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Las Salinillas de la carretera del Calvario.
Un pequeño humedal salobre con curiosas sorpresas.




A Paco Giles y Santiago Valiente, desde nuestra admiración por su trabajo

Junto a las lagunas más conocidas de nuestro entorno (Medina, Los Tollos, Las Quinientas…), la mayoría de ellas de agua “dulce” y de carácter permanente, existen en las cercanías de la ciudad no pocas lagunas o zonas encharcables de carácter estacional que, a diferencia de aquellas, presentan en sus aguas altas concentraciones de sal que, en algunos casos, permiten calificar a estos humedales como “salinos”. Ello se debe a la naturaleza del suelo que atraviesan los arroyos que los alimentan, constituido la mayoría de las veces por margas, arcillas y yesos triásicos, materiales todos ricos en sales (1).

Por señalar sólo algunos ejemplos de parajes donde podemos encontrar este tipo de pequeñas lagunas salobres, mencionaremos la que puede observarse junto a la carretera que une Estella del Marqués y Lomopardo. Este rincón entre viñas, conocido como Las Salinillas, está enclavado en una zona deprimida conocida como Llanos de la Catalana y es quizás el más representativo de los que pueden encontrarse en las cercanías de la ciudad (2). Otros lugares donde se forman pequeñas lagunas estacionales con presencia de la vegetación propia de terrenos ricos en sal las encontramos, junto a la Cañada del Amarguillo, en el Rincón de La Tapa, junto al cortijo de Espanta Rodrigo, en la Cañada de Morales, en Salto al Cielo… (3). Todas ellas tienen en común que la naturaleza del suelo sobre el que se asientan, o las laderas que forma parte de su “cuenca de recepción”, están constituidas por materiales del triásico, como se ha dicho, de carácter margoso, ricos en yesos y sales.

Salinas entre viñedos: Las Salinillas de la carretera del Calvario.

Uno de estos pequeños humedales salobres, en los que queda en evidencia este alto contenido salino de las aguas, es el conocido como Las Salinillas, de similar nombre al situado en Estella del Marqués, que se encuentra ubicado junto a la carretera del Calvario: un lugar tan próximo a la ciudad como desconocido.

El paraje de La Salinilla o Las Salinillas es ya mencionado en fuentes escritas y cartográficas del siglo XIX como un lugar donde se acumulaba la sal y donde podía recogerse para los usos más habituales por los lugareños. Aunque hasta hace unas décadas, este rincón de la campiña distaba algo más de 4 km de la ciudad, la rápida expansión urbanística ha llegado hasta sus inmediaciones y apenas 2 km separan Las Salinillas de la rotonda de acceso al centro comercial Área Sur y Luz Shopping, desde donde podremos llegar cruzando el paso elevado que se ha construido sobre la Ronda Oeste. Tomaremos entonces la Carretera del Calvario o de las Viñas (también denominada Camino Viejo de Sanlúcar, Carretera del Barroso o de Bonanza) y nada más pasar la Cooperativa San Dionisio (reconocible por sus silos de cereales), nos desviaremos por un camino que se abre a la izquierda de la carretera que, al poco, nos dejara junto a Las Salinillas.



El visitante comprobará enseguida que nos adentramos en uno de esos parajes tradicionales del marco de Jerez donde crecen viñedos sobre suaves lomas de albarizas. Los llanos de Las Salinillas forman parte de una serie de espacios que ocupan los terrenos bajos que se forman a los pies de los cerros de Santiago y Corchuelo, en cuyas laderas se ubican los famosos pagos de viña del mismo nombre, junto a otros no menos conocidos como los de Rui Díaz o, algo más distantes, los de Alfaraz, Mariañez y Cantarranas.

En este lugar, tan transitado en tiempos pasados, confluyen también las cañadas del Moro, de La Loba o de Guadajabaque y la Hijuela del Corchuelo, por la que hemos llegado hasta Las Salinillas desde la carretera. Este mismo camino continúa entre viñedos para unirse a la Hijuela de Rompeserones que nos lleva a la viña de Vistahermosa, donde se alzan las magníficas Bodegas Luis Pérez que vemos dominando unos cerros cercanos a la laguna.

Por este rincón de la campiña discurren las aguas de los pequeños arroyos que drenan el rincón noroeste del alfoz jerezano. El principal de ellos, el del Amarguillo, viene de las laderas de poniente del pago de Macharnudo y ya delata en su nombre el carácter salobre de sus aguas. El Arroyo del Zorro, que se une a él en un paraje cercano, arranca en las faldas de los cerros del Carrascal y Capirete, y forma también pequeños lagunazos y aguazales a los pies del Cerro de Santiago, coronado por las célebres viñas de Cerro Viejo y Cerro Nuevo.



Desde Las Salinillas, donde en invierno se remansan las aguas formando una laguna de escasa profundidad, el curso resultante toma ya el nombre de Arroyo de La Loba o el de Guadajabaque.



Este arroyo atraviesa la Ronda Oeste bajo un paso construido años atrás y se canaliza por el perímetro del centro comercial Luz Shopping y Área Sur. Tras cruzar la carretera de Sanlúcar ha sido canalizado hasta la nueva Laguna de Torrox por cuyo aliviadero se conducen sus aguas al Guadalete.

Los singulares manantiales salinos de Las Salinillas.



Como se ha dicho, el vaso de Las Salinillas, al igual que el de otros muchos humedales de similares características, se inunda sólo temporalmente. En los años lluviosos, la lámina de agua llega a superar las 3 hectáreas, y aunque a veces pueden verse charcas hasta julio, lo habitual es que, con la llegada del verano, la superficie de esta lagunilla se seque, mostrándonos en muchos de sus rincones los depósitos de sal que evidencian la naturaleza salobre de sus aguas.

Un aspecto muy llamativo que caracteriza a este humedal es la existencia de pequeños manantiales en el vaso de la laguna, entre los que destacan de manera casi permanente dos. Están situados ambos a los pies de la ladera del cerro sobre el que se asienta el cortijo de Las Salinillas y se delatan por el reguero de sal que las aguas que brotan del interior de la tierra dejan a su paso, buscando las zonas más bajas de la laguna y el lecho del arroyo Guadajabaque que actúa como colector de drenaje. Conviene tener cuidado al aproximarnos para observarlos ya que la costra de sal que los rodea, aparentemente sólida en su superficie, oculta un subsuelo fangoso en el que pueden hundirse nuestros zapatos.



Con todo, resulta llamativo ver como en los años lluviosos, brotan sus aguas de lo más profundo de la tierra. Se trata de pequeños manantiales artesianos en los que el agua aflora a la superficie por presión hidrostática a través de fisuras que llegan hasta el acuífero confinado en los estratos inferiores y que, en este caso, alimentan las filtraciones de los cerros que rodean la cubeta de la laguna, que, al proceder de un nivel superior a estas capas, le proporcionan la presión que les permite salir a la superficie de manera natural.

En los meses del estío, el agua brota en muy pequeña cantidad o no fluye, manteniendo un nivel bastante estable, muy próximo a la superficie, como si de un pozo artificial se tratase. En la parte exterior de los dos principales manantiales se forma un círculo de color negruzco, debido al reflejo de los fangos del interior. En la superficie de estos pozos naturales se observan burbujas procedentes de los niveles más profundos.

En el mayor de los dos principales afloramientos, el círculo de superficie, que está rodeado de una gruesa capa de grumos de sal, llega a tener un 1,5 m de diámetro y una profundidad cercana a los 3 m, según hemos podido averiguar tras sondar el pozo, desde una distancia prudencial, ya que no conviene acercarse al borde del mismo, por lo fangoso del terreno bajo la costra de sal. El pozo del segundo manantial tiene un diámetro de unos 80 cm y una profundidad cercana a los 2,5 m, presentando en su superficie una mayor cantidad y frecuencia de de burbujas.



El fenómeno observado en estos curiosos pozos nos recuerda a los descritos por insignes geólogos en otros puntos de la provincia, hace ya más de un siglo. Así, José Macpherson, observó en los lodos oscuros del arroyo del Almendrón, entre Medina y Chiclana, “una gran extensión de terreno en el mismo cauce en donde se ven trozos formados de un finísimo barro negro, y del cual se desprenden abundantes burbujas con fuerte olor a hidrógeno sulfurado" (4). Este mismo autor, describe al pie de Peña Arpada, entre Paterna y Alcalá de los Gazules, fenómenos que califica de “semi volcánicos”. Menciona allí la existencia de pequeños conos de un finísimo barro negro (“Volcanes de fango”) en cuya parte superior “había un pequeño charco de agua del que se desprendían abundantes burbujas de gases con fuerte olor de hidrógeno sulfurado. Era tanta la sal que el agua contenía, tan grande el estado de concentración en que estaba, que a la sazón cristalizaba por los lados del cono y por ciertos sitios parecía éste un montón de nieve" (5). La misma apariencia que presentan los alrededores de los manantiales de Las Salinillas, cubiertos de gruesos grumos de sal…

El también célebre geólogo Lucas Mallada en el lugar conocido como Las Salinillas de Jara, próximo al cortijo jerezano del mismo nombre, informa también de emanaciones de burbujas de “hidrógeno carburado” en los fangos salinos de este paraje (6). Sea cual fuere el misterio que encierran esos manantiales puede confirmarse su presencia en ese mismo lugar, delatados por el reguero de sal que dejan sus aguas al brotar, al menos desde 1956, cuando el conocido “Vuelo Americano”, dejó testimonio de ellos en las primeras fotografías aéreas de este paraje, donde se apunta ya la localización de estos manantiales salinos en el mismo lugar donde en la actualidad los encontramos.

Un curioso paisaje.

Aunque esta pequeña laguna estacional no cuenta con el típico cinturón vegetal que observamos en otros humedales, no faltan en los alrededores de Las Salinillas algunas de las especies propias de estas lagunillas salobres, entre las que destacan las salicornias (Salicornia ramosissima) que se mantienen verdes y carnosas aún en los días más calurosos del verano. En las laderas del arroyo crecen también tarajes, carrizos, juncos… Entre el lecho arenoso de la laguna es fácil encontrar restos de moluscos marinos que abundan también entre los materiales del Plioceno que rodean a Jerez. Se encuentran aquí fragmentos de conchas de los géneros Pecten, Cardium, Anomia y, sobre todo, Ostrea: las conocidas ostras y ostiones.



Conviene recordar que, al tratarse de una propiedad privada, es preciso solicitar permiso para poder visitar Las Salinillas. Una vez allí, el paseante curioso podrá también detenerse a observar las formas caprichosas que adoptan los tallos secos de la vegetación perilagunar, revestidos de sal, o las curiosas figuras que se forman en el lecho cuarteado de la laguna cubiertas por una delicada capa blanca que, por un momento, se nos antoja como cubierta por una tenue nevada. La sal forma también pequeños grumos sobre las margas que rodean el vaso de la laguna y se deposita sobre las huellas que dejan los animales que merodean por este lugar, sobre las pisadas de los visitantes o sobre los objetos que en su día se arrojaron en el humedal. Nos gusta venir en primavera a Las Salinillas cuando este espacio se muestra como una pequeña pero hermosa laguna. Subimos entonces a la cercana ladera (en la que restos cerámicos esparcidos en distintos puntos delatan la presencia romana en este enclave) para obtener hermosas vistas de este humedal.

Pero es en verano cuando más nos atrae, cuando evaporadas sus aguas, un inmenso velo de sal cubre su lecho y su blancor contrasta con el verde intenso de los viñedos.



Es entonces cuando este rincón de la campiña hace honor a su nombre y nos recuerda que, muy cerca de la ciudad, se pueden descubrir parajes de una singular belleza.

Para saber más:
(1) Gutiérrez Mas, J.M. et al.: Introducción a la Geología de la Provincia de Cádiz. Universidad de Cádiz. 1991
(2) García Lázaro, J. y A.: Salinas con historia junto a Estella del Marqués. Diario de Jerez 28/06/2015. También en : http://www.entornoajerez.com/2015/06/salinas-con-historia-junto-estella-del.html
(3) García Lázaro, J. y A.: Humedales en torno a Jerez: un recorrido por las lagunas salobres, marismas y balsas, Diario de Jerez 14/02/2016. También en http://www.entornoajerez.com/2016/02/humedales-en-torno-jerez-y-3-un.html
(4) Mac Pherson y Hemas, J.: Bosquejo Geológico de la provincia de Cádiz, Imprenta Médica, Cádiz 1872, p. 111
(5) Ibídem, pp.110-1.
(6) Mallada L.: Nota sobre los yacimientos de petróleo y azufre de la provincia de Cádiz, Comisión Mapa Geológico de España. T. 30, (10 de la 2ª serie), 1909, p. 10


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 19/06/2016

Paisaje con montañas al fondo.
En homenaje a Manuel Gil Monreal, montañero.





Durante los años que vivimos en el barrio de la Azucarera de Jédula, entre 1972 y 1980, lo primero que veíamos cada mañana al levantarnos era la silueta inconfundible de la Sierra de Grazalema. Orientada al este, nuestra ventana nos ofrecía un día sí y otro también el juego del sol, siempre cambiante, asomándose entre los perfiles de aquellos montes, sin nombre para nosotros todavía.

Unos años después, a finales de los 70, cayó en nuestras manos en la Biblioteca del Instituto de Estudios Gaditanos un libro recién publicado que nos abrió de par en par las puertas de la sierra, mostrándonos los caminos poco transitados que empezaban a trazarse por aquellas montañas que, por la razones comentadas nos resultaban tan familiares. Aquel trabajo llevaba por título “La Serranía de Grazalema. Guía excursionista y montañera” (1), siendo pionero en su género, considerado hoy todo un clásico. Su autor, el profesor y montañero Manuel Gil Monreal, a quien conocimos después y de cuyas descripciones aprendimos los primeros pasos por estos montes, le “ponía” por fin nombre a aquellos omnipresentes perfiles que desde la campiña de Jerez o la Bahía de Cádiz son el telón de fondo de la provincia.

En 1984, Gil Monreal, junto a otros compañeros, publicará también el primer mapa de cordales de la Sierra de Grazalema donde aparece uno de sus precisos dibujos, que aquí presentamos como homenaje a este montañero y amigo.



En él se esquematizan los relieves más sobresalientes de la Sierra de Cádiz, tal como los vemos desde las tierras situadas al oeste, la campiña de Jerez y la Bahía de Cádiz. (2)

Cuatro siglos atrás: la Serranía de Grazalema en una carta náutica del XVI



Sirva esta introducción para proponerle al lector una mirada. Sitúese en un lugar abierto y despejado, oriéntese hacia el este – mejor si es al amanecer- y, si puede, elija un punto con algo de altura que le permita otear el paisaje sin obstáculos ante su vista. A poco que lo intente descubrirá a lo lejos, cerrando el horizonte, los perfiles de la Sierra de Cádiz presididos por la mole del Torreón, el pico más alto de la Sierra del Pinar que los antiguos conocían también como San Cristóbal. Esos mismos perfiles que minuciosa y precisamente se dibujan por primera vez, hace casi 40 años, por Manuel Gil Monreal.



Curiosamente, son los mismos que cuatro siglos atrás reflejó el holandés Ioannes Doetecum -pintor, grabador y cartógrafo- en su “Andaluzia ora marítima…”, una singular carta para navegantes donde se representa la fachada atlántica andaluza. La carta forma parte de uno de los atlas náuticos más famosos de su época, siendo tal vez el primero que alcanzó una gran difusión: Spieghel der Zeevaert. Este Espejo del Navegante, obra del cartógrafo alemán Lucas Jans Waghenaer, fue editado por primera vez en Leyden en 1584.

Durante toda la segunda mitad del siglo XVI Ioannes Doetecum y su hermano Lucas, con quien firma mucha de sus obras, realizan numerosos trabajos (acuarelas, cuadros, estampas, cartas náuticas, mapas y vistas de ciudades…). Uno de estos trabajos como grabadores es la carta dedicada a la costa andaluza a la que hacemos referencia y, aunque desconocemos la fecha exacta de su elaboración, debió ser realizada entre 1580 y 1584, fechas en las que fueron trazadas otras de las hojas de este atlas.

Junto a otros avances técnicos en la elaboración de mapas, el Espejo del Navegante supone para los marinos de la época el primer atlas que compendia un completo conjunto de cartas náuticas, derroteros, datos de distancias y sondas, así como consejos prácticos de navegación por las costas de las que se ocupa.



Uno de estos elementos que aporta la carta de Ioannes Doetecum es la de los perfiles de las montañas observables desde la costa, dato que supone para los pilotos una importante ayuda para la navegación.



Como reza la leyenda (“Andaluzia ora marítima…”) esta singular carta náutica refleja el espacio costero comprendido entre la desembocadura del Guadiana y la costa gaditana. Este hermoso y colorista mapa, donde se dan la mano el latín, el holandés, el alemán y el castellano, aporta interesantes datos sobre las poblaciones del litoral, los estuarios fluviales, los puertos… pero lo traemos aquí porque es tal vez el primero en el que aparecen reflejados con nitidez y precisión los perfiles de la Sierra de Cádiz, así como los del Peñón de Gibraltar. Y ello por una razón práctica de primer orden ya que estos relieves, divisables desde grandes distancias, constituyen referencias visuales y seguras para los navegantes.

Si bien es verdad que en la década anterior, Joris Hoefnagel había realizado las primeras estampas en las que aparecían –y se reconocían con cierta fidelidad- las montañas de los alrededores de Zahara y Bornos, esta primera representación gráfica de toda la serranía que nos aporta Ioannes Doetecum apunta con gran acierto los elementos más relevantes del conjunto montañoso. La leyenda de la carta se refiere a la Serranía como “Montañas de Granada”, pero en sus perfiles se reconoce con claridad, de izquierda a derecha Sierra Margarita, Loma Becerra o Zafalgar, la mole de la Sierra del Pinar que destaca en el horizonte, tal vez la sierra de Albarracín, delante de aquella…



Igualmente definidas se presentan las cumbres del Endrinal, apuntándose también, de manera menos clara El Caillo, Los Pinos… Habría que esperar más de cuatro siglos para que los dibujos de Manuel Gil Monreal trazaran una imagen más precisa de los perfiles de la Sierra.



La Sierra del Pinar: faro de los navegantes.



La carta de I. Doetecum, al reflejar la silueta de nuestras montañas no hizo sino utilizar de manera práctica algo que los navegantes ya venían haciendo desde la antigüedad: orientarse por esa referencia visual que cierra al este el horizonte de las tierras gaditanas, ese “faro pétreo” e imponente que la mole rocosa del Torreón o Pinar, con sus 1654 m. de altitud, supone para quienes se acercan a nuestras costas.



Ya en el siglo XVII, el historiador Fray Esteban Rallón, al referirse al nacimiento del río Guadalete, menciona esta sierra, incluyéndola en la cordillera de montañas de la que forman parte las sierras granadinas, como se especifica también en la carta náutica ya mencionada. Dice Rallón que “constante cosa es que el Guadalete nace al pie de la que hoy llamamos sierra de Ronda o de el Pinar que es la parte más prominente de los montes Orospedas (así los llama Florián de Ocampo) y comienzan en el Estrecho de Gibraltar desde donde se dilatan hasta Granada, llamándola hoy en su principio la Serranía de Ronda, y en su fin las Alpujarras…; de modo que todo Guadalete nace en las faldas de esta sierra a quien el moro llamaba Montebur porque en su tiempo tenía aquel nombre…" (3).



Una de las muchas referencias a la Sierra del Pinar como hito visual para los marinos la aporta Madoz (1850): “El punto más culminante de todas las sierras de la provincia es la llamada de San Cristóbal, que nace o se levanta desde otras sierras bien elevadas, sobre la v. de Grazalema, y va a morir en la del Pinar: es la primera que distinguen los navegantes cuando regresan de América, y desde su cúspide, con el auxilio de un buen telescopio, se distinguen, el cabo de San Vicente y las ciudades de Cádiz, Sevilla, Córdoba, Granada, Málaga y Gibraltar. (4). En esta descripción aparece nombrada como San Cristóbal, denominación con la que también se conocía a las cumbres del Pinar.



El insigne geólogo José Mac-Pherson, apunta también unas décadas más tarde, al escribir su “Bosquejo geológico de la provincia de Cádiz”, esta misma idea: “La Sierra del Pinar está formada de dos trozos distintos separados por la depresión que forma el Puerto del Pinar… El primero y más importante es el trozo del que forma parte el mencionado Cerro del Pinar, atalaya de los navegantes y conocido por ellos con el nombre de Cerro de San Cristóbal. Este era el primer punto de la Península Ibérica que se divisaba cuando los antiguos galeones venían de retorno del Nuevo Mundo”. (5)



Unos años después, F. de Asís Vera y Chilier, quien se apoyará para sus trabajos en gran medida en la obra de Mac-Pherson, vincula otra vez el San Cristóbal (o Pinar) a los navegantes, atribuyéndole incluso a estos el nombre con el que se conoce al monte: “Frente á la sierra del Endrinal y formando el otro lado del puerto, se levanta el áspero e imponente picacho de la Cruz de San Cristóbal a 1.562 m. sobre el nivel del mar, enclavado en la masa del cerro del Pinar, punto culminante de toda la provincia.



Este cerro es parte de la sierra del Pinar comprendido entre los puertos de Royal y del Algamazón y que con sus dos contrafuertes las sierras de la Silla y Albarracín, es uno de los lugares más amenos. Su arbolado es muy corpulento. La sierra del Pinar está formada de dos trozos distintos, separados por la depresión que forma el puerto del Pinar, de los cuales el más importante es el llamado cerro del Pinar, nombrado por los navegantes cerro de San Cristóbal
”. (6)



De lo que no cabe duda es que, los inconfundibles perfiles de la Sierra de Grazalema han sido desde antiguo una referencia en el paisaje, para quienes navegan por la fachada atlántica gaditana, y para los que desde la campiña, o la sierra, “navegamos por los mares interiores” de esta provincia donde hay un “faro” con el que orientarse: la Sierra del Pinar.



Esa que hace más de cuatro siglos, Ioannes Doetecum dejó reflejado en sus cartas. La misma que desde hace cuatro décadas comenzó a ser conocida para todos los aficionados a la naturaleza y al senderismo de la mano de los trabajos y publicaciones de un pionero de nuestras montañas, Manuel Gil Monreal,  socio fundador del Club Montañero Sierra del Pinar, al que en estos días sus compañeros le rinden un merecido homenaje.



Para saber más:
(1) Gil Monreal, M.:La Serranía de Grazalema. Guía excursionista y montañera”. Instituto de Estudios Gaditanos-Diputación Provincial. Cádiz. 1977.
(2) González J.M., Gil M., Ceballos J.J., Lebrero F., Rodríguez F., Barcell M.: La Sierra de Cádiz. Información general y mapas. Gráficas Orla. Jerez, 1984.
(3) Rallón, E.: Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera y de los reyes que la dominaron desde su primera fundación, Edición de Ángel Marín y Emilio Martín, Cádiz, 1997, vol. I, pg. 4
(4) Diccionario Geográfico Estadístico Histórico MADOZ. Tomo CADIZ. Edición facsímil. Ámbito Ediciones. Salamanca, 1986. Pg. 67.
(5) Mac-Pherson, J.: Bosquejo geológico de la provincia de Cádiz. 1873. pg. 47.
(6) Vera y Chilier, F. de Asís.: Memoria sobre la formación de las rocas de la provincia de Cádiz, 1897Anales de la Sociedad Española de Historia Natural. Seri II, Tomo octavo XXVIII) Madrid 1899, pg. 309.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 26/04/2015



 
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