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Gibalbín: “el monte del pozo”.
Un recorrido por la toponimia andalusí.




En diferentes ocasiones nos hemos ocupado en estas páginas de algunos topónimos de resonancias árabes, que guardan memoria de los más de cinco siglos de presencia andalusí en nuestro territorio. Después de 750 años, aún se mantienen no pocos vestigios de su prolongada estancia en los nombres de nuestros ríos, nuestros campos, nuestros montes.

Esta pervivencia no es de extrañar ya que, desde las primeras décadas inmediatamente posteriores a la llegada de los musulmanes a la península y durante casi ocho siglos, Jerez y su extenso alfoz han tenido una marcada influencia andalusí de la que aún quedan testimonios en su cultura, en su paisaje y en la toponimia. Como ha escrito el profesor Juan Abellán, el topónimo “se erige no solo como espectador de la Historia de su entorno más inmediato, sino que la vive y le afecta, quedando las huellas del pasado incrustadas en sus formas gráficas y en sus significados, aunque, con relativa frecuencia, es observable el cambio de las primeras, permaneciendo, no obstante, inalterable su significación”. (1)

Gibalbín: un nombre para un monte.



Junto a la cercana sierra de San Cristóbal, pequeña elevación de 125 m al SW de la ciudad que cierra el horizonte hacia El Puerto de Santa María, el relieve más destacable en las proximidades de Jerez es sin duda la Sierra de Gibalbín. Situada a 20 km en línea recta, en dirección NE, presenta un relieve de suaves pendientes, fruto del modelado superficial, a pesar de la naturaleza caliza y margocaliza de su roquedo. Con sus 410 m es un hito sobresaliente en el paisaje de un amplio territorio, a caballo entre las provincias de Sevilla y Cádiz, siendo también un referente visual de primer orden desde el que se dominan las amplias llanuras del antiguo estuario del Guadalquivir, las campiñas jerezanas y de Arcos y las comarcas cercanas a la Sierra de Cádiz.



No es de extrañar que, por estas razones, fuera desde antiguo un enclave estratégico como atestiguan los testimonios arqueológicos hallados en sus laderas y cumbres, que informan del paso de las diferentes culturas a lo largo de la historia. Por sus alrededores han discurrido (y se trazan todavía) las principales vías de comunicación que, desde al menos dos milenios atrás, han unido las tierras gaditanas con las de Sevilla.

Para rastrear el origen y posible significado de este orónimo hemos revisado los diferentes nombres con los que se cita a este monte las fuentes documentales árabes, así como nuestra historiografía tradicional y los estudios sobre toponimia, lo que nos ha permitido conocer su evolución a lo largo del tiempo hasta su fijación en la forma “Gibalbín”, tal como hoy la conocemos.



Gibalbín, “el monte del pozo”.

Diremos ya, de entrada, que el topónimo de Gibalbín tiene su origen, muy probablemente en el Yabal al-bi´r de los árabes, con el significado de “monte del pozo”. Las referencias que encontramos en las fuentes árabes a esta enclave geográfico se remontan, cuando menos, al siglo XII. Así, al describir el itinerario entre Algeciras y Sevilla, el geógrafo al-Idrisi (mediados del s. XII), menciona los lugares más destacados por los que discurre el camino. Tras dejar atrás Medina (Ibn al Salim) y cruzar el Río Guadalete, se pasa por Yabal Munt, para seguir después hasta la alquería de Asluca, la actual Torres de Alocaz (2). Este Yabal Munt o “cerro del monte” de la vía idrisiana, que vemos mencionado también en otras fuentes como Gebalmont, no puede ser otro que Gibalbín. En ambas formas aparece de manera redundante el vocablo “monte”, combinándose los sustratos árabe y romance. Se subraya así la importancia de este hito orográfico como referencia en un paisaje donde predominan suaves colinas y llanuras y donde Gibalbín se yergue en esta región por la que cruzan los caminos más importantes entre el Estrecho y el Valle del Guadalquivir como “el monte” por antonomasia.



Ibn Abi Zar nos da también posibles referencias de esta montaña en su obra Rawd al-Qirṭās, una historia de Marruecos escrita en árabe a comienzos del siglo XIV, en la que relata los asaltos meriníes a la zona. Así, en una de las intervenciones militares de castigo que se llevaron a cabo en la primavera de 1285 por la comarca, el “Emir de los Musulmanes”, Abu Yusuf, desde su campamento en las cercanías de Jerez, envía una expedición al mando de uno de sus jefes, hacia Alcalá de Guadaira y Sevilla: “El Emir de los Musulmanes cabalgó, acompañándolo, hasta que lo despidió… Al separarse de él, apretó el emir Abu Mu´arrif la marcha aquel día hasta que llegó a la montaña de Ibrir, donde se detuvo a hacer la oración de media tarde; cabalgó de nuevo con ardor hasta la puesta del sol, dio pienso a los caballos a orillas del Wadi Lakka y anduvo toda la noche hasta que amaneció… ”.



En este topónimo de “la montaña de Ibrir” se reconoce de nuevo el Yabal al-bi´r, “el monte del pozo”, tanto por su forma gráfica como por las referencias espaciales que se aportan en la crónica y el itinerario seguido por las tropas (3). Apenas unas semanas más tarde, Abu Ya´qub, hijo de Abu Yusuf, emprenderá otra campaña de castigo por tierras sevillanas desde Jerez, tomando Gibalbín como lugar de descanso. El profesor M.A. Manzano Rodríguez da cuenta en su libro “La intervención de los benimerines en la Península Ibérica” (4) del papel como base de operaciones militares desempeñado por la sierra de Gibalbín en estos episodios bélicos y señala que en las fuentes árabes el topónimo presenta diferentes problemas textuales, de modo que unas veces aparece citado como Yabal Abrir /Ayrin (pg. 85), otras con las variantes Yabal



Ibriz / Ibrid
(pg. 91) y en otras ocasiones bajo las formas de Yabal Ibrir / Ibril / Ibriz (pg. 95). Esta y otras muchas referencias a Gibalbín pueden encontrarse en las crónicas árabes, debido sin duda a la posición estratégica que le proporcionaba su altura.



El profesor E. Martín Gutiérrez recuerda también el papel destacado que jugó la Sierra de Gibalbín durante la década 1274-1284, cuando los invasores benimerines realizaron múltiples correrías, como las descritas por Ibn Abi Zar, por la comarca jerezana.



Desde esta Sierra se realizaron expediciones punitivas por toda la comarca, llegando incluso hasta las inmediaciones de Carmona” (5). Como ejemplo señala también que “durante el asalto de Jerez “Abu´Ali llegó hasta la sierra de Gibalbín en donde acampó hasta la tarde”.

Dejamos para otro momento la posible identificación de Gibalbín con el “Montebur” que se menciona en la crónica del al-Razi, tal como sostiene Abellán (6) y que a juicio de otros autores como el arabista Borrego Soto podría referirse a la Sierra de San Cristóbal (7), o a la Sierra del Pinar, en Grazalema, como sugiere Rallón (8). Más cercanas al “yabal bir”, del que deriva el actual Gibalbín, encontramos las formas “Motebir” y “Montebir” que menciona la Crónica general de España de 1344 (6) y que también recoge el jesuita Martín de Roa (1617). Este autor transcribe parte de un códice de la catedral de Toledo, que el presume “no bien copiado”, que contiene una versión de la crónica del “Moro Rasis” donde al hablar de Xerez-Saduña se dice “…e ai un monte que a nombre monte Bir”. (9)

Gibalbín: otros posibles significados.

Como ya se ha dicho, la tesis más aceptada es la que sostiene el profesor Juan Martínez Ruiz (10) quien toma como referencia el topónimo que consta en el Privilegio del rey Alfonso X, de 1274, estableciendo los términos de Jerez y en el que se señala que uno de los mojones está “… en la sierra de Xibralbir, do es el departimiento de los términos de las aldeas de Grañina e de Cariecas” (11). Para Martínez Ruiz, el primer término “Xibral” es el árabe “yabal” (monte). El segundo, “bir” procede “del árabe “bi´r”, hispanoárabe “bir”, “pozo”. Literalmente “el monte del pozo”.



El profesor Juan Abellán (12), ha señalado como este vocablo está también presente en las fuentes documentales, formando parte de varios topónimos localizados en otros lugares del término como en el Pozo de Alhoçen (bi´r al-Husayn) o en el Almanzor (bi´r al-Mansur), ambos en la zona de Torrecera y Los Arquillos.



La forma Xibralbir, aparece con la variante de “Gibralvir” (13) en el deslinde de términos entre Jerez, Lebrija y Arcos, efectuado por Alfonso Fernández, hijo de Alfonso X (1274). Como Gibialvir” es mencionado también por el historiador jerezano Bartolomé Gutiérrez (1787) al transcribir el amojonamiento del término de Jerez recogido en el Privilegio de Cuéllar (14).

Este autor puso ya su atención en el origen árabe el topónimo y fue el primero en especular sobre su posible significado. Así, al enumerar las torres y fortalezas repartidas por el alfoz jerezano señala que “en la cumbre de la Sierra de Gibelvir, que suena monte grande en Arábigo, ay un famoso y grande castillo, cuya elevada fortaleza pudo ser ten tiempo de estos árabes, el más seguro asilo…”. Le asigna así un primer significado de “monte grande”, tal vez al establecer la similitud fonética con Guadalquivir, el “río grande” de los árabes. Este mismo autor describe las dimensiones de la montaña a la que le asigna “una legua de largo y media de ancho”. (15)



Vicente García de Diego (1972), primer autor que aborda un amplio estudio de la toponimia jerezana (16) apunta el origen de varias formas relativas a este mismo lugar: Ajibalbin, Gibalbín y Gebalmont. Sobre la primera de ellas, presente en diversas fuentes cristianas propone su derivación de “al-Gibalbín”, híbrido de Gibal, Gebel “monte” y alba “blanco”. Aunque pudo ser de Gebel-almina, “la altura” (pg. 43). En relación a Gebalmont sugiere que “parece la forma antigua de Gibalbín que debió vacilar con Gebal almina”. (pg. 49)

Por el historiador Fr. Esteban Rallón hemos sabido de otros nombres con los que esta sierra era también conocida en la historiografía clásica. Según nos cuenta este autor, Fr. Juan de Spínola y Torres, religioso de la Orden de Santo Domingo, apunta en una historia de Jerez escrita en el s. XVI, de cuyos manuscritos existen referencias por las menciones de otros historiadores, que “en la Sierra de Gibalbín se encontraba la ciudad de Turdeto”. Se apoya para ello en la autoridad de Florián de Ocampo quien “pone en su sitio alto a Turdeto, que es la gran ciudad que vemos dispoblada sobre el famosso Gabasolin o Jibalbín, cuyos muros, puertas, baños y anfiteatros nos muestran en su ruinas su grandessa” (17). A partir del siglos XVII la forma Gibalbin cobra fuerza si bien todavía convivirá con las de Gibralvir con otras menos frecuentes como Giberbin (18) tal como se muestra en el mapa de Tomás López (1787).

Gibalbín es, como hemos podido comprobar, un término cargado de historia que da nombre a un monte y un territorio que guarda en cada uno de sus rincones la memoria de aquel Jerez andalusí que le dio nombre.



Para saber más:
(1) ABELLÁN PÉREZ, J.: Toponimia Hispano-Árabe y Romance: fuentes para la historia medieval, Cádiz, 1999, pg. 7.
(2) ABELLÁN PÉREZ, J.: La cora de Sidonia, Málaga, 2004, pg. 35
(3) ABELLÁN PÉREZ, J.: El Cádiz islámico a través de sus textos, Cádiz, 2006, pg. 141-143
(4) MANZANO RODRÍGUEZ, M. ANGEL.: La intervención de los benimerines en la Península Ibérica, Madrid, 1992, p. 85, 91 y 95.
(5) MARTÍN GUTIÉRREZ, E.: Aproximación al repartimiento rural en Jerez de la Frontera: la aldea de Grañina. En la España medieval, 1999, nº 22, pg. 360
(6) ABELLÁN PÉREZ, J.: La cora de Sidonia, Málaga, 2004. Pg. 100
(7) BORREGO SOTO, M.A.:De “Asidon” a Sidueña: localización de "Madinat Siduna" en el yacimiento de Doña Blanca”, Revista de historia de El Puerto, Nº 42, 2009. Pg. 23
(8) RALLÓN, E.: Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera y de los reyes que la dominaron desde su primera fundación, Edición de Ángel Marín y Emilio Martín, Cádiz, 1997, vol. I, pg. 5
(9) MARTÍN DE ROA (1617):Santos Honorio, Eutichio, Eſtevan, Patronos de Xerez de la Frontera”. Edición Facsímil, Ed. Extramuros Edición S.L., 2007. Cap. VI, pg. 20
(10) MARTINEZ RUIZ, J.: “Toponimia gaditana del siglo XIII”, en Cádiz en el siglo XIII, Actas de las Jornadas conmemorativas del VII centenario de la muerte de Alfonso X el Sabio, Cádiz, 1983, pg. 107 y 119.
(11) CARTA DE PREVILLEXIO DE ALFONSO X (Estableciendo los términos de Jerez). Cuéllar, 3 de agosto, 1274. Archivo de la Catedral de Cádiz. Manuscrito, cortijo de los Siletes. Fols 214r-230r. (Citado por Martínez Ruiz, J.)
(12) ABELLÁN PÉREZ, J.: La cora de Sidonia, Málaga, 2004. Pg. 138
(13) MARTÍN GUTIÉRREZ, E.: Aproximación al repartimiento rural en Jerez de la Frontera: la aldea de Grañina. En la España medieval, 1999, nº 22, pg. 365
(14) GUTIÉRREZ, B.: Historia y Anales de la muy noble y muy leal ciudad de Xerez de la Frontera, Edición facsímil. Tomo I. BUC .Jerez, 1989, vol I, pg 129.
(15) GUTIÉRREZ, B.: Historia y Anales de la muy noble y muy leal ciudad de Xerez de la Frontera, Edición facsímil. Tomo I. BUC .Jerez, 1989, vol I, pp.32 y 24.
(16) GARCIA DE DIEGO, V.: Toponimia de la zona de Jerez de la Frontera. Centro de Estudios Históricos Jerezanos. Gráficas del Exportador. Jerez, 1972. Pgs, 42 y 49
(17) RALLÓN, E.: Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera y de los reyes que la dominaron desde su primera fundación, Edición de Ángel Marín y Emilio Martín, Cádiz, 1997, vol. I, pp. 20-21.
(18) LÓPEZ, T.: Mapa Geográfico de los Términos de Xerez de la Frontera, Algar, Tempul y despoblados y pueblos confinantes….1787. AMJF, C. 13, nº 27. 33 x 42 cms.


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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 1/03/2015

Las “costas de Jerez”.
De “marisqueo” por Vallesequillo y la Hoyanca.




Estos días luminosos de junio, antesala del verano que se presiente ya muy cerca, invitan a pasear por la costa. Así que, sin pensarlo dos veces, hemos aprovechado la mañana del domingo para llegarnos a ese litoral marino que tenemos al lado de casa y, de paso, ejercitarnos en las artes del “marisqueo”. Para ello no ha sido preciso salir de la ciudad y el lugar elegido no ha podido ser más apropiado, ya que hemos vuelto con una cesta llena de los más variados productos del mar. Sólo había un problema: frescos, lo que se dice frescos, no estaban. Y es que algunas de las piezas recolectadas tenían ya… varios millones de años. Sí, han leído bien, algunos millones de años ya que se trata de moluscos depositados en el Plioceno cuando las “costas de Jerez” se encontraban en las laderas de Vallesequillo, de Cerrofruto y de las “hoyancas de San Telmo.

Aquí no hay playa… pero la hubo.

Una creencia popular muy arraigada que cuenta también con numerosas referencias en la historiografía tradicional jerezana, sostiene que la pequeña elevación sobre la que se alza el alcázar y una buena parte de la ciudad, estuvo bañada en épocas pretéritas por la “madre vieja del río Guadalete” y aún por el mar. Se apunta también que otros esteros cercanos a la ciudad conectaban con las marismas de este río a través de El Portal. El topónimo de “Playas de San Telmo” contribuye a alimentar esa creencia que, cuando menos parcialmente, está fundamentada en un hecho cierto: en la antigüedad el estuario del Guadalete no estaba cubierto por los sedimentos que hoy rellenan las marismas de Doña Blanca y su desembocadura se hallaba próxima al actual puente de Cartuja. Una parte de los Llanos de la Ina estaban también inundados y los esteros penetraban tierra adentro, por el cauce del arroyo del Carrillo hasta Espantarrodrigo, por el del Salado hasta los Llanos de Caulina y por el del antiguo Guadajabaque, desde El Portal, hasta las cercanías de la actual zona comercial de Luz Shoping y Área Sur. Una idea aproximada de cómo pudieron ser estas “costas de Jerez” la encontramos en los mapas trazados a mediados del siglo pasado por el prestigioso ingeniero de minas Juan Gavala Laborde, en ellos se muestra la evolución de los estuarios del Guadalquivir y el Guadalete al terminar su excavación y su posterior relleno con depósitos aluviales en época histórica (1). En ellos queda ya patente, como en la protohistoria, el mar inundaba las tierras situadas en las cotas bajas en torno a Jerez.

El profesor Juan Abellán nos informa de las pesquerías medievales en el Guadajabaque, topónimo de origen árabe que significa “el río de las redes” (2). Uno de nuestros historiadores más renombrados, Fray Esteban Rallón, recoge también un interesante testimonio sobre esta imagen Jerez como una ciudad bañada por los esteros: ”… mirada por la parte del mediodía está en una eminencia sobre una barranca, al pie de la cual está la madre vieja que fue del río Guadalete, cuya cercanía convidó con sus aguas a los vándalos que la trasladaron de Hasta para elegirle por sitio si bien hoy se halla, como dijimos, privada de sus comodidades por la razón que allí tocamos de haber el río mudado su corriente y, apartándose distancia de media legua, causando no pequeña incomodidad a sus habitadores en la parte del comercio que se funda en la navegación”. (3)

Otros historiadores como Mesa Xinete o Martín de Roa también se han referido en sus escritos a este Jerez rodeado de esteros, como lo ha hecho Bartolomé Gutiérrez quien en el capítulo V de su "Historia del estado presente y antiguo, de la mui noble y mui leal ciudad de Xerez de la Frontera”, al ocuparse de la descripción de los ríos del termino de Jerez, hace numerosas e interesantes observaciones geográficas, algunas de las cuales tratan de demostrar esa repetida tesis de la historiografía más tradicional que sostiene que Jerez, en tiempos históricos, estuvo bañada por el mar, o cuando menos, por un brazo de las marismas en conexión directa con los estuarios del Guadalquivir y el Guadalete. Aunque Gavala y Laborde rechazó “de modo terminante” en su Geología de la Costa y Bahía de Cádiz (1959) la conexión en tiempos históricos de ambos estuarios a través de los Llanos de Caulina, quedan abiertas otras posibilidades, tal como ha publicado en un interesante trabajo sobre “Los canales de Jerez”, Alberto M. Cuadrado Román, cuya lectura recomendamos (4)

Por “las costas de Jerez”.

Dejando a un lado estas referencias históricas que apuntan esa cercanía del mar bañando “las puertas de Jerez”, lo cierto es que la Geología nos habla de una línea de costa en las en las proximidades de la ciudad… pero hace varios millones de años. Así, es sabido que durante la época geológica conocida como Plioceno (entre 5 y 1,5 millones de años atrás, aproximadamente) se produce una gran transgresión marina que en nuestro territorio hará penetrar el mar hasta Arcos y San José del Valle, ocupando también buena parte de los alrededores del actual Jerez. En muchos lugares se depositarán sedimentos arenosos y lumaquelas (conglomerados de conchas de moluscos) de carácter litoral, prolongándose este periodo durante el Plioceno Inferior y Medio. Durante el Plioceno Superior el mar se encuentra ya en franca regresión y ocupará sólo una estrecha banda más o menos paralela a la línea de costa que conocemos en la actualidad, formándose en algunos territorios del interior (El Cuervo, Lebrija, Mesas de Asta) zonas lacustres aisladas sin comunicación con el mar. Como consecuencia de estas entradas y retiradas del mar se depositaron en numerosos puntos en los alrededores de Jerez, los típicos sedimentos litorales de arenas y limos arenosos, así como los típicos conglomerados formados por las valvas (conchas) de numerosas especies de moluscos marinos, especialmente óstreidos y pectínidos (5). Y algunos de estos restos fósiles son los que hemos “mariscado” hace unos días en las cercanías de Vallesequillo, Cerrofruto y San Telmo. Pero mucho antes que nosotros, un curioso y erudito sastre jerezano, el conocido historiador Bartolomé Gutiérrez ya había estado por estos mismos lugares y también había realizado notables observaciones.

Bartolomé Gutiérrez y las “conchas marinas” de la Hoyanca.

Cuando en 1787 termina de escribir su Historia de Jerez la geología no existe todavía como ciencia y la estratigrafía o la paleontología están dando sus primeros pasos. No es de extrañar por ello que las observaciones geográficas y fisiográficas de nuestro erudito local busquen apoyo en la autoridad de los textos clásicos (Estrabón, Ptolomeo, Pomponio Mela, Plinio…). Sin embargo, a diferencia de otros historiadores locales que le precedieron en los siglos anteriores, Bartolomé Gutiérrez apunta también hipótesis y conjeturas que fundamenta en datos que extrae de la observación directa, y, como en el ejemplo que hoy traemos, de lo que él mismo estudia en sus recorridos por los alrededores de la ciudad. Dejemos que nos cuente lo que, en el último tercio del siglo XVIII, ve en un corto paseo por el “camino alto de las Puertas del Sol”, en los bordes de la “Hoyanca de San Telmo” o por el camino que conduce a la “huerta de Geraldino, tal como puede leerse literalmente en el capítulo V de su obra:

De más envejesida memoria consideramos el arroyo que oy tiene el nombre de Guadaxavaque, conservando en el idioma arábigo la denominación de Rio que, aunque este corre ahora por lomas bajo de las Playas y cercano á las marismas de torroy, en aquellos siglos venía circundando la vecindad de los muros y rodeaba el circuito por la ensenada que ay sobre la hoyanca de San Telmo, sobre el cerro del fruto, de que son buenos testimonios en lo presente, los infinitos rastros de conchas marinas, de ostras, caracoles de mar, almejas, ostiones y otros desperdicios que, vaciados de comidas, desarmados de su fábrica y amontonados sobre aquellos cerros, hazen gran cantidad de su elevación y componen profuso espacio de paredes, solo mazisadas de estos fragmentos que son propios de costas de mar ó rios de semejante pezca, venlos todos mas no todos reparan en ellos para reconocer su orígen; en el camino alto de las puertas del Sol se hallan muchos bien debajo de la superficie de su elevación y mui profundos y continuos con sucesión quasi interminable, en los derrumbios que hazen los desagües del camino de la huerta llamada de Geraldino, donde la curiosidad puede ejercitar la admiración contemplando la abundancia y su motivo”. (6)

Nuestro historiador, al observar los restos de conchas marinas que se acumulan en las cercanías de la ciudad, en esa “línea de costa” que configuran los cortados de la Hoyanca de San Telmo, Cerro Fruto y las faldas del camino de Geraldino, concluye que son la prueba evidente de que en tiempos pasados el mar estuvo ahí, “en la vezindad de los muros”. Y describe, con cierto detalle, como pudo hacer un pionero de las ciencias naturales, las especies que encuentra. Si tenemos en cuenta que en los albores de la geología, en pleno siglo XVIII, científicos que gozaban de reputado prestigio sostenían que los “fósiles” no correspondían a criaturas extinguidas sino que habían sido fruto de la “creación”, valoraremos aún más las observaciones que apunta Bartolomé Gutiérrez en 1787.



Hemos vuelto a recorrer estos mismos lugares, y de nuevo nos hemos adentrado por “el camino alto de las Puertas del Sol”, la actual zona de Estancia Barrera, aprovechando que las obras de una reciente promoción de viviendas y la adecuación de varios viales permiten observar los cortes del terreno. Hemos paseado por el camino de las Huertas de Geraldino (por la Hijuela de Pinosolete) y hemos bajado por uno de los “desagues” que menciona Bartolomé Gutiérrez, y buscado entre sus “derrumbios” los restos de moluscos marinos que citaba el historiador.

En la zona trasera de “Talleres Ramos”, puede descenderse hasta las proximidades de las vías del ferrocarril y allí, o en cualquiera de los cortados existentes en Vallesequillo, Estancia Barrera o en San Telmo, por donde discurría la traza del ferrocarril de Bonanza, pueden observarse en los estratos de arenas gran cantidad de restos de moluscos marinos. Se trata, como ya se ha dicho de los materiales fueron depositados durante la transgresión marina que tuvo lugar durante el Plioceno, en la que el mar llegó a los pies de Jerez, penetrando también por los Llanos de Caulina. Por aquí y por allá pueden verse los mismos restos de moluscos que, de una u otra forma, menciona nuestro historiador en el siglo XVIII. Allí, y en otros muchos lugares de nuestros alrededores, siguen estando bien visibles, pero como entonces sucedía “venlos todos mas no todos reparan en ellos para reconocer su orígen”.

Pero esta vez, haciendo caso a sus indicaciones, nos hemos detenido en este lugar para observar los restos de conchas marinas “donde la curiosidad puede ejercitar la admiración contemplando la abundancia y su motivo”. Y hemos recogido sólo algunas de las muchas muestras que allí se encuentran de conchas bivalvas pertenecientes a moluscos marinos de los géneros Pecten (parecidas a las vieiras), Cardium (que recuerdan a las actuales almejas y berberechos), Ostrea (ostras) o Pectunculus (bivalvos de gran tamaño)… que se cuentan entre los más representados. No faltan tampoco ejemplares de otros géneros como Chlamys (que se asemejan a pequeñas “conchas de peregrino”), Anomia (de delicadas conchas finas y amorfas con tonos iridiscentes), Monia (especie de mejillon de concha irregular), Gryphaea



Por todas partes el observador curioso encontrará restos fósiles bastante bien conservados que nos recordarán a los actuales ostiones, lapas, ostras, almejas, vieiras…esos mismos que describía en 1787 Bartolomé Gutiérrez y que más de doscientos años después les mostramos en las fotografías.

Para saber más:
(1) Juan Gavala y Laborde (1959): Geología de la Costa y Bahia de Cádiz. El Poema Ora Maritima de Avieno. Diputación de Cádiz. Ed. Facsimil. 1992. p. 71 y mapas.
(2) Abellán Pérez, J.: La cora de Sidonia, Málaga, 2004. P. 145
(3) Rallón, E.: Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera y de los reyes que la dominaron desde su primera fundación, Ed. de Ángel Marín y Emilio Martín, Cádiz, 1997, vol. IV, p. 127.
(4) Alberto Manuel Cuadrado Román.: Los canales de Jerez. Revista de Historia de Jerez, nº 14-15, 2008-2009, pp. 67-90
(5) Mapa Geológico de España. Hoja 1.048. Jerez de la Frontera. Instituto Geológico y Minero de España. 1988. Pp, 20-21 y 33.
(6) Gutiérrez, Bartolomé.: Historia del estado presente y antiguo de la mui noble y mui leal ciudad de Xerez de la Frontera, Edición facsimil. BUC. Ayuntamiento de Jerez, 1989, vol I P. 48-49

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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, 15/06/2014

 
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