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06 mayo 2014

LA ESCRITORA VILERA VICENTA SÁNCHEZ RAMIS


En Alicante Vivo tenemos una deuda pendiente con la mujer alicantina. En varias ocasiones se nos ha advertido que se echan en falta más artículos referidos a mujeres de nuestra provincia que se hayan destacado en las artes y en la cultura en general. Es cierto que hemos hechos artículos genéricos sobre la mujer, otros sobre Solveig Nordstrom -a la que podemos considerar 100% alicantina- o a las primeras concejalas del Ayuntamiento alicantino, pero ya iba siendo hora de entrar en materia.

Hoy queremos traer a estas páginas la biografía de la escritora vilera Vicenta Sánchez Ramis y usaremos para ello la información y los libros que nos ha facilitado su nieto Emilio, al que agradecemos su interés y pedimos disculpas por la tardanza en publicar este artículo. 

Vicenta nace en Villajoyosa a finales de 1928, hija de dos comerciantes de nombres Francisco y Ángela. Mari Ángeles Boluda a modo de comentario en una de las obras de Vicenta dice de ella:

"Es una vilera de pro. Profundamente enraizada con su pueblo. Conoce y disfruta con sus tradiciones y costumbres. Con las antiguas palabras valencianas, algunas a punto de desaparecer" 

Vicenta nació en la calle de los Limones, una calle no exenta de anécdotas que ella misma nos cuenta:

"Se llama el carrer Llimons porque en cierta ocasión se desconchó y cuarteó un pedazo de pared y debajo apareció una placa con el nombre de calle Doctor Liniones. A la gente le resultaba muy difícil pronunciar este nombre. De Liniones pasó a Limones, Llimons. Más tarde al morir D. Álvaro Esquerdo, en homenaje, le pusieron el nombre. De todas formas la gente continúa utilizando el popular nombre de carrer Llimons"

"El tiempo que se fue" (2007) p.162


Fue en la escuela cuando descubre su pasión por la literatura, de manos de la que fuera su maestra Matilde Bardisa. Quizá por esto nacería su interés por dedicarse a la enseñanza de jóvenes, aunque el negocio familiar de comestibles era de obligada atención.


Su suegro, Blas Mayor Tonda "El tío Blai" (1882-1958) influyó decisivamente en Vicenta, que recopilaría en el libro "Blas Mayor Tonda. Antología de sus versos" sus poemas más destacados ilustrados con fotografías familiares y del pasado vilero.

Vicenta contraería matrimonio con el hijo del tío Blai, Blas Mayor Climent, al que conoció en las fiestas de San Agustín de 1945. En 1957 la familia entera, compuesta por el matrimonio y sus dos hijos Blas (cómo no) y Paquito se trasladarían a vivir a Alicante donde con los años abrirían un Spar en la zona de la Cantera. Tras enviudar en 1978, entraría a trabajar al año siguiente como Auxiliar de Clínica en el hoy Centro Asistencial Doctor Esquerdo de Sant Joan d'Alacant (el Psiquiátrico de la Santa Faz) donde se jubilaría en 1993. Sería en Alicante donde sus hijos contraerían matrimonio y nacerían sus nietos.

En el año 1983 contrae segundas nupcias con Luis Vinaches Cortés trasladándose a vivir de nuevo a Villajoyosa.

Un denominador común en su obra literaria, tanto en verso como en prosa, es el amor hacia Villajoyosa. En su libro de poesías "Albores del alma" (2011), la historia vilera se entrecruza con sus poemas dedicados a su familia, personajes de la Vila y cómo no, historias y anécdotas del día a día de la localidad.



Queremos dedicarle especial atención a su obra "El tiempo que se fue" (2007), una obra que, de nuevo en palabras de María Ángeles Boluda "es un sereno recorrido por la Vila de ayer. Sobre todo oficios, profesiones, industrias, especialidades...". El libro está estructurado en 18 capítulos en los que Vicenta nos cuenta las facetas marinera,agrícola e industrial de Villajoyosa. Desde los vecinos de su calle natal hasta los personajes ilustres del pueblo, como el Doctor Esquerdo pasando por aquellos personajes locales no de tanta fama pero sí muy recordados por los vileros.

No podía faltar en una obra llena de recuerdos, un capítulo dedicado a las fiestas locales y a repasar la historia reciente del pueblo. Encontramos así la lista de Alcaldes, Curas y Guardias Municipales del buena parte del siglo XX.

Es en definitiva una obra entrañable que mezcla la historia más cercana de la Vila con los recuerdos de la infancia de la autora. Esa historia y esos recuerdos que complementan la Historia oficial de una localidad.


En el año 2011, Vicenta Sánchez edita ella misma su última obra hasta el momento, "Albores del Alma". En este libro hallamos una recopilación de poemas, tanto en castellano como en valenciano, dedicados a personajes locales y nacionales. A su familia y a pueblos y ciudades de la Comunidad Valenciana, especialmente de la provincia de Alicante. Deja para el final el capítulo dedicado a los poemas de la Guerra Civil, terminando el mismo con una poesía dedicada a las elecciones, como feliz colofón a esa triste etapa de la historia de España que le tocó vivir.

Esperamos poder traeros nuevas entregas sobre mujeres de nuestra provincia. Lo tomamos como un compromiso personal.


ALFREDO CAMPELLO


24 enero 2014

Bofill en Calpe, visto por dos neófitos. Cuarta Parte: La Muralla Roja, miradores y terrazas

Viene de la tercera parte

Acabamos con esta entrada la serie sobre la obra de Ricardo Bofill en Calpe. Esta vez, hablaremos de las terrazas y miradores. Si en un punto del edificio se nota la integración de éste con el mar es paseando por sus miradores y terrazas. Están, como los patios, enmarcando en todo momento el paisaje y el resto del edificio, a voluntad del arquitecto. Pero es un marco ciertamente bello, equilibrado y conjuntado.

Y como premio, la piscina, casi en la parte más alta del edificio y con el magnífico paisaje de Calpe a su alrededor. 

Espero que hayáis disfrutado de toda la serie como disfruté yo de la visita, corta (poco más de una hora) pero creo que muy fructífera.

















Xanadú y el Penyal d'Ifach

Xanadú y el Penyal d'Ifach

El Penyal d'Ifach
Artículo publicado conjuntamente 
con el blog Vuelve a mirarlo




20 enero 2014

Bofill en Calpe, visto por dos neófitos. Tercera Parte: La Muralla Roja, escaleras y patios


Aunque, como ya anticipamos en la anterior entrada de esta serie, tras las fotos podréis leer y disfrutar de las impresiones de mi hermano, no quiero dejar de hablar yo de las mías.
El edificio tiene en su interior una serie de patios (en realidad, no sabría decir cuantos), en los cuales están las escaleras que comunican los distintas plantas y apartamentos. 

Es un auténtico laberinto-escultura (le copio la definición "edificio escultura" a Alacantí de Profit, porque me parece muy acertada). Creo que hay referencias claras a Escher y al constructivismo, al tiempo que a los pueblos mediterráneos (Bofill habla de una Alcazaba como una de sus fuentes de inspiración). En cualquier caso, es fácil perder la idea de las dimensiones claras del edificio en su interior. El ambiente es muy agradable, y el juego de "ventanas" al mar, escaleras que juegan a llevarte a ningún sitio, de luces y sombras, de corrientes de aire es francamente agradable.

Algo curioso es que desde los patios parece sentirse más la conexión del edificio con el paisaje que le rodea que desde el exterior, quizás porque Bofill parece esforzarse por enmarcarlo y acotarlo, lo cual te da una sensación como de inmersión en el cercano mar y en la vegetación de alrededor.

Otra cosa, soy consciente de ello, será vivir allí. Y de algunas de esas pequeñas "molestias" os hablará mi hermano al final de esta entrada.

Espero que os gusten las fotos tanto como a nosotros nos gustó el pasear por el interior del edificio.






















Xanadú y al fondo Atrium, ambos edificios también de Ricardo Bofill













La versión de mi hermano:

Retomamos el asunto del viaje a Calpe que hicimos mi hermano y yo. Y antes de nada quiero aclarar varios asuntos. El viaje en sí fue una gran mentira manufacturada (es la palabra que he leído hoy en el diccionario, que no se diga que uno no quiere aprender) con los retales de varias mentiras de menor tamaño.

¿Por qué? 
Os preguntaréis muchos, o algunos… ¿Nadie? Bueno, es igual, contestaré de todos modos. A la mentira que más me dolió, que fue la ya sabida promesa de una cerveza que nunca llegó, hemos de unir estas otras:

Cala La Manzanera:
¡Mentira! Allí no había ni un miserable manzano. Ni siquiera había un hombre que vendiera manzanas. Por no haber no había ni un miserable, no digo ya un equipo de música con dolby surround, no, ni siquiera un maldito transistor en el que sonara Manzanita.

La Muralla Roja:
Que se podría dividir en dos:
La Muralla:
¡Mentira! A no ser que entendamos como muralla la definición que daré más adelante en este mismo texto. No diré en qué lugar está, para que no vayáis a cotillear, que ya nos vamos conociendo. De momento diré que muralla ni de lejos. Tú piensas en muralla y se te viene a la mente Ávila, por ejemplo. O China, como ya dije en el anterior texto. No busques. No busques porque allí no la vas a encontrar.
Roja:
¡Mentira!  Al menos no en un rojo que la media de los hombres (heterosexuales) sepa distinguir. Que son dos tonalidades. El rojo camiseta de fútbol (tipo las rayas del Atlético de Madrid o el rayo del Rayo Vallecano). O en su defecto el rojo Ferrari. Pues no. No es ninguno de ellos.

Aclarado el tema de las mentiras pasemos a lo que pudimos disfrutar. O en mi caso, padecer. No por el hecho de la compañía en sí. Ya que cuando nos juntamos mi hermano y yo para memeces solemos partirnos la caja de las risas.

El edificio en sí esta bonico. Bonico del tó. Con ese color que no es rojo por la parte de fuera. Y con otros colores que no son rojo, ni azul, ni casi blanco por dentro. Mi hermano, que es muy de hacer fotos, y más aún desde que no hay que gastar dinero en revelados, no contento con haber hecho varias decenas por todos los ángulos posibles del edificio por fuera, pensó que lo mejor era entrar y ver cómo estaba la cosa por dentro.

Así que entramos.  
Y ahí comenzó mi vía crucis particular.

Porque con todo lo bonico que está, uno no se da cuenta dónde se está metiendo hasta que ya es demasiado tarde. Y es que el edificio es un laberinto maléfico de escaleras. Escaleras que suben y que cuando ya estás arriba desemboca en una escalera que baja. ¿Por qué? Pues porque donde termina la escalera que sube solo hay un rellanito y si quieres seguir adentrándote tienes que bajar. Pero no una vez o dos. No, por Dios. Por una escalera o dos Bofill no se pone.

Yo tengo dos teorías. O bien lo diseñó el día que en clase les enseñaron a dibujar escaleras. O estaba de oferta. El caso es que hay escaleras de todos los tamaños posibles. Ya sea en ancho. Que hay algunas que dos personas, de complexión media, no cabrían juntas. De alto, en muchas alguien de más de metro ochenta iría dándose con el techo un buen tramo. Como de altura del escalón. Ya que los hay que tienes que llevar un equipo de escalada o ser el tío del Último Superviviente. Y todo ello viene genial cuando tienes un dolor de mil demonios en una de tus rodillas.

En un momento dado, al escuchar el sonido de varias televisiones y conversaciones de personas, pensé, esto no puede durar. Dios quiera que en un momento dado, más pronto que tarde, salga alguien y nos diga: ¿qué hacen ustedes aquí? Esto es propiedad privada. Márchense. Pues no. Ni el Tato salió. Hora y pico larga, y más de cien fotos después, por fin salimos de aquel infierno. Yo, como Rambo, ya no sentía las piernas. Era la inercia la que me hacía subir y bajar escaleras.

Por cierto, os preguntaréis muchos… Alguno… ¿Nadie? Sí, tú, el del fondo, te preguntarás ¿y  no había ascensor? Sí, lo había. Uno. Para todo el edificio, uno. Pero claro, no funcionaba. ¿Qué gracia habría tenido? Pero no es que pareciera que se había roto la semana anterior, no. Ese ascensor la última vez que funcionó Arias Navarro aún no había dicho aquella frase que tanto alegro a tantos españoles.

Y aquí va cómo yo creo que se debería llamar el edificio en lugar de La Muralla Roja:

Mazacotellenodeescalerasquesubeybajansinningúnsentidoyenmuchoscasoshacianingúnlugar Decolorindeterminadodentrodelaescaladerojossiendogeneroso.

RAMÓN ESCOLANO

Artículo publicado conjuntamente 
con el blog Vuelve a Mirarlo

 
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