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Santa Inés: el monasterio jerezano que nunca existió.
Un paseo por el arroyo del Zumajo.




Como hemos comentado en diferentes ocasiones, en “entornoajerez” nos gustan las carreteras secundarias, esas que se pierden por rincones poco transitadas de la campiña y que nos deparan tantas sorpresas. Una de estas rutas alejadas de las habituales es la comarcal CA-4105, una carretera de apenas 9 km de recorrido que, partiendo del conocido “cruce de La Suara”, en las cercanías de La Barca de la Florida, pasa por las tierras de Berlanguilla y cruza después el arroyo del Zumajo para seguir por La Marmolilla y la Vega de Abadín. En su tramo final se une a la carretera A-393 (Arcos-Paterna) en las proximidades de la Junta de los Ríos.

En estos días, hemos vuelto de nuevo por estos parajes de la vega baja del Guadalete y, después de un alto para reponer fuerzas en la conocida Venta “El Cruce”, iniciamos nuestro itinerario. Cuando apenas hemos recorrido 3 km tras dejar atrás las granjas de Berlanguilla y las canteras de El Molino, la carretera discurre entre las plantaciones de algarrobos de la Huerta del Coronel. Al poco, en una curva del camino, antes de pasar el puente del arroyo del Zumajo, llama la atención del viajero una construcción semiderruida, rodeada de vegetación, que ocupa una suave ladera, a la derecha del camino, asomándose entre los sotos del río y las arboledas de la dehesa: el antiguo molino de Santa Inés, también conocido como molino del Zumajo.

Por la Cañada de la Ermita del Mimbral y la venta del Zumajo.

Aunque estos rincones se encuentran hoy algo apartados, conviene recordar que hasta la construcción de la carretera de Cortes a comienzos del siglo XIX, las comunicaciones de Jerez con la zona oriental del término (El Valle, Tempul, Montes de Propios…) se realizaba, en buena medida por la conocida como Cañada de la Sierra o de la Ermita del Mimbral que desde la ciudad, se dirigía por Cuartillos al Encinar de Vicos y, tras pasar el Guadalete por el vado de Berlanguilla, cruzaba por estos parajes de la Dehesa de Berlanga hacia los Llanos del Sotillo y El Valle.



Durante siglos, estos caminos fueron muy transitados y muy cerca de este lugar, en el mismo emplazamiento que hoy ocupa el cortijo de La Marmolilla, se encontraba la conocida Venta del Zumajo. Ya repara en ella Pascual Madoz a mediados del XIX en su Diccionario Geográfico y al describir la Dehesa de Berlanga, cuyas tierras sembradas de algarrobos hemos dejado a los lados de la carretera, informa que se encuentra “… a 3 leg. de Jerez de la Frontera, con una venta llamada el Zumajo, la fuente del Lobo, cuyas aguas dividen esta dehesa de la Berlanguilla, y el r. Guadalete que la baña por el O., el cual se pasa por la barca de la Florida y vados de la Berlanguilla. El terreno, propio del marqués de Valhermoso y consortes, es montuoso, con encinas y acebuches, y produce pastos, granos y semillas, alimentando algunos ganados: hay caza de conejos y perdices, y en el río sábalos, barbos y otros peces de agua dulce, pasando por este terreno el camino que conduce a la sierra de Jerez”. (1)

En estos parajes despoblados entre Jerez, Arcos, Medina y San José del Valle, no es de extrañar que durante el siglo XIX la Venta del Zumajo fuera un punto de referencia y de parada obligada, habida cuenta del mal estado de los caminos, de la necesidad de cruzar el Guadalete, el Majaceite o el arroyo del Zumajo por barcas o vados y de las dificultades para realizar en una sola jornada estos largos trayectos lo que exigía, en muchas ocasiones, pernoctar en ruta. Prueba de su importancia es que, además de la cita de autoridad de Madoz, la Venta del Zumajo se encuentra entre las pocas que se recogen en el plano de Ángel Mayo (1878) o, veinte años más tarde, en el de Lechuga y Florido (1897).

Un recuerdo a “La Mano Negra”.

Los viajeros, carreteros, arrieros, jornaleros y trajinantes que en la segunda mitad del XIX iban de Arcos a Medina, de Jerez al Valle o a Algar y Tempul, harían, a buen seguro, un alto en esta Venta del Zumajo que, al amparo de lo apartado del lugar atrae también otras visitas menos gratas como se desprende de una curiosa crónica del diario "La Correspondencia de España".

En su edición del martes 20 de marzo de 1883 ofrece la siguiente noticia: "El corresponsal que en Jerez ha dejado nuestro querido compañero señor Peris Moncheta, nos escribe con fecha 17 lo siguiente: El Sr. Oliver, que salió a recorrer la sierra para asuntos del servicio, ha regresado de su espedición (sic) hoy sábado, trayendo presos dos presuntos autores del robo verificado hace algunos meses en la venta del Zumajo, y 15 compañeros más que han quedado en las cárceles de Arcos, como presuntos cómplices en el mencionado delito." (2)

Poco tiempo antes, en 1882, los dueños de la Venta Núñez, en la carretera de Trebujena, habían sido asesinados habiéndose encargado de las investigaciones, el jefe de la guardia rural Pérez Monforte. Son años convulsos en los que los obreros y los trabajadores del campo han empezado a organizarse en la campiña de Jerez contra los abusos del caciquismo y cuya fuerza quiere frenar a toda costa la oligarquía terrateniente, apoyada en una autoridad que no duda en ejercer la más dura represión contra los jornaleros. Son los tiempos del crimen de La Parrilla, que sólo unos meses antes se ha producido en las cercanías de El Valle. Tiempos de reuniones clandestinas de campesinos en Alcornocalejo, paraje próximo a San José del Valle y hoy conocido como Briole. Son los días, en suma, de “La Mano Negra” y este Sr. Oliver que mencionan las crónicas periodísticas de la época y que recorre estos lugares no es otro que el conocido capitán de la Guardia Civil José Oliver y Vidal, el mismo que un mes antes de detener a los asaltantes de la Venta del Zumajo ha “encontrado bajo una piedra”, junto al jefe de la guardia rural Pérez Monforte, el reglamento y los estatutos de “La Mano Negra”, aquella misteriosa “sociedad secreta” que, al parecer, no fue sino una invención para frenar el crecimiento en Andalucía de la FTRE y justificar la represión ejercida contra los campesinos.

La Venta del Zumajo fue perdiendo poco a poco su relevancia quedando apartada de las nuevas rutas cuando se construyó la carretera de Arcos a Vejer y luego, en las primeras décadas del XX, la de Jerez a Cortes, cuyo trazado la dejó de lado. En el plano parcelario de López Cepero (1904) ya no se menciona, dándonos una pista cierta de su declive, si bien el topónimo se ha mantenido en los mapas topográficos del IGN, como un anacronismo, hasta la actualidad. Las casas de La Marmolilla ocupan hoy su singular emplazamiento, a caballo entre las riberas del arroyo del Zumajo y de la Vega de Abadín, junto al Guadalete.

El Molino de Santa Inés: el “monasterio” que nunca existió.



Como ya se ha dicho, el que fuera Molino de Santa Inés se encuentra en este mismo rincón de la campiña, muy cerca del lugar donde se levantó la Venta del Zumajo. En un hermoso paraje rodeado de dehesas de encinas, alcornoques, algarrobos y acebuches, protegido por las arboledas del Arroyo del Zumajo, aún mantiene en pie una parte de su arruinado caserío.

Su origen hay que buscarlo en el último tercio del siglo XIX coincidiendo en el tiempo durante unas décadas con la vecina Venta del Zumajo, a orillas del mismo camino, si bien la “sobrevivió” después más de medio siglo. Sobre la puerta de acceso a la casa principal aún puede leerse: “Santa Inés, 1880”, para que no quede duda de su fecha de construcción. La primera vez que visitamos el lugar a mediados de los 80 del siglo pasado y vimos sus edificios desde la carretera, aún conservaban sus techumbres, si bien el molino harinero que albergaron llevaba cerrado ya varias décadas.



Años después, recabando datos sobre los antiguos molinos de la cuenca del Guadalete recordamos este viejo caserón y lo encontramos identificado aún como tal en el mapa topográfico del IGN (1968), muchos años después de que hubiese dejado de funcionar. Aparece aquí reseñado como “Mº Santa Inés” y a su lado figura el símbolo de molino: un rectángulo y unas aspas para que quedase claro que en aquel caserón semiderruido hubo un molino. A partir de aquí, las ediciones posteriores de los mapas del Instituto Geográfico Nacional han introducido (y mantenido) una curiosa y sorprendente errata: situar en este mismo lugar un inexistente “Monasterio de Santa Inés”. Los errores topográficos se han sucedido y así en la edición de 2001 ya advertimos un cambio de nombre en el citado edificio figurando como “Molino del Zumajo”, (como también se le conocía), junto al que aparece, “con todas las letras” un “Monasterio de Santa Inés” identificado con el símbolo de edificio religioso: un círculo rojo con una cruz.



El despiste persiste en la última edición de este mapa en el que junto al “Mno del Zumajo” vuelve a aparecer un “Mrio de Santa Inés”.

Santa Inés: un molino singular.



Dejando a un lado las erratas, lo cierto es que el Molino de Santa Inés o del Zumajo fue un en su tiempo un “moderno” molino harinero. El agua se tomaba en el Arroyo del Zumajo, cerca de donde se levanta el actual acueducto del canal de riego, y era conducida hasta la parte trasera del edificio por una tubería de fundición. Aún se conservan en este lugar los restos de dos arcos de ladrillo sobre los que circulaba la canalización que al llegar al molino, daba un salto forzado de casi 8 m. El agua, ganaba así la presión suficiente en el interior de la tubería (restos de la cual aún se conservan) para mover después la maquinaria del molino, hoy totalmente arruinada como el interior de las naves que la alojaban de las que se han desprendido las techumbres. Restos de pilas, o de lo que parecen ser depósitos de grano y hasta fragmentos de algunas correas de transmisión se adivinan aún entre las vigas y paredes destruidas que amenazan seriamente con desplomarse.

Entre estos restos destaca una curiosa estructura metálica que debió formar parte de una máquina humectadora o, tal vez de un dispositivo de descascarillado de grano. La pieza que se conserva dispone de un rotor provisto de un gran número listones de hierro oblicuos dispuestos en distintas caras en torno al eje. Esta singular hélice, giraba accionada por un engranaje troncocónico conectado a la maquinaria del molino. En su día debió estar introducida en una cuba o carcasa cilíndrica a la que llegaría el grano y el agua, para ganar humedad mientras el dispositivo giraba y las palas volteaban el cereal que se impregnaría así de humedad, a la vez que se ablandaba ligeramente como paso previo a su molienda.

Junto a la casa principal, de tres plantas, que albergó las dependencias del molino, las salas de molienda, los graneros y la vivienda, se añadió décadas después una construcción, a modo de nave o almacén, que funcionó también como “venta”. Una vieja fotografía fechada en la década de los 30 del siglo pasado (3) nos la presenta en pleno funcionamiento. Sobre la puerta de entrada puede leerse “Santa Inés, comestibles y bebidas”. En ella se ve un flamante autobús de la época perteneciente a la “Empresa Jerez Ómnibus” parado junto al Molino del Zumajo, en la que un grupo de viajeros que se dirigen a visitar el manantial de Tempul, han hecho un alto en el camino.

Al perderse el molino harinero, hace ya medio siglo, empezó también el deterioro del edificio que albergó también un palomar. Sea como fuere, el viejo Molino de Santa Inés o del Zumajo, situado en un paraje a orillas de uno de los arroyos mejor conservados de la cuenca, merece ser rescatado del olvido y de la ruina.



No nos cabe duda de que, si fuese restaurado, sería un enclave ideal para el turismo rural, rodeado como está de sotos ribereños, de dehesas de alcornoques y encinas, orlado por el canal del Guadalcacín que tiene en sus cercanías un sorprendente acueducto. Y junto a todo ello la singularidad –fruto de un curioso error que aún se mantiene en la cartografía- de haber sido el enclave de un cenobio “fantasma”: “el “Monasterio de Santa Inés”, que nunca existió.

Para saber más:
(1) Diccionario Geográfico Estadístico Histórico MADOZ. Tomo CADIZ. Ed. facsímil. Ámbito, Salamanca, 1986. Pg. 59.
(2) Diario “La Correspondencia de España”, nº 9128, 20 de marzo de 1883
(3) Barragán Muñoz, M. Coord.: Aguas de Jerez. Evolución del abastecimiento urbano. Ed. Ajemsa. Jerez de la Frontera, 1993. Tomo I. Pg. 199. De esta publicación hemos tomado la fotografía citada.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Aquí puedes ver otros artículos sobre Carreteras secundarias, Paisajes con historia, Patrimonio en el medio rural

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 12/02/2017

La Venta del tío Basilio.
Con Fernán Caballero por los caminos de Jerez a Algar.




En estos días de invierno, cuando empiezan a llegar los primeros fríos, renace cada año la vieja costumbre de salir al campo los fines de semana en busca de las ventas.

Desde hace unas décadas las ventas se identifican con esos establecimientos de hostelería a medio camino entre los restaurantes y los bares de carretera, a los que acudimos para “reparar
fuerzas” en nuestras excursiones por los alrededores de la ciudad (los populares “mostos”), o cuando realizamos otras rutas por el interior de la provincia, la costa o la sierra. Sin embargo, en sus orígenes, las ventas jugaron un papel aún más importante, cuando los viajes eran largos y las veredas tardaban en recorrerse varias jornadas. Estos establecimientos, que se levantaban en los cruces de caminos, en parajes perdidos en la mitad del campo o en los despoblados, servían fundamentalmente para facilitar comida, refugio u hospedaje a los viajeros. Con frecuencia se convertían también en lugares de reunión de los habitantes del lugar y como punto de intercambio de productos de la tierra, jugando también un papel importante en la difusión de las noticias relacionadas con las poblaciones cercanas.

Aunque en próximos artículos nos ocuparemos de algunas de las ventas más renombradas, hoy queremos recordar a una de las más humildes y modestas de la mano de la conocida escritora costumbrista Fernán Caballero: “la venta del Tío Basilio”. En su sencilla descripción se ilustra cómo pudo ser el origen de cualquiera de las pequeñas ventas que salpicaban los caminos rurales del siglo XIX.

La del “tío Basilio”, es una venta creada para la literatura, un escenario imaginado por la autora, ubicado en la ruta entre Jerez y Algar, en un paraje indeterminado, “a los pies de una vereda”, un lugar en el que “se extiende una dehesa solitaria”.



Lo narra Fernán Caballero en un cuento que aparece en su libro Relaciones (1862), y que lleva por título “Más largo es el tiempo que la fortuna”. (1)

Aquellas antiguas ventas.

Si existió o no en realidad la “ventilla del tío Basilio” o una con otro nombre de sus mismas características no es ahora lo relevante, aunque estamos seguros que a nuestra escritora, destacada representante del “realismo”, no le faltarían para inspirarse ejemplos similares al que describe, pues fue también reconocida viajera y recorrió desde su infancia los caminos de muchos rincones del interior de la provincia de los que nos ha dejado en sus libros pintorescas escenas.

Como ya hiciera su madre, la escritora gaditana Frasquita Larrea, Fernán Caballero pasó algunos veranos en Bornos desde donde hacía excursiones a parajes cercanos, visitando también los pueblos de Arcos, Ubrique y otros muchos lugares de la Sierra de Cádiz. En estos relatos, en los que el viaje y las descripciones del paisaje ocupan siempre un especial protagonismo, no podían faltar las referencias a las populares “ventas”.



Por citar sólo algunas, Francisca Larrea menciona en su viaje de Bornos a Ubrique, en 1824, la Venta de Tavizna, “situada a la orilla de río Majaceite… en un enorme peñasco”, o la Venta de la Albujera, en las cercanías de Ubrique, que la autora describe en un entorno idílico rodeado de frondosa vegetación (1).

Puesto que Fernán Caballero conoce bien los caminos y las ventas donde en tantas ocasiones habría parado a descansar mientras la diligencia o los coches cambiaban sus caballos, no es difícil imaginar que en su relato literario haya un poso de vivencias personales y de observaciones reales que nos ayudan a conocer o imaginar cómo pudieron ser aquellos modestos establecimientos.

En su relato se hace mención a que la “Venta del tío Basilio” se encuentra en algún punto del camino entre Jerez y la sierra de Algar, una vía de comunicación que ha existido desde los siglos medievales. Este camino, conocido, entre otros nombres, como Cañada de la Sierra, cruzaba el río por los vados (y después por las barcas) de la Florida y Berlanguilla para dirigirse después al Convento de El Valle. Desde este lugar, siguiendo el curso del Majaceite, se llegaba hasta la Ermita del Mimbral y Tempul, desde donde se bifurcaba en dirección a Algar y a los Montes de Propios de Jerez. A lo largo de su recorrido contó desde antiguo con numerosos ventorrillos, ventas, posadas y “paradas”, habida cuenta de lo despoblado de este extenso territorio situado en al este del término municipal de Jerez.

Algunos de estos viejos ventorrillos pueden ya encontrarse en el mapa de Tomás López (1787), o en otros más cercanos en el tiempo al relato de Fernán Caballero, como el de Francisco Coello (1866), el de Ángel Mayo (1877) o el de Antonio Lechuga y Florido (1897). Por citar sólo las ventas más nombradas y las que se encuentran recogidas en los mencionados mapas y planos junto al Camino de la Sierra, citaremos aquí la de Nepomuceno (en Cuartillo, donde todavía se conserva en parte la casa que la albergaba) o la de La Barca de la Florida, junto al vado, en el cruce de caminos de la Cañada de Albardén. Tras pasar el Guadalete, el viajero se encontraba la Venta del Zumajo (junto al arroyo del mismo nombre) y algo más adelante, en los Llanos del Sotillo, la Venta de la Cañada, en la vereda que se desviaba hacia Arcos. En estos mismos parajes se encontraba la casa de la Diligencia, donde hacían un alto los primeros coches de caballos que circularon por estos caminos.

Junto a las anteriores, una de las de más renombre fue La Parada del Valle, de la que aún se conserva una parte del viejo caserío que la albergaba y que era también conocida como Parador del Valle. El camino continuaba desde aquí por las laderas de las sierras del Valle, Dos Hermanas y Alazar, pasando por la Ermita del Mimbral donde también se ubicaba una popular venta con el mismo nombre. Tras cruzar la garganta de Bogas en las proximidades de la Boca de la Foz, el camino hacía un alto en el Molino y Venta de Tempul, situado junto a los manantiales. Más adelante, en la dehesa de Rojitán, donde se desviaba el camino de la Sierra hacia Ubrique, estuvo la Venta de la Papicha, como se refleja en el mapa de F. Coello de 1868. La Ventilla del Puerto de Galiz o la Venta de Lleja (la conocida “Ventalleja”), ya cerca del Mojón de la Víbora, cerraban este itinerario de ventas y ventorrillos que a lo largo del siglo XIX existieron junto a esta importante vía de comunicación que, en sentido oeste-este, unía las campiñas gaditanas con las sierras de Cádiz y Málaga.



La venta del tío Basilio.

A todas ellas habremos de añadir también, con todos los honores que se derivan de su mención en una obra literaria, la “venta del tío Basilio”. Esto es lo que nos refiere de ella Fernán Caballero, en su cuento “Más largo el tiempo que la fortuna”:



Entre Jerez y la sierra de Algar se extiende una dehesa solitaria. Veíase en ella, hace años, al lado de una vereda un sombrajo, a cuyo amparo se había establecido un hombre que sobre una mesa despachaba alguna bebida. Andando el tiempo, había labrado cuatro paredes y cubiértolas con enea: había compartido en su interior dos mitades, destinada una a cocina y despacho, y la otra a dormitorio, y se había llevado allí a su mujer y dos hijos.

Detrás de la casa había levantado un vallado, que formaba un corral cuadrado, en que de noche recogía unas cabras que de día llevaba a pastar a la sierra su hijo menor y había hincado una estaca de olivo al frente de su casa, con el fin de que pudiesen atarse en ella las caballerías de los escasos transeúntes de aquella vereda…
”.

Esta estampa que nos describe Fernán Caballero nos recuerda a la imagen de un ventorrillo entre Benaocaz y El Bosque que el antropólogo alemán Wilhelm Giese recogió, en la década de los 30 del siglo pasado, en su libro “Sierra y Campiña de Cádiz” (3). Pero volvamos al relato…

…La estaca se había coronado a la primavera siguiente de una verde guirnalda, y pasando años, cuidad por su dueño, se había hecho un olivo frondoso, que proporcionaba al ventero una bonita cosecha de aceitunas, que aliñaba, y eran, con el queso de sus cabras, los ramos de más despacho de su establecimiento. Muchos caballeros de Jerez que solían ir a cazar, descansaban en la ventilla del tío Basilio, haciendo un consumo, cuyo valor pagaban quintuplicado”. (4)



Cada vez que recorremos la carretera de Cortes – el antiguo Camino de la Sierra- y cruzamos por alguna de las muchas “dehesas solitarias” que a lo largo del camino pueden verse todavía en Magallanes y La Guareña, en Malabrigo o en Berlanguilla, en El Sotillo, en El Parralejo… esperamos encontrarnos, en una vereda que aún no conocemos, escondida tal vez entre un bosquete de alcornoques, la “venta del Tío Basilio”.

Para saber más:
(1) Fernán Caballero:Más largo el tiempo que la fortuna”: http://www.biblioteca.org.ar/libros/70835.pdf
(2) Francisca Larrea.: Diario. Graficas el Exportador. Jerez, 1985. Ed. Asociación de Amigos de Bornos. Pgs.63 y 94.
(3) Wilhelm Giese.: Sierra y Campiña de Cádiz. Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz, 1996, p. 429. De este libro ha sido tomada la imagen del ventorrillo entre Benaocaz y El Bosque.
(4) A esta venta, y a esta escena, se refiere también Francisco Montero Galvache en un delicioso artículo “Fernán Caballero frente a Jerez”, ABC, 16/08/1952, donde estudia las opiniones de Fernán Caballero con respecto a los jerezanos y portuenses.
Nota: La imagen de Fernán Caballero se ha obtenido de 'http://www.alquiblaweb.com/2013/11/10/la-novela-realista-en-la-gaviota-de-fernan-caballero/'

Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 21/12/2014

 
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