
[NOTA PREVIA: Id pinchando en las fotos para su mejor visionado]
Como teníamos acordada la visita al famoso Caminito del Rey malagueño a una hora temprana, reservamos para la noche anterior un apartamento muy barato (50 euros para los tres) en el cercano pueblo de Ardales. Es un pueblecito de casas blancas con unas cuestas que esa misma tarde (y después de cuatro horas y media en coche) nos sirvieron de calentamiento para lo que nos esperaba al día siguiente. Una vez alojados, antes de cenar, nos propusimos acercarnos a su iglesia para ir haciendo hora y hambre. Subimos la empinada cuesta y allí nos esperaba un recoleto, pero interesante templo, al pie de las ruinas de un viejo castillo del que apenas queda nada. Pues la puerta estaba abierta, entramos, y allí nos recibió Juan, un apasionado y venerable anciano que nos narró de primera mano los detalles del interior de la iglesia así como su historia. Lo hace para recoger unos duros a través de donativos, pero se agradece su presencia y no salir igual que uno ha entrado. Tras la visita, fuimos a cenar a un sitio que se nos aconsejó, el Falco, que tiene buenas raciones (aunque barato barato no es) y, si uno sabe elegir, con suerte puede levantarse del sitio con una sonrisa. Probamos también allí la cerveza artesana de la tierra: yo pedía una muy recomendable Bobastro, que tenía menos graduación que la llamada Caminito del Rey. Deliciosa, la verdad.