Cortázar nos explicó el proceso. Con el tiempo, no sólo percibimos menos, sino que procesamos con mayor pereza lo que llega hasta nosotros. Todo nos suena a ya oído (no me fío de ti, ya oí / eso en algún lugar y no / te lo has aprendido bien). El desencanto nos arroja lejos de todo cuanto (también en nosotros) pudo alguna vez merecer la pena. Un punto más allá (disonancia cognitiva) nos espera el disfraz de la zorra vegana y sus uvas: resignarnos a nuestra enanez y renunciar, por si acaso, a dar saltos.
En mi caso, la tendencia a hallar insulsa la música pop posterior a 1975 no es, principalmente, nostalgia de la adolescencia (tenía 5 años cuando palmó el atiplado, y gran parte de la música que amo se publicó antes de mi nacimiento). No obstante, sí fue en los primeros 80 cuanto mi gusto se decantó contra el punk, el tecno y la nueva ola, y favor de todo cuanto sonara lisérgico y pagano. Sigo fiel a esa opción, pero, con la advertencia de don Julio muy presente, no he retirado la antena: muy de vez en cuando, encuentro canciones que no juegan al revival de los 60-70 y logran, sin embargo o por eso mismo, emocionarme.
La lista es breve, pero sigue abierta. Hay sitio para los 80 (The Cure, Radio Futura, diez canciones de Nacha Pop y Los Secretos; algunas hojas del árbol de Joshua) y los 90-00 (Nirvana, Beck, Radiohead, Los Planetas, Los Piratas, Sigur Ros, una muestra de Le Mans y La Buena Vida).
A Radiohead, en especial, he tardado en acercarme. Sólo ahora me adentro en OK Computer (que me llega combinado, en modo random, con la Orquesta de las Nubes de Suso Saiz; funciona). Hay algo de los Beatles aquí («Sexy Sadie» avanza, subrepticia, por «Karma Police»), aromas también de Pink Floyd (alta fidelidad: relojería y aire acondicionado) y King Crimson (esas melodías en letra gótica), pero todo tan trascendido y recolocado como pueda estar la música de los 40 y 50 en Sgt. Pepper's. Radiohead no se prueba ropa usada: partiendo del angst nirvanero, su música alcanza una complejidad similar al rock progresivo, pero cristaliza en un paisaje totalmente distinto. Su épica es despojada, fría: la sentimentalidad, que está, tiene un tono autoparódico, fatalista y un punto gay (quizá a lo que más recuerda OK Computer es a la enorme IA, de Spielberg-Kubrick; las fechas, grosso modo, coinciden).
Dicen que lo que sigue (Kid A) es mejor aún, y en lo anterior hay más de una joya, como «Creep». Veremos.