Cuentan que el sabio francés Gilberto de Aurillac (955-1003) hizo un pacto con el Diablo para llegar a ser Papa. Entre otras maravillas, el Demonio le ayudó a construir una cabeza encantada de latón que era capaz de contestar sí o no. Gilberto preguntó si llegaría a ser papa, y la cabeza dijo sí; a continuación le preguntó si moriría antes de haber dicho misa en Jerusalén. La cabeza dijo no. Felicitándose por su astucia, el mago decidió que jamás viajaría allí y sería, por tanto, inmortal.
Una vez elegido como Papa, con el nombre de Silvestre II, el brujo disfrutó durante muchos años de los placeres de la gloria, engañando a todos con sus artes. En el Vaticano todos le admiraban por su ciencia y su piedad, y a nadie pareció chocarle su negativa pertinaz a viajar a Tierra Santa.
En una ocasión, cumpliendo sus deberes eclesiásticos, Silvestre tuvo que decir misa en una pequeña iglesia de Roma, y mientras consagraba el pan y el vino comenzó a sentirse mal. Miró hacia arriba, a una de las vidrieras, y vio un enjambre de demonios que la golpeaban con sus alas, luchando por entrar. Con la frente bañada en sudor, cayó de repente en la cuenta: aquel templo se llamaba santa María de Jerusalén.
Comprendiendo que estaba perdido, Gilberto, tembloroso, se dirigió a los feligreses y les pidió disculpas por la misa atípica que iba a ofrecerles. Una por una, fue desgranando todas sus culpas como un collar de perlas negras, y al fin, casi sin voz, hizo un ruego. Si los presentes estimaban en algo la salvación de su mal pastor, todos los miembros de su cuerpo con los que había servido al Diablo (sus brazos, piernas, manos, lengua, ojos y cabeza) le habían de ser arrancados y esparcidos por los vertederos y pozos negros de la ciudad.
Cumpliendo su voluntad, los cardenales despedazaron su cuerpo, y decidieron colocar sus restos sangrientos en un carro, dejando que los caballos lo llevasen donde quisiera la providencia. El carro se detuvo ante la iglesia de san Juan Laterano, lo que se interpretó como una señal del perdón divino. Desde entonces, según se dice, cuando un papa va a morir la tumba de Silvestre II, situada en esta iglesia, se humedece de sudor. Si acercas el oído a la losa, puedes oír cómo tiemblan sus huesos.