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Las Salinillas de Vicos.
Un paraje singular entre cerros de albariza.




A Paco Giles y Santiago Valiente, “maestros salineros”

En estas páginas en las que recorremos los rincones de la campiña “en torno a Jerez”, nos hemos ocupado en distintas ocasiones de las pequeñas lagunas o humedales salobres, donde “cuaja la sal”, que encontramos repartidas por nuestro término. Para ello hemos dedicado artículos a las Salinillas de Estella del Marqués, a las Salinas de Fortuna situadas entre los cortijos de Doña Benita y La Matanza o las Salinillas de Santo Domingo, junto a la carretera del Calvario (1), por citar sólo algunas. Hoy, en este recorrido por la geografía de las pequeñas salinas de interior, les proponemos una visita a un lugar poco conocido donde se encuentran las Salinillas de Vicos, también conocidas como Salinillas de Jédula.

Un escondido paraje.

Si bien las fuentes documentales que se refieren a él son escasas, este paraje con el nombre de Salinillas de Vicos, figura ya en el Plano Parcelario del término de Jerez, elaborado en 1904 por A. López-Cepero (4). Aunque está situado en las proximidades de Vicos y Jédula no se



muestra fácilmente a los ojos del paseante. Y ello es debido a que se encuentra rodeado por pequeños cerros que ocultan su vista a quienes transitan por la carretera de Arcos o por la Cañada de Vicos o de las Mesas, que discurren a penas a 1 km de este lugar.

Al norte lo protegen las lomas de albarizas del cerro de Monte Corto (117 m) y Cerro Blanco (154 m), donde se encuentra el cortijo de Monte Corto Alto. Al oeste, el de Rodahuevos (118 m) y al sur los cerros de Totanlán (117 m) y Totanlancillo (118 m) colindantes con la carretera de Arcos junto a la que despuntan frente a los llanos del cortijo de Vicos. Tan sólo hacia levante se abre un poco este rincón dejando paso al arroyo que cruza las salinillas, un pequeño curso sin nombre que se forma por la confluencia de los que bajan de los citados cerros y se explaya a los pies de la pequeña garganta que se forma entre los mencionados cerros. Se trata, en todo caso, de pequeños cursos de agua tributarios del Arroyo de Montecorto que lo es a su vez del Salado de Caulina, en el que desagua junto al cortijo de Jarilla Jareta.

Las Salinillas de Vicos o de Jédula.



Llegamos a las Salinillas desde la autovía de Jerez-Arcos, tomando la salida que conduce al cortijo de Vicos. Una rotonda nos desvía entonces hacia Jédula y a la Vía Pecuaria, dirección esta última que será la que tomemos. Se trata de la Cañada de Vicos o de las Mesas, un camino -tal vez milenario, como veremos- que conduce hacia Gibalbín pasando por las Mesas de Santiago.

Lamentablemente, en muchos de sus tramos, los márgenes de la cañada han sido ocupados, para instalar huertos y casetas que se extiende casi hasta el cortijo de Campo Real. En su tramo inicial, el camino deja a la derecha antiguas instalaciones de la Yeguada Militar, hoy abandonadas, y a la izquierda las pronunciadas laderas de la falda este del Cerro de Totanlán en el que se han venido realizando, años atrás, trabajos de repoblación forestal -sin mucho éxito-para frenar la fuerte erosión de estas lomas.



A unos 600 m nos llama la atención a la izquierda, en las laderas del cerro, una profunda cárcava excavada por las aguas de lluvia que por aquí se canalizan y que llegan a formar a sus pies una gran lámina de agua que inunda el camino, cuando aquellas son copiosas. En sus proximidades, en el lado derecho de la cañada, aflora una pequeña surgencia en el interior de los terrenos militares, en torno a la cual está presente la vegetación propia de los suelos húmedos.

Delatada por el color blanquecino de su fondo y por las plantas propias de los suelos salobres que crecen en su perímetro, como las salicornias, esta pequeña laguna estacional es también conocida como La Salinilla de Vicos o de Jédula, aunque nosotros preferimos reservar este nombre para el siguiente paraje -menos conocido- que visitaremos.

En los meses del estío, los limos blanquecinos de la albariza arrastrada por las escorrentías de las laderas del cerro que constituyen su fondo, se cubren de un delgado velo de sal que desaparece con las primeras lluvias. En el lecho de esta pequeña laguna y en sus laderas, “se han documentado fragmentos cerámicos del Bronce Final y Orientalizante junto a otros a torno de época medieval” lo que testimonia la utilización de los recursos que proporcionaba este espacio desde tiempos remotos (3).



Siguiendo nuestro camino por la vía pecuaria y dejando atrás este paraje, observaremos que unos 300 m más adelante, el paisaje se abre a la izquierda mostrándonos el pequeño valle por el que discurre en dirección oeste el Arroyo de Monte Corto Bajo. En este punto, abandonaremos la cañada desviándonos a la izquierda por un estrecho sendero que discurre a los pies del cerro de Totanlán. Tras superar un pequeño collado veremos frente a nosotros el paraje de Las Salinillas, al que llegaremos tras recorrer apenas un km. desde que dejamos la cañada.

En nuestro camino se divisa a la derecha, entre cerros sembrados de girasol y cereal, el cortijo de Montecorto Bajo, que da nombre al arroyo. Bajo las lomas de su margen derecha se trazó el conocido como “túnel de Jédula”, una obra de más de 4 km que atraviesa un canal de riego que asoma en el cortijo de Montecorto, y que permitió llevar el agua del pantano de Guadalcacín a los llanos de Caulina a través de los sifones de la Junta de los Ríos (4).

Después de un corto paseo, el paisaje se abre formándose un llano entre los cerros en el que desaguan varios arroyos que bajan desde Cerro Blanco y desde las laderas de los cerros de Totanlán y Totanlancillo, a cuyos pies nos encontramos. Si visitamos estos parajes en primavera, disfrutaremos del verdor de estas lomas, donde crecen también espinos, acebuches, coscojas, aladiernos, peruétanos… y, sobre todo, del de las orillas de estos arroyos, pobladas de tarajes que por algunos lugares llegar a formar pequeños bosquetes.

En verano, apenas un hilo de agua corre por su cauce que, por algunos rincones, se extiende en amplias zonas llanas y nos muestra en la base de los cerros curiosas formas erosivas en la



roca albariza
en las que los amantes de la geología podrán realizar curiosas observaciones. Caminando por la orilla, aguas arriba, podemos remontar el arroyo hasta su cabecera en un corto paseo de algo más de un km, donde una pequeña surgencia aporta en verano un mínimo caudal. A medida que avanzamos, el valle se encajona entre los cerros y se estrecha, formando pequeños meandros en los que la erosión fluvial ha labrado caprichosas formas en sus laderas.



En la estación seca, una lámina blanquecina cubre los depósitos de lodos que se extienden a las orillas del cauce, delatando el carácter salobre de sus aguas. Con todo, la concentración salina de estos arroyos es menor que la que apreciamos en otros parajes salinos de la campiña jerezana (Las Salinillas de Santo Domingo, Las Salinillas de Estella del Marqués, Las Salinas de Fortuna…) y de las que nos hemos ocupado en estas páginas (5). Por esta razón, aunque una tenue película blanca recubra las orillas y el lecho del arroyo, solo cuaja la sal de una manera llamativa en algunos puntos donde se ha retenido mayor cantidad de agua. En todo caso, el paseante curioso, podrá observar cómo se visten de blanco los tallos de la vegetación de las orillas o como se forman curiosas figuras en el lecho cuarteado del arroyo cubiertas por una delicada capa blanca.



La sal forma pequeños grumos sobre antiguas traviesas de ferrocarril que llaman la atención desperdigadas por distintos rincones de este paraje. Proceden del desmontaje de la antigua traza del Ferrocarril de la Sierra que pasaba por el cercano cortijo de Monte Corto Bajo, y fueron utilizadas para los cercados de las viñas de Cerro Blanco, siendo arrastradas por las aguas torrenciales tras erosionar las laderas.

Esta circunstancia -la erosión tras la puesta en cultivo de estas lomas que antaño estuvieron cubiertas de monte bajo- ha hecho también que, en las últimas décadas, según testimonios orales de vecinos y pastores de la zona, los arrastres de tierra por el arroyo hayan disminuido y enmascarado los depósitos salinos.

Con respecto a su posible explotación no poseemos datos, pero dudamos de que, por las razones comentadas, la sal pudiera ser extraída de manera regular como si se hizo en las Salinillas de la carretera del Calvario o en las de Fortuna, junto a Doña Benita.



Creemos que, en todo caso, tal vez se pudo hacer un uso muy puntual de los pequeños depósitos de sal para la extracción ocasional de pequeñas cantidades por parte de los habitantes de enclaves rurales cercanos, así como para uso ganadero. Aunque no han quedado testimonios documentales de ello, es posible que en tiempos remotos Las Salinillas tuviesen algún tipo de aprovechamiento a juzgar por los restos de cerámica que se observan en sus alrededores, y por los diferentes asentamientos rurales que desde la antigüedad y los siglos medievales se hallaban en su entorno cercano.

Un paraje con historia.



En las cercanías de Las Salinillas de Vicos, existen no pocos enclaves de interés, algunos de los cuales han sido ocupados desde la antigüedad. Por citar sólo los más cercanos, en un radio de 2 km se encuentran los cortijos de Vicos, Montecorto, Campo Real o la población de Jédula, lugar este último con yacimientos romanos y huellas de presencia andalusí (6). A 3 km se ubica La Peñuela, con restos romanos y tardo-romanos (7), y a unos 5 Km Mesas de Santiago, cortijo de Jara y Encinar de Vicos, todos ellos con importantes vestigios de época antigua y medieval.

El enclave de Vicos, muy cercano a Las Salinillas, de donde toma su nombre, tiene ya en su topónimo sugerentes vinculaciones con la posible presencia romana en la zona. Derivado del sustantivo latino Vicus, y con el significado de pago, aldea o cortijo, apunta ya a la ocupación antigua de este territorio, cuyo nombre se ha mantenido desde los primeros días de la conquista tal como queda recogido en las fuentes escritas castellanas (8).

Junto a la presencia romana, destaca especialmente la ocupación andalusí de este territorio en el que debieron existir distintas alquerías de las que dependían las pequeñas propiedades rústicas (“maysar”): los machares o cortijos andalusíes (9). Algunos de sus nombres han llegado hasta nosotros y figuran ya en el documento de deslinde de términos entre Jerez y Arcos, aprobado por Alfonso X en 1274. Son los de Machar Xebut, Machar Almidax (“camino trillado”) y Machar Allha, (próximos todos a la zona del actual cortijo de Vicos y a Jédula), así como el de Machar Haní (“lugar verdeante, o de color verde intenso”) más cercano al término de Arcos y en el mismo sector (10). Junto a la aldea de Vicos, el más cercano a Las Salinillas debió ser el de Machar Almidax del sabemos que lindaba con Vicos al que estaba estaba unido por un camino: “la carrera que ba de Mathaz Almida por Vico”. Luis Iglesias García plantea su posible emplazamiento en el actual cortijo de Campo Real (11). Con respecto a Machar Xebut, Astillero Ramos sugiere su ubicación en las cercanas tierras de los actuales cortijos de Casa Blanca y Albardén (12).



Sea como fuere, de lo que no cabe duda es de que estos parajes estuvieron poblados y bien comunicados. Por sus cercanías pasaba también una importante vía de comunicación en la época andalusí que unía Algeciras con Sevilla, tal como describe al-Idrisi en el siglo XII. Procedente de Medina Sidonia, cruzaba el Guadalete y se dirigía hacia Gibalbín para llegar después a Torres de Alocaz, desde donde continuaba hasta Sevilla (13). Un camino similar al seguido cuatro siglos antes por Musa Ibn Nusayr que, a decir del historiador F. Hernández, entre Medina y Alocaz, iría por el camino viejo de Arcos, yendo a cruzar el Guadalete por el Vado de Sera (Torrecera), desde el que se proseguiría hasta el Puerto de Las Palmas (entre Las Salinillas y Jédula), para dirigirse desde aquí por la antigua Venta del Cantero (Gibalbín) hasta Alocaz (14).



Cuando regresamos de nuestra visita a Las Salinillas, dejando atrás los paisajes y la historia de este poco conocido rincón de nuestra campiña, subimos hasta el Cerro de Totanlán desde el que obtenemos unas magníficas vistas de este singular paraje. Que tengan ustedes buen verano.

Para saber más:
(1) Sobre otras salinas y salinillas en la campiña de jerez puede consultarse: García Lázaro, J. y A.:Las Salinillas de la carretera del Calvario”. Diario de Jerez, 19 de junio de 2016. "Salinas con historia junto a Estella del Marqués", Diario de Jerez, 28 de junio de 2015; "Las Salinas de Fortuna. Un rincón desconocido de nuestra campiña", Diario de Jerez, 2 de julio de 2017.
(2) López-Cepero, Adolfo.: Plano Parcelario del término de Jerez de la Frontera. Dedicado al Excmo. Sr. D. Pedro Guerrero y Castro y al Sr. D. Patricio Garvey y Capdepón. 1904. patrocinadores del proyecto, por D. Adolfo López-Cepero, Año de 1904. Escala 1:25.000.
(3) Santiago Valiente Cánovas, S., Giles Pacheco, F., Gutiérrez López, J.M., Reinoso del Río, Mª C. y Giles Guzmán, F.:Humedales salobres como fuente de extracción de sal en jerez de la frontera y su entorno: Cortijo de Salinillas y “Las Salinillas” de Estella del Marqués”, en línea [https://www.academia.edu/35517485/Humedales_salobres_como_fuente_de_extracci%C3%B3n_de_sal_en_Jerez_de_la_Frontera_y_su_entorno_Cortijo_de_Salinillas_y_Las_Salinillas_de_Estella_del_Marqu%C3%A9s]; consulta realizada el 04/07/2018.
(4) Sobre el túnel de Jédula puede verse García Lázaro, J. y A.:El acueducto de la Canaleja: una pequeña obra con un gran valor, Diario de Jerez, 22 de febrero de 2014. De los mismos autores, véase también "Tras las huellas de una histórica "Matanza". Por tierras de Jédula", Diario de Jerez, 5 de febrero de 2017.
(5) Ver referencias en nota 1.
(6) Sobré los yacimientos arqueológicos de Jédula puede consultarse Carta Arqueológica del término municipal de Arcos de la frontera, 2009, Vol. I, pp. 51 y 58. Véase también, Astillero Ramos J.M.: “La formación del término de Arcos de la Frontera: 1249-1544”, en M. González Jiménez y R. Sánchez Saus (coord.), Arcos y el nacimiento de la frontera andaluza (1264-1330), Ed. UCA, Ed. Universidad de Sevilla, Ayuntamiento de Arcos de la Frontera, 2016, p.134.
(7) Rodríguez Oliva, P.: La caja de sarcófago decorada de "La Peñuela". Museo Arqueológico Municipal de Jerez/Asociación de Amigos del Museo. La pieza del mes, 21 de marzo de 2015. En línea [http://www.jerez.es/fileadmin/Image_Archive/Museo/LA_CAJA_DE_SARCOFAGO_DE_LA_PENUELA.pdf], consulta realizada el 04/07/2018.
(8) Martínez Ruiz, Juan: “Toponimia gaditana del siglo XIII”, en Cádiz en el siglo XIII. Actas de las Jornadas conmemorativas del VII centenario de a muerte de Alfonso X el Sabio, Cádiz, 1983, pp. 100-101; Martín Gutiérrez, E.:Análisis de la toponimia y aplicación al estudio del poblamiento: el alfoz de Jerez de la Frontera durante la Baja Edad Media”, HID, 30 (2003), p. 282.; Gordón Peral. Mª D.: “Toponimia e Historia. Estudio histórico-lingüístico de los nombres de lugar de Marchena”. En Actas de las XIII Jornadas Sobre Historia de Marchena. Marchena. Ayuntamiento de Marchena. 2009, p.27; González Jiménez, M. (Ed), Diplomatario andaluz de Alfonso X, El Monte, Caja de Huelva y Sevilla, 1991. Doc. 416, pp. 440-443.
(9) Gutiérrez López, J.Mª y Martínez Enamorado, V.: “Matrera (Villamartín): una fortaleza andalusí en el alfoz de Arcos”. I Congreso de Historia de Arcos de la Frontera. Ayuntamiento de Arcos, 2003, p. 114-115.
(10) González Jiménez, M. (Ed), Diplomatario… pp. 440-443.; Martín Gutiérrez, E.:Análisis de la toponimia… op. cit., pp. 278-279; Martín Gutiérrez, E.: La organización del Paisaje Rural durante la Baja Edad Media. El ejemplo de Jerez de la Frontera. Universidad de Sevilla-Universidad de Cádiz. 2004. Pp. 171, 278-279.
(11) Iglesias García, L.: Jerez durante la baja Edad Media: transformaciones territoriales. Revista de Historia de Jerez, 19 (2016) 37-70. p 51.
(12) Astillero Ramos J.M.: “La formación del término de Arcos de la Frontera: 1249-1544”, en M. González Jiménez y R. Sánchez Saus (coord.), Arcos y el nacimiento de la frontera andaluza (1264-1330), Ed. UCA, Ed. Universidad de Sevilla, Ayuntamiento de Arcos de la Frontera, 2016, p.135.
(13) Abellán Pérez, J.: La cora de Sidonia, Málaga, 2004, p.34-35 Abellán Pérez, J.: “Las vías de comunicación gaditanas en el siglo XIII”, en Cádiz en el siglo XIII. Actas de las Jornadas conmemorativas del VII centenario de a muerte de Alfonso X el Sabio, Cádiz, 1983, pp. 128-129.
(14) Abellán Pérez, J.: La cora… p. 40; Abellán Pérez, J.: “Las vías de comunicación… p.132.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto. Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar: Geología y paisajes, Lagunas y humedales, Paisajes con historia, Parajes naturales.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 8/07/2018

De colores.
Un recorrido por los colores y la toponimia de la campiña.




Con frecuencia, en los paseos por la campiña o por la sierra, nos llaman la atención los colores del paisaje: las variadas gamas de verde de la vegetación natural y de los cultivos, los tonos blancos de los suelos de albariza y de los cortijos encalados, los grises, ocres, y pardos de las rocas y la tierra… En muchas ocasiones, estos colores, por su especial contraste o relevancia, dan también nombre a montes, cerros y lomas, a arroyos y gargantas, a cortijos, viñas y parajes, que guardan así memoria en la toponimia de nuestro territorio de los más variados tonos con los que la naturaleza pinta los paisajes. En nuestro recorrido de hoy vamos a recordar algunos de los más de un centenar de lugares que hemos localizado en torno a Jerez en cuyo nombre tienen un papel destacado los colores.

Blanco de albariza y cal.

El blanco es el color que domina en la toponimia de nuestro territorio. Y no faltan razones para ello ya que en muchos rincones de la campiña, los suelos de albarizas dan al paisaje esos tonos blanquecinos tan característicos del viñedo jerezano. El blanco está también presente en algunos paisajes marismeños en los que hubo salinas o en construcciones como cortijos, casas, pozos, que han bautizado distintos rincones de nuestros campos con su color.



El Cerro Blanco (152 m) es una elevación a medio camino entre Torremelgarejo y Jédula, frente a La Peñuela, cuyas faldas de albariza acogen uno de los viñedos situados más al este del término. En su zona más elevada, el caserío del cortijo de Motecorto Alto es visible desde muchos lugares de la campiña. Ríos Ruiz lo menciona en una de sus obras: “…y escuchábanse… retumbar los relinchos y galopes de los potros cartujanos, allá por Jédula, La Jarilla y La Jareta, Cerro Blanco…” (1). Al norte de la ciudad, por el camino de Lebrija, el arroyo Blanquillo corre por las faldas de Montegilillo para entregar sus aguas en el caño del Bujón, atravesando la carretera de Morabita junto al Rancho del Moral y la casa del Hinojal. En su pequeña recorrido pasa por entre cerros de albariza arrastrando en sus aguas los limos blancos que dan color a su cauce. Sin embargo, muy lejos de este lugar, el arroyo de Pasada Blanca debe su nombre, no al tono de las tierras y roquedos que atraviesa, sino al de sus aguas de naturaleza sulfurosa y con aspecto lechoso, ya que proceden de un manantial conocido desde los siglos medievales por sus propiedades medicinales. En estos parajes, situados en el extremo oriental del término de Jerez, colindantes con el de Cortes, este topónimo de Pasada Blanca bautiza también a la garganta por donde discurre el arroyo, a la dehesa que atraviesa, a una casa del lugar y a los baños que tradicionalmente se tomaban en las pozas de este pequeño curso fluvial tributario del Hozgarganta y que aún eran frecuentados a mediados del siglo XIX como menciona Madoz en su Diccionario Geográfico (2). En sus proximidades encontramos también la Loma de Casablanca y el rancho del mismo nombre, en tierras ya de la cercana dehesa de Benahú.



El topónimo de Mojón Blanco es conocido también desde los siglos medievales y da nombre al cortijo, al cerro y al puntal de Mojón Blanco, figurando en los documentos de delimitación de términos donde se señalaba la mojonera que definían las lindes. En este caso, suponemos que aluden a un hito que se construiría en piedra y se pintaría de blanco para su visualización desde la distancia. El cortijo de Mojón Blanco, cercano al de Cápita, y el cerro colindante del mismo nombre era el lugar donde confinaban los términos de Lebrija, Jerez y Trebujena: un trifinium. Con idéntico nombre se mantiene todavía otro cerro de Mojón Blanco (y el caserío homónimo), en las proximidades de Gibalbín, frente al cortijo de Las Navas, señalando en este caso el punto donde confluían los términos de Arcos, Lebrija y Jerez (3).



Junto a los ríos y los montes, las casas y construcciones son también elementos visuales de primer orden en el paisaje y no es de extrañar que su color bautice en muchos casos a los parajes donde se enclavan. Así, el cortijo de Casablanca, llama la atención por su peculiar fisonomía, destacando en el paisaje de dilatados horizontes de las marismas que llevan también su nombre y que el viajero descubre en las proximidades de la vecina población de El Cuervo, junto a su conocido silo de cereales.

También es muy conocido otro cortijo de nombre Casablanca situado en las proximidades de la Junta de los Ríos y cercano a Jédula. Su imponente caserío preside un cerro desde el que se contempla un hermoso paisaje de campiña.



Menos a la vista quedan para el paseante las tierras de Casablanquilla, junto al cortijo de Los Ballesteros, cuyo acceso vemos en la carretera de Gibalbín una vez que hemos dejado atrás el cortijo de Jara.



Entre los numerosos pozos y abrevaderos repartidos por todos los rincones del alfoz jerezano, los hay que tienen nombre propio, como el Pozo Blanco del cortijo de Fuente Rey u otro con esta misma denominación perteneciente al cortijo del Chorreadero, próximo a Paterna, ambos los encontramos ya señalados en el Plano Parcelario de López Cepero de 1904 (4). Entre las viñas, no podían faltar tampoco las referencias al color blanco, teniendo en cuenta que buena parte de ellas se asienta en suelos de albariza. Este es el caso de la conocida Viña La Blanquita, junto a la carretera de Rota, en el pago de Balbaína. También frente al núcleo rural de Añina existe otra viña con la denominación de La Blanquita. Por el contrario, Viña Blanco (una en el pago de Solete, junto a Santa teresa y otra en Cerro Pelado), creemos que puede deber su denominación al apellido de un propietario.



En las laderas de Gibalbín, entre la cañada y las cumbres donde despunta la torre, se ubica el cortijo de La Blanquita que perteneció en su día al médico y político jerezano Fermín Aranda y cuyo caserío aparece en uno de los azulejos de la fachada de la que fuera su casa en la plaza de las Angustias.

Las albinas, pequeñas lagunas más o menos temporales que se forman en los montes o en las zonas de marismas, son también muy frecuentes en nuestro término. Una de ellas, enclavada en la zona del Zurraque que luego pasaría a formar parte del término de Puerto Real, era conocida como la Albina Blanca, siendo ya dedicada en 1500 a la extracción de sal, como nos recuerda el profesor Emilio Martín (5). Con el color blanco se relaciona también el conocido topónimo de Los Albarizones, paraje cercano a la Cartuja que da nombre a una barriada rural y a una de las fuentes más conocidas del término, cuyas aguas fueron canalizadas en el siglo XVI hasta la Alcubilla para el abastecimiento urbano de Jerez. Otra Fuente de los Albarizones, más modesta y de menor caudal, se localiza también en las tierras del Cortijo de Picado, en la falda de la Sierra de las Cabras.



Negros, oscuros y umbríos.

A diferencia del blanco, es mucho más difícil encontrar en nuestro territorio lugares y paisajes en los que el color negro o los tonos oscuros sean los predominantes y por lo tanto, un motivo para que figuren en los mapas. Pese a todo, aún se mantienen algunos topónimos relacionados con estos colores.



Tal vez el más conocido es el de Montenegro, un lomo montañoso de casi 4 km de longitud, que en dirección norte sur, se alza frente a La Jarda, en los Montes de Propios de Jerez. A sus pies discurre la carretera que se dirige al Puerto de Gáliz y en sus faldas se desarrolla la típica vegetación presente en los montes del Parque Natural de los Alcornocales al que pertenece, con predominio de alcornoques, quejigos, acebuches y algarrobos. En su ladera oriental, la situada frente a la entrada de La Jarda, se encuentra la Laguna del Moral, próxima a los Tajos del Fraile, un espolón rocoso que se alza en el extremo norte de la Loma de Montenegro. En muchas zonas del país, este topónimo se relaciona con montes de encinas o montes muy cerrados y, aunque en el caso que nos ocupa no está claro su origen, se apunta como posible razón de su nombre, la gran densidad de vegetación de sus faldas y la espesura del matorral y del bosque que aquí se desarrolla. El Rancho de Montenegro, junto al arroyo de Cabañas y la Cañada de Albadalejo, figura ya en los mapas de comienzos del siglo XX. Próximo al Chaparrito, en los llanos de Malabrigo, es un claro antropónimo que alude al nombre de su propietario sin vinculación alguna con las características del terreno.



La Cañada de Bocanegra y la antigua Laguna de Bocanegra, situadas en las cercanías de la Fábrica de Cemento, aunque son topónimos conocidos hace más de dos siglos, pensamos que aluden al apodo de algún propietario o habitante de estos parajes, más que a los rasgos fisiográficos de este rincón de la campiña. Otro tanto sucede con el curioso topónimo de Puerto de los Negros, que figura ya en documentos de 1577 de Señalamiento de las dehesas de los Montes de Propios, estudiados por el profesor Emilio Martín (6). Situado en los montes de la Dehesa de la Alcaría, en el costado sur del actual embalse de los Hurones, este lugar era paso obligado de los caminos que desde Tempul se dirigían a Cardela y Ubrique, por lo que fue muy frecuentado en los siglos medievales. La Garganta de los Negros, un arroyo que discurre entre estos montes y el Camino del Puerto de los Negros, son también topónimos de este alejado rincón del término colindante con Ubrique. Pero, ¿a qué negros se refieren? ¿Tal vez apuntan a un lugar en el que vivieron los últimos moros vinculados al castillo de Cardela, o a un rincón de la serranía en el que habitaron negros o que fue tal vez refugio de descendientes de esclavos negros que vivieron en Jerez? (7).

La toponimia conserva también otros nombres relacionados con lo “oscuro” o lo “sombrío” que están estrechamente relacionados con las características del paisaje al que se refieren. Es el caso, por ejemplo de La Umbría, o Umbría del Escobar, paraje del cerro del Escobar colindante con el embalse de los Hurones y situado en la dehesa de La Alcaría. Por contraposición con La Solana, el topónimo hace alusión a las laderas orientadas al norte de este cerro, que se mantienen más sombrías y húmedas, y por lo tanto más oscuras y privadas de iluminación que las orientadas al sur o de solana. El Escobar, hace alusión a la presencia de arbustos del género Cytisus, conocidos vulgarmente como escobones. El topónimo “La Umbría”, está ya recogido en el s. XIV en el Libro de la Montería en los montes de Tarifa, referido, como en este caso a una zona sombría y oscura (8).



En relación a estos lugares umbrosos o menos expuestos al sol, hay que recordar también otros topónimos que hacen alusión a “lo oscuro” y “la oscuridad”. Este es el caso de la Cañada de la Oscuridad o del Cortijo de la Oscuridad, situados en la zona de Alcornocalejo, próxima a San José del Valle. Este último cortijo, está ligado a los sucesos de la Mano Negra y en sus tierras aún se conserva la Laguna de la Oscuridad, una hermosa lámina de agua casi permanente, rodeada de alcornoques y encinas, en un paraje situado junto a la Cañada de Arcos a Medina. Esta lagunas es también conocida como de Alcornocalejo, de Marimorena o de Medina (9). Con el nombre de La oscuridad, se conoce también un paraje del cortijo de Picado, situado en las laderas de umbría de la Sierra de las Cabras, cubierto de una densa vegetación.



En la Dehesa de Gami, en el extremo oriental del término, encontramos también el paraje de Cueva Oscura, en un hermoso y cerrado alcornocal.

Para terminar este recorrido, no podemos dejar de mencionar el topónimo de Puerto Oscuro, ubicado en las proximidades del Pico del Aljibe, en un paraje por donde salvaban estas cumbres los caminos que unían Alcalá con La Sauceda. Situado en el punto donde se parten los términos de Alcalá de los Gazules, Cortes y Jerez (un trifinium), Puerto Oscuro es la divisoria entre la Garganta de Pasada Llana, que atraviesa La Sauceda, y la Garganta de Puerto Oscuro, en cuya cabecera se sitúa el nacimiento del Río Barbate.

Continuaremos en nuestra próxima entrega, descubriendo los “colores” presentes en otros muchos rincones de nuestras campiñas y sierras.

Para saber más:
(1) Ríos Ruiz, M.: Razón, vigilia y elegía de Manuel Torre, Premio Nacional de Poesía Flamenca 1977, p. 3.
(2) Madoz, P.: Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España y sus posesiones de Ultramar. “Cádiz”. Edición facsímil, 1986, p. 246.
(3) Astillero Ramos J.M.: “La formación del término de Arcos de la Frontera: 1249-1544”, en M. González Jiménez y R. Sánchez Saus (coord.), Arcos y el nacimiento de la frontera andaluza (1264-1330), Ed. UCA, Ed. Universidad de Sevilla, Ayuntamiento de Arcos de la Frontera, 2016, p. 37.
(4) López-Cepero, Adolfo.: Plano Parcelario del término de Jerez de la Frontera. Dedicado al Excmo. Sr. D. Pedro Guerrero y Castro y al Sr. D. Patricio Garvey y Capdepón. 1904. patrocinadores del proyecto, por D. Adolfo López Cepero.- Año de 1904. Escala 1:25.000.
(5) Martín Gutiérrez, E.: La organización del Paisaje Rural durante la Baja Edad Media. El ejemplo de Jerez de la Frontera, Universidad de Sevilla-Universidad de Cádiz. 200, p. 98.
(6) Martín Gutiérrez, E.: La organización del Paisaje Rural… Ob. Cit. pp. 259-260
(7) Sobre los esclavos negros en Jerez puede consultarse el magnífico trabajo: Mingorance, J.A. y Abril, J.M.: La esclavitud en la Baja Edad media. Jerez de la Frontera. 1392-1550, Peripecias Libros, 2013, pp.122-125.
(8) Pascual Barea, J.: “El paisaje histórico de los términos de Tarifa y Algeciras según la toponimia del Libro de la Montería en el siglo XIV”, en Martín Gutiérrez, E. (Ed.) El paisaje rural en Andalucía Occidental durante los siglos bajomedievales, Servicio de publicaciones e la Universidad de Cádiz, p. 116.
(9) Sobre la Laguna de la Oscuridad puede consultarse: García Lázaro A. y J.: Las lagunas perdidas. Diario de Jerez, 07/02/2016. También disponible en internet en el enlace: Las lagunas perdidas.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 22/01/2017

 
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