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sábado, 12 de febrero de 2011

Tahrir


...La revolución renace siempre, como un fénix
llameante en el pecho de los desdichados.
(Luis Cernuda)

domingo, 21 de septiembre de 2008

Despedidas


La música es la luz de los ciegos.
(Juan Manuel Roca)

Bebe, serranillo, bebe
agua de esta calavera,
que puede ser que algún día
otro de la tuya beba.
(Romance de la Serrana de la Vera)


En la Grecia arcaica era costumbre acompañar el canto con la lira (de ahí que hablemos de lírica). Por su parte, los egipcios utilizaban a menudo el arpa para entonar sus versos —tejiendo así los cantos de arpista, cuya música, por desgracia, sólo podemos suponer.

En las pinturas y esculturas egipcias se representa a menudo a los arpistas como personas ciegas. La imagen nos recuerda que los invidentes han tenido un papel muy importante en el desarrollo del arte poética y musical: según la tradición, Homero era ciego. Santa Cecilia, patrona de la música, lo es también de los ciegos. Su propio nombre significa cieguita (diminutivo del latín caeca, «ciega» —raíz también del nombre Sheila). En España fue tradición hasta bien entrado el siglo XX que algunos ciegos se ganaran la vida recorriendo los pueblos e interpretando romances o coplas de ciego, historias truculentas o divertidas, con profusión de asesinatos y pasiones violentas. Joaquín Rodrigo, Ray Charles y el reverendo Gary Davis, entre otros, bailaron también a ciegas.

A los arpistas egipcios se les llamaba para que cantasen cuando moría una persona importante y sus familiares y amigos querían honrar su recuerdo con un banquete funerario. Sus canciones contenían, como es lógico, un lamento por el difunto y por la fugacidad de la vida en general; pero también servían para animar a disfrutar de la vida a los que seguían en este mundo.

Según parece, los cantos de arpista se interpretaban también en fiestas profanas. En este caso no había familiares de luto a los que consolar, pero el mensaje venía a ser el mismo: hermano, bebe, / que la vida es breve. Vive duro y a lo loco, / que la vida dura muy poco. Heródoto nos describe una de estas fiestas:

En los banquetes de gente pudiente, cuando se levantan de la mesa, un hombre hace circular por el comedor un ataúd con un muerto de madera dentro, que es la reproducción exacta, en pintura y en trabajo de talla, de un hombre vivo: su estatura es de uno o dos codos. Lo va mostrando a cada uno de los comensales y le dice: «Míralo, y come y bebe y diviértete, pues cuando hayas muerto serás como éste». Sí, esto es lo que hacen en sus banquetes. (Historia 4. 78)

La canción de arpista que sigue es la más antigua que conocemos. Se la conoce como Canto de Intef o Antef, porque se compuso con ocasión de la muerte de un rey así llamado. Probablemente es una obra del Primer Período Intermedio (2263-2160), una época de transición entre el Imperio Antiguo y el Imperio Medio, durante la cual no hubo un faraón que gobernara todo Egipto, sino que éste quedó dividido en múltiples territorios gobernados por reyes o caciques. Fue un periodo incierto de hambre, enfermedades y violencia en que se disparó la mortalidad: nadie estaba seguro de llegar vivo a la puesta de sol.

Todo fue bien con este noble príncipe.
Su día terminó,
cumplido queda su feliz destino.
Perece una generación y pasa
mientras las otras siguen, como antaño.
Los dioses de otro tiempo
duermen en sus pirámides,
sus momias y sus almas
reposan en sus tumbas.
Se hicieron edificios,
mas no quedan ni sus emplazamientos.
¿Qué vino a ser de ellos?
He oído las razones de Imhotep y Hordyedef
cabalmente expresadas
en sus exposiciones,
mas ¿y sus edificios?
Arruinados yacen hoy sus muros,
sus lugares no existen,
igual que los que nunca han existido.
De allí nadie regresa
que cuente cómo son y qué les pasa
para dar fin a nuestras inquietudes
antes de que partamos
adonde ya se fueron.
Alivia ya tu corazón,
no pienses más en eso,
pues eso es lo que vuelve
los corazones débiles.
Busca tu propio bien.
Sigue a tu corazón, pues estás vivo,
pon mirra en tu cabeza, viste de fino lino
ungido con la ofrenda de los divinos óleos.
Haz que tu bienestar vaya a mejor
y deja que tu corazón se canse
en pos de tu deseo y de tu dicha.
Actúa en este mundo según tu voluntad
pues puede que te llegue el día del lamento,
cuando tu corazón, ya fatigado,
no escuchará a los que lloren por ti:
y no podrán salvarlo
sus llantos de la tumba.
Recuerda: pasa un día de fiesta sin fatiga.
A nadie le es posible
llevarse sus riquezas;
los que se fueron, nunca
podrán volver de nuevo.


viernes, 25 de julio de 2008

Golden Brown


El Egipto islámico y el faraónico se parecen tan poco que, a los enamorados del segundo, el primero les parece inevitablemente un decorado, una pantalla que transpasar. Con todo, no hay camino al hipogeo que no pase por el zoco, con sus mercados de antigüedades y (acaso) sus cultos secretos, de estética (si no raigambre) ancestral.

El vídeo de Golden Brown, de los Stranglers, resume ese Egipto fachada y puerta secreta, algo indianajuanesco: hoteles asfixiantes, con cocodrilos en la bañera, y arqueólogos que buscan el corazón de las postales. Como si hubieran leído a Bachelard, la letra renuncia a nombrar dios alguno, pero hace sentir su presencia:

Barro dorado, fina hechicera,
marcha al oeste a través de los tiempos.
Desde tan lejos, viene a quedarse
un día sólo. (Nunca un mal gesto.)



martes, 22 de julio de 2008

La marca de Anubis


Somos griegos (o ni siquiera), pero nos soñamos egipcios, fauna viviente del Doble País. La momia que cobra vida, la maldición de Tuntankhamon, las fuerzas alienígenas o lovecraftianas que se esconden tras Pirámides y Esfinge, son los gérmenes más evidentes de este contagio, que no hace sino agravarse si uno logra desprenderse del Egipto de quiosco y accede a las maravillas realmente esotéricas (por ocultas) de aquel universo: el relato de Sinuhé, el diálogo de un desesperado y su alma, los cantos de arpista, Osiris desde el corazón del pájaro, los recovecos de la Duat (ese espacio soterraño que el Sol recorre en las horas nocturnas, arquetipo de todos los descensos al Averno, e inspiración más o menos oculta de tanto videojuego).

El Egipto pop limita con el esoterismo de quiosco, pero tiene una capacidad de ironía muy saludable, que lo rescata, al menos en parte, de tales enredos. Ambas cosas (el enlace y las tijeras) se aprecian bien en esta canción (y vídeo) de Los Iniciados, un grupo madrileño de los primeros 80, familiar evidente del Aviador Dro. Uno hubiera creído a Servando Carballar y los suyos, futuristas de opereta, incapaces de introducirse en la iconografía casi prehistórica de Anubis. De hecho, lo son, pero ahí está la gracia del intento: los sintetizadores, con sus secuencias y generadores de ruido blanco, logran sonar adecuadamente primitivos, rugosos, con una eficacia que costaría arrancarle a los instrumentos acústicos convencionales. La letra tiene algo de letanía versolibrista, aunque en realidad no se aleja del pulso octosílabo, almendra romance de las Españas.

El vídeo, muy casero, trasmite bien la idea de un ritual clandestino y precario, montado a vuelapluma. Tiene un saludable aire de época (ochentil, no faraónica) y predice, en cierto modo, las orgías atonales de Eyes wide shut.

En arte, lo vivo importa más que lo perfecto. Hay en esta creación, tan kitsch, una intuición de las posibilidades que da el matrimonio de contrarios. Retrospectivamente, parece que cualquiera podía hacerlo —pero de hecho nadie más lo hizo, ni se han dado más pasos en esa dirección.


martes, 14 de agosto de 2007

Osiris desde el corazón del pájaro


Recordamos ya una vez a Juan Eduardo Cirlot, a propósito de un soneto suyo sobre Osiris. No he podido resistirme a la oferta de Siruela, que en el volumen La llama. Poesía (1943-1959), publicado en 2005, reúne varios poemarios notables de Cirlot. De muchos apenas conocíamos el título, como el prometedor Lilith, sobre el cual un amigo poeta, Antonio Casares, se interesó hasta el punto de preguntar a la hija del poeta, la medievalista Victoria Cirlot. Dijo doña Victoria que nos haría llegar el libro, y al final así ha sido, de un modo u otro.

Del prólogo de Enrique Granell, breve y sustancioso, saco la sensación de que Cirlot tenía un interés notable por Egipto. Comenzó a estudiar egiptología en 1936, a los veinte años, y en su correspondencia alude varias veces a «ciertos descubrimientos de 1936».

Dedico a Grifo, explorador de la noche, otro poema osiríaco de Cirlot, de 1945, anterior por tanto al soneto, que parece brotar naturalmente de su último verso (y que se publicó en 1951):

Osiris (mito del poeta)

Yo hablo desde el corazón del pájaro.
Yo hablo desde la arena de la muerte.
Yo hablo desde la rosa profunda
donde rueda un sollozo interminable.

Hablo para las duras adelfas.
Hablo para los blancos esqueletos.
Hablo para los despiadados ríos
que trasvasan la sangre del Incendio.

Y gimo en las montañas tercas,
en las llanuras de frente desolada,
en los espacios que crea mi lenguaje,
como un dios mutilado y repartido.


sábado, 20 de mayo de 2006

Noche del hombre y su alma


El Diálogo de un desesperado con su ba es una de las obras más originales y emotivas de la literatura egipcia. Fue escrita durante la Dinastía XII, en el Imperio Medio. Su protagonista es un hombre que, desesperado por la inhumanidad de la sociedad en la que vive, decide suicidarse. Su alma (ba) se le aparece e intenta disuadirlo: amenaza con dejarle tirado —pero al final acepta seguir con él, cualquiera que sea la decisión que tome. En los versos que siguen, el hombre expone su angustia y explica por qué desea la muerte.

I

¿A quién hablaré hoy?
Los hermanos son malos,
los amigos de hoy no aman.
¿A quién hablaré hoy?
Los corazones son codiciosos,
cada uno roba los bienes de su hermano.
¿A quién hablaré hoy?
Ha muerto la gentileza,
la violencia gobierna todo.
¿A quién hablaré hoy?
Se halla satisfacción en la maldad,
por doquier han echado el bien a tierra.
¿A quién hablaré hoy?
Aquel que debería enfurecernos con sus crímenes
hace que todos rían sus maldades.
¿A quién hablaré hoy?
Los hombres saquean,
cada persona roba a su vecino.
¿A quién hablaré hoy?
El criminal es amigo íntimo,
el hermano a quien solía tratar es enemigo.
¿A quién hablaré hoy?
No se recuerda el ayer,
hoy nada se hace por el que antes hizo.

¿A quién hablaré hoy?
Los hermanos son unos miserables.
Se busca en los extraños el cariño.
¿A quién hablaré hoy?
Los rostros nada expresan.
Cada uno aparta el rostro de sus hermanos.
¿A quién hablaré hoy?
Los corazones son codiciosos.
No hay entre los hombres un solo corazón en el que pueda confiarse.
¿A quién hablaré hoy?
No hay justos.
El país ha quedado para los malhechores.
¿A quién hablaré hoy?
No queda un solo amigo de verdad.
Uno confía sus quejas a la oscuridad.
¿A quién hablaré hoy?
El corazón alegre se fue
y aquel con quien uno paseaba ya no existe.
¿A quién hablaré hoy?
Estoy cargado por la desgracia
por falta de un amigo.
¿A quién hablaré hoy?
La maldad anda suelta por el país
y no tiene fin.

II

La muerte está hoy ante mí
como sana un enfermo,
como salir al exterior después de una dolencia.
La muerte está hoy ante mí
como el perfume de la mirra,
como sentarse bajo una vela un día de viento.
La muerte está hoy ante mí
como el perfume del loto,
como sentarse en la orilla de la embriaguez.
La muerte está hoy ante mí
como un camino trillado,
como regresa un hombre del ejército al hogar.
La muerte está hoy ante mí
como se despeja el cielo,
como un hombre que encuentra allí más de lo que ignoraba.
La muerte está hoy ante mí
como un hombre desea ver su hogar
después de haber estado prisionero muchos años.

viernes, 19 de mayo de 2006

Osiris


Un ser bueno murió. Somos briznas de su memoria.

A Osiris

Repartido en pedazos y en lamentos,
repartido en países y en canciones,
repartido en lejanos corazones,
repartido en profundos monumentos.

Repartido en obscuros sentimientos,
repartido en distintas emociones,
repartido en palabras y oraciones,
repartido y perdido en los momentos.

Heredero del tiempo y del espacio,
víctima de transcursos y distancias,
ser en seres deshecho y repartido.

Yo busco tu hermosura y tu palacio,
tu boca de rubíes y fragancias
para reunirte solo en un gemido.

(Juan Eduardo Cirlot)