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La cruz cristiana de Herculano

Cruz de HerculanoEn el año 1938 apareció en una humilde habitación del piso superior de una casa de Herculano la impronta de una cruz de madera que se hallaba clavada a la pared y rodeada por un paño de estuco que la enmarcaba. En los bordes del estucado se observaban las señales dejadas por las puertas batientes que servían para cerrar el conjunto o abrirlo conformando un tríptico del que se desconoce si formaba parte algún otro símbolo.

La cruz es de pequeñas dimensiones, del tipo clásico latino, denominada “capitata” por tener una prolongación superior del brazo vertical que iba estrechándose de abajo hacia arriba. En los brazos laterales los extremos son más anchos.

Entre los indicios que hacen suponer que nos encontramos ante una cruz cristiana está el hecho de que se destaca única y aislada en el paño de estuco y éste se encuentra en el fondo de la habitación, frente a la puerta de entrada, a través de la cual llegaba la luz de una ventana del corredor que miraba hacia Oriente.

La disposición del conjunto es similar a la de los altares paganos de algunas casas de Pompeya, como el de la “casa del Menandro”. Delante del paño estucado se halló ligeramente desplazado un pequeño mueble de madera semejante a los altarcillos frecuentes bajo los lararios familiares de las casas pompeyanas. En la parte superior muestra una predela, y en su cuerpo un armario, que se cerraba con una puerta que quizá guardaba objetos de culto.

De la cruz no han quedado restos. Dado que en Herculano los tejidos y la madera se conservaron siempre aunque mineralizados, se ha sugerido que la cruz fue arrancada antes, y quizá violentamente dados los desconchados visibles en el perímetro, especialmente en la parte superior izquierda. Se ha querido relacionar esta cruz con el desembarco de San Pablo en Pozzuoli en el año 60, y la desaparición violenta de la cruz con la persecución neroniana del año 64. En todo caso si en algún momento llegase a confirmarse que estamos ante una cruz cristiana demostraría que ya había cristianos en Heculano con anterioridad al año 79 de nuestra era, fecha de la erupción del Vesubio y de la desaparición de la ciudad.

Aun cuando no fuese un símbolo cristiano, no cabe duda de que el ambiente sería el mismo en el que vivirían los primeros cristianos que habitaron en las ciudades romanas. La habitación parece corresponder a la que ocuparían los esclavos o siervos de los propietarios de la casa. Hay veces en que las piedras parecen hablar con singular elocuencia. En este lugar los siervos cristianos se esforzarían por servir a sus amos por amor a Cristo, tratando de vivir conforme a sus enseñanzas y cumpliendo la exhortación que San Pablo desde su cautividad dirigió a los colosenses:

Esclavos, obedezcan en todo a sus dueños temporales, pero no con una obediencia fingida, como quien trata de agradar a los hombres, sino con sencillez de corazón, por consideración al Señor. Cualquiera sea el trabajo de ustedes, háganlo de todo corazón, teniendo en cuenta que es para el Señor y no para los hombres. Sepan que el Señor los recompensará, haciéndolos sus herederos. Ustedes sirven a Cristo, el Señor: el que obra injustamente recibirá el pago que corresponde, cualquiera sea su condición. (Epístola a los colosenses 3, 22-25)

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Regina Viarum (III) La Via Appia y el apóstol San Pablo


calzada Ya hemos visto cómo la civilización romana fue providencial a la obra de la evangelización primera. Elio Aristide, en un discurso de elogio a Roma que fue pronunciado a mediados del siglo II d. C. dijo:

“No dan miedo las Puertas de Cilicia, ni los pasos angostos de Arabia a Egipto, ni existen montes inaccesibles, ni ríos insuperables, ni gentes bárbaras inhospitalarias […]. La palabra de Homero de que ‘la tierra es común a todos’ vosotros la habéis realizado construyendo toda clase de puentes sobre los ríos, abriendo montes y construyendo caminos transitables, llenando de hospedajes los lugares desiertos, e introduciendo en todos los lugares orden y civilización”

No sabemos cuándo llegó la fe a Roma. Eusebio de Cesarea data el origen al comienzo del reinado de Claudio. Aunque no es muy seguro, Lactancio (siglo IV) dijo:

“Éstos (los apóstoles) se esparcieron por toda la tierra a predicar el Evangelio y durante veinticinco años, hasta el reinado de Nerón, echaron los cimientos de la Iglesia en todas las provincias y ciudades. Nerón había asumido ya el poder cuando Pedro llegó a Roma”.

Si hubo un viajero infatigable en la propagación del mensaje cristiano ese sin duda fue San Pablo. Nadie como él conoció el beneficio de las calzadas romanas para la expansión de la fe. El esfuerzo que hizo en sus viajes es asombroso. Si contamos solamente el número de kilómetros de sus tres viajes por Asia Menor se llega al resultado siguiente (Holzner, p.278):

  • Primer viaje, de Atalia hasta Derbe: 1000 Km (ida y vuelta).

  • Segundo viaje, de Tarso hasta Tróade: 1400 Km. Si se cuenta la “excursión” por la región de Galacia, hasta su capital Ancira, hay que añadir 526 kms. Es decir en el segundo viaje, solamente dentro del Asia menor, recorrió Pablo, por lo menos, 1926 kms. No olvidemos que la descripción del Libro de los Hechos es muy general. Se contenta con decir que atraviesa la región de Galacia y la Misia.

  • Tercer viaje, de Tarso hasta Efeso: 1150 Km. Además, visitó el territorio de Galacia. En este viaje, solamente dentro del Asia Menor, anduvo Pablo un mínimo de 1700 kms.

Añádanse además los viajes por tierras de Europa y por mar, los caminos difíciles, las diferencias de altura, y se comprenderá la admiración a vista del esfuerzo puramente físico del viajero Pablo, quien con toda razón podía decir que

“azotaba a su cuerpo y lo domaba como a un esclavo " (1 Co 9, 27).

En aquella época, se calculaba para un peatón una jornada diaria de 24 km (37 para el correo imperial). En el caso de San Pablo el número de jornadas o viajes por día se puede calcular a base de 30-35 km. diarios. Se cuenta como un caso extraordinario haber recorrido en vehículo 27 millas (37 kms.) en las seis horas de la mañana. Lo ordinario era emplear todo el día para esa distancia. Pablo hacía sus viajes generalmente a pie (2 Co 11, 236).

San Pablo intentó durante diez años ir a Roma pero la ocasión se le presentó de un modo distinto al que había proyectado para presentarse ante el mismo César para ser oído en juicio, privilegio que tenía como ciudadano romano.

Y su entrada en Roma se realizó por la más importante de aquellas calzadas, la Via Appia, que fue conocida como la Regina Viarum, la reina de los caminos, por su elegante ejecución y extraordinaria belleza. Estacio describió su importancia (Sylvae, 2.2) al describirla por su nombre común:

"Appia longarum teritur regina viarum” (la vía Apia es conocida comúnmente como la reina de las grandes calzadas romanas)

Los romanos se dieron cuenta de la nobleza inherente del camino imbuido por las circunstancias y el método de su construcción, y su utilidad a la república romana. La vía Apia era el paradigma de todos los caminos romanos subsecuentes. Se convirtió en el mismo símbolo de la república, trayendo consigo estabilidad, paz y libertad a la gente de Italia, por lo menos en sus ideales. Ya hemos comentado la novedad constructiva que supusieron las calzadas romanas en la Antigüedad, y la Via Appia fue el paradigma de todas ellas. Con una anchura de 14 pies romanos (4.1 metros) que permitía la circulación simultánea de dos carros en distintos sentidos la calzada era una via glarea, de gravilla. Sobre esta los romanos construyeron una calzada de calidad con capas de piedra y cemento, con canales de drenaje a ambos lados, muros de contención y andenes para transeúntes. Se cree que la vía Apia fue la primera calzada romana cuya construcción incluyó cemento de cal, además de piedra volcánica. La superficie de la calzada era tal que se consideraba tan lisa que no se podía distinguir las junturas. También fue la primera vía en que se incluyeron miliarios, las grandes piedras que marcaban cada una de las millas romanas (mil pasos dobles romanos, unos 1.481 metros).

Aún más impresionante que sus dimensiones y su historia es el hecho de que esta es denominada "el camino de las almas", como todavía la siguen llamando algunas personas. A lo largo de esta vía nos encontramos con cientos de sepulcros y necrópolis dado que los romanos tenían la prohibición de enterrar a sus muertos dentro de la ciudad. Cicerón dijo:

"Se entra (en Roma) a través del espesor de los muertos",

refiriéndose a la cuantiosa cantidad de sepulcros cerca de la entrada a Roma por este camino. Solamente se le permitía a las familias patricias tener sus tumbas aquí. Entre las grandes figuras que encontramos a lo largo del camino podemos ver la tumba de Séneca, de los Escipiones, de los Furli, de M. Servillo Cuarto, de Geta, de Uria, la Tumba de los Primeros -una de las tumbas con mayor cantidad de las más exquisitas estatuas y obras de arte- y tantas familias y personajes más que sería imposible listar aquí. Los muertos buscaban la vecindad de los vivos.

En los Hechos de los Apóstoles se narra que San Pablo entró en la Urbe por este camino:

"y así nos dirigimos a Roma. Los hermanos, al enterarse de nuestra llegada, vinieron desde allí a nuestro encuentro hasta el Foro Apio y Tres Tabernas. Al verles Pablo dio gracias a Dios y cobró ánimos" (Hch. 28,11-15)

San Pablo iba a comparecer ante el tribunal del César. Un grupo de cristianos salió a recibirle a Tres Tabernae, una estación de descanso para los viajeros a unos cincuenta kilómetros de la ciudad; y algunos recorrieron todavía otros doce más para llegar a Forum Appi, donde acababa el canal navegable procedente de Terracina. La comunidad de los romanos, a quienes había dirigido su epístola salía a acogerle.

Una expresión de la caridad cristiana: Las cofradías (I)


San diego 2Si mencionamos la Iglesia en España en el siglo XVI seguramente no faltará quien pronto traiga a colación la Inquisición. Pese a que la historiografía moderna ya se ha encargado de recalcar la recreación negativa que se elaboró de esta institución a fin de desprestigiar a España y por ende a la Iglesia Católica, es pertinaz el reconocimiento que aún en España se hace de la misma. Y esas mismas personas serían probablemente incapaces en su desconocimiento de citar siquiera alguna de la obras caritativas mantenidas por la Iglesia o por simples fieles católicos impulsados por el mandato evangélico de ejercitar la caridad cristiana.

Entre esas instituciones ocupan un lugar especial las cofradías. Fueron éstas agrupaciones de fieles que bajo la advocación de un santo reunían a distintas personas bien por desempeñar un determinado oficio (corporaciones se denominaban entonces), para celebrar las festividades religiosas especialmente de Semana Santa y de Corpus Christi (las cofradías penitenciales que aún subsisten) o bien simplemente para rendir culto a un santo (las cofradías parroquiales).

Estas últimas canalizaban las energías de quienes deseaban consagrarse a la asistencia, al socorro de las almas del purgatorio o a la magnificación del culto divino. Como ejemplo de estas podemos citar a la de la parroquia de San Martín en Madrid. Fundada en 1594 en los inicios de un periodo crítico, de ella formaron parte Mateo Alemán y su amigo Cristóbal Pérez de Herrera. En un principio reunió a 84 personas, 12 religiosos y 72 laicos. La dirigía un “padre de los pobres”, elegido por un año, y cuatro asesores y dividió la parroquia en cinco sectores de los que todos los cofrades se encargaban por turno, de dos en dos, durante una semana. El año de su fundación la cofradía distribuyó 18.000 raciones de alimentos, unas 50 diarias aproximadamente, y curó a 670 enfermos.

Imagen:
San Diego de Alcalá dando de comer a los pobres de Bartolomé Esteban Murillo, en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid.

“Lágrimas y horror y espanto”


Fascinado por la exuberancia romana y por el perfecto encaje de la fe cristiana en el mundo romano, el padre Fortea hace a vuela pluma una interesante reflexión en esta entrada de su blog que viene muy al pelo para reflexionar sobre la inculturación de la fe. Esta feliz expresión designa el proceso por el que el mensaje salvador de Cristo penetra en el núcleo fundamental que forman los valores de una cultura determinada. En palabras del Papa Juan Pablo II en Cartagena de Indias (6-VII-1986):

Este es el verdadero proceso de inculturación, mediante el cual la palabra de la cultura de cada pueblo se vuelve apta para manifestar y pregonar a los cuatro vientos que Cristo es el Hijo de Dios, el Salvador, que ha resucitado y es el centro de la creación y de la historia humana. Así pues, la fe, recibida en el corazón de cada persona y de cada pueblo, se expresa y vive de modo permanente en la propia cultura cuando ésta ha sido impregnada por el espíritu evangélico, que es el espíritu de las bienaventuranzas y del mandamiento del amor.

Pero para que una cultura sea digna del hombre debe facilitar el acceso a la felicidad, que viene a su vez señalada por la ley natural, insertada en el corazón del hombre. La ley natural, que puede ser denominada en diversas formas según las culturas y religiones, es algo que recorre transversalmente todas las culturas.


En el campo del lenguaje (sentido antropológico y cultural), la inculturación consiste en primer lugar en el apropiarse del contenido de la fe en las palabras y categorías de pensamiento, los símbolos y ritos de esa cultura, y luego en dar una respuesta doctrinal a lo que no sea compatible con el Evangelio en esa cultura. El Evangelio tiene entonces un valor transcultural y su identidad debe ser reconocida en cualquier cultura, de ahí la necesidad de la apertura de la cultura a otras culturas.

Los españoles que llegaron a América, tanto misioneros como conquistadores, se maravillaron del extraordinario contraste que observaron entre los pueblos indígenas. Por un lado destacaban virtudes admirables para ellos: una extremada religiosidad, un profundo apego a las prácticas penitenciales, un aprecio sentido hacia la castidad… Pero por otro lado no dejaron de sentir repugnancia por la práctica de los sacrificios humanos en todas sus horribles variantes y de la antropofagia. Fray Bernardino de Sahagún, tras relatar las más variadas formas de sacrificio de hombres, mujeres y niños no puede resistir el horror y finalmente exclama:

No creo que haya corazón tan duro que oyendo una crueldad tan inhumana, y más que bestial y endiablada, como la que arriba queda puesta, no se enternezca y mueva a lágrimas y horror y espanto; y ciertamente es cosa lamentable y horrible ver que nuestra humana naturaleza haya venido a tanta bajeza y oprobio que los padres, por sugestión del demonio, maten y coman a sus hijos, sin pensar que en ello hacían ofensa alguna, mas antes con pensar que en ello hacían gran servicio a sus dioses. La culpa de esta tan cruel ceguedad, que en estos desdichados niños se ejecutaba, no se debe tanto imputar a la crueldad de los padres, los cuales derramaban muchas lágrimas y con gran dolor de sus corazones la ejercitaban, cuanto al crudelísimo odio de nuestro enemigo antiquísimo Satanás, el cual con malignísima astucia los persuadió a tan infernal hazaña. ¡Oh Señor Dios, haced justicia de este cruel enemigo, que tanto mal nos hace y nos desea hacer! ¡Quitadle, Señor, todo el poder de empecer! (Historia General de las cosas de la Nueva España, lib. II, cp. 20).


¿Cómo se inculturó entonces la fe entre los aztecas? No fue posible utilizar los templos para instaurar allí la religión católica. Los españoles en los primeros momentos sí utilizaron los adoratorios aztecas, encalando las paredes, limpiándolos de los chorretones de sangre y restos humanos, instalando imágenes de la Virgen María, y enseñando a los indios a hacer y ponerle velas y mantener el lugar alejado de los antiguos ritos. Pero como muy oportunamente señala el padre Fortea, después fue necesario edificar nuevas iglesias. Donde reinó el odio y la muerte no podía construirse una religión de Amor y Vida. A diferencia de los templos romanos donde solo fue necesario sustituir las imágenes de los dioses paganos por los de la verdadera religión aquellos lugares no pudieron ser cristianizados.

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Para saber más: Hechos de los Apóstoles de América de José María Iraburu.

Inculturación.net

Entradas relacionadas: Acerca de la evangelización de América.

Imagen: Iglesia de Nuestra Señora de los Remedios, Cholula, México. A pesar de estar erigida sobre una antigua pirámide azteca (el templo de Tláloc) ésta había sido abandonada 100 años después de la caída de Teotihuacán, en tiempo de la hegemonía tolteca en Mesoamérica (Posclásico Temprano, 900-1200 d. C.). Durante mucho tiempo permaneció en el olvido, creyéndose que era una montaña, sobre la cual fue construido el templo católico en la época colonial. Al fondo el volcán Popocatépetl.



378331787_6e75aa924c_o[2]La expansión de la fe 

Paradójicamente pese a los recursos desplegados por los emperadores para perseguir la peligrosa irreligión que se extendía por el Imperio, los primeros cristianos utilizaron los mismos medios materiales de que se valían los romanos en su persecución para expandir su fe. Muy probablemente las primeras comunidades se desarrollaron en las ciudades donde existían judíos dedicados al comercio, para abrirse posteriormente a la gentilidad. Y para desplazarse en aquel extenso territorio usaron las vías abiertas por el progreso romano.

El beneficioso influjo de la paz y la seguridad de las comunicaciones de los primeros años del cristianismo fue pronto comprendido y aún interpretado por los cristianos como un designio de la Divina Providencia. Así San Ireneo podía escribir:

«Gracias a los romanos goza de paz el mundo, y nosotros podemos viajar sin temor por tierra y por mar, por todos los lugares que queremos» (Adv. Hæres. IV, 30)


Y cincuenta años después, Orígenes:
«La Providencia ha reunido todas las naciones en un solo Imperio desde el tiempo de Augusto para facilitar la predicación del Evangelio por medio de la paz y la libertad del comercio» (In Jos. hom. III)
No se podía explicar esa difusión de otro modo, en medios tan diferentes y en algunos casos hasta hostiles entre sí, sin que se distinguiese «pagano ni judío, circunciso ni incircunciso, bárbaro ni extranjero, esclavo ni hombre libre» [Col 3,11] y con las enormes dificultades impuestas por las persecuciones en un momento en que como dice Tertuliano, cada nuevo creyente era un candidato al martirio.

En 197, el mismo Tertuliano podía decir orgulloso:

«Somos de ayer, y ya lo llenamos todo: vuestras ciudades, vuestras casas, vuestras fortalezas, vuestros municipios, los consejos, los campos, las tribus, las decurias, los palacios, el senado, el foro. Solamente os dejamos vuestros templos [...] Si nos separásemos de vosotros, quedaríais aterrados de vuestra soledad, de un silencio que semejaría el estupor de un mundo muerto» (Apol. 37)

Y en 212, en carta escrita a Scápula, procónsul de África, defiende a los cristianos con términos semejantes, hablando de «la inmensa muchedumbre» de cristianos, exaltando «la divina paciencia» de aquellos hombres que, «siendo ya la mayor parte de cada ciudad», viven en la sombra silenciosamente, dándose a conocer solo por sus virtudes (Ad Scapulam 2). Y sigue argumentando:
 

«¿Qué harás con tantos millares de hombres y mujeres de toda edad y condición, que vendrán a ofrecer sus brazos a tus cadenas? [...] ¡Cuáles serían las angustias de Cartago si decidieras diezmarla, y cada uno hubiera de reconocer entre las víctimas a parientes, a vecinos de la misma casa, quizás a hombres y mujeres de tu categoría, parientes o amigos de tus amigos!» (ib. 5)

Pese al rigor de las persecuciones poco antes del final de las mismas en el año 311 el mártir Luciano, director de la escuela exegética de Antioquía, en Nicomedia, ante el emperador Maximino, es capaz de afirmar defendiendo el cristianismo:
«Casi la mitad del mundo, ciudades enteras (urbes integræ), prestan ya adhesión a la verdad. Y si este testimonio te pareciera sospechoso, pregunta a la muchedumbre de los campesinos, que no sabe mentir, y te dará testimonio de esto que digo» (Rufino, Hist. Eccl. IX,6)

Desde el comienzo la Iglesia se consideró universal y las distintas comunidades trataron de mantener una importante relación entre ellas, dirigiéndose misivas, celebrando concilios y viajando a Roma haciendo ya suyas las vías romanas:

  • Camino del martirio, San Ignacio de Antioquía escribe a los hermanos de Efeso, Magnesia, Tralles, Roma, Filadelfia, Esmirna y al obispo Policarpo. Éste escribe a la iglesia de Filipos, en Macedonia. Los de Esmirna envían una carta circular sobre el martirio de su obispo Policarpo. Las iglesias de Lión y Viena envían la crónica de sus mártires a las iglesias de Asia y Frigia. Ireneo escribe al Papa Víctor sobre la fecha de la Pascua. Orígenes mantiene correspondencia con casi todos los personajes principales de su tiempo. Las cartas de San Cipriano, obispo de Cartago, nos muestran la relación de su iglesia con los Papas Cornelio, Esteban y Sixto, con obispos de las Galias y de España, y con todas las de África.

  • En el siglo II, hay concilios en Asia a causa del montanismo; en Roma, Palestina, el Ponto, en Galia, Osrhoene, Corinto, sobre la fecha de la Pascua; setenta obispos se reúnen en Cartago para dilucidar el tema del bautismo administrado por herejes. En el siglo III hay dos concilios en Frigia, dos en Alejandría, uno de noventa obispos en Lambesa, Numidia; en 251, sesenta obispos se reúnen en concilio en Roma; entre 264 y 269 hay tres concilios en Antioquía, hacia el 300 uno en Ilíberis, España, con más de cuarenta obispos...

  • San Policarpo llega a Roma desde Esmirna; San Ireneo, una vez de Esmirna y otra de Lión; el historiador Hegesipo vino de Palestina; el samaritano San Justino estableció en Roma escuela de catecismo; el frigio Albercius vino de Hierápolis; el apologista Taciano desde Asiria; Tertuliano vino de Cartago; Orígenes llegó desde Alejandría, y así tantos otros. También los herejes acudieron a Roma: Marción, Cerdón, Praxeas, Prepón, Noeto, Sabelio,Teodoto...

¿Se equivoca el Espíritu Santo en la elección del Papa?



En este interesante
artículo sobre el primado de Pedro leo esta peculiar estadística:

De los 265 Papas, 79 fueron santos, solo 10 fueron inmorales o corruptos y ninguno de ellos enseñó el error en materia de fe o moral. Estamos ante una tasa de menos del 4 por ciento de fallos. En comparación, de los apóstoles elegidos por Jesús, uno de los doce originales fue corrupto—esto representa una falla del 8 por ciento—De manera que la supuesta iniquidad y corrupción del papado a través de la historia no es argumento para desautorizar la institución papal. Por el contrario, el bajísimo número de papas malos sugeriría que el Espíritu Santo interviene—con lo estrictamente necesario— en su selección y asistiéndolos en su desempeño.


Desde luego es un buen argumento contra quienes se escudan en los errores de algunos papas para atacar a la Iglesia. En especial el hecho de que pese a miserias personales y graves pecados, ninguno se atreviese a enseñar el error en cuanto a la fe o la moral. Me ha parecido gracioso el enfoque de establecer el porcentaje de error del papado y compararlo con el de los Apóstoles. El autor demuestra un fino sentido del humor. El artículo forma parte de una colección de apologética, que es la ciencia que expone las pruebas sobre los que se apoya la verdad de la Iglesia Católica. En un hipotético debate sobre la institución papal se podría argumentar que dado que la ratio de errores ha sido baja y sobre todo si la comparamos con la ratio de los Apóstoles que fueron elegidos por el mismo Jesucristo, entonces debemos concluir que el Espíritu Santo se equivoca aún menos que Jesús en la elección de los Papas.

Sin embargo la Iglesia enseña que la plenitud del orden sacerdotal se alcanza mediante la consagración episcopal. Y esta confiere la gracia del Espíritu Santo, de esta manera los obispos, de manera eminente y visible, hacen las veces del mismo Cristo, Maestro, Pastor y Sacerdote y actúan en su nombre. En consecuencia, siempre que un sacramento es celebrado conforme a la intención de la Iglesia, el poder de Cristo y de su Espíritu actúa en él y por él, independientemente de la santidad personal del ministro. Pero los frutos de los sacramentos dependen también de las disposiciones del que los recibe como explica el Catecismo de la Iglesia Católica:

1550 Esta presencia de Cristo en el ministro no debe ser entendida como si éste estuviese exento de todas las flaquezas humanas, del afán de poder, de errores, es decir del pecado. No todos los actos del ministro son garantizados de la misma manera por la fuerza del Espíritu Santo. Mientras que en los sacramentos esta garantía es dada de modo que ni siquiera el pecado del ministro puede impedir el fruto de la gracia, existen muchos otros actos en que la condición humana del ministro deja huellas que no son siempre el signo de la fidelidad al evangelio y que pueden dañar por consiguiente a la fecundidad apostólica de la Iglesia.


Así pues, no es el Espíritu Santo el que se equivoca, el sacramento aporta toda la gracia suficiente para sobrellevar las dificultades del episcopado, son los pecados y las disposiciones de quienes lo reciben los que impiden que la gracia fructifique.



Ancien Via Appia En los primeros siglos de la Era Cristiana, la pax romana, la homogeneidad política y cultural conseguida por el Imperio romano, el uso del latín, el predominio de las ciudades sobre el campo como centros de romanización y cultura, y la seguridad de las vías de comunicación, entre las que destacaron de un modo singular las calzadas romanas, facilitaron la extensión del mensaje cristiano hasta los más remotos confines del Imperio.

El Imperio Romano se expandía alrededor del Mediterráneo, por Europa, África y Asia, abarcando a pueblos heterogéneos en cuanto a idiosincrasia y desarrollo. Si bien la lengua latina era oficial, convivía con una gran multitud de lenguas habladas a lo largo y ancho del Imperio. Otro tanto ocurría con el culto a los dioses romanos que realizaban todos los paganos, aunque conservaban asimismo el culto a los dioses propios de su país. En este complejo entramado, la creación de ciudades con sus estructuras habituales (templos, foro, circo, teatro, anfiteatro, termas) fue el instrumento preferido por los romanos para difundir y homogeneizar las diferentes culturas del Imperio. En ese ámbito, las clases superiores de la sociedad imperial compartieron los elementos que conformaron la civilización romana. Un ciudadano de Cartago o de Alejandría se entendería fácilmente con un ciudadano de Atenas o de Roma. Sin embargo en el campo, los aldeanos celtas de las Galias, mantendrían tradiciones y formas de vida alejadas de sus homólogos de Bitinia.

En la época de Augusto, gracias a la pax romana, durante la cual no hubo que hacer frente ni a guerras civiles ni a grandes conflictos con potencias extranjeras, las fronteras del Imperio alcanzaron su máxima extensión, y el ejercicio moderado del poder de los emperadores favoreció el desarrollo del comercio que se vio impulsado por la seguridad de las rutas navales y las calzadas romanas.

Las calzadas romanas

Entre los monumentos más extraordinarios que la antigua Roma legó a la posteridad se encuentran las calzadas, si bien probablemente su valor ha quedado oculto por la relevancia de sus otras creaciones civiles y artísticas. La tecnología de construcción de carreteras que desarrollaron los romanos no tuvo parangón en la Antigüedad y fue olvidada hasta el primer tercio del siglo XX. Sobre ellas se posibilitó la expansión de Roma y muy probablemente nuestra propia civilización. El despliegue de ejércitos numerosos para el mantenimiento de enormes fronteras exteriores, la administración de un territorio tan extenso, el reparto del correo estatal (cursus publicus), el comercio importador y exportador y el transporte de ingentes cantidades de mercancías, solo fue posible gracias al desarrollo tecnológico alcanzado en la construcción de las calzadas.

Los romanos fueron el primer pueblo de la Antigüedad que se enfrentó a un enorme reto de comunicación y transporte. Necesitaban recorrer miles de kilómetros con rapidez, a una velocidad constante de veinte kilómetros al día. A ese enorme reto dedicaron todo su ingenio constructivo y resolvieron todos los desafíos necesarios: desarrollaron unas vías con superficie de áridos para mejorar el agarre de los animales de uña desnuda, vadearon ríos mediante puentes, sortearon montañas, desmontaron laderas y taludes, calcularon las pendientes para posibilitar el paso de carros, determinaron las cargas que habrían de soportar las vías y sobredimensionaron su construcción a fin de soportar incluso cargas superiores, resolvieron el problema del drenaje del agua de lluvia mediante un perfil de “lomo de burro”, crearon terraplenes sobre los que asentar las calzadas, drenaron extensos pantanos y humedales para atravesarlos con sus vías, realizaron cálculos topográficos complejos para diseñar trazados rectos… Todavía hoy un tramo de 90 kilómetros de longitud de la Vía Apia ostenta el récord de la recta más larga de una carretera en Europa.

Los resultados no son menos impresionantes: El comercio se benefició tanto que todo tipo de mercancías desde muebles, vajillas, alimentos, metales hasta pesados fustes de columnas de mármol se distribuían a todos los rincones del Imperio. Un comerciante como C. Antonius Quietus exportó durante más de cincuenta años su aceite bético a todos los territorios romanos. Su marca se ha encontrado en la Galia, Germania, Britania y África del Norte. Las velocidades alcanzadas resultan increíbles para la época: sabemos que Tiberio recorrió 300 kilómetros en veinticuatro horas para visitar a su hermano Druso que había enfermado repentinamente en Germania. Y César llegó a viajar 100 millas en un día (unos 150 kilómetros) según Suetonio (Vida de César, 57). Las calzadas romanas fueron auténticas autopistas en un momento en que el resto de la Antigüedad se desplazaba por pobres caminos sin ni siquiera nivelar.

Roma no reparó en costes para ello, al contrario más bien derrochó más dinero del estrictamente necesario para cumplir con otros fines: sus obras debían ser eternas y servir además de elemento propagandístico de la civilización romana. Podemos comprender el efecto de superioridad que conseguirían creando una de estas vías en un territorio recién conquistado si pensamos en lo que ocurre hoy en día cuando llega una nueva carretera a una población aislada: se activa el comercio, se reducen los tiempos de desplazamiento, llegan nuevos viajeros y mercancías… y se transmiten las ideas…


Imagen: La Via Appia en Terracina. Macorig Paolo