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sábado, 8 de septiembre de 2012

Lecciones





El hombre es fuego, la mujer estopa; llega el Diablo y sopla. A este poema popular, tan acertado y vigente, solo le sobra casi todo: el sesgo sexista, el heterosexual y el religioso. Un poeta moderno lo escribiría de otro modo: Semos fuego y estopa; llega el Deseo y sopla.


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La función de los cuentos: no tanto dormir a los niños (aunque lograrlo ayude), sino infiltrarse en sus sueños —para ensancharlos.

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La comprensión de un poema importa, pero menos que la convicción de que nuestros poetas predilectos hablan en clave, en un dialecto que conocemos por nuestros sueños.

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Cuando los alumnos dejan de serlo empieza, por ambas partes, la verdadera evaluación, que no registra boletín alguno.

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Mantengo mi amor por los maestros que me enseñaron, de veras, algo: me llevaron a un barrio que antes no estaba en mi mundo. Y ahí sigo.

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Viejos amigos: esta tendencia, de la que no me curo, a apartarme de lo que funciona probadamente bien en cada medio e intentar lo inusual —por gusto y por si acaso.

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¿Es cosa mía o tener mucha razón es menos que tener razón a secas?

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Llega septiembre. —¿Yo era profesor? —Te ganabas la vida con eso. —Buen matiz. Vale.

miércoles, 20 de julio de 2011

Hojas del Twitter caídas


PP: el brazo legal de la corrupción inmobiliaria. —Exageras. —Vale, no sólo inmobiliaria.

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El relativismo no es asqueroso de por sí. Lo es al servicio del Poder: 'Defiende mis intereses; me da igual cómo'.

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Chuck Berry: qué artistazo del silencio. Ya no se hacen pausas como éstas.

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Saber y maldad, sabiduría y malicia. Sólo el segundo par de términos corresponde a una realidad ampliada, humana, habitable.

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Un placer del anonimato: tener amigos, no entorno. No conozco a nadie tan malo que merezca lo que anida ahí, en las afueras del talento.

lunes, 11 de julio de 2011

Hojas del Twitter caídas


Las pesadillas también crecen y hacen másters. Se pasa así del ogro estúpido al Gran Hermano, omnisciente. Pero hackers y otros combatientes siguen sabiendo que el rey va desnudo. Certeza platónica: el mal, organizado o no, es siempre un simulacro, una chapuza.

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Estar aquí, pero saberse de otra parte. No he acertado en nada, pero quién dijo que lo pretendiera.

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Desvaríos: renunciar a tener razón y conformarse con tener un punto de vista interesante. Si sólo hay puntos de vista, yo quiero uno que dé al mar. Y a tu escote.

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Donde no excluye la oferta, la prohibición es poco más que una excusa para encarecer el producto.

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El vacío interior. No sé si enviar una ONG o a la National Geographic.

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Arrepentirse: para seguir entero, romperse por dentro.

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Conversaciones épicas: Hice lo que me dijiste, pero ya no lo recuerdo. Tengo algo que decirte, pero no creo que vivas para oírlo.

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Flores y flemas. / Quien tanto nos quería, / nos incinera.

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Hänsel y Gretel no vuelven. Los han devorado los pájaros.

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Funerarias: la Muerte y el Dinero cambiando cromos. Fuimos felices / y no lo fueron tanto / nuestras perdices.

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Cuando uno utiliza las facturas para escribir por detrás no sólo las recicla: las redime.

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Stockhausen, El canto de los adolescentes. Por fin una psicofonía convincente.

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Vanguardistas: «¿Rompes palabras? / Cuéntanos lo que encuentras / cuando las abras.»

lunes, 20 de septiembre de 2010

El futbolín de Homero


Hace algunos años escribí unos apuntes bastante apresurados sobre Homero y la épica en general. Este curso vuelvo sobre ellos, a ver si les saco algún provecho en las clases de Literatura Universal. Me doy cuenta de que cuando empecé escribía de forma mucho más confusa, casi oracular, dando por familiares muchas referencias que los alumnos no tienen por qué conocer. Al mismo tiempo, asociaba ideas con más libertad, como si fuera más consciente que ahora de los lazos que unen lo que suele creerse separado. En cierto modo, aún estaba más allí (del lado de la escritura y la exploración sin brújula) que aquí.

El texto revisado, del que voy a traer algunos tramos si les place, es un compromiso: resulta más claro y didáctico que mis clases de entonces, pero no renuncia a seguir hasta donde quieran llegar las ocurrencias que se van planteando, aunque por momentos nos alejen bastante del mundo clásico. Sigue siendo, en fin, inestudiable, distinto y distante del libro de texto; pero creo que su lectura atenta puede dejar una idea general válida sobre el tema y sus correspondencias.

El fragmento de hoy habla de Homero: no del autor 'real' de los textos, que se nos escapa totalmente —sino del protagonista de varias historias que los griegos fueron inventando a partir de aquéllos.


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No sabemos nada cierto sobre Homero: ni siquiera que verdaderamente se llamase así, o que las dos obras principales que se le atribuyen, la Ilíada y la Odisea, fueran compuestas por un mismo autor. A partir de la impresión que producía en ellos la audición de los poemas, los griegos fueron haciéndose una imagen del autor, atribuyéndole rasgos que casaran bien con su naturaleza de aedo.

Se dice, por ejemplo, que era ciego: hallamos ahí el tema de la ceguera de lo inmediato/visible, que permite, por compensación paradójica, la videncia de lo invisible: lo pasado o lo venidero (la ceguera agudiza de hecho la percepción, externa e interna, de los demás sentidos, y desarrolla la imaginación o visión interior). Cf. el personaje mítico de Tiresias, que queda ciego tras ver desnuda a la diosa Atenea, y es, a partir de entonces, profeta. Tanto el poeta épico como el adivino son videntes: de ahí que la palabra latina vate (de donde vaticinio, vaticinar) se aplique a ambos.

En latín, caecus (de donde procede el castellano ciego) es tanto quien no ve como aquel que no se deja ver (oculto, invisible). Un punto ciego es aquél que, situado entre ambos ojos, no se percibe. Homero es caecus en ambos sentidos, ya que no sabemos nada de él: situado en las sombras, en un punto ciego, no ve ni se deja ver.

La ceguera (pérdida de la percepción de lo inmediato) es también un efecto transitorio del trance o de las drogas que modifican la percepción: cf. las expresiones estar ciego, coger (pillar, llevar) un ciego. También en este caso la ceguera, más o menos metafórica, favorece las visiones, tanto las que se ven con los ojos cerrados como las que surgen de una interpretación inusual de los datos de los sentidos (cf. las mal llamadas drogas alucinógenas).

La Justicia y el Amor son también proverbialmente ciegos, o llevan los ojos vendados. Ciega es la Fortuna , y ciegos son también quienes la reparten. (Y, en general, por magia compensatoria, los desafortunados: cf. el colegio de huérfanos de san Ildefonso, y la figura de la gitana, nómada y marginal, que echa la buenaventura).

Imagen del modus operandi de la Fortuna es la figura de la Rueda de la Fortuna (imagen medieval que se encuentra también en el Arcano X del Tarot, y que reproducen hoy día algunos concursos televisivos, así como el juego de la ruleta). De la raíz de fortuna procede la palabra fortuito. Otros términos semejantes, como suerte, aluden también a un juego de azar que es al tiempo método adivinatorio. Las sortes eran piedrecillas, bolas o dados que se arrojaban, y mediante su posición el adivino leía la ventura (es decir, ventura, participio de futuro del verbo venio: lo que va a venir); también se llamaban así las bolas que se utilizaban para hacer un sorteo. De ahí que, para expresar que ya estaba determinado lo que había de pasar, César diga que la suerte está echada (alea iacta est; alea es un sinónimo de sors, de donde aleatorio). Queda huella del uso mágico en las palabras sortilegio (acto de echar e interpretar las suertes) y sorciere (de sortilegus, el que lee las suertes; cf. el vasco sorgiña, castellano sortero).

Subyace en todo esto la idea de que la vida es un juego, donde somos peones o fichas a merced de las tiradas de los dioses; así es en la Ilíada, especie de tremendo futbolín donde los dioses, divididos en dos bandos, manipulan a sus héroes predilectos por el placer de verlos pelear.