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Los sifones de la Junta de los Ríos.
Una obra de ingeniería centenaria del Patrimonio Hidráulico Andaluz.




Los sistemas de captación de aguas de Baelo Claudia y su factoría de salazones (Tarifa), el Molino de Mareas del Río Arillo (Cádiz), la Fábrica de Mantas de Mario, en la Ribera de Gaidovar (Grazalema), el acueducto atirantado de Tempul en La Barca (Jerez), los aljibes árabes del Castillo y el canal del Hozgarganta para la real Fábrica de Artillería (ambos en Jimena), los restos del acueducto romano de Tempul, el Puente Zuazo (San Fernando) y los Baños del Alcázar de Jerez son elementos del patrimonio histórico, monumental, arqueológico e industrial que tienen una característica común: forman parte del selecto grupo de la decena de obras e ingenios de la provincia de Cádiz incluidos en el catálogo de Patrimonio Hidráulico de Andalucía (1). Con este reconocimiento la Consejería de Medio Ambiente, a través de la Agencia Andaluza del Agua, ha querido distinguir de manera destacada, entre otros muchos ejemplos repartidos por toda nuestra geografía, antiguas obras hidráulicas singulares o construcciones más recientes, ejemplo de aplicaciones industriales del agua o notables muestras de la arquitectura popular, industrial o de las obras públicas. A la lista anterior hay que añadir uno más: los sifones en arco del Guadalete y Majaceite en la Junta de los Ríos a los que dedicamos hoy nuestro paseo “en torno a Jerez”. Veamos sus orígenes y su pequeña historia.

Un sueño llamado pantano

En el comienzo de todo estuvo la plaga de filoxera que en junio de 1894 se detectó en nuestra campiña y que en pocos años asoló el viñedo jerezano. La comarca atravesó entonces una grave crisis y como consecuencia del declive del campo y de la falta de trabajo se acentuaron los conflictos sociales. No es de extrañar por ello que, en estos turbulentos años de finales del XIX, se alzaran voces que clamaban por buscar alternativas al monocultivo de la vid. Todas las propuestas pasaban, invariablemente, por la puesta en regadío de las mejores tierras del término, para lo que sería necesario construir un pantano, un viejo sueño de la sociedad jerezana.

Tras la autorización definitiva del gobierno de la nación para levantar una presa sobre el cauce del río Majaceite, se encargó el proyecto al ingeniero Pedro González Quijano, quien en 1905 lo presentó para su aprobación por la administración. En 1906 comienzan las obras del embalse que se prolongarían durante más de una década, entrando finalmente en servicio en 1917. Junto a la presa, González Quijano proyectó también una amplia red de canales para llevar el agua a todos los rincones de la extensa Zona Regable cuya superficie prevista era de casi 12.000 hectáreas.

Según explica en 1916 el propio ingeniero en uno de sus artículos: “Para el riego de esta zona se proyectan los canales principales… Parte el más importante de la Angostura misma, siguiendo la margen izquierda… llega a la confluencia (de los ríos), donde se bifurca en dos: el más caudaloso atraviesa el Guadalete mediante un sifón, y el otro continúa su desarrollo por las laderas de la izquierda, hasta los llanos de Aina y vertiendo los sobrantes en el arroyo de Bocanegra. A la salida del sifón a la Junta de los Ríos, y al llegar al arroyo de los Charcos se divide de nuevo, marchando un ramal a regar las vegas del río y siguiendo otro en dirección a Gédula, remontando el arroyo de este nombre en trinchera cada vez más profunda, hasta internarse al fin en túnel por debajo de Gedulilla, para reaparecer de nuevo a cielo abierto en el arroyo de Montecorto, cuyo curso sigue hasta llegar a la vista de los llanos de Caulina”. (2)

Los sifones en arco: una obra de ingeniería centenaria.



El problema mayor que suponía este diseño de red de canales era sin duda el paso de los ríos Majaceite y Guadalete. Para ello, el ingeniero había proyectado aprovechar el viejo puente de la carretera Arcos-Vejer que cruzaba el Guadalete, apenas unas decenas de metros, aguas abajo, del punto donde se une al Majaceite. La gran tubería del sifón, se alojaría así en un cajón de hormigón armado que se apoyaría en las pilas del puente y sobre él se situaría la calzada (ver ilustraciones). Este proyecto inicial, realizado en 1915, aprovechaba las cinco pilas con las que el puente se apoyaba en el cauce del río, salvando vanos de 18 metros. La idea, sin embargo, no acababa de convencer al ingeniero porque obligaba a elevar mucho la rasante de la carretera y porque, a su juicio, “… el emplazamiento del puente era poco afortunado. Situado en la misma confluencia, estaba expuesto a las avenidas de una u otra corriente, no siempre completamente concordantes, lo que podría hacer variar y reforzar, en condiciones difíciles de prever, la fuerza de socavación”. Prueba de ello es que el río ya había destruido uno de los arcos del antiguo puente, que hubo de reconstruirse en 1906. Sus intuiciones estaban bien fundamentadas y en marzo de 1917, una extraordinaria avenida del Guadalete, con una fuerza y un caudal que no se recordaba, arrastró el primitivo puente de la Junta de los Ríos, así como los de Villamartín y Arcos y el que cruzaba el río en La Florida, hacia Jerez, con la tubería de abastecimiento del manantial del Tempul (3).

Así las cosas, la opción adoptada era tan novedosa como atrevida para la ingeniería de la época: construir una gruesa tubería formando dos grandes arcos sobre ambos ríos, a modo de puente, para salvar con ellos el valle. El propio González Quijano lo explica en un artículo que escribe para la Revista de Obras Públicas (1923) dando cuenta de los pormenores de la obra: “el paso de los ríos ha exigido así dos arcos: el del Majaceite situado en la dirección general del sifón, que atraviesa normalmente el río, y el del Guadalete, un poco desviado, aunque ligándose al resto del trazado por amplias curvas… Entre los ríos, y a uno y otro lado, el sifón se apoya sobre el terreno natural, por intermedio de una cama…” (4).



Antes de ser encauzada en los sifones, el agua llega hasta este lugar procedente de la presa de Guadalcacín, 8 km río arriba, a través del canal principal que discurre literalmente “colgado” en las laderas de la orilla izquierda del Majaceite a algo más de 23 m de altura sobre el nivel del río. En ese punto se construyó la boca de carga del sifón, en un ensanchamiento del canal que fue regulado por grandes compuertas. El ingeniero, describiendo las características de su obra señala que “la sección interior del tubo es de 2,50 m., con una velocidad media de 1,43 m, por segundo da paso a un caudal de 7 metros cúbicos/segundo



El espesor de las paredes que reposa sobre las camas es de 0,30 m.
” Este espesor de los tramos horizontales se ve engrosado en los arcos, cuya armadura interior está constituida por aros transversales unidos longitudinalmente por gruesas varillas de hierro recubiertos de hormigón. Los arcos tienen una luz de 40 m. salvando así el cauce de los ríos sin apoyos centrales. El espesor de la gruesa tubería de hormigón que forma los sifones varía de 46 cm. en los arranques, hasta 28 en la clave, el punto más alto de los arcos. Sobre ellos se alza una caseta o castillete que protege las ventosas, que no son sino tubos verticales colocados sobre los arcos que permiten la salida del aire que pudiera almacenarse en el interior de la conducción, evitando así, el “golpe de ariete” que pudiera producir en la estructura. Hasta estas casillas, visibles hoy entre las copas de los sauces y álamos que forman la galería del bosque de ribera, se accede través de una singular y empinada escalinata “defendida por barandillas”.

Una solución técnica novedosa.



La construcción de los sifones, conocidos popularmente como “las morcillas”, supuso en su época una importante innovación técnica, puesto que la forma tradicional de “U” que adoptan este tipo de obras para salvar el cauce de los ríos apoyando sus tuberías en un puente (“venter”), fue aquí desechada por el ingeniero. La solución novedosa por la que se optó fue la contraria, utilizar para la disposición de la conducción la forma de “U” invertida, con lo que las tuberías describen un “puente-arco” (5). Proyectados en 1915, se iniciaron sus cimentaciones en 1916, siendo necesario utilizar en esta obra el “tren de aire comprimido del Servicio Central Hidráulico”, que permitió inyectar el hormigón, a través de la gruesa capa de acarreos de arena y grava del río, hasta llegar a la roca de base de “arcillas azules”.



Las obras sufrieron un parón de más de tres años por “las dificultades experimentadas en los años posteriores para obtener el regular suministro de hierros y cemento, debidas a las perturbaciones acarreadas por la guerra (I Guerra Mundial)”. Reanudadas en 1920 se terminaron en 1921 y se pusieron en servicio en 1922. Para la construcción de los arcos fue preciso instalar una enorme cimbra (ver ilustración) en la que se apoyaron los encofrados de las tuberías, lo que permitió que en poco más de mes y medio se terminara esta fase del proyecto.

Tras su construcción, los sifones fueron un lugar de visita por lugareños y vecinos de los pueblos cercanos, así como por técnicos e ingenieros de toda España. Las excursiones y visitas a la Junta de los Ríos a conocer a conocer los puentes-arco, denominados popularmente como “morcillas” fueron muy frecuentes, existiendo numerosas fotografías de grupos, familias y excursionistas, al pie de las escaleras o en las inmediaciones de los sifones, que fueron también objeto de reportajes en las revistas especializadas de distintos países.

González Quijano, quien fuera también ingeniero y director de la presa de Guadalcacín, obtuvo por esta obra un gran reconocimiento. En su glosa sobre los ingenieros hidráulicos de la España del Siglo XX, el profesor Mendoza Gimeno destaca de González Quijano que fue “profesor de Hidráulica Teórica de la Escuela de Ingenieros de Caminos y hombre de tal sabiduría científica en todos los órdenes que transcendió más allá de nuestras fronteras; autor del notable sifón invertido en el río Guadalete, maravilloso ejemplo de lo que la técnica hidráulica alcanza cuando se pone al servicio de una potente imaginación como la suya” (6). La novedosa solución adoptada por nuestro ingeniero estuvo fundamentada técnicamente en laboriosos cálculos, de los que ofrece curiosos apuntes en un segundo artículo sobre la obra que escribe para la Revista de Obras Públicas, en 1924. González Quijano da en él prolijas explicaciones matemáticas sobre los cálculos realizados para la elección de la curva que adoptan los arcos, o para determinar el grosor de las paredes y la estructura de la armadura interna de los sifones (7).



Más allá de su inclusión en el catálogo de Patrimonio Hidráulico de la provincia de Cádiz, esta obra, de cuyo inicio se cumple este año un siglo y que mereció en su día todos los elogios de la comunidad técnica y científica, ha obtenido el mayor de los reconocimientos: su pervivencia en el tiempo.



Aquí están hoy, prestando los mismos servicios para los que fue diseñada hace cien años, las populares “morcillas, los sifones en arco del Majaceite y Guadalete, asomando los castilletes de sus claves por entre las copas de la alameda en el hermoso paraje de la Junta de los Ríos.

Nota: El sifón del Guadalete se encuentra dentro de las instalaciones de la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir, junto a la conocida Venta de la Junta de los Ríos, siendo necesario solicitar permiso para acceder a ellas. El Sifón del Majaceite es visible desde los accesos al antiguo puente de hierro y podemos aproximarnos hasta sus cercanías a través de un sendero que corre en paralelo a la ribera. En todo caso, el acceso sin permiso no está permitido.

Para saber más:
(1) Bestué Cardiel, I. y González Tascón, I.: Breve Guía del Patrimonio Hidráulico de Andalucía. Agencia Andaluza del Agua. Consejería de Medio Ambiente. Sevilla, 2006.
(2) González Quijano, P.: Alrededor del Pantano. Revista de Obras Públicas. 1916, Tomo I, p. 19.
(3) García Lázaro, A.: El Guadalete, Cuadernos de Jerez. Cuaderno del profesor. Ayuntamiento de Jerez, 1989.
(4) González Quijano. P.: “Sifón del Guadalete”. Revista de Obras Públicas. 1923 pp. 231-236
(5) Bestué Cardiel, I. y González Tascón,I.: Breve Guía… pp. 86-87
(6) Mendoza Gimeno, J.L.: Los Ingenieros Hidráulicos en España. Revista de Obras Públicas, junio, 1961, pp. 364-367
(7) González Quijano, P.: “Sifón del Guadalete II”. Revista de Obras Públicas. 1924, Febrero, pp. 37-40.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar Rio Guadalete, Patrimonio en el medio rural, Obras Públicas

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 21/02/2016

Un nuevo embalse en la Laguna de Medina.
Breve historia de un disparatado proyecto.




La consideración de los humedales como espacios naturales que merecieran ser protegidos, es una cuestión que ha empezado a ser admitida en nuestra legislación y en la opinión pública en las últimas décadas. Bien al contrario, desde el último tercio del siglo XIX y hasta muy avanzado el XX, una línea de pensamiento y acción política en materia de intervención en el medio, la corriente “higienista”, consideraba que marismas, lagunas y zonas húmedas eran espacios improductivos y podían ser foco de enfermedades, por lo que era necesario desecarlas.



La progresiva desaparición de los humedales.

Por citar sólo algunos ejemplos cercanos, a mediados del siglo pasado un amplio sector del entorno de Doñana, la antigua Laguna de la Janda o las marismas del Guadalquivir en Lebrija, experimentaron grandes transformaciones ambientales que terminaron con la desecación y el drenaje de inmensas superficies. En nuestro término municipal, las marismas de Mesas de Asta, Tabajete y Rajaldabas, así como las del Bujón y Casablanca, fueron objeto en la década de los 50 del siglo pasado, de obras de canalización para la construcción de grandes colectores, los Caños de Jerez y de Capita, a través de los cuales desaguan desde entonces estas tierras encharcadizas hacia el Guadalquivir. La misma suerte corrieron los aguazales del estuario del Guadalete, a caballo entre los términos de Jerez, Puerto Real y El Puerto de Santa María: las conocidas marismas de Doña Blanca, Cetina y Las Aletas, cuya puesta en cultivo se saldó con un gran fracaso.

A menor escala, muchas lagunas estuvieron también en el punto de mira de las tendencias desarrollistas y gran parte de ellas desapareció bajo el arado o sufrió daños irreversibles por los graves impactos a los que se vieron sometidas. Baste recordar en el entorno de Jerez, la roturación para su puesta en cultivo de las lagunas de Rajamancera (entre este enclave rural y La Ina), La Isleta (en Las Pachecas) o Bocanegra (en las cercanías de Roa La Bota), o la utilización de una parte de las marismas de Las Mesas y El Bujón, a los pies de Mesas de Asta, como balsas de decantación de la antigua Azucarera de Guadalcacín. La laguna de Las Quinientas, se transformó también, a finales de la década de los sesenta del pasado siglo, en balsa de los vertidos contaminantes de la Azucarera del Guadalete, estando activa durante muchos años. En la de los Tollos, junto a lo localidad de El Cuervo, se autorizó una explotación minera (entre 1976 y 1998) que dañó seriamente la laguna, si bien en la actualidad se están terminando los trabajos de restauración tras años de lucha de los colectivos ecologistas y ciudadanos.



Un proyecto de embalse en la Laguna de Medina.

La laguna de Medina, que con sus 375 hectáreas es la segunda en extensión de Andalucía después de la de Fuente de Piedra, estuvo también a punto de desaparecer, llegando a ser cultivada en toda su superficie durante los años más secos, viendo también reducida su extensión. Desde el 9 de abril de 1987, fecha en la que se declaró este espacio como Reserva Natural, goza ya de la protección legal que ha permitido su progresiva regeneración y su consolidación como uno de los humedales más importantes de la provincia. (1)

Sin embargo, traemos hoy aquí el recuerdo de un proyecto que en la década de los cincuenta del siglo pasado, a punto estuvo de convertir nuestra emblemática Laguna de Medina en un embalse. Aquellos tiempos de postguerra estuvieron marcados por la construcción de las grandes obras hidráulicas (los famosos “pantanosde Franco) y, en lo que se refiere a la provincia de Cádiz, son los años en los que se están construyendo las presas de Bornos y Los Hurones, así como las conducciones de abastecimiento de agua potable a la Zona Gaditana. El pantano de Guadalcacín, único en servicio en la cuenca del Guadalete, da servicio ya en esa época a una amplia zona regable a través de una extensa red de canales. Sin embargo la demanda de agua para riego y para el consumo humano e industrial no para de incrementarse y, junto a los proyectos de recrecimiento de la presa de Guadalcacín, surge una idea más eficaz y de menor coste económico: transformar en embalse la Laguna de Medina.

Veamos cómo se expone la idea en 1956, en una “Tirada aparte” de la Revista “Ibérica” (separata, diríamos ahora), dedicada a “Las obras Hidroeléctricas de la Provincia de Cádiz”:

Como las posibilidades hidráulicas del río Majaceite son superiores a las necesidades de las 10.000 hectáreas servidas por los actuales canales construidos y en construcción, se ha previsto la posibilidad de ampliar la superficie regable. Para utilizar el agua excedente se puede construir un embalse lateral aprovechando la Laguna de Medina, situada cerca de Jerez de la Frontera. Para ello basta construir una presa de unos 20 metros de altura que cierre la vaguada por donde la laguna desborda en época de lluvias abundantes. Con ello se logrará un embalse aproximado a los 25 millones de metros cúbicos.



La laguna no tiene aportaciones de agua, salvo la que recoge de las lluvias, por lo cual se proyecta llenar el futuro embalse llevando el agua desde el pantano de Guadalcacín, por los canales de la margen izquierda del Guadalete, durante los meses de invierno en que no se utilizan para riego
”. (2)



Nueva red de canales.



La Laguna de Medina veía así ampliado su vaso con un dique lateral (algo parecido a lo que se haría años después en la presa de Arcos), hasta poder contener en él un volumen que, aproximadamente, equivaldría al doble del que hoy se almacena en el embalse de Arcos. Para su distribución por las parcelas de regadío se aprovecharían también, según el proyecto, una parte de la antigua red de canales construida a principios del siglo XX por la empresa que levantó la Azucarera Jerezana en El Portal, de los que en la actualidad aún podemos ver algunos tramos en la zona de las Pachecas, Las Quinientas o el Palmar del Conde.

Para el aprovechamiento de este embalse lateral se daría salida al agua por el canal situado a más bajo nivel. Este canal riega las vegas inferiores de la margen izquierda y puede ser prolongado sin dificultad con lo cual se aumentaría la zona regable en una superficie de 1.800 hectáreas de terrenos de excelente calidad. En parte podrían utilizarse, con las necesarias reparaciones, unos antiguos acueductos y acequias de la desaparecida “Sociedad Agrícola Industrial del Guadalete” que explotó esta zona con agua elevada a principios de siglo”.

Desconocemos si D. Fernando Suárez de Tangil y Angulo, conde de Vallellano y Ministro de Obras Públicas de la época –quien visitó las obras de las presas que entonces se construían en la provincia-, encargaría a sus ingenieros “estudios de impacto ambiental” y si estos desaconsejaron finalmente la idea ante la previsible destrucción de este espacio natural... O tal vez, las grandes necesidades de cemento y acero que reclamaban las obras en curso en Bornos y Los Hurones, fueron las que frenaron definitivamente el proyecto.



El caso es que, a diferencia de tantas otras lagunas de nuestro entorno que terminaron como escombreras y balsas de vertidos o que fueron desecadas y puestas en cultivo, la Laguna de Medina se libró finalmente de convertirse en un embalse y hoy no tenemos que lamentarnos que aquel disparatado proyecto se hubiese llevado por delante uno de los mayores humedales de Andalucía. Afortunadamente.






Para saber más:
(1) Colón Díaz, M y Díaz del Olmo, F.: Las Campiñas. Guías Naturalistas de la provincia de Cádiz. IV., Diputación de Cádiz, 1990, p. 223.
(2) “Las obras hidroeléctricas de la provincia de Cádiz”. Tirada aparte de la Revista “Ibérica”, nº 335, agosto de 1956.
Nota: Las imágenes de lo planos del proyecto de embalse fueron subidas a la red por Pedro Oteo Barranco.
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Otros enlaces que pueden interesarte: Lagunas y Humedales, Puentes y Obras Públicas y Paisajes con Historia.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 14/12/2014

El acueducto de la Canaleja:
una pequeña obra con un gran valor.

Un lamentable accidente ha causado su destrucción parcial.



A nuestros amigos Gonzalo Ortiz Dorda -ingeniero en tierras zamoranas-
y Mª Carmen Pérez Baz
.

El pasado miércoles 19 de febrero, un aparatoso accidente en el que afortunadamente no ha habido que lamentar víctimas, ha tenido como consecuencia la destrucción parcial de un elemento singular de nuestro Patrimonio Hidráulico: el Acueducto de la Canaleja.

Como otras obras públicas relacionadas con el agua, el pequeño Acueducto de la Canaleja había atraído nuestro interés hace ya mucho tiempo. Nos llamaban en él la atención la sobria elegancia de sus formas y la grácil estructura de sus pilares y canales de hormigón, que aquí parecían reducir su pesadez, salvando el pequeño valle del arroyo de la Canaleja con aérea ligereza.

El acueducto quedaba al resguardo de todas las miradas, casi oculto, hasta que hace quince años, con la construcción de la Ronda Este, quedó expuesto a la vista de todos. Fue en aquellas fechas cuando muchos lo descubrieron, apenas sin uso, mostrando ya los signos de deterioro que amenazaban seriamente sus forjados. Fue también entonces cuando en sus alrededores comenzaron a levantarse bloques de pisos, a realizarse movimientos de tierras, a trazarse nuevos colectores y redes de alcantarillado, a aparecer montones de escombros y basura. Y lo que era una hermosa estampa, emergiendo entre huertos y arboledas, en la que podía verse una discreta, antigua y –como veremos- valiosa obra pública, empezó a perder buena parte de su encanto. Tras el accidente del pasado miércoles ha quedado seriamente “tocado de muerte”… si entre todos no impedimos que así sea.

Breve historia de una “pequeña gran obra”.

Hace ya más de diez años, nuestro amigo Gonzalo Ortiz Dorda, Ingeniero de Caminos en tierras zamoranas, nos había puesto en la pista de la importancia de esta pequeña obra que, por méritos propios, aparece ya recogida en un artículo de la Revista de Obras Públicas titulado “Un siglo de Hormigón Armado en España”, publicado en 1953. Su autor, el prestigioso ingeniero Alfonso Peña Boeuf, destacaba en él algunas de las obras que, por distintos motivos, habían sido pioneras en la aplicación del hormigón armado. De sus páginas ha sido tomada la antigua fotografía de la construcción del acueducto que ilustra este artículo y en la que sus técnicos nos muestran la cimentación de sus pilares centrales. (1)

Su historia comienza hace más de un siglo cuando el prestigioso ingeniero de caminos Pedro Manuel González Quijano, proyecta en los primeros años del siglo XX el Pantano de Guadalcacín, así como la extensa red de canales de riego que habría de llevar el agua a los más alejados rincones de las campiñas de Jerez y Arcos. En el verano de 1906 comienzan las obras de la presa que se termina siete años después. Sin embargo, los canales tendrían un accidentado desarrollo. Como señala el propio González Quijano en una conferencia pronunciada en 1915 en el Instituto de Ingenieros Civiles sobre “El Pantano y las Obras Hidráulicas” en 1913, terminada la obra de la presa “…empezaron por contrata los canales, contrata que ha sido preciso rescindir después de cerca de dos años perdidos…” (2). Se lamenta el ingeniero de la lentitud con la que progresan las obras de los canales que retrasarían, en la práctica, la puesta en riego de los Llanos de Caulina en más de dos décadas (3). Aunque en un próximo artículo recrearemos aquellas vicisitudes, lo cierto es que, poco a poco se van trazando los tramos principales de la red de canales, los sifones en arco del Guadalete y del Majaceite, -obras pioneras de la utilización del hormigón armado con una perspectiva novedosa en España- y otra obras singulares, que aunque menos llamativas fueron también de gran importancia, como túneles y acueductos.

Del lento progreso de estas obras nos da cuenta también el ingeniero Francisco González Quijano, hijo del autor del proyecto, quien en un artículo escrito a la memoria de su padre, en el aniversario de su muerte ocurrida en 1958, señala como “…en 1922 estaban ya terminados la presa, los canales principales con algunos acueductos de cierta consideración para la época, el túnel de Jédula y el sifón del Guadalete. Fue entonces cuando Pedro M. González Quijano vino de profesor de Hidráulica a la Escuela de Caminos y más tarde como consejero especialista al Consejo de Obras Públicas, y a partir de entonces la atonía de los poderes públicos y la falta de colaboración de los particulares interesados, retardaron la óptima cosecha que, afortunadamente, es ya una realidad, y puede decirse que los cincuenta años transcurridos son paralelos a la titánica lucha mantenida en sus campañas por el autor del proyecto”. (4)

El túnel de Jédula, determinante para que el agua llegase a la zona de Montecorto y desde aquí a Nueva Jarilla y los Llanos de Caulina, tardaría aún muchos años en terminarse después de la terminación de la presa, a juzgar por la petición que el alcalde de Arcos hace en noviembre de 1930 al gobierno para que se reanuden las obras de dicho túnel y se de así trabajo al gran número de obreros desocupados existente en el municipio (Diario ABC. 2/11/1930). Sea como fuere las obras avanzan con más lentitud de la debida y la red de canales se extiende progresivamente por toda la Zona Regable del Guadalcacín. Para salvar cerros y valles será preciso excavar túneles y construir sifones y acueductos, como el de La Canaleja, que se levantó en la década de los veinte del siglo pasado. ¡Hace casi un siglo!

El Acueducto de La Canaleja: una obra hidráulica singular.



Este acueducto formaba parte del canal de riego que en su largo itinerario desde la Junta de los Ríos hasta los mismos pies del Monasterio de La Cartuja, atravesaba el túnel de Jédula, cruzaba las tierras de Nueva Jarilla, regaba los Llanos de Caulina y las tierras de Guadalcacín y penetraba en las huertas y fincas de de la zona Este de la ciudad, en las cercanías del casco urbano.

El acueducto de 'La Canaleja' a su entrada en la ciudad.

Tras cruzar el arroyo de la Canaleja, el canal progresaba por la barriada de La Teja para “colgarse” literalmente, en los cortados que limitan el trazado de la autopista Sevilla-Cádiz sobre la orilla derecha del arroyo Salado, terminando junto al Monasterio de La Cartuja en las cercanías de Viveros Olmedo. Detengámonos ahora en las características más relevantes de esta obra.

La parte aérea del acueducto está formada por 13 grandes cajones de unos 22 m. de largo, aunque los dos de los extremos son de menores dimensiones. Uno de estos cajones, el situado en su extremo de salida de aguas es el que se ha sido derribado por un tráiler el pasado miércoles 19 de febrero. En el estudio que hace unos años pudimos hacer de la obra comprobamos que estas secciones que forman el canal presentan un perfil en “U” con una anchura total de 83 cm y un grosor de las paredes laterales de 10 cm, lo que deja libre una sección interior de 63 cm. La altura de los cajones es de 1,25 m.

Los apoyos se resuelven con estilizados pilares de hormigón armado de sección en “H”, que tienen en su perfil un grosor constante de 60 cm. La anchura de su base varía en función de su altura, y en los pilares centrales llega a tener 1,40 m. Esta anchura se va estrechando hasta reducirse a 90 cm. en la parta más alta de los pilares, en el punto donde se apoyan los cajones.

El acueducto salva los desniveles propios del valle del Arroyo de la Canaleja recorriendo una distancia aproximada de 260 metros entre su cabecera y su salida. Para ello fue necesario levantar 23 pilares de desigual altura, que están separados entre si a distancias también variables. La forma en la que descansan en los apoyos las distintas secciones del acueducto aéreo, de 22 m. de longitud cada una, fue resuelta por de manera ingeniosa por González Quijano.

Así, cada uno de estos cajones es soportado por dos pilares, separados entre si unos 12 m., sobresaliendo otros 5 m. de canal por cada lado del apoyo, a modo de voladizo. En cada unión se aprecian las juntas de dilatación que, sin un adecuado mantenimiento a lo largo de estos años, se han ido transforman en puntos por los que se han venido produciendo fugas y pérdidas de agua y, lo que es más importante, lentas y progresivas roturas del hormigón que dejan ver los forjados.



A consecuencia de esta peculiar disposición de los pilares, los tramos intermedios donde se unen dos secciones y en los que se aprecian las juntas de dilatación, son más cortos. La distancia entre cada pareja de pilares que sujetan a una misma sección disminuye así a 10 metros, de manera que alternativamente, se aprecia esta desigual separación entre ellos.

Hay que reconstruir el acueducto. Y ponerlo en valor.



Con motivo de la inauguración del Parque de la Canaleja, hace ya cuatro años, se limpiaron parcialmente los terrenos de las márgenes del arroyo que se había canalizado en su tramo superior.

Sin embargo no se intervino en los espacios más cercanos al acueducto que presentan desde hace una década un aspecto manifiestamente mejorable, donde no faltan los montones de tierra con los que habían de rellenarse las orillas del arroyo y las escombreras que, algunos ciudadanos desaprensivos se encargan de ampliar día tras día por más de que el ayuntamiento las limpia en ocasiones.

Todos esperábamos que, cuando definitivamente se urbanizasen las parcelas colindantes y se recuperase las márgenes del arroyo con nuevas zonas verdes, llegaría el momento en el que el Acueducto de la Canaleja se integraría definitivamente en este nuevo paisaje urbano. Y que lo haría de manera relevante, como el elemento sobresaliente y valioso de nuestro patrimonio hidráulico que es.

Secuencia de imágenes cedidas por José Trujillo Martínez.

Esperábamos ese día, y lo seguiremos esperando porque estamos seguros llegará y que este fatal accidente servirá para que, de una vez por todas, se reconstruya el tramo derribado y se restaure el Acueducto de la Canaleja y su entorno como se hace con toda obra valiosa en una ciudad normal de cualquier país normal.




Para saber más:
(1) Peña Boeuf, Alfonso.: Un Siglo de Hormigón Armado en España. Revista de Obras Públicas, 1953. Tomo I. Pg. 23-328
(2) González Quijano. P.M.: El pantano de Guadalcín y las Obras Hidráulicas. Revista de Obras Públicas. 1915. nº 2071. pg. 27
(3) VV.AA.: Historia y Geografía del Hábitat Rural de Jerez. Asociación para el Desarrollo rural de la comarca de Jerez. Ayuntamiento de Jerez. 1997.
(4) González-Quijano y González de la Peña, Francisco.: Realidades del Pantano de Guadalcín. Revista de Obras Públicas. 1959 Tomo I. nº 2935 pgs. 655-661.

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Si te interesa puedes ver más artículos en este blog relacionados con El río Guadalete, Patrimonio en el medio rural, Puentes y obras públicas.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, 22/02/2014

 
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