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miércoles, 24 de diciembre de 2025

Navidades sin Rodney de Isaac Asimov


 Todo comenzó con Gracie (mi esposa durante casi cuarenta años) que deseaba dar a Rodney permiso para pasar una temporada de vacaciones, y la cosa acabó conmigo en una situación por completo imposible. Se lo voy a contar si no le importa, porque tengo que decírselo a alguien. Naturalmente, he cambiado los nombres y los detalles para nuestra propia protección.

Ocurrió hace exactamente un par de meses, a mediados de diciembre, cuando Gracie me dijo:

—¿Por qué no le das permiso a Rodney para disfrutar una temporada de vacaciones? ¿Por qué no debería celebrar también las navidades?

Recuerdo que en aquel momento no tenía enfocada mi óptica (existe una gran cantidad de alivio dejando que las cosas se pongan neblinosas cuando se desea descansar o, simplemente, escuchar música), pero las enfoqué rápidamente para ver si Gracie sonreía o guiñaba de alguna manera el ojo. En realidad, tampoco es que tenga demasiado sentido del humor.

No sonreía. Tampoco guiñaba el ojo.

—¿Por qué demonios iba a concederle un permiso?

—¿Y por qué no?

—¿Se te ocurre dar vacaciones al frigorífico, al esterilizador, al holovisor? ¿Deberíamos apagar el generador de corriente?

—Vamos, Howard —respondió—. Rodney no es un frigorífico ni un esterilizador. Es una persona.

—No es una persona. Es un robot. No desearía unas vacaciones.

—¿Y cómo lo sabes? Y claro que es una persona. Se merece la oportunidad de descansar y disfrutar de una atmósfera de vacaciones.

No iba a discutir con ella que aquella cosa fuese una «persona». Supongo que conocerá esas encuestas en las que se indica que a las mujeres es más probable que no les gusten o tengan miedo a los robots de como les ocurre en igualdad de circunstancias a los hombres. Tal vez esto se deba a que los robots tienden a efectuar lo que, en un tiempo, en los malos tiempos, se llamaba «trabajo de mujeres» y las mujeres teman convertirse en unos seres sin utilidad, aunque siempre pensé que eso debería encantarles. En cualquier caso, Gracie sí está encantada y, simplemente, adora a Rodney. (Ésta es su expresión al respecto. Un día sí y otro también no cesa de repetir: «Adoro a Rodney.»)

Debe comprender que Rodney es un robot anticuado, que hemos tenido con nosotros ya durante siete años. Fue ajustado para adecuarse a nuestra anticuada casa y a nuestras anticuadas maneras de ser, y yo mismo me encuentro del todo complacido con él. A veces pienso en conseguir uno de esos empleos modernos y elegantes, en que todo se halla automatizado, como el que tiene nuestro hijo, DeLancey, pero es algo que Gracie nunca acabaría por poder resistir.

Pero luego pensé en DeLancey y dije:

—¿Cómo le vamos a dar vacaciones a Rodney, Gracie? DeLancey va a venir con su maravillosa esposa. (Yo siempre empleo esa expresión de «maravillosa» en un sentido sarcástico, pero Gracie nunca se da cuenta; resulta asombroso cómo insiste siempre en buscar el lado bueno de las cosas, incluso cuando éste no existe.) ¿Y cómo vamos a tener la casa en buena forma, y conseguir la comida y todo lo demás sin Rodney?

—Pero precisamente si se trata de eso —se apresuró a responder—. DeLancey y Hortense podrían traer su robot y éste lo hará todo. Ya sabes que no aprecian mucho a Rodney, y les gustaría sobremanera mostrar lo que puede hacer él de ellos. Así Rodney descansará.

Gruñí y dije:

—Si eso te hace feliz, supongo que podemos hacerlo. Sólo será cosa de tres días. Pero no quiero que Rodney se imagine que va a tener siempre vacaciones.

Naturalmente, se trataba de otra broma, pero Gracie se limitó a responder con rapidez:

—No, Howard, hablaré con él y le explicaré que esto sólo ocurrirá de vez en cuando.

Ella no comprende por completo que Rodney se halla controlado por las Tres Leyes de la Robótica y que no hay que explicarle nada.

Por lo tanto, tuve que esperar a DeLancey y Hortense, y me dio la sensación de tener el corazón en un puño. DeLancey es mi hijo, como es natural, pero es un individuo muy móvil y de los que están siempre en la cumbre. Se casó con Hortense porque ésta tenía excelentes conexiones en el mundo de los negocios y podía ayudarle en su ascenso hacia la cumbre. Por lo menos había esto, y en ello confiaba, porque si tiene alguna otra virtud jamás he llegado a descubrirla.

Aparecieron con su robot dos días antes de Navidad. El robot relucía tanto como Hortense y parecía igual de duro. Le habían sacado el brillo para que resaltara al máximo y no exhibía en absoluto el aspecto torpón de Rodney. El robot de Hortense (estoy seguro de que había sido ella la que dictara su diseño) se movía absolutamente en silencio. Por una razón que no acabé de captar, estaba siempre detrás de mí, produciéndome casi un ataque al corazón cada vez que me daba la vuelta y tropezaba con él.

Pero aún resultó peor que DeLancey se trajera a su hijo de ocho años, LeRoy. Ahora es mi nieto, y puedo dar fe acerca de la fidelidad de Hortense porque estoy seguro de que nadie la tocaría de forma voluntaria. Pero tengo también que admitir que el meterle a él en un mezclador de hormigón le mejoraría de una manera inacabable.

Lo primero que él hizo fue preguntar si habíamos enviado a Rodney a la unidad de reclamación de metales. (Él lo llamaba el «lugar de la juerga».) Hortense olisqueó y dijo:

—Dado que traemos un robot moderno, confío en que mantengas fuera de la vista a Rodney.

Yo no dije nada, pero Gracie sí intervino:

—Claro que sí, querida. En realidad, le hemos dado vacaciones a Rodney.

DeLancey hizo una mueca, pero no respondió. Conocía muy bien a su madre.

Yo medié, pacíficamente:

—Supongo que para empezar podíamos ordenarle a Rambo que nos preparé algo bueno para beber, ¿no os parece? Café, té, chocolate caliente, un poco de coñac…

Rambo era el nombre de su robot. No conozco la razón de que todos tengan que empezar por R. No existe ninguna ley al respecto, pero supongo que ya se habrá dado cuenta por sí mismo de que casi todos los robots tienen un nombre que empieza con R. Esa R supongo que tendrá que ver con robot. El nombre más corriente suele ser Robert. Deben de haber más de un millón de robots que se llamen Robert, tan sólo en el corredor del Nordeste.

Y, francamente, mi opinión es que ésta es la razón de que los nombres de pila humanos ya no empiecen por R. Hay Bob y Dick, pero no se encuentra ni Robert ni Richard. También hay Posy y Trudy, pero no Rose ni Ruth. A veces tropiezas con algunas R fuera de lo corriente. Conozco a tres robots que se llaman Rutabaga, y dos Ramsés. Pero Hortense es la única que yo sepa que ha llamado a su robot Rambo, una combinación silábica que no he encontrado nunca. Tampoco me ha gustado nunca saber el por qué. Estoy seguro de que la explicación demostraría ser de lo más desagradable.

Rambo probó desde el principio carecer de cualquier utilidad. Naturalmente, estaba programado para llevar la casa de DeLancey/Hortense, y era de lo más moderno y de lo más automatizado. Para preparar unas bebidas en su propio hogar, todo lo que tenía que hacer Rambo consistía en apretar los botones apropiados. (¡Me gustaría que me explicasen para qué alguien necesita un robot que sólo apriete botones!)

Es lo que él dijo. Se volvió hacia Hortense y manifestó con una voz de muñeca (no se trataba de la voz de chico de ciudad de Rodney, con sus atisbos de acento de Brooklyn):

—Señora, el equipamiento no es el adecuado.

Y Hortense dio al instante un bufido:

—¿Quieres decir, abuelo, que aún no tenéis una cocina robotizada?

(Hasta que nació LeRoy no se me dirigía a mí con ningún nombre en absoluto, aullando como es natural; pero luego, de pronto, me comenzó a llamar «abuelo». Naturalmente, nunca me llamó Howard. Eso me mostraría que yo era humano, o, más improbablemente, que ella era humana.)

Dije:

—En realidad, está robotizada cuando Rodney se ocupa de la cocina.

—Eso me parece —respondió—. Pero ya no vivimos en el siglo XX, abuelo.

Pensé: «Eso es lo que me gustaría a mí.»

Pero me limité a responder:

—Podrías programar a Rambo para que pusiese en marcha nuestros controles. Estoy seguro de que puede verter y mezclar y calentar y hacer cualquier otra cosa que resulte necesaria.

—Estoy segura de que sí podría hacerlo —repuso Hortense—, pero gracias a los Hados no tiene por qué hacerlo. No voy a interferir en su programación. Eso le convertiría en menos eficiente.

Gracie intervino, preocupada, pero amistosa:

—Si no podemos interferir en su programación, en ese caso simplemente deberíamos impartirle instrucciones, paso a paso, pero yo no sé cómo se hace. Nunca lo he hecho.

Yo dije:

—Se lo podría explicar Rodney.

Gracie terció:

—Oh, Howard, hemos dado vacaciones a Rodney.

—Lo sé, pero no le vamos a pedir que haga algo. Sólo le diremos a Rodney lo que hay que hacer, y luego quien lo haría sería Rambo.

En este momento intervino Rambo:

—Señora, no hay nada en mi programación o en mis instrucciones en donde resulte obligatorio para mí el aceptar órdenes dadas por otro robot, especialmente por uno que es un modelo más anticuado.

Hortense intervino de nuevo, siempre con suavidad:

—Claro que no, Rambo. Estoy segura de que el abuelo y la abuela lo comprenden.

(Me percaté de que DeLancey no pronunciaba una sola palabra. Me pregunté si alguna vez habría dicho lo más mínimo estando su esposa presente.)

Dije:

—Muy bien. Verás lo que podemos hacer. Le pediré a Rodney que me diga a mí las cosas y yo luego se las explicaré a Rambo.

Rambo no replicó nada ante esto. Incluso Rambo está sujeto a la Segunda Ley de la Robótica, que le hace del todo obligatorio el obedecer las órdenes de los humanos.

Los ojos de Hortense se entrecerraron y supe que le hubiera gustado decirme que Rambo era un robot lo suficientemente ajustado como para que se le impartieran órdenes acerca de las cosas que me gustasen a mí, pero un atisbo de algo distante y rudimentariamente casi humano le impedía hacer algo así.

El pequeño LeRoy no se hallaba sometido a unas restricciones casi humanas.

Dijo:

—No quiero tener que ver la espantosa jeta de Rodney. Estoy seguro de que no sabe hacer nada, y si lo hace el abuelito se va a equivocar por completo.

Pensé que sería algo de lo más agradable el poder estar a solas con el pequeño LeRoy, durante cinco minutos, para poder razonar calmadamente con él, con un ladrillo, pero el instinto de madre le decía siempre a Hortense que no debía dejar nunca a solas a LeRoy con un ser humano de cualquier clase.

Realmente, no había nada que hacer excepto sacar a Rodney de su nicho en el armario donde había estado disfrutando de sus propios pensamientos (me pregunto si un robot tiene pensamientos propios cuando está a solas) y ponerle a la obra. Aquello resultó muy duro. Mi robot tenía que decir una frase, luego yo debía repetir la misma frase y, a continuación, Rambo hacia esto o aquello, luego Rodney decía otra frase, y así indefinidamente.

Todo aquello costó el doble de tiempo que si Rodney lo hubiera hecho todo por sí mismo, y aquello me sacó de mis casillas, puedo jurárselo, porque las cosas tuvieron que hacerse así: usar el lavavajillas/esterilizador, cocinar el festín de Navidad, limpiar el revoltillo de encima de la mesa o del suelo, en fin todo.

Gracie siguió quejándose porque se habían echado a perder por completo las vacaciones de Rodney, pero no pareció percatarse en ningún momento de que lo mismo había sucedido con las mías. De todos modos, siempre he admirado a Hortense por la forma en que dice algo desagradable en cualquier momento en que ello resulta necesario. Me di cuenta, en particular, de que nunca llegaba a repetirse. Cualquiera puede mostrarse desagradable, pero el convertirse en continuadamente creativo en ser desagradable me llenaba de un perverso deseo de aplaudir alguna que otra vez.

Pero, realmente, lo peor de todo se produjo en Nochebuena. Ya se había colocado el árbol y yo me encontraba agotado. No poseíamos un tipo de situación en que una caja automatizada de adornos pudiese colocarse en un árbol electrónico, y que con sólo apretar un botón se obtuviese como resultado una instantánea y perfecta distribución de los adornos. En nuestro árbol (confeccionado de un ordinario y anticuado plástico), los adornos debían colocarse uno a uno, y a mano.



Hortense pareció trastornada, pero yo dije:

—En realidad, Hortense, esto significa que puedes mostrarte creativa y realizar una disposición del conjunto completamente propia.

Hortense hizo unos ruidos con las narices, que más bien parecieron el rascar de unas garras sobre una pared burdamente encalada, y salió de la habitación con una expresión del todo obvia de náuseas en su rostro. Me incliné hacia su espalda en retirada, contento de ver cómo se marchaba, y luego comenzó la tediosa tarea de escuchar las instrucciones de Rodney e írselas pasando a Rambo.

Cuando todo acabó, decidí descansar mis doloridos pies y mente, sentándome en un butacón en un rincón alejado y poco iluminado de la estancia. Casi había conseguido acomodar mi reventado cuerpo en el sillón, cuando entró el pequeño LeRoy. Supongo que no me vio, o, una vez más, me había simplemente ignorado como si yo constituyese sólo la parte menos importante e interesante de los muebles que alhajaban la habitación.

Lanzó una mirada desdeñosa hacia el árbol, y le dijo a Rambo:

—Oye, ¿dónde están los regalos de Navidad? Supongo que el abuelito y la abuelita me han preparado unos de los más piojosos, pero no quiero tener que esperar hasta mañana por la mañana para tenerlos.

Rambo respondió:

—No sé dónde están, amito.

—¡Vaya! —repuso LeRoy.

Volviéndose hacia Rodney, le dijo:

—Y qué pasa contigo, cara sucia. ¿Sabes dónde se encuentran los regalos?

Rodney se hubiera encontrado en los límites de su programación, de haberse negado a contestar a una pregunta, basándose en no saber que se estaban dirigiendo a él, puesto que su nombre era el de Rodney. Y no el de Cara sucia. Estoy casi seguro de que ésta podría haber sido la actitud de Rambo. Sin embargo, Rodney estaba hecho de otra pasta.

Respondió educadamente:

—Sí, lo sé, amito.

—¿Así que dónde están, vomitona rancia?

Rodney replicó:

—No creo que sea prudente el decírtelo, amito. Eso disgustaría a Gracie y a Howard, a los que les gustaría entregarte los regalos personalmente mañana por la mañana.

—Escucha —le dijo el pequeño LeRoy—, ¿quién te crees que eres para hablarme de esa manera, robot idiota? Te acabo de dar una orden. Y tienes que traerme esos regalos.

Y en un intento de mostrar a Rodney quién era realmente el amo, propinó al robot una patada en la espinilla.

Aquello fue un error. Yo lo había previsto un segundo antes de que ocurriera, y aquél fue un segundo de lo más delicioso. A fin de cuentas, el pequeño LeRoy ya estaba preparado para irse a la cama (aunque dudaba de que nunca estuviese preparado para irse a la cama antes de hallarse a gusto y dispuesto a ello). Por lo tanto, llevaba zapatillas. Y, lo que es más, la zapatilla se le salió del pie al dar la patada, por lo que acabó estrellando con toda la fuerza los desnudos dedos de su pie contra el sólido metal de acero cromado que constituía la espinilla del robot.

Se cayó al suelo aullando, y al instante se presentó allí su madre:

—¿Qué pasa, LeRoy? ¿Qué te ocurre?

En aquel momento el pequeño LeRoy tuvo la inmortal cara dura de gritar:

—Me ha golpeado. Ese viejo monstruo de robot me ha golpeado.

Hortense empezó a chillar. Me vio y me vociferó:

—Hay que destruir ese robot tuyo.

—Vamos, Hortense —repliqué—. Un robot no puede golpear a un niño. Lo prohíbe la Primera Ley de la Robótica.

—Pero se trata de un robot viejo, de un robot estropeado. LeRoy lo dice.

—LeRoy miente. No existe ningún robot, por viejo o estropeado que pueda estar, que llegue a golpear a un niño.

—Él lo hizo. Abuelito, él lo hizo —aulló LeRoy.

—Quisiera haberlo hecho yo mismo —respondí en voz baja—, pero ningún robot me lo hubiera permitido. Pregúntalo tú misma. Pregúntale a Rambo si se hubiera quedado quieto, en el caso de que Rodney o yo hubiésemos pegado a tu hijo. ¡Rambo!

Di la orden y Rambo contestó:

—Yo no hubiera permitido que se le hubiese hecho ningún daño al amito, señoras, pero no sé tampoco qué se proponía. Le propinó a Rodney una patada en la espinilla con el pie desnudo, señora.

Hortense jadeó y los ojos casi se le salieron de las órbitas, tal era su furia.

—En ese caso, habría alguna buena razón para hacerlo. Sigo queriendo que se destruya tu robot.

—Vamos, Hortense. A menos que quieras estropear la eficiencia de tu robot intentándolo reprogramar para mentir, será un excelente testigo de todo cuanto precedió al puntapié. Lo cual no ha dejado de ser un gran placer para mí.

Hortense se fue al día siguiente, llevándose con ella a un LeRoy con el rostro pálido (resultó que se había roto un dedo del pie, algo que no había dejado de tener bien merecido), y del siempre privado del habla DeLancey.

Gracie se retorció las manos y les imploró que se quedasen, pero yo observé su marcha sin la menor emoción. No, esto es mentira. Miré cómo se iban con montañas de emociones y todas ellas placenteras.

Más tarde le dije a Rodney, cuando Gracie no se hallaba presente:

—Lo siento, Rodney. Han sido unas navidades horribles, y todo ello porque hemos intentado pasarlas sin ti. Te prometo que eso no sucederá nunca más.

—Gracias, señor —repuso Rodney—. Debo admitir que ha habido varias veces durante esos días en que desee con todas mis fuerzas que no existiesen las Leyes de la Robótica.

Sonreí y asentí con la cabeza, pero aquella noche me desperté en lo más profundo de mis sueños y comencé a preocuparme. Y he estado preocupándome a partir de entonces.

Admito que Rodney se vio probado al máximo, pero un robot no puede desear que las leyes de la Robótica no existan. No puede hacerlo, sean cuales sean las circunstancias.

Si informo de esto, indudablemente Rodney será desmontado, y si como recompensa nos facilitan un robot nuevo, Gracie, simplemente, nunca me lo perdonaría. ¡Nunca! Un robot, por nuevo que fuese, por talento que tuviese, no llegaría jamás a reemplazar a Rodney en su afecto.

En realidad, nunca me perdonaría a mí mismo. Dejando aparte mi propia relación con Rodney, no podría soportar el conceder a Hortense semejante satisfacción.

Pero, si no hago nada, viviré con un robot capaz de desear que no existan las leyes de la Robótica. Desde el momento de desear que no existan a obrar como si realmente no existiesen, sólo existe un paso. ¿En qué momento dará ese paso y en qué forma revelará que ya lo ha dado?

¿Qué debo hacer? ¿Qué debo hacer?

 


viernes, 31 de octubre de 2025

¡HAPPY HALLOWEEN!


Este año, a diferencia de los anteriores, no pude preparar una gran iniciativa de Halloween como suelo hacer. Entre los tiempos ajustados, las prácticas profesionales y el cierre de mi carrera para recibirme de Técnica Universitaria en Bibliotecología, los días se me fueron más rápido de lo que imaginaba.

Aun así, no quería dejar pasar una de mis fechas favoritas sin compartir algo con ustedes. Porque en Plegarias en la Noche, Halloween no se trata solo de disfraces o calabazas, sino de celebrar lo que más nos une: las historias que nos erizan la piel y encienden la imaginación.

Así que, aunque este año no haya una gran propuesta, los invito a acompañarme en una noche especial, donde una buena historia de terror será suficiente para mantener viva la tradición. Y agradecer a la autora Adriana Cloudy que todos los años nos comparte una historia de su autoría para compartirla con todos ustedes. 

¡Bienvenidos, una vez más, a la oscuridad de Plegarias en la Noche!

 


Hazlos Reír

Autora: Adriana Cloudy


 

Cuando sus compañeros votaron unánimamente por él, le quedó claro que lo odiaban. Tantos años trabajando en esa empresa y todavía lo trataban como si fuese un recién llegado.Apenas aparecía por la puerta las sonrisas se esfumaban, comenzaba el cuchicheo y las miradas volvían a fijarse en los monitores. Algo de su persona los exasperaba. No entendía el motivo de aquella antipatía generalizada, pero el desprecio por su presencia había alcanzado un nivel que se sintieron obligados a buscar un modo de humillarlo. Lo detestaban como se detesta un chicle pegado en el zapato. Cada uno de ellos querían su renuncia o al menos, que solicitara una larga ausencia por enfermedad.

Fingía no hacer caso de ese malestar colectivo, aceptando todos los chistes de mal gusto al que lo sometían cada semana. Siempre justificándolo como una broma para distender el ambiente laboral. La hoguera eran los grupos de Internet. Se la pasaban compartiendo una variedad de fotos, donde el infeliz, aparecía vestido a su manera y cada uno de ellos lo consideraba como el ejemplo de la moda del ridículo.En otras aparecía comiendo un sándwich que titulaban como mezcla repulsiva. Incluso hicieron un debate sobre su peculiar modo de comer y les respondió:

—Entiendo que ver sumergirse a un sándwich de miga en una taza de café con leche caliente puede alterarte un poco si no es tu costumbre, pero les sorprendería el extraño sabor resultante. No voy a privarme de ese placer en mi desayuno.

Aquel martes tuvieron la oportunidad perfecta para volver a mofarse de su compañero. Ignacio Ismael García es administrativo en una empresa dedicada a la producción de papel sanitario.No van a encontrar los rollos en los supermercados. La marca decidió ofrecer un producto especial para un mercado limitado pero con recursos. Se trata de una línea desarrollada para los grandes hoteles o restaurantes donde acude gente adinerada. Engalana a sus baños con diseños exclusivos, portando la más suave calidad de un papel higiénico, digno del trasero de un ángel.Las ventas se realizan en las mejores ciudades del mundo y cada temporada se presenta un modelo con un color y estampado nuevo.

Cuando llega Diciembre muchas empresas preparan una celebración de fin de año. Una fiesta íntima solo para sus empleados. Los diferentes niveles del equipo laboral se reúne para festejar el cierre de un año más de actividades. A la abundante cena se le suma algún espectáculo. Sobre el escenario suelen participar los trabajadores de las oficinas con actuaciones que pretenden entretener al sector laboral de la   fábrica.Desde los inexpertos cantantes hasta improvisaciones de humor, ofrecen una especie de homenaje por sus tareas  en la planta de producción. Para ese año se había contratado un salón de mayor tamaño, porque unas doscientas personas estarían presentes viendo como el empleado que supervisa el horario de entrada se despachaba con una serie de chistes o la voz de tenor de uno de los contadores se esfuerza interpretando un canción en italiano.

Pero ese año iba a ser diferente.

Todas las manos de los que estaban en la oficina se elevaron cuando Fabián Gutierrez apareció al mediodía diciendo que hacía falta elegir alguien para un standup. Le tocaba coordinar el evento de la fiesta y pensó en postular al tipo que se la pasaba en el rincón cerca de la ventana.

Enseguida sometieron la moción al voto y el pobre Ignacio quedó más blanco que el papel higiénico diseñado para una Navidad invernal. Tuvo intenciones de negarse, hasta que su mirada se cruzó con la sonrisa de Daisy Moreno que mantenía la mano levantada; ya no pudo articular una defensa. Movió la cabeza afirmativamente y siguió con su trabajo. A la salida interceptó a Fabián para advertirle que nadie se iba a reír si lo subían al escenario a lo cual su compañero, respondió:

—Amigo, mírate en el espejo te falta apenas unos arreglos pero tienes la pinta del comediante perfecto.

—¿Qué tengo de gracioso?

—Hay varios atributos que te favorecen. Podrías usar tu propio cuerpo para hacernos reír...se nota que la naturaleza no entiende de proporciones. Fíjate en tu nariz, el pelo, las orejas, y esos brazos tuyos...son tan largos.

—¿Me estás tratando de feo o de anormal?

—Los buenos comediantes se ríen de sí mismos, no se ofenden para nada. Y hacen de sus defectos el centro de su arte.

Uno de los que entregan reportes se bajó de la motocicleta y le preguntó a Fabián quién ocupaba el rol de humorista en la fiesta:

—Este año será...Ignacio Ismael García.

Ignacio se encogió de hombros y apuró a alcanzar el colectivo. En casa le contó a su madre sobre la ocurrencia de sus compañeros.

—No se van a reír planean humillarme a sus anchas. No soy tan boludo como ellos creen.

—Hijo, en ocho años ninguno intentó ser tu amigo...me acuerdo de la vez que te fuiste con ellos a un bar y no te hablaron.

—Me quedé con la cerveza en la mano, viendo como hablaban de sus fiestas...a las que nunca fui.

—¡Pero esta una buena oportunidad para vos!—exclamó la octogenaria.

—¿Buena...?

—Podes demostrarles que no sos un bicho raro...que te divertís y que el escenario no te da miedo.

—No soy un comediante...papá tenía mejor madera para eso.

—Tu padre podía sobrevivir a cualquier situación. Pero nunca lo hizo solo...me tenía a mí.

—Gracias, mamá. Le agregaste, el obvio fracaso que tengo con las mujeres a este día funesto.

—Vos sos un tipo exigente. Si no te la dieras de importante hace rato que estarías de novio con la Andrea.

—No me gusta Andrea—le dijo secamente.

Pero al decirlo se dio cuenta de que hacía con ella, lo mismo que hacían sus compañeros de trabajo con su persona. Se fijaba en unos defectos ridículos en lugar de buscar algo bonito en ella. Le parecía tonto su peinado, o su manera de caminar. Le causaba risa ver como arrastraba bolsas y mochilas cada vez que salía de su casa. En cambio, admiraba a Daisy Moreno porque venía al trabajo como una modelo, con ropa cara y tacos altos. Se mordió la lengua. Su madre no iba aceptar que tratara de compararlas, en especial, porque Andrea estaba dispuesta a mantener una conversación de más de cinco minutos con él y la bonita Daisy, no.

—Está bien—contestó—.Voy a preparar algo para esa fiesta. Y será inolvidable.

Tenía dos meses para ensayar. Miró muchos vídeos de comediantes profesionales. Hay una gracia natural en el humorista, a Ismael no le faltaba (en eso Gutierrez tenía razón) pero en el fondo se sentía un idiota.

Una semana antes de la fecha señalada ya estaba lista la rutina y la actuó para su madre y para Andrea.

—Es muy divertido—dijo Andrea con los ojos brillantes.

—¡Se van a reír mucho!—aseguró la madre con las mejillas enrojecidas.

—No estoy tan seguro—confesó apesadumbrado—. No creo que estén dispuestos a escuchar mis chistes.

—¿Y eso,por qué?—preguntó Andrea, con la que estaba iniciando apenas una amistad y se había cuidado de contarle los suplicios del trabajo.

—No les caigo bien. Me ofrecieron esta tarea porque saben que me da vergüenza socializar y estoy muy lejos de abandonar mi timidez.

—Bueno, es verdad...sos bastante tímido. Pero conmigo ya lo superaste.

Ignacio se sentó en medio de las dos mujeres y cuando suspiró, sintió un pellizco en el brazo que le dio Andrea diciendo:

—¡Tenes que convocar a un duende! Mejor dicho, hay que conjurar un duende para que te ayude.

La miró fijo pensando que, después de todo, Andrea era demasiado rara o estaba medio loca.

—En Irlanda creen en duendes—agregó la madre—,hasta ponen carteles para advertir cuando hay una aldea cerca.

—Los duendes existen—dijo Andrea—, nos rodean todo el tiempo. Son rebeldes, y juguetones.Y consiguen cosas de las fuerzas ocultas.Si tenes respeto por ellos, te comparten su suerte y te ayudan pero si no respetas su presencia, te hacen la vida imposible.

El sábado llovía.Quizás irían menos invitados y esta idea alivió bastante sus nervios. 

Antes de salir su mamá le acomodó el moño del esmoquin. Había sugerido que usara el esmoquin azul del finado padre, y se compre un moño rojo para darle un toque alegre.

Andrea extendió la mano con un pañuelo blanco que tenía un pequeño bulto envuelto. Era un terrón de azúcar.

—Yo te daré algunas monedas para que lo conserves en el bolsillo—prosiguió Andrea abriendo el monedero—. En la fiesta el duende se encargará de que se rían...si ellos no se ríen los va a castigar.

—¿A dónde está?—preguntó Ignacio, guardando el pañuelo en el bolsillo solo por amabilidad.

—Dónde va a estar...en el terrón de azúcar. Pide siempre que te ayude sin olvidar decir, por favor.

Ignacio se quedó callado. Un cuadradito de azúcar, eso era todo. Se miró al espejo. El cabello rubio le quedaba demasiado brillante a causa del gel, parecía plastificado. Estaba tan parecido a su viejo. Su papá también tenía los ojos azules y saltones y una sonrisa amplia con dientes desparejos. Las observaciones que hizo Gutierrez sobre lo grotesco en su cuerpo, las habría hecho también sobre su padre. Al darse cuenta de eso sintió un dolor en el pecho, que más que dolor fue una punzada de bronca.  

—Hazlos reír—exclamó la mamá antes de que se fuera.

La lluvia caía sin piedad sobre el asfalto. El taxista maldecía entre dientes cuando se metía por alguna calle con los desagües tapados. Era un temporal. Sin embargo, la fiesta no se suspendió. Pagó al taxista y fue por lo que sería una  gran noche de eso estaba seguro. Tuvo que dar varios saltos con el paraguas en mano hasta alcanzar la puerta del salón. En el bolsillo derecho guardaba las siete monedas pequeñas y en el izquierdo el pañuelo con el cuadradito de azúcar.

Fabián Gutierrez era el presentador.La gente de la empresa había llenado el salón. La parte ejecutiva sentada al frente. Todos se veían muy animados. Hubo un mago, que en realidad se mostró más como un malabarista, un trío de compañeras bailando como odaliscas  y dos de recursos humanos bailaron malambo. Cuando llegó su turno Gutierrez lo anunció de la siguiente manera:

—Es el hombre de la doble I , todo Inoportuno y un Insoportable. Lo digo con todo cariño, amigos. Vamos a darle un aplauso a Ignacio Ismael García.

Hubo una escueta cantidad de aplausos.

Sentía que estaba a punto de darle un ataque de pánico hasta que se fijó en la decoración del salón de fiestas. La ambientación había estado a cargo de Daisy Moreno y el resultado parecía la anticipación de una broma: Ramilletes de papel higienico se asomaban por todos lados. El papel sanitario era el centro de la noche. Este encuentro literalmente era para limpiarse el culo. Y entonces, con esa idea en la cabeza, se desató la verborragia de Ignacio Ismael García . Dejando de lado la rutina planeada se despachó con muchos chistes sobre los pormenores del uso de papel en el baño. Dio definidos detalles del modo de usarlo según fuera el usuario. Explicó que los niños, mujeres, ancianos, y hasta los solteros o casados tenían una forma distinta de limpiarse el trasero. En el fondo del salón los obreros de la planta se desarmaban de risa. Las carcajadas llegaban triunfales a las orejas de García. No obstante, cerca del escenario, sus compañeros de oficina lo miraban sin inmutarse. Permanecían quietos en sus asientos con la cara seria. Ignacio tensó las mandíbulas, y cambió el tono de voz:

—Soy el idiota de la oficina. Me consideran una piedra en el zapato. Cuando llego se apartan. Cuando me voy no me saludan. Cuchichean frente a mí y no disimulan ni un poquito que buscan siempre algo para criticarme.

Se acercó más al micrófono con la boca casi seca, continuó:

— Es mi último chiste.Quiero que se rían—dijo con suavidad.

Era evidente que nadie había escuchado lo que dijo. Un silencio se extendió por el salón, y una enorme luz blanca lo destacó en centro del escenario.

—¡Estoy harto, no tengo idea de porqué me detestan tanto! ¡Quiero que se rían! ¡Quiero que se rían!—gritó como un enajenado—¡Quiero que se rían! ¡Quiero que se rían!

Entonces, Igancio se calmó y sonriendo agregó:

—Por favor, tienen que reírse ¿ No sé que les hice para que me desprecien?Les molesta todo de mí. Yo entiendo, a veces pasa, hay gente que no te quiere y no pueden explicarte porque no les caes bien y para peor, estar en el trabajo, a veces, es una cagada.

Esperó la carcajada o un chiflido o un tomatazo, pero en cambio,se oyó un quejido. Daisy Moreno se dobló en su asiento y enseguida se escuchó un pedorreo horrendo, seguido de otro y otro. Era tan ruidoso lo que ocurría en la mesa de sus compañeros de oficina que los jefes atinaron a levantarse con intenciones de irse, pero retrocedieron al ver como se estaba poniendo el piso. En el piso desde las sillas una especie de chorrillo iba cubriendo las baldosas. En el fondo los trabajadores de la fábrica continuaban riendo. Pero en la mesas cercanas al escenario seguían retorciéndose. No podían evitarlo, era el castigo por no reírse.

—¿Qué sería de nuestra empresa si alguien no sufriera de una cagadera de vez en cuando?

Dijo Ignacio y se tocó el bolsillo donde guardaba el pañuelo que ya no estaba. Se había caído adelante de sus pies o quizás lo había sacado sin darse cuenta, pero el terrón de azúcar había desaparecido.Se estiró y quitó un rollo de papel higiénico que formaba parte de lo que simulaba un racimo de uvas y  lo lanzó desde el escenario.

—El de mejor calidad es para ustedes—les dijo apuntado hacia ellos y arrojando el rollo.

Después se despidió del público y al cruzarse con Fabián que abrazaba su estómago entre quejidos y sonidos involuntarios de su trasero, lo palmeó en el hombro y lo saludó diciendo: 

—Estuvo genial, ¿no te parece? Gracias, amigo.



martes, 24 de diciembre de 2024

Navidad, Caramelos y un Perro


Autor: Adriana Cloudy


La fiesta navideña muy dulce suele ser, pero lo que le ocurrió a cierto niño te hará palidecer. Se llamaba Manuel, apodado de cariño, simplemente “Lito” y era tan desobediente  que a su madre agotaba. Porque con ese niño, las penitencias no funcionaban. En su casa nunca ayudaba ni a colocar un mantel y apenas nadie lo vigilaba,  de sus deberes escapaba. El día de Nochebuena volvió su padre del trabajo y reparó de inmediato en la pobre madre cansada.

“¿Dónde estuviste, Manuel?” con seriedad inquirió.

Lito con la astucia del pícaro, un pretexto inventó:

“Tuve que pasear al perro que le dolía la panza.”

Y con un paso de danza el sinvergüenza se retiró.

Su padre le advirtió que nunca recibiría lo que todo el año esperó, si de ese modo seguía.

Sin embargo, a Lito esta sentencia no le importó.

Mirando desde su ventana espió toda la noche por la llegada de Santa. Pero  de pronto, algo lo sorprendió...

Su perro en el patio daba vueltas en círculos y cada vez que se sentaba un caramelo dejaba. Lito salió decidido a juntar esos dulces envueltos en papel de colores.

Que... cómo decirlo...su perro defecaba.

 


El animalito asustado del patio escapó afligido y detrás del perro fue Lito juntando cada caramelo mientras lo perseguía. El perro dobló en una esquina siempre con Lito detrás; llenando sus bolsillos de aquella inusual golosina.

Porque el perro corría y corría y de su pequeño ano otro caramelo salía.

Y quizás por exceso de alegría, el niño no se dio cuenta de que el camino escogido los llevaba al cementerio, donde muchos se perdían.

Apenas comprobó que estaba en ese sitio temido llamó a su perro enseguida y el pichicho la cola movió. Entonces,  algo pasó.

Una extraña voz lo interrumpió:

“¿Solito te vas a comer todos esos caramelos?”

Dijo alguien invisible que sintió palpando sus bolsillos.

Manuel pensando que se había topado con un ladrón, el primer caramelo desenvolvió.

“Ese es mi perro y estos son mis caramelos” con insolencia contestó.

Masticó, masticó y masticó. Y uno tras otro, se comió los caramelos que había recogido.

Hasta que la panza le dolió.

La voz,  otra vez, lo interrumpió:

“Recibiste tu regalo, ahora le daré uno mejor a tus padres.”

Manuel se dobló adolorido abrazando su estómago con fuerza y aunque quiso pedir ayuda solamente lanzó un gemido y algo similar a un ladrido. Miró a su perro un instante y así comprendió lo sucedido.

Y la voz misteriosa, dijo:

“Ahora vete a tu casa y sé un buen niño.”

El perro quiso mover la cola, pero como ya no tenía, simplemente sonrió y con su familia regresó.

viernes, 1 de noviembre de 2024

INICIATIVA: "UNA HISTORIA PARA MI FANTASMA" 👻 Afasia espectral de Adriana Cloudy


¡Bienvenidos/as a una nueva Iniciativa en Plegarias en la Noche! llamada “UNA HISTORIA PARA MI FANTASMA” porque este mes de octubre tu fantasma va a necesitar que lo entretengas.

 


Con el espíritu de Halloween 🎃 en el aire, nos sumergiremos en un mundo de terror y misterio cada viernes. Donde les estaremos contando una historia diferente llena de terror que nos harán temblar de miedo y nuestro fantasma estará feliz.

 


Los paso para sumarse es muy simple  😉 al igual que las Iniciativas de los años anteriores. Todos los viernes de octubre a las 22 hs de su país, cada Blog nos contaran cuentos, relatos, poemas y hasta leyendas exclusivamente de fantasmas. El formato lo eligen ustedes escrito o con un vídeo leyéndolo,  puede ser de su autoría o de algún autor/a que les guste (no se olviden de mencionar de quien pertenece), llevando por supuesto el Banner de la iniciativa y mencionando a Plegarias en la Noche, para que más bloggers quieran participar y llenemos este hermoso espacio en un lugar terrorífico 👻

 


Así que prepárense para sentir miedo, prepárense para temblar, y prepárense para descubrir que el terror y los fantasmas están mucho más cerca de lo que uno/a cree.

 

Afasia espectral

Autor: Adriana Cloudy



 

Luces que se apagan,

televisores que se encienden,

ventanas que se abren,

vasos que se vuelcan,

puertas que se cierran,

sábanas que me ahogan.



Yo solamente necesitaba

del sonido de su risa

para romper un cristal

primitivo y obsoleto

que me obliga a ver

las cosas en las que no creo.