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lunes, 18 de junio de 2007

Frescor en lata


De entre las muchas canciones de Canned Heat, hay dos tan extraordinarias que no resulta abusivo cifrar en ellas su aportación al mundo. Si en On the road again hurgaron en las profundidades narcóticas del género, en Going up the country lograron echarlo a volar, ligero de equipaje, con esa flauta impagable que, en vez de clavar las blue notes, enfatiza despreocupadamente la tercera mayor.

Tras años considerando que este arreglo de flauta (que tan perfectamente complementa la voz de niño regordete de Wilson) traía el blues a territorio indio (o sea, hippie), sorprende descubrir que en realidad es un arcaísmo. Going up the country rehace Bull Doze Blues, un tema grabado en 1927 por Henry Thomas.

La letra del Blues del derribo no es gran cosa (sólo ese acierto enorme: If you don't believe I'm sinking, look what a hole I'm in), pero la melodía encantada de la flauta ya está ahí, interpretada con una variante de la flauta de Pan, las quills, que resultan ser el antepasado verde de la armónica. Helas:




Con tan buen material de partida, Canned Heat hizo importantes mejoras. El patrón travieso del bajo (de curiosas resonancias), la melodía de la voz (que se hermana con la flauta) y la nueva letra, hija (ella sí) del momento: Dejaré la ciudad. Voy campo arriba, donde el agua sabe a vino, donde puedes chapotear y estar eternamente borracho. Es un juego nuevo, y tengo ganas de jugarlo. Iremos donde nunca hemos estado. ¡Hasta podríamos salir de los Estados Unidos!

domingo, 17 de junio de 2007

Otra vez en la calle


El elemento metálico estaba, desde el principio, en el género, encriptado en la tensión de las cuerdas de acero, pero se hizo notorio cuando la armónica sustituyó a la flauta de Pan (pero ésa es otra historia, y habrá que contarla en otra parte; mañana, por ejemplo) y el bajo ferroviario empezó a propulsar el género hacia una apoteosis de músculo y grasa pantanosa, con irisaciones de slide y salpicaduras de varia especie. El pulso del cimbel erecto es también el de la máquina que avanza, reacuñando monedas y taladrando la palma de la mano.

Ese blues macho y urbano, en plan Mannish Boy, es el más previsible y zopenco, pero sin él no se entiende ni aprecia lo demás. Incluso la armonía simple de los doce compases (tónica, subdominante, tónica, dominante, subdominante, tónica), todo un trayecto si bien se mira, se simplifica en un único viaje a ninguna parte (mi sol la mi).

Llegado a ese punto, o uno se aburre mortalmente o entra en trance. On the road again (1968), de Canned Heat, invita decididamente a lo segundo. Ya he expresado mis reservas sobre las bodas de Lucille y Albert Hoffmann, pero si alguna vez el romance tuvo sentido, es en esta andanada lisérgico-cazurra, que comienza con una fiesta de armónicos-reflejos sobre un fondo hipnótico de vibración hindú. La voz de Alan Wilson seguramente tendrá precedentes, pero a mí me resulta siempre un desvío agradecísimo del canon machorro. La letra es tan sencilla e inequívoca que le cabe todo. Mi mamá me abandonó en la calle, y éste es mi primer viaje por la lluvia y la nieve. Uno se cansa de llorar, pero es lo que hay. Ten piedad, Señor, de mi hijo malvado —es hora de que el nene se las apañe como pueda.