Mostrando las entradas con la etiqueta Daniel. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Daniel. Mostrar todas las entradas

sábado, 29 de octubre de 2016

La Rosa Por Defecto, número 2 (1995)


En mayo de 1995 volvimos a la carga con el fanzine, pocos meses después de su debut (en el que no aparece consignado el mes, pero que debió de ser por marzo, por mi cumpleaños). Repitieron muchos de los colaboradores (por orden de aparición: Rafael Herrera, Ricardo Pérez, yo mesmo, Daniel Martín, Sergio Herrero, Eva Fernández, Alfonso García Pecharromán), pero además tuvimos dos estupendas traducciones en verso, de Hoffmannsthal y Nikos Cavadías, obra (respectivamente) de Ana Leal y Rafa Herrera.

En este número apostamos fuerte, por lo que fuera, por los sonetos, dando lugar a una observación un tanto desesperada de Agustín García Calvo, que dijo poco después a quien quisiera oírle que además de sufrir durante años la 'retórica oficial del endecasílabo' a la que se alude en el editorial, ahora encima teníamos poetas que no sabían componer sonetos decentemente. Y, en verdad, estábamos aprendiendo (en público, según la doctrina que el punk nos legó a todos) y alguna torpeza sí se aprecia —aunque no faltan en el número sonetistas cumplidos o, al menos, prometedores.

El poema de Cavadías, vertido esmeradamente por Rafa Herrera, es el responsable inmediato de que me haya decidido a desenterrar el fanzine: esta semana me lo pidió mi amigo Emiliano para compartirlo con una amiga, y me conmovió que estas alturas recordase que se había publicado alguna vez en alguna parte.

sábado, 1 de octubre de 2011

Piel de rinoceronte


Para Nacho Goberna, cuyas canciones resuenan hoy en ésta.

Doce vidas muertas
se amontonan en mi puerta
y me impiden que abandone el lugar
que me fue asignado,
pues vivo en un bosque, atado
por instintos que no puedo explicar.

Y aunque no he perdido
el noble arte de la caza
que me mantiene con vida
estando abierta la herida,
ya no soy el mismo
ni recuerdo casi nada
desde que un otoño
me robó a mi amada.

Doce sueños duermen
al compás de aquella nana
que olvidamos tantos años atrás
y entre las cenizas
de la chimenea apagada
me acecha el nombre de un viejo lugar.

Cojo mi escopeta
que dispara caramelos,
mi catálogo del monte,
mi piel de rinoceronte
y este viejo loco
que acompaña mi camino
vaga por el bosque
sin ningún destino.

Ella me despierta
y no ha llamado a la puerta
y mi amigo el bicho bola se va.
A veces me cuesta
decidir si sigue muerta,
las bayetas bailan solas un vals.

Dejo a mis espaldas
la casita de la luna
donde el tiempo se detiene,
donde juego con los trenes
y salgo buscando
los cachitos que me faltan,
la luna se acuesta
y el sol se levanta.


Ciento Volando - Piel de rinoceronte








martes, 13 de septiembre de 2011

Dos décimas danieleras


Un amor que no se usa,
el jamás de los jamases,
una sombra en los compases,
el silencio de una fusa.
Algo que sirva de excusa
para no hacer más las camas,
sin buscar ninguna musa.
Una canción muy difusa
donde ya no hay pentagramas.

*

Han germinado alfileres
al fondo de mi garganta.
Ni yo riego ya esta planta
ni tú llegas donde quieres.
Al final vas y te mueres
como siempre nos decías,
sin dolor, sin romerías,
sin pretender nada hermoso,
como un volcán tenebroso
que tiene las manos frías.

(Dani)

martes, 6 de septiembre de 2011

Raquel en Sol


Como Ciento Volando es en más de dos tercios empresa ajena, no me supone gran conflicto ser a la vez parte del grupo y fan fatal del mismo. Estas dos canciones en especial son de lo que más me gusta en este mundo. Las dos son composiciones de Daniel y se grabaron en directo hacia 1993 en un bar llamado La Cárcel, que hubo antaño en la plaza de Setúbal, de Madrid. Subí en su día otra versión de la primera, pero creo que ésta suena más clara. En la segunda, Raquel, toca la flauta de madera Alfonso, improvisando como sólo él sabía hacerlo. Desde su interpretación, la canción se quedó congelada: sería imposible llevarla de nuevo hasta ese punto de intensidad, y desde entonces nunca hemos vuelto a tentarla.





martes, 30 de agosto de 2011

Tres calas de un melón: Ciento Volando en directo


Para los que no seguís la página de Ciento Volando en Facebook, subo aquí tres canciones del concierto que dimos el pasado viernes 26 de agosto en el Rincón del Arte Nuevo, en Madrid. (Gracias a Sonia Pita por la foto.) Como verá quien estuvo, me inclino por la parte acústica del concierto, porque se ha dejado grabar mejor.

La primera es una versión de Ricky Martin (sic): Lo mejor de mi vida eres tú, arreglada por Dani y Luli y Benja (a la batería), en la que tengo el placer de tocar sin haber oído nunca el tema original; la segunda, Cuando la Luna muera, una canción mía que ya traje aquí hace poco, cantada ahora como es debido; y la tercera, Hay mil historias, una canción de Daniel un tanto esotérica, que se ha decidido a aflorar inesperadamente, agraciada con la voz y la melódica de Luli.

Todas las piezas tiene errores de bulto medio, pero creo que trasmiten lo que son, sin demasiado desvío. Buen provecho.






martes, 18 de enero de 2011

Del amor de las cometas


Hay canciones de Ciento Volando (y no son pocas, ni las peores) que dejamos de tocar al poco de haberlas arreglado, y que no llegamos a grabar nunca. Entre ellas contaba yo ésta de Dani, que ahora sin embargo reaparece en estupenda grabación casera, solas su voz y la guitarra española. La letra, que ha crecido en sorna con los años (atrapado en un recuerdo / más productivo que yo), se publicó en el primer número del fanzine de poesía La Rosa por Defecto, del año 95, así que la composición debe ser un poco anterior (aunque no mucho, si la memoria no me engaña). Así va:



Del amor de las cometas
no nos queda ni el dolor
y están tristes las colinas
de Ciudad.
De los que veníamos siempre
solamente quedo yo,
solamente.

Y sentado en el bordillo
de mi próxima canción
me avecino por la angustia
de no estar
atrapado en un recuerdo
más productivo que yo.
Un recuerdo que me salve
de las cosas que se olvidan;
de la soledad
palpable.

Que el amor que yo te tengo
no sé si lo tengo yo,
que en el sur uno se muere
sin pensar
y dos filas más alante
se sentó un posible amor
ignorante,
que no sabe que le aguardo
y soy capaz
de tomarle las medidas
para alguna otra canción
parecida.

Del amor que nos tuvimos
cada vez me duelo más,
cada vez que cambia el tiempo
por aquí.
Y frecuento los andenes
aunque sé que tiempo atrás
nunca vienes a salvarme
de las cosas que se olvidan,
de la soledad
palpable.

Del amor que se avecina
cuatro filas más allá,
de canción desconocida aún por hacer,
al que aguardo en la colina
sin saber si va llegar
o se pira con sus cosas
y los labios se me esconden,
quizás nunca vuelva a verlos
y no sé cuál es su nombre.

jueves, 14 de octubre de 2010

Opus en sol


Vuelan por Vietnam este octubre los dos mejores tercios de Ciento Volando, Daniel y Luli, en bicicleta —y los echo mucho de menos. Tanto como para buscar esta canción del 93 o así y sacarla a bailar un rato. El arpegio de la guitarra, con tres cuerdas, tiene su aquél: eran todas las que quedaban cuando Dani compuso la pieza. El sonido como de percusión que acompaña a la guitarra es (creo) el movimiento del micro que metimos como pudimos dentro del instrumento para amplificarlo. Toda la canción tiene un sabor inolvidable, no exactamente de época, sino de tiempo sin formatear, en que los sueños y las posibilidades empapan lo real. También hay algo de época, no obstante, en esas preguntas sin pregunta, tan babelianas; las referencias al juego de rol (inolvidables partidas de Rune Quest y Aquelarre) y la superabundancia de abriles (que Sabina, buen olfateador, fijó poco después para el gran público: ¿Quién me ha robado el mes de abril?).

Un libro abierto por dónde,
donde se escapa mi voz,
una galleta sin punta
y algún pañuelo de arroz.
¿Dónde perdimos el alma
jugando a un juego de rol?
Te acompañaba hasta casa,
las farolas eran yo.

La casa de la colina
donde solíamos reír,
donde el tiempo nos olvida,
donde sólo hay un jardín
y abrazados de la risa
y muriéndonos por fin,
tú tejías dulce y sin prisa
una sonrisa de abril.

Un libro abierto y desnudo
y algo nuevo que contar,
me dijiste 'No lo digo,
que es mejor adivinar'.
Cómo nos hacemos daño
porque yo no sé jugar;
aún no he cumplido cien años
y algo tuyo se ha ido ya
por el desagüe de abajo,
por la voz que nunca fui.
Tengo los ojos cansados
de no saber qué decir.

Cuánto tiempo hemos pasado
yo sin ti y tú sin mí,
el recuerdo sopla afuera
para hacer feliz la espera
de los que no se marcharon
con la última flor de abril.
No sé si me has enterrado,
yo aún sigo pensando en ti.



domingo, 7 de marzo de 2010

Los 40 ladrones


Caen 40, sí, como los días de aquel en el desierto. Buen momento para balances.


martes, 2 de febrero de 2010

Dragones

(J.R.R. Tolkien, Smaug)

El otro día acerqué un poema de cierto concurso anual; hoy va otro, juraría que de Daniel, aunque puedo errar (va sin firma). May you like it.

Miniaturas

Cómo puedo sentirme tan seguro
de este amor que me seca la garganta:
un sol que cada noche se levanta
e ilumina mi lado más oscuro;

un hábito sin huellas ni futuro
que mientras nos destruye nos encanta.
Sólo el amor ignora lo que aguanta.
Sólo el amor consigue ser tan duro.

Recojo mis palabras y me voy
(por mucho que me busque, ya no estoy;
por lejos que me voy, siempre me quedo).

Si no debe vivir, pido perdón
por no saber matar este dragón.
Si quieres, hazlo tú. Yo ya no puedo.



miércoles, 29 de julio de 2009

Tiempo atrás


Repasando, fueron tres las canciones de Dani que arreglamos con Assahar, aunque una de ellas (Otra chica igual) nunca llegamos a grabarla con la mesa (sí en directo). Si Otra chica igual era una canción pop, que no desentonaba con el resto del repertorio, y la Canción amarilla el límite freak del mismo, en algún punto intermedio nada aristotélico vivía Tiempo atrás, gentil y enérgica, mi favorita de aquella maqueta.

Como la Canción amarilla, Tiempo atrás tiene varios cambios de ritmo, que volvían loco a Marcelo, el batería (aunque, como se aprecia, acabó cogiéndoles el punto). Se mueve también entre varias tonalidades, aunque con gentileza, sin la brusquedad de su hermana mayor. La referencia al lago me hizo pensar en El etrusco, de Mika Waltari, cuyo protagonista la hubiera suscrito; pero Dani no la había leído, así que la inspiración debió de llegarle de alguna otra fuente.

Todos los elementos dispares del grupo me parecen aquí fusionados felizmente: las voces de Dani e Isabel, la flauta (afinada esta vez), la base rítmica (que vence heroicamente las dificultades), las guitarras reverberantes y hasta ese acople que se insinúa repetidamente, sin llegar a desatarse, y acaba sonando como un órgano fantasma. O tempora!

Tiempo atrás,
mucho tiempo atrás,
encontré pequeñas
todas las montañas.
Abandoné mi lago,
abandoné el camino
y tú me esperabas.

Pero entonces no sabía
el lenguaje de las estrellas
y era como si el destino
se hubiera olvidado de mí.
Pero entonces no sabía
leer en las estrellas,
no pensé que fuera a perderte tan pronto.

Y soñé que volvía a mi lago al atardecer
y soñé que tú estabas allí
mirándome fijamente,
mirándome fijamente
y no sé cuánto tiempo pasé después
creyendo todo mentira,
buscando tu voz perdida,
pensando en tu voz perdida.

Tiempo atrás,
mucho tiempo atrás,
te vi por última vez.
Todas las noches contigo
eran distintas.
¿No recuerdas? Yo sabía
cómo hacerte reír.
Todas las noches contigo
eran distintas.
¿No recuerdas? Yo sabía
cómo hacerte reír.


<

martes, 28 de julio de 2009

Canción amarilla


Ya he contado la historia: cuando éramos críos, tuvimos una banda de rock, Assahar, que disolvimos para hacer otra cosa. En esa otra cosa, siempre por definir, seguimos (increíblemente) mil años después. Pero en el propio repertorio de Assahar se colaron algunas briznas de esa música que nos llevó a la intemperie. Esta canción de Daniel, totalmente dadaísta, marcó la frontera: la sección rítmica y la cantante (que se abstuvo) la aceptaron a regañadientes, pero a los guitarristas nos encantaba, y se nota: hay sitio de sobra para ambos (el tímido y el volcánico) en el solo final de la canción, que empiezo yo y termina Nacho (los últimos compases, por cierto, han volado: no sé si aparecerá en otra cinta una versión completa). Bien cantada, hasta se entendería... Por si acaso, aquí va la letra:

Canción amarilla
del viejo pirata
y la dulce niña
con ojos de gata.

Yo no sé dónde encontrar...

Buque fantasma
sobre un mar de plasma
buscando un cristal.

Yo no sé dónde encontrar
el buque fantasma
sobre un mar de plasma
y el busque fantasma
sobre un mar de plasma
sin principio y sin final.

Haremos canciones
después del ocaso,
el tiempo es escaso
y tú
hoy estás tan bella,
acepta esta estrella,
olvida mi nombre,
yo soy un pirata,
yo no soy tu hombre,
yo vine a la orilla
a hacer la Canción Amarilla.







lunes, 13 de julio de 2009

Actuación en El Escorial


Aquí vamos de nuevo: tocaremos algunas canciones este viernes en el recital de la poetisa Isabel Díez Serrano, Testigos del amor y la locura. El entorno promete: a las 20.00 en el jardín del centro de exposiciones Castilla (Avda. Castilla, nº4) de El Escorial.




sábado, 11 de julio de 2009

Rumbo a Ciudad


Una pieza de época. Del ciclo de Ciudad, un invento de Daniel que incluía cómic, cuentos y canciones, encontré ayer este fragmento que presenta a uno de sus personajes, Joe Cast.
*

A la luz de este árbol que era leña, cien metros aproximadamente en la dirección que señalaba mi nariz, descubrí unos faros que me miraban. Los faros estaban engarzados en un autobús. El autobús me guiñó los faros. Corrí hacia allí.

—Vamos, avive, hombre, que llega usted tarde —me recibió el jefe de estación con gorra e impermeable—. Venga, tire para arriba, que nos vamos.

—Escuche usted, ese árbol, que se va a quemar todo el parque...

—Con lo que llueve... Venga tire, tire para adentro que nos vamos.

—Pero, ¿y la música?, ¿y el humo blanco?

—Déjese usted de músicas que nos vamos ya.

Cerraron las puertas.

—¡Mi equipaje, mi equipaje!

—Déjese usted de equipajes.

Discutir no sirvió de nada porque, en efecto, nos íbamos sin remisión a Ciudad en un autobús incómodo y acogedor, con asientos de madera.

Me tocó viajar junto a un señor que andaría por los cincuenta, con gabardina y sombrero de gángster.

—¡Habráse visto con las prisas! ¿Dónde vamos que no se puede esperar a que uno encuentre el equipaje? Dos maletas recién estrenadas con dos trajes recién comprados. Total por dos minutos o tres de nada. En tres minutos estaba yo de vuelta aquí con mis maletas, tan ricamente. Pero no, de aquí salimos perdiendo el culo y dando por el culo a mi equipaje. Como se les queme el parque...

—Yo tampoco llevo equipaje.

—¿Que usted qué?

—No llevo equipaje.

—Bueno, algo sí llevará, una bolsa o algún bulto.

—En absoluto. No llevo nada.

—¡Ah... En fin... ¿Y cómo ha dicho usted que se llamaba?

El viajero me observó unos instantes con sus ojos de rata, como estudiando si procediera dar respuesta a mi pregunta. Después habló con una voz pausada y terminante que daba por concluida la conversación:

—Mi nombre es Joe. Joe Cast.

Y su mirada se perdió entre las sombras de detrás de la ventanilla.


domingo, 21 de junio de 2009

Un cuento


La una y media: buena hora para un cuento de Dani.

*

E.A.

Prefiero, antes que el barullo indigno y el asfalto ardiente como un sol negro,
la oscura tranquilidad de una noche con luna
o el frío de bordes de cuchillo en las noches sin ella.

Lo prefiero.
Ondulante,
Siguiendo al pie la traza negra, prefiero la veloz montura del color del carbón, que lleva en su piel el estigma dorado de cada ente solo. Lo prefiero.
Y prefiero la cadencia cuando ruedas tras la estela del Icaro; o aquellas veces en que el silencio acompaña la oscuridad total,
y tú, por tu almena de castillo medieval,
te pierdes;
por los canchales que fueron lápidas, te pierdes;
y por el desagüe, junto a la noche y junto a mis sueños.
Como una herida, como un disparo perfecto y olvidado, atraviesas los dominios de tu cómplice de azabache.
Es una nueva sensación al dar las doce por el cuco mas ingenuo...
Al dar las doce,
vuela por el circuito contra el reloj que mide la eternidad con granos de arena. De puntillas. En silencio.
Y haz tu ronda, inaccesible, en el sereno reposo de los fantasmas.

____________________________

Antes de llegar a esta casa, recuerdo que mi vida era una tira de asfalto pegada al suelo con super glue tres. Eso era antes de llegar a esta casa.

Justo justito antes, si me apuras, mi vida era un minuto y pico, mi edad era un minuto y pico, un pico pequeñín, de diez segundos y algunas décimas. Y las décimas eran lo más importante de mi vida.

Llevaba una existencia intensa, porque la tira de asfalto pegada al suelo con super glue tres, de pronto se despegaba, y se ponía a bailar y a serpear como una serpiente, y a bailar como una puta árabe, y a culebrear como una culebrilla o como un reguerillo de agua. Yo estaba tan cerca que podía tocarla con extender el brazo. Pero yo no la tocaba, yo sólo la veía bailar muy asombrado y con un pelo de respeto, porque algunas culebrillas tienen el veneno jodido cuando muerden. Además, a mí que se me contagia casi todo, se me contagiaba aquel ritmo por dentro de una manera particular: yo movía eléctricamente las manos, muchos movimientos circulares como si agarrara el contorno de algo, y después la mano hacia atrás, así y así, y entonces otra vez los movimientos circulares. También meneaba la cabeza hacia los lados, e imperceptiblemente las piernas.

Todo esto, repetido unas cien mil veces, había llenado por completo el minuto y pico de mi vida antes de llegar a esta casa.

Y un día cualquiera, mientras me solazaba mirando el asfalto bailarín, el mundo empezó a dar vueltas delante de mí. Giró y giró hasta hacerse una espiral, y yo vi claramente como mis ojos se agrietaban y el humor vítreo se escapaba de ellos. Después todo fue oscuro.

Mas después me desperté y por dos razones quedé sobrecogido: que la tira de asfalto ya no estaba conmigo fue la primera. La segunda, la terrible, fue que yo era viejo como un árbol, tan viejo como el vino viejo o como Robinsón Crusoe; varios minutos de viejo, acaso una hora.
En esos instantes de turbación y tristeza se acercó de no sé donde un tipejo delgado y amarillo, flacucho y cetrino, de ojeras profundísimas, y me dijo:

—Elio, Elio, mi buen Elio, no te aflijas. Mira que casa tan bonita —y en tanto me hablaba, sus manos habían separado las ramas de los setos y yo pude ver la casa.

Era una mansión de tres pisos, toda de blanco, creo que es de mármol pero no estoy seguro porque hasta que llegué aquí no conocí otra piedra que el asfalto. Tenía columnas adosadas y arcos, muchos arcos con archivoltas y parteluces y estatuas en cueros. Tenía escaleras, y escalinatas y barandillas, y un cenador precioso justo en mitad del jardín anglo-francés que la rodea. Tenía una azotea, un observatorio, una alfombra de quinientos metros, un pasillo que asciende circular desde el sótano a la azotea, un pasadizo secreto, un juego de candelabros y una lámpara de araña. Tiene más cosas pero no quiero decirlas.

Ahora vivo aquí y soy inconcebiblemente viejo. Echo de menos un piano. Hay un clave en el gabinete naranja, pero está un poco cascado. No he vuelto a ver a nadie desde que el tipo delgado y amarillo se esfumó. A veces también echo de menos un amigo.

Pero en conjunto yo estoy bien aquí. Por las mañanas me despierta un gallo versado en el arte de no dejarse ver. Me aseo en la fuente y después exploro el jardín (del que he llegado a pensar que es infinito), o busco en mi casa un gabinete nuevo, de otro color, con sorpresas nuevas, con un piano quizás, o con un amigo.

Desde que descubrí el circuito las tardes las paso siempre allí, girando y girando sobre la superficie de adoquines, montado en un coche invisible que no me puedo explicar. Es un coche que no existe, pero existe. No se le puede buscar, ni esconder, ni hallar, ni perder. Yo bajo al circuito, me sitúo en la pista y de repente sé que estoy dentro de él. Entonces empezamos a girar y pasamos la tarde girando y girando, y llega el alba. Yo no veo el coche, el suelo corre veloz bajo mis pies, no veo el volante ni la caja de cambios, pero los veo. Así hasta que es de noche y el sol sale por la copa de los árboles. Así hasta que decido volver a casa, veinticuatro horas más viejo.

Y me acuesto, y sueño con la cinta de asfalto de mi juventud, y empiezo a recordar vagamente que mi nombre es Elio de Angelis y soy piloto de fórmula uno, pero ya no ejerzo porque estoy muerto.

(Daniel)


lunes, 6 de abril de 2009

Ella y la lluvia


Las cassettes de entonces (y el aparato que las lee) han aguantado lo suyo, pero se deterioran a ojos vista. Es hora de pasarlas a mejor vida. Da la sensación de que darían las gracias, si supieran. Tomo al azar una de las muchas que han ido quedando en mis manos (tengo vocación de archivero): es un ensayo (o quizá una selección de varios) de finales de los 90, con una atmósfera especial, muy relajada. El ruido de fondo es fastidioso, pero se aleja con un par de hechizos. Quedan los errores de interpretación (o de concepto), pero con esos hay que vivir: después de todo, el 95% de las grabaciones de Ciento Volando son maquetas rudimentarias o grabaciones caseras, y eso, aunque desesperante, es lo que hay.

El arreglo de la canción que traigo nació para teclado, pero en las casas no suele haberlos; saltó, pues, a la guitarra, y quizá ganó con ello. A dos guitarras, una de ellas acústica, las cosas acaban sonando con ecos de los primeros discos de La Dama Se Esconde o el In Between Days, y vive Dios que ese sonido me encanta.

La canción es 'una cara B' —que, si no las mejores, suelen ser las más cientovolanderas. Canta (y compuso) Daniel y puntea (tal hormiguita) el que suscribe.



Y a veces mi voz es una canción
inconclusa y confusa que se pierde sin más
y en la ventana relumbran las luces exangües del sol
después de la lluvia.
Y a veces no hay nada nuevo después,
ni siquiera el lamento de dormirse sin sueño,
es la trastienda de la vida enterrada, el baúl que dejé
a nombre de nadie.

Se ha corrido el rumor
de que el tiempo futuro será oscuro y peor,
mis canciones flotando en las alcantarillas,
ya se come esa rata la Canción Amarilla.

¡Ella y la lluvia!

Y a veces se nos escapa el amor
como sangre en las manos sin poder evitarlo,
es tan absurdo el preguntar la razón como echarse a llorar
o huir simplemente.
Y entretanto las canciones se van
con el caminar pausado que las caracteriza
y en la raya que separa el cielo del mar
van desapareciendo caminando sin prisa.

Se ha corrido el rumor...



lunes, 30 de marzo de 2009

Lejos, muy lejos del mundo


Imagino que los timoratos tendrán muchos peros que poner a la resurrección general del pasado que, a través de démones como Facebook o este mismo blog, nos reúne con amigos perdidos y épocas distantes —pero a mí me encanta.

Aunque he hecho bastante arqueología musical a través de las sufridas cintas de Ciento Volando (y su prehistoria, Assahar), nunca había llegado tan lejos como en este caso. El mérito, entonces (¿1986?) y ahora es de Ricardo Mariscal, buen colega, que grabó esta canción para un trabajo de clase de Filosofía (sobre la motivación, nada menos) cuando éramos alumnos de BUP en el colegio San Viator de Madrid, y ha logrado ahora localizarla y pasarla a dígitos.

El invento tiene sonido e imagen (un solo mudo de Mariscal, a lo Ringo, que revuela pensativo en torno a una visión dormida sobre el pupitre, la bella Ángela), pero de momento sólo he podido capturar el primero. He resistido la tentación de filtrar y meter reverb, porque el aula donde la grabamos ya tenía un eco considerable, y la cámara debía de ser buena (hay ruido ambiente, pero no, para entendernos, parásito).

La canción es la primera que recuerdo haber hecho, o al menos la primera que me atreví a tocar por esos mundos. Para no saber nada de música, no está tan mal: la armonía tiene algunas especias modales (mixolidias, para los que gustan de esas cosas) y comienza con un par de acordes de séptima-cuarta suspendida, en los que sigue cifrada, para mi gusto, cierta forma de magia.

La letra es un tanto oblicua: habla del encuentro becqueriano de dos amantes en el Más Allá, en un amanecer eterno; pero, contradictoriamente, acaba emplazándolos para el Juicio Final. Me doy cuenta ahora de que he vuelto sobre el tema al menos otra vez.

Canta Aurora Babarro, que después hizo un par de años de Clásicas conmigo en la Complutense. Ya no recuerdo si la coña entre 'brilla la aurora' y 'brilla la Aurora' estaba o no en mi cabeza cuando compuse la letra. A la flauta, ya entonces, Daniel (ya son años juntos, oiga).





Hay
un lugar lejos del mundo
donde el sol
no se pone jamás
y a la luz
de un amanecer sin tiempo
brillan (*)
voces de puro cristal;
y la luna
navega azul en el cielo
y brilla la aurora sin final.

Lejos, muy lejos del mundo,
lejos por siempre jamás.
Un día estaremos allí juntos
y esperaremos el Juicio Final.


(*) Aurora, que además de bella era docta, prefería vibran a brillan, pero, por esta vez, dio por buena la sinestesia.

(**) En la foto, Carlos (derecha) y yo, en un pasillo del Sanvi. En alguna de las aulas que se abren a la derecha de la foto se grabó el invento.

viernes, 3 de octubre de 2008

Ponme en tu ropa (y llévame a cualquier lugar)


Saber es recordar, dijo Platón. Inventar una canción y sacar de oído una que ya había son dos procesos tan semejantes que entre lo nuevo y lo viejo caben todo tipo de complicidades. Descartando los plagios deliberados, la casuística es amplia y sabrosa. Algunas canciones (demasiadas) no pasan de variaciones con repetición de clichés barajados hasta el asco: autor, la inercia (que no la tradición). Otras (Barrett: Interstellar Overdrive) se parecen tan vagamente al original en que se inspiran que no lo sabríamos sin la confesión de los implicados. Hay canciones memorables (Mc Cartney: Yesterday) que el autor-auditor recompone tras haberlas oído en sueños; y otras, en fin, (Harrison: My Sweet Lord) en las que una melodía ajena se presenta de incógnito y el autor la acepta como propia sin pedirle antecedentes penales.

El error de Harrison, muy disculpable, nos recuerda algo importante —no hay nada tan ajeno como la 'creación propia' cuando ésta se produce en condiciones óptimas: una Venus Atenea (sic) que se hace presente, armada o a punto de armarla, donde segundos antes no había más que una vaga sensación de inminencia.

Sé de qué hablo: I've had my share. A los quince años, aquella chica se rió lo suyo cuando me hizo notar que mi canción de amor, tan sentida, era en realidad la Marcha fúnebre de Chopin; más tarde, he tomado con mayor o menor conciencia melodías y acordes de Duncan Dhu, Bach, King Crimson y Caravan, y, de forma más general, he reconocido en lo que hacía manierismos de los Beatles, Antonio Vega y Enrique Urquijo.

Quitando el caso de Chopin, el préstamo nunca ha sido tan significativo que no pudiera entenderse como un homenaje, un punto de partida. Dani, que siempre llega más lejos, dio en componer una vez por su cuenta, casi nota por nota, Hotel California —y en esta canción, su segunda y última aportación a La luna es un cofre que canta, reinventó una de las canciones más conocidas de los Secretos.

(Se admiten apuestas. Por cierto que me sucede como con My Sweet Harrison: por un margen bastante amplio, prefiero la recreación al original. Ya me dirán si también es su caso.)




jueves, 2 de octubre de 2008

Corazón de agua pasada


Corazón de agua pasada,
nunca te conté esta historia:
los pañuelos que juntaban,
corazón de agua pasada,
mi garganta y tu memoria.

Las caricias preparadas,
sacapuntas y cejillas.
Ya estamos donde no hay nada;
las caricias preparadas,
atardezco en una silla.

¿A cuánto están hoy las noches?
Los pañuelos que te olvidas
ondean hoy por las esquinas
y enloquecen en tu nombre,
los pañuelos que te olvidas.

Qué jardín fuera tu abrazo.
Me despierto sin mis ojos
y el cansancio que recojo
me florece por las manos.

Se me acaban las palabras,
anochezco tan deprisa.
Cuídame bien la sonrisa,
hazte lluvia por mi espalda,
hazte lluvia por mi espalda.

(Al fondo de tu boca llueven piedras.
Tus ojos son, lo sé, bebida fría
del mismo material que la tormenta.
Nos amaron y nos aman los muertos,
es sólo una penumbra de la inercia.
Amémonos o no, rápido o lento,
un solo golpe mata la inocencia.
Y nada pasa y viene a nuestro lado,
y nadie viene a vernos ni a buscarnos.
Amor, amada, ya nos ha olvidado.
La noria de la muerte está girando.)


>


Songfacts

1. El lenguaje del amor tiene muchos dialectos. Los actos fallidos son uno de ellos: objetos olvidados para que alguien nos encuentre.
2. Pañuelos, sacapuntas. Y aquellas cejillas caseras, hechas con lápices y gomas para recogerse el pelo.
3. Por aquellos años, Luli llegó y lo cambió todo. Por fortuna, sigue alterado.
4. Después de explicarle la idea de La luna es un cofre que canta, Daniel llegó a casa, grabó la canción (una de sus mejores) y nunca volvió, que yo recuerde, a tocarla. Nunca ha tenido arreglos ni se ha asomado a los conciertos.
5. Los versos del final formaban parte de las grabaciones 'deconstruidas'. Alfonso los grabó meses antes, sin que pudiéramos saber que acabarían en este contexto.
6. Aunque Alfonso grabó bastantes versos de su cosecha, éstos son de la mía, del inédito Retorno a los columpios (Un libro de cerveza y caramelos). Ya no recuerdo si yo le pedí que grabara algunos poemas de aquel libro (me encantaba cómo los recreaba) o fue idea suya.
7. Tercetos de un viejo soneto (posterior a Retorno, anterior a la canción): Rebosa el corazón de agua pasada / por esa piedra vasta de los años. / Destruye la verdad a quien la nombra. / La fuente del olvido por sus caños / derrama sólo sangre congelada. / Sal tú, mi niña roja, de la sombra.


martes, 12 de febrero de 2008

Joe Cast


Ésta es la historia del viejo,
del viejo Joe Cast,
el hombre que viajó
desde el infierno
hasta su amada,
con quien soñaba el viejo Joe.

Joe Cast
deja atrás
su vida pasada,
que como las sombras
se empieza a borrar.
¡Pobre Joe Cast!

En las tierras de occidente
vino a encontrar
la puerta de la Ciudad de Cristal,
el rastro de unos naipes al andar,
la senda que nos lleva hasta el final
(si es que hay final).

Joe Cast
deja atrás
su vida pasada,
que como las sombras
se empieza a borrar.
¡Pobre Joe Cast!

¡Quién sabe lo que busca Joe Cast!
¿Quién puede comprender en las cartas
al azar?
¡Quién sabe lo que busca Joe Cast!
¿Quién va a luchar por los sueños
olvidados,
condenados
a vagar?

Pobre Joe Cast.
¡Pobre Joe Cast!



[Otra canción cientovolandera de los primeros 90. Joe Cast era el personaje de un cuento (o una serie de cuentos) de Daniel. De lo que entonces nos leyó, sólo recuerdo una escena, que se diría precursora de Harry Potter. El protagonista acude al Parque Sur, de noche, y en una plazuela encuentra un misterioso autobús nocturno, que está a punto de partir sin él, pero accede en el último momento a llevarle. Aunque Daniel no es fan de Pink Floyd (lo suyo va de Gwendal a Radio Tarifa, con parada en los Piratas), siempre he encontrado una similitud entre sus canciones de esa época y las de Syd Barrett: unas y otras fluyen con desparpajo por distintos tonos y modos, con una naturalidad que desafía las rutinas musicales.]



[Hallada. He aquí la escena.]

domingo, 27 de mayo de 2007

El fin


...y el cabo.

Songfacts

0. Ciento Volando meets Los Piratas.
1. La canción hace pareja con Casa Tomada; supongamos el single.
2. Aquí Dani lo hizo todo: composición, arreglo e interpretación (su primera al teclado).
3. En directo, con violín, melódica y punteo setentero, esto suena distinto —pero va camino de sonar, de otro modo, igual.


Siempre que te miro,
te imagino en otra vida,
pero nunca me imagino
dónde empieza ni termina.

No sé comportarme,
no sé qué pensar;
no sé si llamarte
o si no llamar,

y aunque eso bastase
para construir la frase
que nos dice adiós,
voz en off
para un fin...

Compartir momentos
en ciudades invisibles,
buscar en los desencuentros
los archivos compatibles.

No pienses en nadie,
no mires atrás;
no dejes que el tiempo
nos destruya más.

No dejes que pase,
no permitas que la frase
que nos dice adiós
llene nuestros últimos compases.

Duermen los gatitos
en el sol,
me parece igual
y todo es diferente.

Tal vez no lo entiendas,
pero yo
solamente quise
no alargar el fin.

Cambiar los horarios,
encontrar las diferencias,
desmontar los escenarios,
mantener las apariencias.

Todo lo que haces,
antes o después,
cambia de sentido
cuando no lo ves.

Nuevas enseñanzas,
descambiar las esperanzas
y eso que el dolor
va en las mismas cajas de mudanzas.

Antes, sin buscarte,
te encontraba,
todos los caminos
iban a tu encuentro

—y aunque no ha cambiado
casi nada
ahora me parecen
señalar el fin.

Bragas con sabores,
ya llegó la primavera,
pasan trenes de colores
por el túnel de las venas.

Pequeños mensajes
que nos dicen ven
vuelan por el aire
de andén en andén:

neurotrasmisores
que curan el mal de amores,
pero en la estación
tú sigues tu vía y yo la mía.

Yo ahora no sabría
dónde estamos,
después de una selva
siempre hay un desierto.

Todas las señales
que encontramos
ahora me parecen
señalar el fin.

Siempre que me miro,
me imagino en otra vida...