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lunes, 17 de mayo de 2021

CONTRA EL ESTUPOR

Termina el estado de alarma, lamentablemente, continua el estado de estupor.

No es una palabra que haya utilizado mucho en mi vida pero define bien la situación actual. Me parece especialmente acertada su acepción médica (no podía ser de otra manera en esta sociedad medicalizada en la que vivimos y en estos tiempos pandémicos) que dice lo siguiente: Estado de inconsciencia parcial caracterizado por una disminución de la actividad de las funciones mentales y físicas y de la capacidad de respuesta a los estímulos. De forma más general se define estupor como: Asombro o sorpresa exagerada que impide a una persona hablar o reaccionar.

La falta de respuesta, de reacción, es un elemento clave. Salta a la vista que la manera de afrontar la pandemia por los gobiernos de cualquier signo ha sido la gran excusa para poner en marcha medidas de control que van más allá de cualquier justificación médica o científica. El hecho de prohibir prácticamente todo a excepción de aquello que tenga que ver con el trabajo nos debería dejar muy claro que no todo es interés por nuestro bienestar. También hay otra cosa que no se ha prohibido, el continuado expolio a los eslabones más débiles de la sociedad. Desahucios, despidos y abusos laborales, robos ejecutados por bancos y empresas energéticas al amparo de las leyes hechas a medida y lo  que todavía no sabemos pero que aparecerá en forma de vasallaje hacia Europa a cambio de unos fondos económicos que como siempre acabarán sirviendo para hacer más ricos a los ricos y dejar nuevamente atados a la esclavitud salarial o a las humillantes limosnas al resto.

No hay respuesta a toda esa cantidad de estímulos, apenas unos pocos han osado desafiar las medidas represivas para alzar la voz y están pagando un alto precio por ello. No me refiero a los que sólo ven un problema en tener que llevar mascarilla y no poder ir al bar cada vez que se les antoja. Hablo de los que se la juegan por ellos y por los demás, los que ya tienen claro que la falta de libertad no ha llegado con la pandemia sino que siempre ha estado aquí.

Asombro o sorpresa que impide la reacción.

Por primera vez en la vida de muchas personas, que hasta la fecha se creían a salvo ya que todo lo malo y horrible de la vida sucedía siempre en otras latitudes, han visto (mejor dicho han sentido) su existencia amenazada. La sorpresa ha sido mayúscula y el miedo, atroz. El tratamiento de la información realizada sin excepción desde todos los frentes ha aumentado la sensación de asombro ante una anécdota que tenía que ver con murciélagos en el otro lado del globo hasta que se convirtió en la mayor de las plagas habidas en la historia de la humanidad. Día tras día, sin excepción, todo gira en torno a la pandemia. Al principio se competía por ver dónde había más contagios; más tarde la competición se extendió a los muertos; ahora tocan las vacunas… Pero la gran competición siempre ha girado alrededor de dónde era más sumisa (sensata y responsable decían los medios) la población. Al parecer dependía exclusivamente de esta sumisión el poder retomar la tan ansiada normalidad. Ciertamente, esta era la razón aunque no tenga que ver con cuestiones sanitarias.

Fin del Estado de alarma.

Y tras más de un año terminó la excepcionalidad (en su versión oficial). Ante la sorpresa de nadie lo que ha sucedido ha sido fiesta, celebración y vuelta a la rutina consumista. Saldremos mejores rezaba el mantra televisivo. De momento, salimos más pobres, más débiles y en un estado de estupor permanente. Casi un millón de nuevos pobres (oficialmente personas que viven con menos de 16 euros al día) que llevan a una cifra de casi 11 millones en todo el estado español, cientos de miles que engrosarán estas estadísticas en los próximos tiempos cuando acabe la mascarada de los ertes y las limosnas en forma de rentas mínimas. Pero todo suma, el estupor aumenta. Un año de entrenamiento intensivo en miedo y sumisión da para mucho. Incluso para rebajar más si cabe la capacidad de respuesta, para reforzar hasta el absurdo el modo egoísta de vida, el sálvese quien pueda.

Y a cada paso aumenta la sorpresa porque hemos pasado de protagonistas a espectadores. La vida es lo que sucede en las pantallas, en los medios. No es lo que nos sucede a nosotros mismos. Vivimos atrapados en una serie de infinitos capítulos en la que no nos reconocemos, como si no fuera con nosotros. Mientras aceptamos nuestro rol de espectadores, otros dirigen el espectáculo y deciden que va sucediendo.

Contra el estupor

Este estupor sólo es posible porque seguimos sorprendiéndonos. Seguimos creyendo que las decisiones que se toman son por nuestro bien, por el bien común. Seguimos pensando que el poder representa nuestra voluntad. No aprendemos.

Estupefactos sufrimos las consecuencias sin llegar a ser conscientes del todo hasta que, tal vez, sea imposible hacer otra cosa que no sea sufrir.

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domingo, 4 de octubre de 2020

¿ESTADO FALLIDO? NI DE LEJOS


Todos los focos apuntando, escenario dispuesto con tropecientas banderas y sendos atriles. Entran los protagonistas principales de la representación y, nuevamente, asistimos a la reproducción de la enésima patochada del poder político.

A partir de ahí, corre como la pólvora (gracias a los medios de desinformación masivos) la idea de que estamos ante la imagen de un Estado fallido.

Me llega el mensaje, no vivo ajeno al mundo dentro de una burbuja de cristal. Me ilusiono, ¿y si fuera verdad? Tanto tiempo esperando a que aparezca esa ventana, esa grieta por donde entrar como elefante en cacharrería. No, no puede ser. Digo yo que algo hubiera notado. No sé si el mundo descomponiéndose a mi alrededor, pero algo sí.

En lo cercano, lo que se nota es más bien otra cosa. Sobre todo, miedo y resignación.

Mucha gente viviendo con mucho miedo. Miedo a la muerte retransmitida 24/7 por los medios. Haciendo imposible desplazarla de la mente de la población. Sobre todo, gente mayor que ha acabado por renunciar a casi todo lo que mantenía viva la llama (familia, amigos, actividades varias…) Miedo a lo queda por detrás de la omnipotente pandemia. Paro, hambre, vidas derruidas… Pero también veo resignación, mucha. Y ésta por parte de todos. La jodida resignación que parece acompañarnos durante toda nuestra vida pero con un matiz especial. Algo que la hace diferente. Tal vez sea que mucha gente de la que se creía a salvo, invencible en su status autoproclamado de clase media se siente amenazada por primera vez. Unos ven como han tenido que renunciar a las chucherías consumistas (viajes baratos revestidos de experiencias vitales, ocio nocturno de consumo sin fin…) O tal vez sea que, además, han empezado a verle las orejas al lobo y se están dando cuenta del lugar que ocupa cada uno en la lista de los prescindibles del sistema. Muchos se han dado cuenta que son carne de sacrificio si la oportunidad política lo requiere. O mejor dicho, si el beneficio económico así lo indica. Porque, nuevamente, la economía (la suya claro) está por encima de todo, incluso de la vida. Todas las medidas que se toman, se hace en base a criterios económicos, en base al beneficio de unos pocos. Sucede siempre. Hay que salvar la economía como sea, si por el camino mueren unos miles que más da, que así sea. Así ha sido siempre.

 

Estado fallido dicen. Menudos caraduras (o que grandes profesionales según como quieras verlo) El Estado funciona a toda máquina. Sigue legislando en beneficio de los suyos (un pequeño ejemplo aquí) y machacando al pobre, al trabajador (aquí, aquí)Sigue ostentando el monopolio absoluto de la violencia y no reparando en gastos ni acciones porque ya sabemos todos que al virus se le derrota a cañonazos con el ejército en la calle y la policía en plan comando. Por si fuera poco, mientras mantiene al personal preocupadísimo con sus disparates diarios, también en lo judicial van haciendo lo suyo (aquí y aquí) El Estado se mantiene en forma. Se siente tan fuerte que ya no se esfuerza en mantener la mascarada de social y de derecho. Es en estos momentos cuando se muestra sin reparos, sin fisuras. Mientras se suceden las payasadas políticas, el verdadero Estado, el que funciona sin distinción de quienes sean sus caras visibles, se mantiene con gran fortaleza y puño de hierro. Pese a lo que pueda parecer nada está fallando.

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viernes, 26 de junio de 2020

¿ES LA DEMOCRACIA UNA DISTOPÍA?

De forma recurrente hablo y, de vez en cuando, escribo sobre la necesidad de recuperar la utopía como elemento central en el pensamiento crítico. No sólo por la necesidad personal de cada cual de ir atisbando un horizonte hacia el que caminar, sino como contraposición a una realidad cuyos elementos se vuelven cada vez más distópicos, más inhabitables. Existen infinidad de esos elementos que nos afectan, que condicionan nuestra vida durante cada segundo de nuestra existencia. Y ante los cuales hay que empezar por resistir para poder existir. Sin embargo, hay un elemento que probablemente engloba a todos, o prácticamente a todos los otros, y que rara vez es situado en la lista de elementos distópicos, de aspectos sobre los que al menos es necesario reflexionar y poner en tela de juicio.
Este elemento es la democracia, sí la sacrosanta democracia.

La democracia es el marco en el que los miembros de las sociedades que se consideran a sí mismas como ideales, tenemos para desenvolvernos. Lo domina todo, incluido el lenguaje con el que formamos los conceptos, las ideas con las que performamos nuestras vidas. Utilizamos ese lenguaje para describir aquello que nos incomoda, que nos crea malestar, que nos oprime. También para delimitar aquello que anhelamos, a lo que aspiramos. De esta forma, sin darnos cuenta, se impone un modelo de vida que es incapaz de transgredir los márgenes que nos ofrecen. Se coloniza nuestro interior al mismo tiempo que esa colonización tiene su reflejo en el mundo exterior, donde la fuerza es utilizada de forma más o menos explícita, para imponer ese modelo basado en la libertad. Una libertad que como mucho es un mal sucedáneo del ejercicio de la misma. Una libertad que como todo en esta vida es definida dentro de los límites de lo democrático, es decir, de lo asumible.

A partir de ese momento, no es posible imaginar nada mejor que la democracia. Tal vez podamos imaginar cómo mejorar algunos aspectos concretos (eso que unos llaman regeneración democrática, otros tal vez lo llamen democracia digital, tal vez si siguiéramos buscando podríamos hallar docenas de denominaciones para otros tanto modelos de mejora democrática). Pero, desde luego, lo que no somos capaces de vislumbrar es un sistema superador de la democracia. Es posible que esto se deba a que tenemos la creencia, transmitida de generación en generación de que la única alternativa a la democracia es la dictadura y ésta es, sin duda, el peor de los males. No lo pongo en duda. No deseo una dictadura de ningún tipo a nadie. Ahora bien, eso no implica que le desee un sistema democrático. Porque como decía, no quiero dictaduras y las democracias no dejan de ser dictaduras sociales en las que se imponen, como siempre, los intereses de una minoría. Así ha sido desde su origen.
Siempre se habla de la democracia ateniense como el principio del sistema hace ya unos cuantos siglos. Pero ya en ese momento, el gobierno del pueblo no era más que el gobierno de los poseedores, de los propietarios, hombres. Ni mujeres ni esclavos.
Hasta llegar a nuestros días, la democracia ha ido variando, construyéndose siempre respondiendo a una correlación de fuerzas muy desiguales entre aquellos que poseían la riqueza y los que no. Siendo así, no es de extrañar que en cualquiera de las diferentes manifestaciones que la democracia ha ido mostrando siempre hayan respondido a los intereses de unos pocos.
Pero si algo confiere de forma definitiva esa pátina distópica a la democracia es su carácter omnipresente. Jamás ha habido un modelo de gobierno tan intrusivo como la democracia que pretende abarcar todos los aspectos de la vida. Pretende legislarlo todo hasta lo más íntimo. Y lo que es peor, siempre con criterios económicos. Siempre con el beneficio en mente. Esto la ha convertido en el sistema ideal para el desarrollo del capitalismo ya que ha conseguido que un modelo económico nacido para el beneficio de los Estados se haya convertido en un elemento autónomo situado por encima de los Estados mismos. Esto explica en gran medida el porqué de la supremacía del modelo democrático y de su incuestionabilidad.

Además, la democracia es considerada como un sistema moralmente insuperable ya que es ni más ni menos que la representación del interés popular. Aunque es evidente que la única representación existente es la de los intereses de aquellos que poseen la riqueza sigue siendo, aparentemente, irrefutable esta afirmación. Al fin y al cabo, el pueblo elige libremente a sus representantes así que no hay nada que objetar. Es tal su grado de perfección moral que continuamente se inician guerras alrededor del mundo en su nombre. Se trata de imponer la perfección del sistema allá donde todavía se muestren indecisos ante él. Por supuesto, es todo por el bien del pueblo aunque para ello haya que asesinar al propio pueblo. La democracia pretende ser el único modelo posible. Su democracia debe ser para todos, sin excepción.

Democracia o barbarie. Podría ser el eslogan de los tiempos y, no obstante, no parece que la barbarie haya desaparecido ni mucho menos en los países democráticos. Basta ver cualquier informe (o abrir los ojos a tu alrededor si no es que tú mismo la sufres en primera persona) escogido al azar del organismo oficial que se quiera sobre condiciones de vida para ver la lamentable situación en que se encuentran las sociedades democráticas. Sirvan como ejemplos los de EEUU, donde las desigualdades sociales y todo lo que conllevan son abismales o la propia España, donde la pobreza alcanza a un tercio del total de la población. Podríamos fijarnos en el acceso a la vivienda, o a la educación, o a la sanidad o cualquier otro parámetro que se nos ocurra para ver qué intereses defiende la democracia.


Tal vez no presente los niveles brutales de represión pura y dura de las dictaduras (cuyo recuerdo facilita mucho más la imposición democrática) pero de ahí a la perfección como sistema de organización social hay un abismo. Hay margen para poder, al menos, confrontarla, para incluir, al menos,  esta oposición en el marco de nuestra conciencia. Es posible que estos sean buenos tiempos para ello. Tal vez esta nueva normalidad de la que tanto hablamos incluya la posibilidad de responder a la pregunta que encabeza este escrito. En caso de una respuesta afirmativa, estaremos más cerca de nuestro sentir. Y eso sí que es moralmente positivo.
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lunes, 27 de abril de 2020

LA DISCIPLINA SOCIAL SE ALIMENTA DE DATOS

La disciplina se define como el conjunto de reglas de comportamiento para mantener el orden y la subordinación entre los miembros de un cuerpo o una colectividad en una profesión o en una determinada colectividad.
Creo que esa definición lo dice todo: orden y subordinación.
En lo social, la disciplina es la fuerza que regula la sociedad. La disciplina social se puede definir como el acatamiento cotidiano al conjunto de reglas para mantener el orden y la subordinación a las normas (legales y morales) entre los miembros de un grupo social. Es la adhesión a normas que garanticen la convivencia. Es decir, el respeto de la Ley. También es la adecuación del individuo al medio social. Parte del proceso de socialización consiste en adquirir conciencia de las obligaciones para con el grupo o sociedad y en la práctica de esas obligaciones para adaptarse a ella. La disciplina social se empieza a construir en el seno de la familia durante los primeros años. El proceso continúa en la escuela y se sigue dando en el resto (y a través de) el resto de instituciones.
Esa disciplina se alimenta de datos. Lo vemos todos los días en esta especie de estado de alarma en el que nuestras vidas han quedado suspendidas.
Muertos, infectados, recuperados, porcentajes… Por país, por región, por municipio… por escalera de vecinos si pudiéramos obtenerlos. Los datos ofrecen certezas, para bien o para mal. Es algo a lo que agarrarse, proporciona una justificación racional frente a la otra cara de la moneda: el miedo. Porque los datos en sí, son meros números pero la utilización que se hace de ellos siempre tiene un propósito. Los datos aportan información y de siempre se ha visto que quien domina la información adquiere una gran ventaja. Los datos los manejan unos pocos pero sus consecuencias las sufrimos todos. El Estado y las grandes empresas manejan los datos, no sólo los controlan sino que los fabrican a su antojo. Nos ofrecen aquellas versiones que interesan a sus proyectos. Incluso nos enseñan cómo debemos reaccionar ante ellos. El fin de todo ello, es alcanzar el objetivo antes mencionado: orden y subordinación. Es decir, que nos mantengamos siempre abaja, siempre agradecidos al poder por protegernos y velar por nuestros intereses.

A día de hoy, podemos ver la ansiedad de millones de personas a la espera de nuevos datos a cada instante. La visceralidad con que se reciben esos datos y, a pesar del teatro político (una patraña que como siempre sólo sirve para mantener alerta al rebaño) la convicción mayoritaria de mantenernos obedientes. Dispuestos a delatar ante las autoridades a cualquiera que no comparta nuestro miedo y decida actuar de otra forma.

Llevamos toda la vida entrenándonos en la recepción acrítica de datos y en la sumisión a las consecuencias que el poder nos indica sobre esos datos.
  
Los datos están por todas partes. Vivimos en un mundo donde todo se reduce a cifras, incluso las personas. Desde que el dinero y la propiedad privada son los pilares fundamentales del orden social, las personas nos hemos convertido en números, en meros apuntes contables. Lo hemos aceptado e interiorizado y dejamos que nos traten y nos usen de esta forma. Así, la estadística (esa rama de las matemáticas que utiliza los datos para obtener inferencias) se ha convertido en la forma habitual de referenciar cualquier situación social y, por tanto, la mejor forma de mantener el espejismo de este mundo insostenible.
Llevamos toda la vida atendiendo a los datos de empleo y ausencia de él, a los sube y baja de la bolsa, a los datos demográficos, a los salariales, a los índices de precios de cualquier cosa, a los de jubilación y esperanza de vida, a los escolares… Nos hemos especializado en actuar en función de un sinfín de datos que nos proporcionan la certeza de saber en qué posición de la escala social nos encontramos y en cómo debemos actuar para ascender y no caer en el abismo de los que tienen peores números que nosotros.

Pero no sólo sirven para estas justificaciones sino que los datos tienen un uso todavía más perverso. Esa cara oculta que produce verdadero pavor y fortalece esa disciplina social.
Los datos determinan lo normal y, por tanto, establece las bases para la norma. Esto significa que se utiliza para determinar qué principios se imponen o se adoptan para dirigir la conducta o la correcta realización de una acción. Así, la estadística, justifica nuevamente la imposición de criterios de control y selección social. Esto se puede ver en cualquier ámbito de la vida. En el ámbito de la educación, el criterio estadístico sirve para etiquetar (con su consecuente estigmatización) a cualquier joven en función de unos criterios establecidos única y exclusivamente para hacer prevalecer una estratificación social y un sistema de organización social firmemente asentado sobre la base de cada cual ocupe el lugar que tiene asignado. De esta forma, la estadística predice, señala y confirma el destino de cada uno a través de la constante reducción a factores numéricos de la compleja vida de cualquier joven. En el ámbito de la salud, los datos determinan quién tiene derecho a recibir un tratamiento y quién queda desahuciado. Determina quién debe ser considerado como sujeto de riesgo en función de si cumple con los criterios establecidos para actuar en consecuencia. Especialmente, en lo tocante a la salud mental (extendido a todo ese universo de las llamadas ciencias psi) es donde se manifiesta en toda su plenitud el factor estadístico. Permite clasificar a todos los sujetos en categorías, muchas veces totalmente inventadas con el único propósito de patologizarnos; la desfachatez llega al punto en que para decidir si uno sufre alguna enfermedad de este tipo se basan en una simple cuestión de número: si se cumplen un porcentaje aleatorio de criterios estás o no enfermo. También en lo social muchas veces se impone el criterio estadístico. De esta forma se decide quién puede recibir la limosna del Estado o quién debe acudir directamente a la caridad religiosa. Se decide quién está en riesgo o no, o quién es apto para la vida en sociedad y quién no.


Todo se reduce a una cuestión numérica porque en eso nos hemos convertido. Esos números nos definen, nos catalogan y nos ubican en el lugar que nos corresponde. A través de este tratamiento estadístico se obtiene la uniformidad social y la estratificación bien definida que todo Estado necesita para su buen funcionamiento democrático. Es decir, que las ovejas sigan obedeciendo al pastor y que las que no lo hagan sean tratadas como lo que son: descarriadas y, por tanto, abocadas al ostracismo y finalmente, al matadero. Los datos alimentan la disciplina social, la nutren y la engrasan para su buen funcionamiento. Conocer los datos nos da la certeza de saber hacia dónde quieren que nos dirijamos y, por tanto, nos indica cómo debemos actuar. También acrecientan nuestros miedos. Miedo a quedar excluido, miedo a ser diferente a no pasar inadvertido, miedo a sufrir las consecuencias, miedo a morir en vida. Frente a esos miedos, la subordinación, la sumisión y el mantenimiento del orden aparecen ante nuestros ojos como la mejor opción para mantenernos en pie. Lamentablemente, no parece que seamos conscientes de que mantenerse en pie en este lodazal en el que vivimos nos conduce inevitablemente al agujero infecto en el que es imposible desarrollar nada mínimamente humano. 
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martes, 14 de abril de 2020

HACIA UNA NUEVA NORMALIDAD

Desde hace unos días se repiten los mensajes de políticos y demás ralea acerca de recuperar la normalidad. Pero no una normalidad cualquiera, no. Una nueva normalidad que requerirá de un esfuerzo titánico (con todo lo que eso suele implicar) por parte de todos porque al parecer ya nada será como antes.
Mucha gente, ingenuamente a mi parecer, cree que algo mejor está por venir. Se basan en la idea de que todas vamos a salir “mejores personas” de esta terrible situación. Y lo creen porque se encargan a cada instante de recordarnos como la solidaridad se ha apoderado de la población y que eso, esa ola solidaria, ya no podrá detenerse. Por fuerza nos conducirá a una normalidad más amable, más humana. Pura propaganda para espíritus reblandecidos por el confinamiento y la melancolía producida por todo lo que ha dejado de ser posible.
La normalidad es la cualidad de lo que se ajusta a la norma. Lo que es normal es su base constituyente. Y esto, la norma, es precisamente lo que ninguno de nosotros podemos elegir, podemos decidir. Porque para que fuera posible una nueva normalidad es imprescindible que haya una nueva norma y eso no va a suceder. Las normas las dictarán los de siempre, los que no tienen la más mínima intención de cambiarlas.
La normalidad se basa en la necesidad de trabajar para poder vivir de la inmensa mayoría de la población mientras unos pocos disfrutan de la ganancia que esos trabajos producen.
La normalidad se basa en la necesidad de consumir porque es la única vía libre que nos han dejado para que esta vida normal merezca la pena ser vivida según sus mismos criterios. Si no puedes consumir, no mereces formar parte de la normalidad.
La normalidad se basa en explotar uno tras otro, o todos a la vez, todos los recursos naturales (incluidos nosotros mismos) para mantener ese nivel de consumo imprescindible para que nos consideremos suficientemente valiosos.
La normalidad se basa en la aceptación de la delegación como método de gestión de todo aquello que nos concierne.
La normalidad se basa en la creencia de que lo justo y lo legal son una misma cosa sin cuestionarnos ni por un momento quién hace esas leyes y con qué finalidad.
La normalidad se basa en la necesidad de que el monopolio de la violencia esté en manos ajenas que se presuponen neutrales y que sólo desean el bien común.
La normalidad se basa en mil y un aspectos que en ningún momento han sido cuestionados radicalmente. En el mejor de los casos, es probable que los pequeños matices puestos en tela de juicio sean absorbidos y maquillados por el sistema, tal y como siempre lo ha hecho tras cualquier tipo de crisis. En el peor, saldremos de esta aceptando recortes a nuestros derechos y libertades en favor de un mayor control y seguridad.
Porque si alguien va a salir beneficiado al final de todo esto será el Capital y, por encima de todo, el Estado que está recuperando una centralidad en el tablero de juego que había ido perdiendo en esta fase de Capitalismo globalizador.
Desde luego, los perdedores seremos los de siempre. Me temo que lo que tendrá de nuevo la normalidad que se acerca es la interiorización del miedo, de eso que ha sido llamado distanciamiento social. Dirán que es por nuestro bien, por nuestra salud, por el futuro de nuestros hijos. Conseguirán que seamos nosotros mismos los que nos encarguemos de que esto sea así (sólo hay que ver el fenómeno de la policía de balcón) Pero lo cierto es que una sociedad basada en el distanciamiento social es humana y políticamente invivible, inhabitable.
Sin el esfuerzo consciente de muchos, seremos atomizados hasta desintegrar cualquier opción de mantener vivos los lazos emocionales sobre los que desarrollar un verdadero ataque a los grandes mecanismos de reproducción y conservación social. Eso es, las instituciones y los mecanismos a través de los que se destilan los valores dominantes y se inocula su reverencia.
Cuando todo esto sauceda debemos ser capaces de mantener en pie la capacidad de amar, de pensar, de decir y, sobre todo, de actuar en consecuencia. No debemos refugiarnos en pequeños lugares seguros. En burbujas que nos insuflan una falsa sensación de seguridad, ni en esa red omnipresente por muy intolerable que nos puede parecer lo que nos rodea. Justo esa reclusión, es la condición necesaria para seguir formando parte de su normalidad.

La tarea a la que se enfrenta cualquier persona que ansía una vida fuera de los parámetros establecidos es enorme. Luchar para que su nueva normalidad no cristalice pero también, para que la vieja normalidad no vuelva jamás. Desatar toda la potencia de resistencia al tiempo que la creatividad ocupe el lugar que le corresponde no es tarea fácil. Es tarea imprescindible.
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miércoles, 18 de marzo de 2020

AMAR RADICALMENTE


Hace unos días compartía por redes sociales un breve fragmento de La palabra como arma escrito por Emma Goldman y que decía lo siguiente:

            “El hombre ha podido someter los cuerpos, pero ni todo el poder
            en la Tierra ha sido capaz de someter al amor.

Este fragmento está inscrito en el capítulo sobre Matrimonio y Amor. Sin embargo, creo que tiene una carga de profundidad demoledora que va mucho más allá de cualquier temática concreta. En mi opinión, es la razón última por la que a lo largo de la historia de la humanidad, ningún jefe, cabecilla, rey, gobierno o el cargo que sea que haya detentado el poder, por inmenso que haya sido, ha podido jamás extinguir las ansias de libertad, la extrema necesidad de poner el amor, en el más amplio de los sentidos, por encima de los intereses de cualquier minoría por muy privilegiada que ésta sea.
Ese sentido amplio del amor que abarca la fraternidad, la solidaridad, el deseo de bienestar, en definitiva, la libertad. Esa libertad que sólo puede ser real cuando es colectiva, cuando traspasa lo individual y abarca lo común. Es un espejismo sentirse libre en una sociedad oprimida, sometida al imperio del salario y el capital. Es en este amor radical en el creo como base de cualquier posibilidad revolucionaria.

Pero no creo que debamos confundirnos.
En estos tiempos de confinamiento y miedo inoculado, se suceden pequeñas muestras de ese amor radical entre iguales, pero quedan siempre sumergidas en la maraña de un individualismo egoísta, de un sálvese quien pueda fruto de una desconexión propiciada e inducida durante décadas por un sistema que necesita del aislamiento social para mantener su hegemonía. De un modelo que requiere de la desaparición por todos los medios de ese amor radical sustituyéndolo por ese otro, hijo bastardo de los tiempos que vivimos, basado en la necesidad de ser reconocidos, de sentirnos aceptados, incluidos en lo que sea. Un amor carente de compromiso y de esfuerzo que es precisamente lo que confiere esa radicalidad que de verdad permitiría dar un vuelco a este absurdo modo de vivir.

Mucha gente está ansiosa por creer, necesitan creer en esas pequeñas muestras de humanidad que se suceden fruto de las actuales circunstancias. Llenos de buenas intenciones están convencidos de que cuando todo esto termine, nada será igual. Yo también lo creo, aunque dudo que tengamos la misma visión sobre el futuro. La mía no es nada idílica, más bien todo lo contrario.

Más allá de las cuestiones de salud (sobre las que nada tengo que decir, sólo que os cuidéis y hagáis lo que creáis conveniente) los Estados están utilizando este momento para ir perfilando el futuro, para ir ensayando las diferentes versiones de lo que está por venir. Tal vez ahora mismo no esté en primer plano pero la insostenibilidad del modelo capitalista sigue estando ahí y lo saben. Saben que el estado de alarma o como quieran llamarlo será cada vez más habitual. De hecho, los gobiernos han adoptado como su forma habitual de funcionamiento la gestión de la crisis permanente, sometiéndonos a la excepcionalidad constante, convirtiéndola así en la norma. De esta forma, la crisis es continua y su gestión imprescindible. En nombre de esta constante urgencia el poder encuentra mil y una oportunidades para reestructurarse y poder modificar sus mecanismos de control una y otra vez mientras la mayoría espera la llegada de mejores tiempos. Tiempos que nunca van a llegar.

Militarización de las calles, estado policial donde unos denuncian a otros adjudicándose el papel de policías y reclusión forzosa mientras dictan leyes por el bien de la nación (que como siempre son unos pocos) y todos a batir palmas hacia el Gobierno. Y cada vez el Estado sintiéndose más imprescindible en el corazón de la gente y cada vez la posibilidad de sentir y vivir el amor radicalmente más lejos.

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martes, 14 de agosto de 2012

DEPARTAMENTO DE SEGURIDAD NACIONAL

Lo veníamos contando en artículos anteriores (1, 2 y 3). El Estado, lejos de desmantelarse como afirma la propaganda de los medios de desinformación, sigue reforzando su estructura principal: la encargada de controlar y reprimir a la sociedad.
El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, contará con un Departamento de Seguridad Nacional, según la modificación del Real Decreto del 13 de enero que se publicaba el pasado 23 de julio en el Boletín Oficial del Estado (B.O.E.). Seguimos así la estela, como siempre, de los EEUU y, tras dejar que utilicen la base de Rota como punta de lanza de la red de “defensa” (como ya sabemos todos, en el lenguaje oficial defensa significa ataque) global y la llenen de submarinos repletos de armamento nuclear ahora también tenemos Departamento de Seguridad Nacional (y su consiguiente máximo responsable, Alfonso de Senillosa).

Tal es la importancia de esta cuestión, que la modificación del Real Decreto se ha producido por un cauce muy poco habitual. Ha sido habilitada directamente por el Presidente del Gobierno sin pasar, siquiera por el Consejo de Ministros. Así se dispone que «bajo la dependencia orgánica y funcional del director adjunto del Gabinete», el Departamento de Seguridad Nacional «es el órgano permanente de asesoramiento y apoyo técnico en materia de Seguridad Nacional a la Presidencia del Gobierno».

Según la prensa oficialista las funciones de este nuevo aparato de control social serían las siguientes:

Siete funciones

Entre las funciones del Departamento de Seguridad Nacional, la modificación del Real Decreto constata:

1. Contribuir a la elaboración, implantación y revisión de las estrategias, así como la coordinación y el seguimiento de las directivas y la integración de los planes que en materia de seguridad nacional se desarrollen.

2. Contribuir a la elaboración de propuestas normativas, estudios e informes sobre Seguridad Nacional y la divulgación de la información que resulte de interés en esa materia, sin perjuicio de las funciones que correspondan a otros órganos.

3. Estudiar y proponer, en su caso, la normativa necesaria para el funcionamiento y actuación del Sistema Nacional Gestión de Situaciones de Crisis, así como programar y coordinar los ejercicios de conducción de crisis.

4. Prestar apoyo a los órganos del Sistema Nacional de Gestión de situaciones de Crisis, asumiendo las funciones de Secretaría Técnica de la comisión Delegada del Gobierno para Situaciones de Crisis y de aquellos otros que determine el Presidente del Gobierno.

5. Mantener y asegurar el adecuado funcionamiento del Centro Nacional de Conducción de Situaciones de Crisis y las comunicaciones especiales de la Presidencia del Gobierno, así como proteger su documentación.

6. Realizar el seguimiento de los riesgos, amenazas o situaciones de crisis o emergencia nacionales e internacionales, en coordinación con los órganos y autoridades directamente competentes, y servir como órgano de apoyo para las decisiones de la Presidencia del Gobierno o de la Comisión Delegada del Gobierno para Situaciones de Crisis.

7. Analizar los posibles escenarios de crisis, estudiar su posible evolución, diseñar y custodiar, en coordinación con los órganos competentes los planes de contingencia que respondan a cada una de la situaciones, manteniéndolos actualizados, elaborando con los respectivos Ministerios los catálogos de medidas de respuesta.

La primera tarea de este Departamento es elaborar una nueva estrategia de seguridad nacional. Normalmente, en estas estrategias aparecen varios apartados:
- Seguridad territorial (“el funcionamiento ininterrumpido como un Estado independiente y más específicamente la integridad territorial del país”)

- Seguridad económica (“el funcionamiento ininterrumpido del país como una economía eficaz y eficiente”)

- Seguridad ecológica (“capacidad de auto-recuperación suficiente del medioambiente en caso de alteración”, refiriéndose, por ejemplo, tanto a la gestión de los recursos hídricos como al cambio climático)

- Seguridad física (“funcionamiento ininterrumpido de los seres humanos en su medioambiente”, poniendo como ejemplos una ruptura de los diques o un accidente en una factoría química)

- Estabilidad social y política (“la existencia continuada e ininterrumpida de un clima social en el que los grupos de personas vivan sin mayores conflictos en el marco de un Estado democrático y valores esenciales compartidos”)


Un vistazo rápido a estos apartados nos lleva a ver cuáles van a ser los verdaderos objetivos de todo esto:
La creación de una gran red de espionaje y control social para tener controlados a cada uno de los habitantes del Estado, tal y como se ha ido haciendo en las últimas décadas, con la excepción de que antes se perseguía a aquellos con ideales fuera del orden establecido (sic), ahora todo el mundo será objeto de seguimiento y control.

Especial atención merece el apartado de seguridad económica. Este organismo va a asegurarse de que el país funcione como una economía eficaz y eficiente, es decir, se va a encargar de perpetuar este sistema esclavista pasando por encima de cualquier derecho individual de los seres humanos. Van a garantizar que nada cambie y que la minoría que domina y maneja el sistema se continúe lucrando infinitamente a costa de la inmensa mayoría de explotados y oprimidos. Para ello, van a hacer valer el objetivo de la estabilidad social y política, ¿Cómo? Pues exactamente como se dice un poco más arriba: garantizando una sociedad sin conflictos dentro del marco de un Estado democrático. ¿Cómo se traduce esto? Garantizando la “paz social”, es decir, criminalizando todo intento de desobediencia civil y ejerciendo la represión en todas sus vertientes (policial, judicial, económica, laboral, política,…), siguiendo con sus políticas de adoctrinamiento social a través de los medios de control social de masas (sistema educativo, medios de desinformación, ocio consumista,…) y pactando con los “agentes sociales” el reparto de las migajas y la caridad de Estado.

Todo esto es lo que ellos llaman democracia y el Departamento de Seguridad Nacional no tiene otro objetivo que mantener a toda costa este estado de la situación.

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domingo, 3 de junio de 2012

ESPAÑA OFICIALIZA SU POSICIÓN COMO TRAFICANTE DE ARMAS

Como es sabido España es uno de los mayores traficantes (perdón, quería decir vendedores) de armas del mundo. En los últimos años ha consolidado esta posición de honor en este asqueroso ranking.

Tan sólo el pasado año vendió armamento por valor de 2400 millones de euros, doblando de esta manera el global de ventas de 2010 y aupando al Estado Español a la séptima posición mundial. Este espectacular incremento en los beneficios del negocio de la muerte se debe a varios factores:

-        Por un lado,  enemos el afinado sentido del negocio de la clase política de este país que no ha dejado pasar la oportunidad de las diferentes revueltas tanto en los países árabes como en Europa para aumentar el negocio pasándose toda legalidad vigente que prohíbe la venta de armas a países en conflicto (en el caso español esto no es ninguna novedad)

-        Por otra parte, está el increíble apoyo económico que recibe la industria de la muerte en España por parte de la banca (ese mismo sistema al que el pueblo tenemos que rescatar y que, entre otras cosas, invierte nuestro dinero en muerte). Nada nos sorprende de esta gentuza que ya hace muchísimo tiempo que descubrieron que el mayor negocio está en el sufrimiento de los seres humanos y vemos como día tras día aplican esta máxima en todo el espectro de la sociedad. Roban y estafan a cientos de miles de personas con ese gran timo llamado participaciones preferentes, echan a la calle a cientos de miles de personas privándoles de sus hogares amparados por las fuerzas represores policiales y judiciales, financian a transnacionales que explotan sin piedad los recursos del planeta y a millones de niños por todo el mundo, sustentan guerras y pobreza inyectando dinero en la compra venta de armamento y lavando el dinero proveniente de este tráfico, así como de cualquier tipo de negocio que supone la degradación y la explotación del ser humano (comercio de personas, drogas,…)

-        Finalmente, tenemos el inestimable apoyo del Gobierno Español que durante la última década ha “prestado” (lo pongo entrecomillado porque ya sabemos todos como son estos créditos: os damos el dinero y no hace falta que nos lo devolváis, ya si eso luego nos dais un cargo en la empresa y listo) más de 14.000 millones de euros para facilitar estas ventas y abrir nuevas oportunidades de negocio. No hace falta decir que da igual el partido que esté en el Gobierno para que este tipo de políticas se hayan llevado adelante. Dentro de esta línea de apoyo a la industria de la muerte el Estado ha dado un paso más con el Real Decreto 19/2012

Este decreto describe las medidas urgentes de liberalización del comercio y de determinados servicios y, entre otras desagradables sorpresas, oficializa un nuevo mecanismo de apoyo a la venta de armamento. Al parecer, la labor llevada a cabo hasta la fecha por el Gobierno español no era suficiente (traspasando información y dinero a las empresas del sector, facilitando consultoría y negociaciones a través de la Isdefe  y  garantizando la total opacidad de las operaciones clasificando como secretos de estado las actas de la JIMDU) y a partir de ahora será el propio Ministerio de la Guerra (de Defensa según la versión oficial) el que podrá firmar los contratos de venta de armas. De esta forma, el Estado español (es decir, todas las personas que vivimos aquí) será el garante de las operaciones de venta de instrumentos de muerte y el que responderá en caso de incumplimiento de esos contratos. No es de extrañar esta nueva medida de apoyo a la industria armamentística teniendo en cuenta el personaje que tenemos como ministro de defensa.

Frente a las políticas de austeridad impuestas a la ciudadanía, vemos como una vez más, los sectores considerados como fundamentales para el Estado se ven beneficiados por las políticas benevolentes y paternalistas del Gobierno. En este caso, blindamos la industria de la muerte a pesar de saber que con ello sólo beneficiamos a unos cuantos inversionistas y, por el contrario, condenamos a miles de personas a la miseria, la humillación y la muerte. Eso sí con armas made in Spain.
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miércoles, 9 de mayo de 2012

LA REPRESIÓN DE LA PROTESTA

A pasos agigantados se desvanece el sueño prometido del Estado del Bienestar y con él, el espejismo que hizo soñar a mucha gente con una vida de comodidades y pequeños lujos. Eso sí, a costa del sufrimiento de millones de seres humanos y de la madre Tierra y, a cambio de endeudar su alma y relegar a su intelecto a un estado de vegetación perpetua.

Como siempre pasa con los sueños que vivimos plácidamente, el despertar está siendo lento y dificultoso. Nos cuesta abrir los ojos porque nos negamos a aceptar que la realidad que nos aguarda es terriblemente dolorosa y va a sacudir hasta el último pedazo de esa falsa felicidad que hemos experimentado durante largo tiempo. Sin embargo, es mucha la gente que se ha desperezado en los últimos meses y que junto a los que siempre se han mantenido alerta han iniciado ese lento despertar. Pero el retomar la conciencia nunca ha sido fácil y menos cuando para ello hay que renunciar a un sistema de valores firmemente inculcado por años de lavado de cerebro, perpetrado a través de un aparato propagandístico, en manos del Estado y el Capital, fuertemente asentado en el sistema educativo y en una producción cultural de masas totalmente desposeída de criticismo.

A pesar de todo, las personas despertamos y empezamos a darnos cuenta de qué entiende el poder por Bienestar y para quién lo tiene reservado.

Toda esta oleada de gente despierta ha traído nuevas estrategias de lucha y ha retomado formas de organización que habían quedado relegadas por los “movimientos contestatarios oficiales”. Es precisamente una de estas estrategias la que ha provocado el desconcierto en el poder: el uso de la no violencia como arma de protesta.

El Estado, siempre atento a cualquier tipo de contestación, desde tiempo inmemoriales ha preferido la oposición violenta que justificaba por sí sola la dura represión a ojos de un pueblo adormecido y temeroso que aplaudía, sin dudar, las acciones represivas contra aquellos que eran expuestos como enemigos del Estado (por tanto, en la lógica y lenguaje del poder, enemigos de la paz).

La resistencia pacífica ha significado un tremendo problema para el poder, quien ha tardado largos meses en responder a este desafío lanzado por el pueblo consciente de que ésta es la vía más legítima de lucha y teniendo claro que la violencia es el verdadero monopolio del Estado.

El miedo a la verdad, el miedo al resurgir de la conciencia que tiene el poder es directamente proporcional a la respuesta dada frente a la toma de la calle.

La dictadura capitalista ha decidido quitarse las pocas vendas que todavía le tapaban la cara y ha dado un paso al frente para dejar bien claro cuáles son las prioridades por las que trabaja. Frente a un pueblo que reclama de forma no violenta recuperar las riendas de su destino esta es su repuesta:

- Afirmar que los gastos esenciales para el Estado son el militar, el represivo-policial y el penitenciario. No hay recortes para estas partidas. Qué diferencia con aquello que la inmensa mayoría de las personas estimamos como fundamental: sanidad, educación, vivienda, servicios sociales... Por poner sólo un ejemplo, han iniciado el desmantelamiento del sistema de salud público porque consideran insostenible la supuesta deuda de 15 mil millones de euros que mantiene. Sin embargo, el Ministerio de la Guerra (de defensa) tiene una deuda superior a los 32 mil millones de euros y aquí no se desmantela nada. Es más, se sigue invirtiendo en máquinas de guerra como la fragata F-105 (con un coste que ronda ya los mil millones de euros y subiendo) que será entregada este verano al ejército español. También se sigue invirtiendo en armamento anti-personas para la policía y en el descomunal negocio de las macro cárceles como ya veníamos diciendo con anterioridad.

- Criminalizar a toda persona que decida dar la cara y ponerse al frente de cualquier movilización. La excusa oficial dice que convocar actos violentos (incluso vía internet) se tipifica como un delito y puede acarrear penas de dos años de cárcel, el conocimiento real de la situación dice que cualquier acto convocado puede convertirse en violento por obra y gracia de los cuerpos represivos del Estado (sólo hay que recordar la cantidad de veces que hemos visto policías infiltrados provocando la violencia por doquier, o policías de uniforme haciendo lo mismo).

- Equipar resistencia pacífica con terrorismo. Dejando, de esta manera, a la gente sin capacidad de maniobra para reclamar todo aquello que les ha sido expoliado por parte del poder. Tiran el señuelo para que todos aquellos que quieran protestar opten por la violencia ya que sale igual de cara (penalmente al menos) que la resistencia pacífica y la desobediencia civil y así tienen la excusa perfecta para instalar definitivamente al ejército y la policía en la calle.

- Facilitar la información policial a empresas privadas. A partir de ahora cualquier empresa privada de seguridad (todas, hasta las dirigidas por declarados fascistas) tendrán acceso a nuestros datos personales facilitados por la policía (según ellos por nuestra seguridad, según nosotros para nuestro control y sometimiento). Esto implica, como mínimo, un par de cosas bastante graves. Uno, cualquier empresa privada de seguridad dispondrá de datos hasta ahora personales e intransferibles pudiendo de esta forma someter a vigilancia y control extenuantes a cualquier persona que consideren su enemigo. Imaginaos que puede hacer, por ejemplo, Levantina de seguridad (dirigida por José Luís Roberto presidente del partido fascista España 2000) con datos personales a su disposición de cualquier persona. Dos, grupos empresariales como Eulen tienen empresas en diversos sectores (incluido la seguridad privada) con toda esa información disponible las selecciones para puestos de trabajo pueden convertirse en auténticas cazas de brujas.

- Infundir el miedo a través de la delación. El poder tiene claro que la unión de las personas es su peor enemigo y, por eso, emplea estrategias como ésta para evitar esa unión. Recurren a la delación como fórmula del éxito para desatar el odio entre iguales aprovechando la mezquina educación que el sistema nos inculca. El próximo paso, quién sabe, será ofrecer recompensas económicas.


La escalada hacia una sociedad totalmente controlada bajo un régimen policial continúa su camino ascendente a toda velocidad, sin embargo, es el deber de todas las personas concienciadas no dejarse amilanar frente a estas agresiones y seguir en pie la lucha por aquello que consideramos justo.

Nada de esto detendrá el proceso inexorable de cambio que se ha iniciado. A cada nueva medida tomada por el poder, la gente responderá con mayor lucha, puesto que todas estas medidas sólo sirven para reafirmar la idea que hace mucho tiempo que fluye por las calles de todo el mundo: lo llaman democracia y no lo es.

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jueves, 2 de febrero de 2012

LA REVOLUCIÓN NECESARIA

Es de sobra conocido el expolio al que estamos siendo sometiendo por parte del capital en connivencia con el Estado y que no es más que nuestra incorporación a esa ingente cantidad de seres humanos, qué según los medios de desinformación viven en el tercer mundo o en países en vías de desarrollo, que vienen siendo explotados y humillados desde tiempos inmemoriales.
A pesar de esto, parece que hay mucha gente que ha decidido no hacer caso a la historia y cree que esta crisis es algo novedoso y que es el principio del fin del sistema tal y como lo conocemos.

A pesar de que una y otra vez, los voceros de la izquierda alternativa nos auguran el fin del capitalismo no hay más que constatar los hechos históricos para poder afirmar que ninguna crisis económica por sí misma nos regalará el “derrumbe” del sistema capitalista, sino nuevas formas cada vez más fuertes y degradantes para el ser humano y el planeta.

Afirmar que la crisis actual en curso colapsará el sistema equivale a ignorar toda una serie de cuestiones que apuntalan y protegen el capitalismo de una manera que lo convierte prácticamente en inexpugnable.

En primer lugar, tenemos lo que se ha dado en llamar la sociedad de la información. Es cierto, que el desarrollo de esta sociedad ha permitido y permite un mayor acceso a la información pero lo que realmente fomenta este bombardeo de supuestos saberes es la manipulación total y absoluta de la conciencia, convirtiéndonos en poco más que autómatas seguidores de la corriente oficial.

En segundo lugar, existe un aumento constante del gasto de muerte, es decir, el gasto militar, represivo, judicial, penitenciario. Por todo el mundo y a pesar de la crisis los Estados se afanan en agrandar sus cuerpos represivos y su poderío militar, anteponiéndolo a cualquier otro tipo de gasto. La represión policial, silenciada como siempre, va en aumento bajo la justificación de la seguridad ciudadana.

En tercer lugar, tenemos el sistema educativo. Un arma nunca suficientemente valorada pero que resulta fundamental para mantenernos a todos incapacitados para el criticismo y la búsqueda de la verdad. El refinamiento de este sistema es tal, que ha conseguido sacarnos a la calle en su defensa frente a su propio amo que ríe encantado al vernos. Este punto no admite malas interpretaciones, soy el primero que defiende una educación pública (no confundir con estatal que es lo que tenemos ahora) pero en el sentido original de la palabra, es decir, del pueblo.

Por último, destacar la muchas veces infravalorada sociedad de los drogadictos en que la ciencia al servicio del poder nos ha convertido. Todo aquello capaz de producir adicción es puesto al servicio del pueblo sin ningún reparo por parte del sistema que ha engendrado su obra cumbre con la creciente medicalización de una sociedad en la que todo se soluciona sin esfuerzo y sin dolor.

A todos estos factores se añade la grave crisis financiera que en realidad sólo es tal en las viejas potencias imperialistas, EEUU, UE y Japón.

Teniendo en cuenta esto y muchas otras cuestiones y viendo ya por dónde van los hechos consumados y las futuras decisiones, el resultado de esta crisis parece estar más cerca de un aumento del militarismo, el recrudecimiento de las medidas de control social y una explotación más rapaz de los seres humanos y los recursos naturales. La sociedad de consumo irá rebajando paulatinamente sus niveles para dejar paso a una nueva forma de vida del sistema capitalista.

Ante todo este panorama es más que previsible que cualquier solución o alternativa que se plantee dentro del orden actual está condenada al fracaso. Cualquier intento de creer que es posible un cambio revolucionario sin el cambio de sistema político sólo significa permitir al sistema salir bien parado de la actual situación de crisis. La revolución no consiste en volver atrás, a los tiempos de abundancia sino en vivir de otro modo bajo otras premisas morales.

Así pues, se impone un cambio paradigmático y para ello la acción decisiva debe venir de la conciencia, de su desarrollo y difusión, así como de las formas organizativas que se formen en torno.

En estos momentos, es crucial para una verdadera revolución social la identificación con un sistema de ideas que ponga de relieve las cuestiones trascendentales de la esencia humana: el futuro de la civilización y de la esencia humana, es decir, sólo la lucha por una organización social radicalmente diferente y basado en otros parámetros junto con la lucha por encumbrar la verdad concreta frente a la propaganda conseguirá que todos los seres humanos que aún queden sobre la faz de la tierra se unan en la lucha.

lunes, 2 de enero de 2012

LA MEDICALIZACIÓN DE LA VIDA

“La medicina ha avanzado tanto que ya nadie está sano”. Aldous Huxley.

La industria farmacéutica es, según la ONU,  una de las que más beneficios obtiene, tan sólo por detrás del comercio de armas y del narcotráfico.

Según el British Medical Journal, resulta fácil inventarse nuevas enfermedades y tratamientos. Muchos procesos normales de la vida pueden medicalizarse. El aumento de los diagnósticos en los países industrializados ha adoptado unas proporciones grotescas. Los médicos dicen haber hallado alrededor de treinta mil epidemias, síndromes, trastornos y enfermedades en el Homo Sapiens. Para cada enfermedad hay una pastilla. Cada vez con mayor frecuencia, para cada nueva pastilla hay una nueva enfermedad. Esto se conoce como disease mongering (tráfico de enfermedades). Los traficantes de enfermedades obtienen su dinero gracias a las personas sanas a las que convencen de que están enfermas.
Una vez una enfermedad inventada se ha introducido en la conciencia de la gente, los pacientes y la seguridad social pagan los medicamentos y las terapias correspondientes. Hasta el momento, todas las reformas de la sanidad han obviado la oportunidad de acabar con la medicalización: no existen obstáculos para la explotación legal de la seguridad social y de los crédulos que lo pagamos de nuestro bolsillo.
BigPharma es la asociación que aglutina a las grandes multinacionales del sector farmacéutico, estas empresas generan unos beneficios económicos superiores a cualquier otro sector de la economía, es decir, el comercio de algo tan fundamental para la vida como las medicinas es uno de los negocios más lucrativos que existen y supera la línea de la inmoralidad con creces. Este negocio se fundamenta en dos grandes pilares: las patentes y la regulación del comercio.
En el caso de España existen dos tipos de patentes médicas: por un lado están las patentes de procedimiento que se otorgan a los medicamentos anteriores al año 1992 y que duran diez años; por otro lado están las patentes de producto que tienen una duración de veinte años. Esto significa que durante veinte años nadie puede fabricar ni comercializar sin permiso expreso de la empresa propietaria ninguno de los medicamentos patentados.
La industria farmacéutica se defiende diciendo que si no existieran las patentes no habría innovación ni investigación en fármacos puesto que sin la exclusividad del comercio no se pueden pagar los altos costes de la investigación. Esto está muy bien, sin embargo, el sistema de patentes hace muchos años que funciona y la tasa de innovación disminuye año tras año. Lo único que aumenta es el número de medicamentos réplica (medicamentos básicamente iguales a los ya existentes) que no aportan ningún beneficio terapéutico pero que contribuyen a la cuenta de beneficios de estas empresas.
También hay que destacar que la industria se defiende diciendo que sin investigación los países más pobres jamás podrán superar su continuo estado de emergencia sanitaria. No obstante, apenas el 1% de los medicamentos que aparecen tienen relación con las enfermedades que devastan a esos países ya que todo el capital científico de las empresas se destina a la creación de fármacos encaminados a la venta en los países más desarrollados donde los beneficios son inmensamente mayores.
Es evidente que el uso de las patentes sólo sirve para una cosa: dejar morir a 30.000 personas diariamente por no tener acceso a medicamentos esenciales y a que haya más de 2.000 millones de personas no tengan acceso a la asistencia sanitaria básica.
Un ejemplo de cómo actúan estas compañías: en nuestro país Farmaindustria (así se llama la patronal del sector) propuso hace unos años al gobierno español invertir 300 millones de euros en investigación de enfermedades raras durante cinco años, a cambio de tan generoso gesto pidieron que se endureciera la protección sobre las patentes de fármacos (al parecer veinte años de monopolio les parece poco tiempo para forrarse).

Como vemos las farmacéuticas prefieren dedicar su esfuerzo a producir medicamentos para las sociedades opulentas, a pesar de que pudiera parecer que con la universalidad de la asistencia sanitaria (en estas sociedades) debería ser justo lo contrario puesto que gozamos de una elevada calidad de vida según la OMS. ¿Qué es lo que nos venden?

Las grandes empresas dedican un tercio de sus ingresos y de su personal a lanzar medicamentos al mercado, a sabiendas de que cuentan con la complicidad de la administración y de un amplio porcentaje del sector médico dispuesto a vender sus conocimientos para servir a sus intereses. Pero no se contentan con eso, sino que su estrategia fundamental es el trato directo con el paciente/consumidor despertando su necesidad de un tratamiento médico. No es casualidad el auge de la automedicación y de las revisiones constantes fomentadas desde todos los ámbitos de la sociedad (centros educativos, de trabajo, médicos y medios de comunicación). En este sentido, la industria llega a crear asociaciones de personas afectadas para dar a conocer las enfermedades a toda la población.

Las cinco variantes del comercio de enfermedades con personas sanas:
-         La venta de procesos normales de la vida como problemas médicos.
El colesterol es un componente vital del cuerpo humano, y el cerebro, por ejemplo, precisa grandes cantidades de colesterol: el órgano pensante se compone entre un 10 y hasta un 20% de colesterol. La mayoría de las células del cuerpo pueden fabricarlo cuando no está presente en la alimentación. Afortunadamente, pues sin esta molécula las células irían a pique. Sin embargo, nos sentimos aterrorizados ante la idea de un colesterol elevado, ¿por qué?
El colesterol no fue malo hasta que se lanzó una campaña mundial detrás de la cual estaban la farmacéutica Pzifer, Roche Diagnostics, la fabricante de margarina Becel y asociaciaciones de cardiólogos privados. Entre todos ellos, inventaron estudios, fijaron los niveles a partir de los cuales era malo tener colesterol e idearon las supuestas soluciones. No existen estudios científicos que demuestren que tener más de 200 de colesterol sea peligroso, sin embargo, millones de personas se medican diariamente por esta razón.
-         La venta de riesgos como enfermedad.
El claro ejemplo es la osteoporosis, que ha pasado, en pocos años, de ser una posible complicación normal que sucede con la edad, a una dolencia que afecta a todas las mujeres y, cada día que pasa, a más hombres. Este cambio inducido por la industria y secundado por los médicos ha posibilitado la venta de millones de tratamientos.
-         La venta de síntomas poco frecuentes como epidemias de extraordinaria propagación.
Un ejemplo usual es la disfunción eréctil. Desde la aparición de la Viagra, Pfizer (su fabricante) ha inundado los medios con estudios que aseguran que su prevalencia es del 50% (unos de cada dos hombres la padece). Baste decir que el índice más alto encontrado en un estudio científico serio en España es del 12%.
Pero, los hay de proporciones gigantescas como las diferentes variantes de gripe (aviar, porcina,...) que periódicamente amenazan con acabar con la humanidad.
-         La venta de síntomas leves como indicios de enfermedades más graves.
Aquí podríamos hablar del síndrome del colon irritable, grave enfermedad fruto de tres años de una agresiva campaña de marketing de la compañía GlaxoSmithKline. Esta campaña consiguió que este síndrome pasara de trastorno psicosomático a enfermedad real precursora de otras mucho peores (menos mal que ya tenían el medicamento preparado para vender que si no...).
-         La venta de problemas personales y sociales como problemas médicos.
Es increíble cómo se puede presentar el estado de ánimo de cualquier persona como enfermedad psiquiátrica. Un ejemplo: la empresa Roche lanzó una campaña en Alemania por la que de la noche a la mañana millones de personas que, hasta ese momento eran tímidos, pasaron a sufrir un grave trastorno conocido como fobia social que, afortunadamente se logra estabilizar (que no curar) con un antidepresivo oportunamente comercializado por Roche.
Este apartado es especialmente importante porque no sólo lucra a las farmacéuticas sino que ha encontrado la total complicidad de los aparatos sanitarios estatales hasta tal punto que hoy en día cualquier médico de familia te receta un antidepresivo (basta decir que no puedes levantarte por las mañanas) o un tranquilizante (para poder descansar por la noche) si se lo pides. Hace años esto quedaba estrictamente enmarcado en el ámbito de la salud mental pero gracias a la acción del Estado se ha convertido en una de las mejoras formas de control social (encima lucrativa a más no poder).

Toda esta situación se ha favorecido con la regulación del comercio de medicinas. Aquí aparece en escena la OMC (Organización Mundial del Comercio) que no es otra cosa que un lugar donde los países más ricos imponen su ley al resto del mundo. Este club de comerciantes que es la OMC se refiere a las medicinas como mercancía cuya finalidad es servir a la rentabilidad de las empresas farmacéuticas. La OMC ha proclamado con los hechos que el derecho al comercio y al lucro prevalece sobre el derecho de los seres humanos. Esto ha provocado que, por ejemplo, Pfizer (primera compañía mundial) tiene un presupuesto anual superior al PIB de un país como Suecia.
Las leyes del mercado no son las únicas que impulsan la propagación de la medicina. Su rápido avance también se debe a que desde hace décadas la medicina no ha conseguido ningún éxito. Curiosamente, coincide bastante en el tiempo el momento en que dejan de producirse avances médicos con el momento en que se regula el comercio y se declara a los medicamentos como una mercancía cualquiera. A partir de ese momento, el objetivo de la investigación médica cambia y deja de buscar soluciones a las enfermedades para empezar a buscar medicamentos que cronifiquen los problemas pero que no los solucionen. Para hacernos una idea del negocio de la medicalización baste decir que mientras la Organización Mundial de la Salud reconoce que hay apenas unos 400 medicamentos útiles para la salud humana, alrededor del mundo se comercializan más de 50.000.


En los países ricos los medicamentos suponen alrededor del 30% de todo el gasto en salud. En España el gasto sanitario público ronda los 65.000 millones de euros, es decir, que alrededor de 20.000 millones se destina a medicamentos y terapias.
Este enorme coste se suele justificar, como hemos visto, con el argumento de que las compañías farmacéuticas invierten sus beneficios en la investigación y desarrollo de nuevos productos que alargan la vida, mejoran la calidad de vida y evitan tener que recurrir a tratamientos más costosos. Pero la realidad es que la industria farmacéutica invierte el doble en promoción que en I+D, que ésta no es ni debería ser tan cara como se dice, y que la mayoría de los nuevos fármacos no son en realidad tan nuevos, sino versiones modificadas de otros ya disponibles y menos costosos. Se dice que un medicamento es eficaz cuando en realidad sólo es superior a un placebo en algún aspecto (y no necesariamente en todos). Para aprobar un nuevo fármaco, la legislación de la UE sólo exige que se demuestre que es superior a placebo como si viviéramos en un vacío terapéutico. Antes de su aprobación, los nuevos fármacos no son comparados con los anteriormente disponibles. Una vez más, vemos como toda la legislación está encaminada a favorecer el negocio de las grandes empresas. Hasta en el caso de la salud de los seres humanos, lo primero es el beneficio económico.

En la UE, la Agencia Europea para la regulación de los medicamentos es la encargada de decidir que medicamentos pueden ser vendidos debido a su efecto beneficioso sobre la salud. Sin embargo, la Agencia Europea recibe el 80% de su presupuesto directamente de la industria farmacéutica con lo que nos podemos imaginar su objetividad a la hora de regular este tema.

Los dirigentes de las compañías farmacéuticas rinden cuentas ante los accionistas y este hecho explica su comportamiento, pero los dirigentes del Estado y de los sistemas de salud deberían rendir cuentas ante el pueblo. Cuentas sobre su responsabilidad por la patología de origen iatrogénico. Cuentas sobre su responsabilidad por el expolio económico y cultural del sistema de salud por la industria tecnológica. Cuentas sobre la transparencia en la toma de decisiones.

Finalmente, en esta sociedad jerarquizada en la que vivimos la medicina, en formas diferentes según la cultura, ha sido y es una forma de poder (dominación sobre los demás) basada en la magia. Sólo que en la actualidad la magia se reviste de argumentos aparentemente científicos. La atención a la salud está cada día más impregnada de valores de mercado, y las funciones de cuidar, curar y rehabilitar han perdido la centralidad. Es el ejercicio de este poder lo que una vez más une a los grandes capitalistas con los Estados. Beneficios económicos para el Capital y control social para el Estado. Esta es la combinación perfecta para que nada cambie.

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