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viernes, 1 de noviembre de 2024

Hora de sátiros


Drunk on symbols
. Con estas palabras describía recientemente Richard Dawkins a Jordan Peterson, con la intención de invalidar su enfoque sobre la vida y sus asuntos. Obviamente, la eficacia del golpe reside en el acierto metafórico: Dawkins habla el lenguaje del enemigo para mejor (za)herirlo, presentándole como un acólito (no especialmente despierto) del séquito de Dionisos, una víctima de dudosas iluminaciones. Como dijera Antonio Machado de sí mismo, «En mi soledad / he visto cosas muy claras / que no son verdad». Si se mira un poco atrás, reproches parecidos se pueden encontrar en Baroja y otros: los idealistas alemanes son como un licor que emborracha al lector, frente a la sobriedad empirista de los anglosajones. Por ese camino, termina uno en la vieja polémica helenística entre los bebedores de vino y los de agua, los inspirados y los que transpiran.

Así que no seguiremos por ahí, más allá de anotar que la eficacia del reproche de Dawkins depende del uso hábil de la metáfora y de su sustrato mitológico y simbólico: parece, en algún sentido, justo combatir el fuego con el fuego, como en esos cuentos en que se derrota al dragón enfrentándole a un espejo, o esos templos en que se colocan Gorgonas o gárgolas, a modo de monstruos amaestrados, domésticos, para rechazar a los otros monstruos, los ferales o salvajes. (Después de todo, ¿no nació de este modo la amistad entre el hombre y el perro, ese lobo traidor a su especie?)
 
En el mismo intercambio de ideas con Peterson, declara Dawkins que a él le interesan los hechos, no los dragones. Implícitamente, rechaza no solo lo obvio (que los dragones sean reales) sino su reverso, más interesante (que los hechos, a veces, tengan algo que recuerda a los dragones; de modo que el conocimiento sobre los dragones pueda arrojar alguna luz sobre ciertos hechos). 
 
Al mismo tiempo, va unida a Dawkins la idea de que gran parte del discurso humano, si no la totalidad de este, consta de memes: secuencias de palabras (y, a través de estas, de imágenes) que se instalan sin permiso en quien las lee o escucha y tienden a asentarse en él, mutar y provocar que quien las recibió las expela más tarde, a la manera de una enfermedad infecciosa.
 
Creo que no costaría mucho demostrar que muchos de los memes de los que habla Dawkins tienen una naturaleza metafórica y simbólica. Más grave aún: se puede sospechar (como dirían mis hijos, sin pruebas, pero sin dudas) que no hay actividad humana sostenida que no se sostenga en buena parte sobre un entramado de memes que forman un relato. Entender una determinada mentalidad, captar su espíritu, es dejarse afectar por sus espíritus, olisquear sus alcoholes. 
 
Digo todo esto porque no puedo evitar en estos días acordarme del ballet campestre de la antigua Grecia, donde las ninfas, siempre jóvenes y con la sana intención de mantenerse siempre vírgenes, son objeto de la persecución de los sátiros, decididos a gozarlas, aunque sea a través del engaño o aplicando la fuerza. No es que las ninfas ignoren las mieles del amor: pero prefieren saborearlas, en todo caso, en compañía de su reina, Ártemis, o en los brazos unas de otras. Si alguna se enamora de un mortal (como le sucede a Eurídice con Orfeo), le espera la muerte (o peor, como le sucede a Arwen con Aragorn: la experiencia horrible de ver envejecer y morir a su amado mientras ellas permanecen inmutablemente jóvenes). 
 
Los escritores griegos y latinos sugieren que en este ballet de la ninfa perseguida por el sátiro hay veces que la ninfa se deja atrapar o convencer: quizá por probar, aunque sea una vez, qué es eso que no debe pasar, qué goces son esos que vuelven al sátiro imparable en sus tretas o en su violencia. Después de todo, en el mundo de los dioses griegos hay maneras de restaurar la inocencia que dejan muy atrás los torpes zurcidos de Celestina. Ninguna ninfa dejó de serlo por dejarse alcanzar de vez en cuando. No solo la carne puede restaurarse; también la memoria se puede, gozosamente, desvanecer (todavía Peter Pan conoce y aplica esta manera atávica de lidiar con el pasado).
 
¿Algo de esto subyace en los discursos sobre hombres y mujeres que leemos hoy en día? Yo, drunk on symbols, diría que sí. Que vivimos la transformación de lo real (de nuestra percepción de lo que pasa) a partir de algunos principios que tienen su base en lo subconsciente, en lo simbólico: el sexo, primero prohibido por su potencial disolvente, luego trivializado como un bien de consumo más, está en pleno proceso de (re)demonización. El deseo masculino es hoy el de los sátiros: como dijera Freud del deseo en general, es perverso y polimorfo. Los sátiros no pueden ser amigos (ni aliados) de las ninfas: si se fingen tales, es para que estas les permitan (les consientan) una cercanía que acabarán lamentando.
Irónicamente, en este regreso del deseo a las sombras no se le acusa de ser, como en la época del viejo puritanismo, una amenaza contra el orden social vigente, sino más bien un factor regresivo que nos devuelve a un orden social superado (el patriarcado) o impide su derrota definitiva. 
 
En cuanto a las ninfas, declararlas siempre víctimas de quienes las desean o las aman no impide constatar, en palabras de Moderna de Pueblo, cuánto daño hicieron las 50 sombras de Grey: es decir, admitir que muchas de ellas acabaron encontrando seductora y excitante de noche la misma masculinidad agresiva y dominante contra la que luchaban de día. Lo que se arroja por la ventana en forma de modelo caduco y tóxico de relación regresa por la ventana, cual vampiro en Salem’s Lot, pidiendo que lo dejemos entrar como juego erótico, fantasía de vigencia limitada y secreta. 
 
De ahí que en algunos relatos nos parezca leer no solo la historia de alguien que fue víctima de un agresor más fuerte y astuto, sino la historia de alguien que ha pecado contra sus propias convicciones, vendido a bajo precio su dignidad, y encuentra en la confesión-denuncia pública, y el aplauso entusiasta de sus pares, la absolución equivalente al baño en el Leteo que devolvía a las diosas su inocencia. No en vano nuestro sistema penal lleva toda la vida combatiendo a las sociedades criminales a través de la figura del arrepentido, al que se le perdonan o minimizan sus responsabilidades penales a cambio del servicio que presta como delator de sus antiguos cómplices. 
 
A día de hoy, es dudoso si lo que se espera es que los sátiros se reformen (vestirse sería un avance) o que las ninfas logren una orden de alejamiento global de todos ellos, liberando la campìña de su penetrante olor a choto: algo con lo que ya soñó en los sesenta Valerie Solanas, la fundadora de SCUM (Society for Cutting Up Men). A los que no terminamos de embriagarnos con esta perspectiva, nos cabe recordar esa escena de 'En compañía de lobos' en la que la niña pregunta a su madre, tras captar lo animado de su actividad nocturna, si papá le hace daño cuando hacen ‘eso’:
 
ROSALEEN: (uncertainly) Mummy. . .
MOTHER: Yes, pet?
ROSALEEN: Does he hurt you?
MOTHER: (calmly) Does who hurt me?
ROSALEEN: Does Daddy hurt you. . . when he. . .
MOTHER: (firmly) No, not at all.
ROSALEEN: It sounds like. . .
MOTHER: Like what?
ROSALEEN: Like the beasts Granny talked about.
MOTHER: You pay too much attention to your Granny.
She sits on the bed beside ROSALEEN.
MOTHER: She knows a lot, but she doesn't know everything. And if there's a beast in men, it meets its match in women too. Understand me? Get up and fetch me some water.

martes, 14 de diciembre de 2010

Adversus atheologos (II)


Dawkins y Hitchens: dos pingüinos perorando sobre el trópico. No ven más allá del hielo. Pedirnos que hablemos de la religión olvidándonos (por resumir) de la antropología, como si ni Lévi-Strauss ni su reverenda madre nos hubieran aclarado cómo se produce el discurso religioso y en qué sentidos funciona, podrá tener su razón estratégica, para levantar un muro contra tales o cuales fundamentalistas, pero fuera de esa confrontación no es de recibo.

Por ejemplo, el mito de la creación en siete días es totalmente desdeñable si lo leemos literalmente, como una explicación de la evolución del universo; pero es un documento inestimable y revelador sobre cómo dividían el tiempo y el espacio quienes lo trujeron. Los mitos nunca hablan sobre lo que parece que hablan: o, mejor dicho, hablan sobre eso (falazmente) y, al mismo tiempo, sobre muchas otras cosas (y sobre esas suelen tener cosas muy interesantes que decir). Es un lenguaje simbólico, en suma. En todas las religiones hay un contraste entre la fe del carbonero, que no entiende lo que cree que cree, y la intuición del poeta o el mitógrafo (que, en tiempos dogmáticos, acaban en la hoguera). Dawkins y cía. reducen la religión a la fe del carbonero. Nada justifica esa trampa.

Religioso, por ejemplo, es también aquel apólogo sobre el mono que desde su árbol, a prudente distancia, acierta a ver cómo unos viajeros se reúnen en torno al fuego y pasan una noche estupenda contándose cuentos. Al día siguiente, lleva la buena nueva a la tribu. Desde entonces, seducidos por la novedad, los monos celebran sus fiestas en torno a un círculo pintado de rojo y mueven los labios con empaque, convencidos de haber alcanzado el summum.

La religión es eso: un ciclo de historias. Algunas tan inteligentes como ésa, que resume de forma inmejorable el problema. La tensión entre la experiencia, válida, y la fórmula que se deriva de ella, mecánica. Con todo, un mono inteligente podría llegar a diagnosticar que el rito es un simulacro, e imaginarse lo que hay detrás, como un antropólogo detecta en la hostia el sucedáneo de un enteógeno.

Lo que deberían aprender los literalistas (y los fanáticos religiosos no son otra cosa) es a leer, a distinguir 'me he puesto morado de pasteles' de 'me he pintado de morado con un pastel'. Pero lo mismo puede decirse de los neopositivistas, empeñados en ponerse las anteojeras de Comte, con lo que ha llovido.

La antropología, en fin, o cierta manera de entenderla, encara el cientificismo como un ismo arquetípico más: Apolo intentando desterrar a Dioniso, en vez de alcanzar una entente provechosa con él (como sucedía en Delfos). Es la historia de Las Bacantes, vaya. Que, por supuesto, no da la razón a ninguna de las partes: un exceso de retención provoca que la vejiga estalle, pero ese estallido no es 'razonable', 'provechoso' o 'justificado'. Simplemente es.

Mi problema con los neopositivistas es el mismo que se me plantea cuando un cristiano me pregunta si creo en Dios o soy ateo. A lo que sólo cabe responder lamentando que quien pregunta no conciba más posibilidades que ésas. Así con estos otros: no me reconozco en su retrato del creyente, pero tampoco, para nada, en el modelo de descreído que me ofrecen.

‎(Reveladoramente, ambas partes están de acuerdo en condenar que algunos nos salgamos del tiesto, nombrándonos paganos, un suponer, o negándonos directamente a nombrarnos de ninguna forma: ésas son las opciones y no hay más, nos dicen. O con nosotros o contra nosotros, al evangélico modo. Lo especular del caso da para meditar.)

No se entienda por lo dicho que uno arremete contra la ciencia, es decir, contra el método científico, como quien se da de cabezazos contra la pared. Otra cosa es estar, decididamente, en contra del cientificismo, entendido como una pretensión de dar por zanjadas cuestiones que no han sido abordadas ni adecuada ni íntegramente (así, al analizar como 'religión' sólo lo que nos conviene considerar, tácticamente, como tal). Es como si alguien me viene con la buena nueva de que la literatura no es más que palabras y las historias a las que tanto tiempo hemos dedicado y dedicaremos usted y yo, querido lector, son 'sólo' ficción. Lo cual, si se quiere ver así, es totalmente cierto; pero considerado como 'todo lo que hay que saber sobre el tema' o 'lo único decisivo' sobre el mismo constituye una engañifa monumental.