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jueves, 15 de abril de 2010

I'll Follow the Sun


(Este ocaso es un amanecer: la primera entrada que publica Aurora Babarro en el blog, aunque ya la oímos cantar antes. Allá vamos.)

El camino pagano de los muertos hacia el sol

Aunque el sincretismo religioso sea un proceso casi siempre espontáneo que se debe al contacto directo de varias religiones, es curioso observar cómo en el caso del cristianismo esta absorción y transformación de todo ritual con el que se toca, también es capaz de trasmutar mitos y rituales que simbolizan procesos vitales universales en hechos verdaderos y personajes míticos arquetípicos en señores de carne y hueso e incluso con papeles. Un hecho verdadero deja de ser un mito y, por tanto, toda energía natural, espiritual o ritual que explica este mito se convierte en un suceso "verídico" , despojándolo así de su auténtico significado de iniciación a lo desconocido o a lo místico. Es decir, la religión pierde su utilidad, que no es la simple explicación adoctrinada del universo a través de la fe, sino el desarrollo espiritual del ser humano hacia el conocimiento trascendental.

Por supuesto, tampoco el culto pagano céltico al "Ocaso del Sol" se libró de este fenómeno. Antiguas religiones que conocían los finos lazos de unión entre la cosmología universal, la vida terrenal y el cosmos de la psique humana marchaban en peregrinaje hacia los Finisterre antes de su muerte física, camino iniciático que comparten cientos de culturas a lo largo de la historia de la humanidad. El camino hacia el ocaso suponía simbolicamente la muerte de un ser más mundano e ignorante (atado al mundo de las apariencias), el proceso del viaje iniciatico (accidentes o acontecimientos vitales) y el renacer en la verdad revelada más trascendental, el renacer a la vida del Conocimiento.

En Europa en Cornualles, Galicia o Bretaña encontramos lugares donde los Celtas hacían este peregrinaje y donde simbólicamente los muertos recorrían el camino en barca desde las orillas hacia el horizonte acompañando el Ocaso del Sol.

Sin embargo, al arrebatarle su función sustancial, el Camino pierde todo significado y se convierte en el cristianismo, como la mayoría de sus expresiones, en un ritual mecánico, cuyos auténticos fines no son ya revelados ni tan siquiera a su élite de iniciados. Una ver usurpada su soberanía espiritual, el ser humano anda ciego y desorientado buscando por doquier ese único sentido que le puede acercar al conocimiento verdadero, el Espíritu.

Quizá, y esto ya es divagar, el peregrinaje actual sea más bien a las consultas de psicólogos y psiquiatras, quienes por un precio casi siempre desorbitado pretenden dar a estas almas en pena lo que la vida sin más les podría dar.

Aurora Babarro.


lunes, 30 de marzo de 2009

Lejos, muy lejos del mundo


Imagino que los timoratos tendrán muchos peros que poner a la resurrección general del pasado que, a través de démones como Facebook o este mismo blog, nos reúne con amigos perdidos y épocas distantes —pero a mí me encanta.

Aunque he hecho bastante arqueología musical a través de las sufridas cintas de Ciento Volando (y su prehistoria, Assahar), nunca había llegado tan lejos como en este caso. El mérito, entonces (¿1986?) y ahora es de Ricardo Mariscal, buen colega, que grabó esta canción para un trabajo de clase de Filosofía (sobre la motivación, nada menos) cuando éramos alumnos de BUP en el colegio San Viator de Madrid, y ha logrado ahora localizarla y pasarla a dígitos.

El invento tiene sonido e imagen (un solo mudo de Mariscal, a lo Ringo, que revuela pensativo en torno a una visión dormida sobre el pupitre, la bella Ángela), pero de momento sólo he podido capturar el primero. He resistido la tentación de filtrar y meter reverb, porque el aula donde la grabamos ya tenía un eco considerable, y la cámara debía de ser buena (hay ruido ambiente, pero no, para entendernos, parásito).

La canción es la primera que recuerdo haber hecho, o al menos la primera que me atreví a tocar por esos mundos. Para no saber nada de música, no está tan mal: la armonía tiene algunas especias modales (mixolidias, para los que gustan de esas cosas) y comienza con un par de acordes de séptima-cuarta suspendida, en los que sigue cifrada, para mi gusto, cierta forma de magia.

La letra es un tanto oblicua: habla del encuentro becqueriano de dos amantes en el Más Allá, en un amanecer eterno; pero, contradictoriamente, acaba emplazándolos para el Juicio Final. Me doy cuenta ahora de que he vuelto sobre el tema al menos otra vez.

Canta Aurora Babarro, que después hizo un par de años de Clásicas conmigo en la Complutense. Ya no recuerdo si la coña entre 'brilla la aurora' y 'brilla la Aurora' estaba o no en mi cabeza cuando compuse la letra. A la flauta, ya entonces, Daniel (ya son años juntos, oiga).





Hay
un lugar lejos del mundo
donde el sol
no se pone jamás
y a la luz
de un amanecer sin tiempo
brillan (*)
voces de puro cristal;
y la luna
navega azul en el cielo
y brilla la aurora sin final.

Lejos, muy lejos del mundo,
lejos por siempre jamás.
Un día estaremos allí juntos
y esperaremos el Juicio Final.


(*) Aurora, que además de bella era docta, prefería vibran a brillan, pero, por esta vez, dio por buena la sinestesia.

(**) En la foto, Carlos (derecha) y yo, en un pasillo del Sanvi. En alguna de las aulas que se abren a la derecha de la foto se grabó el invento.