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miércoles, 15 de julio de 2009

Dunas y hexámetros

A pesar de tantos años dando la charla, procuro seguir a la escucha. Esto es lo que va trayendo de bueno (de mejor) esta semana. Traigo las dunas de Facebook (cortesía de Joaquín Andújar) y los hexámetros de un comentario anónimo a esta entrada.

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Hace semanas se publicó una traducción de los Sonetos de Shakespeare en Hexámetros castellanos en Bubok, S.L. El autor es Antonio García Vargas, poeta español casi desconocido en España y es uno de los poquísimos que escriben en la actualidad hexámetros castellanos. Os dejo este fragmento como prueba de cómo escribe este poeta. Dificilmente podéis haber leído hexámetros tan bellos:

Rosa, pequeña criatura...
de Antonio García Vargas

"Ojo que muestras la imagen amada, permíteme verla
sólo un momento, aparta conceptos que velan los gestos,
deja el instante cual signo reflejo de un puro milagro.
Rosa, ¡es tu nombre la flor más hermosa de todas las rosas!,
física extraña que une la química y luego la adopta;
cuántica esencia de un caos que acaba y de nuevo comienza.
Miro y te veo, veloz la mirada recrea en el ojo
lentas figuras que nacen del alma sembrando florestas.
¡Ah, rosa! ¡Mínima glosa latente, sencilla y hermosa!
Rosa, ¡fulgente criatura!, ¡rotunda mixtura del fuego!,
rojo y profundo embeleso que atrapa del ojo el misterio."

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Fuego amigo: pétalos.

sábado, 12 de julio de 2008

Bossa Nova. La historia y las historias


Más un mundo que un libro, los que frecuentamos el Nickjournal no podemos leer Bossa Nova. La historia y las historias, de Ruy Castro (Madrid: Turner, 2008), sin sentirnos conducidos por su traductor, José Antonio Montano. A su modo, todo Montano está aquí: desde la fobia a los acordeones —no siendo el de João Donato— hasta el fluir de la prosa, no siempre idiomática (un disco de oír para creer, p. 65), pero siempre achispada.

El héroe del libro, João Gilberto, mantiene una lucha enconada contra el mal gusto, una hidra cuyas cabezas (folclorismo, demagogia, chunda chunda) acaban seducidas por la canción del vate, moviéndose al compás de El Pato y la Garota de Ipanema. Inevitablemente, el triunfo de la Bossa Nova supone su trivialización —pero pocos movimientos han llegado a esa prueba tan bien protegidos por la autoironía y el as en la manga.

Aunque Ruy Castro promete objetividad (Los seres humanos, al igual que los vinilos, tenemos cara A y cara B, y se ha puesto el mayor empeño en mostrar las dos), hay protagonistas a los que se les perdona todo (Gilberto, Donato, Vinicius) y otras (pues suelen ser damas) que, tras la lectura del libro, uno preferiría mantener a prudente distancia (Elis Regina, Nara Leão). (Aunque nadie sale peor parado que Roberto Carlos: un ye-yé que intenta emular a Gilberto, no da el pego y se tranforma en un pastelón sin paliativos.)

La ambigüedad que mejor se trasmite es la de Jobim, genial, acomodaticio, consentidor, oportunista. Al final, la impresión que uno tenía antes de leer la obra (que Jobim es el gran compositor de esta música —y, de hecho, la trasciende) sale corroborada cum laude.

Por lo demás, el libro no tiene una hoja seca. Hay destellos a cada paso, como el descubrimiento de que, tantos años antes que el rock progresivo, hubo ya un Stan Kenton, paladín del progressive (jazz), injertando las audacias de la música 'clásica' en la música de masas, e irritando por igual a patricios y pebleyos.

Sin querer discutir la definición que el autor da del libro (la historia de una felicidad), el hecho de extender la crónica a las horas negras del género (al menos en Brasil) y no hurtar (aunque no entre en detalles) el declive de sus estrellas, muchas ya extintas, le da también un aire crepuscular y hasta enrabietado (¿Alguien recuerda cuándo la gente empezó a avergonzarse de la expresión «bossa nova» y se puso a sustituirla por «MPB» [Música popular brasileña]?). Sin embargo, la obra se cierra con una discografía que, además de parecer muy completa, celebra su propia victoria: las reediciones en CD indican que el interés por el género es cada vez mayor, y el libro (publicado por primera vez en 1990, pero revisado en el 2001) se atribuye, sin duda con razón, mérito en ello.

La cosecha de buenas canciones es tan amplia que cualquiera puede servir. De las muchas que no conocía, las que más me sorprendo tarareando son Chega de Saudade (que da título a la versión original del libro), compuesta por Jobim y Vinicius pero elevada a su máxima potencia por Gilberto, e Influência do Jazz, de Carlos Lyra. Opto por la menor (y menos conocida).