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Con Eduardo Torroja en La Barca de La Florida.
El puente atirantado del acueducto de Tempul: una singular obra de ingeniería.



Los viajeros que desde Jerez toman la carretera de Cortes y cruzan el Guadalete por el conocido como Puente de Hierro de La Barca, habrán reparado a buen seguro que por este lugar – conocido como Vado de La Florida- salvan el río otras dos grandes estructuras. La más moderna es un arco de hormigón que soporta la conducción del acueducto de los Hurones. Construido en la década de los cincuenta del siglo pasado para el abastecimiento de agua potable a la Zona Gaditana: las poblaciones de la Campiña y la Bahía de Cádiz. Algo más lejos, casi oculto entre las alamedas del río, reclama nuestra atención el puente atirantado del acueducto de Tempul, una singular obra de ingeniería, casi centenaria, que hoy les invitamos a visitar.

Su origen hay que buscarlo en la gran riada de 1917, (1) de la que nos hemos ocupado en estas páginas de “entornoajerez”. Esta descomunal avenida del 7 de marzo de 1917 se llevó por delante el puente de Villamartín, el de San Miguel en Arcos, el de la Junta de los Ríos y el puente-sifón de celosías de hierro por el que en este mismo lugar cruzaba el Guadalete la tubería del acueducto de Tempul del que se abastecía de agua potable la ciudad de Jerez. Construido por el ingeniero Ángel Mayo para la Sociedad de Aguas, constaba este antiguo puente de “tres tramos de 25 metros de luz el del centro, y de 20 cada uno de los laterales con arcos de sillería en ambas márgenes" (2) y tenía como punto débil el apoyo de dos de sus pilares en el mismo lecho del río, como el propio ingeniero había reconocido (3).



Tras su destrucción y gracias a la intervención del joven ingeniero de minas Juan Gavala Laborde, se construyó una presa de gaviones que de manera provisional pudo dar continuidad a la conducción del acueducto de Tempul, utilizando para ello las tuberías que el citado ingeniero había dispuesto en Villamartín para un sondeo petrolífero. La exitosa y brillante obra dirigida por Gavala (4), permitió a la Sociedad de Aguas de Jerez un pequeño respiro hasta encontrar una solución definitiva. Conscientes de que era preciso construir un nuevo puente sobre el Guadalete con el que sustituir al que la riada de 1917 había destruido, se encargó la obra a una de las empresas más relevantes del país: la Compañía de Construcciones Hidráulicas y Civiles. El proyecto y ejecución de este puente-acueducto sería encargado por sus responsables a un joven ingeniero: Eduardo Torroja.

Eduardo Torroja: un ingeniero innovador.

Eduardo Torroja Miret (1899, 1961) era hijo del eminente matemático Eduardo Torroja Cavallé de quien desde sus primeros años recibió una sólida educación impregnada de rigor científico. Entre 1917 y 1923 cursa los estudios de Ingeniero de Caminos con gran brillantez, gracias a lo cual su profesor, José Eugenio Ribera, que había fundado años antes la Compañía de Construcciones Hidráulicas y Civiles, le ofrece colaborar con él. En dicha empresa trabajará Torroja hasta 1927, en el que abrirá su propia oficina de proyectos. En estos primeros años de ejercicio profesional, el joven ingeniero destacará ya por las soluciones técnicas novedosas que aporta a las obras que proyecta. Entre sus primeras realizaciones, junto a la cimentación de los puentes de San Telmo en Sevilla y de Sancti Petri en San Fernando, figura el puente-acueducto de Tempul que le ha hecho figurar en la historia de la ingeniería civil española como uno de los pioneros del hormigón pretensado.



Torroja proyecta el puente-acueducto en 1925, y las obras, dirigidas sobre el terreno por el ingeniero Francisco Ruiz Martínez, se realizarán durante los dos años siguientes, dándose por terminadas en enero de 1927. El proyecto original proponía salvar la distancia de 280 m. que separan los dos extremos del perfil del valle del Guadalete con un acueducto formado por 14 tramos de cajones de 20 m de longitud apoyados sobre pilas.



Si bien la mayoría de las pilas se cimentaban sobre terrenos que sólo eran cubiertos por el río en momentos de grandes crecidas, dos de ellas debían hacerlo en el cauce, a más de 11 m. de profundidad, lo que encarecía notablemente la obra.



Los estudios geotécnicos aconsejaron evitar la construcción de estos pilares, por lo que Torroja hubo de modificar el proyecto buscando una solución ingeniosa. Pero dejemos que él mismo nos lo relate, tal como lo hacía en un artículo que ese mismo año escribió para la Revista de Obras Públicas (5):



El puente está formado por once luces rectas de 20 m. y una tipo “Cantilever” de 57 m. La sección transversal es una caja constituida por dos paredes o cuchillos de 1,50 m. de alto y 0,15 de espesor unidos por dos losas del mismo grueso. Sobre la inferior apoya la tubería de fundición por intermedio de camas de hormigón, y la losa superior sirve al mismo tiempo de pasadera y de cabeza de compresión del tramo. La tubería de fundición, de 42 cm, queda así abrigada de la intemperie, es cómodamente inspeccionable, y para facilitar la reposición de sus tubos se han dispuesto aberturas cada 20 m en la losa superior, tapadas normalmente con losas de hormigón… La particularidad de la obra está en la luz principal formada por dos ménsulas de 20 m de voladizo y un tramo central de 17 m. apoyado en ellas.

Cada “cantiléver” o ménsula está constituido por dos tramos de 20 m, análogos a los descritos, unidos por tirantes de cable hormigonado que apoyan sobre la pila a una altura de 5,80 m. sobre el tramo.


Torroja se detiene en los datos técnicos y, en especial, en las tensiones soportadas por los cables que sujetan las ménsulas o tramos voladizos, superiores a 200 t., que se resisten con “…cuatro cables de acero de 63 mm de diámetro, formados por siete cordones de 37 alambres cada uno…”. Estos tirantes, que después se recubrirían de hormigón, eran uno de los elementos más relevantes de la obra, de ahí que el ingeniero se detenga en su descripción: “están formados por un cordón central de 37 hilos de acero dulce y otros seis cordones análogos en hélice de acero alto en carbono, y han sido suministrados por la Sociedad José María Quijano, Forjas de Buelna”.


El puente atirantado: una solución ingeniosa.

Pero ¿dónde radica la innovación de la solución adoptada por el ingeniero? Como el propio Torroja señala, “la dificultad principal de construcción está, al parecer, en tensar el cable para que al entrar en trabajo no ceda excesivamente. Pero esto se resolvió con toda facilidad por el siguiente procedimiento: la cabeza o parte superior de la pila se hormigonó separada del resto de tal modo que pudiera desplazarse verticalmente, para lo cual las armaduras verticales quedaron libres en tubos preparados al efecto y los cables apoyaban sobre camas de palastro empotradas sobre la cabeza de la pila.



Pasado el mes de fraguado de los tramos se levantaron las cabezas de las pilas con gatos hidráulicos tensando con ello los cables hasta hacer despegar los tramos de la cimbra, y se enclavó la obra terminando de hormigonar las pilas y haciendo el revestimiento de los cables.
” El ingeniero se extiende en detalles técnicos y así, explica que se utilizaron dos gatos hidráulicos capaces de levantar 60 t. cada uno, alojados en cajas preparadas al efecto. Poco a poco se fueron elevando las cabezas de las pilas para que los cables ganaran tensión, llegando a levantarlas hasta 40 cm, mientras que la punta del tramo-ménsula lo hacía sólo 5 cm., despegándose así de la cimbra construida en el lecho del río, que a modo de potente andamiaje, sujetaba la caja central hasta que los cables, al ser tensados, pudieron soportar su peso.

Torroja alude a este momento, tan especial, y describe como “después de descimbrado y sobrecargado el tramo se retiró la cimbra y se esperó veinte días, observando durante este periodo las deformaciones plásticas de los cables, que se amortiguaron completamente en diez días.” Posteriormente se procedió a hormigonar los huecos que quedaban entre las pilas y sus cabezas, retirando los gatos hidráulicos utilizados para elevarlas al tensar los cables y vertiendo una lechada de hormigón por los pozos en que quedaban alojadas las barras verticales de la armadura. El paso siguiente fue hormigonar los cables ya “pretensados”.

El ingeniero ofrece también otros detalles de interés y así, por ejemplo, informa que “la cimentación de las pilas es directa a 4 m. de profundidad, excepto en la dos pilas de la luz principal, cimentadas con ocho pilotes de hormigón cada una, de 8 m. de largo”.



Entre otros datos curiosos, valora la gran calidad del cemento empleado, de la marca ”Sansón”, la valiosa colaboración del ingeniero jerezano Francisco Ruiz Martínez, director de la obra, o del perito mecánico Ricardo Barredo. De la misma manera aporta información sobre el coste del proyecto: “la obra se contrató por 240.720 pesetas, o sea 1350 pesetas por metro lineal; los trabajos se comenzaron en otoño (de 1925), construyendo a una marcha moderada toda la parte que quedaba fuera de avenidas ordinarias y reservando para el verano la parte del río, o sea los 100 m que comprende la estructura de la luz principal; el 10 de mayo (de 1926) considerando pasado el peligro de avenidas, se empezó a cimentar esta parte; el 18 de junio se comenzó la hinca de pilotes para poyo de la cimbra; el 24 de julio el hormigonado del primer tramo y el 26 de septiembre se terminó de hormigonar el último. El 28 de octubre, ante el peligro de una avenida, se tensaron los cales dejando el puente virtualmente descimbrado y en condiciones de utilización; el 19 de noviembre, pasado el temporal de lluvias, se terminó el descimbramiento y nivelación; el 12 de diciembre se enclavaron las pilas, y el 15 de enero las juntas del hormigonado de los cables, dejando la obra completamente terminada y repasada, aunque el plazo de ejecución no termina hasta octubre próximo”…



Una obra a prueba de avenidas.

La puesta en servicio, ese mismo año de 1927, permitió prescindir de aquella obra de emergencia que Juan Gavala realizara 10 años antes. La solidez del nuevo puente-acueducto, bautizado con el nombre de San Patricio (en honor a Patricio Garvey, benefactor del proyecto) fue puesta a prueba en las grandes avenidas de junio de 1930. En aquella ocasión, la estación de aforo del Pantano de Guadalcacín registró un caudal para el Majaceite de 915 m3/s. y en la cerrada de Bornos se evaluó en 1.100 m3/s.



Aguas abajo, en la vega del Guadalete el caudal superó los 2000 m3/s, ocasionando, la rotura del estribo del Puente de Hierro de la Florida como recogía, en una noticia sobre las inundaciones, el Diario de Jerez del 7 de junio de 1930. El acueducto de Torroja, como vemos en las imágenes de aquellos días, resistió aquella avenida dando muestras de la solidez de su estructura.



En 1956, en un artículo titulado “Cincuenta años de hormigón armado en España”, el acueducto de Tempul ya era considerado como una de las obras pioneras en esta materia (6) y lo ha seguido siendo en numerosas publicaciones de ingeniería. En diciembre de 1961, el año de su muerte, la Revista de Obras Públicas rindió homenaje a Eduardo Torroja, reconociéndolo como “insigne maestro” y uno de los más notables ingenieros del siglo XX (7). En la selección de las obras más relevantes que ilustran este amplio reportaje figura, en primer lugar, el Acueducto de Tempul del que se afirma: “Si se considera la época en que fue realizada la obra, se nos muestra con toda claridad el autor del proyecto como un auténtico precursor del hormigón pretensado”.

El puente atirantado: “Patrimonio Hidráulico de Andalucía”.



En 2006, el puente–acueducto de Torroja, que forma ya parte del paisaje fluvial, fue incluida en el catálogo del Patrimonio Hidráulico de Andalucía (8) por sus sobresalientes valores, describiéndolo como “una obra equilibrada de gran belleza formal, un ejemplo significativo de las estructuras de hormigón armado próximo al ideario funcionalista tradicional en los ingenieros de caminos de las primeras décadas del siglo XX”.



En el año 2008, siendo ya una obra “octogenaria”, le llegó el momento de su restauración integral tras décadas de progresivo deterioro. La empresa municipal Aguas de Jerez acometió obras de reparación y adecentamiento al término de las cuales el acueducto ofreció una imagen renovada que consiguió revitalizar esta obra, considerada ya como “clásica” en la ingeniería civil española.


Lástima que durase poco tiempo ya que, lamentablemente, el vandalismo, en forma de grafitis y pintadas, se ha cebado con las pilas y cajones de esta casi centenaria obra, que merecería mayor protección. Confiamos que, en futuras obras de restauración de ribera en este paraje del Guadalete, el puente-acueducto de Tempul, pueda lucir de nuevo, junto a sus “vecinos”, el puente de hierro de La Florida y el del acueducto de los Hurones, como se merece una obra señera de la ingeniería civil española del siglo XX.

Para saber más:
(1) José y A. García Lázaro: La Gran riada de 1917. Serie de cuatro artículos publicados en Diario de Jerez en 12/03/2017, 19/03/2017, 26/03/2017 y 02/04/2017. Puede también consultarse y descargarse la siguiente publicación La gran riada de 1917
(2) Memoria relativa a las obras del Acueducto de Tempul para el abastecimiento de aguas a Jerez de la Frontera, por D. Ángel Mayo. Anales de Obras Públicas, nº 3, 1877. Pg. 59.
(3) Memoria… Pg. 97-98
(4) José y A. García Lázaro: La Gran riada de 1917, Diario de Jerez, 26/03/2017
(5) Torroja Miret, Eduardo.: Acueducto-sifón sobre el río Guadalete, en Revista de Obras Públicas. Año LXXV. Núm. 2477. 15 de Mayo de 1927. Págs. 193-195
(6) Páez Balaca, Alfredo.: Cincuenta años de hormigón armado en España. en Revista de Obras Públicas. Abril de 1956. Págs. 201-209.
(7) Algunas obras de Eduardo Torroja. Revista de Obras Públicas. Diciembre de 1961. Tomo I. 2960. Pg. 864-881
(8) Bestué Cardiel, I. y González Tascón, I.: Breve Guía del Patrimonio Hidráulico de Andalucía. Agencia Andaluza del Agua. Consejería de Medio Ambiente. Sevilla, 2006 pp. 82-83.

Nota: Las fotografías en blanco y negro que ilustran este reportaje han sido tomadas de Agencia de la Obra Pública de Andalucía. Consejería de Obras Públicas y Vivienda. Los croquis, han sido tomados de los números citados de la Revista de Obras Públicas.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar: Puentes y Obras Públicas, Patrimonio en el medio rural, Río Guadalete, Paisajes con Historia

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 24/09/2017


La gran riada



Hace 100 años, el 7 de marzo de 1917, tras unos días de intensas lluvias en toda la provincia y, especialmente en la Sierra de Grazalema, el Guadalete y sus afluentes registraron una gran avenida que asoló la campiña.

La "gran riada" se llevó por delante los puentes de Villamartín, Arcos, Junta de los Ríos y el Sifón del acueducto de Tempul en La Florida, dejando cortadas las carreteras, aisladas las poblaciones de la campiña y a Jerez sin agua potable...

Para recordar el centenario de este episodio histórico, realizamos una serie de cuatro reportajes sobre el impacto de la riada en los pueblos de la Sierra, en Arcos, en la campiña de Jerez y en Jerez y el Puerto de Santa María que hemos recogido conjuntamente en una publicación de 54 páginas -la quinta monografía de "Entornoajerez"- que hoy les ofrecemos.  Esperamos que les guste.

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Santa Inés: el monasterio jerezano que nunca existió.
Un paseo por el arroyo del Zumajo.




Como hemos comentado en diferentes ocasiones, en “entornoajerez” nos gustan las carreteras secundarias, esas que se pierden por rincones poco transitadas de la campiña y que nos deparan tantas sorpresas. Una de estas rutas alejadas de las habituales es la comarcal CA-4105, una carretera de apenas 9 km de recorrido que, partiendo del conocido “cruce de La Suara”, en las cercanías de La Barca de la Florida, pasa por las tierras de Berlanguilla y cruza después el arroyo del Zumajo para seguir por La Marmolilla y la Vega de Abadín. En su tramo final se une a la carretera A-393 (Arcos-Paterna) en las proximidades de la Junta de los Ríos.

En estos días, hemos vuelto de nuevo por estos parajes de la vega baja del Guadalete y, después de un alto para reponer fuerzas en la conocida Venta “El Cruce”, iniciamos nuestro itinerario. Cuando apenas hemos recorrido 3 km tras dejar atrás las granjas de Berlanguilla y las canteras de El Molino, la carretera discurre entre las plantaciones de algarrobos de la Huerta del Coronel. Al poco, en una curva del camino, antes de pasar el puente del arroyo del Zumajo, llama la atención del viajero una construcción semiderruida, rodeada de vegetación, que ocupa una suave ladera, a la derecha del camino, asomándose entre los sotos del río y las arboledas de la dehesa: el antiguo molino de Santa Inés, también conocido como molino del Zumajo.

Por la Cañada de la Ermita del Mimbral y la venta del Zumajo.

Aunque estos rincones se encuentran hoy algo apartados, conviene recordar que hasta la construcción de la carretera de Cortes a comienzos del siglo XIX, las comunicaciones de Jerez con la zona oriental del término (El Valle, Tempul, Montes de Propios…) se realizaba, en buena medida por la conocida como Cañada de la Sierra o de la Ermita del Mimbral que desde la ciudad, se dirigía por Cuartillos al Encinar de Vicos y, tras pasar el Guadalete por el vado de Berlanguilla, cruzaba por estos parajes de la Dehesa de Berlanga hacia los Llanos del Sotillo y El Valle.



Durante siglos, estos caminos fueron muy transitados y muy cerca de este lugar, en el mismo emplazamiento que hoy ocupa el cortijo de La Marmolilla, se encontraba la conocida Venta del Zumajo. Ya repara en ella Pascual Madoz a mediados del XIX en su Diccionario Geográfico y al describir la Dehesa de Berlanga, cuyas tierras sembradas de algarrobos hemos dejado a los lados de la carretera, informa que se encuentra “… a 3 leg. de Jerez de la Frontera, con una venta llamada el Zumajo, la fuente del Lobo, cuyas aguas dividen esta dehesa de la Berlanguilla, y el r. Guadalete que la baña por el O., el cual se pasa por la barca de la Florida y vados de la Berlanguilla. El terreno, propio del marqués de Valhermoso y consortes, es montuoso, con encinas y acebuches, y produce pastos, granos y semillas, alimentando algunos ganados: hay caza de conejos y perdices, y en el río sábalos, barbos y otros peces de agua dulce, pasando por este terreno el camino que conduce a la sierra de Jerez”. (1)

En estos parajes despoblados entre Jerez, Arcos, Medina y San José del Valle, no es de extrañar que durante el siglo XIX la Venta del Zumajo fuera un punto de referencia y de parada obligada, habida cuenta del mal estado de los caminos, de la necesidad de cruzar el Guadalete, el Majaceite o el arroyo del Zumajo por barcas o vados y de las dificultades para realizar en una sola jornada estos largos trayectos lo que exigía, en muchas ocasiones, pernoctar en ruta. Prueba de su importancia es que, además de la cita de autoridad de Madoz, la Venta del Zumajo se encuentra entre las pocas que se recogen en el plano de Ángel Mayo (1878) o, veinte años más tarde, en el de Lechuga y Florido (1897).

Un recuerdo a “La Mano Negra”.

Los viajeros, carreteros, arrieros, jornaleros y trajinantes que en la segunda mitad del XIX iban de Arcos a Medina, de Jerez al Valle o a Algar y Tempul, harían, a buen seguro, un alto en esta Venta del Zumajo que, al amparo de lo apartado del lugar atrae también otras visitas menos gratas como se desprende de una curiosa crónica del diario "La Correspondencia de España".

En su edición del martes 20 de marzo de 1883 ofrece la siguiente noticia: "El corresponsal que en Jerez ha dejado nuestro querido compañero señor Peris Moncheta, nos escribe con fecha 17 lo siguiente: El Sr. Oliver, que salió a recorrer la sierra para asuntos del servicio, ha regresado de su espedición (sic) hoy sábado, trayendo presos dos presuntos autores del robo verificado hace algunos meses en la venta del Zumajo, y 15 compañeros más que han quedado en las cárceles de Arcos, como presuntos cómplices en el mencionado delito." (2)

Poco tiempo antes, en 1882, los dueños de la Venta Núñez, en la carretera de Trebujena, habían sido asesinados habiéndose encargado de las investigaciones, el jefe de la guardia rural Pérez Monforte. Son años convulsos en los que los obreros y los trabajadores del campo han empezado a organizarse en la campiña de Jerez contra los abusos del caciquismo y cuya fuerza quiere frenar a toda costa la oligarquía terrateniente, apoyada en una autoridad que no duda en ejercer la más dura represión contra los jornaleros. Son los tiempos del crimen de La Parrilla, que sólo unos meses antes se ha producido en las cercanías de El Valle. Tiempos de reuniones clandestinas de campesinos en Alcornocalejo, paraje próximo a San José del Valle y hoy conocido como Briole. Son los días, en suma, de “La Mano Negra” y este Sr. Oliver que mencionan las crónicas periodísticas de la época y que recorre estos lugares no es otro que el conocido capitán de la Guardia Civil José Oliver y Vidal, el mismo que un mes antes de detener a los asaltantes de la Venta del Zumajo ha “encontrado bajo una piedra”, junto al jefe de la guardia rural Pérez Monforte, el reglamento y los estatutos de “La Mano Negra”, aquella misteriosa “sociedad secreta” que, al parecer, no fue sino una invención para frenar el crecimiento en Andalucía de la FTRE y justificar la represión ejercida contra los campesinos.

La Venta del Zumajo fue perdiendo poco a poco su relevancia quedando apartada de las nuevas rutas cuando se construyó la carretera de Arcos a Vejer y luego, en las primeras décadas del XX, la de Jerez a Cortes, cuyo trazado la dejó de lado. En el plano parcelario de López Cepero (1904) ya no se menciona, dándonos una pista cierta de su declive, si bien el topónimo se ha mantenido en los mapas topográficos del IGN, como un anacronismo, hasta la actualidad. Las casas de La Marmolilla ocupan hoy su singular emplazamiento, a caballo entre las riberas del arroyo del Zumajo y de la Vega de Abadín, junto al Guadalete.

El Molino de Santa Inés: el “monasterio” que nunca existió.



Como ya se ha dicho, el que fuera Molino de Santa Inés se encuentra en este mismo rincón de la campiña, muy cerca del lugar donde se levantó la Venta del Zumajo. En un hermoso paraje rodeado de dehesas de encinas, alcornoques, algarrobos y acebuches, protegido por las arboledas del Arroyo del Zumajo, aún mantiene en pie una parte de su arruinado caserío.

Su origen hay que buscarlo en el último tercio del siglo XIX coincidiendo en el tiempo durante unas décadas con la vecina Venta del Zumajo, a orillas del mismo camino, si bien la “sobrevivió” después más de medio siglo. Sobre la puerta de acceso a la casa principal aún puede leerse: “Santa Inés, 1880”, para que no quede duda de su fecha de construcción. La primera vez que visitamos el lugar a mediados de los 80 del siglo pasado y vimos sus edificios desde la carretera, aún conservaban sus techumbres, si bien el molino harinero que albergaron llevaba cerrado ya varias décadas.



Años después, recabando datos sobre los antiguos molinos de la cuenca del Guadalete recordamos este viejo caserón y lo encontramos identificado aún como tal en el mapa topográfico del IGN (1968), muchos años después de que hubiese dejado de funcionar. Aparece aquí reseñado como “Mº Santa Inés” y a su lado figura el símbolo de molino: un rectángulo y unas aspas para que quedase claro que en aquel caserón semiderruido hubo un molino. A partir de aquí, las ediciones posteriores de los mapas del Instituto Geográfico Nacional han introducido (y mantenido) una curiosa y sorprendente errata: situar en este mismo lugar un inexistente “Monasterio de Santa Inés”. Los errores topográficos se han sucedido y así en la edición de 2001 ya advertimos un cambio de nombre en el citado edificio figurando como “Molino del Zumajo”, (como también se le conocía), junto al que aparece, “con todas las letras” un “Monasterio de Santa Inés” identificado con el símbolo de edificio religioso: un círculo rojo con una cruz.



El despiste persiste en la última edición de este mapa en el que junto al “Mno del Zumajo” vuelve a aparecer un “Mrio de Santa Inés”.

Santa Inés: un molino singular.



Dejando a un lado las erratas, lo cierto es que el Molino de Santa Inés o del Zumajo fue un en su tiempo un “moderno” molino harinero. El agua se tomaba en el Arroyo del Zumajo, cerca de donde se levanta el actual acueducto del canal de riego, y era conducida hasta la parte trasera del edificio por una tubería de fundición. Aún se conservan en este lugar los restos de dos arcos de ladrillo sobre los que circulaba la canalización que al llegar al molino, daba un salto forzado de casi 8 m. El agua, ganaba así la presión suficiente en el interior de la tubería (restos de la cual aún se conservan) para mover después la maquinaria del molino, hoy totalmente arruinada como el interior de las naves que la alojaban de las que se han desprendido las techumbres. Restos de pilas, o de lo que parecen ser depósitos de grano y hasta fragmentos de algunas correas de transmisión se adivinan aún entre las vigas y paredes destruidas que amenazan seriamente con desplomarse.

Entre estos restos destaca una curiosa estructura metálica que debió formar parte de una máquina humectadora o, tal vez de un dispositivo de descascarillado de grano. La pieza que se conserva dispone de un rotor provisto de un gran número listones de hierro oblicuos dispuestos en distintas caras en torno al eje. Esta singular hélice, giraba accionada por un engranaje troncocónico conectado a la maquinaria del molino. En su día debió estar introducida en una cuba o carcasa cilíndrica a la que llegaría el grano y el agua, para ganar humedad mientras el dispositivo giraba y las palas volteaban el cereal que se impregnaría así de humedad, a la vez que se ablandaba ligeramente como paso previo a su molienda.

Junto a la casa principal, de tres plantas, que albergó las dependencias del molino, las salas de molienda, los graneros y la vivienda, se añadió décadas después una construcción, a modo de nave o almacén, que funcionó también como “venta”. Una vieja fotografía fechada en la década de los 30 del siglo pasado (3) nos la presenta en pleno funcionamiento. Sobre la puerta de entrada puede leerse “Santa Inés, comestibles y bebidas”. En ella se ve un flamante autobús de la época perteneciente a la “Empresa Jerez Ómnibus” parado junto al Molino del Zumajo, en la que un grupo de viajeros que se dirigen a visitar el manantial de Tempul, han hecho un alto en el camino.

Al perderse el molino harinero, hace ya medio siglo, empezó también el deterioro del edificio que albergó también un palomar. Sea como fuere, el viejo Molino de Santa Inés o del Zumajo, situado en un paraje a orillas de uno de los arroyos mejor conservados de la cuenca, merece ser rescatado del olvido y de la ruina.



No nos cabe duda de que, si fuese restaurado, sería un enclave ideal para el turismo rural, rodeado como está de sotos ribereños, de dehesas de alcornoques y encinas, orlado por el canal del Guadalcacín que tiene en sus cercanías un sorprendente acueducto. Y junto a todo ello la singularidad –fruto de un curioso error que aún se mantiene en la cartografía- de haber sido el enclave de un cenobio “fantasma”: “el “Monasterio de Santa Inés”, que nunca existió.

Para saber más:
(1) Diccionario Geográfico Estadístico Histórico MADOZ. Tomo CADIZ. Ed. facsímil. Ámbito, Salamanca, 1986. Pg. 59.
(2) Diario “La Correspondencia de España”, nº 9128, 20 de marzo de 1883
(3) Barragán Muñoz, M. Coord.: Aguas de Jerez. Evolución del abastecimiento urbano. Ed. Ajemsa. Jerez de la Frontera, 1993. Tomo I. Pg. 199. De esta publicación hemos tomado la fotografía citada.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 12/02/2017

 
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