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miércoles, 7 de junio de 2017

Rafael González Serrano: Cruzar puertas traseras

Al cruzar unas puertas tan físicas como metafóricas aguarda lo desconocido, lo ignorado, si bien que pueda ser lo íntimamente anhelado. De ahí que el autor de este poemario, Cruzar puertas traseras, haya concebido todo un edificio simbólico donde las ventanas, las alcobas, los pasillos, las escaleras, las puertas, etc. no son sino parte de una escenografía. Aquella que presenta al alma aislada y en permanente deseo de comunicación con el otro (una voz, un latido, un tacto, una mirada…), para así alumbrar todo un continente de encuentros, posiblemente irrealizables.
Porque la aproximación y el desencuentro se dan cita en nuestra cotidiana aventura de la vida, pues las expectativas, los deseos, las intuiciones, los proyectos o, incluso, las ilusiones (en el sentido de vanas esperanzas), nos constituyen. Sin embargo, en ocasiones, no nos va a quedar otra solución que la fuga; no una huida fruto de la derrota, sino una partida o viaje a la búsqueda de territorios desconocidos, donde se pueda descubrir un lugar en el que asistir al ansiado encuentro.
La nocturnidad es consustancial a la esencia del libro, pues es dentro de esa noche donde se enmarcan diversos referentes; tanto físicos –como como pueden ser los reflejos en un charco de agua, la mirada a través de un cristal, el sonido de unos pasos–, cuanto espirituales: los íntimos anhelos de un alma tan alerta en la detección de cualquier signo de identidad con lo ajeno, como presta a iniciar la empresa que se le ofrece al cruzar unas puertas, reales y simbólicas, abiertas al hallazgo de lo diferente.     
De esta forma, a lo largo de las distintas secciones del libro de Rafael González SerranoVentanas entornadas, Alcobas paralelas, Escaleras furtivas y Callejones traseros–, la voz del poeta, materializada en los versos, ejercerá de guía para la  singladura por ese edificio que representa tanto lo físico como lo mental y sensitivo del ser en su trato y proximidad o lejanía con lo otro; o para atreverse a una empresa que suponga la búsqueda de ese otro; del que también se podría quizá sospechar que estuviera habitando en uno mismo.

jueves, 23 de junio de 2016

José Luis Zerón Huguet: De exilios y moradas

Nuevo libro de José Luis Zerón, De exilios y moradas, y nueva apuesta por una poesía iluminativa y totalizadora. Ya el título nos remite a una especie de tratado por ese “de” inicial (y no sólo con resonancia medievales, como apunta el prologuista, sino también clásicas: baste recordar, por ejemplo, el De rerum natura). El “exilio” y la “morada” como elementos contrapuestos pero necesariamente complementarios. Se enmarca así el texto entre  el alejamiento obligado o voluntario de la propia morada (sea simbólico o fáctico), y la residencia íntima y continuada en ese lugar habido por propio.
En el libro habitan resonancias místicas y teresianas (esas moradas a través de las cuales se aspira a la comunión con el Uno). Sí, puede que un misticismo laico –valga el oxímoron–  como se encarga el autor de manifestar en la apelación que es la Oración a Juan de la Cruz (elidido el San), donde, en anafórica pregunta, insta al poeta abulense para que le de las claves de lo que reside “más allá de la espesura”.
El poemario se articula en cuatro partes y un proemio. In límine, la figura terrible de Moloch, dios sediento de sangre al que los judíos y púnicos (Cartago), ofrecían en sacrificio, el tofet, a los niños recién nacidos para aplacar su ira: “Todavía su violencia / nos exige sacrificios / y nos abandona / hundidos en el vértigo / que la sangre alimenta.” Porque el dolor también nos constituye –de ahí, el referente–, y por ello nos obstinamos en permanecer en el umbral de la herida, “esclavos e insumisos / del olvido y la memoria”, doble y nueva asociación de contarios.
El tema del exilio aparece ejemplarizado en diversos poemas con obvios protagonistas: Prometeo, exiliado en el Mar Negro, sometido a la incesante tortura del “ángel-águila” devorándole las entrañas, lamentándose de ese eterno retorno, de la repetición de su condena (Prometeo encadenado); o las Danaides –hijas del exiliado Dánao en Argos– penadas a llenar un barril sin fondo: “sed de ocasos / nunca saciada.” O, incluso, en el hijo pródigo, como símbolo también del viaje y, por tanto, del exilio, aunque ese fugitivo sepa “que no hay huida posible”, y tenga que retornar habiéndolo perdido todo en los caminos.
El poeta nos confronta con el “ruido del mundo”. En La danza de Shiva (dios hindú de la destrucción y, precisamente por ello, de la transformación), son de nuevo los contarios los que se armonizan: “No hay quietud sin movimiento, / ni silencio sin alboroto.”  Esa inseguridad del ámbito externo donde nos afanamos es la que genera el abismo que amenaza con devorarnos: “No hay lugar seguro / ni centro, sólo fauces” (Aún somos). Y en una enumeración que conduce al acabamiento, se intuye lo terriblemente ineludible: “Presientes la llama, la brasa, la ceniza” (Alto voltaje).
La perdurabilidad transita los poemas de la sección Le dur désir de durer. Es el ansia de trascenderse aún a sabiendas de su inviabilidad. O de participar en la génesis de un espacio propio: “Busco un lugar donde vivir en la negación de las respuestas” (De noche), pues aunque haya una búsqueda de respuestas ante los enigmas, refutarlas es la única estrategia para no caer en la complacencia. Otra táctica sería experimentar la confluencia con todo lo que es y lo que no es: “Hoy existo en todo lo que existe / y muero en todo lo que muere” (Ubicuo). Pero la apuesta por la Vida es tan arriesgada como concluyente e inefable en su manifestación: “Cualquier nombre resulta inexacto / para definir aquello que nos acaricia / mientras nos destruye.”  
El hallazgo y la pérdida, que son en definitiva las guías sobre los que se desliza el sentimiento amoroso, hallan también su “morada” en estos versos. De ahí que el poeta explore el amor y su posibilidad, la compleja conflictividad entre la presencia y la ausencia. Muestra de ello son varios extensos poemas de tono elegiaco. Y de pérdida trata el poema sobre Orfeo, aunque la palabra cumpla aquí la misión de restituir esa pérdida: “puedo darle ser en el ser de la palabra” (El desconsuelo de Orfeo).
Porque precisamente en la palabra reside tanto la salvación como el peligro. Está la necesidad de decir, de nombrar lo que se fuga: “Déjate nombrar, /... / palabra no dicha”, y así buscar el significado –“dale un sentido a mi afán estéril”–, pues intuimos que hay un más allá del lenguaje, la condición última de la realidad más radical. El no-decir remite a lo inexplicable, no ya sólo racionalmente sino incluso metafóricamente, lo misterioso –o numinoso– que quizá sólo habite en el silencio.
Pero la exploración del lenguaje es una posibilidad, un envite en el arriesgado juego de la vida. De aquí que José Luis Zerón escoja muy a conciencia los términos que desafíen al abismo de la página en blanco mediante el uso de un lenguaje sustantivo y esencial (“vida”, “luz”, “ruina”, “llama”, “duda”, “tiempo”, “muerte”, “mundo”, sueño”, “miedo”, “anhelo”...), lejos de vencidas expresiones de un presente ruinoso, o trivialidades con la espuria vocación de vanas provocaciones. Y a la par que el decir, el mirar aliado; el mirar el mundo con el lenguaje de la intensidad (Miro el mundo). Porque el decir, el nombrar, el ponerle palabra a lo indefinible, responde a esa necesidad de “conjurar a la muerte”.

viernes, 16 de octubre de 2015

Rafael González Serrano: Leves alas al vuelo

La brevedad es el recurso estilístico utilizado por el autor en este libro para explorar el sentido de la realidad. Así son los textos aquí reunidos: escuetos poemas –salvo la última parte– organizados de manera tan intencionada como arbitraria en cuatro partes de peculiares títulos.
Las breverías están elaboradas al modo de haikus (no denominados así al ser su temática plural y no exclusivamente referida a la naturaleza). Los duinos, de obvia resonancia elegiaca, son poemas de dos versos isosilábicos, que no entrarían en la definición típica de lo que es un pareado o un dístico. Se tratan las aladas de composiciones leves, ligeras, de cortos versos, que muestran una sensación, una observación o un concepto. Por último, los aporismos –escritos en prosa– son vástagos híbridos, puede que espurios, del apotegma y el aforismo.
Tanto la reflexión o el análisis, como el hallazgo azaroso o la sorpresa ocasional, son elementos integrantes –si bien que no exclusivos– de los textos en su vertebración. La distancia, el anhelo, los temores, el territorio del cuerpo, la identidad y sus dudas, el paso del tiempo, la naturaleza y la palabra, el antagonismo de noche y luz, las posibilidades y limitaciones del amor, en fin, la vida y la muerte, son buena parte de los temas que alimentan y constituyen los versos y las máximas de este libro.

viernes, 29 de mayo de 2015

Fragmentos de la llama (5)


Hay asombros que viven
indemnes en un filo,

balbuceos abrazados
a unas pestañas de alambre
o de huesos,

coordenadas de raíces
que no sostienen más
que extrañezas,

pero todo en un aire
de amazonas
y suturas encontradas
al borde
              del volcán.

De Fragmentos de la llama, Celesta, 2014

viernes, 26 de diciembre de 2014

Fragmentos de la llama (4)


Bebiéndote 

Este deseo de beberte atraviesa
mis cimas y nadires.
Pasarán ciclos y husos,
se perderán cifras en los almanaques,
bebiéndote como un río inagotable,
perdiéndome en tus aguas
mar adentro de tus labios. 

Libar de tus ocultos pistilos
el néctar más íntimo,
embocar tu secreto venero
para saciar mi sed de urgencias;
miles de gotas que surgen
de manantiales desvelados y que
inundan mi paladar palpitante,
volviéndome un cuerpo
informe desleído en tus torrentes. 

Saborear el almizcle de tu centro:
humores gratamente bebidos,
zumos golosamente gustados;
paladear los generosos caldos
de tus odres abiertos;
brindar con la copa de mis manos
rebosantes de tus jugos;
escanciar tu vino germinal
en el anhelante cáliz de mi boca. 

Beberte ya al borde del delirio,
dipsómano de tus fluidos,
ebrio de tus líquidos;
embriagado sin salvación
con tus licores; ahíto de
tus claras linfas, de tus densas savias.
Ahogado por fin en tu océano.

De Fragmentos de la llama, Celesta, 2014.

sábado, 29 de noviembre de 2014

José María Piñeiro: Ars fragminis

El aforismo y el ensayo breve son los elementos formales de los que se sirve José María Piñeiro para explorar la realidad. Dividido en tres secciones, a modo de diario de notas, blog y diario personal, la indagación sobre el mundo se va desarrollando al hilo del propio acto de escritura.
Como ya el propio título indica, Ars fragminis, se trata de un “arte del fragmento” porque es éste, y no un discurso totalizador, el que a través del proceso de narración articula el texto. De esta forma, el autor escruta y reflexiona sobre los misterios de la cotidianeidad, la literatura y la escritura misma.
La memoria y su poder asociativo (“cada memoria es anexo de otra”), el descubrimiento iluminador (“el pensamiento vislumbra paraísos que el cuerpo no termina de alcanzar”), el juicio preciso (“lo elemental no es lo simple sino lo imprescindible”), la percepción lúcida (“el absoluto es demasiado sencillo de enunciar”), son sólo algunos de los instrumentos utilizados en este recorrido por la interpretación reflexiva o intuitiva del mundo y sus enigmas.
Impresiones, sueños y lecturas constituyen la urdimbre textual; y, azuzados por el asombro y la inquietud intelectual, forjan la aventura poética ofrecida por la palabra que, como elemento catalizador, es capaz de hacer visible tanto el conocimiento de sí misma como de la realidad observada. Porque “la naturaleza de lo real es una multiplicidad de términos que sólo a través de la palabra se deja, bellamente, conjurar”.


martes, 1 de julio de 2014

Fragmentos de la llama (3)


Fecha

Número de vides maduras,
de pámpanos vencidos
por el peso
de un zumo goloso,
alimentado desde las raíces.

Cifra de una génesis:
única, mas plural,
por común a todos
en el rito de la carne y la tierra.

Epifanía del grito y la luz,
del gozo y el dolor,
cuando la semilla germina
en surcos feraces,
engendrando respiraciones
en limo y vientre;
desde el grano, desde la célula.

Confluencia de tiempos
al encarnarse un horóscopo
de jugos y sangre; coincidencia
de signos en el lugar
donde el júbilo talla el cristal.

De Fragmentos de la llama, Celesta, 2014.

lunes, 16 de junio de 2014

Fragmentos de la llama (2)


La luz ascética de un patio
juega con los visillos,
arrancando a la mariposa
de la mirada brillos de cristal,
como venidos del continente
hundido de los sueños.
El musgo del último crepúsculo
crepita sobre arrecifes de llamas,
cuando un mosto de espera
fermenta en vinagre de cítaras.
Ya las bocas ungidas por
los panales helados sólo saben
de copas derramadas y vidrios rotos,
de ropas vacías desnudadas
de los tactos, de paredes encaladas
por el sol de la reclusión.
Las cortinas abiertas al abismo
de una calle no ocultarán
esa huella de los ojos heridos.

De Fragmentos de la llama, Celesta, 2014.

lunes, 9 de junio de 2014

Fragmentos de la llama


Destripados vientres
                                 del adiós,
expuestos a una evidencia
   de escoria,
a una desolación de escarcha
abrasando ecos.
Un juego de errores,
una apuesta sobre tableros
   de barro,
atraviesan el azar impasible,
ciego al soborno.
Un gesto de añoranza
se emboza con la máscara
   de la fe vencida,
y se desvanece huyendo
   de pasados entusiasmos.
No habrá besos sobre las piedras,
las sombras se arrastrarán
sobre espinas de palabras,
los segundos yacerán agotados
   de recuerdos,
y ni siquiera el vacío
acudirá a la clausura final.

De Fragmentos de la llama, Celesta, 2014.

lunes, 26 de mayo de 2014

Feria del libro de Madrid 2014

El próximo 5 de junio, jueves, estaré en la caseta 50 de Terán Libros firmando mi libro   
Fragmentos de la llama, de 18,30 a 21,30 horas.



Estaría encantado de saludar a quienes pudierais pasaros ese día.

lunes, 5 de mayo de 2014

Rafael González Serrano: Fragmentos de la llama

Podría definirse el texto, en principio, como un ero-dromos in-verso. Es ciertamente un camino por el territorio del erotismo (ya sea en su consumación, ya en su advenimiento), y es in-verso en un doble sentido: tanto en el de que la escritura circula desde una extinción a un nacimiento, como en el de que aquella se plasma en el elemento básico que vehicula el poema.
Recorrido inverso, pues, el que lleva a cabo el autor de estos Fragmentos de la llama por el territorio de la piel y la escritura, y que se inicia en un recuerdo aparentemente concluso para acabar en el asombro que produce la pulsión del descubrimiento, tras atravesar distancias y cercanías, laderas y cimas, eclipses y amaneceres.
Como todo viaje es episódico e incompleto, y como en todo itinerario interesan más los diferentes lugares recorridos que el incierto desenlace de dicho trayecto. Lo fragmentario sustenta una mirada opuesta a un discurso totalizador, aunque no por ello sea menos intensa y persistente. Y es esa percepción, sabedora de sus límites, la que indaga en la alianza cómplice entre palabra y cuerpo al transitar los pliegues de un texto buscando sus oquedades secretas, ahí donde habita el tesoro de lo innombrable, la preciosa e inasible naturaleza de lo fugaz.
Y a la par que travesía es un texto agónico, pues sirve para poner de manifiesto la lucha antagonista entre el ocaso y la aurora, la confrontación eterna entre vida y muerte. Y esa oposición dialéctica entre Eros y Tánatos es un elemento clave que conforma la génesis  del poemario, en el que a una “memoria clausurada” le dan la réplica los “ojos del asombro”, y a la “distancia sobre el eclipse” le salen al paso, desafiantes, unos “fuegos” alzados sobre el “ara”, origen de esa llama que se yergue, aunque sea de forma fragmentaria y efímera en su vulnerabilidad.

viernes, 1 de noviembre de 2013

Agustín García Calvo: de ser y no ser

In memoriam 
(a un año de su muerte)
Conocí a García Calvo a finales de los setenta. Fue en la facultad de Filología de la Complutense, una vez repuesto en su cátedra, y gracias a unos compañeros más avisados que yo. Sin estar matriculados en sus asignaturas, asistimos a algunas de sus clases (nos seducía esa aureola de iconoclasta que le rodeaba). La de cuarto, sobre gramática, sintaxis y prosodia latina era puro sánscrito; mucho más asequible era la de primero, donde se traducía a autores latinos. Incluso en alguna ocasión –no más de tres para mí– fuimos a tomar el aperitivo al acabar la mañana, gracias a la confianza y amistad con él de compañeros como Antonio (hijo del catedrático Blanco Freijeiro) y Marta (la hija de Sánchez Ferlosio). Ni que decir tiene que la generosa invitación se debía al catedrático, y que algunos interveníamos más bien poco en la charla, que era variopinta y poco académica. (Por cierto, los mencionados compañeros fallecieron desafortunadamente a temprana edad).
García Calvo fue gramático, lingüista, traductor, poeta, ensayista, narrador, filósofo, dramaturgo, recitador y orador, sin ser ninguna de esas cosas, como él hubiera dicho y preferido (mucho más radicalmente hubiera rechazado el calificativo de intelectual), pues toda su aventura de pensamiento y creación se movía entre el ser y el no ser (como rezaba uno de sus textos emblemáticos Sermón de ser y no ser). La referencia es, obviamente para cuestionarlo, al principio de verdad de Parménides, el ser es y el no ser no es. Precisamente fue un experto en la traducción, lectura e interpretación de los textos filosóficos de los presocráticos (Lecturas presocráticas).
García Calvo rechazaba todo tipo de Fe (con mayúscula, como le gustaba escribir). Y no se refería a la religiosa (aunque quizá todo sea Religión), sino la fe en el Progreso, el Dinero, la Ciencia –uno de los nombres actuales de Dios– o la Cultura, entre otros ídolos. Su tarea era la de la negación, la de destruir cualquier ilusión –en el sentido de engaño– que se presentase a los ojos de esa razón común que hablaba por nuestra boca, ya que lo que latía por debajo de cualquiera –que es como decir de todos– era lo que podía tenerse verdaderamente como pueblo, lo común, lo que no puede ser sometido a plan o cálculo. Sin ser nombrado ni contado, porque si no ya se entra en las estadísticas (implacable instrumento del Poder). Porque nombrar una cosa ya es hablar contra ella (El amor por amor es mudo; Canción 82).
También arremetía contra lo que él llamaba el Régimen –que no hacía referencia a un pasado más o menos cercano–, sino a lo que podría entenderse como el sistema actual, que en el mundo contemporáneo no es otro que el Sistema Democrático, parlamentario y occidental (evidentemente no consideraba totalitarismos comunistas o teocracias fundamentalistas). Porque otra de las bestias negras del escritor era el Estado –ya lo analizó en uno de sus escritos, Qué es el Estado– y el subsiguiente Poder. Y el Individuo, que no era sino el reverso del Poder, de tal suerte que Individuo y Poder constituían un todo indisoluble. Ese Yo que venía a ser un correlato individualizado del Estado impositor: mi Personalidad frente a las de los otros afirmando su hegemonía. Al fin la alianza de Estado e Individuo aunados en el Todo, y, por tanto, enemigos de lo común y la vida indefinidos. (No en vano, a esa individualidad, nombre y apellidos, el escritor en los últimos años la ponía entre interrogantes).
García Calvo también libró una denodada batalla contra el Tiempo –uno de los plurales nombres de Dios–, y con su máxima representación coercitiva que es el Futuro, el auténtico reino de la Muerte. Aplazar todo en aras de un Futuro que, por definición, no ha de llegar nunca, es abandonarse al imperio de la Muerte, que es lo que nunca ocurre, porque lo que mientras tanto está pasando es vida, y al no hacerle caso, al no prestarle atención, la estamos hipotecando en aras de una Muerte siempre futura, ya que es lo por venir. Y la Realidad es precisamente el dominio de esa Muerte. De Dios y Contra el Tiempo son dos libros que analizan con rigor y profundidad estas líneas de fuerza, estos vectores fundamentales, de su pensamiento.
La Realidad se presenta como lo que hay cuando no es más que una construcción abstracta debida a las ideas que se superponen a las cosas concretas. Y la forma de producir esa Realidad no es otra que mediante el lenguaje. Este es dual; pues si, por un lado, contribuye a crear la ilusión de que todo puede ser nombrado y, por tanto, saberse, por otro, es usado por todos de manera común porque no es de nadie y, en consecuencia, es la expresión popular (de la gente, lo que quede de pueblo por debajo de los individuos) que cuestiona que la Realidad abarque todo lo que se da y lo conozca al nombrarlo. Y además padecemos, en esa Realidad, la creencia ilusoria de que todo puede ser nuestro, cuando nada ni nadie nos pertenece (Libre te quiero /... / Pero no mía; Canción 10).
Pero si la mudez es una forma de oponerse a lo dado (al modo de los ascetas o los ermitaños), no puede decirse que García Calvo callase: su voz era torrencial e irrefrenable en charlas, conferencias, coloquios, tertulias (como las mantenidas en diversos cafeterías y, en los últimos tiempos, en el Ateneo de Madrid), así como en la propia profusión de sus textos de toda índole y temática (habré leído veintitantos títulos suyos, pero los libros publicados deben superar los sesenta; ya perdí la cuenta). Fue un conversador impenitente contra todo, y quizá esa permanente verbosidad fuera también una forma de oponerse y rebelarse frente al totalizador Imperio de la Muerte. Porque la actitud del pensador fue la de un constante rebelde, en una época de aceptaciones y transigencias (pues hoy ciertas “rebeldías” no son sino puro desahogo testimonial, cuando no estéril ira).
El Capital, que no es sino el otro rostro del Estado, así mismo sufrió sus embates, mas no al modo de los tartufos que despotrican de él y fundan sociedades, empresas y negocios (y es que ser crítico de salón –o columna periodística– es bastante cómodo). La aceptación generalizada del Consumo y el Despilfarro es una las formas de estar integrado, de no desertar del mundo de las prisas, y de devorar insaciables todo tipo de gadgets tecnológicos. Habría que releer el –no por escrito hace tiempo menos inactual– Comunicado urgente contra el despilfarro. Y si hay algo que se ha convertido en pasto del consumo, eso ha sido la Cultura, con todos sus mecanismos de producción y representación. De ella recelaba, en ella no creía, pero en ella –lo quisiera o no– participaba.
Porque García Calvo ha sido una personalidad arrolladora (en contradicción con su rechazo del Individuo, de ese “Agustín García” de los papeles, como él decía); ha sido una figura cultural (con sus disertaciones y sus escritos), interviniendo en la dinámica productiva de cultura, mal que le pesase; hasta incluso ha contribuido a fomentar la actividad comercial y empresarial de cultura al fundar su propia editorial, Lucina (en referencia a la diosa romana de los partos), con todo lo que eso conlleva (producción, distribución, promoción). Y ha tenido algunos discípulos, como buen maestro (el Savater, que luego le negó, Félix de Azua, Chicho Sánchez Ferlosio, Amancio Prada…). Es cierto que, en buena medida, no incluía los tics culturalistas en sus escritos: profusión de citas de autoridad, abrumadora carga erudita, etc. (sólo, a parte de los autores que estudiaba, había alguna referencia a Greimas o a algún otro gramático; o a su admirado Juan de Mairena).
Enemigo de la Administración, ha recibido algún premio institucional y, lo que es una curiosa anécdota, aceptó la elaboración de la letra del himno de la Comunidad de Madrid que le propuso Leguina (lo que realizó con acertada ironía). Sospechando de los medios, no dudó en intervenir con sus artículos en ellos (El País, Diario 16, La Razón); artículos luego recogidos en diversos volúmenes. Y si despreció la televisión (si no sales en la pantalla, no existes), sin embargo, aparece en cientos de páginas de Internet. Su gigantesca figura no quedará por ello ensombrecida; pero, quien se posiciona contra todo, tiene que pagar también su peaje de contradicciones si quiere intervenir en esa refutable Realidad. Si no, lo que tendría que hacer es optar por el silencio.
Después de leerle durante bastante tiempo, dejé de hacerlo. Puede que meramente por circunstancias. He considerado decisivas y muy fértiles en mi formación sus ideas, profundas y lúcidas; quizá despertasen en mi lo que yo ya intuía, o reforzasen ciertas convicciones. Es cierto que ahora no me identifico con algunas de sus ideas; o sí, pero con matizaciones. Uno debe despojarse hasta de la influencia de un gran maestro. La última vez que hablé con él fue bastantes años después de la Universidad. Se encontraba en una caseta de la feria del libro madrileña (estaba en el ajo, por tanto, de las firmas, las ventas, etc.). Hablamos lo que se puede en estas situaciones. Al recordarle la época pretérita, los compañeros, las actividades, acertó a decir: “¡qué tiempos aquellos!”
No obstante, a pesar de su postura (o precisamente debido a ella), García Calvo ha sido una de las mentes más relevantes del panorama contemporáneo español, un pensador con un sistema tan sugerente como difuso, un creador original y fecundo (imprescindible, en poesía, sus Canciones y soliloquios), una inteligencia penetrante y aguda a la altura de los más grandes nombres de la cultura (la sola mención de ese nombre le hubiera horrorizado). Su condición de raro, inclasificable, incluso de extravagante –alejado de los circuitos académicos, de los círculos de poder cultural y social, de cualquier oficialidad–, hará que seguramente no tenga el reconocimiento que se le debería otorgar, ni que su nombre forme parte del exquisito elíseo de las más insignes figuras creativas; ni que se le rindan homenajes oficiales o entradas extensas en manuales al uso.
(Reproducción de la entrada publicada hace un año en el anterior De turbio en claro)
© Copyright Rafael González Serrano

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