Mostrando las entradas con la etiqueta Ciento Volando. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Ciento Volando. Mostrar todas las entradas
sábado, 8 de julio de 2017
Qué profunda distancia
Hace tiempo que no traigo música (o cualquier otra cosa, por lo demás) por estos pagos. Hoy ha venido a verme esta canción cientovolandera, una de las primeras que hice, y ha pedido nuevo arreglo. El resultado reúne muchas cosas que me son queridas: en particular, la melodía de flauta del arranque, tan juguetona ella, que es danielera, y la melodía central de la cuerda y la flauta, que es alfonsí (lo mismo que la idea de hacer canciones en modos medievales, en este caso en eólico —aunque hay un momento pop, muy sesentero, en que el acorde de cuarta torna menor).
El ritmo, en cambio, es de estos años. He intentado reflejar en el acompañamiento el juego de la clave de 2 + 3, pero no sé si se apreciará :)
Hela.
miércoles, 1 de octubre de 2014
Con una cinta de seda
Llega una edad en que los hijos se van de casa. Así estas melodías que a uno se le ocurrieran para algunas canciones del maestro Agustín, como Ay lino y Con una cinta de seda, que ya el año pasado refrescamos con las ideas nuevas que traían los amigos Dani y Juanfran, y que ahora siguen su curso en el repertorio de La Araña Calva, mudando en el trayecto de estructura y a veces también de sustento armónico.
El resultado me parece especialmente brillante en el caso de Con una cinta de seda, donde la base de la canción ha sufrido una reescritura radical. Pero como uno es cabezón (lo dice un personaje de Borges: Todas las cosas quieren perseverar en su ser, ha escrito Spinoza. La piedra quiere ser una piedra, el tigre un tigre, yo quería volver a ser Hermann Soergel), los acordes originales han venido a visitarme esta noche para convencerme de que en ellos quedaba aún mucha música por exprimir. Y esto me cuentan.
miércoles, 25 de junio de 2014
Solo pienso en ti
Leo aquí sobre el Toytown Sound: canciones de los grupos psicodélicos ingleses de los 60 que exploran el mundo de Alicia en el País de las Maravillas, El viento en los sauces, etc. And fairy stories held me high, cantaba Syd Barrett.
En Ciento Volando tuvimos siempre una vena parecida (de raíz sesentera, pero influida por la vena infantil, pero más siniestra, de The Cure y La Dama Se Esconde). Leyendo cómo se caracteriza el género, me he acordado de esta vieja canción, con sus marionetas y mariposas. La ejecución es torpísima, pero con los años creo que la atmósfera está bien creada.
Y es tan dulce tu mirada quieta,
siempre en derredor
van comiéndome las marionetas,
pero solo pienso en ti,
solo pienso en ti.
Y es tan dulce tu mirada rota,
siempre en derredor
van mordiéndome las mariposas
pero solo pienso en ti,
solo pienso en ti.
jueves, 12 de junio de 2014
Punto, raya y azar
A veces se establece una conexión con la gente tan profunda que roza lo parapsicológico. Hoy me ha traído mi amigo Jose Maestro esta canción maravillosa de Rosa León, Punto y raya, grabada en 1975, porque la escuchó y pensó que bien podría ser mía, por la armonía, la melodía y los arreglos:
Pero no es que pudiera ser mía. Es que resulta que yo, sin haberla escuchado nunca (que recuerde), compuse esta misma canción, hacia 1993 (¡pero nunca se la había tocado a Jose!). Cantinera de azar, la llamé. Y así sonó ese año en directo, en La Sala (Madrid), con Dani a la flauta y la segunda voz, y yo mesmo al teclado, la guitarra y la voz (por llamarle algo):
sábado, 24 de mayo de 2014
Danzas del norte (Alfonso García Pecharromán)
Alfonso García Pecharromán, gran amigo que nos dejó de forma prematura y trágica, compuso varias piezas preciosas de sabor medieval y renacentista que nos han acompañado a lo largo de los años, primero en Ciento Volando y ahora también en La Bossa y la Vida.
De ellas, probablemente la que más ha ido mutando con el tiempo es esta danza instrumental, que Alfonso tituló, si no recuerdo mal, Alt-Niederländische Tänze, 'danza holandesa antigua' (pensando quizá en las danzas holandesas del compositor renacentista Tielman Susato; o en la colección de danzas anónimas que interpreta con ese título la Trapp Family), pero que en algún momento rebautizamos como Danza del norte.
Conservo (pero aún no he conseguido digitalizarla) una versión del propio Alfonso a la flauta, acompañado por mí a la guitarra y con Daniel haciendo una segunda voz en otra flauta. En lo que aparece, la versión más antigua que tengo es esta cientovolandera, un tanto new age, que hicimos Daniel y yo ya en este siglo: él grabó las dos flautas y yo el acompañamiento al piano.
Cuando emprendimos La Bossa y la Vida, nuestro flautista, Paco, se enamoró enseguida de la pieza, así que la montamos con flauta, guitarra y percusión. Esta es la versión más bonita que he encontrado de las varias que grabamos el año pasado en ensayos y directos:
Por su parte, Daniel también se quedó dando vueltas a la pieza y la montó con Luli a la melódica y él mismo a la flauta, en un arreglo más folk y ancestral. Cuando preparamos varias canciones de Agustín García Calvo, retomamos la pieza de Alfonso como introducción a una canción musicada por él, el Conjuro. Así sonó el tema completo el 25 de enero de este año en La Cabrera, con Luli a la melódica y el bajo, Dani a la flauta y el albokote, Juan Fran a la percusión, Fátima a la voz cantante y yo mesmo a la guitarra:
...Pero ni por esas la pieza se dio por contenta. Con la nueva formación de La Bossa y la Vida hemos seguido trabajando sobre ella, y así suena (en versión virtual) el último arreglo que estamos tentando, con nuevas melodías para la flauta y la trompa, el violín en la melodía principal y un ataque final en el que se reúnen todas las melodías a la vez.
De ellas, probablemente la que más ha ido mutando con el tiempo es esta danza instrumental, que Alfonso tituló, si no recuerdo mal, Alt-Niederländische Tänze, 'danza holandesa antigua' (pensando quizá en las danzas holandesas del compositor renacentista Tielman Susato; o en la colección de danzas anónimas que interpreta con ese título la Trapp Family), pero que en algún momento rebautizamos como Danza del norte.
Conservo (pero aún no he conseguido digitalizarla) una versión del propio Alfonso a la flauta, acompañado por mí a la guitarra y con Daniel haciendo una segunda voz en otra flauta. En lo que aparece, la versión más antigua que tengo es esta cientovolandera, un tanto new age, que hicimos Daniel y yo ya en este siglo: él grabó las dos flautas y yo el acompañamiento al piano.
Cuando emprendimos La Bossa y la Vida, nuestro flautista, Paco, se enamoró enseguida de la pieza, así que la montamos con flauta, guitarra y percusión. Esta es la versión más bonita que he encontrado de las varias que grabamos el año pasado en ensayos y directos:
Por su parte, Daniel también se quedó dando vueltas a la pieza y la montó con Luli a la melódica y él mismo a la flauta, en un arreglo más folk y ancestral. Cuando preparamos varias canciones de Agustín García Calvo, retomamos la pieza de Alfonso como introducción a una canción musicada por él, el Conjuro. Así sonó el tema completo el 25 de enero de este año en La Cabrera, con Luli a la melódica y el bajo, Dani a la flauta y el albokote, Juan Fran a la percusión, Fátima a la voz cantante y yo mesmo a la guitarra:
...Pero ni por esas la pieza se dio por contenta. Con la nueva formación de La Bossa y la Vida hemos seguido trabajando sobre ella, y así suena (en versión virtual) el último arreglo que estamos tentando, con nuevas melodías para la flauta y la trompa, el violín en la melodía principal y un ataque final en el que se reúnen todas las melodías a la vez.
jueves, 27 de febrero de 2014
Qué profunda distancia
Uno de los empeños en que ando estos días (y que hace que no escriba mucho por aquí) es rescatar viejas grabaciones cientovolanderas que yacen en cassettes de los años 90 e incluso 80. Una de las más queridas, para mí, es esta de 1992, para la que Alfonso García Pecharromán compuso un arreglo inolvidable de flauta —que aquí interpreta, como puede, el teclado. Es uno de los primeros intentos que hice de componer canciones en un estilo modal (en la menor eólico, esta vez), aunque justo antes del estribillo se cuela un acorde de paso beatlémano (un fa menor).
La letra (que al pasarla ahora se me hace muy danielera) dice:
Y hoy de nuevo, mi pequeña, como un viento marrón
voy cayendo lentamente hasta ti,
voy quedándome dormido en este viejo cajón,
voy hablando a solas, quiero dormir
viejos sueños nada más, viento sur de primavera,
viejos sueños nada más, voy rodando entre la niebla.
Voy no sé muy bien adónde, pero voy lejos de ti.
Qué profunda distancia
cabe aún entre los dos,
cien mil metros de altura
y nada nuevo en derredor.
Qué distinta es la vida
sin color, sin dolor;
voy sangrando y el viento
va bebiéndome la voz.
miércoles, 29 de enero de 2014
Cuatro poetas cientovolanderos (II): José Canal Rosado
Generalmente, se desconoce a nuestro último invitado, Gabriel Celaya, de la peor manera posible: creyendo que uno sabe lo suficiente sobre él con la visión, harto parcial, que dan de él los libros de texto como vate social más o menos airado y profético. Nuestro poeta cientovolandero de hoy, José Canal Rosado, no tiene ese problema; directamente, no se le conoce fuera de un círculo muy reducido, asociado a la revista literaria extremeña que fundó en 1945 junto a Jesús Delgado Valhondo y otros amigos, Alcántara.
Cuando publicó Ciento Volando, en 1970, Canal, nacido en Arroyo de la Luz en 1913, tenía 67 años, lo que, como solía recordar Gloria Fuertes, le puede pasar a cualquiera. Por tanto, no sorprende que se trate de un libro maduro, libre de cualquier tentación estridente, y renuente con las pasiones de la carne. Uno de sus poemas, Fruta prohibida (pp. 21-23), describe en cuidadas liras cómo el poeta se siente atraído por una joven placentera y renuncia a este amor tardío al contemplarse avejentado y ridículo en los ojos de su amada:
Entendí mi pecado,
se aflojaron mis brazos malheridos
y resigné, callado,
los instintos torcidos
del mal que me cantaba en el oído.
Abrí al aire la reja
—amanecía Dios en la ventana—,
ahogué dentro una queja
y te dejé en la rama
intacta la color, pura y lozana.
En otro, titulado Despertar, se renuncia a los ensueños haciendo de ellos pájaros huidizos que no conviene añorar:
Vivir de nuevo era preciso,
volver los ojos hacia tierra
y ver volar los pájaros
y no llorar la ausencia.
La etiqueta de poesía arraigada, de utilidad general dudosa, parece en este caso pertinente: el libro tiene un tono general clasicista (no falta un soneto, aunque en general se prefiere la asonancia de ecos machadianos y juanramonianos) y exhibe sin complejos una devoción católica de tipo intimista que el propio autor comprende pasada de moda, pero que él declara vigente en su corazón y su entorno.
Como cabe esperar de esta entrada en materia, el cientovolanderismo de Canal es resueltamente reaccionario. Frente a la mentalidad práctica de los tecnócratas, el autor reivindica la poesía como vuelo (más bien inocuo e irrelevante) de la imaginación. Dado que al parecer este fue su último poemario (murió 9 años después), resulta intrigante el contraste con el título del primero, Viento amarrado (1954), que sugiere más bien la voluntad juvenil de atrapar lo inconstante (el famoso pájaro en mano).
El poema que da título al libro es también el que lo cierra, y por tanto constituye en cierto modo la última palabra del poeta. Dice así:
Ciento Volando
Abrí la mano
y todo el aire se me hizo pájaros.
Era el día claro
y tenía sonrisa de campo;
por lo alto
pasaban sueltos rebaños
de corderos blancos
pastoreados despacio;
en el arisco peñasco
no había sombra de milano
y el árbol era todo árbol.
Sentía un temblor casto
de ancho y apretado abrazo
que me abrigaba en el costado,
me humedecía los labios
el verbo raro
de la palabra del salmo:
«En Sión quebró la mano
del Señor las espadas y los arcos».
Pero esto parece un verso ya sin canto.
—Ahora se rompe la maravilla de los átomos
para matar más rápido,
se hace oro del barro
y nadie quiere ser el buen samaritano—
Caminé paso a paso
y ante mí se abrían los espacios.
Había margaritas en el prado
y aroma de poleos en el regato;
para mi regalo,
me nacían alondras de los pies y las manos.
Llevaba en el zurrón muy pobre el hato
pero tenía el cielo ancho
y allí más de ciento volando.
Etiquetas:
Alcántara,
Ciento Volando,
cientovolanderismo,
José Canal Rosado,
Más vale pájaro en mano que ciento volando,
poetas cientovolanderos
lunes, 27 de enero de 2014
Cuatro poetas cientovolanderos (I). Gabriel Celaya
Habrá más, seguro —y me encantaría que los lectores del blog me ayudaran a descubrirlos. Pero cuatro no está mal para empezar: Gabriel Celaya, José Canal, Joaquín Sabina y Miguel d'Ors han publicado sendos libros (o secciones de libros) con el título de Ciento Volando, y han explorado lo que podríamos llamar la poética cientovolandera.
Paseemos, en esta entrada, por el primero de ellos.
Como mucha gente, supongo, supe del Ciento Volando de Celaya y su compañera Amparo Gastón, publicado en 1953 en Madrid por la editorial Neblí, a través del prólogo que Luis García Montero escribió para otro Ciento Volando, el de Sabina. Escribe allí (p. 7) GM:
El poeta Gabriel Celaya, junto con Amparo Gastón, publicó un libro titulado Ciento Volando (1953), con el deseo de buscar canciones en los vientos de su musa.
El título no es, como veremos, la única conexión con Sabina. Pero vamos al libro de Celaya y Gastón: ¿cómo hallarlo? Es posible, desde luego, dar con la edición original, capricho de bibliófilos. Pero hay alternativas más económicas. La editorial Visor ha publicado en este milenio las poesías completas de Celaya en tres tomos. El primer tomo incluye los versos escritos entre 1932 y 1960, así que es de suponer que recoge el libro que nos interesa; por desgracia, el libro está agotado, así que no he podido comprobarlo.
De las antologías de Celaya que conozco, la de Castalia, Trayectoria poética (1993), por otra parte muy recomendable, no trae ninguna muestra de CV. En cambio, Gabriel Celaya para niños (2011), de Ediciones de La Torre, sí trae varias canciones del libro.
Como uno no se conformaba con eso, al final he podido dar con el libro en un tomo ya antañón: las Poesías Completas de Celaya que publicó Aguilar, con prólogo de Vicente Aleixandre, en 1969 (harto incompletas, por tanto, pues Celaya siguió publicando hasta su muerte). Las páginas 1343-1342 recogen la obra y cierran el libro (dado que el tomo recoge otros libros posteriores, supongo que su posición se debe a ser una obra de autoría compartida).
Y bien: ¿qué trae o deja de traer el libro de cientovolandero? ¡Bastante! Pero antes de entrar en ello, anotemos la conexión sabinera: uno de los primeros poemas del libro, titulado Canción, se abre con el verso
Aquí donde se cruzan los caminos,
que apenas transformado (Allá donde se cruzan los caminos) abre Pongamos que hablo de Madrid, la primera canción famosa de Sabina. Teniendo en cuenta esto y la coincidencia en el título del libro, habrá que pensar que don Joaquín visitó con provecho estas páginas, en una edición u otra.
El poemario, como indicaba García Montero y confirma el título del poema que contiene el verso reciclado por Sabina, es más bien un cancionero sin música, al modo de las Canciones de Lorca o las de Agustín García Calvo. El nivel es irregular, pero hay poemas espléndidos. Este, por ejemplo, cuyos paréntesis recuerdan precisamente a ciertas canciones lorquianas (y a JRJ):
LA FABULOSA REALIDAD
¡Pero si no puede ser!
(Y fue.)
Cógelo bien, corazón.
(Ya cambió.)
Y así, perdida la cuenta,
lo real se hace poema,
signo, distancia, leyenda,
y sálvense los que puedan.
La referencia a lo inmanejable, a aquello que se da por inviable y que sin embargo sucede, pero que resulta imposible apresar, alude acaso al pájaro del refrán, que en este caso, por muy en la mano que esté, muta y se transforma en otra cosa: lo vivido se hace palabras y en la distancia que se abre entre lo uno y lo otro debe el lector moverse por su cuenta y riesgo, sin que el autor le garantice otra cosa que la oportunidad de intentar salir con bien del invento.
En todo el poemario abundan los pájaros, que representan posibilidades inciertas: el amor, por ejemplo, en la estrofa final de La institutriz:
La señorita se ha puesto
la mano en el corazón,
y su abanico apresura
un posible ruiseñor.
Además de ser el título del libro, Ciento Volando es también el título de la primera sección del mismo, de la que proceden los versos que llevamos citados. La sección segunda se llama Coser y cantar, como el libro de Isabel Escudero, quien no sabemos (se lo preguntamos desde aquí) si manejó alguna vez el de Celaya. La tercera, que lleva un título estupendo (Música celestial) incluye entre otras cosas algunas reescrituras muy divertidas de las Rimas de Bécquer, que se dirían obra de una imposible Gloria Fuertes clasicista:
Hoy el cielo y la tierra se hacen guiños.
Hoy me siento contenta y soy quien soy.
Hoy le he visto, le he visto y me ha besado.
¿Qué dirá Dios?
La cuarta y última sección, A las mil maravillas, incluye los poemas más abiertamente cientovolanderos, como este:
¡A VOLAR!
Le vi venir
y no fue así.
Le vi volar,
allá, allá.
Pajarillos, reíd,
¡volad, cantad!
Abrí la mano;
cerré; y en vano.
Muero pensando:
nada he cazado.
Pajarillos idiotas,
¡a la gloria, a la gloria!
¡La cogí! ¿Sí? ¡Pues no!
Se escapó. ¿Para qué?
Dijo abierto el amor
y no cantó el sí-sí.
Pajarillos, ¡volad!
No os dejéis explicar.
Con ese final que se hace tan agustiniano (recordemos unos versos próximos de Valorio 42 veces: No digas que sí / ni de ti ni de mí; / di que no, / di que ni tú ni yo).
Me gusta menos, pero lo traigo por la conexión explícita con los refranes y frases hechas pajariles, el titulado
LA CABEZA A PÁJAROS
Txori txoriyá,
txori choruá.
Los pájaros cantan
y Dios se calla.
Los pájaros cantores
que no cantan amores,
cantan sólo por cantar,
sin más ni más.
Txori txoriyá,
txori choruá.
Quizá no haya
que decir nada.
(Una nota piadosa aclara el sentido de los dos primeros versos, quizá populares, compuestos en vasco, que dicen en castellano 'Los pájaro-pajaritos, / los pájaros locos'.)
Me gusta más este otro, con el que cierro la entrada, y con cuyo cierre dio por su cuenta John Lennon en el subtítulo de Norwegian Wood (This bird has flown):
PIPIRIGAÑA
Jugando a los niños
—¡pípiripingo!—
te pongo y te quito.
Te engaño, te enseño
—¡pípiri!, el quiebro—.
¿Lo viste? No es eso.
La mano al derecho.
La mano al revés.
¿Lo has pensado bien?
Una, dos y tres.
¿Lo viste? ¿Lo ves?
Pues no hay más que ver.
El pájaro —mira—,
una, dos y tres,
volando se fue.
Etiquetas:
Agustín García Calvo,
Ciento Volando,
Gabriel Celaya,
Isabel Escudero,
Joaquín Sabina,
Luis García Montero,
Poesía,
poetas cientovolanderos
domingo, 5 de enero de 2014
Ciento Volando (I): el refrán
Quien hace un cesto, hace ciento. Ciento viene a ser en el refranero lo que mil y una en las noches orientales, o catorce en boca de Asterión. Si no cientos, somos muchos los que hemos vuelto sobre el refrán tradicional, desoyendo su advertencia para quedarnos con el pájaro innumerable en vuelo en vez del triste que canta en la jaula o se fríe en la sartén. Por si aportara alguna luz, creo que puede estar bien recorrer la historia del asunto. Comencemos por el refrán.
1. La fórmula Más vale pájaro en mano que ciento volando parece acuñada de una vez para siempre, pero en realidad es solo una realización entre varias de un refrán tradicional, que otras veces dice, por ejemplo, Más vale pájaro en la barriga que ciento en la liga, Más vale pájaro en mano que buitre volando, Más vale pájaro en mano que volando y Más vale un pájaro en la mano que dos volando.
2. Las variantes son instructivas en varios sentidos: para empezar, muestran que el sintagma ciento volando no es central al refrán, cuyo núcleo invariable podríamos intentar trazar recurriendo a las palabras que aparecen siempre, Más vale pájaro... que... , y tratando de reducir a un mínimo común denominador semántico las variables: Más vale (un) pájaro seguro que (otro, más de uno, muchos) dudoso(s).
3. La antítesis entre el pájaro cierto y el dudoso, que da para una formulación expresiva y elegante del refrán (Más vale pájaro en mano que volando), tiende a adornarse enfatizando el tamaño del pájaro incierto o multiplicándolo. Es un movimiento curioso, concesivo, podríamos decir, pues la idea es que cuanto mayor sea el bien hipotético al que se renuncia, mayor importancia se reconoce a aquello que se prefiere: lo inmediato, lo presente. Un matemático lo expresaría mejor, pero permítanme el aproximamiento: si yo digo x vale más que y, cuanto más haga valer a y, más valdrá x.
El pájaro incierto se vuelve así dos, tres o ciento; o torna un pájaro enorme, que no cabe en la mano (el buitre). En una versión particularmente aventurera, ni siquiera es ya un pájaro: Más vale pájaro en mano que buey volando.
4. El maestro Agustín solía distinguir entre los refranes propiamente populares y aquellos otros (algo más de la mitad, decía) que se habían colado en la tradición oral, pero que provenían claramente de las clases dominantes (del enemigo,vaya). Este lo contaba entre los primeros, por su denuncia de lo futuro, lo hipotético, lo prometido: the pie in the sky, que decía el sindicalista Joe Hill, llegando por sus propios medios al mismo territorio metafórico que el refrán español. El pastel celeste, imagen del Paraíso venidero que prometen los predicadores desaprensivos, bien cebados ellos, a una masa de hambrientos cuyas tripas rugen aquí y ahora, viene a ser lo mismo que la bandeja de pájaros fritos o escabechados.
5. A pesar de todo (y a eso vamos, o iremos, en la siguiente entrega de la serie), el refrán se ha utilizado también para intentar desalentar a todos aquellos que sienten el vuelo de las posibilidades y no se resignan a apostar sobre seguro, haciendo lo que hace todo el mundo del mismo modo y a las mismas horas. Así que es normal que los que tenemos, mal que bien, la cabeza a pájaros, o al menos pájaros en la cabeza, nos hayamos revuelto contra el refrán, en el que no hemos visto (como quizá era el sentido original) un rechazo del futuro planificado, sino todo lo contrario: una afirmación del adocenamiento, de la forma establecida de hacer las cosas, como el único camino viable, y un rechazo burriciego y arrogante de las posibilidades sin límite.
Algo de esto reconocía el maestro, hablando con nosotros del tema, cuando tras afearnos la elección del nombre y reivindicar el refrán popular, se dejaba sonreír un instante y añadía: aunque no está mal del todo eso de dejar libres los pájaros, de devolverles la vida. En nuestra defensa, podríamos haberle citado sus propios versos, que tan bien musicara Chicho Sánchez Ferlosio, en los que el pájaro atrapado se convierte en símbolo de todo aquello que vive anclado por sus propias fronteras:
De la jaula aletea y sangra
el pájaro desconocido;
salir quiere y no puede,
su jaula es él mismo.
[Y aún más cerca de impugnar el refrán, el lamento que aparece en una de las canciones de Baraja del rey don Pedro, a propósito de alguien, cualquiera de nosotros, que
Por tener lo que volaba,
llenó su jaula de pájaros muertos.]
llenó su jaula de pájaros muertos.]
viernes, 3 de enero de 2014
Que vivan otros
Seguimos ensayando para el concierto agustiniano del día 11. Así sonó ayer una de mis piezas favoritas de García Calvo: la canción 23 de su Libro de conjuros, musicada por Luli.
Mira: para que me pierdas,
mira, si de mí te olvidas,
dispuesto estoy a pagarte con oro,
con sudor, con todo lo que me pidas.
Te daré lo que he ganado
y mi parte de la herencia
y más que vaya a robar a los bancos
o me presten todos los que me quieran.
Toma: tuya es esta casa
con su alberca y sus almendros,
con esta mesa en donde te escribo
y el dorado catre donde te sueño;
y te doy mis libros todos
con sus hojas perfumadas;
te doy la flor de saúco en verano
y la luna en marco de la ventana.
Todo lo que más quería
te lo doy por que me pierdas;
te doy ciudades y yeguas y hermanas,
hijos de mi amor y queridas prendas:
quítame a Malena, a Tránsito,
a Bebela, a los amigos,
a aquél que un día en mi mano lloraba,
y a Zuquita, que es la que más me quiso;
y mis títulos de gloria
te los dejo de propina,
aquel rumor de mi nombre en las plazas
y la tinta de oro con que lo impriman.
Tuyo soy: mi vida es tuya;
tuyo es todo lo que es mío: ,
mi alma entera y mi ser y persona,
toma, te Io doy: para ti: lo firmo.
Pero a cambio —te lo ruego—,
no te atrevas a los dioses:
su piel bañada en rocío, sus ojos
de becerra y águila no los toques;
a los ríos argentinos
murmullantes, a las dríades
del olmo, el álamo, el fresno, el endrino,
no les hagas daño; y a los humildes
burros que en hilera pasan
y a las nubes y al lucero
perdónalos; y las uñas de nácar
de estas manos y esos en el espejo
ojos claros no los mates;
y esta piel que huele a trigo
molido y las venas de leche que fluyen
déjalos, señora —te lo suplico:
que ésos no son yo: son masa
de los dioses misteriosos.
Oh, llévame, pero deja las rosas.
Ya que yo no puedo, que vivan otros.
martes, 31 de diciembre de 2013
¡Qué tiempo el tiempo!
Los caminos del amor son sabios. Luli, Dani y yo tuvimos, durante mucho tiempo, un grupo (Ciento Volando). Luego, en los últimos años, mientras en Navalmoral crecía uno (La Bossa y la Vida), en la Sierra de Madrid la vena folkie de mi amigo Daniel creaba varios (entre ellos, los magníficos Altresbolillo).
Ahora nos reúne de nuevo el cancionero de Agustín García Calvo, y de repente, con Fátima y Juanfran de nuestra parte, somos La Bossa Volando o Cientobolillo, con influencias de todos los caminos tomados y una gran curiosidad por las posibilidades de un repertorio tan amplio como abierto. El día 11 de enero (si los dioses no se oponen demasiado) estaremos a las 20:30 en el Rincón del Arte Nuevo de Madrid para celebrar las canciones de Agustín García Calvo. Nos acompañarán Isabel Escudero, compañera de tantos años del maestro, y Virginia. Y sonarán, entre otras piezas, estos dos minutos, mis favoritos de nuestro último ensayo:
domingo, 1 de diciembre de 2013
No digas que sí (Agustín García Calvo)
Ordenando grabaciones, he encontrado esta, un bonus track de la época en que anduve grabando unas cuantas de Valorio 42 veces, de Agustín García Calvo. Esta llevaba años musicada, pero nunca me había animado a darle curso. Hace unos meses la descarté, o al menos me olvidé de ella; pero ahora que la he encontrado no me ha parecido tan mala la grabación, así que la rescato. Dice el poema:
No digas que sí
ni de mí ni de ti.
Di que no,
que ni tú ni yo.
Si el arroyo supiera
que pasa y no vuelve,
no se reiría
con esos dientes.
Agua en las guijas,
que cuanto más me muero,
más maravilla.
No digas que sí.
Si supiera la nube
que el viento la lleva,
¡cómo llovería
de pura pena!
Lloros de nube,
que si le digo «Espera»,
al vuelo huye.
Di que no.
Si al jilguero le dicen
que canta lo mismo
que cantó su abuelo,
¡adiós a los trinos!
Trino y gorjeo,
que si tú no lo crees,
no me lo creo.
No digas que sí.
O si al sol le contaran
que hay mil y mil soles,
negro se pondría
como la noche.
Ay sol doliente,
que para que otros vivan
me das la muerte.
Di que no.
Y si a mí me aseguran
que tú ya eres otra,
les diré que viene
la flecha rota.
Rota la flecha,
que se me irían todas
si tú te fueras.
No digas que sí
ni de mí ni de ti.
Di que no,
di que ni tú ni yo.
sábado, 1 de junio de 2013
Danza de las amapolas
Para Carmen la Bella y Rafa. Es cosa suya.
Amapola, ababol, rosella,
badabadoc, quiquiriquic, ruella,
ababolera, mitxoleta, poppy,
lobedarr y popula, rosolaccio,
papavero comune, pavot rouge,
coquelicot, ponceau, red weed, corn rose,
Klatschmohn y Kornvalmue, paparuna,
paparina, flor roja, lulekuqe.
paparina, flor roja, lulekuqe.
¡Amapolina, amachirinka, populadora,
rosopaverolucha, redweedichosa,
coquetirusca,
lobedarina, rosolaccioniña!
miércoles, 17 de abril de 2013
Y ya nadie moriría
De viva voz se llamó el homenaje que recibió ayer 16 de abril Agustín García Calvo en su querido Ateneo de Madrid, donde se celebraban y aún se celebran cada miércoles las sesiones de la Tertulia Política fundada por el maestro a finales de los 90 y que han sido su empeño público más longevo.
Gracias a la labor impagable de Teresa, quien lo desee puede seguir en su canal de YouTube todas las intervenciones, desde la apertura de Isabel Escudero hasta el canto final del Himno de Madrid, pasando por las canciones de Amancio Prada (que estuvo absolutamente arrebatador: pedazo de maestro) y una escena crucial de la Iliupersis, en la que Esther Bellver reiventó para todos los presentes la magia del teatro (con un texto que, precisamente, la cuestiona y confirma de un mismo golpe).
Tuvo Isabel Escudero (que ojalá se deje convencer pronto para venir por estas tierras, a recitar a nuestros muchachos) la infinita amabilidad de invitarnos a cantar un par de canciones. Para la ocasión, nos reunimos cinco almas, que aunque anunciados como Ciento Volando veníamos a ser en realidad Ciento y la Vida o la Bossa Volando: el maestro Juan Fran, Fátima, Luli, Dani y quien les escribe. Traigo aquí las dos piezas que hicimos, ambas de Valorio 42 veces (canciones XL y XIV), en el mismo orden en que sonaron. Mil gracias a Carlos César Álvarez por la foto.
domingo, 14 de abril de 2013
Que yo no sé cómo llamarte
A menudo me faltan
o me sobran palabras;
se acumulan, oscuras,
en la lengua gastada
o se ocultan, brillantes,
en las grietas del alma.
Busco un nombre y es solo
su silueta quien pasa:
ni materia ni forma,
solo vaga añoranza
—quiero dar con la fecha
y su punta herbolada
va quebrando las cifras,
ajustando la nada.
Pienso en ti y en los días
en que al tiempo lejana
e inminente, vivías
donde acaba mi casa.
¿Eres hoy el pronombre
o este solo tu cáscara?
¿Queda solo lo poco
que de ti yo inventaba?
Y ese poco ¿me mira
como tú me mirabas?
¿Puedes verme? ¿Se mueve
por ti tanta palabra?
¿Eres tú quien se esconde
tras la rima apagada?
jueves, 28 de marzo de 2013
El conjuro de la noche
Empecé las vacaciones de Semana Santa sin rumbo, con una desazón sobre la que flotaba la vieja consigna del maestro Agustín: cuando no sepas qué hacer, haz lo menos posible. La sabiduría que subyace a ese consejo es que si uno renuncia a 'divertirse' u 'ocuparse', dos caminos igualmente penosos, es probable que termine ocurriéndosele algo. En mi caso, de repente me entró la urgencia de recuperar algunas de las canciones que hice en los primeros 90, que no había grabado nunca, o de las que al menos no conservaba ninguna grabación medianamente decente. Hecho eso, recordé que en su día había conseguido un aparato para digitalizar las viejas cassettes que contenían las maquetas cientovolanderas de la era Fostex. El bicho, relativamente eficiente, convierte todo lo que va leyendo en un gigantesco archivo mp3, que luego hay que ir escuchando con paciencia, troceando en dosis y ecualizando debidamente. ¿Tal vez tenía aún en el ordenador alguno de esos mp3 por explorar, trozos de pasado en estado crudo?
Vaya que sí. No había olvidado estas grabaciones, pero me había acostumbrado a vivir sin ellas: a veces, hasta nos habíamos quedado atascados al intentar recuperar alguna de las canciones porque nos faltaba parte de la letra. Traigo las que más me han gustado, comenzando por esta de Luli, cuya letra (aprovecho para transcribirla) dice así:
El conjuro de la noche parece crecerse,
todo gira en torno de tu boca, a veces muerde.
Un te quiero, un pues nada, llevo ya endrinas por dientes,
canciones deshilvanadas, canto para decir nada.
Los pañuelos no se quejan por quererte a veces,
saben bien que las razones no han de comprenderse.
Tu murmullo nuevo se me agarra ya en el vientre.
Creo que me estorban en la boca tantos dientes,
qué daría yo por sonreírte simplemente
—por dejar que las pisadas lloraran al verte,
por dejar a las canciones empaparse de esa suerte.
Las cejillas pronto me revelarán que has muerto.
Quizá no aprenda yo te quiero con tres dedos,
las pelusas bailan en el aire que poseo.
Las miradas marcan ya ese ritmo traicionero
que anunciaban las palabras, tan tostadas en invierno.
Y si el lobo de tu noche aúlla que ando fresca,
no hagas caso y mira bien las corvas de tus piernas.
Y si el lobo de tu noche anuncia que estoy muerta,
no hagas caso y mira las bien corvas de tus piernas.
martes, 26 de marzo de 2013
La sombra del olvido
Rescato otra vieja canción, movida, si no a resplandor, al menos a la mayor, a ver si prospera.
La sombra del olvido devorando nuestros nombres;
las cartas en el fondo que no suelo revolver.
Me olvido casi siempre de lo que me corresponde,
seguramente todo me pudiera recordar
rincones en mi cuarto que nunca le enseño a nadie,
seguramente a nadie le pudieran conmover.
La sombra del olvido
triscando sobre mí;
camino del olvido,
camino al fin de ti.
De ti.
domingo, 16 de diciembre de 2012
Las hadas alfonsíes
La canción que sigue, de nuestro querido Alfonso, rara vez ha dejado de sonar en nuestros conciertos cientovolanderos. No sé si es la mejor de las suyas, pero desde luego es un buque insignia de su sonido; la armonía es sencilla, pero contiene los giros exactos para situar la melodía en un terreno equívoco, tonal y modal al mismo tiempo. El arreglo, con unas frases estupendas de Dani a la flauta, ha ido mutando con los años. Esta es la versión más madura hasta el momento, de agosto de este año, con una interpretación memorable de Luli. Los que sintáis curiosidad, tenéis aquí la versión original, en voz de Alfonso, y acullá una versión cientovolandera en directo del 2007, con Luz a la percusión.
domingo, 21 de octubre de 2012
A las 8 de la mañana
Despierto temprano, con una canción entre los labios. Cojo enseguida la guitarra y le doy dos, tres vueltas, antes de encender la grabadora. Esto suena, rugoso e imperfecto pero ya completo en algún sentido:
A las ocho de la mañana
cuando todo empieza y acaba,
se despiertan todas las cosas
y yo me acuerdo de ti.
Cuántas vueltas traman la vida,
cuántas cuerdas tensan la herida,
cuántas puertas que sin salida
me devuelven a ti.
Luego, con el generador de partituras, comienza la tarea de explorar las posibilidades, probarle timbres y texturas al invento, escoger el melotrón, el clave, la celesta, el cello, la batería. Así suena, instrumental, unas horas después:
viernes, 7 de septiembre de 2012
Fortuna falaz
Lo del cariño que se siente por las canciones es asunto complejo. A algunas se las quiere porque han sido un éxito, en el sentido noble del término: han logrado comunicarse con el oyente y hacerse cosa suya; pero a otras se las quiere casi por lo contrario, por ser hijos secretos, poco o nada divulgados y quizá mal comprendidos: una entraña irrenunciable. Las alegres y marchosas te arreglan sin perdón la tarde —pero en las melancólicas te juegas algo más que el pase a la final, una suerte de apuesta por lo que en principio nunca puede ganar, pero acaso merece algo mejor que el triunfo.
Compuse esta canción, que no sé dónde colocar (es melancólica, pero ha sabido hacer amigos), hace muchos años, mientras estaba de vacaciones en la costa (Benidorm, nada menos). Veraneaba con mis padres, sin nadie de mi edad, y merodeba a solas por el pueblo, sin llegar a entablar conversaciones. Más hurón que nunca, paseaba por el mercadillo con una libreta en la que a intervalos febriles iba apuntando versos al modo surrealista, procurando no descartar ninguna ocurrencia por extraña o poco poética que fuera (de esos paseos medio alucinados entre manzanas y camisetas estampadas surgió la poética de las cosas de comer, que nunca me ha dejado del todo). De vuelta a casa, a media tarde, registraba la guitarra acústica por si tenía algo que añadir. Y lo hubo: compuse allí Anabel (un sorbito de zumo de miel y mercromina), cuyo tono un tanto así da fe de esas mañas vanguardistas, y esta otra canción, de tono más clásico, que combina un recuerdo doloroso de la infancia (un beso que no pudo ser) con la dulzura Canterbury (que no Cadbury) de Caravan.
Hablando por entonces con mi amiga Eva, le comentaba que me obsesionaba la idea de alguien que al final de todo, en los últimos momentos de mi vida (o quizá de un sueño), viniera a llevarme de la mano de vuelta a los columpios, a mi infancia. Una figura extraña, mezcla del primer amor, la madre y esa Muerte que después encontré en los tebeos de Neil Gaiman, amable, lisérgica y comprensiva. En la canción la voz le pide a la Fortuna (falaz como en los Carmina Burana: velut Luna) que la lleve con Ella: un recorrido en dos tiempos, de una dama a otra (la Fortuna y la amada), que quizá son fases de la misma.
Esta es una de esas canciones que piden un cantante apto: yo nunca le hice justicia. Alguna vez, he preferido entregársela a las hadas de la Orquesta Encantada: voces exactas, aunque muertas. Por suerte, en esta versión Luli y Dani se hacen cargo de ella y la llevan donde debe estar, cogida de la mano entre el bajo y el saxo. Y con ella (pero no se lo digan) es a mí a quien llevan —a un Alejandro póstumo, un tanto más ligero y llevadero que el de ahora.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)