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domingo, 12 de octubre de 2008

Al pasar la barca (II)


Al pasar la barca
me dijo el barquero:
Obsidiana blanca
y asfódelos negros.

Nieve entre los dientes.
Sangre de perfil.
Eres lo que pierdes.
Sácame de mí.

domingo, 21 de mayo de 2006

Caronte

(Pedro García Espinosa, La Barca II)



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Al pasar la barca
me dijo el barquero:
obsidiana clara
y asfódelos negros.

Nieve entre los dientes.
Sangre de perfil.
Eres lo que pierdes.
Sácame de mí.

sábado, 1 de abril de 2006

Caronte I


El folklore de la Grecia moderna, tan mágico como desconocido. Sus versos de quince sílabas y sus démones que son y no son los de la Atenas de Pericles: Jaros, un suponer, que fue el achacoso barquero Caronte, pero es hoy un guerrero en la flor de la edad que lucha (agoniza) con cada moribundo, cortando los últimos hilos que lo mantienen anclado al cuerpo. Una antología, mínima, de leyendas y metamorfos.

*

Del aire un pájaro bajó a la silla de Costantis;
ni como pájaro cantó ni como golondrina,
sino con voz humana habló, diciendo estas palabras:

—Ay, Costas, ya no gastes más, tu vida no consumas:
la muerte te ha llegado ya, es hora de que mueras.
—¿Qué sabes, pajarillo, tú; qué sabes, golondrina?

—Volaba por el cielo ayer, como de allí ahora vengo,

y oí que te inscribían en el libro de los muertos.


*

(En una tumba, dirigido a Jaros como recaudor de último impuesto)

Me lo han negado todo a mí, la pobre desdichada:
ni aun en los labios un real pa que tú me llevaras...


*

En respuesta velada a las concepciones que harían de Jaros un ser irreal, parte de una superestructura ficticia, Stewart cita oportunamente unas palabras recogidas de labios de una muchacha griega moribunda: «¡Ahí está! ¡Un hombre joven viene con una lanza a cortarme! ¡Tráeme el cuchillo largo! ¡Va a matarme!»

*

Jaros (o Járondas) ya no es un simple barquero del Estigia. Ha promocionado para convertirse en el señor indiscutible del mundo inferior, el Hades (que ya no es un Dios, sino sólo un lugar). Habita allí con su madre, que es más piadosa que él, y a veces lo retiene cuando se dispone a partir a por una madre con niños pequeños, o a separar a dos amantes recién casados. Jaros tiene también una esposa, Jaróndissa o Járissa, de la que no se sabe casi nada.

*

Jaros tiene un perro fiero, reminiscente del viejo Cerbero, al que en una canción de la isla de Jacinto él mismo describe, donosamente, así:

Un perro tengo yo feroz, que aquí a todos nos guarda,
y se enfurece si me ve, y quiere devorarme.

De tres cabezas fieras es, que queman como fuego;

sus uñas afiladas son, y muy largo su rabo.

Desde sus ojos llamas da, y por su boca brasas
;
la lengua tiene larga y los dientes siempre negros.


*

Hay quien imagina a Jaros como anciano, alto y enjuto; pero los más ven en él un guerrero vigoroso, de rizos negros como cuervo o dorados como el oro, que a lomos de una yegua negra recorre los caminos buscando matar y asolar; su mirada es cual relámpago, su rostro como fuego; sus hombros como montes gemelos, su cabeza cual torre.

*

Érase una vez que había un hombre y una mujer que habían tenido siete hijos, los cuales murieron todos siendo pequeños. Cuando nació un octavo, su padre se encomendó a una bruja y le preguntó cuál era el mejor modo de asegurar la vida de su hijo. La bruja le dijo que los otros niños habían muerto porque había elegido padrinos inadecuados, y le aconsejó que en esta ocasión le pidiese al primer hombre con que topase en el camino que fuese valedor de la criatura. Habiendo recibido tal consejo, se puso en marcha y al punto se encontró con un extraño que cabalgaba una yegua negra, al que hizo la petición aludida. El extraño consintió, y el bautismo tuvo lugar en seguida; pero apenas terminó, el extraño se fue sin ni siquiera haber dicho su nombre.

Pasaron diez años y el niño creció fuerte y saludable. Entonces, el padre se encontró de nuevo al extraño desconocido, y le reprochó el haberse ausentado tanto tiempo sin interesarse por su ahijado. Entonces le respondió el extraño: "Mejor para ti si hasta ahora no vine y si no tuviste necesidad de aprender mi nombre. Yo soy Jaros, y puesto que soy tu amigo, vengo a avisarte de que tus días están a punto de agotarse". Entonces Jaros le llevó a una cueva en un costado de la montaña y le condujo a una cámara en la que ardían muchas velas. Dijo entonces Jaros: "Mira; estas velas son las vidas de los hombres, y aquí están la tuya y la de tu hijo". Entonces el hombre miró, y de su vela apenas quedaban un par de pulgadas, pero la de su hijo era larga y ardía lentamente. Entonces rogó a Jaros que le encendiera una nueva, ya que la suya estaba consumida, pero Jaros dijo que eso no podía ser. Entonces volvió a rogarle que le diera diez años de la vida de su hijo, pues era un hombre pobre, y si moría antes de que su hijo fuera mozo, su viuda y el niño
huérfano pasarían necesidad. Pero Jaros respondió: "No puedo en modo alguno alterar la longitud de la vida. Pero te mostraré cómo en los dos años que aún te quedan podrás enriquecerte y dejar abundante sustento a tu hijo y esposa. Te convertirás en médico. No importa que no entiendas nada de medicina, porque yo te daré un conocimiento superior al de los fármacos. Tus ojos estarán siempre abiertos para verme; y cuando acudas a la cama de un enfermo, si me ves de pie junto al lecho, sabe entonces que debe morir, y dile a cuantos te rodeen que ningún arte podrá salvarlo; pero si no me ves en la cabecera de la cama, sabe que se recobrará, y promete que le pondrás remedio". Entonces el hombre le dio a Jaros las gracias y regresó a su hogar.

Ahora bien, sucedió que la única hija del rey yacía gravemente enferma, y todos los doctores y hechiceros habían sido convocados para tratarla, pero no lograban nada. Entonces vino el hombre pobre instruido por Jaros, y entró en la cámara donde yacía la princesa y, ¡ay!, Jaros estaba al pie de su lecho. Entonces rogó al rey que retirase a los demás médicos, pues sólo él podría curarla. Así que fue a su casa y mezcló agua y harina y volvió y se la dio a la princesa, y ella pronto sanó de su enfermedad. Entonces el rey le hizo un gran regalo, y se extendió su fama por tierras lejanas, y muchos acudieron a él, de modo que pronto fue un hombre rico.

Transcurrieron los dos años, y al fin de los mismos cayó enfermo. Y alzó la vista y vio a Jaros de pie ante la cabecera de su lecho. Entonces pidió a su esposa que le diese la vuelta a la cama, pero no consiguió nada: pues Jaros apareció de nuevo en la cabecera y le tomó del pelo. El hombre abrió la boca para gritar y Jaros atrapó su alma.