada cierto tiempo lo más preciado de ésta (una joven princesa, el hijo del rey…) a cambio de respetar las vidas de los demás lugareños. De ahí que encontremos historias en las que el héroe-difunto es el villano, y otro héroe (vivo) tiene que enfrentarse a él.

El historiador Pausanias, que recogió muchas leyendas locales del folclore griego vivas en su época (el siglo II antes de Cristo) nos cuenta lo siguiente:
Dicen que Odiseo, tras la toma de Troya, fue llevado por los vientos a varias ciudades de Italia y Sicilia, y llegó también igualmente a Temesa con sus naves. Y que allí uno de los marineros, borracho, forzó a una doncella y fue apedreado por los del lugar por ese crimen. Odiseo, por su parte, no teniendo en nada la pérdida de éste, partió, pero el fantasma del hombre apedreado en ninguna ocasión cesaba de matar sin distinción a los de Temesa, yendo contra los de toda edad, hasta que la Pitia [sacerdotisa de Apolo] por una parte en modo alguno a los que deseaban huir de Italia les dejaba abandonar Temesa, y por otra ordenó que se delimitara un santuario y que se levantara un templo, y que se le diera cada año a la mujer más hermosa de las doncellas de Temesa. Para éstos, al cumplir lo ordenado por el dios, no hubo en adelante terror alguno del fantasma. Pero Eutimo en efecto llegó a Temesa, y justo en el momento del año en que se hacía sacrificio al fantasma, y se entera de lo que les sucede, y se le metió en el ánimo entrar al templo y, entrando, mirar a la doncella. Y cuando la vio, primero se vio llevado hacia la compasión, y luego hacia el amor. Y la muchacha juró casar con él si la salvaba, y Eutimo, preparado, esperó la acometida del fantasma. Y ganó en verdad la lucha y, pues fue expulsado de la tierra, el héroe desaparece sumergiéndose en el mar y hubo una boda espléndida para Eutimo y para los hombres de allí libertad en adelante del fantasma (Pausanias 6.6. 4-11)
El poeta Calímaco trató también esta historia en un poema, que se ha perdido, pero del que se conserva un breve resumen:
En Temesa un héroe superviviente del barco de Odiseo cobraba tributo tanto a los del lugar como a los vecinos, los cuales (se cuenta que) tras llevarle un lecho y dejarle una doncella núbil se retiraban sin mirar atrás, y al alba los padres se llevaban una mujer en vez de una doncella.
Como ves, este marinero de Odiseo (Ulises) no tiene en vida una conducta muy heroica que digamos —pero después de muerto sí demuestra un poder extraordinario, y eso hace que la Pitia aconseje a los habitantes de Temesa la respuesta habitual: tratarle como a un semidiós, elevarle un templo y darle lo que, en primer lugar, buscaba: una doncella con la que satisfacer sus ansias. (Después de todo, como sabemos, no pide nada que no hubiera pedido antes el gran Aquiles, admirado por todo el mundo.)

Sin embargo, la leyenda no termina ahí: aun después de domesticado, el fantasma sigue comportándose como un enemigo, un tirano. Por tanto, hace falta que alguien se enfrente a él . El héroe vivo (Eutimo) derrota al héroe muerto y se aplica la sentencia popular: el muerto al hoyo (en este caso, al mar) y el vivo al bollo (los encantos de la doncella).

Para entender cómo se pasa de estos héroes inquietantes que exigen a los vivos sacrificios humanos, o al menos ser tratados como dioses, a la imagen que tenemos del héroe como un bienhechor de la comunidad hay que tener en cuenta que muchas veces no se esperaba a que el muerto hiciese sus demandas. Nada más muerto un gran guerrero, se le glorificaba de todas las maneras posibles: se le hacía protagonista de cantos épicos, se le elevaban estatuas, se le hacían copiosos sacrificios.

Esta conducta preventiva evitaba que el héroe llegara a dañar a la comunidad, y por tanto lo único que se manifestaba de él era su lado más positivo y soleado.

El siguiente paso es llamar héroes a personajes que aún están vivos, pero cuyas proezas indican ya que merecerán ser divinizados tras su muerte. Hay que tener en cuenta que las historias sobre héroes nos hablan de lo que hicieron en vida, pero se componen y cantan cuando los protagonistas ya han muerto y han sido glorificados. (Sucede lo mismo, y no es casualidad, con los santos cristianos: una vez que han muerto y han sido reconocidos como santos, se cuentan su vida y milagros reconociéndoles desde su nacimiento, retrospectivamente, la santidad.)

La victoria sobre la muerte de la que habla Silvio Rodríguez hay que entenderla, pues, como literal en un primer momento. Después, claro, se racionaliza: lo que sobrevive a la muerte del héroe no es su fantasma, sino el recuerdo de sus hazañas, y sus principios (otra canción comprometida, del cantautor uruguayo Quintín Cabrera, termina diciendo: porque el que murió peleando / vive en cada compañero). Sin embargo, la canción presenta los hechos que trata desde una clave poética, simbólica, que podemos sin miedo llamar mítica: por ello, del mismo modo que convierte a Estados Unidos en una ave de rapiña, recupera la visión mágica, arquetípica, del héroe como muerto que no muere y acaba vengándose de los que le maltrataron.

El canto épico vuelve así, mediante la licencia poética, a sus raíces antropológicas más profundas y oscuras.

(Hasta la idea de que los héroes se transforman tras su muerte, engrandeciéndose o cambiando de forma de algún otro modo, es en origen una creencia literal. La transformación convierte en ocasiones al hombre en animal sagrado: se creía que la espina dorsal de un héroe muerto se convertía en serpiente al pudrirse el tuétano (Plutarco, Cleomenes 39). La aparición de esta serpiente junto a la tumba de un héroe certificaba su condición de tal. Otras veces, los muertos se agigantan, como en la canción de Silvio Rodríguez: de los barcos que han desaparecido en altamar y se han convertido en buques fantasmas se cree que en cada avistamiento aparecen más grandes. Uno de los cuentos más misteriosos de Poe, Manuscrito encontrado en una botella, nos lleva a bordo de uno de estos barcos gigantescos, cuyos marineros encantados esperan con ansia que el buque perezca en un remolino, dejándolos libres. En el libro de Angelo S. Rappoport sobre las supersticiones de los marinos leemos:
En Finisterre los viejos marinos cuentan historias sobre barcos hundidos que vuelven a visitar la costa con su tripulación fantasma. Estos barcos se agrandan extraordinariamente. Un viejo marino cuenta que él formó parte de la tripulación de un bergantín que se hundió. Fue el único superviviente y, a menudo, volvió a encontrarse con su antiguo barco en mares lejanos; cada vez era más grande.)

lunes, 9 de abril de 2007

Coda fantasmal: Georgina


Primer enigma resuelto: como sospechábamos, el gran poema de Juan Ramón Jiménez Cuando yo era el niñodiós se remonta al primer libro publicado del poeta (Almas de violeta, 1900) —pero la versión que traje en su día corresponde a una revisión muy posterior: en sus propios términos, es una versión revivida, completamente remozada. Para bien; es una lástima no tener ahora conmigo la primera versión, con la que he topado estos días por casualidad; pero todo se andará.

*

El segundo enigma es de resolución (y planteamiento) más difícil. Tiene que ver también con la vida y la obra de JRJ, pero no sólo. Diría que topé por primera vez con él a propósito de mi tocayo, el emperador macedonio. Se cuenta de él que cuando llegó a tierras de Asia se dirigió a la tumba de Aquiles y lloró largamente por aquel héroe, su predilecto. Hoy sabemos que la tumba era de pega; el dolor, genuino.

La versión juanramoniana de la historia comienza el 8 de marzo de 1904, cuando dos espabilados muchachos del Perú, José Gálvez Barrenechea y Carlos Rodríguez Hübner, deciden escribir al poeta para pedirle uno de sus libros, difíciles de encontrar (y quizá caros para su pobre bolsillo). Antes de posar la pluma en el papel, deciden que plantearle sin más la demanda sería torpe y de mal gusto. ¿Quiénes son ellos para pedirle algo así?

Deciden, pues, no ser ellos quienes escriben, sino una limeña veinteañera y melancólica que ha encontrado en los versos del maestro abrigo para sus penas: Georgina Hübner. El nombre corresponde a una prima de Carlos, que es cómplice del engaño, pero se mantiene (parece) al margen de la escritura.

La mañana que recibe la carta de Georgina, Juan Ramón le responde de inmediato, enviándole un ejemplar de Arias tristes y asegurándole que con el mayor placer le hará llegar cada uno de los que publique en adelante. La despedida da idea de su galantería:
Gracias por su fineza. Y créame su muy suyo, que le besa los pies, Juan R. Jiménez.
A esta primera carta, conservada, le siguieron otras, parece que perdidas. Sabemos, en cualquier caso, que la devoción de Juan Ramón por su Georgina creció hasta tal punto que se planteó acudir a su encuentro, cruzando los mares, y le ofreció como prenda de amor la dedicatoria de su próximo libro, Jardines lejanos.

Según Gálvez, en este punto la verdadera Georgina llamó a capítulo a sus amigos, inquieta por el progreso de la broma. Hubo una nueva carta (quizá la última) en la que la joven declinaba agradecida el ofrecimiento del poeta, y para evitar males mayores el trío de traviesos decidió dar muerte al personaje, contando para ello con un nuevo cómplice, consciente o no: el cónsul de Perú en Sevilla, que se encargó de dar la noticia al poeta.

Conmovido por la noticia, Juan Ramón compone dos poemas. Uno de ellos es célebre: «Carta a Georgina Hübner en el cielo de Lima», publicado años después en Laberinto (1913). El otro, inédito, no ha salido a la luz hasta la publicación del primer tomo del epistolario del poeta, Epistolario I. 1898-1916 (ed. de Alfonso Alegre Heitzmann, Madrid: Residencia de Estudiantes, 2006). Iba a formar parte de La frente pensativa (1911-1912), uno de los muchos libros que el poeta dejó inéditos, pero no aparece en la edición (póstuma) de 1964. Dice así:

Esta mañana fría
me he acordado de ti, Georgina mía.

Mano que me escribía
aquellas cartas grises de poesía,
cómo la tierra umbría
habrá desbaratado tu armonía,
mano que me decía
¡ven! (Y no fui) . ...¡Qué fría
mañana de dolor, Georgina mía!

Del otro poema, el célebre, no tengo el texto publicado en Laberinto, pero sí la versión revivida que el poeta acometió en sus últimos años, publicada póstumamente en Leyenda. Lo peculiar del asunto es que para entonces Juan Ramón ya estaba al corriente del engaño sufrido (una situación que mi tocayo macedonio no tuvo que afrontar). Si su reacción juvenil a la carta de Georgina fue noble, la respuesta del hombre maduro es para enmarcar:
En suma, yo tuve una gran ilusión y escribí un poema que se hizo famoso y que Neruda aprovechó bastante en sus versos de aquella época. (...) Nada me pesa el engaño, ya lo sabe Georgina Hübner, los que participaron en la farsa y la exquisita autora de las epístolas.
Si así se expresaba en una entrevista, en un apunte íntimo destinado a su autobiografía va más lejos:
Sea como sea yo he amado a Georgina Hübner, ella llenó una época de vacío mía, y para mí ha existido tanto como si hubiera existido. Gracias, pues, a quien la inventara.
Quizá alguien pueda y quiera traernos la versión primera, digamos clásica, del poema. De momento, aquí va la versión tardía, que el Epistolario (pp. 602-4) reproduce en versión facsímil, mecanografiada y con algunas correcciones añadidas a mano:

CARTA REVIVIDA
A GEORGINA HÜBNER
en los cielos de Lima.

(...Pero a qué le hablo a usted de mis pobres cosas melancólicas: a usted a quien todo lo sonríe!
...con un libro entre las manos, ¡cuánto he pensado en usted, amigo mío!
...Su carta me dio pena y alegría. ¿Por qué tan pequeñita y tan ceremoniosa?

Cartas de Georgina — Verano de 1904)


El cónsul de Perú me lo dice: «Georgina
Hübner ha muerto».
...Has muerto. ¿Por qué? ¿Cómo? ¿En qué día?
¿Qué oro, al despedirme de mi vida un ocaso,
iba a rozar la dejadencia de tus manos
cruzadas, en sus tallos, sobre el parado pecho,
como dos lirios malvas ya planos de su peso?

Ya se pegó tu espalda para siempre a la tabla,
tus piernas están ya para siempre cerradas.
(Sobre el tierno verdor de tu reciente fosa,
el sol poniente ya inflamará los chuparrosas?)
Ya está más fría y más solitaria la Punta
que cuando tu la viste, huyendo de esa tumba,
aquellas tardes en que tu ilusión me dijo:
«¡Cuánto he pensado en usted, amigo mío!».

¿Y yo, Georgina, en ti? Yo no sé cómo eras.
Morena, casta, triste? Sólo sé que mi pena
parece una mujer, tú, tú que estás sentada,
llorando, sollozando al borde de mi alma.
Sé que mi pena tiene esta letra suave
que venía en un vuelo atravesando mares,
para llamarme «amigo»... o algo más... No sé... algo
que sentía tu corazón de veinte años.

(Me escribistes: «Mi primo me trajo ayer su libro».
¿Te acuerdas? Y yo, pálido: «Pero usted tiene un primo?»

Quise entrar en tu vida y ofrecerte una mano
limpia como una llama, Georgina... En cuantos barcos
partían fue mi loco corazón en tu busca.
Yo creía encontrarte pensativa en La Punta,
con un libro en las manos, como tú me escribías,
soñando entre las flores refrescarme la vida.

Ahora, el barco en el que iré una noche a buscarte,
no saldrá de tal puerto ni surcará los mares;
irá por lo infinito, con la proa hacia arriba,
buscando como un ánjel una celeste isla...
Y... ¡Georgina, Georgina, qué cosas! mis dos libros
los tendrás en tu falda, y ya le habrás leído
a Dios algunos versos... Tú hollarás el poniente
en que mis pensamientos dramáticos se mueven.
Desde ahí, tú sabrás que esto no vale nada;
que, quitado el amor, lo demás son palabras.

¡El amor, el amor! ¿Tú sentiste en tus noches
la llamada lejana de mis ardientes voces,
cuando yo, en las estrellas, en la sombra, en la brisa,
esclamando hacia el sur, te llamaba «¡Georginaaa!».
Una onda, quizás, del aire que llevaba
el profundo sentir de mis rotas nostaljias,
pasó junto a tu oído? ¿Tú supiste de mí
los sueños de la casa, los besos del jardín?

¡Cómo se rompe lo mejor de nuestra vida!
Vivimos ¿para qué? Para mirar los días
de fúnebre color, sin cielo en los remansos;
para tener la frente caída entre las manos;
para anhelar, cantándolo, lo que está siempre lejos;
para no pasar nunca el umbral del ensueño.
...Sí, Georgina, Georgina; para que tú te mueras
una tarde, una noche... ¡y sin que yo lo sepa!

Y el cónsul del Perú me lo dice: «Georgina
Hübner ha muerto».
Has muerto. Estás sin alma en Lima,
tupiendo rosa encima, debajo de la tierra...
Y si en ninguna parte nuestros brazos se encuentran
¡qué niño idiota, hijo del odio y el rencor,
hizo el mundo jugando con pompas de jabón!


Sentimientos reales; sucesos, personajes o escenarios ficticios. Hay algo en la historia que anticipa los corazones encandilados y rotos de estos días, presa de amores virtuales, nicks engañosos, clones del deseo ajeno. ¿Dime que me quieres, aunque sea mentira?

miércoles, 28 de marzo de 2007

Dobles I: Fantasmas


Un fantasma: la imagen de una persona despojada de su cuerpo, una huella sin dedo que baila en la hoja. En sueños, todos somos fantasmas, distintos y distantes del cuerpo que duerme y se inhibe, químicamente, de nuestra suerte. Vamos dándonos forma cada vez que pensamos en nosotros mismos, rodeando de ideas y recuerdos nuestro nombre. El argumento está en Byron, y es verdad: nada debe temer un hombre de un fantasma, pues nada hay en éste que no esté ya en él. Somos fantasmas que aún tienen cuerpo (y eso que salimos ganando). Nuestra identidad, sin embargo, reside en el Otro: el Doble fantasmal (alma, psique, consciencia) que, si por un lado consiente en ir tomando prestados los rasgos de nuestro espejo, por otra los amenaza siempre con la sonrisa de un pasajero exterior a la máscara. Una imagen, pero no una cualquiera: fasma o fantasma es aparición, algo que vive fuera del plano y se asoma inesperadamente por un rincón de la escena. El extrañamiento es doble: quien se observa está fuera de sí; el observador renuncia, en cuanto tal, a observarse. La reserva es la santidad misma: espíritu santo, fantasma sagrado, Holy Ghost. Curioso el tiempo invertido en hablar de la existencia (estar aquí afuera) de lo que por naturaleza está siempre allende, oculto, midiendo cada una de sus fugaces apariciones para nunca pillarse los dedos.

*

Bonus track. Andy Mckee. El genio de la lámpara se pasa a a la guitarra: