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viernes, 8 de abril de 2011

No era temporada de moras



— Dezid, hija garrida,
¿quién os manchó la camisa?
—Madre, las moras del çarçale,
las moras del çarçal, madre.
—Mentir, hija, mas no tanto,
que no pica la çarça tan alto.

Probablemente no haya asesinato que se haya mirado con mayor comprensión y hasta elogio que el del hombre que mata a su pareja infiel (a veces, también al amante de ésta). Con él comienzan Las mil y una noches, el discurso de Lisias por la muerte de Eratóstenes y la lacrimógena mexicanada del preso número 9. El madrigalista Gesualdo, Jimi Hendrix (Hey Joe) y Led Zeppelin (Your time is gonna come) también podrían cantarnos unas letrillas sobre el tema. Las viejas leyes griegas y judías no se limitaban a autorizar la matanza: prácticamente la exigían, con las consecuencias más o menos imprevistas que nos cuentan obras como La Regenta (donde el marido cornudo, ya viejo, se ve forzado a retar al seductor de su mujer para recuperar la honra —y muere en el intento) o Crónica de una muerte anunciada (donde son los hermanos de la chica los que cargan con el penoso 'deber', llevándose por delante al seguramente inocente Santiago Nasar).

Sobre esa montaña de materia grumosa, a menudo valiosa desde el punto artístico, se ha subido Salvador Sostres a echar su penúltima cagarruta, provocando una reacción muy comprensible pero que amenaza, pienso, pasarse de rosca. Y en esto siento que mi paso va cambiado respecto a la gente que me rodea y valoro: a mí no me parece que podamos ni debamos sin más restaurar la censura o el delito de opinión, o que sea coherente aplicarla a lo que se dice hoy sin tener en cuenta que lo que se dijo ayer sigue sonando aquí y ahora. Abrir la puerta a la persecución de las opiniones (de personas 'reales'; la persecución de un autor por las opiniones que puedan expresar sus personajes, o las acciones de éstos, me parece tan increíble que ni entro en ello) es abdicar de la libertad de expresión: como comer y rascar, censurar es cuestión de empezar. Hay límites ya trazados (la injuria, la calumnia) al discurso público y no creo que sea hora de desdibujarlos, menos aún en caliente. Con todo, si alguien se pone a ello, que no se sienta solo: los fundamentalistas cristianos y musulmanes estarán encantados de acompañarles en la persecución de artículos, libros y películas que hieran la sensibilidad ajena. Ríase Vd. del expurgo del cura y el barbero.