En El Retiro con Luis de Ysasi.
Un parque con historia (I).





A finales del siglo XIX Jerez es una ciudad de más de 60.000 habitantes que ha venido experimentando un gran crecimiento económico durante toda la centuria, gracias al florecimiento y expansión de la industria vinícola. Como consecuencia de ello, su fisonomía urbana ha sufrido grandes cambios de la mano del extraordinario aumento de las construcciones bodegueras que han ido ocupando todos los espacios libres en torno a los viejos barrios (1).

Buena parte del caserío se renueva también, surgiendo nuevas calles y barrios que se extienden, sobre todo, hacia la zona Este de la ciudad, conocida como El Ejido. La calle Porvenir y el nuevo barrio de Vallesequillo serán unas de las principales áreas de ensanche, de expansión bodeguera y de mayor crecimiento urbano por el atractivo que, en buena medida, supone la instalación de la estación de ferrocarril. Desde 1854 Jerez cuenta con la primera línea férrea de Andalucía (y la tercera de España) que le permite la salida al mar de sus vinos a través del muelle del Trocadero, en Puerto Real (2). Los espacios urbanos entre la ciudad y las vías se van ocupando con nuevas construcciones mientras que las tierras situadas al otro lado del trazado del ferrocarril seguirán siendo territorio destinado a huertas y viñas.

Los primeros paseos y jardines.

Con el crecimiento de la población, gracias al despegue económico y urbanístico que la ciudad vive a lo largo del siglo XIX, surgen también nuevas necesidades de espacios abiertos y de recreo.



Desde que en 1787, bajo el mandato del Corregidor Eguiluz se creara la Alameda del Alcázar, la principal zona de esparcimiento de los jerezanos, se han ido acometiendo diferentes obras que, aunque de menor envergadura, han ido dotando a la ciudad de nuevos paseos y plazas arboladas.

Entre los más destacados figuran el paseo y salón de Cristina (1833), las alamedas de Las Angustias (1841) y La Merced (1843), los jardines de las plazas del Arenal (1851) y del Arroyo (1860), de Eguiluz (1855) o de Madre de Dios (1858).

Desde 1869, en torno a los Depósitos de Aguas del Tempul, se crearán también unos jardines públicos abiertos a la población (3).

Junto a estos espacios, las entradas y salidas de Jerez en los caminos que llevan a Sevilla, Medina, Arcos, Lebrija y Los Puertos verán también en sus orillas plantíos de olmos, acacias, moreras… o pequeños paseos arbolados que enlazan la ciudad con el campo. Pese a estas iniciativas, a finales del XIX se siente ya como una necesidad la creación de un gran parque público, de un nuevo espacio arbolado que venga a cubrir las demandas de un Jerez en plena expansión demográfica y urbanística.

Haciendas y Recreos.

A medida que Jerez crece, las clases más acomodadas optan, en muchos casos, por instalar sus viviendas en las cercanías de la ciudad, construyendo villas, haciendas y recreos en las zonas del extrarradio, cuando no en pleno campo, en las fincas de su propiedad. Aunque muchas de ellas quedarán absorbidas por el casco urbano en futuras expansiones, estas haciendas y recreos fueron a veces auténticas mansiones rodeadas de jardines y de arbolado.



A mediados del XIX, zonas como las calles Santo Domingo, Lealas, Paseo de Capuchinos, Camino de Lebrija... verán levantarse en sus cercanías magníficas fincas de recreo que, al calor del negocio vinatero, construirán las familias más pudientes de Jerez. "El Palacio" (hoy Escuela Andaluza de Arte Ecuestre) que en 1865, construye Pemartín, "La Atalaya" o "El Recreo" de D. Francisco Rivero son algunas de ellas, de la que en otra ocasión nos ocuparemos (4).

En el extrarradio de la ciudad, algo más aisladas, algunas de estas haciendas alcanzarán también renombre. A mediados de siglo Madoz cita entre las más notables, "La Granja" de J. Pedro Domecq, la de "Giraldino" de Patricio Garvey o la de "Vallesequillo" de D. Juan David Gordon muy próxima a la estación de ferrocarril (5). Varias de estas fincas y recreos, con sus jardines y arboledas, pasarán, como años más tarde sucederá con El Retiro, a ser de propiedad municipal o a pertenecer a instituciones y organismos que facilitarán el acceso a los ciudadanos y posibilitarán el disfrute de sus zonas ajardinadas, como en los casos de La Atalaya, La Granja, o El Recreo de Las Cadenas (6).

El Camino de las Delicias.

Bien avanzado el siglo XIX, son ya muchas las ciudades de España que, de acuerdo con los nuevos planteamientos urbanísticos, cuentan con paseos arbolados y alamedas junto a las carreteras o caminos de acceso en cuyas orillas se siembran álamos, olmos, plátanos de sombra... Estos espacios son, a la vez que una carta de presentación para la ciudad, un lugar de esparcimiento y ocio para la población. Los árboles y la vegetación, la sombra y el frescor, lo ameno de la zona por la que suelen discurrir a modo de corredores de transición entre el campo y la ciudad, hacen de estos paseos lugares agradables, "deliciosos" en el lenguaje de la época, calificativo que se aplica de manera recurrente en las principales poblaciones del reino a aquellos paseos que se consideran más gratos. No es pues de extrañar, que "Las Delicias" sea el nombre propio de tantas calles, alamedas y caminos arbolados y así, ciudades como Vitoria, Madrid, Zaragoza, Sevilla (Las Delicias de Arjona) o Cádiz (Las Delicias de Martínez), cuenten desde mediados del XIX con este tipo de paseos (7).



En el Jerez de la época, gozando de las ventajas del campo y próxima como ninguna al casco urbano, la zona que se extendía frente a la estación de ferrocarril en el camino de Cortes, era un lugar privilegiado para las haciendas y recreos. El Camino de las Delicias era ya desde mediados del s. XIX un paseo arbolado en su primer tramo hasta "La Rosa Celeste", finca propiedad de D. Manuel Ponce de León y Villavicencio, donde en 1860 se inauguró una renombrada Casa de Baños alimentada por un pozo de aguas sulfurosas (8). El "arrecife de La Rosa Celeste", como era conocido por entonces era un lugar frecuentado por su cercanía a la ciudad, jalonado por olmos, moreras y árboles frutales de los fincas colindantes entre las que se encontraba, en su tramo inicial, nada más cruzar el viaducto, la hacienda "El Retiro" propiedad de D. Luis de Ysasi Lacoste.

Cuando se construye la casa-recreo en la finca, en el último tercio del siglo XIX, en sus proximidades se palpa ya el rumbo fabril e industrial que la ciudad va tomando. La primera estación de ferrocarril, el Viaducto (Puente de Cádiz), los proyectos de carretera de Jerez a Cortes, la cercana Fábrica de Gas, cuya chimenea aún se observa en las fotografías que se conservan de la hacienda El Retiro en la década de 1920... Son signos inequívocos de una ciudad en expansión, con proyectos de futuro, en muchos de los cuales Luis de Ysasi jugará un papel destacado (9).

D. Luis de Ysasi y Lacoste.

Cuando tras su muerte Ysasi dona a Jerez su hacienda "El Retiro" para la creación de uno de nuestros primeros parques, no hace sino culminar toda una larga trayectoria de preocupación por los asuntos públicos y de apoyo a numerosos proyectos y causas educativas, culturales y benéficas en la ciudad.

Luis de Ysasi Lacoste era hijo del rico hacendado D. Gregorio de Ysasi y de Dª Juana de Dios Lacoste. Su madre destacó por sus muchas obras en beneficio de los sectores más necesitados de la ciudad, lo que llevó a que el Ayuntamiento rotulara con su nombre, en 1888, aún envida, la calle contigua al Colegio del Salvador, institución que ella misma contribuyó a fundar (10).

Dedicado a sus negocios familiares, Luis de Ysasi impulsó iniciativas benéficas y de ayuda a las clases más desfavorecidas. Entre ellas destaca la construcción de un "Barrio Obrero", que aún se conserva junto a la calle Armas de Santiago. Apoyó a centros religiosos de caridad y a obras benéficas, compaginando esta labor filantrópica con su decidido mecenazgo a muchas iniciativas culturales de la ciudad, como su protección a la Academia de Bellas Artes, creada por el Marqués de Bonanza y que sería luego Escuela de Artes y Oficios; al Ateneo Jerezano, y a diferentes escuelas y colegios públicos y privados. A título anecdótico mencionamos la invitación -"lunch", tal y como recogen los periódicos de la época- que realizó en "El Retiro" a todos los maestros de las escuelas de Jerez tras la celebración de la primera Fiesta del Árbol en 1898, para impulsar desde el comienzo esta feliz iniciativa. Ysasi estuvo también presente en distintos proyectos innovadores para la ciudad, siendo uno de los más firmes y entusiastas puntales del proyecto del Ferrocarril de la Sierra (11).

Su fallecimiento, el 2 de diciembre de 1902, fue muy sentido por todo el pueblo jerezano, que concurrió en masa al funeral celebrado en la iglesia de S. Miguel y al que asistieron el Ayuntamiento en pleno ("bajo mazas") y las juntas de las entidades culturales, las casas de beneficencia y los centros escolares de la ciudad.



En la primera plana del periódico local "El Guadalete", podía leerse, el día 5 de diciembre de 1902, el artículo titulado "Justo Tributo" del que entresacamos estas palabras: "Podrán la vanidad y la soberbia levantar hasta el cielo monumentos y estatuas en vanagloria de los que se llamaron grandes en la tierra; podrán los honores y grandezas humanas rendir el homenaje de su falso brillo en aras de la adulación y del servilismo; esas ostentaciones materiales nacen condenadas a la muerte y al olvido; pero lo que nunca morirá, lo que no puede morir, es el monumento levantado sobre el corazón y la gratitud de un pueblo por las virtudes, la ardiente caridad y las buenas obras de un bienhechor como el Sr. de Ysasi; ese monumento espiritual desafiará al olvido y a la muerte, y pasará de generación en generación, transmitiendo con el nombre ilustre de aquel buen ciudadano, el recuerdo de sus méritos y el ejemplo de sus acciones" (12).

Donación del Retiro a la ciudad.

Junto a las diferentes plazas arboladas y alamedas levantadas a lo largo del siglo XIX, a la muerte de Ysasi en 1902, Jerez acaba de estrenar el parque del Recreo, que luego tomaría la denominación de González Hontoria en reconocimiento del alcalde que lo impulsó. Concebido en principio como espacio destinado a la celebración de la tradicional Feria de Ganados, que hasta entonces se llevaba a cabo en el Hato de la Carne, junto a Caulina, el nuevo parque nacía también con la vocación de ser un lugar de esparcimiento para una población en permanente crecimiento. Sin embargo lo distanciado de su ubicación con respecto al casco urbano y la ausencia de arbolado, hacían presentir que hasta pasados unos años no se cumplirían las grandes expectativas creadas con el nuevo parque.



Así estaban las cosas cuando en el diario local "El Guadalete", se dio a conocer el 7 de diciembre en un artículo titulado "El legado del Sr. Ysasi", la donación al pueblo de Jerez de su hacienda El Retiro para su utilización como parque público. Según se informaba, la finca tenía una superficie aproximada de 16 aranzadas y estaba valorada en más de 400.000 pesetas de la época. El último día de aquel 1902, el Ayuntamiento jerezano recibía un escrito de los albaceas testamentarios de D. Luis de Ysasi en el que se decía: "Protocolizado ya el testamento del señor don Luis de Ysasi Lacoste (q.s.g.g.), tenemos el honor de enviar a V.E. copia de la cláusula por la que lega a esta ciudad la hacienda "El Retiro", rogándole se sirva dar cuenta del legado a la Excma. Corporación que dignamente preside y manifestar en la misma que estamos dispuestos a otorgar la escritura del inmueble en el momento en que el Excmo. Ayuntamiento obtenga la autorización necesaria al efecto”. Firmaban la carta los albaceas, Federico de Ysasi Dávila, Salvador Dastis Ysasi, Manuel de Ysasi" (13).

Condiciones del testamento:

Para que se respetara su deseo, Ysasi establecía ciertas condiciones, siendo la principal la de hacer partícipes de su donación a todas las clases sociales de Jerez.

Así, en la Clausula 21 de su testamento, dictado en 1897 ante el notario Sr. Esteve, se decía: “Lego a la ciudad de Jerez de la Frontera y en su representación al Excmo. Ayuntamiento de la misma, la hacienda de recreo de mi propiedad llamada "El Retiro", situado al frente de la Estación del Ferrocarril, entre los caminos de la Fuente de Pedro Díaz y el arrecife de la Rosa Celeste, de cabida de más de once aranzadas y casa habitación.

Mi deseo al hacer esta donación a Jerez es que disfrute de un paseo en las cercanías de la población, el que se podrá agrandar y mejorar con la viña de unas cinco aranzadas que forma parte de la donación, y que sirva de solaz a todas las clases y por consiguiente, quiero que sea público y nunca se le dé otra aplicación. Si alguna vez se le diera o se abandonara su cuidado, anulo el legado y mando que pase a ser propiedad de mis sobrinos los hijos de mi difunto hermano Federico de Ysasi, y si no existieran, a sus descendientes legítimos, entendiéndose que correspondería a todos aquellos que se encuentren en igual grado. Lo mismo si el Excmo. Ayto. no aceptara el legado, o el Estado pretendiera incautarse de la finca por cualquier motivo y el Ayuntamiento no pudiera o no quisiera sostener su derecho.

La casa podrá utilizarla el Excmo. Ayto. en lo que le parezca más conveniente. Quizás sería útil establecer una biblioteca popular católica, un pequeño museo u otra institución que redundará en beneficio e ilustración del pueblo
” (14).

El Retiro pasa a manos del municipio.

Aunque el legado se produjo a finales de 1902, aún pasarán unos meses hasta que el Ayuntamiento asuma la gestión de la finca. En la Sesión Municipal de 18-8-1903 se da lectura a un oficio de los albaceas de D. Luis de Ysasi instando al municipio a tomar posesión de la hacienda del Retiro, acordándose esperar unos días hasta que "la superioridad resuelva el asunto".



Previamente, una semana antes, ya se había aprobado la propuesta para la prolongación de la tubería de agua potable hasta la Hacienda El Retiro así como hasta el Parque González Hontoria por la Calle Santo Domingo, queriendo así garantizar el suministro a las nuevas zonas verdes de la ciudad (15).
Continuará.



Para saber más:
(1) Caro Cancela, D.: Historia de Jerez de la Frontera. El Jerez Moderno y Contemporáneo. Tomo 2, Diputación de Cádiz, 1999. p. 203 y siguientes.
(2) Sánchez Martínez, F. (2005/2006): “Jerez, cuna del primer ferrocarril andaluz (1850-1861)”, en Historia de Jerez, Nº 11-12, Jerez, Ayuntamiento de Jerez/Diputación Provincial de Cádiz, pp. 139-156. Sobre esta obra puede también consultarse Caro Cancela, D. (1990): “El primer ferrocarri de Andalucía. La Línea Jerez-El Puerto- Trocadero (1854-1861)”, en Páginas. Revista de Humanidades nº 5, oct-nov. 1990, pp. 70-85, Jerez; Pérez Serrano, J.; López Rodríguez, F.; y Reyes Fernández, M.J. (2003).: “Aproximación a los orígenes del ferrocarril en la provincia de Cádiz: la línea de Jerez de la Frontera-El Trocadero”, en Cuenca Toribio J.M. (ed). Actas del III Congreso de Historia de Andalucía. Cajasur, Córdoba, 173-183 y Revista de Obras Públicas (1853): “Ferro-carril de Jerez al Trocadero”. Tomo I. p. 67-68.
(3) García Lázaro, A.:El Retiro cumple cien años”, Revista Pliegos de Opinión, nº 3. Marzo de 2002.
(4) Caro Cancela D.: Burguesía y jornaleros. Jerez de la Frontera en el Sexenio Democrático (1868-1874). Caja de ahorros de Jerez, 1990, p. 51.
(5) (1) Diccionario Geográfico Estadístico Histórico MADOZ. Tomo CADIZ. Edición facsímil. Ámbito Ediciones. Salamanca, 1986, p. 246.
(6) Ibidem, p. 246
(7) Quirós Linares, F, Coello, F. y Guesdon, A.: Las ciudades españolas a mediados del siglo XIX., Ámbito Ediciones, Valladolid, 1991.
(8) Mariscal Trujillo, A.: La Sanidad Jerezana, 1800-1975. Apuntes históricos, EJE, 2001, pp. 35-37; Memoria de las aguas sulfídricas de Rosa Celeste. Imprenta del Guadalete 1862.
(9) Caro Cancela, D.: Historia… op. cit.,
(10) Fedriani Fuentes, E.: Jerezanos Insignes, pp. 112 y 87, Gráficas San Luis, 1968.
(11) Mariscal Trujillo, A.: Jerezanos para la historia. Siglos XIX y XX, Tierra de nadie editores, 2011, pp 396-397.
(12) “Justo tributo”, El Guadalete, 5 de diciembre de 1902.
(13) Rodrigo de Molina:El Retiro”, Diario de Jerez, 23 de junio de 1988
(14) Ibidem
(15) García Lázaro, A.:El Retiro… op. cit.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto. Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar: Miscelánea, Paisajes con historia, El Paisaje y su gente, El Retiro. Historias de un parque centenario (II)., Un paseo primaveral por El Retiro. Breve reseña de sus principales árboles y arbustos.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 15/04/2018

Con Vicente Blasco Ibáñez por la campiña jerezana.
Los paisajes que recorrió el autor de La Bodega




En otras ocasiones nos hemos ocupado en Entornoajerez, de los hermosos paisajes y rincones de nuestra campiña, de la mano de pasajes literarios o de las descripciones de viajeros ilustres que nos visitaron, algunas tan idealizadas e irreales. Junto a ellas, queremos también traer a estas páginas otras descripciones menos amables, pero tanto o más valiosas si cabe que aquellas, y que nos ayudan también a comprender lo que fuimos y lo que somos.

Una de estas visiones es la que nos ofrece el escrito valenciano Vicente Blasco Ibáñez en su novela La Bodega (1905). Formando parte de las filas de Unión Republicana, partido por el que ocupó un escaño en el Congreso de los Diputados entre 1898 y 1907, visitará Jerez por primera vez en mayo de 1902 acompañando a Alejandro Lerroux quien había venido a la ciudad para participar en un mitin político. Ese mismo año, dos meses más tarde, muere en un hospital de caridad de nuestra ciudad, Ramón de Cala, el célebre político republicano que en los últimos años de su vida, olvidado por todos, conocerá de cerca esa miseria que denunció especialmente en uno de sus libros.

No sabemos si Blasco Ibáñez llegó a entrevistarse con Ramón de Cala en esa primera visita, aunque estamos seguros de que le habría sido de gran utilidad para sus propósitos ya que dos años más tarde, en julio de 1904 volverá a nuestra provincia, en su condición de diputado, para conocer sobre el terreno los problemas de algunos pueblos y, en especial, la forma de vida de los jornaleros del campo de la que éste daba ya buena cuenta en su obra titulada El problema de la Miseria (1884).

Durante su estancia en Jerez, alojado en el Hotel Los Cisnes, Vicente Blasco Ibáñez aprovechará para documentarse y recabar datos de primera mano que le serán de gran utilidad en la nueva novela que proyecta: “La Bodega” (1). En ella pretende reflejar la realidad social de la vida de los jornaleros en la campiña jerezana que, en el último tercio del siglo XIX estuvo marcada por la aparición del anarquismo o episodios convulsos como los de la Mano Negra o la marcha de campesinos sobre Jerez de 1892. Como nos recuerda J. Luis Jiménez, con esta visita Blasco pretende recoger información “…sobre las circunstancias sociales y económicas en las que vivía el jornalero jerezano. De informarle en detalle se encargarían… dos grandes personajes de la ciudad, el cirujano, Fermín Aranda, y el sindicalista, Manuel Moreno Mendoza, que llegaría a ser alcalde de Jerez en la corporación municipal republicana”. (2)

Acompañado por Moreno Mendoza, líder obrero nacido en Medina Sidonia, cuyos padres habían sido jornaleros del campo y habían sufrido las duras condiciones de vida en las gañanías, Blasco Ibáñez recorrerá la campiña jerezana visitando algunos cortijos y viñas de nuestro entorno. Moreno Mendoza es entonces, junto a Fermín Aranda, una de las figuras más destacada del republicanismo jerezano. Líder jornalero, masón y sindicalista, quien sería en 1931 alcalde republicano de Jerez, es en 1904 editor del periódico La Unión Obrera. Eco de la clase trabajadora (3). Aspectos estos que no pasan desapercibidos para el escrito valenciano, quien acude también a la provincia con el propósito de dar un impulso al republicanismo.

La bodega: un libro plagado de referencias sobre nuestro entorno.



Fruto de estas observaciones directas de Blasco, en La Bodega descubriremos luego numerosas reflexiones y consideraciones de índole política y social sobre las condiciones de vida de los gañanes o sobre la explotación de los jornaleros por la oligarquía terrateniente y bodeguera que en el libro aparece nombrada como la familia “Dupont”. De la misma manera, por sus páginas desfilan también algunos conflictos sociales de la época como los sucesos de La Mano Negra o los ecos del Asalto Campesino a Jerez de 1892, y no faltan tampoco figuras políticas del momento como “Fernando Salvatierra”, que no es otro que el mítico anarquista gaditano Fermín Salvochea. En el personaje de “El Maestrico”, algunos han querido ver rasgos de la biografía del propio Manuel Moreno Mendoza, quien será su principal informante junto al médico republicano Fermín Aranda.

No es de extrañar por ello que desde este conocimiento directo del terreno, junto a la descripción de la “cuestión social” que constituye el núcleo de la novela, La Bodega esté plagada de referencias al paisaje e incluya descripciones de muchos rincones de la Campiña. Así, tanto en los nombres ficticios de los personajes, como en los escenarios reales que, de manera



más o menos explícita, se describen, es posible descubrir estas vinculaciones con el contexto y el entorno jerezano. Por citar sólo algunos ejemplos, Zarandilla o Matacardillo, son topónimos de sendos parajes que el autor utiliza como nombres o apodos de algunos de estos



personajes; la viña de Marchamalo, la propiedad emblemática de Pablo Dupont se asocia fácilmente a la de Macharnudo; el cortijo de Matanzuela, las dehesas cercanas donde se crían las toradas que Blasco describe en su novela, los llanos de Caulina… son parajes y lugares que perviven en la actualidad con estos mismos nombres. El Ventorrillo del Grajo puede asociarse a cualquiera de los más populares por aquella época, al de El Cuervo, por ejemplo. El de El Mojo es posterior.

La dura vida vida de los jornaleros del campo.

La Bodega es una novela de gran calado social pero también, en buena medida, una obra cargada de referencias históricas, sociológicas y antropológicas. Por esta razón, hemos querido rescatar algunos pasajes que ponen el acento en la descripción de las gañanías, donde el autor relata



con gran fidelidad las condiciones de vida de los jornaleros del campo. De especial crudeza es el relativo a la alimentación:

En verano, durante la recolección, les daban un potaje de garbanzos, manjar extraordinario, del que se acordaban todo el año. En los meses restantes, la comida se componía de pan, sólo de pan. Pan seco en la mano y pan en la cazuela en forma de gazpacho fresco o caliente, como si en el mundo no existiera para los pobres otra cosa que el trigo. Una panilla escasa de aceite, lo que podía contener la punta de un cuerno, servía para diez hombres. Había que añadir unos dientes de ajo y un pellizco de sal, y con esto el amo daba por alimentados a unos hombres que necesitaban renovar sus energías agotadas por el trabajo y el clima. Tres comidas tenían al día los braceros, todas de pan: una alimentación de perros. A las ocho de la mañana, cuando llevaban más de dos horas trabajando, llegaba el gazpacho caliente, servido en un lebrillo. Lo guisaban en el cortijo, llevándolo a donde estaban los gañanes, muchas veces a más de una hora de la casa, cayéndole la lluvia en las mañanas de invierno. Los hombres tiraban de sus cucharas de cuerno, formando amplio círculo en torno de él…

A mediodía era el gazpacho frío, preparado en el mismo campo. Pan también, pero nadando en un caldo de vinagre, que casi siempre era vino de la cosecha anterior, que se había torcido. Únicamente los zagales y los gañanes en toda la pujanza de su juventud, le metían la cuchara en las mañanas de invierno, engulléndose este refresco, mientras el vientecillo frío les hería las espaldas. Los hombres maduros, los veteranos del trabajo, con el estómago quebrantado por largos años de esta alimentación, manteníanse a distancia, rumiando un mendrugo seco.

Y por la noche, cuando regresaban a la gañanía para dormir, otro gazpacho caliente: pan guisado y pan seco, lo mismo que por la mañana. Al morir en el cortijo alguna res cuyas carnes no podían aprovecharse, se regalaba a los braceros, y los cólicos de la intoxicación alteraban por la noche el amontonamiento de carne adormilada en la gañanía. Otras veces, los que eran más brutales en su batalla con el hambre, si conseguían matar a pedradas en el campo un cuervo o algún otro pajarraco de rapiña, conducíanlo en triunfo al cortijo y lo guisaban, celebrando con una risa desesperada este banquete extraordinario
”.



Desconocemos si Blasco Ibáñez tuvo algún contacto con Ramón de Cala (cosa que dudamos). De lo que si estamos seguro es que conocía su libro “El problema de la Miseria” ya que esta última descripción sobre la comida de los gañanes parece estar inspirada en este otro pasaje de Ramón de Cala en el que relata la “alimentación de los jornaleros del campo: “Por la mañana el ajo, especie de sopa con aceite, que ni para los candiles, sal, pimiento y agua caliente. Al mediodía gazpacho con los mismos ingredientes en frío, y la agregación de vinagre, que parece legía, según está de turbio y mal formado. A la noche se repite el ajo. Y así un día y otro día, y todos los del año, como no sea que la suerte depare en alguno el festín de una res muerte de enfermedad o por accidente, cuya res se guisa y se devora en perjuicio de los buitres”. Como ven Blasco se ha inspirado, en lo esencial, en el relato de Cala. (4)

Niños yunteros en la campiña jerezana: los “rempujeros”.

Otro de los pasajes de La Bodega, nos recuerda a la figura del “niño yuntero”, a la que dedica un conocido poema Miguel Hernández. Es el que se refiere a los “rempujeros”: …“Los hombres empezaban de pequeños el aprendizaje de la fatiga, del hambre engañada. A la edad en que otros niños más felices iban a la escuela, ellos eran zagales de labranza por un real y los tres gazpachos. En verano servían de rempujeros, marchando tras las carretas, cargadas de mies, como los mastines que caminan a la zaga de los carros, recogiendo las espigas que se derramaban en el camino y esquivando los latigazos de los carreteros que los trataban como a las bestias. Después eran gañanes, trabajaban la tierra, entregándose a la faena con el entusiasmo de la juventud, con la necesidad de movimiento y el alarde fanfarrón de fuerza, propios del exceso de vida. Derrochaban su vigor con una generosidad que aprovechaban los amos, Estos preferían siempre para sus labores la inexperiencia de los mozos y de las muchachas. Y cuando no habían llegado a los treinta y cinco años se sentían viejos, agrietados por dentro, como si se desplomase su vida, y comenzaban a ver rechazados sus brazos en los cortijos…



La descripción del interior de las estancias donde los jornaleros hacían su vida, las gañanías, figuran también en varios pasajes de La Bodega. En el que sigue, el mítico anarquista Fernando Salvatierra, recién salido de la cárcel, llega por la noche a un cortijo y contempla la gañanía:



…“El aspecto de la gañanía, el amontonamiento de la gente, evocó en la memoria de Salvatierra el recuerdo del presidio. Las misma paredes enjabelgadas, pero aquí menos blancas, ahumadas por el vaho nauseabundo del combustible animal, rezumando grasa por el continuo roce de los cuerpos sucios.



Iguales escarpias en los muros, y colgando de ellas, todo el ajuar de la miseria, alforjas, mantas, jergones destripados, blusas multicolores, sombreros mugrientos, zapatos pesados de innumerables remiendos con clavos agudos… Los más dormían en esteras, sin desnudarse, descansando sus huesos doloridos por el trabajo sobre la tierra dura
”.

Apenas 25 años antes, Ramón de Cala describía las gañanías diciendo de ellas que eran “un departamento… no tan ventilado, ni tan higiénico como el establo de los bueyes, ni como la zahúrda de los cerdos. Desván en lo grande, no en lo alto, con poyetes de piedra corridos a lo largo de las paredes, que a la vez sirven de asiento y de cama, y por muelle colchón una estera. En medio, o en un extremo, está el fogari, donde arde rara vez leña, y de ordinario excremento de los bueyes. Que expide una humareda asfixiante”. (4)

El completo y rotundo estudio realizado por Juan Cabral Bustillo y Antonio Cabral Chamorro sobre Las gañanías de la campiña gaditana 1900-1930, en el que se analizan el estado de las gañanías de 72 cortijos de Jerez y 11 de Arcos en los años 1931-1932, tomando como referencia la información proporcionada por la Inspección de Sanidad del Ayuntamiento jerezano, confirma en buena medida los testimonios que se traslucen en La Bodega. Después de todo lo anterior, no es de extrañar que Blasco Ibáñez, en boca de uno de sus personajes exprese lo siguiente:



Zarandilla, que había presenciado todo esto, indignábase de que tachasen de holgazanes a los braceros. ¿Por qué habían de trabajar más? ¿Qué aliciente les ofrecía el trabajo…?...

-Y la tierra Rafaé, es jembra, y a las jembras, pa que sean agradecías y se porten bien, hay que quererlas. Y el hombre no puede queré a una tierra que no es suya. Sólo deja el sudor y la sangre sobre los terrones de que puede sacar el pan. ¿Digo mal, muchacho?




Como ya hemos escrito en otras ocasiones, cada vez que recorremos la campiña en torno a Jerez y estamos ante una gañanía… sentimos un profundo respeto en recuerdo de aquellos jornaleros del campo, de su explotación y de las penosas condiciones de vida que sufrieron. Que no se olviden y que no se repitan.

Para saber más:
(1) Blasco Ibáñez, Vicente.: La bodega. Plaza Janés Editores, 1979. A esta edición se refieren las citas.
(2) Jiménez García, J.L.: El Jerez y los escritores viajeros. www.jerezdecine.com
(3) Morales Benítez, A.: Prensa, masonería y republicanismo. Manuel Moreno Mendoza (1862-1936). Ayuntamiento de Jerez, 2008.
(4) Ramón de Cala: El problema de la miseria resuelto por la harmonía de los intereses humanos (1884) Edición Facsímil (2002), pp. 92-94. Editada por el Ayuntamiento de Jerez y coordinada por Joaquín Carrera Moreno, a quien agradecemos las referencias a la obra de Ramón de Cala y las condiciones de vida de los jornaleros del campo.
(5) Cabral Bustillos, J. y Cabral Chamorro, A.: Las gañanías de la campiña gaditana, 1900-1930: Una contribución al estudio de las condiciones de trabajo de los obreros agrícolas andaluces. Historia social, nº 9, 1991, pp. 3-16

Procedencia de las ilustraciones:
Vicente Blasco Ibáñez: wikiquote.org/wiki
Manuel Moreno Mendoza: tarifaweb
Fermín Aranda: commons.wikimedia.org/wiki
Fermín Salvochea: El Blog de Fita
Gañanía de 'El Sotillo': Cortijos, haciendas y lagares de la Provincia de Cádiz
Gañanía de El Chorreadero Viejo. S. José del Valle: Arte informado


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Otros enlaces que pueden interesarte: El paisaje y su gente, El paisaje en la Literatura y Canción triste de las gañanías.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, 18/05/2014

 
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