Miguel Bakunin, anarquista, poeta. «El deseo de destruir es al mismo tiempo un deseo creador». Antes que Marinetti o Tzara, cuando aún era verdad. Otro empellón: «El hombre puede vivir: todo, cada momento de su vida es grande, verdadero y sagrado. Hay que buscar el infinito en todos los puntos». Puertas abiertas al campo: las de Blake o Jim Morrison. Breton: «Todos estamos hambrientos de infinito».
Fue, felizmente, intolerante: nunca soportó que se hicieran malos poemas, relatos u obras de teatro alegando buena fe revolucionaria.
Bakunin sufrió prisión en tres países distintos y durante su cautiverio contrajo el escorbuto, enfermedad que le hizo perder casi todos sus dientes. Para aliviarse del dolor, aun sin tener acceso a papel y tinta, inventó borgianamente una obra de teatro que hacía y rehacía en su cabeza. Un amigo suyo recuerda:
«El tema era Prometeo, a quien la Autoridad y la Violencia habían encadenado en un pico rocoso por haber desobedecido al déspota del Olimpo, y al que las Ninfas del Océano iban a consolar. Y con su voz gastada nos cantó una melopea compuesta por él mismo, con la que las ninfas reducían los sufrimientos del Titán cautivo.»