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De La Sauceda al Aljibe.
Una Ruta por la Sierra del Aljibe (1).




Estos días en los que el otoño apunta ya a su fin y en los que las lluvias pasadas han hecho que nuestros campos y montes se vistan de verde, invitan a que los amantes del senderismo se animen a volver a disfrutar de las muchas rutas que pueden realizarse por la campiña y la sierra.



La que hoy les proponemos discurre por la Sierra del Aljibe, territorio a caballo entre las provincias de Cádiz y Málaga, donde confluyen los términos municipales de Alcalá de los Gazules, Jerez y Cortes de la Frontera. El Pico del Aljibe es la altura más destacada de los montes y sierras que pertenecen al Parque Natural de Los Alcornocales y con sus 1092 m de altitud, es también una de las principales cumbres gaditanas, superada tan sólo por las de la Sierra de Grazalema.

El itinerario parte del antiguo poblado de La Sauceda, un lugar cargado de historia al que dedicaremos otro artículo, situado en tierras del municipio malagueño de Cortes de la Frontera, al pie de la carretera que une Jimena con el Puerto de Gáliz, apenas a cuatro km de este último enclave.

Muy cerca del aparcamiento habilitado junto a esta vía, un cartel nos anuncia la entrada al Núcleo Recreativo Ambiental La Sauceda y otro nos indica el Sendero del Pico del Aljibe, apenas pasamos la cancela que se abre junto a una casa que sirve de oficina de recepción. De inmediato cruzaremos un pequeño puente junto al que se ha instalado un curioso reloj de sol y dejándonos llevar por la senda, a unos 1200 m.



llegaremos hasta una zona de cabañas habilitadas para turismo rural. El camino discurre entre verdes prados en los que aparecen ya los primeros alcornoques y quejigos, sobre cuyos troncos reclaman nuestra atención el verdor de los musgos y de los pequeños helechos que crecen en sus horquillas: los polipodios.

En el poblado de La Sauceda.

Llegamos así en un cómodo paseo hasta otra cancela (“siempre cerrada, ganado suelto”). Tras sortearla el sendero nos conduce, ente escobones de llamativas flores amarillas, jaras y gamones, hasta el interior del bosque de alcornoques.

El paseante curioso podrá observar en el borde del camino, a la derecha, unas piedras de molino que nos anuncian la cercanía de los restos de un antiguo molino harinero. Reconoceremos su alberca por los muros visibles junto al sendero, poco antes de llegar a las primeras cabañas que pertenecieron a los antiguos habitantes de La Sauceda, de las que se han restaurado una treintena. Caminando entre ellas llegaremos al arroyo Pasada Llana que desde el comienzo de la ruta nos ha acompañado a nuestra derecha y que cruzaremos por un rústico puente de madera. Desde aquí, el sendero sube entre las cabañas que se distribuyen por este lugar en tres



enclaves (La Ermita, La Pasada y La Rasera) y que fueron habilitadas en 1979, recuperando así algunas de las muchas que constituían este antiguo poblado.

La Sauceda tiene una larga historia a sus espaldas que cobra especial importancia en los siglos medievales y, posteriormente, en los siglos XVI y XVII cuando sirve de refugio a los monfíes. Originariamente, los monfíes (voz de origen árabe equivalente a “desterrados”) fueron moriscos rebeldes que huyeron a las sierras. Hay constancia de que tras la represión castellana de 1570, se refugiaron ya monfíes en



La Sauceda y otros lugares de la Serranía de Ronda donde permanecieron hasta bien entrado el siglo XVII (1).

El historiador Rallón relata cómo el 4 de septiembre de 1628proveyó la ciudad (de Jerez)… que fuese son Álvaro Pérez de Acuña y Bartolomé Román, veinticuatros, a la sierra con gente a allanar la de los monfíes”, ordenando a quien se encuentre con ellos “… que los prendan si pudiesen y dándolos por bandidos los puedan herir y matar como hombres de mala vida, banderizados y levantados contra la justicia y ninguno los traten ni comuniquen, so graves penas”. Los monfíes eran salteadores y se dedicaban también al robo de ganado en la campiña, refugiándose posteriormente en los lugares más intrincados de la sierra, siendo La Sauceda uno de sus lugares favoritos. Pese a las persecuciones que sufrían se escabullían por el buen conocimiento de este difícil terreno “cifrando toda su defensa en mudar puestos y esconderse por las breñas y sitios ásperos”. El mismo autor señala como en 1640, el problema persistía y “se hallaba Xerez con nuevos cuidados originados de la libertad con que los bandidos de la sierra –que se llaman monfíes- traían inquieta toda la comarca, saliendo de lo montuoso de la sierra a la tierra llana, en la cual cometían insultos y maldades” (2). El propio Miguel de Cervantes en El coloquio de los perros, alude a estos rebeldes refugiados en La Sauceda, a quienes denomina “los bravos de Andalucía” (3).

Siguiendo nuestro camino, y dejando atrás las historias de aquellos monfíes, que conocían el monte y el bosque como nadie, llegamos a una pequeña explanada presidida por las ruinas de la antigua ermita del poblado de La Sauceda edificada posiblemente en 1923, como señala una inscripción en la parte superior del campanario, y destruida por los bombardeos de la aviación franquista en noviembre de 1936. Conviene recordar como en las primeras décadas del siglo XX La Sauceda era un núcleo rural muy poblado por familias que vivían de los aprovechamientos del monte. Pastores, corcheros, carboneros, arrieros… formaron allí una concurrida comunidad que sirvió de refugio, en los primeros meses del golpe militar, a quienes desde los pueblos cercanos (Jimena, Alcalá, Ubrique, Cortes), de la campiña de Jerez y de distintos rincones de las sierras de Grazalema y Ronda, huían de la represión franquista. Las represalias contra los habitantes del poblado y quienes se refugiaban en él fueron brutales y en el cercano cortijo de El Marrufo, convertido en centro de detención, tortura y ejecución, fueron asesinados hombres, mujeres y niños. Entre 300 y 600 personas se cree que pueden estar enterradas en la que es la mayor fosa común de Andalucía (4).



Siempre que venimos a La Sauceda, aprovechamos para visitar el cercano cementerio donde están enterrados los cuerpos exhumados en El Marrufo, para rendir tributo a la memoria de las víctimas.

Por el sendero de El Aljibe.

Dejamos atrás la ermita para proseguir nuestro camino y nos dirigimos hacia un llano vecino en cuyo centro se ha reconstruido un viejo horno de pan, en torno al que se levantan otras construcciones y una fuente donde podremos aprovisionarnos de agua.

Desde este mismo lugar parte el sendero bien señalizado que, tras sortear una angarilla, se bifurca, desviándose a la derecha hacia la



Laguna del Moral. Seguiremos por el de la izquierda en dirección al Pico del Aljibe entre un denso bosque de alcornoques y quejigos en el que llama la atención el magnífico porte de algunos ejemplares, así como algunos árboles con ramas tronchadas o troncos caídos, por efecto de los temporales de viento y nieve. El arroyo nos acompaña durante todo el recorrido y en sus orillas no faltan ojaranzos, adelfas, sauces, fresnos. El ojaranzo o rododendro es, con sus hojas de un verde intenso y lustroso y sus llamativas flores de pétalos grandes y rosados, una de los atractivos del itinerario.

En un punto de nuestro ascenso, el sendero se va separando progresivamente de la orilla del arroyo, ganando altura, para pasar a los pies de grandes bloques de arenisca que quedan a nuestra derecha. Estas curiosas rocas guardan a sus espaldas un pequeño secreto: los restos de otro viejo molino harinero, sobre cuyos muros arruinados crecen musgos, hiedras, helechos… Entre los bloques y lajas se adivina lo que en su día fue el canal que conducía las aguas hasta el cubo del molino y, oculto por la vegetación, aún puede verse el arco de piedra bajo el que la fuerza del agua movió, hace décadas, el rodezno.

Siguiendo nuestro ascenso llegaremos a una pista forestal que tiene su origen en la carretera, junto al punto donde iniciamos el itinerario, y que recorre las laderas de umbría de esta sierra hasta salir a la vía que une Alcalá con el Puerto de Gáliz. Por esta pista (que tiene un depósito de agua junto al sendero) seguiremos subiendo, en un cómodo paseo, a través de un denso alcornocal cuyas laderas se encuentran tapizadas por los omnipresentes helechos comunes que lo cubren todo. Tras un suave recorrido de algo menos de un kilómetro, encontraremos a la izquierda de la pista un arroyo cuyo cauce ha sido cortado



con un murete que forma un pequeño salto de agua. Justo en este lugar, una indicación nos señala el ”Sendero del Pico del Aljibe”, debiendo desviarnos a la izquierda, abandonando la pista por la que habíamos venido subiendo, para internarnos de nuevo en el bosque e iniciar un ascenso muy empinado entre alcornoques, quejigos y cantos de arenisca.

Camino de las cumbres.

Estamos ante el tramo más duro del camino y si hasta aquí el itinerario estaba marcado con postes y señales blancas pintadas en las rocas, ahora deberemos fijarnos en los hitos, esos pequeños montones de piedras, que de vez en cuando nos marcan el sendero. En otoño e invierno, después de las lluvias, la senda se presenta en algunos puntos rezumando agua y con firme resbaladizo, por lo que habrá que extremar las precauciones para evitar caídas. A las especies vegetales que nos han acompañado durante todo el recorrido se suman en este tramo acebos y robles, especies ambas que sólo podemos ver en contados lugares de algunos montes de la provincia de Cádiz. En las zonas encharcadas, y húmedas de las laderas, atraerán nuestra atención los ranúnculos, cuyas llamativas flores amarillas contrastan con el lustroso verdor de sus hojas. Dignas de destacar son también las distintas especies de orquídeas que encontraremos en el recorrido o las romuleas, o las saxífragas, o los ruscos…. En las más expuestas no faltan tampoco jaras, aulagas, retamas, escobones, jaguarzos… (5).

Al llegar a un pequeño claro en cuyos linderos abundan los majuelos, el suelo se encharca por la presencia de un manantial que brota cercano como delatan los juncos. En este lugar pueden verse cilindros de malla que protegen plantones de una repoblación forestal. La pendiente disminuye, y el sendero, cómodo y bien marcado, se ensancha y discurre entonces por un bosque menos denso y más aclarado con alcornoques más jóvenes, entre los que crecen también robles de escaso porte. El horizonte se despeja y frente a nosotros, a la derecha, en dirección suroeste, vemos ya cercanos los bloques rocosos que presiden las cumbres del Aljibe, entre un denso matorral en el que, si realizamos la visita en primavera, destacan los tonos rosados de la brecina en flor.



Continuaremos por el camino hasta llegar a un cercado de piedra que separa las provincias de Cádiz y Málaga y los montes y términos de Cortes y Alcalá. Tras cruzar la alambrada, habremos llegado a la zona de cumbres de la Sierra.
Continuará la próxima semana: “En las cumbres del Aljibe”.
Para saber más:
(1) Torremocha Silva, A.: Los monfíes de la Alpujarra y la Serranía de Ronda: ¿salteadores de caminos u hombres santos?. Estudios sobre Patrimonio, Cultura y Ciencias Medievales, [S.l.], n. 7-8, p. 277-300, jun. 2014. ISSN 2341-3549. Disponible en: http://www.epccm.es/index.php?journal=epccm&page=article&op=view&path%5B%5D=178. Fecha de acceso: 14 dic. 2016
(2) Rallón E.: Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera y de los reyes que la dominaron desde su primera fundación, Edición de Ángel Marín y Emilio Martín, Cádiz, 1997, vol. IV, p. 43 y 68.
(3) Miguel de Cervantes: El coloquio de los perros. Nosotros hemos consultado la edición. “El Licenciado Vidriera y El coloquio de los perros, Ebro, 1960 p. 85.
(4) Huguet, A.: En busca de los 600 del Marrufo, Diario El País, 13 de julio de 2012.
(5) VV.AA.: Sierras del Aljibe y del Campo de Gibraltar, Guías Naturalistas del a Provincia de Cádiz III, Diputación de Cádiz, 1991, pp. 141-146.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar El paisaje y su gente, Paisajes con historia, Rutas e itinerarios, En las cumbres del Aljibe. Historia, vegetación y vistas panorámicas (2)..

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 18/12/2016.

Una jornada de descorche en Los Alcornocales.
Con la cuadrilla de corcheros de Juan Jiménez Yuste (y II).




La semana pasada iniciamos el relato de una jornada de descorche en Los Alcornocales acompañando a la cuadrilla de corcheros y arrieros del alcalaíno Juan Jiménez Yuste que se encontraba en el interior del bosque realizando sus faenas.

Mientras los peladores y “arrecogeores” continúan con su actividad el capataz nos da cuenta de los pormenores de estos trabajos del monte. Así, nos explica que la duración de la temporada es variable, pudiendo estar comprendida entre el 1 de junio y finales de septiembre, según las zonas. Por estos montes, lo habitual es que el grueso de la saca del corcho se realice en los meses de junio, julio y agosto y que cada cuadrilla trabaje unos 45 o 50 días de campaña por término medio. Aunque las tareas tradicionales del descorche no han variado gran cosa, si se han experimentado grandes cambios en lo relativo a la jornada laboral.

Aquellas duras jornadas de los corcheros.

Atrás quedan los días en los que los corcheros trabajaban de sol a sol haciendo la vida en los “hatos”, como se conocen a los pequeños campamentos con chozos, que se montaban en las proximidades del tajo. Para su ubicación se buscaba la cercanía de algún arroyo o fuente, y en ellos instalaban sus pertenencias. Se trabajaba entonces por quincenas, viviendo en el monte trece días seguidos y descansando dos en los que, si se podía, se bajaba al pueblo a ver a la familia y a buscar provisiones… si es que la familia no residía también en el hato, cosa que no era nada infrecuente.

La dura jornada de trabajo empezaba al amanecer, sobre las siete de la mañana, y a eso de las once se hacía un alto para dar cuenta de un buen puchero (guiso de garbanzos, patatas y tocino) y una piriñaca con abundante tomate, pimiento y cebolla servidos en un lebrillo o en un cucharro, uno de esos cuencos de corcho que fabrican los corcheros, donde se comía colectivamente por el método de “cucharada y paso atrás”. Sobre las tres de la tarde se hacía un alto para refrescarse con gazpacho y descansar un poco o dormir una siesta hasta las cinco. Después se volvía de nuevo a la faena hasta las ocho de la tarde, hora a la que solía terminar la jornada para dar paso a la cena, en la que la cuadrilla solía comer un potaje que se había preparado en el hato durante la tarde. El lector curioso podrá encontrar una completa descripción de la vida de los corcheros y del ambiente de los hatos en “Arrieros”, el delicioso libro de Isidro García Cigüenza, cuya lectura recomendamos (1).

Desde hace unos años, las cosas han cambiado radicalmente y sólo en raras ocasiones, los corcheros viven y duermen en el hato. La duración de la jornada se ha modificado y apenas se trabaja ya a jornal. Se llega al tajo en coche o en moto desde el pueblo y aunque la faena se inicia como siempre, con las primeras luces del día, a las 7 de la mañana, a las 3 de la tarde se termina. Como señala Juan, “antes se daba de mano a las 10 de la noche, cuando ya no se veía… Ahora a las 5 de la tarde ya está todo el mundo en su casa, comío y duchao”.



Algunos datos de interés.

El capataz se extiende después explicando los detalles de las distintas tareas y es entonces cuando los visitantes preguntan por la cantidad de corcho que se recoge, por el rendimiento del alcornocal, por los jornales… Juan responde a todo con datos precisos: “…esta cuadrilla mueve al día casi 450 quintales, y entre unos días y otros se puede hacer una media de 30 a 35 quintales por persona”. El quintal es la “unidad de peso” entre los corcheros y equivale a 46 kg, por lo que es fácil calcular que, en una buena jornada, cada corchero puede llegar a recoger tonelada y media de corcho.

Juan comenta como “antes lo más que se cogía era 15 quintales, y eso que la jornada del corchero era mucho más larga. Ahora se coge el doble. La explicación puede ser que se trabajaba a jornal y había más tiempo en el día y se rendía menos, no como ahora que se hace por los quintales de corcho recogido y todo el mundo se esfuerza más”. El capataz sigue respondiendo a las preguntas del grupo: “…por cada quintal que se pone en el patio la cuadrilla cobra 5,50 €… así que cada corchero puede llevarse, si el día ha sido bueno, una media de 120€ por jornada…”

De arrieros y mulos.

Junto a la cuadrilla de corcheros, y como elementos imprescindibles en estas tareas de descorche están los arrieros. Los arrieros tienen cuenta aparte y según indica Juan, “el mulo se lleva 3,5 € por cada quintal que se carga, ya que también trabaja lo suyo y mantenerlo resulta costoso”. A decir de este veterano arriero, “consumen 6 o 7 kg de grano por cabeza y día… y con el trabajo tan grande que hacen tienen que estar bien alimentados. No se puede hacer lo que se hacía antes, echarles habas secas y ya está. Así se les desgastaba la dentadura enseguida y con 14 o 15 años ya estaba viejo… Hoy, se les alimenta con grano y van bien comidos y con 25 años tienen buena dentadura…”.

A todo ello hay que añadir otro dato de gran importancia y es que los arrieros son los miembros de la cuadrilla que más horas trabajan, debiendo levantarse un par de horas antes, a las 5 de la mañana, para preparar a las bestias. Al final de la jornada, cuando todos los corcheros dan de mano, el arriero aún debe descargar en el patio su última carga y, después, quitar a los mulos los mantichos y correajes y darles de comer y beber.

En estas explicaciones está Juan cuando por el carril vemos aparecer a los arrieros con su reata de mulos. El que encabeza la fila, un mulo blanco enjaezado con un vistosa jáquima de llamativo colorido se inquieta, tal vez porque la presencia del grupo le asusta, y parece querer salirse de la pista tratando de dar marcha atrás, un poco alterado. El arriero, se acerca entonces y en ese lenguaje que sólo ellos conocen, con chasquidos, casi con susurros, le “dice” que se calme, que esté tranquilo… Enseguida todo vuelve a la normalidad y el mulo, mansamente, como si hubiera entendido el mensaje, como si nada hubiese ocurrido, retorna a la vereda y sigue hasta un calvero entre los árboles en el que los arrecogeores han apilado las panas de corcho.

Mientras el arriero y su ayudante van echando la carga en los andoques, una especie de angarillas metálicas plegables, Juan, arriero veterano y experto en estas faenas, explica a los visitantes como esta tarea exige una gran destreza para compensar adecuadamente la carga y evitar que se caiga después en su transporte hasta el patio. Isidro García Cigüenza en su libro “Arrieros” , que es también un homenaje a estos hombres del monte y los caminos, recrea con todo detalle las dificultades de estas operaciones de carga que ahora vemos realizar con diligencia y maestría a los de la cuadrilla de Juan Jiménez Yuste, pero que hace décadas resultaban mucho más trabajosas. Dejemos que nos los cuente su protagonista, un viejo arriero:

Una cuadrilla de arrecogeores se encargaban de ir apilando las panas extraídas. Éramos nosotros entonces los que debíamos ir acomodando las tiras hasta conformar unos fardos bien compactos y ajustados llamados tercios. En la sabia preparación de estos tercios le iba la salud al animal ya que, si no estaban bien construidos, podían rozarles la barriga, provocar su caída y, caso de no ir amarrados como es debido, hasta asfixiarlos. Entre nosotros, los arrieros, era cosa común alardear de construir los tercios mejor que los demás: de colocar como nadie las corchas que iban debajo (las camas), de poner las cabeceras (las que iban a los lados) como era debido, de cubrir todo con las tapaeras y, una vez sobre el lomo del animal, de embombelar los paquetes para que aguantaran la fuerza de los lazos al amarrarlas y que no se cayeran.

Elevar los tercios, que bien podía pesar cada uno 130 hilos, hasta le costillar del animal, primero uno y luego el otro, requería de la colaboración de los otros arrieros y un alarde de destreza para que, al soltarlos, quedaran debidamente suspendidos y equilibrados. Después de haber cargado de esta manera los cuatro o cinco mulos que componían la reata, trasponíamos por vereas intransitables hasta donde estuviera el patio… Y todo, con el peligro añadido que suponía darse un topetazo con cualquier árbol, pegar un resbalón o que el animal tuviera un desfallecimiento y cayera al suelo destrozado por el peso que llevaba.



Con el tiempo el sistema de fardos se fue sustituyendo por el de las angarillas, unos aparatos articulados, de madera o hierro, que facilitaban mucho la tarea porque las corchas se cargaban a granel y no precisaban la ayuda de otros….


En el patio de corchas.



Mientras escuchamos estas historias, hemos sido acompañando a los arrieros, con su reata de mulos bien cargados de panas por la pista forestal que conduce hasta el patio de corchas. Cada animal puede llevar hasta cuatro quintales en sus lomos, por lo que sus servicios resultan insustituibles en estos lugares de pendientes escarpadas, de monte cerrado y accidentado. Si bien en muchas dehesas extremeñas o en algunos alcornocales gaditanos de llanura pueden utilizarse vehículos motorizados para el transporte de las panas, en lugares como estos montes de Alcalá, el concurso de los mulos es y será imprescindible para su extracción.

Al poco, como si de una procesión detrás de un santo se tratase, los visitantes llegamos tras los mulos y los arrieros al patio de corchas. Junto a él hay también instalado un mínimo y reducido “hato” donde los trabajadores de la cuadrilla dejan sus neveras y sus capachos con las bebidas y las viandas a la sombra de unos frondosos árboles, entre los que se distingue un soberbio peruétano.

El patio de corchas, un espacio despejado de vegetación que se abre junto a la pista forestal, es un desorden de cortezas de corcho de todas las formas y tamaños, un caos de panas que esperan ser dispuestas de manera



adecuada para evitar que el sol las seque demasiado y para facilitar su carga en el camión que habrá de llevarlas a la fábrica.

En un rincón del patio llama la atención la cabria, manejada por los “fieles” o pesadores que cargan su peculiar plato de “balanza”, de forma triangular, con las panas que a sus pies descargan los mulos. Casi tres quintales puede pesar de una vez esta enorme romana que cuelga de un gran trípode. Para velar por los intereses de las partes intervinientes en el descorche, suele haber un fiel puesto por el vendedor, otro por el comprador y, a veces, un tercero por el contratista que tiene a su cargo la extracción del corcho.

Con tantos “ojos” pendientes de la operación, y tantas manos para cargar la cabria, no hay pana de corcho que se escape al peso. Y es que hay que llevar las pesadas al día y darse prisa porque el corcho se seca y pierde peso…

Según nos explica Juan, el camión que habrá de llevar el corcho a la fábrica vendrá de un momento a otro. Muchas veces hemos visto estos camiones por las carreteras que llaman la atención por su singular carga de panas perfectamente apiladas, sobresaliendo por encima de la cabina y el remolque en un equilibrio que se nos antoja imposible. Estibar el camión requiere una gran destreza ya que la disposición de las corchas no puede hacerse al azar, sino buscando ese difícil juego de contrapesos que permita levantar la altura de la carga, ganando en superficie, hasta proyectarse por los laterales, multiplicando así el volumen transportado. Un nuevo derroche de oficio, otro más, el último ya, en las faenas de la saca del corcho.

Despedida.

Nos despedimos de los corcheros y continuamos nuestro camino por la pista hacia los vehículos que nos habrán de llevar, a través del monte, hasta la carretera donde nos espera el autobús. Caminamos ahora a la sombra de magníficos



ejemplares de alcornoque y, cuando nos alejamos un poco del grupo para hacer unas fotos y,por un momento nos adentramos en lo más espeso del bosque, no puedo sino recordar algunas de las escenas que Luis Berenguer narra en “El mundo de Juan Lobón”. Por un instante, me siento, como escribe Enrique Montiel recreando las andanzas del cazador furtivo, “en los predios de la libertad”, donde “… hay un pueblo que se llama Pueblo que está al sur de una laguna que se llama Laguna… A la otra orilla de la campiña de pueblos blancos, entre el litoral gaditano y la lejanía de las sierras, siempre hubo un mundo clausurado por el misterio y el milagro de la naturaleza…" Hoy llamamos Los Alcornocales a esa toponimia inventada de encrucijadas y estribaciones donde transcurre la acción de El mundo de Juan Lobón”.



Esos hermosos parajes que hemos recorrido acompañando a la cuadrilla de corcheros de Juan Jiménez Yuste. Esos mismos que los amigos de Genatur ofrecen la posibilidad de conocer cada verano en las visitas que organizan para disfrutar de una jornada de descorche.

Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar: Parajes Naturales, El medio y sus productos, El Paisaje y su gente.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 2/10/2016

 
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