En personas necias, sólo los deslices producen frases de algún valor. Resultan reveladoras, solemos decir; pero conviene matizar qué nos revelan. Desde luego, no que el bobo lo es (que mal podría disimularlo), sino que lo que es no agota lo que en él se juega: detrás del tinglado personal del sandio sigue latiendo el lenguaje, esa forma de vida impersonal y prodigiosa, que combina una y otra vez las palabras en cualquier inconsciente a su alcance, como esos programas informáticos que se activan cuando el usuario está despistado y se ponen a discurrir sobre el virgo de las galaxias y otros temas de provecho.
Me refiero, claro, a esas palabras que se le han escapado a un politicastro uno de estos días: dudaba si la compañera de oficio que había presentado una enmienda o propuesta la había elaborado despierta o desnuda. La prensa no ha sabido qué hacer con una cosa así y lo han metido en el cajón de sastre de las ocurrencias machistas, como aquella de Miguel Ángel Rodríguez sobre la Constitución y tantas otras caquitas. Obviamente, es otra cosa: uno de esos emparejamientos felices que sólo el azar produce, y que constituyen la mejor cosecha de las vanguardias de los 20 y 30. La semejanza fonética y morfológica (des-) fuerza el solapamiento de los significados: tanto despertar como desnudarse suponen un cambio de escenario y propósito, un verdadero salto de conciencia. Bajo la ropa, el cuerpo duerme; la desnudez lo enuncia desvelado, inteligente, presto para lucir al calor que sólo otra piel puede prestarle.
Si en vez de salir de la boca de este inepto (al que, con todo, se agradece no haber sabido evitarlo) nos hubiera llegado en un poema de Aleixandre, el sintagma sonaría como debe: con la deliciosa ambigüedad de la o, que tan pronto nos obliga a optar como reconoce una identidad inesperada (La destrucción o el amor). Soñémoslo, entonces:
Despierta o desnuda,
atraviesas mi mente tal pájaro en llamas.
atraviesas mi mente tal pájaro en llamas.
Dejemos volar la imagen. Respiremos, si hay agallas, su fuego.