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sábado, 19 de abril de 2014

Cómo conocí a Gabriel García Márquez


“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”

Todavía recuerdo la mañana en la que adquirí su primer libro. Estaba cursando tercero de ESO (Educación Secundaria Obligatoria). Vivía en Benalmádena y estudiaba en el instituto Cerro del Viento. Tenía 14 años. Los profesores habían organizado una pequeña Feria del Libro en la biblioteca. A mí, por aquel entonces, me encantaba leer. Justo por aquella época estaba enfrascado con Tolkien. Era una historia tan inmensa, tanto por contenido como por continente, que logró proporcionarme todos los anclajes posibles para seguir enganchado a la Tierra Media. También, por esta misma época, leía mucha literatura romántica. Leí varios relatos de Danielle Steel, Rosamunde Pilcher, o Barbara Wood. Ya lo sé, no pegan, ¿qué hace un adolescente friki de El Señor de los Anillos absorbiendo viejas glorias de la novela rosa? Siempre he sido muy ecléctico, y no tengo prejuicios contra nada ni nadie. Y así fue como llegó Gabriel García Márquez. 

Aquel día de abril, la biblioteca estaba radiante, la luz se filtraba por las ventanas con una fuerza de retoño, como cuando nacen los brotes nuevos de la primavera. Era una modesta pero muy asequible y bien distribuida Feria del Libro. Los profes sabían poner sus dotes literarias y de ventas porque tengo constancia de que compré otras obras, quizás alguna de Lucía Etxebarría o Almudena Grandes que solían distraerme entre mundos fantásticos y pasajes de amores imposibles. Pero el único que recuerdo y que, ahora tengo en mis manos, es el de Cien Años de Soledad. Fue un primer flechazo, pues descansé la mirada sobre su cubierta sin reconocer al autor. Huelga decir que la edición del libro era y es muy bonita, el título, en negro con fondo beige. Justo arriba, en azul claro, el nombre del autor. Abajo, en la parte derecha, un dibujo de un indio de rasgos americanos atraviesa una selva; de cubierta bella y sencilla, el lomo está forrado por una especie de telita verde que lo hace muy agradable al tacto. Lo prendí embaucado por la belleza de su forma, desconociendo que había firmado un contrato de permanencia con aquel acto, un matrimonio indisoluble que todavía aún sigue consumándose. Y como en todo flechazo, existió un hada, a quien le estoy eternamente agradecido. Fue ella quien me lo presentó cuando lo hojeaba entre mis manos. Fue una recomendación espontánea: “ese es un libro maravilloso aunque podría ser un poco espeso, sobre todo por los nombres de los familiares que aparecen durante el relato”. Era Elena, mi profesora de Lengua y Literatura. Una mujer maravillosa, desbordaba candidez, y amor por las palabras que nos infundía a través de su voz e inteligencia. Es difícil, ahora que lo pienso con un poco de retrospectiva, que en unas clases de hormonados adolescentes suceda eso, pero es verdad que con el tiempo uno tiende a idealizar, o como decía el mismo Gabo: 

“La vida no es lo que uno vive sino como lo Recuerda y Como lo recuerda para Contarlo.”

Y las clases de Elena eran geniales. Ella, quizás sin saberlo, me dio el empujón para comprar el libro. Después, al terminar la hora del recreo, lo guardé y en clase de matemáticas lo saqué para echarle un vistazo. Recuerdo que, justo a mi lado, estaba sentado mi compañero Manu. Cuando vio los libros que había conseguido, me pidió prestado el de Cien Años de Soledad. Y comenzamos a leerlo juntos, disfrutando de la literatura y adentrándonos en el mágico Macondo en plena clase de matemáticas. En la siguiente hora, coincidió que teníamos Lengua y Literatura, y nada más ver a Elena, dejé de leer. Al final de la clase, pilló a mi compañero enfrascado en el libro, que había continuado con él sin avergonzarse. Se acercó a nosotros y comenzó a introducirnos en la historia, en la forma de escribir del autor. Nos dio a entender que lo mejor estaba por llegar, y nos previno del lio proverbial de nombres propios. Algunas ediciones --nos dijo-- vienen con un árbol genealógico incorporado. Ya por la tarde, tranquilo y tras echarme una buena siesta, me puse a leerlo. Al día siguiente, no podía pensar en otra cosa. Macondo iba entrando en mis venas cada tarde, sucesivamente. No sé cuánto tiempo tardé en leerlo, pero sí tengo calcada la sensación de un final extraordinario.

“Sin embargo, antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.”

Cómo llegar a ese final, tan nítidamente marcado en mi memoria, fue lo que me empujó a releer por tanto no ignoraba que muchos detalles se me habían escapado. Durante años, fui releyendo el libro, y ampliando aún más el mundo que había creado el genio con sus otras novelas. Aprendí mucho, me conocí a mí mismo y me inspiró en la escritura. Porque no sólo las historias me emocionaban. Con el tiempo, empecé a descubrir su estilo. Y no faltó intento para pretender ser igual que él. Escribir con el mismo ingenio y habilidad. Era claramente un deseo oculto de adolescente de catorce años. Una gillipollez. Además, si tengo que decirlo, no era muy diestro en esto de contar, era más bien torpe y no figuraba en las quinielas como promesa joven de la retórica. Aun así, cada vez que algo suyo caía en mis manos, se me despertaba la avidez de escribir, tanto con más voluntad que la vez anterior. Era una lucha continua pues sus otros libros fueron llegando, aunque siempre acabo por echarle un vistazo al origen del universo, a mis catorce años. Cien Años de Soledad me abrió las puertas a otra clase de literatura, a otro nivel y también me encaminó a esto que tanto me gusta: la escritura. Y sí, puedo decir que conocí a Gabo, lo conocí en sus historias, en sus escritos, pero también lo conocí en sueños: tuve la oportunidad de hablar con él. Curioso, en ese sueño, reescrito aquí, sustituía a mi profesora de literatura por un Márquez de edad mayor y con despierta inteligencia. Este el resultado de combatir el olvido de un sueño:

Hace unos años, en un día indeterminado de instituto, la profesora de Lengua y Literatura faltó a clase. Mis compañeros empezaban a forjar una sonrisa risueña mientras los rayos del sol se colaban y bailaban por las mesas. Las hormigas daban a entender al mundo que nuestra profesora no volvería en mucho tiempo y que, dada la magnitud del desastre, habría que solucionarlo. Las voces de las niñas se mudaban de un lado para otro y las tizas dibujaron figuras obscenas en la pizarra gracias a la ausencia de autoridad que sufría la clase. Hasta que un aura de extraña realidad se apoderó de la estancia al tiempo que entraba un hombre mayor con bigote gris y pelo rizado. Sonreía como si estuviera a punto de contar un chiste muy largo. Al principio nadie pareció reconocerlo, pero yo, amante de la literatura estaba alucinado, muerto. Llegué a creer que le di una pésima primera impresión pues, cuando viró sus ojos hacía el pupitre donde estaba sentado, se topó con mi mirada perdida, una cara de bobo que le proporcionaron la información suficiente para catalogarme como el tonto de la clase, o al menos, el que no se entera de nada. Escribió su nombre en la pizarra y todos quedaron también inermes, pero no asombrados: ¡Nadie sabía de quién se trataba! Yo por aquel entonces sólo había leído cinco de sus novelas. Me alucinó aquella forma de describir un mundo repleto de personajes mágicos, las frases magistrales que parecían sonar al pasear mi lectura entre sus letras y el carácter primigenio de sus relatos. Quedé atrapado entre su universo y el aula, entre sus facciones y las portadas de los libros. Asido a un bucle de visiones que justo paró cuando el nuevo profesor comenzó a dar la clase. El tema versaba sobre los recursos estilísticos e inició la explicación de las anáforas. Su voz me raspó el oído: errónea y real, sin ningún nexo en común con su otra voz, la voz de sus escritos, me decepcionó. Sin embargo yo seguía manteniendo los ojos tan abiertos al Dios que tenía enfrente que no advertid las notas de opinión de mis compañeros sobre el nuevo profesor. Al terminar la clase, que era la última, salieron pitando. El profesor se quedó elaborando una nueva lista con la que memorizar mejor los nombres de sus nuevos alumnos. Estos habían dejado el aula desierta, huérfano el silencio de papeles esparcidos en el recreo y una excepción, yo. Gabo alzó la vista y me observó como lo hacen las madres cuando deducen de forma irresoluta donde se encuentra marisco fresco: “Chico, te has tirado toda la clase mirando a las musarañas, ¿acaso te has enamorado?” 

Casi lo hago en ese mismo instante.


sábado, 12 de octubre de 2013

Jodida Nacional


Me gustaría felicitar  a todos los españoles, felicitarlos de corazón.  Pero soy incapaz. Soy incapaz de adivinar qué coño hay que celebrar. Preferiría, más que celebrar, joder. Sí, coño, ¡Joder! Joder a los mamones banqueros, a los políticos corruptos, a los empresarios estafadores, a los trabajadores incompetentes,  a los  ladrones sindicalistas... Qué se jodan todos  ellos. Hoy celebramos el día de la Jodida Nacional. A ver si de este modo nos enteramos cómo salir de aquí, de la puta mierda. Pero bueno, como la tradición manda, después de joder y desear a media España que se empale cruces de pimienta, la verdad, sea dicha, hay cosas por la que alegrarse. Así, que, españoles, no desesperéis, reíd y seguid luchando por esta nuestra tierra de la que yo, varias veces al día, me siento particularmente orgulloso de pertenecer. ¡Felicidades Jodidos! (A los que joden, que se vayan a tomar por culo).

sábado, 28 de enero de 2012

Acusación contra la Reserva Federal, Murray N. Rothbard

Le dedico este post a Mark de Zabaleta

No hay pan, para tanto chorizo”. 15M
  
Tengo que reconocer que me apasiona la macroeconomía. Me quedo embobado ante gráficas, datos, números... Me ocurre desde chico, desde que aprendí a leer, en el periódico Sur, la situación de la bolsa y el incremento o descenso de los precios del oro, la plata y el cobre. O incluso del estado de los embalses. Costumbre que sigo manteniendo, aunque no a través del periódico, sino de Internet. Hoy, estoy entretenido (en vez de estudiar para los exámenes de febrero) con este libro que explica la dinámica del dinero actual. “Acusación contra la Reserva Federal” En concreto, nos detalla la situación  monetaria estadounidense aunque dicha explicación podría extenderse también a Europa y al mundo. Recomiendo su lectura. Especialmente interesante me han parecido los capítulos de "Génesis del dinero" "Inflación y falsificación monetaria" y "Falsificación legalizada". No es que esté de acuerdo con todo lo que Murray Rothbard escribe, pero existen razonamientos puros y que trasladan una verdad incontestable por la aristocracia económica que —tiraniza— impera en nuestros días. Una conclusión (de las muchas a las que he llegado): este texto posee mucha más razón y poder de protesta que la mayoría del 15M. 

jueves, 5 de enero de 2012

lunes, 2 de enero de 2012

Vagabundo

A Miguel

Una vez conocí a un viejo en la puerta de una iglesia. Un pequeño vagabundo con bastón que veía pasar, al tiempo, entre el danzar de las palomas del parque. Le confesé mi tristeza, que caminaba como él, sin esperar llegar a casa, sin esperar el reclamo de nadie. Le confesé que yo también sonreía a los periódicos del suelo, que yo también tenía la costumbre de recoger las revistas en las oficinas de turismo, de ofrecer caramelos a los niños a cambio de su sonrisa. Entonces me contó una historia, su historia escrita de memoria con imágenes dibujadas por sus manos en el aire. Castillos de arena derribados con el vendaval de alcohol y siestas. Siniestro paisaje donde la luz quemaba y la lluvia no era de abril sino de octubre: fría y desgajada entre nubes rotas. Amores lejanos. Cuando concluyó lo dejé tendido en una nube de cartulina,  soñando con una ducha caliente, con la piel limpia, con el olor a jabón, a natillas recién hechas. Soñaba que tenía un sofá rosa y un móvil moderno.

Una vez conocí a un viejo en la puerta de una iglesia. La diferencia, entre él y yo, es que yo aún sigo con vida. 

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sábado, 24 de diciembre de 2011

Los niños de verdad


Cómo el tiempo de los sueños. Miranfú.
Caperucita en Manhattan.
Carmen Martín Gaite

Ayer, leí en un artículo que los niños son los únicos que saben comportarse en Navidad. Son los que creen, de verdad, que estas fechas poseen la importancia de la seriedad que necesita todo misterio. Son los únicos con auténtica capacidad de creer. El resto, nos engañamos. Aunque yo tenga un hechizo que leí en un libro mágico. Las instrucciones son muy sencillas, pero tienen el poder de hacerte volver al pasado, a  nuestra infancia cuando todavía éramos auténticos creyentes. Sólo hay un requisito imprescindible: cuánto más cínico sea un adulto, más alto debe articular las palabras mágicas. ¡Miranfú! Es por eso que nos duele madurar, porque cuanto más sarcasmo almacenamos, más nos distanciamos de ese niño que fuimos, más necesitamos gritar. En realidad, a nadie le gusta crecer, excepto a los niños. Pero los niños tienen un pequeño defecto: se sienten inmortales, se creen y nos creen, a los adultos, seres infinitos en donde el tiempo apenas cobra importancia hasta que la conciencia los despierta y los hace darse cuenta de la suerte de contar con la familia y los amigos. Es en ese instante, en el despertar de la conciencia, cuando algunos de los niños se convierten en niños de verdad. Otros, la mayoría, se disfrazan de adultos. Como niño de verdad, --no podría ser de otra forma porque me dan miedo los payasos--, tengo la suerte de contar con una gran familia donde las rencillas entre cuñadas, primos y hermanos vuelan con más cariño que malicia. Tengo la suerte, además, de contar con mis amigos. Ellos albergan mi memoria, mis momentos más felices, al igual que yo conservo un pedazo de los suyos. Éste es el secreto de la Navidad, el recuerdo de todos estos instantes, el darse cuenta de lo afortunados que somos. Y ese sentimiento pertenece sólo a los niños de verdad. Quizás también pertenezca a los adultos, pero éstos se preocupan demasiado en ocultarlo, porque tienen miedo de perderlo, o miedo a que se les queme el pavo. Yo también lo tengo: a veces me disfrazo de adulto porque queda guay ser mayor y conducir un coche. No obstante, estas navidades he decidido hechizarme con la palabra más mágica del mundo. Para que funcione bien debes cerrar los ojos con mucha fuerza hasta que duelan los párpados y enunciar (según tu nivel de cinismo) en voz alta ¡Miranfuuuu! Es la única fórmula de curar a los adultos y convertirlos en niños de verdad. Y como niño de verdad tampoco es que me sienta más especial ni inteligente, ni más ingenioso, ni gracioso, ni siquiera más juguetón. Tampoco me desvivo por nadie: sigo siendo el de siempre.  Pero algo ha cambiado, pues cuando observo mí alrededor y constato el cariño que muchas personas me tienen, no puedo hacer otra cosa que sentirme afortunado e injustamente feliz. ¡Miranfuuuuu!

Feliz Navidad

viernes, 20 de mayo de 2011

La generación nini

"Sin casa/ Sin curro/ Sin pensión/ Sin miedo" Sin Futuro

Nos llamaron la generación nini. Los que ni estudian, ni trabajan. Lo cierto es que algunos de nosotros estudiamos más que varias generaciones juntas. Lo cierto es que, trabajando no podíamos (ni podemos) intentar siquiera independizarnos, primer requisito para establecer un mundo propio, o al menos para desarrollarlo. Pero rompimos las reglas, no por valentía, sino por impotencia, por la necesidad impuesta de conformarnos con el cuartucho familiar en el que crecimos. Esa es nuestra generación, la generación más mimada de la historia, pero la generación que ha visto el mundo tambalearse. La generación de la vagancia. Nadie apostaba por ella. Pero nuestra generación no la conforman ni viejos, ni adultos, ni jóvenes: somos los que perdimos el partido en un sistema amainado por los bancos, y consentido por los árbitros corruptos del gobierno. La generación que ni se identifica, ni se conforma, ni cree en el bipartidismo: ni en la derecha, ni en la izquierda española, ni en el PSOE, ni en el PP. La generación de los videojuegos, de los internautas, de los perros flautas, de los frikis. La generación de los indies, de los intelectuales, de los cotillas, de los que curran, de los que hincan los codos, de los que perdieron su hogar, y de los que lo conservan. Somos la nueva ola, el nuevo impulso, el nuevo mayo francés. Somos, la generación Nini.


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sábado, 14 de mayo de 2011

Smog

"Se me ocurrió que la extraña niebla que antes habíamos visto se habría disipado, pero no era así. Por el contrario, avanzaba. En aquel momento había llegado a la mitad del lago." La Niebla, Stephen King


Cuando quise despedirme, a la vuelta de esa esquina en la que nos decimos adiós, pude ver el reflejo de tus ojos, el sabor de tu labio inferior, la palidez de tus mejillas. Y entonces me convenciste, te convencí. Quédate un rato más, un rato más hasta mañana. Retorno y vuelta sobre nuestros pies para, nuevamente, tropezar en los escalones mientras me besas y avanzar hacia la cama donde rozar en mi espalda la noche hasta la apertura de una mañana fría pero densa. Densidad matutina que parecía haber vestido el humor de nuestras sábanas, vistiéndose de ella, y engalanándose con la pesadez propia de una habitación mal ventilada. Por eso al abrir las ventanas, la quietud del cielo me asombró en su ausencia. El cielo, que yo entendía como tal, se había esfumado. No alcanza a ver aquella casa de enfrente, aquel jardín donde cada mañana una anciana proveía de comida a los gatos callejeros, ni el hambre del vagabundo en la acera, ni el kiosco de Alfonsín que me guardaba el periódico de ayer, noticias que a nadie interesara. No podía encontrar ni el olor a huevos con beicon del vecino. Se había desvanecido hasta el sonido de las bocinas, el llorar de los niños. La sonrisa de tu rostro.

Te miré y supe discernir que ya no pensabas quedarte un rato más, que no volvería a convencerte, que debías ir al trabajo aunque fuera domingo. Sabía que me convenía reír cuando mintieras. Por eso reí siempre.

Al salir por la puerta, te acompañé. Pero tú, envuelto en la sencillez metafísica que predicas no te diste cuenta de que el smog nos había transportado a un planeta, mi apartamento, del que no conseguiríamos salir. Sumido en tu ignorancia, golpeaste la calle con los pies cayendo al suelo. Suelo inexistente, reconvertido en terreno blando, viscoso, como nube silenciosa que te hubiera absorbido entre sus fauces sino fuese porque te agarré fuerte de las manos. Helado, te acercaste a mí, calentadote con mi aliento, mojando mi camisa con tus lágrimas. Y Entendiste. Entendiste que nunca podríamos saborear el cereal, que se agotaron los sábados de fútbol y las horas muertas de parques verdes, flores amarillas y árboles cenicientos. Entendiste que se extinguió el mar de los lunes en el trabajo, el hacer planes existenciales durante la compra del súper. Entendiste y continuabas en silencio, sin decir nada, pero diciéndolo todo. Volvamos.

Y volvimos al apartamento, subimos las escaleras y cerramos la puerta con la seguridad de que nadie más entraría. Y volvimos porque no cabía otra posibilidad que volver, volver a nuestros recuerdos, volver a follar, volver a besarnos, volver hacer el amor, a dibujar en nuestra mente la esquina desde donde un día nos saludamos por primera vez y después nos despedimos tantas veces. Volver a nuestra habitación, cerrar las ventanas e impedir que el Smog nos consumiera y envolviera, (si no nos había consumido y envuelto ya en nuestra frágil conciencia). Conciencia de dudar si nuestras vivencias y nuestros sueños son y fueron parte de una realidad o de una muerte lenta como de niebla, de asfixia dulce, de recuerdos recíprocos. Aunque ya no nos importara que ya no queden ilusiones ni experiencias que soñar pues seguiré teniendo el matiz grisáceo de tus ojos, el olor a mar de tu piel, el aliento violeta de tu boca en la mía. Seguimos teniendo el retorno de una esquina.


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miércoles, 27 de abril de 2011

Ana María Matute, impresiones de su discurso

"El que no inventa no vive"

Acabo de escuchar un discurso maravilloso. Me he emocionado, he sentido el mar de infancia, y la fantasía de un mundo extraño. He sentido ternura, infinita y escasa en el hombre, en la mujer de hoy. He sentido a Ana María Matute, he vistos sus ojos que lloran, su mente que inventa, sus manos frágiles que escriben. He escuchado su voz, corazón inmutable y grande. Gracias, Matute. Gracias por hacernos soñar, por hacernos volar. Por revindicar la inteligencia no al servicio del dolor, ni del individuo egocéntrico, ni del egoísta; sino como herramienta para destornillar nuestra coraza de metal, caja de prefabricada sociedad. Para liberar la alegría que encerramos, celosos y avaros, dejándola pudrir entre días de invierno, esperando un verano que sólo nos alcanzará cuando abandónenos, cuando venzamos nuestros miedos. Gracias, Matute, por inventarnos un mundo en el que podremos vivir.


Discurso de Ana María Matute en PDF

martes, 5 de abril de 2011

El Crack de 2009

Ahora os quiero presentar un libro escrito por 49 autores, entre los cuales me encuentro yo. Es un honor para mí estar entre escritores tan reconocidos como Lorenzo Silva o amigos como Ramón Alcaraz, Lola Buendía o María Monjas. Todo ello auspiciado por el trabajo impecable de Noemí Trujillo Giacomelli.

Se trata de un libro recopilatorio de historias relacionadas con el crack de 2009, 49 formas, ángulos desde el que contar la cara humana de la crisis. Lo podéis adquirir a través de esta página. También encontrareis información de todos sus autores, y fragmentos de algunos de los relatos. Por último decir que "El Crack de 2009" será presentado en el festival de Vilapoètica, al que os vuelvo animar que asistáis.

"La igualdad de la riqueza debe consistir en que ningún ciudadano sea tan opulento que pueda comprar a otro, ni ninguno tan pobre que se vea necesitado de venderse." Jean-Jacques Rousseau

Vacaciones y Vilapoètica

Al fin he terminado el curso de turismo. Ya soy Técnico Superior después de un proyecto agotador. Supe la nota de éste último el treinta de marzo, y desde entonces vivo en una nube. Vacaciones. Ya puedo dedicarle tiempo al blog, a la poesía y a la escritura (que para mí son como tres mellizos que logro diferenciar porque el más fuerte usa una gorra azul, el listo una rosa y el último, el más sincero, no lleva; pero que en realidad están hechos de la misma materia: la palabra).

Más que contaros mi vida, lo que pretendía era dejaros la información sobre un estupendo festival poético y de sonrisas que ha organizado Noemí Trujillo. Estoy invitado, aunque no podré ir por motivos económicos y personales, conjunción fatídica e irresoluble. Sin embargo, tengo la alegría de haber participado en un libro conjunto que promocionaré en el siguiente post. Por ahora es VilaPoètica el evento al que quiero que vayáis (si podéis), seguro que merecerá la pena. Os pego con fixo la confortable página Web, ahí tenéis información del día, la hora y el lugar. Yo mientras tanto voy acoplando las nubes para que ese dia llueva a gusto de unos pocos enamorados: los amantes de la poesía.

http://www.vilapoetica.org/

sábado, 12 de marzo de 2011

Aquí, mi pequeño manifiesto antinuclear

me tenía que desahogar...

Antes, yo era un pro nuclear. Curiosamente, hace unos seis meses me dio por investigar sobre la energía. Descubrí muchas cosas, pero que en concreto la energía nuclear contamina. Y de diversas formas. Emite Co2, porque gran parte de su construcción, de la fabricación del combustible, y otros muchos procesos precisa de ello. Aparte del Co2, algunas de ellas expulsan vapor de agua, que también contribuye a disparar el famoso efecto invernadero.

También se han descubierto anomalías en los entornos de muchas centrales nucleares. Esas irregularidades son escapes de radiación. Y después viene el problema de los residuos. Siempre se escucha el cuento de que van a descansar en una cueva, en unos depósitos ultraseguros... pero lo que no te dicen que es que en nuestro continente hay dos instalaciones (Centro COGEMA de La Hague -en Francia- o en Sellafield -Reino Unido- que son las únicas plantas de reprocesado existentes en Europa) que vierten al mar ingentes cantidades de fluido radiactivo. Sobre todo se han detectado problemas en la inglesa. Por supuesto, las autoridades lo admiten, pero no que sea perjudicial para la salud. En el caso de Inglaterra, la media de leucemia en niños por los alrededores de Sellafield es como 10 veces mayor que la británica. Pero no, eso es casualidad, y la energía nuclear es segurísima y limpia. Y baratísima.

Y baratísima. Si tenemos en cuenta que el primer argumento de defensa de la nuclear es su bajo precio, podemos rebatirlo fácilmente con las necesarias y extremas medidas de seguridad, con la posibilidad de un accidente que costaría miles de millones, con el desmantelamiento de las centrales al final de su vida útil, con el coste social, y que al ser un estado de bienestar, se convierte en un coste económico pues es obligatorio acarrear con los gastos de los tratamientos de salud de las personas afectadas. Podríamos sumar incluso el coste que supone gestionar los residuos radiactivos… Y creerme, hay muchos más. La mayoría de estos no están contemplados, y si lo están, de forma muy optimista. En realidad, en caso de desastre, que es posible, como demuestran los datos, como nos ha demostrado Japón en los últimos días, la factura se dispararía tanto que hubiera sido más barato construir molinos de viento…. hechos de oro.

Aparte de estos costes económicos, se haya el hecho de la destrucción de paisajes naturales, de la muerte de miles de animales. Y por último, debemos pagarlo con la salud de los humanos, de nosotros mismos, de los que han tenido suerte en la única lotería que no deseamos que nos toque, la del cáncer. Desgraciadamente, cada vez premian a más gente.

lunes, 28 de febrero de 2011

Un apretón de gala

La 83º edición se recordará ante todo por ser Los Oscar de las Madres. Horterillas, pero lo suficientemente decentes para resultar entrañables. Si brillaron por encima del resto, fue porque la alfombra roja resultó un atropellado paseo de vestidos empolvados. Y cuando alguna mujer llamaba la atención, normalmente lo hacía de forma estrepitosa. Con este panorama, sólo se salvaron de la quema Natalie Portman, Scarlett Johansson, Sandra Bullock y Annette Bening. Las demás pasaron sin pena ni gloria, aunque a veces con más pena (véase a la pobre Nicole Kidman). El glamour se quedó en casa, como mi querida Julianne Moore, Además, una gala sin la todopoderosa Meryl Streep se me hace irreal. Una alfombra sin grandes estrellas, olvidable excepto por ver las mamas aumentadas de la recién parida Pe.

Ver La gala a través Canal Plus me resultó un coñazo, pues estos chicos bien intencionados (tanto durante la alfombra como en la gala) no criticó ni el vestuario. Demasiado correctos. No hubo más remedio que alternar con el cotarro de La Ser para escuchar a Boris Izaguirre comentar que algunas actrices de Hollywood se habían puesto botox hasta en los sobacos. (Véase, de nuevo, a la pobre Nicole Kidman). Propongo cambio de personal para la gala 84º. Porque, ¿He dicho ya que la gala fue un completo aburrimiento? Como presentadores dos papas fritas muy guapas, muy apetecibles, pero en fin, dos papas fritas. Sobre todo él. ¿Qué le ocurrió a Franco? ¿No le iba bien la conexión con Twiter? Qué decepción, con lo bien que ha trabajado en películas como 127 horas, o Harvey Milk. Por muchos saltos que Anne Hathaway diera a su alrededor, no hubo forma de reanimarlo. O casi, de repente emergió un graciosísimo Kirk Douglas, haciendo reir y dando clases de clase. Uno, tan inocente, llegó a pensar, que por fin empezaba lo bueno, pero al final resultó ser el único momento en el que saltó la chispa.

Tampoco saltó con los premiados, mi favorita Toy Story 3, se conformó con el Oscar a mejor filme de animación. La ceremonia se ralentizaba todavía aún más con las canciones interpretadas y los agradecimientos de los galardonados. ¡Para estas cosas está el Facebook! Dos horas después se confirmaron las evidencias dándole la estatuilla a Natalie Portman y a Colin Firth. Aunque este último nos sorprendió con el apretón de los Oscar. Debió acelerar su discurso e irse corriendo al baño. Desde luego que habría sido el mejor final posible para salvar, de forma escatológica, una gala a todas luces mediocre.

PD: Felicidades a todos los andaluces.

domingo, 2 de enero de 2011

Tobogán azul

Como todos los días, mi gato se acuesta sobre mi brazo, después se duermen sus ojos y mis dedos. Me encanta. Me encanta sentir su ronroneo, hablar con él a través de sus maullidos y despertarlo en sueños. Sentir el peso de su cuerpo. Mostrándome que al menos él sigue siendo el mismo ceporro de siempre. Porque las cosas, los años, cambian. Me hacen mudar de una piel a otra, escurrirme tan adentro que, cuando alcanzo a mirar en el espejo, sólo oigo un murmullo, un reflejo de la canción que fui. Años. Es así como uno se percata de estar regalando la juventud por la vejez. Y el único camino que encuentro para invertir el proceso es huir al país de los primeros años, porque sólo siendo niño soy capaz de aprehender nuevas sensaciones. Porque solo siendo niño mantengo la posibilidad de la esperanza. Claro que no es fácil. No es fácil ser niño cuando sé es adulto. Aunque antes de ahogarme en el lago de la siniestra indiferencia, prefiero correr el riesgo de romperme las cuerdas vocales, las piernas o los recuerdos mientras intento deslizarme por un tobogán de color azul.
Feliz MMXI

jueves, 8 de julio de 2010

Este jueves un relato de amor: Muralla china

Muralla china

Ataques de lirismo

No quise. Más que nada porque intuía, que en un futuro, te fuera a ser imposible perdonarme. Quizás porque a mí me cueste, quizás también porque en ese momento no te exigí que, a mi vuelta, siguieras existiendo, siendo el mismo que acariciaba por las noches entre mis dedos silenciosamente. Ese silencio tan buscado y que tú sólo sabes fabricar. Ese silencio que tan sólo yace en tus ojos, donde es posible ver el mar de Málaga. Esos ojos de lo que presumes y que yo he ungido de tristeza con una idea necia. Y esa idea no es más que un viaje demoledor, un pensamiento germinado entre los melancólicos domingos en los columpios del parque. O en los sábados de prosas encontradas, de versos interminables donde hacíamos reír a los poemas de Aleixandre y Salinas, dándoles continuidad y esperanza cómo huéspedes en nuestras mentes, materializándolos en nuestro aire azul. Y en aquel cielo de gaviotas y diamantes de mar, de lunas lorquianas me atreví a morder el fruto del árbol de la ciencia, despertándome en la tierra hostil de un viaje que sólo pretendía ver (con mis propios ojos, como los astronautas son capaces de ver una línea rojacasinegra en la tierra desde el cielo) nuestro amor. Ansiaba alejarme para conocer, pero entonces comprendí que había cometido el error de poner el amor a la misma altura que el tiempo y el espacio. Y también comprendí que ninguna línea delgada, por mucho que se extendiera, seria posible distinguirse desde tan alto y que tus silencios y tus ojos no pueden compararse con un lazo de piedra, de montaña. Océano. Lo que hay entre nosotros quizás yo no pueda explicarlo, quizás no haga falta decir nada, aunque ahora te escribo diciéndote esto, amigo mío, para que entiendas mi error y me comprendas, me perdones, y para que en el próximo viaje, me acompañes.

Más historias de amor aquí

jueves, 24 de junio de 2010

La cama

Son las cinco y media de la noche, de la madrugada, de la mañana. Tengo un sueño de espanto, es decir, no estoy seguro de si lo tengo o no. Estoy acomodado en el sofá, con el peso del portátil sobre una mesita blanca de hospital proletario. Me duele la espalda, y los ojos. La espalda de tanto comer Los ojos de tanto leer, de tanto mirar a la pantalla, de tanto notar la cama revuelta. Porque mi cama se ha convertido en un ala extraespacial de un mercadillo. Yacen libros leídos a los que debo una reseña, yace por ejemplo un libro de cuentos de Cortázar, yacen también dos tomos gigantes de Historia Medieval. Descansan discos de Amaral, de Ray Charles, de Bruce Springsteen, botellas de agua vacía, restos de pizza adheridos al plato de la cena que ya temporalmente casi ha pasado a formar parte del almuerzo. Se hallan también un ventilador, varios cojines inútiles y restos de basura, por así decir, aunque no exista otra forma de decirlo, y también porque lo peor no es la basura, lo peor es que todavía no he terminado esta reseña de Borges, ni de Italo Calvino. Ni tampoco la de Laura Esquivel y su agua para chocolate, ni tampoco me deshice del viaje del elefante, ni de los pensamientos de Adriano, ni de los poemas de Altolaguirre, Hierro, Aleixandre y Rojas. Por no hablar ya de las películas. Por eso hoy me he puesto en el ordenador Indiana Jones y Tomb Raider, a ver si despejaba la mente para mantenerla en blanco. Por lo que he podido comprobar, la maniobra no ha funcionado del todo. Mañana probaré con la segunda parte. Por hoy, nada más, buenas noches (buenos días) y mucha suerte.

jueves, 20 de mayo de 2010

El vagón de las historias

Uno de esos textos que los escritores no deberíamos mostrar


Me encuentro en una estación desierta. He llegado cinco minutos después que se fuera el último tren. Debo, por lo tanto, esperar a que llegue el siguiente. Por eso me he puesto a escribir, para no aburrirme. Estoy solo. // ¡Parece que voy a tener suerte! Se escucha los raíles de un tren, lejos… ¡Es en la dirección contraria! Todas las mañanas, las tardes, en aquella dirección contraria se dirige mi padre. Desde hace mucho tiempo. Y pienso también que no estaría mal matar el tiempo escribiendo, claro que sería más cómodo con mi neebook, un ordenador pequeñito que me hace carantoñas y al que nunca se le acaba la tinta, ni los folios para escribir. //Me conformo con un trozo de papel blanco, y casi me olvido del mundo, o mejor dicho, me olvido de todos menos de él. Ahí está frente a mí: no es más que un niño sentado de espaldas al asiento con la carita estampada en un cristal repleto de mierda. Juega con la luz que se refleja en un mayo vespertino, airosos años donde el calor todavía no ha comenzado a asfixiar, fresco y libre como se anunciaba en la primavera de los abuelos, miradas de otros tiempos que se esconden en el olvido, y que la memoria no alcanza, a veces, ni siquiera dándole de un tirón de orejas. A veces, también, me pregunto que poseerán las estaciones de tren, que siempre fascinan. Es curioso como siendo un tópico, un recurso tan viciado, los escritores sigamos cayendo en él, como caen las moscas cuando ven un fogonazo de luz ultra brillante. Y ese cristal me enlaza de nuevo con el niño jugando en el cristal sucio, un abanico de porquería que transforma la luz en un arco iris sucedáneo. Aún me pregunto si las ventanas de esta empresa de ferrocarril no se limpian por lo mismo, para ofrecer un recurso, un complemento que solo los romanticotes modernísimos y empalagosos podemos apreciar. // Y por fin, un ruido… el tren, esta vez en la buena dirección. Me levanto y elijo el asiento de lado, siempre me ha gustado viajar de lado, mirando al frente por uno de esos grandes ventanales. Con el culo estampado en el plástico, vuelvo a sacar el papel y continúo escribiendo, porque ya, a estas alturas no hay quién me pare. Lo mejor de las estaciones y los trenes es escuchar las conversaciones ajenas. Las miradas de los otros. Y te parece extraño como los problemas de los demás son tan similares a los de uno: “Hay que ir a Málaga para que te devuelvan el dinero… sí, que Mariano se quede en casa a cenar” Esas son las conversaciones que te intrigan, como también la actitud extraña entre un viejo verde y una mujer de mediana edad. Abrazos sospechosos, y palabras cortantes entre dos seres con alguna conexión que no consigo establecer. Y también me intriga si alguien como yo, (algún romántico de las estaciones) anda pendiente de mis gestos, de mis ojos tristes, del cansancio, porque ahora el pensamiento explota como un globo pinchado por una voz metálica: “Próxima parada…” Una voz que me obliga a bajar y abandonar el vagón de las historias.

domingo, 9 de mayo de 2010

Mi amigo Peter


Siempre me ha gustado volar en sueños, en la realidad de los ojos cerrados, en la oscura racionalidad de la infancia. Me duermo con la ilusión de vivir aventuras, con la intención de no olvidarlas en el desvelo. Esa es la razón por la que me vendo los ojos en medio de la calle, ando ausente. Ya me di cuenta desde niño que actuar como un adulto es un aburrimiento. Y por eso no quise crecer, ni aprender las manías de los mayores. No quiero andar recto, ni mirar el reloj, ni alcanzar la solemnidad que tanto detesto. Cada vez es más difícil resistir al empuje de la vida autómata que nos han marcado, el camino gris. Aunque todavía mantengo la esperanza. La esperanza de que un niño me despierte y me ofrezca la mano para saltar de la ventana y viajar al País de Nunca Jamás.

Recordando a J. M. Barrie en el 150 aniversario de su nacimiento.

lunes, 22 de febrero de 2010

Crónica de un relato anunciado


El taller de construcción de relato se me hizo cortísimo. Dicen que en los cuentos hay que ser breves. Concisos. Lo primero es dejar claro el planteamiento y de ello se encargó un hada que dispuso de todo, no nos faltó ni agua. También se debe escribir alguna frase de gancho inicial. Así que nos fuimos a desayunar pensando en él. Sin embargo, nos resulto imposible. (Aunque aconsejen pensar mucho, muchísimo, no siempre es tan fácil). Al salir del edificio los árboles habían cambiado de sitio, la gente caminaba con miradas grotescas y nadie reconocía la calle por la que andaba. Más de uno se acordó de haber dejado el cuchillo en casa, paralizándose tras cruzarse con enormes serpientes. Los supervivientes escuchamos con risas y mofletes curiosos al profesor, ya que éste comenzó a dar la charla con un perejil pegado en el diente. Lo que ignorábamos es que después firmaría las sentencias de muchos de nosotros, sacaría la escopeta de una pequeña maleta en forma de ataúd y dispararía sin compasión. Demasiados personajes, historias… dijo. Y se escapó de un portazo, seguro de que nunca lo podrían detener pues el relato se centra únicamente en el crimen y sólo la novela –ausente en este caso– persigue al criminal.

Más crónicas en:

El Desván

Mercedes

Felisa

María José

lunes, 7 de septiembre de 2009

Autorretrato y Reflexiones de Egocéntrico (3)


(Para leer la Primera Parte pincha aquí)

(Para leer la Segunda, aquí)


TERCERA PARTE: LA HISTORIA Y YO

Me gustan los clásicos y los gatos. No sé si se relacionan, pero a mí me gustan los dos. A mí gato le llamé Aladín cuando mi hermano mayor me quitó el nombre que le tenía reservado al mío para ponérselo al suyo: Simba. Yo me tuve que conformar con la segunda opción. Yo casi siempre me he tenido que conformar –tragar– con la segunda opción por ser el más pequeño, y porque mi hermano es lo más parecido a un capullo. En fin, qué me gustan los gatos y odio a los capullos. Los clásicos, me gustan casi todos. Y es que mi afición por la historia me ha concedido la suerte de conocerlos muy tempranamente. Para mi la Historia, en mayúsculas, es una columna, vertebral o jónica, cada uno a su gusto, que me conduce a otras ramas menos severas como es el Arte. Arte, también en mayúscula. Debería estudiar Historia del Arte, y no Historia a secas pues al final llevo tres años estudiando una carrera y solamente he aprobado cuatro asignaturas. Cosas de la vida.

 

La historia me empezó a gustar desde pequeñito. Es probablemente mi afición cultural más temprana. Mientras que en Lenguaje, Matemáticas, e Inglés era un torpe vaguísimo. En Conocimiento siempre conseguía notazas, y no dejé de sacarlas cuando también le cogí el truquillo al Lenguaje y al Inglés. La verdad es que al inglés todavía no le he cogido el truco, pero si lo comparamos con las mates me convierto de forma automática y exacta en un filólogo anglosajón. Hasta me veo con bigote. De la historia, lo que verdaderamente me apasiona y me hace irracional es la Egiptología. Para que te guste algo mucho, para que seas bueno en algo, debes apasionarte de una parte que es la que te lleva a conocer el resto. Un buen filólogo conoce a los mejores autores en literatura, o conoce la lingüística y la gramática tan bien como nadie, pero para llegar a serlo tuvo que ser apasionado en algo. Digamos que se enamoró de Lope de Vega, y que lo demás fue el precio de un matrimonio sagrado que iba a durar toda la vida. Para llegar al conocimiento uno debe Amar una parte de ese conocimiento. Yo me enamoré de Egipto. Aunque, por otro lado, tengo la fortuna de ser un adúltero empedernido, y no me cuesta disfrutar de los placeres de las otras Historias. Aunque cuando vuelvo a casa, siempre me digo (le digo a Isis) que mis infidelidades son debidas al interés que me despiertas tú, principio de todo (Junto al Próximo Oriente). Me interesa al ver el desarrollo de ese principio hasta llegar al presente. De cómo Isis se convirtió en Hitler.

 

La Historia es, como muchas veces se ha dicho, la memoria de la humanidad. Y como muchas veces he promulgado yo, una sociedad que no conoce su historia es una persona sin memoria, sin recuerdos, y por lo tanto deja de ser una persona, porque de los recuerdos nacen los afectos y de los afectos nace todo. (En vez de afecto podría haber utilizado amor, pero quedaría más ñoño) Por lo tanto, una comunidad que no tiene interés por su historia, es que no tiene interés por lo que le ocurrió ayer, es como una persona que todos los días debe de aprender a andar, que siempre tropieza con los mismos errores, que tiene que aprender su oficio todos los días, que vuelve a especular con el  habla y olvida que su hija es la que esbozó ese dibujo tan horrendo que hay colgado en la nevera. Y lo peor es que piensa que es horrendo de verdad, y se le ocurre que debería tirarlo a la basura. Y se le ocurre también, en un extremismo infantil, que debería encerrar en la cárcel al que dibujó tan mal su retrato y se atrevió a grabar su nombre debajo para que nadie dudara quién es el tipo de la corbata negra. Sin la historia, encerramos a nuestros hijos que es el futuro y olvidamos el pasado, que son nuestros padres.

 

 

 

 

Más bien me difumino en el silencio, porque no sé quien soy.

 

 

Juan Manuel Rodríguez de Sousa