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lunes, 3 de enero de 2011

Desedén

–¿Y ahora qué Eva? Definitivamente la hemos pifiado. ¡Qué va a ser de nosotros! –dijo Adán mientras contemplaba incrédulo como las enormes verjas verdes que permitían el acceso al paraíso se cerraban.


–Pareces tonto Adán, pues ahora vamos a vivir la vida a nuestra manera. Sin absurdas prohibiciones –contestó Eva, mientras oteaba el paisaje que se extendía ante ellos, intentando adivinar cuál sería la mejor dirección para emprender la marcha.

–¡Qué vergüenza Eva, qué vergüenza! ¡Qué van a decir de nosotros nuestros…, nuestros…! –continuaba lamentándose Adán.

–¿Nuestros quien Adán? ¿No te das cuenta de que somos los primeros? –respondió Eva, iniciando la marcha hacia las colinas cercanas que se veían al este del muro que bordeaba el paraíso.

–En eso tienes toda la razón. Como por aquí no hay más gente… nadie puede decir nada de nosotros. Pero aún así Eva, –continuó diciendo Adán en tono lastimoso –¡expulsados, desterrados, alejados de la tierra que nos vio nacer…! Bueno, quien dice nacer, dice la tierra en la que fuimos creados, que en estos momentos y para lo que importa viene a ser lo mismo. ¡Expulsados del paraíso como dos vulgares delincuentes! ¡No sé si seré capaz de superar este trauma algún día!, y todo ¿por qué, Eva? ¿Por qué? “Desedenados” por culpa de uno de tus caprichos. Tenías a tu alrededor montones de frutas diferentes para probar y tuviste que elegir una manzana roja del árbol prohibido.

–Y qué quieres Adán, un antojo es un antojo. ¿O prefieres qué tu primogénito nazca con una manchita en la piel con forma de manzana? Y luego si te parece le podíamos llamar Apple ¿no te fastidia? A saber los problemas que podría acarrearle nacer con una marca de serie.

–Eva bonita, por si se te ha olvidado, eres la primera mujer en estado de gravidez, así que me parece que el tema ese del antojo te lo acabas de inventar para ocultar tu falta. ¡Eva, qué va a ser de nosotros! –continuó diciendo Adán regodeándose de nuevo en su pena.

–Uhmmm, ¿Apple? –musitó Adán, olvidando por unos instantes su aflicción –no, no me gusta mucho como nombre, además nos recordaría constantemente nuestra desgracia, me gusta más… Abel, o no, no, mejor Caín. ¿Eva, te parece que a nuestro primogénito le llamemos Caín?


–Pues la verdad es que no sé, no lo había pensado, aunque a mí me gustaría más que fuese niña…así que el nombre mejor lo decidimos cuando nazca y veamos si es niño o niña, porque me parece que esto aún va para largo. ¿No te dijeron los dioses cuanto tiempo tarda en incubarse el huevo?

–No, no dijeron nada, sólo que estabas preñada… ¡Una niña! Pero tú estás loca Eva. ¡Un macho bien hermoso! Eso es lo que tienes que alumbrar y dejarte de niñitas. ¡Pues sólo me faltaba eso, desterrado y encima cargando con dos hembras…!

–¡Adán! A veces dices unas cosas que me apetecería mandarte directamente al infierno. Pues a mí me gustaría que naciera hembra, y tal vez más adelante podríamos ir a por la parejita…Y no te enfurruñes querido, que se te arruga el ceño, y luego no hay toxina botulínica capaz de borrar esas líneas de expresión.


De todas forma Adán, –continuó diciendo Eva, –no hay mal que por bien no venga. ¿Te has dado cuenta de que gracias a este pequeño incidente diplomático con los dioses, hemos podido enterarnos de que vivíamos ajenos al verdadero mundo dentro de una jaula de oro?, porque si no… ¿para qué eran necesarias las puertas? Dime Adán, ¿por qué había puertas en el edén? ¿te lo has preguntado? Si todo era tan maravilloso y nosotros éramos tan libres como decían, no sé por qué razón nos tenían encerrados.


–Mujer, no seas malpensada. Seguramente los dioses sólo querían lo mejor para nosotros y trataban de protegernos de los peligros de fuera del Edén, y ahora, míranos… desterrados y abandonados a nuestra suerte… Tal vez si regresamos y les prometemos que nunca más vamos a volver a comer manzanas…

–¡Adán, pero qué poca dignidad! ¿Ya no te acuerdas de cómo nos trataron?

–Cómo podría olvidarlo Eva. Nos han expulsado sin miramientos y sin darnos un mínimo plazo para buscar otro alojamiento. Esto no debería de estar permitido. ¡Pues vaya injusta la ley divina esa, que cometes un pequeño desliz y ni siquiera te dan una segunda oportunidad! ¡Venga, expulsados! ¿Pero roja directa, me atreví a preguntar yo? ¡Y no veas con que ojos me miraban los dioses, desde detrás de los triángulos!

–Esto pasa Adán, porque actualmente sólo son válidas las leyes divinas. Tendremos que poner remedio a esta carencia y empezar a establecer las primeras leyes naturales, para que no se pisoteen nuestros derechos…
–Sí, sí, y también el fútbol, –interrumpió emocionado Adán –a ver si inventamos pronto el fútbol porque si no, no sé cómo vamos a pasar las tardes de los domingos sin aburrirnos demasiado.


–El fútbol, el fútbol, ya salió el fútbol, maldita sea, aún no somos más que dos, ni siquiera se ha inventado la rueda y… ¿ya piensas en dar patadas a algo esférico? Me parece que el concepto te viene grande Adán, así que lo mejor será que vayamos poco a poco y busquemos una cueva confortable donde pasar la noche y mañana ya veremos si podemos conseguir fuego, porque si no, me parece que las vamos a pasar canutas.

La conversación de Adán y Eva proseguía mientras caminaban dejando el sol a su espalda y se alejaban cada vez más del exclusivísimo club “El edén”.


–¿Y qué crees tú que harán ahora los dioses? – preguntó preocupado Adán, que no terminaba de aceptar su nueva situación. –Aunque lo más seguro –continuó diciendo sin darle tiempo a Eva a responder a su pregunta –es que creen una nueva pareja de humanos y les den todo lo nuestro, porque bonita, no sé si te has dado cuenta, pero nos han largado con lo puesto, y para más inri la hoja de parra esta no sólo me aprieta sino que además me pica.

–Adán, estás tonto, no sé por qué dices inri si esa palabra no se puede utilizar todavía, que tienes una imaginación desbordante. Ay, Adán, que eres el Julio Verne de la prehistoria. Sabes perfectamente que todo aquello no era nuestro, que la propiedad privada aún no se ha inventado, y que tan sólo teníamos el jardín en usufructo.

–Eva, ¿qué habrán querido decir los dioses con aquello de ganar el pan con el sudor de la frente? No hago más que darle vueltas al tema y no logro entender la frasecita de marras. ¿Tú sabes lo que es pan?

–Ni idea Adán, pero a mí lo que más me joroba, –continuó diciendo Eva, –es que la serpiente aquella se haya ido de rositas, la muy víbora. Y los dioses sin querer escucharme cuando intentaba explicarles que había sido ella la que nos había proporcionado la fruta. –“No matéis al mensajero, no matéis al mensajero”. La muy lagarta sin patas, es que no se me quita de la cabeza. Como alguna vez me la vuelva a encontrar te juro que me hago con ella unos zapatos, que estas piedras del camino me están destrozando los pies, Adán.

–¿Zapatos? Pero qué avanzada eres Imeldita, digo Evita mía. Te prometo que en cuanto invente algún artilugio punzante y cortante con el que pueda cazar, te regalaré la piel del primer animal para que puedas curtirla, trabajarla, y coserla para hacerte unas abarcas que ni Manolo Blahnik, ya lo verás y si no es mucha molestia y ya que habrás aprendido la técnica, pues de paso haces otras para mí. Ah… y también si puede ser un taparrabos porque esta hoja de parra me está matando.

–¡Adán! ¡Una cueva! –Señaló de pronto Eva, fijándose en una cavidad oscura que estaba horadada a media altura en un monte cercano, no muy lejos del manantial junto al que se habían parado a descansar. –¿Crees que podría servirnos de refugio? ¡Adán, mira fíjate bien! ¡No es posible, sale humo de la cueva! ¡Pero, pero…! ¿Es que no somos los únicos? Mira… Adán, parece que hay alguien y nos hace señas desde la entrada… Qué extraño…, es, es, es… ¡Adán, es una mujer. Está desnuda y… viene hacia aquí! –terminó de decir Eva, casi gritando.

–Eva, mi amor… –comenzó a decir Adán tragando saliva, en cuando vio a la mujer que se dirigía hacia ellos –tengo que decirte algo ahora que estamos fuera del paraíso, verás, es difícil de explicar, tú… yo… ejem… pues, yo… hace tiempo que quería decirte que… no sé como empezar. Espera que beba un poco de agua del manantial para aclararme la garganta.

–Adán, cariño ¿qué te pasa? Nunca te he visto así de pálido. Estás sudando. ¿Qué quieres decirme?

–¿Adán? ¿Eres tú? ¡Pero qué sorpresa, y qué elegante estás con esa hoja de parra…! –Dijo la mujer de la cueva cuando llegó hasta donde ellos estaban mientras le daba dos besos a Adán –Nunca imaginé que también a ti te echaran del club, siempre fuiste tan…tan… dócil. Pero no seas maleducado hombre, ¿es que no piensas presentarnos? –continuó diciendo la mujer mientras Eva que se había quedado muda por la impresión, la miraba estupefacta.

–Eva, –comenzó a decir Adán con un hilo de voz – ya sé que te lo tenía que haber dicho antes…en fin, lo que quería decirte es…bueno, verás… Eva, te presento a Lilith, mi primera mujer.




martes, 21 de septiembre de 2010

Brumas

Hace rato que en la radio sonaron las señales horarias y Ramón tiene que levantarse. Afuera llueve. Escucha el sonido de las gotas de lluvia al golpear en la vieja persiana de madera verde y se arrebuja más entre las mantas. Antonia sigue dormida a su lado. Atrás quedan los días en los que ella era la primera en saltar de la cama. Casi sin esfuerzo, puede recordar el olor a pan frito del desayuno que cada domingo de invierno Antonia preparaba para acompañar el chocolate caliente.

Intenta cerrar los ojos, seguir durmiendo, alejar con su media vuelta los problemas que acuciantes esperan inquietos a que Ramón tome la decisión de dejar la cama, para encaramarse un día más en su espalda. Ramón intenta retardar el momento porque sabe que en cuanto se calce las ajadas zapatillas de paño gris, que dormitan sobre la alfombra, la realidad habrá vencido una vez más a la ilusión. Hasta hace unos meses, aún le quedaban las noches para intentar buscar refugio en un sueño que le alejara de la pesadilla diaria. Ahora ni siquiera tiene eso. Ya no quedan espacios, no quedan horas, no quedan minutos. El reloj no diferencia los días de las noches. El tiempo de la esperanza ha muerto, las sombras han ganado el pulso a los relojes.

Los delirios y los gritos de Antonia en mitad de la noche en las últimas semanas son frecuentes. Cada vez que esto sucede, Ramón siempre hace lo mismo. La abraza con ternura, acunándola, mientras tararea una canción. Antonia se calma poco a poco y se une al canto. Canta muy bajito, apenas se la escucha pero recuerda la letra. Parece mentira, lo ha olvidado casi todo, y sin embargo canta hasta que vuelve a dormirse. Siempre le gustaron los cantares que salían por la radio. Aquella radio de transistores que compraron cuando se casaron aún funciona, y todavía preside la cocina desde un estante adornado con puntillas blancas de ganchillo. Un año, por su cumpleaños Ramón escribió a la emisora para dedicarle una canción. “Para Antonia en el día de su cumpleaños de su marido Ramón que nunca la olvida”. Aquel día, bailaron los dos muy juntitos en la cocina, mientras sonaba el pasodoble dedicado y las vecinas, indiscretas, se asomaban divertidas a las ventanas que daban al patio común. La voz de Encarna, la del tercero izquierda sobresaliendo entre las de las demás “Antonia, ¿has escuchado la radio? Ya puedes estar contenta con tu hombre… a mi Paco no se le ocurre algo así ni aunque le prometa jarana diaria”. Y después las risas.

Ramón añora un pasado que fue vida. Intenta atrapar el recuerdo con las manos, pero huidizo, el instante se escapa. Antonia respira fuerte y Ramón abre los ojos. La mira, y la realidad se hace visible. El presente duele. Le atormenta verla así. Quisiera detener el tiempo. Regresar a aquella época en que los dos muy arreglados iban los sábados por la tarde al baile de la pérgola. Siempre les gustó bailar. Una vez incluso ganaron un trofeo muy vistoso en un concurso de pasodobles que organizaron en el barrio en la verbena de San Juan. No consigue recordar el año, pero fue al poco de casarse, de eso está seguro. Tiene que buscar en la caja de latón donde guardan las fotos a ver si encuentra una en la que se les ve a los dos sonrientes con el premio, a lo mejor pone la fecha por detrás y… ¡qué más da la fecha!, piensa, mientras escucha el sonido de la lluvia.

Ramón aún no se decide a levantarse, se incorpora un poco y acomoda la almohada en su espalda, intentando no despertar a Antonia. Tal vez debiera hacer caso a sus hijos e ingresar a Antonia en una residencia. Eso a él le parece un abandono y arrepentido como si estuviera siendo infiel a su mujer sólo con pensarlo, aleja a toda velocidad la idea de su mente y nervioso se atusa los escasos cabellos que aún le quedan. Se siente vencido y cansado. En un gesto desesperado mira sus manos vacías y una idea fugaz atraviesa su mente. Sus manos. Antaño, cuando trabajaba la madera, eran fuertes. Rudas y a la vez sensibles. Antonia le esperaba cada noche cuando regresaba de la carpintería con el ungüento de las manos listo para aplicárselo, y el instante se impregna del olor del preparado de glicerina de Antonia. “Para evitar durezas esto es infalible, tu hazme caso. Hay que ser constante”, decía, mientras le untaba las manos con aquel líquido viscoso y amarillento que preparaba ella misma siguiendo una receta heredada de su abuela Juana. Y condescendiente, él se dejaba hacer sin protestar.

La luz que se filtra por las rendijas de la persiana le permite ver la mancha de humedad de la pared. La casa necesita arreglos. Está vieja. Como él, como Antonia. Todo está viejo. Por unos instantes su mirada se detiene en la foto del marco dorado que adorna la coqueta de madera y poliéster del dormitorio. Es la de la boda. En ella, una Antonia radiante y joven con un vestido de encaje negro que ella misma cosió para la ocasión, y un ramo de calas de tallo largo en el regazo, le sonríe desde la silla en la que posa sentada. A su izquierda, de pie y con gesto serio, un Ramón extremadamente delgado le observa desde el otro lado.

Afuera la lluvia sigue. Hace tiempo que Antonia vagabundea en la confusión del olvido. Entre brumas busca la salida del laberinto, pero cada día que pasa el paisaje se vuelve más espeso, más lúgubre. A veces escucha voces que atormentan su cerebro. No sabe como ha llegado hasta allí, tiene frío, mucho frío y sigue perdida en una maraña de recuerdos. Sólo el pasado logra reconfortarla. A veces escucha canciones que le son familiares, e intenta refugiarse en el sonido, pero los cantos de sirena se apagan, se alejan, la confunden en la oscuridad y sigue vagando perdida. No hay luz. No hay nada. Todo se borra a su paso, no sabe lo que es vida, desconoce lo que es muerte. Las brumas se adueñan del paisaje. Está asustada. Quiere gritar, pero el sonido no acude a sus labios. Es un solitario barco a la deriva. Tiene miedo. Siente frío.

Antonia se mueve a su lado. Le dedica una desconcertada mirada cuando abre los ojos y balbucea algunas palabras carentes de sentido. Ramón besa sus labios. La lluvia no cesa. Dos lágrimas resbalan por la cara de Ramón cuando pone la almohada sobre la cara de Antonia. Amor, mi amor, espérame. Y tararea por última vez una vieja canción mientras toda la rabia acumulada en los últimos años acude a sus manos.

Han vuelto los cantos, pero esta vez es diferente, un arco de luz se hace hueco entre las sombras. Antonia ya no siente frío. Fuera, la lluvia cada vez es más intensa.
Dori
Febrero 2007

lunes, 30 de agosto de 2010

Don Evelio y su bombín

Don Evelio usa bombín, gemelos de oro y bastón con empuñadura de plata. Lleva siempre traje oscuro, pantalón con la raya bien marcada y camisa de cuello almidonado. Del bolsillo del chaleco, le cuelga la cadena de un reloj que fue de un tío abuelo, diputado de la CEDA por la provincia de Cáceres en tiempos de la república. Saluda con una leve inclinación de cabeza si se cruza con algún conocido en el paseo. De porte distinguido, mirada altiva y paso firme, calza impecables zapatos italianos y acude cada día a tomar el vermú a Casa Paco, en los soportales de la plaza mayor, un local inaugurado a principios del siglo pasado por el bisabuelo del actual propietario, y que mantiene la solera y el casticismo de cuando fue fundado.

Presidente de un par de consejos de dirección, vive de las rentas de una finca en Extremadura que heredó de la familia de su madre. Soltero acérrimo, tuvo amores en su juventud con la prima Cecilia, y se hubiera casado con ella, si esta no le hubiera dejado plantado casi a las puertas del altar, con la dispensa papal bajo el brazo, para fugarse una noche de luna llena con Julián, un muchacho moreno, de pelo ensortijado y buena planta, hijo mayor de uno de los aparceros de la finca familiar. Su madre, que en paz descanse, no perdonó nunca el desaire de la prima Cecilia y durante un tiempo dejó de hablar a la tía Catalina, madre de aquella novia traidora, que a su vez lloraba desconsolada la desgracia de una hija descarriada.

Don Evelio, en el fondo de su ser, respiró tranquilo cuando se rompió el compromiso con su prima de la que realmente nunca estuvo enamorado. De no haber sido por su madre, a quien nunca osó contradecir, que fue la que preparó aquel noviazgo con aquella prima casi adolescente de dorados cabellos y mirada angelical, que le iba a proporcionar unos nietos preciosos para alegrarla en su vejez, y que un lejano día heredarían la hacienda de las dos familias; él nunca se habría fijado en aquella mujer, tan blanquita y escurrida.

Cofundador junto a su gran amigo Crescencio del Burgo de “La asociación para la conservación de la justa moral y las buenas costumbres”, no perdona la partida de dominó de las seis en el casino.

Acude a misa de doce los domingos en la Catedral, reparte limosna a la salida y excepto un año que tuvo hepatitis, nunca se salta el precepto de comulgar por Pascua de Resurrección.

Cuando Rosita, su criada de toda la vida, murió de una neumonía, Don Evelio, que nunca se había planteado que una cosa como aquella pudiera sucederle a él, pasó varios días con la casa patas arriba, totalmente desvalido. No pensaba perdonar nunca a Rosita que se hubiera muerto así, tan de repente, dejándole huérfano de criada y sin saber hacerse ni un huevo frito.

En un primer momento se mostró reacio a contratar extranjeros, pero en la agencia a la que acudió, le dijeron que para el servicio doméstico, eran los únicos disponibles. Ninguno de los miembros de la asociación de buenas costumbres a la que pertenecía pudo ayudarle. Las cosas habían cambiado mucho en los últimos años y casi todos sus conocidos andaban aquejados del mismo mal. Encontrar un servicio decente, sin grandes pretensiones económicas y que cocinara como Dios manda se había convertido en una empresa difícil por no decir imposible. Vaya faena que le había hecho Rosita con eso de morirse.

Al final, y muy a su pesar, no le quedó más remedio que contratar a Alexandru Florescu, un ingeniero rumano, alto como un gigante y de enormes ojos azules, que llevaba tres años viviendo en España sin papeles, y que desde que llegó había trabajado de albañil, jardinero, chofer, mecánico, fontanero y en los últimos tiempos de camarero los fines de semana en una taberna del barrio viejo. Se lo recomendó su amiga Goyita, marquesa de Castobody, que tenía de interna en su casa a una hermana de Alexandru y que decía que el muchacho era de total confianza y muy habilidoso en casi todos los oficios. Sobre el tema de la comida, ya se había hecho a la idea de que tendría que acostumbrarse a los nuevos platos y sabores de la para él, desconocida cocina rumana.

Después de aquellos castos amores de juventud con la prima Cecilia, Don Evelio jamás se había sentido atraído por dama alguna, para desgracia y pena de su madre, a quien Dios tenga en su gloria, que había terminado sus días sin la satisfacción de verse rodeada de nietos, al contrario que la tía Catalina, a la que la prima Cecilia le había dado cuatro varones y tres hembras.

Cuando Don Evelio vio por primera vez a Alexandru, un calambre como no había sentido antes, se instaló en su estómago y se sonrojó como un pipiolo cuando el criado le estrechó la mano.

Al principio perdió peso, dejó de acudir a la partida de dominó y se olvidó de la misa dominical. Luego comenzó a comprar cremas hidratantes, crece pelos milagrosos que aplacaran su más que incipiente calvicie y hasta pensó en apuntarse a un gimnasio cercano a su casa.

Tres meses después de que el rumano traspasara el umbral para hacerse cargo de su casa, se confesó a sí mismo que sin poder evitarlo, Alexandru se había convertido en el protagonista de sus pensamientos, de sus desvelos y de sus obsesiones. Otros tres meses más, tardó en convencerse de que se había enamorado sin remedio, y cuando por fin lo tuvo claro, una tarde se armó de valor y temblando de emoción, como un adolescente ante su primer amor, le confesó a Alexandru que era el hombre de su vida.

No le importó el escándalo, ni que le nombraran persona non grata en el casino de la ciudad, ni siquiera que le expulsaran de “La asociación para la conservación de la justa moral y las buenas costumbres” que él mismo ayudó a fundar, ni tampoco que su amigo Crescencio del Burgo no respondiera nunca más a sus llamadas.

A punto de cumplir los sesenta y perdidamente enamorado, Don Evelio ha decidido poner fin a sus años de soltería. De su entorno, tan sólo la marquesa de Castobody ha entendido su amor por Alexandru y ha aceptado ser testigo en su boda.

Don Evelio no ha abandonado su inseparable bastón con empuñadura de plata, pero ya nunca lleva bombín, ni gemelos de oro ni cuellos almidonados.

De porte distinguido, mirada altiva y paso firme, saluda con una leve inclinación de cabeza y una sonrisa si se cruza con algún conocido en el paseo. A su lado, Alexandru luce un reloj con cadena de oro. Una joya de familia, que su novio, Evelio, le regaló el día del compromiso.

Dori
Febrero 2008


miércoles, 4 de agosto de 2010

Suspiros de monja

Amanecía cuando la hermana Teresa al volante de una destartalada camioneta blanca abandonó la autopista de la costa, para tomar el desvío que la llevaría por última vez al pueblo donde estaba el monasterio; a su lado la hermana Damiana, ajena al paisaje dormitaba desde hacía rato.

En cuanto enfiló la carretera que subía a la montaña perdió de vista las infinitas plantaciones de naranjos que la habían acompañado durante algunos kilómetros a ambos lados de la autopista. El paisaje que ahora se abría ante ella era mucho más frondoso y variado. Predominaban los alcornoques desnudos, sin corteza; y es que el corcho era uno de los pilares en la economía de la zona.

La carretera tenía buen asfaltado pero estaba plagada de curvas demasiado cerradas. La hermana Teresa, conducía deprisa a pesar de la escasa potencia de su vehículo y de lo complicado del trayecto; tenía ganas de terminar de una vez por todas con aquella historia.

Aparcó la furgoneta en la plaza que estaba junto a la iglesia. La hermana Damiana seguía a su lado durmiendo como una bendita, la pastilla para evitar el mareo que tomaba cada vez que tenía que montar en coche, la dejaba siempre grogui.

-Hermana Damiana, despierte que ya hemos llegado. –Le dijo sacudiéndole el hombro con suavidad- Mientras su compañera abría los ojos y tomaba conciencia de donde estaba, bajó del vehículo con ganas de estirar las piernas, entumecidas por el viaje. La mañana era fría.

Caminaron silenciosas cogidas del brazo, por la plaza empedrada para dirigirse a la iglesia de San Pascual donde el señor cura ya debía de estar preparándose para decir la misa de la mañana. La hermana Teresa no sabía cual sería la reacción de Don Cipriano al verlas, ni siquiera habían llamado para anunciarle que aquel día irían al pueblo. El delicioso olor a pan, a horno de leña, a magdalenas y a bollos recién hechos que provenía de la cercana tahona, transportó a las dos monjas por unos instantes a la cocina del monasterio ahora vacío, donde con tanta maestría las hermanas preparaban los delicados dulces que luego vendían con enorme éxito en las ferias y mercados de la comarca.

****

El monasterio en el que habían pasado más de la mitad de su vida era una edificación de finales del s. XVII y estaba situado en un cerro en lo alto del pueblo. Desde allí se podía disfrutar de un maravilloso paisaje donde la vista se perdía en el infinito. Al cenobio hacia tiempo que le faltaba algo más que una mano de pintura. Era necesaria una rehabilitación profunda, pero nadie parecía dispuesto a gastarse dinero en el mantenimiento de aquel edificio en el que vivían quince monjas ancianas, que sobrevivían como podían entre goteras, fríos y humedades.

La oportunidad de poner fin a sus penurias llegó una tarde de la mano de Don Luis, abogado y representante de una cadena hotelera en expansión, interesada en adquirir el edificio para convertirlo en un hotel con encanto, tan de moda en los últimos tiempos. Reunido con la hermana Teresa y la hermana Damiana, superiora y ecónoma de la comunidad respectivamente, les expuso sin ningún tipo de preámbulo los planes del grupo al que representaba: - A cambio de este destartalado monasterio –dijo Don Luis con voz convincente, mientras recorría con una estudiada mirada de menosprecio el austero despacho en el que se encontraban- les ofrecemos un pequeño convento situado a las afueras de la ciudad con calefacción, una pequeña capilla, un soleado patio con huerto para que sus monjitas puedan pasear por él mientras rezan y además dos hectáreas de terreno con árboles frutales a pleno rendimiento.

La hermana Damiana, que hasta ese momento no había dicho ni esta boca es mía y asistía de convidada de piedra a la reunión, no podía dar crédito a lo que oía de boca de Don Luis. ¡Por fin el Señor había escuchado sus oraciones y les mandaba un ángel que las sacaría de todas sus penurias! Nerviosa y sin poder contener el entusiasmo, en un tono un poco más alto de lo necesario comenzó a decir casi gritando debido a la emoción: -¡Alabado sea Dios y todos los santos del cielo! ¡Hermana Teresa, tenemos que contárselo en seguida al resto de la comunidad! ¡San Félix, Santa Régula… por fin han escuchado nuestras súplicas! –siguió diciendo una enfervorizada hermana ecónoma-.

La mirada glacial que recibió de la superiora, hizo que atenuase su entusiasmo inicial. -Hermana Damiana, le ruego que modere sus emociones –dijo severamente la hermana Teresa, -por favor, vaya y pida que preparen una cajita con suspiros de Santa Oraldina para Don Luis que está a punto de marcharse.

Cuando la monja salió de la sala para buscar los dulces, Don Luis se encontró con la fría mirada de la hermana Teresa que sin ningún tipo de titubeo en la voz dijo con firmeza: -y además de todo eso, dos millones de euros ingresados en un banco en la cuenta del obispado, y cerramos el trato. Dejando bien especificado en el contrato, que la venta se refiere tan sólo al edificio y a los terrenos del monasterio. El mobiliario y las tallas de nuestros santos se vienen con nosotras a nuestra nueva casa. De explicar el acuerdo al Obispo y conseguir su permiso me ocupo yo, no se preocupe.

A Don Luis le costó reaccionar tras el embate inesperado de aquella monja a la que sin duda había subestimado. No estaba acostumbrado a que le pusieran condiciones de aquella forma tan tajante, y menos aún una insolente monja.

-¿Pero se ha vuelto loca hermana? ¿Usted sabe lo que me está pidiendo? -Replicó con voz enojada el abogado, al que las condiciones de la monja le habían pillado por sorpresa.

-Sí, -comenzó a decir la hermana Teresa en tono conciliador pero sin perder un ápice de firmeza, - hablamos de un monasterio del siglo XVII, en un cerro con unas vistas espectaculares, en el término municipal de un pueblo milenario declarado patrimonio de la humanidad. No se crea que porque somos monjas de clausura no conocemos el valor de las cosas. El convento, los frutales, dos millones de euros y cerramos el trato. Es mi última oferta. Lo toma o lo deja. -Terminó de decir la monja en un tono apabullante que no admitía réplica.

- De acuerdo, de acuerdo, acepto el trato pero con una condición. –Contestó un Don Luis un tanto irritado- La compra del monasterio por parte del grupo que represento, sólo se hará efectiva si el ayuntamiento modifica el plan de urbanismo para que los terrenos en los que se asienta el convento dejen de ser suelo rústico y se conviertan en urbanizable. Yo voy a intentar convencer al alcalde para que firme la recalificación de los terrenos, pero no nos vendría mal una manita digamos “divina”, para el caso de que el alcalde se resista a cambiar el plan de urbanismo. Así que rece hermana, rece para que el alcalde firme y todos salgamos beneficiados con la operación.
Antes de reunirse con el resto de la comunidad la hermana Teresa decidió pasar por la capilla. Se arrodilló con dificultad ante la imagen del Cristo crucificado del altar mayor, y comenzó a hablar con él:

- El monasterio está viejo, tiene goteras y montones de resquicios por los que se cuela el aire en cuanto sopla un poco de viento. Hace frío dentro y ya no somos jóvenes. Los tiempos cambian y no hay vocaciones. Hace años que no tenemos novicias que cuiden de las hermanas mayores como hicimos el resto cuando ingresamos. Ahora nadie quiere vivir en un convento. En la nueva casa estaremos mejor, ¿has escuchado que tiene calefacción?, y además en la ciudad seguro que es más fácil vender nuestros productos, que estamos ya un poco mayores para seguir como titiriteros de feria en feria. Lo que más me duele es lo de tener que dejar a las hermanas enterradas en la cripta de la capilla… ¡Ah!, que no se me olvide; gracias por la ayuda. Me temblaban las rodillas cuando dije lo de los dos millones de euros. Menos mal que no se me quebró la voz. Bueno, te dejo, voy a contarle al resto de la comunidad lo que ha pasado, aunque imagino que la hermana Damiana ya se habrá encargado de divulgar las noticias.
***

En cuanto Don Luis se sentó en su coche, un imponente todo terreno negro, aparcado a la sombra de la torre mayor del convento, decidió llamar a su jefe para contarle como habían ido las negociaciones. Dejó el paquetito de suspiros de Santa Oraldina que le habían regalado las monjas en el asiento del copiloto y sacó del bolsillo interior de la chaqueta un teléfono móvil de última generación.

-¿Don Manuel? Sí, acabo de entrevistarme con las monjas. Tenía usted razón, el lugar es fantástico. Es un usted un lince. No me cabe ninguna duda, de que una vez rehabilitado será un estupendo hotel de lujo. El sitio es inmejorable y en cuanto estén hechas las reformas oportunas no lo va a conocer ni la madre que lo parió. No, ningún problema Don Manuel, por las monjitas no hay que preocuparse, ellas están de acuerdo en el trato, y son conscientes también de la discreción con la que se tiene que llevar la operación. Sí, sí, hemos firmado un preacuerdo, y el lunes próximo vendré con un notario. El único inconveniente ha sido que la superiora estaba bien asesorada y no se ha conformado con la oferta del trueque tal y como creíamos que harían, pero está todo controlado. Aunque por poco, no he pasado de los márgenes que nos habíamos marcado para sellar la operación. No, no hay problema, aun contamos con disponible suficiente para tentar al alcalde en el caso de que ponga algún inconveniente para cambiar el plan urbanístico. Pero no se preocupe por el alcalde, Don Manuel; no creo que tenga problemas para convencerle. De todas formas para evitar cualquier imprevisto, lo mejor será darse prisa con los trámites, porque con la que está cayendo últimamente con todos esos escándalos urbanísticos que se están destapando, no vaya a ser que se nos acojone y nos deje en la estacada. Sí, Don Manuel, descuide, yo le mantengo informado. Adiós, Don Manuel.

Don Luis, satisfecho guardó el teléfono y distraído cogió un dulce de la cajita que le habían entregado las monjas. -¡Coño con las monjitas, que buenos están los suspiros estos de santanosequién!, masculló entre dientes mientras encendía el coche. Aún tenía que visitar al alcalde del pueblo antes de volver a casa. Estaba seguro que no sería muy difícil convencerle de que todo aquel proyecto sería estupendo para el pueblo. Y si ponía muchos peros, siempre podía tentarle con algo de dinero fresco.
*****

Las casas en aquel pueblo eran todas de piedra. Llamaban la atención sus enormes portalones de madera y sus cuidados balcones. De la mayoría de los que daban a la plaza, colgaban ristras de ajos.

En una ventana enrejada llena de geranios rojos junto a la que pasaron, había un cartel en el que podía leerse “Se venden cestos, cestas y garrotes”. Aquello hizo sonreír a la hermana Teresa y por breves instantes consiguió relajar la tensión que acumulaba desde hacía meses; desde que tomaron la decisión de abandonar el pueblo…

Nunca imaginó que la marcha de la comunidad de religiosas despertara tantas iras en el pueblo. Cuando el secretario del Obispo llamó por teléfono para reprenderlas por la que habían montado, la hermana Teresa no supo a lo que se refería.

La noticia de que unas monjas de clausura habían abandonado su convento llevándose con ellas joyas artísticas de incalculable valor pertenecientes al pueblo, ocupó las primeras páginas de los periódicos locales. La historia se desbordó por completo cuando radios y televisiones se hicieron eco de la noticia del robo de objetos de arte sacro por unas monjas de clausura. Durante algunos días tuvieron en la puerta del convento a unos cuantos reporteros con cámaras y micrófonos que querían saber la razón por la que unas inofensivas monjas habían decidido robar al pueblo en el que habían vivido tantos años.

En el convento fueron días de desconcierto. Las monjas rezaban desconsoladas sumergidas en aquella especie de martirio que estaban viviendo, confusas por cuanto sucedía a su alrededor y un tanto preocupadas por la tristeza mal disimulada que mostraba la superiora.

La hermana Teresa cada día se arrodillaba ante el Cristo crucificado buscando un consuelo que no llegaba: -Sabes que nosotras no somos ladronas. Si nos trajimos las cosas que había en el monasterio cuando hicimos la mudanza, fue porque nunca se nos pasó por la cabeza dejarlas allí. Los objetos que ahora nos reclaman, siempre los habíamos considerado nuestros. Llevábamos toda la vida cuidándolos en el monasterio, eran nuestro paisaje cotidiano y queríamos que siguieran acompañándonos en nuestro nuevo hogar. En ningún momento nos planteamos que pudiera ser considerado un robo, porque uno no roba lo que cree suyo ¿no?, pero está claro que a la vista de todo el escándalo que se ha montado, esa no es la opinión del resto de la gente. ¿Por qué ya no me hablas? ¿Qué pecado he cometido para que me castigues con tu silencio? ¿Hicimos mal abandonando el monasterio? Háblame. Muéstrame que no estás enfadado, que sigues estando a mi lado. Me estoy obsesionando con tu silencio. Estoy cansada, muy cansada. Estos meses han resultado muy difíciles y me he sentido sola. Nunca antes me había pasado. Siempre había encontrado tu consuelo, tu ayuda… ¡Dios mío, deja que te escuche de nuevo! ¿Qué debo hacer para volver a sentirte de nuevo a mi lado?

En el pueblo durante algunas semanas, hubo manifestaciones de protesta exigiendo la devolución del tesoro que se habían llevado las monjas ladronas. Hubo gente que acudió a programas de televisión para contar lo indignados que estaban en el pueblo por el miserable comportamiento tan poco cristiano de aquellas monjas de clausura que durante años residieron en el monasterio. Se anunciaron debates en un par de cadenas de televisión sobre la propiedad de los bienes de la Iglesia. Políticos de diferentes signos aprovecharon para pronunciarse sobre el tema y dejar constancia de la postura de su partido sobre el papel que desempeñaba la religión en el mundo actual. Durante días se habló de la necesidad o no de impartir clases de religión en las escuelas, de la prohibición de la iglesia católica del uso del preservativo, de los curas homosexuales, de las condenas de la inquisición, de la financiación de la iglesia… y cuando parecía que aquel tema no iba a terminar nunca, la publicación en una revista de unas fotos de un torero famoso con el hijo de una actriz de medio pelo entrando juntos a un hotel a altas horas de madrugada en actitud cariñosa, apagó por completo el tema de las monjas ladronas, y el rabo de nube mediático se dirigió a otras latitudes.

Ahora que parecía que las aguas se habían calmado, la hermana Teresa regresaba para entregarle personalmente a Don Cipriano, los objetos del monasterio que primorosamente embalados para que no sufrieran ningún percance, permanecían en la trasera de la furgoneta aparcada en la plaza, y cuyo destino final después de algunos trámites sería la iglesia parroquial de San Pascual.

Agarró fuerte del brazo a la hermana Damiana, y deseó que nadie echara en falta la imagen del Cristo crucificado que presidía el altar mayor de la capilla de su nueva casa. Sabía que estaba desobedeciendo las órdenes del Obispo, que fue muy claro cuando exigió la devolución a la parroquia del pueblo en el plazo más breve posible, de todas las tallas y demás objetos de valor que habían pertenecido al Monasterio. Bueno, casi todas, porque en el obispado habían decidido quedarse con el cuadro de la Anunciación que presidía el refectorio del convento y un par de códices de incalculable valor.

Aquel pecar a sabiendas hacía días que le torturaba el alma, pero se sentía incapaz de desprenderse del Cristo crucificado con el que había hablado a diario durante cuarenta y dos años, y que permanecía en un obstinado silencio desde que se trasladaron a la ciudad.

La iglesia todavía vacía, olía a cera quemada, a humedad, a madera vieja… El sacristán al que todo el mundo en el pueblo conocía como “el picha santa”, se ocupaba de ultimar los detalles para la celebración de la mañana. Si se sorprendió cuando vio entrar a las dos monjas en la iglesia lo disimuló bien, porque continuó como si nada con los preparativos de la misa.

Después de santiguarse, las dos monjas tomaron asiento en uno de los bancos en el fondo de la iglesia. El frescor de la mañana y el breve paseo desde la plaza no habían terminado de reanimar a la hermana Damiana que a pesar de la incomodidad del asiento, no tardó mucho en dejarse llevar por un nuevo sopor.

La hermana Teresa con gesto cansado hundió la cara entre sus manos. Sentada en aquella solitaria iglesia de un pueblo perdido en la montaña, intentaba encontrar en el silencio de aquel lugar, alguna señal que le devolviese la paz interior perdida en la vorágine vivida en los últimos meses; pero sólo percibía su propio miedo. A punto de cumplir sesenta años, después de toda una vida recluida entre los muros de un monasterio, se planteaba ahora por primera vez si aquella existencia de destierro voluntario alejada de los problemas del mundo que había llevado hasta entonces tenía algún sentido.
****

El sol estaba ya bastante alto cuando las dos monjas dejaron el pueblo. Desde lo alto del cerro, el viejo monasterio ahora lleno de andamios, lonas y grúas por todos lados, despedía solemne a la vieja camioneta blanca que se alejaba ligera, camino del llano.

La hermana Teresa conducía más despacio que hacía unas horas. Mucho más relajada después de haber entregado los objetos de valor del monasterio al cura párroco de la iglesia de San Pascual, y de prometerle que le haría llegar con brevedad un Cristo crucificado que por su gran tamaño habían dejado en el convento, de nuevo sentía renacer la fuerza interior que durante meses había temido perder. Absorta como estaba en sus pensamientos, apenas prestaba atención a la incansable charla de la hermana Damiana que, totalmente despejada y sin señal de mareo por ninguna parte, no hacía más que recordar divertida, entre risas, la cara de asombro que había puesto Don Cipriano al verlas entrar en la sacristía.

Cuando el paisaje volvió a llenarse de naranjos a ambos lados del camino, la hermana Teresa ya había tomado una decisión. Después de tantos años de encierro de espaldas a todo aquello que no fuera la comunidad, creía que había llegado la hora de abrir puertas y ventanas y dejar que el aire fresco penetrara en el convento.

-Hermana Damiana, ¿usted cree que si le pedimos al Señor Obispo que nos deje montar una escuela de repostería en el convento para enseñar nuestras recetas nos daría permiso? -Dijo de pronto en un tono de voz que sonaba alegre por primera vez en mucho tiempo.

La hermana Teresa estaba segura de que el Señor Obispo no tendría ningún inconveniente en subvencionar sus planes, y si no, ya se encargaría ella de sacar a pasear un par de ases en forma de códices que escondía en la manga. Pero esto último no se lo dijo a la hermana Damiana.


domingo, 1 de agosto de 2010

El último beso

A pesar del tiempo pasado, no había olvidado mi nombre.

Estaba sentada en el banco junto al estanque del parque cercano a mi casa. El mismo en el que suelo sentarme cada mañana para tomar el sol mientras doy de comer a las palomas. Durante un segundo quise pasar de largo, fingir que no la reconocía, que no sabía por qué estaba allí. Pero mis pasos cansados no me dejaron otra opción, y lentos, se dirigieron hacia ella.

El sonido de su voz cuando me llamó, desempolvó mis recuerdos. De nuevo, como la otra vez, volvió a ofrecerme su mano, y en un instante, las imágenes de aquel tiempo regresaron a mi mente.
Cuando la conocí, yo aún no había cumplido veinte años.

Era verano y aquella tarde los pájaros volaban muy bajo.

Rosa, mi mejor amiga por aquel entonces y yo, queríamos comernos el mundo, pero apenas tuvimos tiempo de saborear un trozo. Tengo escasos recuerdos de lo que sucedió aquel día de finales de agosto. Paseábamos cogidas del brazo por la era grande cuando se desató la tormenta. Entre risas, corrimos hacia el pueblo en cuanto sonó un trueno y comenzaron a caer las primeras gotas. Olía a tierra mojada. Rosa me llevaba un par de metros de ventaja cuando tropecé y caí al suelo.

Entonces sucedió. Un enorme estruendo y el intenso olor a quemado que lo invadió todo son mis últimos recuerdos de esa tarde. Luego, mi memoria falla y borra por completo lo que sucedió después, como si hubiera un espacio sin grabar en la película de mi vida. Y es en ese tiempo cuando la vi por primera vez. Estaba muy cerca. De pie. Siempre a mi lado. En silencio. Sin apenas moverse. No sabía si era de día o de noche, ni cómo había llegado hasta ese lugar de sombras. Me acostumbré a su presencia. No sentía temor. Ni dolor. Ni hambre. Ni sed. No sentía nada. Era una situación extraña. Un día me tendió su mano y me invitó a acompañarla. Nunca antes me había hablado. Su voz era dulce. Sonreía y me pidió que me apresurase. Ahora puedo recordarlo todo. Como si el tiempo no hubiera pasado.

—Se hace tarde —me dijo.

Y yo me dejé arrullar por el sonido de sus palabras y le ofrecí mi mano. Apenas llegué a rozar sus dedos. Estaban fríos, muy fríos, y en un gesto instintivo, aparté mi mano. Fue entonces cuando escuché un sonido familiar. Era la voz de mi madre. Puedo recordar con nitidez el momento de desconcierto mientras buscaba el lugar de donde procedía el murmullo. Me hablaba desde algún lugar lejano y sus palabras llegaban débiles. Me costaba entender lo que decía aunque me esforzaba por escucharla. Lloraba. Lloraba mientras hablaba.

Quise preguntarle por qué. Pero mi garganta se negaba a obedecerme. Y también recuerdo que lo intenté de nuevo con más empeño. Grité con toda la fuerza de la que fui capaz. En ese instante algo cambió a mi alrededor. Fue entonces cuando la mujer de voz dulce que en todo momento había estado a mi lado comenzó a alejarse.

—Espere, no se vaya —le dije. Se volvió hacia mí con movimientos suaves y me respondió que su tiempo había terminado. Cuando se marchó me di cuenta de que estaba tumbada en una cama. Y aunque no conseguía abrir los ojos, ya podía escuchar con claridad las palabras de mi madre y sentir su mano cálida que apretaba con fuerza la mía.

—Carmen, no te rindas. No dejes de luchar. No te vayas Carmen –eran frases que como en una letanía, repetía una y otra vez.

—¿Madre? No llore. Estoy aquí —respondí. Y esa vez mi voz, aunque débil, puedo oírse. Cuando abrí los ojos y la oscuridad desapareció, mi madre, sentada en una silla a mi lado, me dedicaba una sonrisa.

—¡Carmen, hija mía, has vuelto! Estaba segura de que lo conseguirías —repetía entre lágrimas. Me besaba, me abrazaba, y no podía dejar de llorar. Aquella mezcla de lágrimas y sonrisas, me hizo pensar en un arco iris. Puedo recordar con claridad aquella sensación, y también mi confusión por no lograr entender el significado de sus palabras. “¿De dónde había vuelto? ¿Qué había logrado?”

Cerré de nuevo los ojos, y busqué entre las brumas a la mujer de mi sueño, pero me había despertado y ya no estaba.

Nunca le hablé a nadie de aquella señora con la que soñaba mientras estuve en coma, y poco a poco el recuerdo de su presencia se fue diluyendo. Un día mi madre me confirmó lo que ya intuía pero no me atrevía a preguntar. Rosa murió aquella tarde de verano.

Nunca terminé de superar el miedo y durante años cada vez que tronaba, asustada me refugiaba en el colchón de lana de mi cama.

Esta vez no hay nadie que apriete fuerte mi mano. Tampoco hay palabras que me pidan que no me rinda, o que luche por vivir. Casi todos los míos hace tiempo que se fueron. Mis huesos, desgastados por el paso de los años no son más que son un estorbo, y hace años que los colchones dejaron de ser de lana. A mi alrededor escucho voces confusas, desconocidas, anónimas, que gritan pidiendo un médico. He notado unos labios sobre los míos, una presión en el pecho, y en la distancia he escuchado el sonido de la sirena de una ambulancia.

—Vamos, nos queda poco tiempo. Te esperan. Podrás volver a estar con los que ya partieron, te llevaré hasta ellos —ha dicho la mujer con voz melosa mientras sonreía y extendía de nuevo su mano hacia mí.

Me he agarrado a ella con todas mis fuerzas. Esta vez su tacto no era frío. En el momento en que he apretado su mano, he dejado de oír las voces que pedían una ambulancia. He dejado de sentir la opresión en mi pecho y los labios desconocidos sobre los míos en su intento de reanimar un cuerpo que ya estaba vacío.

Hacía muchos años que nadie besaba mis labios.

Tal vez ha sido un beso de despedida.

El último beso.

Dori.
Mayo 2008

viernes, 7 de mayo de 2010

El otro Enrique


Me despierta el sonido del teléfono. Enciendo la luz para ver la hora. El reloj de la mesilla marca las ocho y media. ¿Quién llamará a estas horas un sábado? Me siento en la cama y pongo los pies en el suelo. Está frío. Me cuesta reaccionar, todavía estoy medio dormido. Quien quiera que sea ha colgado. Si es algo importante ya volverá a llamar. Voy al cuarto de baño y meo. Me miro en el espejo mientras me lavo las manos. Frunzo el ceño. Me miro los dientes. Me toco el pelo. Cada vez tengo más canas. Me vuelvo a meter en la cama y me arrebujo de nuevo entre las mantas. Ahueco la almohada. Doy media vuelta. Intento buscar una postura cómoda y cierro los ojos. De nuevo el teléfono. Esta vez salto de la cama, me calzo las zapatillas y voy todo lo deprisa que puedo hasta el salón donde insistente sigue sonando.

-¿Sí? ¿Quién llama?

Enciendo la cocina y pongo un cazo con leche en el fuego para que se caliente. El que llamaba era Antonio desde la oficina.

-“Sentimos lo de tu cuñado Enrique. ¿Cómo ha sido? Pensábamos que hoy no vendrías” -le han dicho en cuanto ha llegado al trabajo

-“¿Pero de qué carajo me estáis hablando?, ¡Tiene que ser un error!” -les ha respondido mientras buscaba en el Norte la sección de necrológicas.

Friego el vaso y lo dejo en el escurridor del lado de la pila. Todavía no he terminado de secarme las manos cuando de nuevo suena el teléfono. Es mi madre, que la ha llamado mi hermana, que había hablado con Antonio, que le habían dicho los compañeros del trabajo que en la sección de necrológicas…

La noto nerviosa. Dice que tiene algo que contarnos pero que no quiere hacerlo por teléfono. Mejor mañana, cuando vayamos a su casa a comer.

Me pongo la pelliza y me lío al cuello la bufanda azul que me regaló la tía Mercedes por mi cumpleaños. Noto el frío seco en la cara cuando salgo a la calle. Sale vaho de mi boca al saludar a la vecina del tercero que me cruzo por la acera. Tira de un carrito de la compra con una mano y con la otra aprieta la bufanda contra su boca.

-El Norte, -pido cuando llego al kiosco del final de la calle mientras me quito el guante de la mano derecha para poder sacar mejor el dinero de la cartera.

Doblo el periódico, lo pongo bajo el brazo y meto de nuevo las manos en los bolsillos. Compro tabaco y una barra de pan antes de volver.

Dejo el periódico encima de la mesa. Hace frío en casa. Toco uno de los radiadores. Está helado. Todavía no han encendido la calefacción. Me fumo un cigarro. De pie, junto a la ventana, miro la calle. No creo que tarde mucho en comenzar a nevar. El cielo está muy blanco. Antonio me ha dicho que en su oficina todos pensaban que era yo.

Otra vez suena el teléfono. Dejo que suene. No me apetece cogerlo. No estoy.

Me siento en el sillón. Abro el periódico. Allí está. Enrique Alborada Martínez dice la esquela. Su desconsolada esposa María… su hijo Enrique… su madre Pilar, tíos, primos y demás familia ruegan una oración…

Cuarenta y siete años. Cinco más que yo.
Una mujer y un hijo llorarán afligidos la muerte de este otro Enrique.
Ninguna mujer desconsolada lloraría la mía. Ningún hijo.

Yo me llamo Enrique Alborada Sanz y no imaginaba que en la ciudad hubiera otro Enrique Alborada. No es un apellido demasiado común. Y además la coincidencia del nombre. También mi padre se llamaba así. Tengo que preguntar a la tía Mercedes si sabía que había más Alboradas en la ciudad.

Miro el reloj. Las diez. Enciendo un nuevo cigarrillo. Paso distraídamente las páginas del periódico y de nuevo me topo con la esquela. Habiendo recibido los santos sacramentos… desconsolada esposa…ruegan una oración… Tanatorio El Salvador…

Comienzo a toser. Tengo que plantearme en serio lo de dejar de fumar. Aplasto con saña el cigarro en el cenicero. De nuevo miro la calle. Ya nieva.

Tampoco tengo a nadie por quien llorar desconsolado.
A lo mejor la muerte se equivocó de Enrique.

No sé por qué he venido. Casi no recuerdo como he llegado hasta aquí. Saqué el coche del garaje y conduje como un autómata. Esto es absurdo. Estoy en el aparcamiento del tanatorio. Mejor será que me marche. Arranco el coche. Miro por el retrovisor e inicio la maniobra para salir. Me detengo. Sólo es curiosidad morbosa. Hay bastantes salas, puedo entrar a mirar y fingir que me he confundido. Nadie va a notar mi presencia.

Enrique Alborada Martínez, sala once primer piso, dice un papel en un atril a la entrada del amplio vestíbulo. A la derecha está la cafetería, de allí proviene un murmullo constante de voces, es el único lugar en todo el recinto en el que se puede fumar y yo tengo muchas ganas de encender un cigarro, pero no lo hago. El suelo formado por dibujos geométricos está muy pulido. Los pasillos son amplios. Hay sofás de cuero negro junto a cada una de las salas, y mesitas con caramelos y folletos de propaganda del tanatorio. No hay ceniceros, no hay espejos. No huele a nada. Ni siquiera a flores.

Comienzo a subir los escalones de dos en dos agarrado a la barandilla negra de hierro pero me doy cuenta de mi ritmo acelerado y reduzco la marcha.

Estoy frente a la sala once. El corazón me late deprisa. Todavía puedo marcharme. Se abre la puerta blanca y de la habitación salen dos mujeres vestidas de oscuro. Aprovecho para mirar dentro. En un sillón, a la derecha de la puerta, una mujer joven de aspecto cansado acaricia la cabeza de un niño de unos once años que está sentado a su lado. El niño tiene los codos sobre las rodillas y la cara entre las manos.

Una mujer de pelo blanco se levanta y se dirige hacia mí. Me mira como si me conociera. Me aparta un mechón de pelo de la cara con su mano y me abraza. Comienza a llorar despacito primero y luego con mucha congoja. Aturdido yo también la abrazo. No sé que decir, ni qué hago allí.

Cuando se le calma el llanto se aparta un poco.

–Deja que te mire bien, -dice, y me sonríe con tristeza. –Eres el vivo retrato de tu padre cuando tenía tu edad. Tu hermano se parecía más a mí. Está muy guapo. ¿Quieres verlo? -Continúa diciendo la mujer, pero ya no la escucho. ¿Mi hermano?

Un montón de imágenes junto a mi padre se amontonan en mi cabeza. Necesito ordenar mis recuerdos. Tengo que pensar. Tengo que pensar. Tengo que pensar.

-Mi padre nunca me dijo que tuviera otro hijo. -Me escucho decir muy bajito.

Me dejo guiar por la mujer. En un extremo de la habitación, tras un cristal reposa sin vida el cuerpo de un extraño. El otro Enrique. Y siento que la rabia me sube desde el estómago, y comienzo a llorar silencioso por el hermano muerto al que ya nunca podré conocer, y por el padre que en un instante se convirtió en desconocido.

-Te vi en el entierro de tu padre, por eso te he reconocido enseguida. -Me dice la mujer que está a mi lado. –Enrique no quiso acompañarme. Nunca le perdonó.

La miro sin comprender, y ella con gesto fatigado se sienta en una silla cercana y me dice que me acerque. Sumida en sus recuerdos comienza a llorar de nuevo, y yo siento pena por esa madre destrozada que acaba de perder al hijo. Aprieto con fuerza sus manos con las mías en un gesto de consuelo, y le pido que respire profundo y que tome aire. No sé porqué se lo digo, pero me parece que le ayudará a calmarse.

-Ya me encuentro mejor, -dice levantando la cabeza y mirándome a los ojos. –Todo ha sido tan rápido… ayer por la tarde, Enrique sufrió un desmayo. No pudieron reanimarle. Cuando llegó al hospital ya estaba muerto. -De nuevo el llanto la obliga a callarse.

-No tenía ni idea. -Y apenas me sale la voz de la garganta cuando lo digo.

La mujer que está junto al niño nos mira con curiosidad desde el sillón en el que está sentada. Es muy guapa. Desvío incómodo la mirada.

-Cuando conocí a tu padre yo era muy joven. -Comienza a decir la mujer con apenas un hilo de voz tras un corto silencio. –Luego él se fue a Alemania, y se olvidó de mí, y del hijo que estaba en camino.

-No hace falta que me explique nada. -Le digo. Pero se ha sumergido en sus recuerdos y continúa hablando sin hacerme caso.

-Nunca respondió a mis cartas. Cuando regresó, estaba casado y tú ya habías nacido. Un día se presentó en casa, me pidió perdón y se empeñó en reconocer a Enrique para demostrarme que era sincero…y yo, volví a creerme sus mentiras.

Un llanto amargo interrumpe de nuevo su relato y aunque poco a poco consigue calmarse, ya no cuenta nada más.

No sé que pensar al escuchar esta historia desconocida de la vida de mi padre. Me levanto y me acerco de nuevo al cristal tras el que yace el cuerpo sin vida del hermano que acabo de perder. Me hubiera gustado conocerte. Pienso. ¿Por qué no me buscaste?

Durante el entierro me mantengo mezclado entre la gente. La viuda de mi hermano es una mujer atractiva que no pasa desapercibida y me cuesta trabajo apartar la vista de ella.

–Así que tú eres el otro Enrique… -me dijo en el tanatorio cuando me acerqué a darle el pésame.

-No, yo no… él es…era…Es igual, no importa. -Respondí confundido.

En la cartera llevo apuntado en un papel el teléfono de la madre de Enrique y la tarjeta de María, su mujer. He prometido llamar en cuanto pasen unos días.

Hoy ha sido el día más extraño de mi vida, pienso mientras miro un álbum con fotos de mi infancia. Me detengo en una en la que estoy sentado en una sandía al lado de mi padre cerca del templete de la rosaleda. Me fijo en él, lleva un traje claro y un cigarro en la mano. Despreocupado, sonríe a la cámara. -“¿Cómo pudiste ocultarnos la historia de tu otra familia?”, -le digo. Sigo pasando hojas, y mi padre me sigue sonriendo, esta vez desde una playa vacía. Me veo a mí mismo en otra foto junto a una niña con trenzas, haciendo un castillo en la arena. No sé quien es la niña, no la recuerdo. Despego la foto del álbum. Mi madre siempre escribía por detrás. Enrique y María. Laredo. Agosto 1973.

María. Otro Enrique, otra María. Es curiosa la vida. Y contemplo como se ha consumido la mitad de mi cigarro en el cenicero.

Tal vez sea una locura, me digo mientras pienso en el levirato. La costumbre de algunos pueblos que obliga al hermano menor del hermano muerto a hacerse cargo de la viuda y de sus hijos.

Casi no he podido dormir y no consigo quitarme de la cabeza que tal vez la muerte no supiera que había dos Enriques.

Apenas siento los pies y eso que no dejo de moverlos. En parte por el frío, en parte por los nervios. No sé muy bien como voy a ser capaz de explicarme sin que María me tome por loco. Ni que pensará cuando le diga que ayer en el cementerio, cuando echaban tierra sobre la tumba de mi hermano, sentí que una parte de mí también había muerto.

Tal vez nos quede una oportunidad.

Dos Enriques y una sola vida.


Dori

Invierno 2008

 
 

viernes, 30 de abril de 2010

Eva y Adán

Formaban el matrimonio perfecto. Eva y Adán eran sus nombres. Cuando se conocieron en una discoteca de la costa se rieron de la coincidencia de sus nombres y se burlaron de la guasa que tendría la gente si ellos alguna vez fueran pareja. Esa misma noche, mientras embelesados gozaban de sus cuerpos, descubrieron la puerta del paraíso y decidieron entrar sin llamar.

Sus cuerpos y sus almas aprendieron a conocerse, a quererse y a necesitarse y dejaron que el tiempo borrara sus nombres. Cariño decía ella, mi amor respondía él. Mi vida decía ella, te quiero decía él. Y una noche de tormenta, en la que el cielo descargó su ira sobre la tierra, y ella miedosa no conseguía dormir, Eva fue consciente de que Adán roncaba.

Cuando el hombre despertó por la mañana, la mujer ya había salido a comprar manzanas.


jueves, 22 de abril de 2010

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El color azul, el olor a tierra mojada, el olor a hierba cortada, las iglesias románicas, la coca-cola, desayunar sin prisas, una playa desierta al atardecer, las noches con luna, la luna, los naranjos, el azahar, el jamón ibérico, el pan con tomate, el cañón del río lobos, el frescor de la mañana, Brunetti, el silencio, el amor en los tiempos del cólera, Delibes, guardarlo todo, las papelerías, las cajas, las cajas de lata, los puzzles, los pinchos y las tapas, los trenes, los álbumes de fotos, las fotografías antiguas, comprar telitas, el Guernica, la loza blanca, los artilugios de cocina, el agua fría, la siesta, los árboles en otoño, el olor del tabaco de pipa, el cielo estrellado, las tertulias nocturnas, cocinar para amigos, los mapas, los planos, callejear por una ciudad desconocida, el cocido madrileño, Elvis, Internet, los diccionarios, los charcos, Quino, la fruta madura, Salamanca, los artilugios con muchos botones y un enorme libro de instrucciones, el té con especias, los mercados, los mercadillos, Carmelo Gómez, el patchwork, arrebujarme en una manta cuando hace frío, mirar el mar desde lo alto, los hombres con barba, el pan reciente, la historia, los viernes por la tarde, los juegos de ordenador, el chocolate con naranja, el canal cocina, Grito hacia Roma, Bevilacqua, Big Bang, que me rasquen la espalda, el queso, las sandalias, andar descalza, la lavanda, Katherine Hepburn, Los Soprano, Con faldas y a lo loco, Ricardo Darín, el Rastro, la tortilla de patata, los calamares bravos, el zumo de naranja, Mario Benedetti, los poemas de Gioconda Belli, los juegos de lógica, los crucigramas, leer en el cuarto de baño, las noches de verano, las cosas pequeñas, escribir con pluma, el surrealismo, el museo del Prado, las jacarandas, la puntualidad, las chanclas, los calendarios, la sombra, Aberasturi, los claustros de los monasterios, que me sorprendan, los libros de cocina, los vasos de cristal muy fino, Fernando Fernán Gómez, la Semana Santa, que me hagan reír, los postres caseros, ver nevar, las almejas crudas, los pepinillos, pensar, las sábanas limpias, las toallas suaves, las camas grandes, los números impares, las cosas asimétricas, las gominolas.



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Las palomas, los camiones, las moscas, la nata en la leche, el calor, la humedad, el calor húmedo, sudar, las prisas, la impuntualidad, el fútbol, las carreras de coches, las carreras de motos, el ruido, la carretera, los insectos, las serpientes, los toros, las religiones, la playa llena de gente, que me tomen por tonta, que me quieran hacer comulgar con ruedas de molino, los gritos, los iluminados, el barroco, los que tiran cosas al suelo, los que sacuden por las ventanas, los que dejan basura cuando se marchan, los que comen chiche, hablar alto, los que hablan alto, el correo basura, las vísceras, la carne poco hecha, las jeringuillas, los desfiles, los uniformes, las muchedumbres, las filas, esperar, planchar, el color morado, el circo, la música máquina, el bullicio, los fanatismos, ir al dentista, el precio de las casas, que me mientan, que me traigan la cuenta sin haberla pedido, el olor de un puro, los atascos, la niebla, el viento, la gota fría, las grúas, que me programen la vida, que me intenten vender cosas por teléfono, que llamen desde números desconocidos, que suene el teléfono a la hora de la siesta, los despertadores, la comida recalentada, ponerme nerviosa, que me esperen, los claveles, los listos, la oscuridad, los maleducados, la cerveza, toser, las uñas largas, los domingos por la tarde, tirar nada.

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