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Por la Garganta del Capitán (y II).
Entre pozas y cascadas.




La semana anterior iniciamos un recorrido por el Arroyo de Botafuegos, también conocido como Garganta del Capitán, uno de los más hermosos “canutos” del Parque de Los Alcornocales. Tras visitar los molinos de San José, de Enmedio y de las Cuevas, continuamos hoy por el sendero que se abre junto al cauce del arroyo para disfrutar de la vegetación de sus orillas y de las pozas y cascadas que se suceden a lo largo de la ruta.

Dejando atrás las umbrosas espesuras vegetales que cubren casi por completo los restos del Molino de las Cuevas, continuamos nuestro camino por la orilla izquierda, en la que adivinamos la pequeña acequia que canalizaba el agua del arroyo hasta el cao del molino, procedente de una poza cercana que hacía las veces de represa. En ocasiones nos veremos obligados a caminar por el lecho del arroyo, fácilmente transitable por la presencia de grandes bloques de arenisca entre los que progresaremos río arriba sin grandes dificultades, acompañados en todo momento por el rumor del agua.

Al poco encontramos otra poza que, alimentada por una pequeña cascada, nos invita a descansar bajo la sombra de la arboleda que conforma el magnífico bosque en galería de la Garganta del Capitán. Vadeamos aquí el arroyo, apoyándonos con facilidad en los grandes bloques, por detrás de la cascada, para seguir el camino por la orilla derecha, y disfrutamos paseando bajo el túnel de vegetación que acompaña al río.



Por el bosque de ribera.

En la arboleda de estos sotos destacan los alisos y en las laderas abundan los helechos que, en primavera llaman la atención del paseante con el hermoso tono brillante de sus grandes hojas. A lo largo de nuestro recorrido podremos observar la típica vegetación de los “canutos” que constituyen un auténtico túnel de verdor. Bajo la copa de los alisos crecen los delicados avellanillos, los llamativos durillos, arborescentes adelfas, lustrosos ojaranzos… No faltan tampoco quejigos y alcornoques, que llegan hasta la orilla del arroyo y colonizan también las laderas de la garganta. Pero sobre todo abundan otras especies arbustivas y herbáceas como espinos, ruscos, agracejos, brezo cucharero, escobón negro, acantos… todo un hermoso muestrario para los amantes de la botánica y para cualquier persona abierta al disfrute de la naturaleza.

Enredadas entre los árboles y arbustos del bosque de ribera, formando una tupida maraña, crecen por doquier especies trepadoras como hiedras, zarzaparrillas, clemátides o zarzas que, en ocasiones, cortan el paso por las orillas. Pero sin duda, lo que más llama la atención del paseante, es la gran abundancia de helechos entre los que sobresalen helecho real, helecho hembra, polipodio, cola de caballo (menos abundante) o el singular Culcita macrocarpa, por citar sólo los más notables.

Al poco de pasar la primera cascada veremos, como colgada en las laderas de la orilla derecha, la tubería de una conducción de agua que ha quedado al descubierto al desprenderse la canalización de cemento que la protegía. Enseguida llegamos a una segunda poza que tiene como telón de fondo una hermosa cascada cuya altura es mayor que la que hemos dejado atrás. El sendero cambio de nuevo, tras los grandes bloques que forman el salto, a la orilla izquierda, sucediéndose río arriba las pequeñas pozas, los grandes cantos de arenisca cubiertos de líquenes, que se nos muestran aquí en formas redondeadas y sin aristas, erosionados por la fuerza del torrente abrazados por las llamativas raíces de los alisos que buscan el contacto directo con el agua.

En la Cascada del Capitán.

El murmullo del río se va transformando, poco a poco, en un intenso rumor que nos anuncia la cercanía de la sorprendente Cascada del Capitán, a la que llegamos enseguida. Nos detenemos frente a ella junto, a la orilla de la gran poza de aguas cristalinas, de un intenso azul, que se forma a sus pies, para dejarnos llevar por la belleza de este lugar. Y aquí nos quedamos en silencio, admirando este formidable salto, uno de los de mayor altura de la provincia y, sin duda, uno de los más hermosos.

Al describir los ríos y arroyos de la comarca de Algeciras, cuenta Pascual Madoz, en su Diccionario Geográfico (1848-70), que “…la Garganta de Botafuegos o del Capitán, nace en los Corchadillos; se despeña desde la altura de unos 45 pies, formando una hermosa cascada, a la que llaman la Chorrera”. “Chorrera” es sinónimo de cascada, pero en esta referencia de Madoz, con más de ciento cincuenta años de historia a sus espaldas, pone en evidencia que la Cascada del Capitán, la única que contaba desde antiguo con “nombre propio”, era ya reconocida y admirada desde varios siglos atrás.



El lugar es paradisíaco y a la belleza del salto se une la de la magnífica poza que se forma a sus pies, rodeada de estratos rocosos de arenisca y techada por alisos, alcornoques y quejigos. No es de extrañar que en verano, muchos visitantes se bañen en sus aguas y se zambullan desde sus orillas o desde las ramas de los árboles cercanos, de uno de los cuales cuelga una cuerda que, a modo de columpio, es utilizada para estos fines. En las orillas de la poza el agua ha depositado numerosos restos de ramas, trozos de raíces de aliso, llamativos troncos de corcho hueco y pequeños fragmentos de corcho a los que la erosión ha dado curiosas formas redondeadas.

Hemos llegado hasta la Cascada por la orilla de la derecha y a este mismo lugar viene también a parar un corto sendero que baja por la empinada ladera de la derecha desde una cercana pista forestal. Este último, es uno de los accesos más utilizados para visitar la Garganta por quienes no quieren recorrer el cauce del arroyo de Botafuegos y acudir “directamente” a la Cascada del Capitán.



Esta ruta alternativa (ver mapa) arranca del camino que parte junto al Centro Penitenciario de Botafuegos y sigue el carril de Las Corzas (durante 6,5 km, aproximadamente) hasta un punto debidamente señalizado en el que un corto sendero desciende hasta la Cascada del Capitán, desde donde podremos regresar por el mismo camino o tomar las alternativas descritas en este itinerario.

Represas y tumbas.

Pero nuestra ruta todavía no ha terminado y para seguir río arriba tomamos ahora un empinado sendero a la izquierda de la Cascada que, después de un corto ascenso nos dejará en un estrecho camino que discurre sobre un canal cubierto. Esta canalización se encuentra literalmente “colgada” en la ladera de la izquierda de la Garganta”, y encierra una tubería procedente de una cercana captación de agua potable destinada al abastecimiento de Algeciras.

Siguiendo un corto trecho por este sendero, a la derecha (esto es, “curso arriba”), llegaremos a una cancela que nos cierra el paso tras la que veremos una pequeña represa formada en una gran poza existente en el cauce del arroyo, de la que parte un pequeño canal que alimenta la citada conducción de agua potable. El paraje de la represa es también muy pintoresco, encajado entre grandes paredones de arenisca donde afloran llamativos estratos. En el horizonte, frente a nosotros, se divisan varias poblaciones del Campo de Gibraltar.



A pesar de que la cascada original ha sido ligeramente modificada por un pequeño muro, el salto que se forma aquí es también de gran belleza como podremos comprobar si nos acercamos a los pies de la chorrera por un corto sendero que nace junto al camino.

Por este mismo camino que termina en la citada cancela, daremos la vuelta para continuar nuestro itinerario y, en un punto donde el firme se ha desprendido, nos desviaremos a la derecha, por un sendero perfectamente marcado, internándonos en un magnífico alcornocal cuyas laderas, sombreadas por arbolado de gran porte, están cubiertas de helechos.

Caminando por el alcornocal llegaremos al poco, tras un suave descenso, a un claro conocido como “Llano de las Tumbas” donde se han formado unos pequeños prados entre zonas aclaradas de vegetación arbustiva. Grandes bloques de arenisca salpican aquí y allá, entre majuelos, alcornoques, zarzas y escobones, este paraje que guarda, bajo la sombra de los grandes pies de alcornoque que crecen en las laderas cercanas, un pequeño secreto: varias tumbas antropomorfas excavadas en la roca, que nos hablan de la remota ocupación de estos territorios. Presentes también en otros lugares de esta comarca (tal vez la más conocida sea la Pilita de la Reina, en el pico del Aljibe) el origen de estas sepulturas no está todavía claro y son muchos los investigadores que las consideran “tardorromanas”, visigóticas o del periodo alto-medieval.



Desde el Llano de las Tumbas, continuaremos nuestro sendero, que desde aquí es ya un carril accesible a vehículos, y poco a poco, iremos descendiendo por las laderas del cerro de lasEsclarecidas dejando atrás el alcornocal. Frente a nosotros se alza en el horizonte la imponente silueta del Peñón de Gibraltar y, más cerca, cuando alcanzamos ya la zona de prados abiertos, las instalaciones del centro Penitenciario de Botafuegos. Al poco, alcanzaremos en un suave descenso, el carril que nos dejará en el punto de inicio de nuestro itinerario, junto a la Puerta Verde de Algeciras.



De vuelta en casa, nos damos cuenta de que junto al recuerdo de la belleza de los parajes que hemos recorrido, nos hemos traído también, ya para siempre, el rumor bullicioso de los hermosos saltos de agua de la Garganta del Capitán.

Para saber más:
Madoz, P.: Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España y sus posesiones de Ultramar. “Cádiz”. Edición facsímil, 1986. Pg. 24
Instituto Geográfico Nacional: Hoja 1078- La Línea. Ediciones de 1917, 1939 y 1963.
VV.AA. Sierras del Aljibe y del Campo de Gibraltar, Guías Naturalistas de la Provincia de Cádiz. III. Diputación de Cádiz, 1991.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar en Rutas e Itinerarios, Parajes Naturales y Por la Garganta del Capitán (I). Un paseo entre antiguos molinos por el arroyo de Botafuegos.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 17/01/2016

Por la Garganta del Capitán (I).
Un paseo entre antiguos molinos por el arroyo de Botafuegos.




Entre las muchas rutas que ofrece el Parque Natural de Los Alcornocales una de las más sobresalientes es la que recorre la Garganta del Capitán, en tierras de Algeciras y de Los Barrios.

El paseo que hoy les proponemos permite conocer uno de los más hermosos “canutos” de la provincia, el del arroyo de Botafuegos, también conocido como Garganta del Capitán, disfrutando de la típica vegetación de ribera que acompaña a estos estrechos valles de las sierras del sur. Las pozas y cascadas que se suceden a lo largo de su recorrido se cuentan, junto a las del cercano río de la Miel, entre las más espectaculares de cuantas pueden admirarse en nuestro territorio. A sus orillas podremos ver también las ruinas de varios molinos harineros, así como una curiosa represa para captación de agua potable. Ya de vuelta, paseando por un magnífico alcornocal, podremos observar varias tumbas antropomorfas que delatan el antiguo poblamiento de estos parajes.

De las distintas formas de realizar el itinerario hemos preferido escoger la que parte de la antigua carretera que une Los Barrios con Algeciras por presentar un recorrido con mayor número de puntos de interés. Viniendo de la primera población y tras pasar el puente sobre el río Palmones, dejaremos a la izquierda el centro Penitenciario de Botafuegos. Un kilómetro carretera adelante, la cuneta se abre a la derecha en un antiguo descansadero de ganado donde veremos una cancela. Es el punto de partida del itinerario y en este lugar podremos aparcar el vehículo. Tras cruzar la verja, continuaremos por un carril y al poco cruzaremos un pequeño arroyo, así como una cañada que se ha recuperado para el uso público, la conocida como “Puerta verde de Algeciras”.



La primera parte de la ruta transcurre entre prados donde pasta el ganado retinto. La pista asciende entre suaves lomas, acompañada a la derecha por un vallado en el que, de vez en cuando, podremos ver las típicas “pasaderas”, rústicas escaleras que permiten el cruce de los cercados.

Cuando hemos recorrido 1 km, encontramos una bifurcación, debiendo seguir el camino de la derecha que desciende para cruzar el Arroyo de la Fuente Santa (1,200 m.) que baja hasta aquí desde los Cerros de las Esclarecidas. Tras un suave ascenso entre prados despejados de árboles y arbustos, encontraremos otra bifurcación a la izquierda, pero seguiremos nuestro camino hacia el río, cuyas arboledas veremos frente a nosotros y al que llegaremos cuando apenas hemos recorrido 2 km. desde nuestra partida.



En este punto, junto a un bosquete de eucaliptos y rodeado de vegetación llaman la atención del caminante las ruinas del Molino de San José, uno de los tres que veremos.

Antes de acercarnos a él conviene recordar que el arroyo de Botafuegos o del Capitán es, junto al Río de la Miel, uno de los más “molineros” del Campo de Gibraltar. Si este último, de mayor caudal y longitud, llegó a contar con nueve molinos harineros y un martinete de cobre, la Garganta del Capitán le sigue en importancia con otros cinco. Además de los tres, existen en ella vestigios de otros dos molinos situados aguas abajo de este punto en el que nos hallamos: el del Molino El Papel y el de Botafuegos. Pascual Madoz, en su Diccionario Geográfico (1848-70), señala al describir los ríos y arroyos que riegan el término de Algeciras que “…la Garganta de Botafuegos o del Capitán, nace en los Cercadillos; se despeña desde la altura de unos 45 pies, formando una hermosa cascada, a la que llaman la Chorrera, dista una hora de la ciudad, corre 2 leguas de O. a NE: mueve un molino de papel de estraza y 4 harineros; riegan tres huertas; va a desaguar en el río Palmones, sin salir del término y tiene dos puentes de poca consideración" (1). Estos molinos debieron conservarse hasta el primer tercio del siglo XX y figuran en las ediciones del mapa topográfico nacional del IGN (hoja 1078) de 1917 y 1939. El Molino El Papel, aguas abajo del Molino de San José, estuvo destinado a la fabricación de papel de estraza, aprovechando para ello los trapos viejos recogidos por ropavejeros y traperos.



En el Molino de San José.

El Molino de san José muestra al caminante las ruinas de lo que fue una gran instalación que tiene su origen en el siglo XVIII. Al acercarnos llama nuestra atención el edificio de dos plantas



que albergaba los ingenios molineros y, formando ángulo recto con él, otra gran construcción en ladrillo, de una planta, en la que se encontraban las dependencias complementarias del molino.

En la fachada del edificio principal, del que se han desplomado el techo y el suelo de la segunda planta, puede observarse, a la derecha de la puerta de entrada y por debajo del nivel del suelo, los arcos de los dos cárcavos donde se alojaban los rodeznos. Los rodeznos eran las ruedas giratorias formadas por paletas, cucharas o álabes que, impulsadas por la fuerza del agua, transmitían su movimiento a un eje que movía, en la planta superior del molino, las piedras “volanderas” o giratorias sobre las “soleras” o fijas. Entre ambas se dejaba caer el grano para su molienda.

Si observamos el interior del molino (con mucha precaución al tratarse de un edificio arruinado) aún podremos ver como se conservan, sobre la vertical de estas dos bóvedas subterráneas (los cárcavos), sendas piedras “soleras”. Junto a ellas encontramos también algunas piedras “volanderas” o móviles, como las que pueden verse entre las ruinas del molino, junto a las escaleras que daban acceso a la segunda planta. Son de las denominadas “piedras francesas”, conservando aún en su aro metálico central y en su superficie, inscripciones que atestiguan su origen. Este mismo tipo de piedras las hemos visto, por ejemplo, junto a la entrada el Molino del algarrobo, en Arcos de la Frontera.

Junto al edificio principal del molino de San José se conserva también una construcción lateral que servía de almacén y de cuadras para el ganado. Debió ser una magnífico y sólido edificio de ladrillo, de buena traza, a juzgar por los restos que se mantienen en pie entre los que destacan sus huecos de ventana y de puertas (con jambas de sillares de arenisca) y varias arcadas de ladrillo que sujetaban la techumbre. Entre las ruinas del molino aún se conservan también viejas piedras de moler así como varias pilas labradas de una pieza en grandes bloques de arenisca.



Pero sin duda, lo que más llama la atención del Molino de San José es su parte trasera, en la que destacan varios arcos de sillares de arenisca que separan el molino del sector donde se encontraban los cubos, el cao, los canales y los depósitos de agua. Si observamos con detenimiento su fábrica podremos observar cómo se conserva aún la acequia que recogía el agua del arroyo y la conducía hasta el cao (o caz), estrecho canal trazado con sillares de arenisca que se bifurca en dos canalillos que conducen directamente hasta sendos cubos.

El cubo es un depósito cilíndrico situado en la parte final del cao, cuya boca es aquí muy visible por estar remarcada por un anillo de piedra. Este pozo de sección circular, de unos 7 u 8 m. de profundidad, permite que el agua adquiera la presión suficiente para que, al salir por su parte inferior, canalizada hacia los rodeznos, consiga hacer girar esta rueda de paletas que pone en movimiento, a través del eje, la muela superior o “volandera” del molino.

Por los sotos fluviales.

Dejamos atrás el Molino de san José caminando por un sendero que, a modo de callejón, cruza por entre un denso matorral donde abundan los espinos y las zarzas, las madreselvas, las zarzaparrillas, los rosales silvestres. Oyendo siempre el rumor del agua del arroyo que discurre muy cerca, a nuestra derecha, llegamos pronto, apenas hemos recorrido 400 m., a un claro en la vegetación en el que se alza una pared rocosa a cuyo abrigo encontramos la ruinas de otro molino: el conocido como “Molino de Enmedio”.



Rodeado por la arboleda de la garganta, apenas nos muestra entre la espesura vegetal que lo rodea, los muros de su edificio principal. En su parte trasera, entre un espeso zarzal, se adivina el arco de sillares sobre el que corre el cao, el canal que conduce el agua hasta el cubo.



Este molino, que contaba con una sola piedra, se abastecía del agua de una poza, cauce arriba, desviada hasta aquí por una acequia cuyos restos encontramos en la orilla izquierda del arroyo.

Lo que más nos llama la atención en el Molino de Enmedio son las hiedras, de gruesos troncos ramificados como candelabros, que crecen sobre sus paredes. Parece como si, poco a poco, se estuvieran apoderando de sus muros, como si trataran de ocultarlo bajo las espesuras vegetales de sus ramas.

A partir de este punto, el sendero se ve obstaculizado por la maleza y puede seguirse, sin dificultades (salvo en época de grandes lluvias), por el lecho del arroyo y por sus orillas, protegidos por el dosel arbóreo de la aliseda que escolta la Garganta del Capitán techando su cauce.



Entre los bloques de arenisca del cauce de la garganta o por sus orillas, llegamos, apenas hemos recorrido otros 300 m al Molino de Las Cuevas, que encontramos también a nuestra izquierda, como los anteriores. A diferencia de los ya citados, el de las Cuevas se encuentra oculto entre la vegetación, rodeado por higueras, zarzas, hiedras y otras trepadoras que dan a sus muros cierto aspecto “fantasmal”.

Caminando por la orilla lo descubriremos por los muretes de piedra que nos indican el camino de acceso, que en este molino nos muestra un curioso empedrado, realizado con gran maestría y cuidado. El Molino de las Cuevas era también de una sola piedra y aún conserva el arco sobre el que el cao llegaba hasta su cubo. Su cárcavo, es decir, la estancia abovedada que alojaba los rodeznos, resulta aquí accesible, y puede observarse con detenimiento, en su pared de fondo, el “saetín”, pequeña apertura situada en la parte basal del cubo, por la que el agua salía con fuerza canalizada hacia los rodeznos a los que imprimía su movimiento giratorio.



Tras descansar un rato, dejamos el Molino de Las Cuevas y seguimos, cauce arriba para encontrarnos con las primeras pozas y cascadas que hacen de la Garganta del Capitán una de las de mayor atractivo de cuantas pueden verse en Los Alcornocales.


(Continuará).

Para saber más:
Madoz, P.: Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España y sus posesiones de Ultramar. “Cádiz”. Edición facsímil, 1986. Pg. 24
Instituto Geográfico Nacional: Hoja 1078- La Línea. Ediciones de 1917, 1939 y 1963.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar en Rutas e Itinerarios,Parajes Naturales y Por la Garganta del Capitán (y II). Entre pozas y cascadas.


Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 10/01/2016

Los últimos lobos de nuestros montes.
Toponimia (3)


Montes de Jerez
Tras la desaparición del oso en el siglo XVIII, el lobo era el mayor de los carnívoros que poblaba nuestros montes y como tal, constituía la principal amenaza para los ganados. Existen numerosos testimonios desde el siglo XIV que nos informan de la existencia de lobos en la mayor parte del territorio provincial y, en especial, en las serranías de Grazalema y en en las sierras del sur y el este de la provincia.

Se tiene constancia documental de la presencia de lobos en numerosos puntos del término municipal jerezano y otros colindantes, al menos hasta bien entrado el siglo XIX. En los trabajos de J. Diego Pérez Cebada se da cuenta de las Ordenanzas municipales para la persecución en nuestros montes de “animales nocivos” y de los premios del Concejo a los cazadores que cobraban piezas calificadas como “alimañas”: zorros y, especialmente, lobos. Hasta el primer tercio del siglo XIX se organizaban batidas (poco efectivas) y se utilizaban también otros métodos para tratar de darles caza como trampas, cebos con agujas, lazos o cebos conocidos como “matalobos”, envenenados con nuez vómica, que se dispensaba en las droguerías y las boticas. Pérez Cebada recoge en sus estudios que en el último registro de animales nocivos conservado en nuestra zona (1945-48), aparecen águilas, zorros, turones y comadrejas pero ya no figuran lobos entre las piezas cobradas por lo que, como máximo en estas fechas, puede darse por extinguido tras el acoso permanente al que fue sometido. Aunque los datos son imprecisos, según algunas fuentes el lobo desapareció de la provincia de Cádiz en la década de los veinte del siglo pasado. Otros testimonios orales cuentan que, el que tal vez fuera el último lobo de estos territorios, fue cazado por monteros de Ubrique en el Canuto de Las Palas, un paraje enmarcado en los Montes de Propios de Jerez. El caso es que, desde hace casi cien años, no se han vuelto a tener noticias de la existencia de lobos en nuestros montes.

Hoy sin embargo, como testigo de aquella presencia y del temor reverencial que los habitantes del mundo rural y los ganaderos y pastores mostraban hacia estos animales, se mantiene su recuerdo en la toponimia y muchos parajes, arroyos, puertos, cañadas, ranchos cerros y lomas están relacionados con los lobos, dejando claro así quién era el protagonista principal de aquellos lugares. En las cercanías de la ciudad (junto a la carreteras de Sanlúcar y la zona comercial de Área Sur e Ikea), la Cañada de la loba nos recuerda que no solo los parajes agrestes de las serranías contaban con la presencia de este animal, sino que las campiñas también eran marco de sus correrías. El Arroyo de la loba, próximo a esta cañada, también lo confirma. Ya en zonas más agrestes de nuestro territorio, en las sierras al este del término y en los Montes de Jerez, “viven” aún muchos lobos en la toponimia. La Cañada del moro y de la loba o el Cerro del lobo guardan esta presencia en nuestras sierras, al igual que la Casa de los lobos o la Loma del Puerto del lobo, espacios escarpados y forestales en el interior de la finca de los Montes de Propios donde encontramos también el Arroyo del Puerto del lobo.

En otros puntos de la provincia, y en especial en las sierras del sur cubiertas de alcornocales, se conservan también topónimos que revelan la presencia del lobo. Tal vez sea el término de Los Barrios el que, tras el de Jerez, guarde más ejemplos como los de el paraje deCañada de 'La Loba' (Jerez) El lobo, la Loma de la loba, el Rancho de la loba, el Puerto del lobo (Los Barrios) o el Rancho, Cabeza y Cortijo del Puerto del lobo. En los montes de Algeciras pervive también un Cerro del lobo, el Arroyo del lobo o el paraje de El lobo, que también encontramos en Jimena. En Tarifa se conserva todavía el Cortijo lobote y en Alcalá de los Gazules el Cerro, Tajo y Puerto del lobo. En la localidad serrana de Olvera está el Arroyo de la loba, en la de Setenil el Arroyo de los lobos, en Benaocaz, el Arroyo del Puerto del lobo, que vierte a Los Hurones; en las de La Línea y San Roque, el paraje de Valdelobillos. Sin embargo, como ya se ha visto, los lobos no habitaban sólo parajes montuosos y alejados y, como prueba de ello perviven la Huerta del lobo, en el término de Arcos, o La lobita, en Conil.

Para saber más:
- Clavero Salvador, J. y otros.: Enciclopedia de Cádiz y su provincia. Ed. Gever. Sevilla 1984. Tomo I. p. 257
- Pérez Cebada, J.D. (2002): La regulación de la caza y la persecución de los “animales nocivos” en los montes de Jerez (SS. XV-XIX). X Congreso de Historia Agraria. Sitges, 23, 24, 25 de enero de 2002; pp. 25-40.
- Pérez Cebada, J.D. (2009): Regulación cinegética y extinción de especies. Jerez, siglos XV-XIX. En Revista de Historia de Jerez nº 14-15, 2008/2009. pp. 209-224.


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