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Un cortijo con vistas a la bahía.
Un paseo por el cortijo de Frías, sus paisajes y su historia.




En la gran planicie que forman las Mesas de Bolaños, entre sembrados de cereal e imponentes “molinos de viento”, se encuentra el Cortijo de Frías, rodeado por todas partes de la quietud del campo. Allí aguarda al viajero que, procedente de la autovía de los Barrios o desde Jerez, se ha acercado a este lugar tomando la carretera que une El Portal con la Fábrica de Cemento. Al pie de esta vía y a la altura del cortijo de Roalabota, un camino que asciende suavemente entre trigales y aerogeneradores, nos lleva hasta este singular rincón de la campiña que se asoma también a la Bahía.

Un cortijo con historia.

Estos parajes del alfoz jerezano fueron tiempo atrás vastas dehesas de encinas entre las que discurría el antiguo camino de Vejer. Aunque en sus proximidades se encuentran cortijos como el de Roalabota -con nombre de resonancias árabes y del que ya se tiene noticia documentada en el siglo XVI-, el actual caserío de Frías tiene un origen más reciente, en el XIX.



En todo caso, el enclave en el que se asienta está cargado de historia y en las tierras de Frías, así como en las cercanas de El Tesorillo, Barja, Las Quinientas o Bolaños han aparecido vestigios de la época romana. En este último, colindante con Frías, algunos investigadores plantean el posible emplazamiento de centuriaciones ligadas al “Portus Gaditanus” (1). Y es que, las magníficas vistas que se dominan desde Frías –tanto de la campiña como de la Bahía de Cádiz-, la proximidad de las marismas y del estuario del Guadalete, la cercanía a un ramal de la antigua Vía Augusta romana y a los caminos medievales que se dirigían hacia el sur, fueron motivos de peso que facilitaron la colonización de estos terrazgos desde la antigüedad.

En las laderas que desde Frías y Bolaños, descienden hasta la Cañada de la Isla que bordea las marismas del Guadalete hasta Puerto Real, se han localizado restos de antiguos alfares romanos que darían salida a su producción en los embarcaderos del cercano estuario (2). El arqueólogo y epigrafista alemán Emil Hubner, quien estudió las marcas halladas en los restos de ánforas olearias acumuladas durante siglos en el conocido “monte Testaccio” de Roma, relacionó algunas



de estas marcas alfareras de mediados del siglo II d.C. con dos topónimos de esta zona. Así, asoció Barcufia y Barcufiense Lucidi, al cercano cortijo de Barja, mientras que Frigidum y Frigidense, los vinculó a la dehesa de Frías (3). Aunque esta interpretación ha sido puesta en cuestión (4), de lo que no cabe duda es de la importante presencia romana en estas tierras.

Pese a todo, no está claro el origen del topónimo que las bautiza, que bien pudiera derivar de un antropónimo castellano. No en balde, el historiador Agustín Muñoz y Gómez, al estudiar la procedencia del nombre de la jerezana calle Frías, nos recuerda que “el apellido Frías resulta ya en el libro del Repartimiento de casas de 1266, en que se asigna la casa núm. 60 de la collación de San Dionisio a Nicolás de Frías, escribano, y la núm. 226 á Pedro Martínez de Frías”. Junto a ellos existe constancia documental (1674) de “…D. Luis de Frías Ponce de León, hijo de D. Álvaro de Frías y de Dª Leonor Ponce de León. Desde 1827, existe en el callejero jerezano la calle Frías, cuyo nombre procede de los herederos del mencionado Luis de Frías” (5). Tal vez, sea de este personaje del que proceda también el nombre de este rincón de la campiña que, sea como fuere, encontramos ya en la cartografía del siglo XIX.



Así, en el Plano del Término Municipal de Jerez de Lechuga y Florido (1897), en los Planos del Catastro de Rústica (1899) y en el Plano Parcelario de López Cepero (1904), figuran ya reflejados la Dehesa, Pozos, Casa y Coto de Frías (6). Pero volvamos a nuestro tiempo y acerquémonos hasta Frías...

Frías: un cortijo con vistas a la Bahía.

Después de haber dejado atrás Roa La Bota, al pie de la carretera, una singular puerta nos señala ya el camino de acceso hacia las instalaciones del cortijo al que llegamos tras subir una pequeña cuesta que nos deja en una extensa planicie elevada conocida como Mesas de Bolaños. Colindante con el de Frías se encuentra el cortijo de Bolaños. Tiempo atrás constituían una misma propiedad dedicada al cultivo de cereal y a la ganadería de



lidia. En la actualidad, se conservan en Frías el caserío principal donde se ubicaba la residencia señorial y muchas de las antiguas dependencias, almacenes de aperos y graneros; mientras que las cuadras de caballos, la vieja gañanía y otras estancias quedaron en Bolaños, tras la separación. En los últimos años, en Frías se han adaptado buena parte de sus estancias como establecimiento hostelero abierto al turismo rural y a la celebración de eventos.

Entre los elementos más singulares del cortijo destacan el silo para cereal, cilíndrico y de bóveda semiesférica, levantado a finales del XIX o principios del XX, similar a los que se conservan en el cortijo de Casinas (en las proximidades de la Junta de los Ríos) o en el de Alcántara. Igualmente llamativa es la torre almenada que se utilizó como mirador y que se ubica en uno de los ángulos del patio, a la que se accede por una escalera exterior.



El resto de las edificaciones (señorío, puerta de entrada, dependencias…) fueron construidas en diferentes momentos de los siglos XIX y XX y se organizan en torno a un patio central que conserva la original armonía de la arquitectura popular y tradicional del campo andaluz, con cierto sabor historicista (7) En el patio hay también una pequeña capilla y un panel cerámico de la Virgen de la Merced realizado en los talleres trianeros. Alrededor de otro gran patio de labranza se distribuyen las cuadras de caballos, cocheras, almacenes de aperos…



Uno de ellos ha sido remodelado como sala de celebraciones donde se llevan a cabo habitualmente todo tipo de eventos.

Como recuerdo de que Frías fue décadas atrás un cortijo muy vinculado a la ganadería, aún se conservan en sus alrededores grandes pozos y abrevaderos. Frente a la entrada principal hay también una pequeña plaza de toros que se utiliza en la
actualidad para tientas, capeas y espectáculos ecuestres y taurinos. Tal vez, para mantener viva la memoria de la antigua ocupación ganadera del cortijo, se instalaron en la fachada principal azulejos con motivos camperos y taurinos, obra de distintos talleres alfareros sevillanos, que pueden contemplarse entre las ventanas.

Pero sin duda, lo que más nos llama la atención es el cuidado jardín que se extiende delante de la entrada principal del caserío. Rodeado de setos y palmeras, el jardín de 12.000 m2, cuenta con amplias praderas de césped salpicadas de macizos de flores y macetones para los que se han aprovechado los antiguos bebederos para el ganado labrados en arenisca.



El jardín ofrece hermosos rincones donde crecen también una gran variedad de árboles, arbustos y trepadoras que alternan entre los setos y parterres.



Otro espacio entre la arboleda, ha sido habilitado como terraza y comedor al aire libre, sombreado por moreras, palmeras, cipreses, higueras… En uno de los extremos del jardín se encuentra la piscina, rodeada también de vegetación. ¡Un pequeño paraíso con vistas al campo… y a la bahía!

Frías y el flamenco.

Pero aún hay más. Y es que este singular cortijo tiene también raíces flamencas. El conocido escritor jerezano Manuel Ríos Ruiz, menciona en su antología poética “La memoria alucinada” (8), al Cortijo de Frías, en el que su padre trabajó y al que ayudaba en su niñez en las faenas del campo. En otro de sus escritos rescata la memoria de José Junquera, casero del cortijo y cantaor flamenco, del que dice Ríos Ruiz: “José Junquera era el casero del Cortijo de Frías, allá en los años cuarenta y tantos. Estaba casado con Anica Montoya, hermana de La Bolola. Era un bizcocho como persona, un gitano señor de Santiago que admiraba a Venturita y a Miguel del Pino, a Manolo Caracol y a Melchor de Marchena. Como sabía que me gustaba leer cuanto caía en mis manos, me guardaba los periódicos que los señores o sus chóferes se dejaban en el salón de las copas, después de las batidas de perdices o de las carreras de liebres con los galgos. Más lo que mantengo más vivo en mi memoria de la persona de José Junquera, es su cante por soleá. Le recuerdo sentado en el patio del cortijo, al ponerse el sol, cantando en soledad, mandando el cante al cielo con la mano y la mirada, cual sacerdote ejerciendo un rito, creando un ámbito de solemnidad que a mi espíritu de zagal le dejaba un mensaje lírico y musical emocionante, algo que me injertó cierto sentido de la verdadera jondura flamenca”. (9)

Manuel Ríos Ruiz, tiene también un recuerdo al Cortijo de Frías en su obra “Ayer y hoy del cante flamenco” y así, en su dedicatoria, reconoce la importancia que tuvo para él los cantes que escuchó en Frías en su niñez y que le marcaron para siempre: “A la memoria de los gañanes gitanos que trabajaron en el Cortijo de Frías, en la campiña de Jerez de la Frontera, especialmente a José Junquera (el casero), Manuel Junquera (el sobajanero), José el Charamusco (el alambrista) y El Tito (el pelaor de ovejas), porque en sus voces cantaoras, allá en los años de 1943 a 1948, empecé a conocer el cante y a distinguir los estilos". (10).



Una historia que se remonta a los tiempos de la presencia romana, una singular arquitectura popular, unos hermosos jardines que rodean las estancias del cortijo, unas raíces flamencas… se dan cita en Frías. Y junto a todo ello, las vistas de la Bahía, de la campiña, de la sierra de San Cristóbal… Y el campo, la quietud del campo.

Para saber más:
(1) Rambaud, F.: “Portus Gaditanus. Hipótesis de un nuevo emplazamiento”, Revista de Arqueología nº187, Madrid, 1996, pp. 24–35.
(2) Pemán, C.: “Alfares y embarcaderos romanos en la provincia de Cádiz”, Archivo Español de Arqueología, XXXII, 1959, pp. 169-173. De este trabajo ha sido también tomado el mapa del estuario del Guadalete.
(3) Chic García, G.: “Lacca” . Habis, 10-11, 1979-1980, p. 11. Y López Amador J.J. y Pérez Fernández E. : El Puerto Gaditano de Balbo. El Puerto de Santa María. Cádiz. Ediciones El Boletín. 2013, p, 36
(4) López Amador J.J. y Pérez Fernández E. : Obra citada, p, 36.
(5) Muñoz y Gómez , A.: Calles y Plazas de Xerez de la Frontera. Edic. Facsímil 1903, BUC, p, 180.
(6) Lechuga y Florido, A.: “Plano del Término Municipal de Jerez de la Frontera”. Arreglado a la escala de 1/100.000 para la Guía de Jerez de 1897. Archivo Histórico Provincial de Cádiz.: Trabajos Topográficos. Provincia de Cádiz. Ayuntamiento de Jerez de la Frontera. Escala 1:25.000, 1899. López-Cepero, Adolfo.: Plano Parcelario del término de Jerez de la Frontera. Dedicado al Excmo. Sr. D. Pedro Guerrero y Castro y al Sr. D. Patricio Garvey y Capdepón. 1904. patrocinadores del proyecto, por D. Adolfo López Cepero.- Año de 1904. Escala 1:25.000.
(7) VV.AA.: Cortijos, haciendas y lagares. Arquitectura de las grandes explotaciones agrarias en Andalucía. Provincia de Cádiz. Junta de Andalucía. Consejería de Obras Públicas y Transportes. 2002, p. 211.
(8) Ríos Ruiz, M.: La memoria alucinada
(9) Ríos Ruiz, M.:Tres evocaciones de voces flamencas”, en Catavino de Papel, Diario de Jerez, 23/01/2009
(10) Ríos Ruiz, M.: Ayer y hoy del cante flamenco, p, 7.


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Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar Cortijos, viñas y haciendas, Paisajes con historia, El paisaje y su gente, El paisaje en la literatura.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 6/11/2016

Jaramagos.
Ya está aquí la primavera.




Ya está aquí la primavera. Y este año la estrenamos en domingo, cuando ustedes leen estas páginas. Fiel al ritmo de los días y al cotidiano repetirse de las estaciones, con esa precisión con la que los sabios calculan el incesante movimiento de los astros, la primavera de 2016 ha comenzado puntualmente este domingo 20 de marzo a las 05:30 hora oficial peninsular, según los cálculos del Observatorio Astronómico Nacional.

En su rigor teórico, los astrónomos informan que durará 92 días y que terminará el 21 de junio a las 0:34 para dar paso al verano.

Pero en la práctica, los indicios de la primavera, las múltiples señales con las que se manifiesta, llevan ya entre nosotros varias semanas en las que, pese a las escasas lluvias del invierno, asistimos al renacimiento de todo lo vegetal.



Ya está aquí la primavera y de nuevo los brotes de los árboles y arbustos, las hierbas y las flores, van cambiando poco a poco el aspecto del campo, del paisaje y así, cuando recorremos estos días los caminos de la campiña, sale la primavera a nuestro encuentro por todos los rincones.



Especialmente llamativas son para nosotros las flores de las cunetas, esas que pasan desapercibidas para la mayoría de los paseantes y que son despreciadas por casi todos como “malas yerbas”.

Elogio del jaramago.



Entre las más humildes de las flores, pocas tan hermosas como el jaramago. Apenas el invierno dobla el mes de febrero y si las lluvias han sido oportunas, los jaramagos empiezan a pintar de amarillo los linderos de los campos, los bordes de los caminos, los ribazos de los arroyos. En pocas semanas, anunciando ya la primavera, su tenue follaje y sus vistosas y diminutas flores, como si de un cuadro impresionista se tratara, visten de color los baldíos, los terrenos incultos, las laderas y cunetas de los carriles, los setos, los solares abandonados, los viejos muros…

En un alarde de aérea ligereza, se enseñorean en los tejados de las viejas casas y, aún con cierto descaro irreverente, lo hacen también en las cornisas de las iglesias mostrando sus tenues y delicados colores. A nuestro entender, su sencilla belleza los rescata del reino de las “malas yerbas” al que se les había condenado, por su persistente omnipresencia y por esa forma obstinada con la que se instalan, más que como invasores, como auténticos supervivientes que resisten entre las ruinas y los escombros.



Los sencillos y hermosos jaramagos ya habían sido ganados para la literatura y elevados a los altares de las letras gracias a Rodrigo Caro, quien hace más de cuatro siglos, los inmortalizara en su célebre Canción a las Ruinas de Itálica como imagen viva de la decadencia:
“Este despedazado anfiteatro,
impío honor de los dioses, cuya afrenta
renueva el amarillo jaramago,
ya reducido a trágico teatro,
¡oh fábula del tiempo!, representa
cuánta fue su grandeza y es su estrago.”



Un mismo nombre para muchas flores distintas.

El jaramago, o mejor dicho los jaramagos, así en plural, es el nombre común de diferentes especies de plantas herbáceas, pertenecientes también a distintos géneros de la familia de las Crucíferas. Sus matas, con tallos, muy ramificados, llegan a alcanzar los 60 u 80 cm de altura, destacando en ellos sus pequeñas flores amarillas (o blancas en algunas especies), que se caracterizan por tener cuatro pétalos en forma de cruz, lo que da nombra a la mencionada familia. Las flores se disponen en largas espigas terminales. Sus frutos pasan también desapercibidos, y presentan el aspecto de unas diminutas vainas casi cilíndricas, torcidas ligeramente en las puntas, conteniendo muchas semillas que garantizaran su presencia y dispersión en años sucesivos. De ellas se alimentan numerosas especies de aves granívoras.

En nuestras campiñas comparten este nombre, como se ha dicho, diferentes especies, siendo las más conocidas Diplotaxis siifolia, Sisymbrium irio o S. officinale, de tallo piloso. Junto a ellas son también muy comunes Diplotaxis cathólica, D. virgata o D. erucoides, esta última de pequeñas flores de color blanco.



Entre otras especies de jaramago que podemos ver en torno a Jerez mencionaremos también a Hirschfeldia incana, jaramago de pequeñas flores blancas, o Sinapis alba, conocido también como mostaza blanca, de delicadas flores amarillas (1).



Volviendo a la literatura, nuestro gran poeta Manuel Ríos Ruiz, acudió también a esta humilde flor (“flor mínima”) para dar título a una de sus obras Los predios del jaramago, con la que fue galardonado con el premio “José María Lacalle 1978”. En muchos de los poemas de este hermoso libro, por su fuerza evocadora, se hace alusión al jaramago, como por ejemplo en el titulado Travesía de la celda: “…Este jaramago crece/ del puro escombro, cenicienta carne, cuerpo/ en pena de una historia creada en su camino” (2).

Otros muchos poetas han tenido presente al jaramago en sus obras, como el arcenés Julio Mariscal, Antonio Machado, Rafael Alberti o Juan Ramón Jiménez quien dedica a su amigo Javier de Intuyesen el hermoso texto titulado Trigo y Jaramago (3).



Sin embargo, nada mejor para expresar la serena belleza que para nosotros encierran estas humildes flores que recordar lo que otro gran escritor de esta tierra, Sebastián Rubiales, dice de ellas en su novela Del viento al infinito:

Recuerda la existencia humana a la flor del jaramago, tan escasa de dones, sin olor, sin vistosidad, sin delicadeza, tan poca cosa, y, sin embargo, tan fieramente constante, tan inquebrantable, rebrota una y mil veces en las condiciones más hostiles para una planta. Su acerada voluntad nace entre escombros y supera, una tras otras, todas las adversidades de una manera sorprendente. Del mismo modo, el hombre” (4).

Imagina el lector que, por estas razones, ya no podemos pensar que los jaramagos, los hermosos jaramagos que nos anuncian cada año la primavera son “malas hierbas”. Feliz primavera.


Para saber más:
(1) Íñigo Sánchez García y José Carlos Moreno Fernández.: Flora Silvestre Gaditana. Colabora Junta de Andalucía, Consejería de Medio Ambiente, Jerez, 2008
(2) Manuel Ríos Ruiz: Los predios del Jaramago, Editorial Oriens, Madrid, 1970, p, 70.
(3) Juan Ramón Jiménez: “Trigo y Jaramago”, dedicado a Javier de Winthuysen, en “Diario de un poeta recién casado” Calleja, 1917, p, 231
(4) Sebastián Rubiales.: Del viento al infinito, Pre-Textos, 2000.

Nota: agradecemos a nuestro amigo José Manuel Amarillo Vargas, autor del Blog Naturaleza, sitios y gentes, sus magníficos macros sobre jaramagos que ilustran este capítulo.


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Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar Flora y fauna, Paisaje y Literatura, Miscelánea

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 20/03/2016


Por la campiña de Jerez con Manuel Ríos Ruiz.



“PORQUE lo quiso Undivé, porque Undivé lo quiso, desde el sitial más alto de los sueños,
desde la víscera sustancial de las Andalucías,
desde su pijotera entraña tan santísima, con su dedo decididor y cabalístico
en el nombre de Jerez, de sus campesinos y artesanos, de su misterio
y litigio,
nació –digo: cantó-, aconteció Manuel Torre".

Así, con este potente y magistral arranque, con esa invocación a Dios, el Undivé de los gitanos, comienza “Razón, vigilia y elegía de Manuel Torre”, obra con la que el gran escritor jerezano Manuel Ríos Ruiz obtuvo el Premio Nacional de Poesía Flamenca de 1977.

De todos es sabido que Ríos Ruiz, uno de nuestros poetas más premiados y reconocidos, se había consagrado ya como uno de los grandes cuando en 1972 recibió el Premio Nacional de Literatura. Entre otros muchos galardones, el Premio Hispania, que en 1991 le fue entregado en Nueva York por el conjunto de su obra, vino a realzar aún más la proyección internacional de quien, junto a su poesía, ha llevado siempre el flamenco y el “campo” de Jerez a la literatura.

El campo y los paisajes de la campiña en la obra de Ríos Ruiz.

El primer y gran acierto de Ríos Ruiz ha sido el desplazar la pasión andaluza del paisaje al lenguaje, de la historia al idioma...” dejó escrito, de su obra, otro grande: Francisco Umbral. Sin embargo, una de las razones por las que nos gusta leer a Rios Ruiz, es porque en muchos de sus trabajos, "además de envolvernos con su lenguaje apasionado, nos sumerge, también con pasión, en el paisaje, en el campo y en las tierras de la campiña, en torno a Jerez.

Razón, vigilia y elegía de Manuel Torre”, como no podía ser de otra forma, tiene como referentes centrales, el gran cantaor jerezano, el flamenco y Jerez. Pero como telón de fondo, como escenario, Rios Ruiz hace también un canto al paisaje de la campiña que conoce como pocos. Esta obra es, más que ninguna otra, toda una antología de topónimos, cortijos, pagos, viñedos, parajes… Todo un inventario de la geografía del campo de Jerez. Y al nombrarlos, Ríos Ruiz, gana ya estos lugares para la literatura. Vamos a comprobarlo, transcribiendo unos hermosos fragmento, en los que se recrea en el día en que nació Manuel Torre, y desde San Miguel…




“…escuchábanse, en su alturas y capillas, retumbar los relinchos
y galopes de los potros cartujanos, allá por
Jédula, La Jarilla y La Jareta,
Cerro Blanco y La Zangarriana
, por los llanos
de Caulina
y la Gradera
, por encima de los torrejones del Castillo Melgarejo, desde
Vico
a Torrecera, jarreos, jinetes, voceríos de Los Garciagos y de Gibalbín,
de Martelilla, de La Matanza, La Matancilla y La Matanzuela,
Fuente Bermeja y El Carrascal, los desolados campos hirsutos
que clamaban sus latitudes, meandros, laderas, eriales, albinas y albedríos,
tierras de pan buscar, montes, dehesas, cotos cerrados, ventorrillos, mundos
propios del señorito enjaezado, cacique y campechano, dios y luzbel.




Con la fuerza de sus palabras, como si de un torbellino, de una corriente torrencial se tratase, Ríos Ruiz concita los nombres de parajes y rincones de nuestra campiña, tratando de congregarla toda con su apasionado verbo. Y así, en su poema, vuelve a esas retahilas de lugares, de cortijos, de pagos de viña, a “ese alarde enumerativo, de regusto unamuniano”, en palabras del poeta José Lupiañez, estudioso de su obra.




ASI Jerez, así al costado del levante y su campiña cortijera,
con el Guadalete por verónicas guadalizando desde Cartuja al Portal,
Los Albarizones en flor de agua –liquen y fuente- camino de Lomopardo
y Montealegre, pagos de Solete, Las Abiertas y Parpalana, pegujales,
huertas, cojumbrales, planteras para el hambre y la salud, penitencias
y territorios de la calabaza y la lechuga, removida tierra candeal,
alomada y fresca, encelo del ciruelo, ostensorio de la higuera, primores
del naranjo y su azahar, almendros y perales, feria del albérchigo, valle
del perillo,
oh parra, espiga, mazorca, chícharos, panizo, alberjones
lujos en los ojos, fiesta del paladar acariciada, resoles vegetales del
recuerdo.
OH Jerez,
oh tierra consumida y abinada sol a sol, rememora, acuérdate
de tus aconteceres y tus siglos en torno a Manuel Torre, de cuánta mies y
belleza
aureolada te naciera al norte en Carrizosa, en tu cacho Almocadén,
sobre las recónditas ruinas de Asta Regia, Tabajete allí en pleno
y ánimo, Cañada de Albaladejo, barros calientes de Bujón,
pulmón terrenal de cada viña, de sus pámpanos y suspiros en albariza:
Casarejo, Burujena, Monteagudo, Ventosa, Macharnudo, el Cerro
común de Santiago,
La Aína amorosa y capital.
El harén
de cepas de Los Tercios y El Marrufo, cuyos liños encandilan, sobrecogen.




¿No es magistral ese recorrido por los pagos y los frutos, por cerros y cañadas, por la historia…? Pero no acaba aquí ese itinerario de sensaciones, y el poeta no podía olvidarse, en este despliegue de ese territorio apasionado de nuestra campiña, de aquellos rincones que le eran más familiares. Conviene recordar, que Ríos Ruiz visitaba con frecuencia las tierras de La Matanza, Bolaños, Roa La Bota y, especialmente, Frías, cortijo en el que su padre trabajó y al que ayudaba en su niñez en las faenas del campo, tal como nos recuerda en su antología poética “La memoria alucinada”… Pero sigamos con otro hermoso fragmento del poema que dedica a Manuel Torre:




LA vida en pos, creciendo, la comunión de los jazmines y los dondiegos
en los aporcados arriates, agrimensuras insólitas del sur, lontananzas
hacia Bolaños, Frías, Caricortao,
ranchos del Calvario, del Beato y de La Bola,
toros de Roa La Bota, olivareras lindes de Las Quinientas, Sierra
pesebre de San Cristóbal. Cuestas del Chorizo, barranco, término
luminoso, luz inaprensible aspirando el mar, haciendo nido a la bahía.
Y los barbechos en vuelo -Cerro del Cuco, Cerro del Viento- a las nubes
de una atlántica ilusión de bajamares y de surbajos, troníos
del agraz,
latifundios abrazando a la ciudad, entrando por puertas
y postigos, en el redor del siglo diecinueve, cuando Undivé quiso
confirmarnos
la voz, el sentimiento ancestral, el grito cuajarón y dolorido
naciendo entre lagartijas y salamandras, tanagra y tronco,
perfil endrino,
esqueletomaquia de todos,
bizarro y sonoro Manuel Torre.”



Todos los paisajes, toda la rica geografía de nuestra campiña, todos los nombres del campo de Jerez, ya para siempre en la literatura, de la mano de la poesía de Manuel Ríos Ruiz.

Para saber más:
- Razón, vigilia y elegía de Manuel Torre
- Página oficial de Manuel Ríos Ruiz
- José Lupiañez: La poesía bajoandaluza de Manuel Ríos Ruiz, 1999.

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Sobre El paisaje en la literatura y El paisaje y su gente "entornoajerez" hemos publicado también...

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 08/02/2015

 
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