Mostrando entradas con la etiqueta Los Arquillos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Los Arquillos. Mostrar todas las entradas

La “Torre de Cera”.
Una torre vigía del Jerez andalusí (y II).




(Continua de la semana anterior)

Aunque desde la lejanía el viejo torreón de Torrecera se nos antoja, todavía hoy, una obra sólida y altiva, solo cuando nos acercamos hasta ella podemos apreciar el deterioro y la ruina de sus muros y el riesgo real de que termine desplomándose por completo si no se llevan a cabo tareas de consolidación.

Tras solicitar la correspondiente autorización, accedemos a la torre desde el aparcamiento de la bodega Entrechuelos y llegamos a ella en un corto paseo por una empinada cuesta que discurre entre olivares y viñedos. La base de esta construcción es de planta cuadrada y aunque no es posible conocer con exactitud sus dimensiones originales, podemos estimar unas medidas aproximadas de 10 m de lado en su base y unos 8-9 metros de altura en la parte más elevada de los muros que se mantienen en pie en la actualidad.

El tapial: una curiosa técnica constructiva.

Está edificada con la técnica de tapial, al igual que la cerca almohade de Jerez, procedimiento constructivo que puede apreciarse también en otras torres repartidas por el término, como las que se conservan parcialmente en el cortijo de Pedro Díaz, en el de Alíjar o en la cerca que rodea la torre de Gibalbín.



El observador curioso deducirá, a la vista de las numerosas huellas y marcas de los encofrados que permanecen todavía en los muros, algunos detalles de esta antigua técnica muy utilizada por los alarifes andalusíes. Cedemos la voz, por un momento, a Ibn Jaldun, el sabio musulmán que en el s. XIV nos describe en su obra Al-Muqaddimah la construcción de estos muros de tapial:

…Otra rama, es formar las paredes con la sola arcilla. Se sirve para esta operación de dos tablas, cuya longitud y anchura varían según los usos locales; pero sus dimensiones son, en general, de cuatro varas por dos. Se colocan estas tablas en los cimientos, observando el espacio que debe separar entre ambas, conforme a la anchura que el arquitecto ha juzgado conveniente dar a dichos cimientos. Se mantienen entrelazadas por medio de travesaños de madera que se sujetan con cordeles o lazos; se cierra con otras dos tablas de pequeña dimensión el espacio vacío que queda entre los (extremos de) las dos tablas grandes, y se vierte allí una mezcla de tierra y cal que se apisona enseguida con pisones hechos a propósito para este fin. Cuando esa masa ya está bien comprimida, y la tierra suficientemente amalgamada con la cal, se agrega todavía de las mismas materias, una y otra vez, hasta que el vacío quede completamente colmado. Las partículas de tierra y cal se hallarán entonces tan bien mezcladas que forman un solo cuerpo compacto. Luego se colocan esas tablas sobre la parte del muro ya formada, se repite la operación y así se continúa hasta que las masas de tierra y cal, ordenadas en líneas superpuestas, formen un muro cuyas partes quedan totalmente aglutinadas, como una sola pieza. Este género de material se llama “tabia” (de atoba, o adobe); el obrero que lo hace se designa con el nombre de “tawab”. (1)

El material empleado para la construcción de las tapias que observamos en la Torre de Cera, que aún hoy se nos muestra como un mortero de consistencia pétrea con un aspecto que nos recuerda al moderno hormigón, era básicamente tierra arcillosa húmeda, arena, grava y cal, materiales fáciles de obtener en el entorno de la obra. En los cortes de los muros puede apreciarse la grava de grano muy fino, en la que aparecen también algunos guijarros de mayor calibre y en la que no hemos visto restos de fragmentos cerámicos que si se han utilizado en los morteros de otros lugares. Esta mezcla, en proporciones adecuadas, se vertía en el interior de un encofrado en capas sucesivas de unos 10 o 15 cm de grosor (tongadas), siendo compactada a golpes con la ayuda de pisones. Como señalan Rosalía González y Laureano Aguilar en su estudio sobre El sistema defensivo islámico de Jerez de la Frontera estos cajones de madera o tapiales que actuaban de encofrado, estaban formados por “tablas rectangulares de gran longitud y entre 12 y 15 cm de altura, dispuestas horizontalmente, llamadas cimbras, sujetas entre sí por unos travesaños verticales llamados costales, fijados dos a dos en la parte superior mediante listones de madera o cuerdas” (2).

Cuando estos cajones se llenaban, apisonando las capas de argamasa fuertemente, y una vez que el mortero se había fraguado, se separaba el encofrado y se trasladaba para seguir completando el muro por hiladas horizontales. Completada la primera, se avanzaba en altura situando las tapias de manera contrapeada para evitar que las juntas verticales quedaran superpuestas, ganando así el muro en solidez. Para ello, como describen los mencionados autores, sobre la tapia ya terminada “se colocaban los durmientes, agujas de madera instaladas en sentido transversal que servían para sostener el siguiente cajón. Estas agujas sobresalían por las caras exteriores del tapial y disponían de muescas en las que se introducían los costales verticales” (2). Estas maderas podían disponerse a todo lo ancho del muro o, como se aprecia también en esta torre, sin atravesarlo en su totalidad, utilizándose para ello dos trozos independientes, uno para cada lado del muro, que penetran unos 40 cm. Al crecer en altura las tapias, estas maderas sobresalientes que se habían utilizado para apoyar los cajones del encofrado, quedaban incrustadas en el muro y eran retiradas o aserradas. Con el tiempo, al desaparecer por distintos motivos, han ido dejando esos huecos tan llamativos que salpican regularmente los muros de la torre –los mechinales- algunos de los cuales han incrementado su tamaño original debido a la erosión.

La Torre en la actualidad.



Observando los restos de los muros de la torre puede apreciarse que la altura de las tapias es aproximadamente de unos 80-90 cm, llegándose a contar hasta 11 filas de tapias –la última muy destruida- en los sectores más altos de los paredones. La distancia horizontal entre los mechinales es también variable, siendo la más frecuente entre 75 y 80 cm. El muro orientado hacia el este se ha desplomado, encontrándose en el suelo grandes bloques compactos que pueden corresponderse con otras tantas tapias, lo que nos da idea aproximada de sus dimensiones. Tanto en ellas como en los cortes de los muros que han quedado al descubierto, descubrimos un grosor cercano a un metro. La longitud de estas tapias (o lo que es lo mismo, de los cajones utilizados en el encofrado), se acerca en algunos casos a los dos metros.

El muro norte presenta a media altura una oquedad, a modo de puerta o ventana, en cuya parte superior se aprecian los restos de un arco de ladrillo, sobre el que observa una gran grieta que amenaza con partirlo. En este muro se observa con claridad que a partir de la séptima hilada de tapias, el aspecto de las mismas parece más terroso y menos consistente, lo que podría corresponder a diferentes momentos constructivos o a un posterior recrecimiento o restauración con distintos materiales. Los mechinales en estas tapias superiores son también de mayores dimensiones.



Esto mismo se aprecia también en el muro oeste, el más completo de los cuatro. En él llama la atención una oquedad y una posible restauración con empleo de hiladas de piedras de pequeñas dimensiones para consolidar varias tapias erosionadas. En su parte superior se aprecian también tapias de distinta composición y medida que las situadas en las primeros niveles.

Muy llamativa es la grieta de separación entre ambos muros, lo que puede dar a entender que en los vértices no se contrapearon las tapias. En estos perfiles puede apreciarse la penetración horizontal –hasta la mitad del muro- de las agujas de madera que sujetaban el encofrado.

La pared sur de la torre sólo conserva seis hiladas de tapias y, parcialmente, los restos de una séptima, mostrando también las mismas una composición uniforme. En la esquina en la que se une al muro oeste presenta también una preocupante grieta longitudinal.



Por último, los desplomes nos permiten observar, en el caos de bloques originado, el grosor y longitud de sus tapias. A juzgar por la erosión superficial de los materiales y por la altura de la capa de suelo acumulado entre ellos, el muro debió arruinarse hace mucho tiempo.

Un mirador excepcional.



Como el lector podrá suponer, un cerro elegido hace casi un milenio para la construcción de una torre vigía, debe contar con vistas panorámicas excepcionales que permitan controlar visualmente un amplio territorio. En efecto, el Cerro del Castillo (141 m), en cuya cima se emplaza un vértice geodésico, es también un mirador privilegiado que nos permite asomarnos a un amplio sector de la campiña gaditana. Así, desde cada uno de los lados de la torre, podemos contemplar el soberbio espectáculo que se nos brinda hacia los cuatro puntos cardinales.



Al Norte se divisan, en la lejanía, los perfiles de la Sierra de Gibalbín, cerrando el horizonte. A nuestros pies, en esta misma dirección, descubrimos los Tajos de El Infierno bordeando el meandro que forma el Guadalete en la extensa vega que se extiende entre El Torno, Torrecera, San Isidro y La Barca de la Florida, pueblos unidos por el curso del río al que delatan sus alamedas.



Son los paisajes del regadío y de los poblados de colonización que se aprecian desde aquí a vista de pájaro. Siguiendo el sentido de las agujas del reloj, destaca el blanco caserío de Arcos que se desparrama sobre su inconfundible “peña”.



Al Este, los relieves de la Sierra de Grazalema se nos muestran en toda su extensión y más cerca, los de las sierras del Valle, de las Cabras, del Aljibe… Al Sureste, en las laderas de la Sierra del Valle, junto a una gran cantera, se adivina la torre de Gigonza y puede seguirse también el curso de la cañada de Los Arquillos, por el valle donde discurre el Salado de Paterna y en el que sobresale el cerro, casi cónico, de Cabezas de Santa María. Sobre él, en la lejanía, queda Paterna, entre parques eólicos, y ya donde se pierde la vista, el castillo de Torre Estrella.



Hacia el Sur, despunta el cerro de Medina y, más cerca, el Cortijo de Torrecera, en el que destaca su pantaneta. Algo más hacia el Oeste nos llama la atención una zona de colinas cubiertas por monte bajo: son los Entrechuelos, Bajos y Altos, topónimo que da nombre a los vinos que se crían en las bodegas de la finca Torrecera, cuyas instalaciones observamos también desde aquí a vista de pájaro y cuyos viñedos crecen en estas faldas del Cerro del Castillo, cargadas de historia, llegando, como los olivares, hasta los pies de la Torre.



En dirección Oeste se aprecian, en primer plano, las tierras de los cortijos de Espínola y de Doña Benita, que albergan un gran parque eólico. Muy cerca de nosotros, despunta el Peñón de la Batida, sobre el Guadalete y los cerros de Chipipi.

En la lejanía, la vista se nos va hasta Jerez, que se extiende en la campiña, junto a la Sierra de San Cristóbal y los cerros de albariza que cierran el horizonte. La vega baja del río se aprecia desde aquí en toda su extensión y, desde este privilegiado balcón podemos observar como el valle del Guadalete, que ha venido manteniendo desde Puerto Serrano una orientación NE-SO, cambia bruscamente a los pies del Cerro del Castillo para dar un giro de noventa grados hasta tomar el rumbo NO, camino de la Bahía.

Con un emplazamiento como este y unas vistas tan singulares, no es de extrañar que este lugar fuese escogido, hace ya casi un milenio para construir una importante torre vigía que jugó un papel estratégico en las luchas de frontera. La misma torre que acabaremos perdiendo si no se realizan en ella las obras de consolidación que detengan la ruina de sus muros.

Para saber más:
(1) Azuar, Ruiz, R.:Las técnicas constructivas en al-Andalus. El origen de la sillería y del hormigón de tapial”, V Semana de Estudios Medievales. Nájera. 1995, Pg. 133. (Traducción de J. Ferés, 1977).
(2) González Rodríguez, R. y Aguilar Moya, L.: El sistema defensivo islámico de Jerez de la Frontera. Fuentes para su reconstrucción virtual. Fundación Ibn Tufayl de Estudios Árabes, 2011,. Págs. 41-48.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Puedes ver otros artículos relacionados en nuestro blog enlazando con :

- Un recorrido por las torres y castillos en torno a Jerez
- El Castillo de Berroquejo. Un sobreviviente de las luchas de frontera.
- Por La Torre de Pedro Díaz. Paisajes fronterizos en torno a Jerez.
- Patrimonio en el medio rural
- En la Torre de Melgarejo con Fernán Caballero.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 07/06/2015

La “Torre de Cera”.
Una torre vigía del Jerez andalusí (I).




Dominando las tierras del bajo Guadalete desde Arcos hasta los Llanos de la Ina, el Cerro del Castillo, en Torrecera, es un hito paisajístico de primer orden presidido en su cima por una torre almenara de época islámica, cuyos viejos muros de tapial son visibles desde la lejanía.

La torre formaba parte del sistema defensivo en torno al Jerez andalusí y su origen hay que buscarlo, tal vez, en la expansión demográfica que, como ha señalado Laureano Aguilar, experimenta la región a partir del siglo XII. Como consecuencia d ello se consolidan un buen número de aldeas y alquerías, algunas de ellas fortificadas, repartidas por el extenso alfoz de nuestra ciudad (1). Aunque se desconoce cuándo fue levantada, se atribuye su construcción a las primeras décadas del XIII. De lo que no cabe duda es del papel destacado que debió jugar en la defensa del territorio por el dominio visual que desde ella se tiene del curso medio del Guadalete y de sus vegas y campiñas circundantes.

El emplazamiento estratégico de esta torre vigía estuvo vinculado también al control de una importante vía de comunicación de gran importancia hasta los siglos medievales. Se trata de la ruta que ponía en conexión las campiñas sevillanas y las riberas del Guadalquivir con el Campo de Gibraltar a través de la Sierra de Gibalbín y la vega Baja del Guadalete. En este sector, la mencionada vía, cruzaba el río por el Vado de Sera, a los pies de la torre, para continuar a través del valle del Salado de Paterna en dirección a Alcalá de los Gazules y Medina Sidonia siguiendo en parte el trazado de la actual Cañada de Los Arquillos.

Tras los rastros de Xera y Ceret en la historiografía clásica.

Desde antiguo, tanto las ruinas del torreón como los topónimos vinculados a ellas (“Cera” o “Torre de Cera”), reclamaron la atención de la historiografía tradicional y desataron las especulaciones de los historiadores locales, queriendo ver en este emplazamiento el de antiguas ciudades relacionadas con nuestro pasado remoto.

Así, por citar sólo algunos ejemplos, Fray Esteban Rallón, vincula este lugar a la Xera mencionada por Estéfano de Bizancio geógrafo del s. V d. C., que recoge a su vez los testimonios de Teopompo, historiador griego del s. IV a. C. El texto de éste último (Xēra, polis peri tas Herakleious stelas), muy discutido, alude a una ciudad, Xera, cercana a las columnas de Hércules.



A diferencia de los eruditos locales, que quisieron ver en ella la más remota referencia histórica al emplazamiento de la actual Jerez, el padre Rallón descarta ya a mediados del XVII estas teorías y para ello, acude a una argucia no menos disparatada: buscarle a esa posible ciudad de Xera otra ubicación.



El lugar mencionado por Estéfano Bizantino, escribe, “… no es nuestra ciudad, sino un sitio despoblado, que hoy conserva el mismo nombre, y se llama la Torre de Cera, donde se descubren ruinas de edificios antiguos, y en quien concurre mejor que con nuestro Xerez” (2).

El historiador Bartolomé Gutiérrez (1787), al ocuparse de las torres y fortalezas repartidas por el término de Jerez menciona la de Cera, recordando que otros autores asocian este topónimo al de Ceret: “Más al occidente en otro alto cero está la torre de Cera ó del Serrallo,… es también fuerte más no tanto como la de Jigonza, en este sitio nos apropian el de la antigua Ceret, por estar en tierras de labor y la moneda de este nombre gravar las dos espigas, como símbolo de la feracidad del terreno…” (3).

Xera y Ceret, nada menos, fueron situadas en estas ruinas por algunos de aquellos historiadores locales que, a buen seguro, nunca visitaron el lugar, ya que hubiese bastado observar sus muros para ver en ellos similitudes claras con la cerca islámica de la ciudad de Jerez, que todos identificaban como “obra de moros”.



Habrá que esperar al siglo XIX para que otros estudiosos como Parada y Barreto (1876) tiren por tierra estas tesis de la historiografía tradicional: “La suposición de que Cerét debía corresponder al sitio que ocupa la torre de Cera; que ha sido la opinión más generalmente admitida en razón de la analogía de ambas palabras, es a nuestro modo de ver inadmisible. El nombre de Torre de Cera no se encuentra mencionado sino posteriormente a la conquista del territorio jerezano y pudo haber tomado tal nombre del apellido de algún caballero de los que acompañaban a Alonso el Sabio, a quien acaso le fue dada por el Rey o tuviera ocasión de dejar por cualquier hecho, recordando su nombre en tal castillo” (4).

Con Alfonso XI en el Vado de Sera.

Sea como fuere, el enclave de la Torre de Cera jugó durante los siglos medievales un importante papel defensivo y de control del territorio, primero para los musulmanes y después, tras la conquista de Jerez por Alfonso X el Sabio, para los nuevos pobladores cristianos.

Conviene recordar que la vía de comunicación ya mencionada y que discurre paralela al curso del Salado de Paterna, a los pies de la torre, ha sido utilizada como paso natural entre estas tierras desde la más remota antigüedad.



En las cercanías se ubicaba una de las obras más notables del acueducto romano de Tempul a Gades, el sifón de Los arquillos, algunos de cuyos vestigios aún son visibles hoy día, habiendo sido objeto de recientes estudios por parte de los investigadores del proyecto AQUADUCTA. No hay que olvidar que desde la torre de Torrecera existe también conexión visual con las torres de entrada y salida del sifón del acueducto que se alzan en sendas lomas en los cercanos cortijos de Los Isletes y Los Arquillos.

En el Medievo este camino pudo ser, a juicio del profesor F. Hernández, la ruta seguida por Musa b. Nusayr en sus primera incursión, tras la victoria de Tarik en 711, quien según este autor, cruzaría el Guadalete por el Vado de Sera en su avance hacia las campiñas sevillanas, una vez conquistada Medina Sidonia (5). Como señala el profesor Juan Abellán, este mismo lugar fue paso obligado en el Jerez andalusí para las rutas que se dirigían a Vejer y Medina (por el camino de Algeciras descrito ya por al-Idrisi) y, especialmente, a Alcalá de los Gazules, pasando por Los Arquillos (6).



En algunas fuentes medievales cristianas como la Crónica de Alfonso XI, se subraya de nuevo la importancia de este lugar. Así, por ejemplo, en su camino hacia Alcalá de los Gazules, en el marco de una operación militar para liberar a la fortaleza de Gibraltar del cerco al que le había sometido el infante Abu-Malik, Alfonso XI acampará con sus tropas a orillas del Guadalete el 23 de junio de 1333. Habían cruzado por el Vado de Sera, como refleja la Crónica, para continuar al día siguiente en paralelo al Salado de Paterna, tomando la dirección de Alcalá. (7 y 8).

En estos siglos en los que el valle del Guadalete fue tierra de frontera, la Torre de Sera o de Cera, como se la llamará a partir de la dominación cristiana, formará parte del cinturón de torres vigía, atalayas o almenaras distribuidas por la campiña, con muchas de las cuales mantenía una buena conexión visual. Así, entre las torres, fortalezas o castillos que quedaban en su campo de visión, citamos las de Gigonza (a 12 km, al este), el castillo de Medina Sidonia (a 15 km al sur) o el de Torre Estrella (a 19 km al SE). Algo más lejos se divisa el castillo de Arcos (21 km NE), Jerez (19 km al O) o la Sierra de San Cristóbal (18 km al O) en cuya cumbre existió otra torre almenara. En el horizonte, hacia el Norte, se divisa también la Sierra de Gibalbín, a 25 km, que contaba con una de las torres vigías de mayor importancia estratégica en la época medieval, cuyos restos aún se conservan.

(Continuará en la próxima entrada)
Para saber más:
(1) Aguilar Moya, L.: “Jerez islámico”, en D. Caro Cancela (coord.), Historia de Jerez de la Frontera I. De los orígenes a la época medieval, Cádiz, 1999, pg. 243-244.
(2) Rallón, E.: Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera y de los reyes que la dominaron desde su primera fundación, Edición de Ángel Marín y Emilio Martín, Cádiz, 1997, vol. I, pg. 13.
(3) Gutiérrez, B.: Historia y Anales de la muy noble y muy leal ciudad de Xerez de la Frontera, Edición facsímil. Tomo II. BUC. Jerez, 1989, vol I, pg. 35.
(4) Parada y Barreto D. I.: Hombres ilustres de la ciudad de Jerez de la Frontera . Edición facsímil. Extramuros, Sevilla, 2007.Pg. 11.
(5) López Fernández, M.: De Sevilla al Campo de Gibraltar. Los itinerarios de Alfonso XI en sus campañas del Estrecho. Historia Instituciones y Documentos, 33, (2006) p. 317.
(6) Abellán Pérez, J.: La cora de Sidonia, Málaga, 2004. Pg. 41
(7) Catalán Menéndez-Pidal, D.: Gran crónica de Alfonso XI. Edición crítica y estudio. Madrid: Seminario Menéndez Pidal. Ed. Gredos, Madrid, 1976. Vol 2 Pg.43
(8) López Fernández, M.: El itinerario del ejército castellano para descercar Gibraltar en 1333.
Espacio, tiempo y forma. Serie III. Historia medieval, nº 18, 2002. Pg. 185-208


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Puedes ver otros artículos relacionados en nuestro blog enlazando con :

- Un recorrido por las torres y castillos en torno a Jerez
- El Castillo de Berroquejo. Un sobreviviente de las luchas de frontera.
- Por La Torre de Pedro Díaz. Paisajes fronterizos en torno a Jerez.
- Patrimonio en el medio rural
- En la Torre de Melgarejo con Fernán Caballero.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 31/05/2015

Tras las huellas del acueducto de Gades por el valle de Los Arquillos (II)


Durante el S.XVIII se suceden diferentes informes técnicos encargados al objeto de intentar recuperar el acueducto para el abastecimiento de Cádiz. En todos ellos se alude al sifón de Los Arquillos, como uno de los puntos de mayor interés y dificultad. Así, por ejemplo, el conde O´Reilly solicitó a diversos ingenieros de la época el reconocimiento de los restos de la obra con la intención de su rehabilitación. Ignacio Garcini, arquitecto de la ciudad de Cádiz (1782) recorre el trazado del acueducto junto al Maestro Fontanero Antonio Ruiz Florido, concluyendo que era posible su rehabilitación. Un año más tarde, los ingenieros militares Antonio Hurtado y Vicente de Rueda llevan a cabo una expedición en toda regla y un exhaustivo estudio del primer tramodel acueducto realizando hasta 130 catas en los lugares donde encuentran restos. En 1785, el Ingeniero Hidráulico italiano Scipion Perossini, y el también ingeniero francés Henri Bouchon du Bournial elaboran un completo informe de la totalidad de la obra y de las intervenciones necesarias para su puesta en funcionamiento.

Perfil del sifón de Los Arquillos según González-Tascón, Bestué Cardiel y Velázquez

En su reconocimiento del sifón de Los Arquillos, Ignacio Garcini muestra su admiración por los romanos y plantea reconstruirlo, elaborando un detallado croquis de su perfil en el que figuran los restos que se conservan en esta época de los que da detalles en su informe. Perossini, sin embargo, cuestiona la viabilidad del sifón y la posibilidad de que los romanos hubieran podido atravesar el Valle del Salado de Paterna a través de esta obra. En los datos técnicos que se aportan en los diferentes informes se aprecian algunas variaciones. Lagóstena Barrios y Zuleta Alejandro aportan los datos del informe de este último ingeniero quien estima que el acueducto debió discurrir en atanores de piedra machihembrados “durante una legua de cañería..., y tal vez más”. De la misma manera apuntan que “Garcini también nos expone que sobre las arcuationes del vientre discurre el acueducto durante 861 metros a una altura máxima de 15 metros sobre el fondo del valle para pasar el Arroyo Salado de Paterna, y que las rampas de bajada y subida estarían enterradas”. Por su parte, Bestué Cardiel y Pérez Marrero, señalan que en el informe de ingeniero D. Vicente de Rueda (1786), se establece “… la longitud del sifón de los Arquillos en 2.984 m. y señala que está construido con atanores de piedra de diámetro interno entre 30 y 33 cm., salvando una profundidad máxima hasta el arroyo de 79 m. y con una diferencia de cotas entre las soleras de las minas entrante y saliente de 12 m. aproximadamente. Se establece que el caudal aportado por el manantial en 1.783 era de 345.600 pies3/día, equivalente a 9.787 m3/día”.


Estas misma autoras, partiendo de una serie de datos conocidos (longitud aproximada del sifón de 3600 m., pérdida de carga total de 12 m., gradiente hidráulico m/km de 3,33m y diámetro interno de las tuberías de 0,33 m) han planteado que según la capacidad de transporte del canal del acueducto (12.500m3/día), “…se puede hacer una primera aproximación del número de tuberías en paralelo con las que probablemente contó el sistema, las cuales debieron estar entre 2 o 3”.


Por nuestra parte, y para hacernos una idea aproximada de las arquerías del vientre del sifón, nos hemos permitido una pequeña “licencia”: recrear la imagen del acueducto a su paso por el Salado de Paterna con esta fotografía del actual acueducto que puede verse en los Llanos de la Ina. Los restos del sifón hoy. En una soleada mañana de domingo hemos vuelto a Los Arquillos para visitar los restos del acueducto que aún se mantienen en pie. Ya en otra ocasión tuvimos la oportunidad de subir hasta el Cerro de la Torre, donde se encuentran los restos del torreón arruinado en el que tenía su inicio el sifón. Entre los escombros de sus muros aún pueden verse algunos atanores de piedra de la cañería que, procedente de las tierras del cortijo de Los Isletes Altos, inicia desde aquí un pronunciado descenso hasta el valle, enterrada bajo los viñedos y campos de cereal que hoy ocupan este paraje. Ya en el cortijo de Los Arquillos, se aprecian a media ladera, antes de cruzar el arroyo el arranque de las arcuationes, cuyos restos aparecen semiocultos por la vegetación y que nos dan una pista del lugar donde se iniciaban los primeros arcos. Dejando atrás el cortijo tomamos un carril que nos conduce hasta un vado por donde cruzamos el Salado para dirigirnos hasta los pies de una gran pilastra construida con sillares de piedra, una de las muchas en las que se apoyaron las arquerías de ladrillo y piedra que constituían el “vientre” del sifón por el que la cañería (o las cañerías) cruzaba el arroyo en un tramo aéreo cercano a los 700 m. En este lugar podemos imaginar que el acueducto casi doblaba en altura a la que hoy presenta la pilastra, por lo que el aspecto de la obra debió ser impresionante. Continuamos ahora en la dirección que seguía la cañería que nos delatan los numerosos restos que aún se conservan en la ladera de las arcuationes. Escombros, arranques de pilastras, sillares, bloques de piedra y hormigón romano… se esparcen aquí entre la vegetación. En uno de los montones nos parece adivinar la traza de la bóveda de un arco, en otro se aprecian algunos restos de ladrillo... Siguiendo ladera arriba en línea recta, por donde debió estar enterrada la cañería, llegamos al poco a lo más alto del Cerro de los Arquillos (conocido también como Monte de la Silla), donde aún nos sorprenden los restos de otro sólido torreón. Con sus recios muros bien trabados por sillares de piedra, la que fuera la torre de salida del sifón de los Arquillos está emplazada en un cerro desde el que se contempla un amplio panorama y desde el que podemos seguir, con toda nitidez el trazado del acueducto a su paso por el Valle de Los Arquillos. Los restos de los arcos y de las cañerías del sifón debieron ser más evidentes hasta hace sólo unas décadas, tal como se comprueba en la ortofotografía de 1956 (del conocido como “Vuelo Americano”) donde se aprecian aún muchos restos hoy desaparecidos. De la misma manera, el trazado de los tramos enterrados de la cañería se adivina entre los sembrados, donde se aprecia una línea de diferente coloración que los delata. Cincuenta años después, aún persisten las huellas del sifón de los Arquillos, también en las imágenes aéreas. Nos hemos detenido en esta segunda torre, para contemplar el valle del Salado que discurre plácidamente buscando el Guadalete entre el cerro de Cabeza de Santa María y la Loma de la Rendona, cubierta de viñedos. A lo lejos se adivina el torreón de Torrecera y más allá los pinos de Cuartillo y Gibalbín. Desde la “torre de salida”, una vez superado el sifón, el acueducto continua su trazado por tierras del cortijo de Las Piletas en dirección hacia Gades… Pero de ello nos ocuparemos en un futuro recorrido.







Ver POR EL VALLE DE LOS ARQUILLOS TRAS EL ACUEDUCTO ROMANO DE GADES en un mapa más grande

Para saber más: - Barragán J.M., Coord..: Agua, ciudad y territorio. Aproximación geo-histórica al abastecimiento de agua a Cádiz. Cádiz. 1993 pp. 98-111 - Bestué Cardiel, I. y González Tascón, I.: Breve Guía del Patrimonio Hidráulico de Andalucía. Agencia Andaluza del Agua. Consejería de Medio Ambiente. Sevilla, 2006 pp. 92-95. - González-Tascón, I, Bestué Cardiel, I. y Velázquez I.: The Organization of Building Work and Construction of Siphons in Roman Aqueducts in Hispania. De este trabajo procede el croquis del sifón de los Arquillos. - Lagóstena Barrios, L. y Zuleta Alejandro, F.: Gades y su acueducto: una revisión. En La Captación, los usos y la administración del agua en Baetica: Estudios sobre el abastecimiento hídrico en comunidades cívicas del Conventus Gaditanus. UCA, 2008 Pgs.114-169. - López, Tomas: Mapa geográfico de los términos de Xerez de la Frontera Tempul Algar sus despoblados y pueblos confinantes : Dedicado al Excmo. Señor Conde de Florida Blanca... Madrid 1787. - Martín Gutiérrez, E.: La identidad rural de Jerez de la Frontera. Territorio y Poblamiento durante la Baja Edad Media. Servicio de publicaciones Universidad de Cádiz, 2003. P. 77, 120. - Sánchez López, E.: Introducción a los acueductos romanos en Andalucía. Arqueología y Territorio. Nº 5, 2008 - Perez Marrero, J. y Bestué Cardiel, I.: Avance del estudio hidráulico del acueducto romano de Gades. IV Congreso de las Obras Públicas en la Ciudad Romana. CITOP. Lugo 2008.

Puedes ver otros artículos relacionados en nuestro blog enlazando con "Por el Acueducto romano de Tempul: en el Cerro de la Torre", Paisajes con historia y Patrimonio en el medio rural.

 
Subir a Inicio