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sábado, 29 de abril de 2017

Cuando un desconocido te regala flores, eso es...



¿Impulso? ¿Acoso? ¿El inicio de una hermosa amistad? Todo es posible. 

El cuelgue por alguien a quien te encuentras en un espacio público, y que te atrae de manera exagerada, incomprensible (no lo conoces, no tienes ni idea de si sois compatibles; pero tampoco se trata solo de una atracción sexual: se fantasea más bien con la posibilidad de un gran amor) es uno de los grandes temas de la literatura —sin duda porque también es una experiencia frecuente, común y extraordinaria al mismo tiempo. 

Como es una situación de partida tan abierta, caben todas las posibilidades y ramificaciones. Empecemos por la más chunga: el enamorado enamoradizo (lo hago masculino, aunque no es imprescindible; de vez en cuando, denle la vuelta a los sexos en lo que sigue y verán que no se vuelve absurdo) puede acabar siendo un psicópata que rapta a su presunta media naranja y la guarda en un cobertizo para que, llegando a conocerle, ella también se enamore de él. 

Sin embargo, puede que suceda algo bien distinto: que ni él se atreva a dirigirle la palabra, ni ella se dé cuenta de su atención, y sin embargo él viva lo que le resta de existencia convencido de que aquel encuentro cambió su vida. 

André Breton, al que le iban mucho estas cosas, decía que la característica de estos encuentros es que en ellos se anula la antinomia entre destino y azar: si fueron azarosos, resultaron sin embargo decisivos, tan significativos como el punto en que un escritor hace girar a su personaje; y si fueron obra del destino, tenían sin embargo la ingravidez encantadora de lo imprevisto.

Luna Miguel recuerda en un artículo un poema de Baudelaire, A una transeúnte, que nos ofrece una de las variantes posibles de esta situación: el poeta queda deslumbrado por una bella desconocida, siente que podría haber llegado a ser su gran amor —y siente que ella se ha dado cuenta de que él siente eso. Pero ella desaparece entre la multitud, y solo queda el amor de él, privado ya de referente real, y el poema que lo salva del olvido. 

Creo que puede estar bien recordar otros ejemplos: Petrarca enamorándose para siempre de Laura tras verla fugazmente; Vinicius de Moraes escribiendo A Garota de Ipanema a esa bella desconocida que se dirige sonriente a la playa y que no se da cuenta de la admiración que provoca en el poeta (ni él, en ese momento, se la hace saber).  

Fonollosa, ese enorme poeta descubierto a última hora, le dedicó también una vuelta de tuerca al tema, que cantó así de bien Albert Pla:

Pobre muchacha hermosa apresurada
que deprisa vienes hacia mí al cruzar la calle
y te pasas por mi lado sin saber que yo,
que yo soy la razón de tu existencia.
Tú ni siquiera me ves, yo te sonrío
y admiro tus cabellos y tus piernas y tu culo;
tú estás tan buena, yo te haría tan dichosa
pero tú, tú te lo pierdes con tu prisa.
Tú estás tan buena, yo te haría tan dichosa
pero tú, tú te lo pierdes con tu prisa.
Pobre muchacha hermosa apresurada,
pobre muchacha hermosa apresurada.



Pero probablemente su manifestación más ingenua y explosiva sea esta canción de McCartney, que está entre sus mejores:

Acabo de ver una cara, no logro olvidar
el tiempo y el lugar donde acabamos de encontramos,
ella es la chica perfecta para mí
y quiero que todo el mundo vea que nos hemos encontrado. 


Aunque tampoco está nada mal (y con ella cerramos) la versión de la historia desde el punto de vista femenino que nos ofrecen Shelly y la Nueva Generación: girl gets met, podríamos decir:


Estaba paseando, estaba sola. 
Con el vestido nuevo que llevo ahora. 
Mas nadie me miraba y estaba triste,
la niña más feúcha ellos hacían sentirme. 

Andaba por la calle sin rumbo fijo. 
De pronto, entre la gente surgió aquel chico. 
Dijo que estaba linda con mi vestido, 
vestido azul, del color que tiene el mar;
vestido azul, en un día primaveral. 

Hablamos mucho tiempo 
de nuestras cosas; 
pasaron enseguida 
algunas horas 
Pronto llegó el momento 
de despedirnos 
y solo con mirarlo 
supe que era mío 

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Rosalida

Como un par de amigos me animan a ello (son las responsabilidades propias de su condición: ¡pobres! —¡y gracias!), continúo rescatando algunos de los relatos que escribí en otra era.


ROSALIDA

Le preguntaba por ella. Por él, en realidad. Por los dos. Cómo la había conocido, cosas así. Si a ella le gustaban, como a mí, los lunares que él tenía en la boca, escondidos tras el bigote, y que a mí me parecían marcas de nacimiento, señales de un destino noble y remoto.

Me dolía, al principio, tanto. Sus silencios después de hacer el amor. Todo el mundo se calla, se queda triste después de hacerlo. Pero yo no lo soportaba. Imaginaba comparaciones, audacias femeninas, deliciosas ingenuidades. Me odiaba, a veces, por no haber sido la primera; por no haber sido ella.

Yo supe, desde el principio, que él no me quería. Primero lo temí, y luego lo supe, pero de algún modo lo supe todo el tiempo. Yo no digo que no me quisiera, que no le gustara; era, más bien, como aquél que ha hablado con Dios, ha estado suscrito a su Reino, y un día comprende que la línea, su línea, se encuentra cortada para siempre.

Le conocí, según supe después, cuando llevaba ya dos o tres años solo. Había dejado de fingir que estudiaba, que creaba, que era alguien. Había dejado, incluso, de compadecerse. Llevaba entonces una barba terrible; olía mal, y nunca hablaba cuando, a veces, coincidíamos en el portal, a bajar la basura, o por las mañanas, cuando yo iba a la Editorial, y le veía abajo, desayunando en el bar de la esquina, acariciando la máquina de tabaco.

La gente del piso sabía poco de él. Solo Charo, que vivía encima de él, me contaba a veces que su marido, el bueno de él, solía golpear el suelo, preso de furia, por las noches, cuando él conectaba a Bach, o al Hilliard Ensemble, sobre las tres o cuatro de la madrugada; que al principio, él subía el volumen, por desquite, pero que luego lo ponía muy bajito, tan bajito que los dos se dormían a su arrullo. Que a veces, y todo el mundo lo sabía, recibía cartas negras sin remite. Que estaba, según parece, suscrito a una revista de hombres, de esas que se envían de forma discreta, y que los chicos del bloque, haciendo alarde de ingenio, le robaban, casi todos los meses, los ejemplares del buzón. Conociéndole, supongo que nunca reclamó.

Su madre (la de Charo) se acordaba todavía del abuelo, el que había comprado el piso, y después de quedarse viudo, había vivido con su nieto, su ordenador y su gata. Hubo cierto lío (cosa de herencias, supongo), pero al final, después de volver de la mili, él se había instalado en el piso.

Nunca le vi (y eso me fastidiaba) en las Juntas de vecinos. A mí siempre, lo reconozco, me han gustado esas cosas. Como dice mi madre, yo hubiera valido para comunista, o hasta sufragista, si la Historia me hubiese dado la oportunidad. En aquellas reuniones de vecinos (que eran también el bar de al lado, a las siete de la tarde, subiendo la escalerilla de caracol) se hablaba a menudo, por hablar de algo, del inquilino del tercero A; verdad era que pagaba lo suyo, que no daba problemas por ahí. Con esa pinta, decía Charo, lo mismo trabaja en el tanatorio, o de hombrelobo en el Pasaje del terror. A mí se me corta la mayonesa cuando pienso en él. Y se reía; y yo me enfadaba, porque todos los vecinos debíamos ser solidarios, porque la Junta de vecinos era, a estas alturas, la única democracia en la que yo creía, y me fastidiaba que aquel tipo, con su barba y su gata que a veces maullaba, nos ignorara tan olímpicamente. Me ignorara, como a veces me ignora.

A veces, jugamos los dos a la contra. Él me pregunta por mis amores, y yo le digo, por mortificarle, que los tuve, a edad muy temprana. Que perdí mi virginidad, y buena parte de mis ilusiones infantiles sobre los chicos, una noche de campamento en que todos habíamos bebido mucho, y en realidad a ninguno nos apetecía, pero así decía que había que hacerse, en el Libro de los jóvenes castores se indicaba claramente, ni una sola noche sin animación, y él me había dicho que no me dolería, que no se lo diríamos a nadie, que casi no iba a suceder.

Jugamos, pero yo pronto me aburro. Me cansa inventarme cosas, recordarlas, fingir que de veras me importan, que alguna vez he estado viva lejos de él. Y entonces nos quedamos callados, y él pregunta: ¿de verdad quieres que te hable de ella? ¿De verdad no te importa? Y yo le digo que no, que no me importa. Que lo necesito. Y él, entonces (quizá no se da cuenta) cambia el tono de voz y el de los ojos, mira hacia otra parte, y comienza a hablar de un modo atropellado, atropelladamente dulce y sereno.

A él nunca le han gustado los fotos. Quizá las destruyera todas, pero nunca ha querido aceptarlo. Dice que en su familia no las hacían, que siempre ha odiado a la gente que se obsesiona por eternizar los instantes, por crear falsos instantes memorables y conservar en realidad tanta angustia, tanta alegría polaroid y rostros mirando hacia la cámara, hacia el futuro, hacia la muerte. Él dice esas cosas y yo no le creo, pero nunca le llevo la contraria. Yo sé cómo jugar a hacer sus fotos, las que él ha quemado. Volvemos a los sitios donde iban, donde solían discutir tanto. Yo le pregunto cómo podría ponerme, cómo te gustaría que posara, y él me dice súbete a ese banco, abrázate a esa farola, abrázate muy fuerte a mí, mírame como si me odiaras; y yo hago foto, foto tras foto, y las ordeno luego, en los álbumes que él finge no hojear jamás, y los ordeno, como fotogramas de una película, la película que los dos jugamos. Ésta es la toma de cuando se conocieron. Ésta es la toma de cuando ella le dijo que le engañaba. Ésta es de un día que él tenía mal aliento y ella le decía, le conminaba a que tomase manzanilla, y dejase de comer esos bollos apestosos, esas palmeras de chocolate y merengue.

Charo nunca me lo perdonó. Al principio le hacía gracia. Maldita la gracia. Me citaba, como a escondidas, en algún bar del Centro o de Atocha, y después de tomarnos tres cervezas me decía, riendo, pero le ducharás antes de iros a la cama; no me digas que te lee versos. Porque tiene pinta de escribir versos. Y a mí al principio me hacía gracia, porque siempre he querido a Charo, y le podía perdonar casi todo, que me dijera lo que pensaba, así era desde pequeñas. Maldita la gracia. Un día me dijo que él no me quería, que no me había querido nunca, y aunque yo sabía perfectamente que era verdad, agarré mi bolso, me callé, la invité al café y los bollos, y le dije que, en ese mes y el siguiente, iba a estar muy ocupada. Que él estaba trabajando otra vez, presentando un proyecto a un laboratorio, e íbamos a estar los dos, los dos, muy ocupados. Ella entendió que no quería volver a verla, y estuvo a punto de llorar, pero le pudo más el orgullo. Ahora ella tampoco va a las reuniones de vecinos.

Apuntaba, en una libretilla, lo que iba averiguando de ella. No todos los días. Una vez, a la semana, y había semanas que conseguía olvidarlo, que vivíamos en el presente, y yo no apuntaba ni averiguaba nada. Una vez él me juró que me quería, que me quería como a ella, que me quería más; yo le creí y quemé la libreta. Luego, a los dos meses, lo volví a escribir todo otra vez de memoria. No había conseguido olvidar ni un detalle.

Sé que ella no era muy guapa, que yo lo soy bastante más. Que sólo hicieron el amor una vez; lo suficiente para no hastiarse, supongo, y además lo habían hecho sin tomar ninguna precaución. Que él la hizo faltar a clase, una mañana, y se fueron al extrarradio, a la farmacia más lejana, a comprar un Predictor y un chocolate con churros, y mientras se iba al baño, a probar, él, además de comerse todos los churros, había ido a pagar, y se había dado cuenta de que no tenía bastante, y el dueño se había molestado, y hay días que uno no debería levantarse, pero ella no estaba embarazada, y él dijo que dejaba el DNI, que volvería a pagar en una hora, pero el dueño les dijo que no volvieran, y que se metieran el DNI por el culo, y a la salida los dos se habían reído mucho, pero luego discutieron, y ya no volvieron a intentarlo más veces, con la de avances de la técnica que existen.

Que a ella le gustaban los cuentos de hadas, y que a veces se los leía, pero eso les ponía a los dos, con lo jóvenes que eran, tan tristes. Que iban a veces a comer a casa de los padres de ella, y en la sobremesa se abrazaban los dos, más ella a él, y un día la madre le dijo, llena de odio, que la vida les tenía mucho por enseñar, que algún día se acordarían de cuando estaban así abrazados, y se reirían, pero él nunca se ha acordado de esa día como la madre insinuaba, nunca ha pensado que era ingenuo, o se engañaba, o que los dos hacían mal besándose en familia, dos pequeños maleducados.

Sufrí, mucho, antes de saberlo. Él, al principio, nunca hablaba de ella. Yo la deducía, matemáticamente, de sus silencios, de las incoherencias en el relato (me vine a vivir aquí después... después de acabar la mili), de esa idea suya de que iba a dolerme, o que yo no iba a querer hacer ciertas cosas, o que no iban a gustarme los ramos de flores, y sí los partidos de baloncestos, y sí la música de los años sesenta.

Me preguntaba, sobre todo, si él la dejó, o si ella le dejó a él. Si él la dejó, pensaba, aún puede arrepentirse. Seguro que se arrepiente cada día, que es como si hubiese jugado un juego, el único importante de su vida, y lo hubiese perdido por descuido, vaciándose por completo. Yo llenaba ese hueco, sí, pero a poco que no lo hiciera bien, que no lograra ser mejor o igual a ella, él echaría de menos el original; quizá la llamaba escondidas, o se veían una vez al año, y esos pocos minutos en que hablaban, sin verse siquiera, eran para mí la mayor de las traiciones, peor que si se acostara con mi mejor amiga o se fuera de putas todas las noches para humillarme.

Pero si ella le había dejado a él (y eso me parecía lo más probable), entonces todo era mucho peor. Él nunca, nunca jamás, perdería la idea, infantil, de que ella volvería. Le seguiría, como yo veía a veces, palpitando el corazón cuando llamaban, y él cogía el primero el teléfono, aunque tuviera que salir de la ducha, quién es, lo decía como un niño, como si le fuesen a llamar de la tele, a concederle quién sabe qué premio, y luego yo siempre notaba la decepción ah eres tú, Alejandro o cariño, es para ti o es el banco. Si ella le había dejado, yo tenía que hablar con ella, conseguir de algún modo su teléfono, cerciorarme de que desaparecía, convertirme en su mejor amiga, aprender a copiarla, enamorarme, matarla...

La vi una noche, una sola noche. Él me dijo esa noche, una noche que los dos estábamos alegres, que si yo iba a veces, el día de los Santos, a la Almudena, a ver a mi gente. Yo le dije que no, que no solía a ir, que no me gustaba la muerte. Que un día fui, de pequeña, con Charo, a ver el entierro de mi bisabuela, y las dos nos habíamos reído, sin poder controlarlo, al ver, en un grupo de lápidas Aquí yace la familia Revuelta, y mi madre me había dado dos hostias, y estuvo a punto de darle otra a Charo, pero eso se gana de ir con las madres de las amigas. ¿Tú vas a ver a tu abuelo?, pregunté, y entonces él vaciló un instante, lo suficiente, y yo lo comprendí. ¿Está muerta, verdad? ¿Por qué no me has dicho que está muerta? ¿Cómo fue? Y habíamos cogido los dos el coche (esa noche no pusimos a Bach) y habíamos llegado cuando abrían el cementerio; yo compre un ramo grande de rosas (es la única venganza que me permití) y las puse sobre la lápida, Rosa Lida, quizá por eso odió tanto las flores, yo tampoco sabía su nombre, no hubo mala intención, y aunque él me llevó a ver la de su abuelo, de vuelta al coche dimos una vuelta, y yo la distinguí en seguida, sus ojos clavados en el nicho, es aquí, y sentí una inmensa, oscura alegría que apenas me duró dos segundos.

jueves, 7 de abril de 2011

Los ojos de sus amores verdes


Cuando estudiaba Mitología Clásica en la Complutense de Madrid (con un profesor estupendo: Carlos García Gual), pasamos algunas sesiones dándole vueltas a los términos básicos del asunto: mito, mitologema, mitema… Me di cuenta entonces de algo que, quizá de puro obvio, no he encontrado escrito en ninguna parte: si un mito es una historia verdadera, es decir, tenida por tal por una comunidad, es imposible que dicha comunidad se avenga a colocar sus mitos en la misma categoría que los de otras; o, dicho de otro modo, que acceda a distinguirlos, siquiera metodológicamente, de la Verdad. Se sigue de ello que, una vez establecido el sentido general de mito como un tipo de relato detectable en diversas religiones, a un mito digno de tal nombre se le reconocerá en seguida por su resistencia denodada a aceptar su propia naturaleza. Los no creyentes leemos la historia de la Creación que nos da el Génesis y reconocemos desde fuera que se trata de un mito, es decir, de una ficción que en algún momento se ha considerado cierta; para el testigo de Jehová, el mito funciona como tal, en sentido inmediato y primario —y, por eso, precisamente, jamás aceptará que ‘reduzcamos’ o ‘malinterpretemos’ la Palabra de Dios como un mito, colocándola en la misma categoría que el nacimiento de Venus.

Por supuesto, el planteamiento se tambalea si consideramos que la creencia literal en la veracidad de los mitos y su descarte como ficciones completamente falaces no son las únicas opciones, ni lo han sido nunca. Pero me sigue pareciendo que el asunto tiene cierta miga, en el sentido de que descubre un mecanismo digno de tenerse en cuenta. Hay cosas (quizá los mitos no sean el mejor ejemplo) que sólo pueden ser lo que su definición afirma (o serlo en sentido pleno, fuerte) mientras no se las marque como tales: parece claro en el caso de la ingenuidad y la inocencia (no deberíamos atribuírselas a nadie que presuma de participar en ellas, o sea, siquiera, capaz de enunciarlas), y no está muy lejana la noción de secreto (que, si no deja de serlo al revelarse su existencia, pierde al menos un grado de intensidad, al asomar la patita). El maestro Agustín García Calvo, en su largo poema Sermón de ser y no ser, reivindica la misma condición para el amor: sólo quien ya se ha desenamorado alguna vez que otra, o ha dejado de amar con la intensidad necesaria, puede reconocer en lo que siente una enfermedad común, algo que ya le ha pasado antes a medio mundo y cuyas causas, efectos y fases han sido explorados ya del derecho y del revés por los expertos del ramo. Nombrar así lo sentido como amor supone declararlo, desde una distancia impasible, como cosa sabida, condenada a seguir la ruta regular que va de la exaltación a la trivialidad, de la excepción a la estadística. Merece la pena recordar los versos (1326-1346):

Estamos tú y yo como el muchacho
que mirando está los ojos de sus amores verdes
y la voz le tiembla bajo la dulce tarde, solo
con sola, y aleteando están los corazones
de los dos y sin embargo no se atreve nunca,
no puede, a pronunciarlas las palabras justas,
bien que las conoce demasiado y demasiado
sabe que se esperan esas. Pero por eso mismo
se resiste como asnillo sin domar; y tiene
su miedo su razón; pues cuando al fin susurre
«Te quiero», en el momento de decir la propia
verdad habrá jurado la mortal mentira,
y a prisión mohosa habrá por siempre condenado
la amenaza de libertad que acaso en sus amores
florecía; conque así, sintiéndolo turbiamente,
tiembla como vara verde y balbucea y busca
en los ojos de la otra desesperadamente
la inteligencia, y los minutos en la fuente
caen gota a gota en tanto y los vencejos chillan
por el cielo y todavía sigue sin poderlo
decir.


miércoles, 13 de enero de 2010

Amor loco


Sacralizar lo erótico, erotizar lo sacro. A nuestros ojos, tan distantes, la poesía de Petrarca y la de aquellos santos que vertían a lo divino las coplas de amor mundanas son dos caras de una misma fiebre platónica. Frente al reduccionismo (¿Lo sagrado? Apenas esto), la respuesta siempre oportuna, hoy con acento nuevo (¡Nada más sagrado que esto! Aquí comienzan los reinos de lo instantáneo. Es necesario llamar a la puerta del torbellino.)

jueves, 27 de marzo de 2008

Andamos Amor y yo


Andamos Amor y yo
cada uno en una esquina:
él desvía la mirada,
yo le miro con inquina.
Él silencio y yo siluro,
él veneno y yo quinina;
yo oro brusco, él plata fina,
yo sin fe y él sin un duro...
Vengo a ser en este apuro
cara en obras de su cruz:
se dibuja en mi testuz
la marca de su constancia.
Amor, que naciste en Francia,
¡vete a Provenza de nuevo!
¡Torne rosa la fragancia!
Vuelva la gallina al huevo...

lunes, 25 de febrero de 2008

El Diablo en el Cuerpo


La visión positiva del amor como fuerza creadora, armonía, convive desde siempre con otra más oscura. Alimaña dulciamarga, lo llama la poetisa griega Safo. Pasión, decimos, algo que se padece, que duele. Venéreas, «de Venus», llamamos a las enfermedades de trasmisión sexual, colocadas, como el último día lectivo de cada semana, bajo el signo de esta diosa inquietante. Recordemos: la gentil Afrodita, «don de la espuma», Venus romana, nace del acto más doloroso y cruel que pueda concebirse: Crono castra a su padre Urano con una hoz y arroja sus genitales al mar. Del semen que brota de ellos, primera espuma, nace la diosa, que llega a la playa de Chipre a bordo de una concha, llena de gracia aérea, sonriente.

Una sonrisa duradera. Es la misma con que la diosa seduce al pastor Paris, ofreciéndole a Helena, la más hermosa de las mujeres (casi una copia mortal de sí misma), si le concede la manzana en discordia. Su elección (su erección) pone en marcha la más cruenta de las guerras. Podríamos creer que esta relación del amor y el combate es meramente accidental, un efecto secundario imprevisto: pero entonces puede que acuda a nuestra memoria un recuerdo incómodo: ¿no es cierto que Afrodita, casada por compromiso con Hefesto o Vulcano, el más feo de los olímpicos, elegía para sus adulterios al dios de la matanza y el miedo, el siempre siniestro Ares o Marte? ¿Será casual que el lenguaje de la seducción adopte tan a menudo metáforas bélicas, que hablemos de conquistar a alguien, de derribar sus defensas, de bellezas arrolladoras?

En la guerra y en el amor todo vale, decimos u oímos. Casi todo el mundo haría / lo que fuera por amor. Vencidos por el amor, acude a nosotros el fantasma de la muerte en vida (por vos he de morir y por vos muero), la certeza de haber perdido el control de nuestros actos, la independencia o libertad que pudimos creer nuestras.

Alguien nos dirá que no es el amor, sino su ausencia o reverso, el desamor, el desvío, el responsable de tanta zozobra. Es como si quisiéramos que la cerveza nos hiciera ver la luna más brillante y a la vez no volviera peligroso conducir. El que desespera espera. No hay desamor sin amor. Quien no es correspondido ama, lo mismo que aquél que es traicionado o se consume por unos celos inmotivados. Todo es amor, desde el flechazo hasta el último adiós, y quizá (de creer a los clásicos) incluso después, cuando seamos polvo, mas polvo enamorado o compartamos con la persona amada la dicha o el castigo eternos.

El amor como posesión demoníaca, como enfermedad relacionada con los démones o dioses, tiene una larga historia. La mitología lo imagina a veces como Eros o Cupido, una suerte de ángel travieso que dispara con los ojos vendados. En el imaginario cristiano, el deseo acuciante de otro cuerpo, a falta de un ritual que lo santifique, se ha situado a menudo en el terreno de los pecados capitales: la lujuria, responsabilidad directa del Diablo o Demonio por antonomasia, o de algunos de sus lugartenientes, ocupados en manifestarse a los rijosos con forma femenina (súcubos) o masculina (íncubos) según su sexo y preferencias.

Llegamos así hasta la novela del jovencísimo Raymond Radiguet que elegí para esta parte del curso que imparto de Literatura Universal, El diablo en el cuerpo. La lujuria. Una historia de obsesión amorosa, que por varias razones (que no adelantaremos) resulta diabólica, pecaminosa o subversiva. Un mal ejemplo, si se quiere, o al menos un ejemplo del mal, de un mal muy común pero que aquí se exagera para poder distinguirse mejor. Mal, como en La Celestina o en el Libro del Buen Amor, más fácil aún de comprender que de condenar.

jueves, 14 de febrero de 2008

¿Qué es amor?


Yo tenía otro plan, pero (cuán a tiempo) una amiga trajo estas rosas.

¿Qué es aquello que llaman amor?
¿Qué será?



miércoles, 23 de enero de 2008

Amor, odio y Empédocles


El amor mueve al mundo. Con estas palabras comienza uno de los poemas de Perfil del aire (1924), de Luis Cernuda. La imagen nos traslada en el tiempo hasta el siciliano Empédocles, quien dibujó el universo como un tablero en que dos dioses gemelos, Amor y Odio, se buscan y rehúyen, poniendo en movimiento los cuatro elementos.

Amor, algunas veces
los amista y en uno los compone:
otras, en cambio, el Odio
a todos los separa y enemista.

Como Parménides, nuestro sabio dejó su doctrina en verso esmerado, y se molestó en trazar una biografía a la altura. Nació con el don de curar, más por carisma que mediante fármacos. Algunos siglos antes que Cristo, maravilló a sus paisanos resucitando a una difunta. Se consideró un encantador, un mago, quizá lo que hoy llamaríamos un chamán. Aunque no la practicara, exaltó, sin decirlo, la lírica: el verbo que consigue azuzar el amor o el odio.

Según Empédocles, la muerte, triunfo del Odio o Discordia, es separación de lo que el Amor uniera: agua, tierra, fuego y aire que vuelven a formas más simples. Nada se crea ni destruye: los elementos disgregados volverán a combinarse de otro modo. Por esta razón, lo que hoy es carne pudo ayer ser pescado:

Muchacho fui, y muchacha, en otro tiempo;
fui planta, ave también, fui pez marino.

Su cosmología incluye una cosmogonía, un mito sobre cómo el mundo llegó a ser lo que tenemos delante. En el principio, nos dice, Afrodita (el Amor) reinaba sola: los cuatro elementos estaban fundidos en una gran esfera que formaba el Todo. Del vacío exterior llegó, envidioso, Neikos (el Odio), y se introdujo violentamente en la esfera, quebrándola. Afrodita se retiró al centro y los elementos comenzaron a dividirse y diferenciarse.

Desde entonces, Afrodita lucha por que el mundo regrese a la armonía absoluta del inicio y Neikos por conseguir sumirlo en el caos. La lucha entre ambos es también una historia de amor, una forma de armonía de contrarios, pues la victoria completa de cualquiera de los dos supondría la desaparición del mundo que conocemos, dividido hasta resultar irreconocible (Neikos) o convertido en una unidad compacta e inmóvil (Afrodita).

La historia del mundo se divide en eras, unas dominadas por el Amor y otras por el Odio, aunque el contrario nunca queda enteramente desactivado.

La rotura de la esfera originaria y su posterior reconstrucción, que nunca puede ser completa, recuerdan otros mitos, como el egipcio de la muerte de Osiris, que es despedazado por su hermano Seth. Isis, hermana y esposa de Osiris, va recogiendo amorosamente todos los pedazos de su amado, repartidos por todo Egipto —pero no logra encontrar su sexo, que ha sido devorado por el pez oxirrinco.

La imposibilidad de un éxito completo de Afrodita se corresponde con la escasez de cantos y poemas que celebren el amor pleno, satisfecho, frente a la abundancia abrumadora de canciones sobre el amor imposible, roto o incierto. Incluso cuando se nos presenta a los enamorados juntos, celebrando su pasión, rara vez están ausentes los fantasmas de la separación y el paso del tiempo (marchitará la rosa el viento helado; post coitum, omnia animalia tristia).

martes, 14 de febrero de 2006

My Funny Valentine


Cortázar lo explicó en Circe. Los bombones de san Valentín son ricos en quitina. Todo este día es un vals de insectos. Si por algunos fuera, las rosas nacerían con PVP y el esperma sabría a vainilla. Sin embargo, el primer amor (consumado) brinda con sangre y el deseo (salud al abuelo Sigmundo) es polimorfo y perverso como una tumba florida. Un poema de primer amor, pagano y escéptico, podría tal vez sonar así.

Los dioses no conocen religión.
Tú y yo éramos los dioses de ese instante
inaccesible al cálculo y al mando.
Habíamos hablado (yo, tan grave
como un profesor ya, tan preocupado
por pretender tu bien) de aquella cosa
que tal vez era grata pero sucia,
un tanto degradante, algo viscosa.
Con gusto renunciaba yo a perderla,
a no sentir jamás esa caricia.
Tú, absorta, sonreías
y cuando ya la tarde se caía
con la virtud perfecta del suicida
hundiste tu cabeza entre mis piernas
en busca de tus propias conclusiones.
No olvidaré jamás aquella tarde.
A ti ya te he olvidado
—y sigo encadenado a tu impostora,
esta presencia amarga siempre cómplice,
esta sonrisa en pie de labios blancos.