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lunes, 2 de noviembre de 2009

Compro Ágora


Vengo de ver Ágora (ya era hora). Contento. No es una obra maestra, pero sí bien hecha, valiente y (por intempestiva) oportuna. En general, no comparto las críticas que había ido leyendo (frialdad y falta de respeto al espectador): me he emocionado y encuentro que Amenábar plantea bien en el comienzo de la película tanto los errores de los paganos (cuando atacan cobardemente a los cristianos y se jactan de que, en tiempos mejores, se les trató adecuadamente, echándolos al circo como pasto de fieras) como el atractivo de la nueva fe (capaz de atravesar el fuego sin quemarse, de convertir el auxilio al desvalido y la igualdad fraterna en valores prioritarios y efectivos). Es fácil convertir a los 'malos' de la película (el obispo Cirilo y sus fanáticos, en este caso) en personajes increíbles, caricaturescos, que cometen barbaridades sin motivaciones creíbles. Amenábar consigue que comprendamos en todo momento el punto de vista de sus villanos, y los presenta convencidos de estar haciendo el bien (ni siquiera el obispo, a pesar del cálculo algo maquiavélico de sus palabras, deja de actuar en todo momento de forma coherente con sus valores).

En cuanto a Hipatia, Amenábar hace bien en no traicionar su carácter virginal, artemídeo, a sabiendas de que un personaje así (al modo de Simone Weil) no encaja con la idea moderna de una mujer liberada y ha de parecerles a muchos una frígida o estrecha. Dudo, eso sí (y ahí va mi primer pero) que la historia hubiera perdido nervio (quizá incluso hubiera sido al revés) si se hubiera respetado el hecho de que la Hipatia que murió lapidada no era ya una mujer en sazón, sino una anciana (tampoco nonagenaria, de todas formas: entre 45 y 60 años). Admito, no obstante, que la distorsión de los hechos sigue un molde muy griego: en arte como en filosofía (platónica), la verdad y la bondad exigen la belleza. No bastaría con presentarnos una Hipatia veraz y bondadosa si no la acompañara la belleza que también, según las fuentes, poseyó en grado sumo; y es opción comprensible, y muy griega, presentar la belleza de la juventud como la única que se impone por sí misma. Pienso, con todo, que habría bastado con retratarnos a una mujer que *fue* hermosa (y quien tuvo, retuvo) para que aceptáramos que su antiguo esclavo (personaje ficticio, pero sometido como tal a la cronología del relato: tampoco podría él ser, cuando su ama cumplía los 60, ningún mancebico) y los que fueron sus alumnos siguieran colados por ella. (Recuerdo, en este sentido, cómo Elia Barceló consigue que aceptemos el amor entre un hombre aún joven y una mujer fascinante, pero ya anciana, en su novela Disfraces terribles. Pero en fin: no era ésa la guerra de Amenábar, y quizá aceptar ese reto le habría llevado demasiado esfuerzo y metraje, en una película que, si en rigor no se hace larga, está en un tris de caer en ello.)

Otro desvío de los hechos es la conducta de Sinesio, el discípulo de Hipatia que acabó siendo obispo. En realidad, murió antes que Hipatia, y las cartas que escribe muestran que mantuvo siempre una lealtad sin fisuras hacia su maestra, sin sentirse en ningún caso en otro bando que en el común de la religión neoplatónica, la de los sabios, que si puede aceptar circunstancialmente cualquier religión exotérica (en el caso de Sinesio, el cristianismo) es sólo para desvincularse explícitamente, en petit comité, de su contenido literal y reconducirla por metáfora a una versión codificada de la verdad filosófica, única admisible por hombres cuerdos. Sabemos de hecho que Sinesio se dejó hacer obispo más bien mal de su grado, y dejando claro que no estaba dispuesto a renunciar a sus convicciones neoplatónicas para hacerse creyente en lo que consideraba fábulas.

En este caso, la distorsión de Amenábar obedece a las necesidades del relato. En la vida, que no está obligada a atar cabos ni a resultar significativa en cada pormenor, un personaje como Sinesio pudo morir antes del desenlace y permanecer, antes de eso, lejano y ausente de los hechos. Una película o novela exigen que los personajes secundarios se ganen su puesto interviniendo de manera inteligible en la trama y manteniéndose cercanos al conflicto que se plantea. Tomada esa opción, plantándole en mitad de la pista, Amenábar no tenía otra opción que presentarmos un Sinesio fiel a Hipatia, que acaba muriendo con ésta (o exiliándose) o uno que, en última instancia, la traiciona. (Dicho lo cual, el desvío no deja de ser considerable y merecería la pena haberlo destacado y ponderado más en las reseñas.)

En otros aspectos, la película elige ser fiel al sentido general de los hechos a cambio de sacrificar el detalle. La Biblioteca de Alejandría sufrió muchos golpes antes de desaparecer por completo (alguno ya en la época en que, como consecuencia de la guerra civil de César y Pompeyo, se incendió el barrio portuario). La película así lo plantea (lo que queda ya es un resto o rescate de una destrucción anterior), y por más que quepa objetar que Teófilo o Cirilo no le dieron el golpe definitivo (o no en la forma que plantea la película), no hay duda de que el descuido de la Biblioteca, el vandalismo consentido o alentado y, al fin, la destrucción total en la época de la conquista árabe, obedecen en su conjunto a una hostilidad creciente del monoteísmo y su verdad única contra la pluralidad enojosa de opiniones y saberes heredados de la Antigüedad clásica y el helenismo.

Cabe decir lo mismo sobre la supervivencia de la escuela neoplatónica: si es cierto que no se dejó matar junto a Hipatia, no lo es menos que sobrevivió malamente, unas veces tolerada como antigualla más o menos inofensiva y rescatable en parte (si se traducían sus filosofemas al cristiano) y otras abiertamente hostigada. No es casual que Damascio, el último escolarca de la Escuela de Atenas, que es también el principal defensor de Hipatia, se viera obligado a exiliarse en Persia y se jugara, en fin, el pellejo. Si no se lo cargaron, no fue porque no él asumiera ese riesgo, sino porque sumar otro mártir hubiera sido excesivo y contraproducente, cuando la batalla estaba ya ganada (o perdida) de sobra.

La obra, en fin, retrata con fidelidad el conflicto, lo que estaba en cuestión. Que Hipatia fuera asesinada por lo que tenía de contrapoder a la influencia de Cirilo no elimina el componente fanático y misógino de su muerte, y de todas formas la motivación política inmediata queda bastante clara (contra lo que afirman algunas críticas) en la película, que incluso se apunta a la hipótesis más benigna al presentar un Cirilo que si bien arremete desde el púlpito contra la filósofa, no ordena directamente su muerte, y hasta parece ajeno, convenientemente desligado, de las deliberaciones de los asesinos.

Por no alargar más la reseña, no voy a entrar ahora en la cuestión más importante (la vigencia o no del conflicto que se denuncia), y entro sólo de paso, para acabar, en otro pero que debo poner a la película: alguien debería haber advertido a Amenábar que a la segunda vez que nos envía al cosmos ya hemos entendido que la Tierra es, como dice Jayán, un grano de polvo en el espacio y nuestras certezas y crímenes, bien poca cosa. Insistir en ello una y otra vez acaba cansando.

domingo, 18 de octubre de 2009

Ni está el mañana (ni el ayer) escrito


Hay figuras que merecen volver. Lo merecía Hipatia, por supuesto (y sólo por eso habría que estar agradecido a Amenábar) y lo merece Juliano el Apóstata, a quien Gore Vidal dedicó una novela y Fernando Savater un drama, y a quien no haría daño una buena película. En ambos casos, se trata de peces que nadan contra corriente y acaban arrastrados por la presión de la historia. Por eso mismo, siguen siendo actuales, en el sentido menos trivial del término: no nos atrae en ellos el cumplimiento de la necesidad o el destino, sino la resistencia a aceptar lo injusto por mucho que se presente como inevitable (y tal vez lo sea). El progreso puede afirmar bien tranquilo que gentes así no le ayudaron en nada; y que, por eso mismo, le siguen molestando.

Molestan, por ejemplo, a los historiadores porque sus figuras se niegan a quedar reducidas a lo que de ellas se sabe, a un cómputo más o menos vasto, pero al cabo fijo, de rasgos, acciones y obras: a la menor oportunidad, cobran vida de nuevo como personajes de ficción e invitan a imaginar lo que realmente pasó como una posibilidad más de entre las infinitas, quizá no la más digna de relatarse, y desde luego no la única. De este modo, Platón rescató a Sócrates muerto, haciéndole protagonista de diálogos que (como diría el neoplatónico Salustio) no sucedieron jamás, pero son siempre; y es de sospechar que otro tanto sucedió con los discípulos del Galileo, convencidos también de que en su muerto particular había, cifrada pero perceptible, más vida que en sus verdugos. También en Luces de bohemia, Darío sigue vivo mientras Galdós ha muerto, y en general no hay relato basado en hechos pasados que logre vivir si los implicados en él no logran torcer en alguna medida el brazo de la Historia, dejando pasar algo que no esté previamente pasado y concluido.

Vaya esto por algunas de las críticas que va cosechando Ágora, por mostrar, por ejemplo, una Hipatia quince años más joven de lo debido. Ya puestos, cabrá sospechar que tampoco su identidad étnica o racial coincidirá con la de la actriz que la representa; peor aún, podemos acabar descubriendo que la Alejandría de la película es un decorado y que en realidad los implicados no hablaban en espofcont, sino en griego helenístico. Acabáramos.

Dicho esto, tampoco es bueno que la Hipatia de Amenábar acabe convirtiéndose en otra versión oficial, que se confunda con la historiográfica y acabe suplantándola. No sé si ese peligro existe (está claro, más bien, que hay voluntad de exagerarlo), pero en todo caso el fármaco más adecuado es llevar a primer plano otras Hipatias igualmente dignas de presencia. Así, frente a la mártir de la Ciencia que vio Sagan, conviene recordar a la protagonista de La perra de Alejandría de Pilar Pedraza, una filósofa cuyas preocupaciones neoplatónicas abarcan el mundo de Hécate y Dioniso (como, al parecer, las de la Hipatia histórica abarcaron a Hermes Trismegisto y los Oráculos Caldeos) y que, lejos de ser una vestal de hielo, vive más bien en un equilibrio febril y transitorio.

Uno, en fin, puede preferir una Hipatia soñada por Pedraza (o por Hillman, si se animara) a la de Sagan (de la que parece alimentarse, o eso dicen, Amenábar). En cualquier caso, no es mala noticia que este espectro no descanse en paz y siga apareciéndose a los descendientes de sus asesinos. Quizá acaben aprendiendo algo.