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lunes, 20 de enero de 2025

Entrevista de Alfonso Armada a José Jiménez Lozano "Tiramos hacia el neardenthal, como la cabra tira al monte" (ABC, 13 de diciembre de 2002)

 


JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO

Escritor y Premio Cervantes

«Tiramos hacia el neandenthal, como la cabra tira al monte»

«Eremita de la literatura, castellano viejo puro, excelso prosista», el hombre que mejor retrató espiritualmente Castilla se desnuda»

«Tras la lluvia,/ en el jardín de arena, / un guijarro negro relucía / como el ojo del mundo. / Y quizás lo era». El poemita, casi haikú, se titula «Guijarro» brilla con luz propia en medio de Elegías menores, que José Jiménez Lozano dio a una imprenta valenciana este mismo año. Nacido en el villorrio abulense de Langa hace 72 años, «el solitario de Alcazarén» (otro pueblo a la orilla del mundo, pero esta vez en Valladolid, donde vive desde hace algunas eternidades) tiene un jardín con hierba y guijarros, sombra y tapia, pero sobre todo libros que alumbran como candiles en las noches frías de Castilla y un fuego que nunca es demasiado humano. Autor de cometas como Sara de Ur, o la impagable Guía espiritual de Castilla, a Pepe, como quiere que le llamen los que franquean la cancela de su casa sin temor a los arrumacos del perrazo Otto ni al librepensamiento de su dueño, hay que saber escucharle las paradojas claras y tolerarle el humo de los cigarrillos que encadena como si además de su escritura incansable (novelas, dietarios, ensayos, poemas) añadiera señales para los que ni leen ni quieren escuchar. Se ríe con facilidad, y cuando se enfada con los desgarraduras de la especie leda por la melancolía: «Tiramos más bien hacia el neandertal, como la cabra tira al monte». Le gusta prodigarse en la conversación, el artículo y el libro, pero para la entrevista hay que atraerle como a un buey, haciéndose el interlocutor buey también, y si tiene la suerte de frecuentar el toma y daca de la amistad, cuyo interés no se mide en maravedíes, miel sobre hojuelas. Así, gracias al correo electrónico, que a José Jiménez Lozano le sirve sin maravillarse más de la cuenta ni hacerse el desdeñoso posando de señor antiguo, se salvan incluso las versitas que van de Alcazarén a Nueva York como si un niño saltara una tapia y un arco iris pasara por encima de los páramos, la marea negra y todo el océano azul y tenebroso y sus perplejidades.

—¿Escribe Jiménez Lozano para los pájaros, para los hombres de hoy o para el porvenir?

—Se supone que se escribe para un grupo de lectores que, por las razones que sean, diríamos que están en la misma longitud de onda, tienen similares preocupaciones, curiosidades, sentires, melancolías, etcétera. Luego es otro asunto que se encuentre ese lector, y al fin y al cabo el mismo que el que el escritor encuentre su libro. Son cosas tan regidas por el azar o por toda una serie de circunstancias que a veces pueden resultar enigmáticas. Al fin y al cabo como encontramos un amigo, un amor. Se escribe para los muertos, dice Kierkegaard, en un determinado momento, pero no es caso ahora de glosar esta afirmación que parece así a primera vista desconcertante, pero parece que él tuvo a veces la idea de que escribía para lectores del pasado, porque el mundo en que vivía no iba a interesarse por lo que decía. Y una cosa así es más obvia quizás ahora mismo, en el digamos cambio o derrumbe cultural de este momento. Pero, aun así, se escribe para los propios lectores, las cuatro personas que no conoce el mundo, que diría Ezra Pound.

—Los periódicos le han acompañado en su encarnadura de escritor. ¿Cree que siguen sirviendo para estimular el espíritu comunitario y la conciencia del hombre, como quería Whitman, o bajan desbocados por la degradación que dicta la televisión? Ferlosio dice que no hay nada como un periódico para empezar el día y cabrearse con el mundo. ¿Participa de la misma eucaristía?

—El periódico es un invento ilustrado que quería extender el conocimiento de la realidad a la mayor parte posible de las gentes. Y Hegel pensaba que para el hombre racional era una especie de oración matinal que traía la buena nueva de los logros históricos del espíritu universal. Y ciertamente, digamos que hay como una corta edad de la inocencia del periodismo y de la publicidad, pero enseguida se vio que aquel invento podía servir para la lucha política y económica, y todo se estropeó bastante. Y luego se ha estropeado mucho más cuando efectivamente las técnicas de tutilimundi o circo donde se ven cosas de mucho morbo y atractivo que son las de la televisión. Ni se sabe cómo han pervivido pareciéndose todavía algo a aquella idea ilustrada. Quizás lo único que podía hacerlos ganar la batalla es negarse a esas imitaciones, y volviendo a aquella seriedad ilustrada, ya que no pueden hacerlo a su inocencia. Por lo demás yo no espero mucho del mundo, y en realidad los periódicos no me producen mucha sensación con lo que cuentan de él, y no suelo empezar el día con ellos.

—De Fray Luis a Jonás, de santa Teresa a Simone Weil, de Pascal a Spinoza. Con ellos se sienta a pensar en las mañanas y tardes de Alcazarén. ¿Qué tienen estos compañeros de viaje que le siguen a lo largo de los días y los años?

—No exactamente. Esos señores y señoras y otros por el estilo son muy viejos amigos, y se charla con ellos. Es lo que nos enseñaron que había que hacer.

—¿Qué trae en el zurrón su libro más reciente en el que habla de Jonás?     

—Se trata de una fábula cuyo protagonista es esta fascinante figura bíblica. Se trata de que los lectores vivan con Jonás como yo he vivido un tiempo y que les cuente cosas. Jonás creo que no llevaba equipaje, sólo un bastón, pero todo un bastón, y con él se paseó por Nínive, quiso venirse hasta Tarsis, y anduvo por el mundo del mar y su transmundo.

—¿Piensa a medida que escribe o escribe para poder pensar?

—No sé si entiendo bien la pregunta. Si se escribe un ensayo o un artículo, se trata ciertamente de un proceso racional y se controla racionalmente, y hay que pensar lo que se escribe. Si se escribe un relato se ve y se oye y el control racional queda más bien limitado -lo que no es poco-. No hablar uno mismo, que el cristal que se interpone entre lo que se narra y luego se leerá, y lo que se escribe sea lo más delgado posible, y, si es de aire, mejor.

—¿Este ser humano de ahora no tiene candil o es que la historia ni enseña ni alumbra?

—En realidad tenemos candiles y hasta luminosas hogueras, pero somos como somos, no sólo no nos regimos por la razón que diría Spinoza, sino que tiramos más bien hacia el neandertal, como la cabra tira al monte. Es un deslizadero más fácil que subir desde el neandertal, un camino que, por iluminado que esté, es cuesta arriba.

—¿Sigue siendo España un enigma histórico o hemos de echar el cierre a la funesta manía de interrogarnos sobre la identidad de una península demasiado abarrotada de historia?

—Sí, es realmente singular lo que ocurre con España, parece un ente de ficción siempre in faciendo. Quinientos años lleva ahí está España como comunidad socio-política y cultural, pero por lo visto está mal hecha, y cada cual tiene su proyecto como si fuera el del chalet, lo que resultaría divertido y chusco si se tratase de esquemas en el papel, y en este país de arbitristas ha habido muchas gentes fantasiosas que los han producido verdaderamente pintorescos, pero nunca trataron de llevarlos a la práctica. Eran ingeniosas y maravillosas propuestas, pero es que ahora, por lo de las posibilidades de la tecnología, se propone llevarlos a la práctica y a cuenta de todos. Parece algo exagerado, y hasta siniestro, teniendo en cuenta que algunos de esos esquemitas ya se experimentaron y mejor no recordarlo. El asunto es tan trágico y tan cómico que éste es el único país del mundo en el que hasta su mero símbolo, la bandera, causa traumas existenciales a muchos españoles, según se dice, y desde luego años enteros ha habido en que no se podía decir España. ¿Y les suena España a algo serio a las jóvenes generaciones? La verdad es que se ha hecho todo para hacer este mismo nombre despreciable. Me temo que lo vamos a pagar amargamente.

—Atentados terroristas contra Nueva York, vientos de guerra en el Golfo, siembra de cadáveres en Palestina... ¿Es la marea negra de la Costa de la Muerte una metáfora de algo además de su literalidad espantosa?

—No me gustan nada las metáforas y no sólo en poesía, y tampoco las explicaciones que no pasan por la mínima prueba de falsabilidad, y mucho menos las ideológicas y los catecismos omnicomprensivos. He nacido ya muy tarde como para creer en los humanitarismos o idealismos baratos sobre la historia de los hombres, que tan siniestros se han revelado, y no soy un politólogo que se supone que podría contestarle con un serio y fino análisis de toda esa situación. Hay también en este caso demasiados arbitristas que saben lo que hay que hacer; no voy a añadir una receta más. Sólo se me ocurre recordar que, en tiempos de los dos terribles y despreciables totalitarismos del siglo XX, que añadamos entre paréntesis han dejado tantas mañas en las democracias avanzadas, tantos pensares y sentires siniestros en todos nosotros y la famosa redentora modernidad, creo que fue Ionesco el que dijo aquello de que la historia se presentaba bajo la forma de dos vestidos con uniforme a la hora del lechero -algo que por cierto también le dijo a Mandelstam un comisario al prevenirle de las consecuencias de algunos de sus versos-, pero ahora parece haber cambiado aquella forma de su presencia y se encarna en colosales brutalidades. Como si, acostumbrados como estamos a la barbarie informativa, a la basura y los desechos, y a la presencia diaria de la violencia, se nos hubiera embotado el alma y necesitáramos algo más fuerte.

—Parece probado que ni la alta cultura ni las bellas artes nos vacunan contra el mal. Usted sigue escribiendo poemas breves como oraciones o haikús. ¿Son una forma de entendimiento o de consuelo?

—Yo no estoy tan seguro de que la alta cultura y la belleza no significan nada frente a la maldad. Desde luego no estamos en tiempos de las grandes sensibilidades y exquisiteces medievales de los tiempos más oscuros en los que el verdugo no se atrevía a atormentar en la cámara de tortura con una virgencita gótica por delante, y la echaba un paño negro a la cabeza. Pero lo cierto es que el arte y la cultura profunda nos hacen mucho más ineptos para la barbarie. «¡Éstos a la cocina!», decía Durruti de los intelectuales anarquistas. Permítame esta «boutade». Este es un tema mayor de nuestro tiempo en el que nos llena de vergüenza la actitud de la «intelligentsia», que decían los camaradas. Sería para hablar largo y es muy deprimente. Aunque claro está que, antes de seguir hablando con una simple decencia de cultura, hay que ventilarlo.

—Se habla mucho de la memoria, tanto para denostarla como para convertirla en efigie, aforismo y llave de marear. ¿Cree que hemos enterrado en falso los fantasmas de la guerra civil o le da terror empezar a remover viejos cementerios y fosas comunes olvidadas?

—Hay cosas que ni deberían nombrarse, por pura civilidad siquiera.

—¿Y qué hablaría con don Quijote y Sancho si asomaran una tarde a la tapia de su jardín de Alcazarén?

—Lo que se terciara.

***

«El crimen y el horror no significan nada»

—Su siglo ha sido el XX, con su gran cosecha de atrocidades y hallazgos maravillosos. Asoma la patita el siglo XXI y parece una pata vieja. ¿No tenemos cura o cuando Macbeth dice la vida no es más que un cuento narrado por un idiota, que nada significa, habla en realidad en nombre de los asesinos y los poderosos, no de los que padecen la historia, los humildes que no tienen voz para la imprenta y para los anales?

—La historia es como siempre, sólo que con un par de realidades altamente importantes que son el sustrato de Auschwitz y el Gulag: tecnología sofisticada y burocracia eficaz, como dice muy lúcidamente el señor Zygmunt Bauman en un estudio sobre el Holocausto. Y lo terrible es que a alguien pueda ocurrírsele echar mano de ellas para sus fines y con los pretextos que sean, que siempre serán los de hacernos más felices. Esto es algo más que un cuento contado por un idiota, y sí significa, aunque precisamente lo moderno es afirmar que no significa nada precisamente, lo que es todavía más desasosegante: el crimen y el horror no significan nada.

ALFONSO ARMADA, ABC, 13 de diciembre de 2002, pp. 52-55.

Forografía: HERAS


domingo, 19 de enero de 2025

Jesús García Calero entrevista a José Jiménez Lozano (ABC, 20 de abril de 2003)

 Jiménez Lozano, durante una conferencia en Santiago en 1999

«Estamos educando en la igualdad de la ignorancia, con pastillitas dogmáticas»

Este miércoles José Jiménez Lozano recibe el premio Cervantes de manos de Su Majestad el Rey. El escritor también abrirá la lectura continuada del Quijote en Madrid

—¿Cuál es el tema central del discurso que leerá el miércoles?

—Cervantes desde luego.

—¿Qué aspecto de Cervantes piensa defender?

—Voy a recrear lo que Cervantes significa entre los grandes de la cultura occidental, simplemente; y las que son sus lecciones de escritura y de lengua, la singular manera con la que mira a los hombres y al mundo, hecha de lucidez, ironía y misericordia.

—Decía Eliot que abril es el más cruel mes porque mezcla la memoria y el deseo. ¿Cómo está viviendo usted este abril, que mezcla los honores del Cervantes en lo personal con un escenario bélico como el que hemos vivido?

—En la vida siempre está mezclado el dolor con la alegría, y siempre hay a nuestro lado quien sufre cuando nosotros no sufrimos, o a la inversa. Y pocos momentos en el atroz siglo XX en los que río se hayan dado sufrimientos inmensos de guerra o de lo que se ha llamado paz, y ha sido la paz del aplastamiento de los seres humanos del modo más horrible. Lo único que nosotros podemos hacer es seguir con nuestra vida y nuestro trabajo como el policía de El huevo y la serpiente, de Ingmar Bergman, en medio del caos de la República de Weimar. Y echar una mano al prójimo, al que se tiene cerca. Es al que podemos ayudar, como terfemós obligación.

—¿Con qué pensamientos está vadeando la riada de contestación de nuestra sociedad y ciertos fenómenos de intolerancia que se han desatado en nuestras calles?

—La tolerancia siempre es algo que tenemos a cero, al levantarnos cada mañana. Es literalmente soportar lo que nos diferencia o nos opone al otro para que él tolere nuestra propia diferencia, porque lo que nos diferencia o nos opone es siempre menos que nuestra común humanidad. Y la tolerancia es un mínimum en una sociedad civilizada. La violencia siempre es la barbarie. La protesta es un acto de la conciencia, tranquilo y serio, y no tiene nada que ver con la intolerancia ni con la violencia, ni con la barbarie, lógicamente. Es una apelación de conciencia a conciencia en un plano individual o colectivo, civil y civilizadísimo. Otra cosa son las revueltas, los ensayos de revolución etc. Asuntos políticos muy conocidos, por lo demás.

—En momentos de movilizaciones tan perentorias como las de carácter bélico o las partidarias, ¿para qué cree que pueda servir la cultura?

—La cultura distancia al hombre del neandertal, le hace más difícil retornar ahí. Esto parece indudable. Steiner se muestra apesadumbrado y desconcertado ante el hecho de que algunos kapos de campos de concentración nazis escucharan a Bach; pero, si hubieran desposado la piedad de los cantos de Bach, ¿hubieran podido ser kapos? Muy difícilmente. Otra cosa es que les gustara o admiraran los puros sonidos consonados, pero esto no es ya Bach, puede ser cualquier cosa, podría sonar para dar un espacio musical a la tortura. Y hay aqui una meditación importante para las teorías tan modernas de la no significatividad del lenguaje, negación de la verdad y de la belleza, el desprecio o el olvido del rostro de los hombres, del escorzo de los animales y de toda la hermosura de la naturaleza en el arte actual. Sería para hablar largo y con demasiadas melancolías, y bastante inquietud, pero seguramente no es ahora el momento.

—¿Qué valor concede al arraigo en la literatura, en la labor de cualquier artista?

—La literatura es uno de los componentes de la cultura, y ésta es para todo hombre. El artista no es una excepción.

—¿Con qué confundimos el arraigo cuando lo convertimos en doctrina?

—Supongo que con la palabra arraigo usted se refiere a convicciones. Parece claro que nuestras convicciones son cernidas y sometidas cada día a contraste y crítica. O no serán convicciones, serán cerrazones.

—¿Qué limitación le pone a una cultura arraigada?

—Ninguna. Nunca estará lo suficientemente enraizada la cultura, tomada en sentido serio, claro está, porque tendrá que pasar por muchas tempestades, por todas las noches que este mundo tiene.

—¿Qué queda en nuestro espíritu de hoy de nuestro pasado islámico, o del hebreo?

—En el plano cultural, comenzando por la lengua española, y concluyendo por ciertos aspectos de nuestra antropología o existencialidad, queda bastante. Pero lo que no sé es si va a quedar tanto del cristianismo, o del judeo-cristianismo como se dice. Y, para tomar la cosa con un cierto humor, repetiré lo que mi amiga Julia Escobar suele recordarme que decía Flaubert acerca de le evolución de la humanidad occidental: paganismo, cristianismo, estupidismo.

—¿Qué deberíamos reivindicar de toda esa herencia hoy precisamente los españoles?

—No hay que reivindicar nada; reivindicar ya es instrumentalizar.

—¿Qué es lo que le atrae de la literatura de los místicos que otros autores no le conceden?

—Esta cuestión de la mística en relación conmigo no acabo de entenderla. Yo no he escrito ni media línea acerca de la mística en sí misma. Pero tampoco es que me atraiga ni me deje de atraer. Aldous Huxley ya explayó muy bien, por si hiciera falta, el fundante lugar que tiene en la historia y en la cultura, y los irremediables pasos que da un mundo hacia la oscuridad y la barbarie sin la presencia de los místicos. Y, naturalmente, este asunto no es una cuestión de que se conceda o no se conceda; lo que es, es; y allá luego cada cual.

—¿Qué es lo que no debe ser un escritor o un artista?

—Todo lo que no debe ser cualquier mortal. No creo que haya una ética específica para esos señores.

—Dicen que España está aprendiendo a gestionar sus recursos culturales: el idioma, los índices de lectura, el éxito del cine y de algunos literatos patrios allende las fronteras. Pero, ¿qué echa de menos en la presencia o en la vivencia de la cultura —en un sentido amplio— de nuestra sociedad?

—De estas cosas que usted me dice ni entiendo ni pienso entender. Una sociedad con una cultura seria no tiene tantos apañados ni problemas. Se vive en el seno de esa cultura sin sentirlo, como no sentimos especialmente un brazo hasta que comienza a dolernos, sencillamente porque algo va mal. Todo esto de lo que habla me parece que se refiere, más bien, a eso que se llama la cultura como un constructo más de los muchos constructos o fabricaciones de apariencias, o decididamente fraudes, de nuestro momento histórico.

—Usted detesta lo gregario. ¿Cree que estamos educando espíritus críticos, o libres, mejores que nuestros abuelos?

—¡Claro que detesto lo gregario! ¡No quiero ser oveja ni ovejo ni carnero, ni un imbécil feliz manejado por algún listo, y carne de matadero! Se está educando según el sistema del Chigaliev de los Demonios de Dostoievski, en la igualdad de la ignorancia, alimentados con pastillitas dogmáticas. Nuestros abuelos recibieron una educación inconmensurablemente más libre y seria que la que se da hoy. No encuentro ni una brizna de sentido crítico —¿en qué podría basarse, si no se sabe nada?— ni de libertad. Los griegos se sentían libres porque estaban sujetos a leyes divinas y humanas, y consideraban bárbaros a quienes no tenían esas leyes. No parece que haya otra forma de ser libres; así que no hay más que mirar en derredor y sacar las consecuencias. Tampoco hay otra forma de tener conciencia crítica que estudiar, me parece.

—Permítame preguntar por lo cercano, tal vez lo importante: ¿Qué le ha llamado la atención estos días en su jardín o en su casa, alguna luz, algún canto, alguna flor, cierta lectura, tal vez un color en las nubes?

—Casi cada año, en cuanto las lilas brotan me pregunto si se helarán. En esta Castilla con primaveras tan frías y en un mes tan hermoso y traicionero como abril, se está siempre en vilo. Y no sólo por las lilas.

—De sus lecturas de Cervantes, ¿cuál es el recuerdo que más satisfacción le otorga? ¿Algún personaje, alguna situación, algún pensamiento apoyado en un diálogo o en un pasaje...?

—Hay muchos personajes que me son muy queridos o que me fascinan por sí mismos, o por el enigma de sus vidas, y sobre todo las mujeres; pongamos la Costaneica, Feliciana de la Voz, o aquella muchacha, sin nombre, que aparece en medio de un bosque, en el Per siles, hablando de celos, y se va. Y un etcétera muy largo.

—En un país de 60.000 títulos anuales, ¿qué le exige a un escritor para que le llame la atención por sus palabras?

—Hay especialistas en esto de lo que hay que hacer para llamar la atención. Y casi siempre aconsejan hacer y decir tantas tonterías como en campaña electoral los políticos, pongamos por caso. Seguramente porque, como dice un eslógano comercial: Nunca hay que despreciar la estupidez del cliente. Pero se supone que un escritor no debería regirse por tal eslógano, y tiene algún respeto con su lector, como sin duda hay políticos que lo tienen con sus electores, y comerciantes con sus clientes. Se supone que un escritor busca lectores, y llegarlos a los adentros. Se supone.

Jesús García Calero; ABC, 20 de abril de 2003, pp. 64-65.

lunes, 28 de noviembre de 2022

"Misterios del Este" de Jorge Edwards (La Segunda, Santiago de Chile, 10 de septiembre de 2004)

 


Misterios del Este

Hace años tuve un libro de Augusto D’Halmar, me parece que una edición chilena de Nascimento, en el que presentaba y publicaba traducciones de un viejo poeta lituano de apellido Milosz. Era una poesía simbolista, de imágenes y ritmos nebulosos, entre musical y decadente, muy adecuada para entusiasmar al autor de La sombra del humo en el espejo. D’Halmar había conocido personalmente a Milosz, Oscar de Lubicz Milosz, si no me traiciona la memoria, en algún lugar de Europa, en París o en otro lado, y hacía un retrato suyo interesante: un emigrado de zonas misteriosas del norte, un marginal, un autor de obras de arte literario desconocidas, un aristócrata arruinado. Leí ese libro con simpatía y lo dejé extraviado en algún traslado de barrio o de ciudad. Dos mudanzas equivalen a un incendio, solía decir una señora inglesa que conocí en mi infancia, y cuando se trata de bibliotecas, la relación es todavía más desfavorable. Ando en busca de libros que tuve alguna vez, como ese de Augusto D’Halmar, como la Antología de poesía chilena nueva de Eduardo Anguila y Volodia Teilelboim, y espero encontrar junto a ellos unos cuantos cuentos de juventud y un par de obras de teatro de mi propia cosecha. Pero mi tema ahora es diferente. Acabo de enterarme por el cable de la muerte de Czesław Miłosz, pariente cercano del otro, también poeta, además de brillante ensayista y traductor, y autor de un libro que tuvo una celebridad casi clandestina, una difusión intensa, pero difícil, a fines de los años cincuenta y a comienzos de los sesenta, El pensamiento cautivo. Czesław Miłosz, que había nacido en Lituania en 191l, pasó toda la Segunda Guerra Mundial en la Varsovia ocupada por los nazis, donde publicó poemas en revistas y papeles de la resistencia. En el libro que acabo de mencionar, que es una mezcla de autobiografía y ensayo, un texto híbrido y revelador, como muchos de los mejores que produjo el siglo pasado, el escritor cuenta que un día de enero de 1945 se hallaba en la puerta de la choza de un campesino, en una aldea donde acababan de caer unos pocos obuses de pequeño calibre. De repente vio a una hilera de hombres que avanzaban por una planicie nevada. Al frente iba una muchacha que marchaba con grandes botas de fieltro y que esgrimía una pistola ametralladora. Era el primer destacamento del Ejército Rojo. Como todos mis compatriotas, escribe Miłosz, así fui liberado de la dominación de Berlín. Y agrega una frase lapidaria, que cuando la leí en los años cincuenta, en tiempos de hegemonía intelectual del marxismo de cuño soviético, sonaba como subversiva: “en otras palabras, quedé bajo la dominación de Moscú”.

Miłosz conoció la experiencia del escritor oficial, acogido y celebrado por el régimen, en los primeros tiempos de la Polonia comunista, en pleno apogeo del stalinismo. Fue premiado con un puesto de agregado cultural en Washington y poco después, en 1951, en París. Pero su libro nos revela un conflicto profundo, una rebeldía, una incomodidad, una insatisfacción que inevitablemente, necesariamente, se agudizaban. Hacia fines del año 51 abandonó su cargo y obtuvo asilo político en Francia. Poco después consiguió un puesto de profesor de literaturas eslavas en Berkeley, California, y publicó El pensamiento cautivo. Stalin murió en esa época, a comienzos de 1953, y los primeros procesos de deshielo, de revisión crítica del stalinismo en el interior de la Unión Soviética, se iniciaron en 1956, en la era de Nikita Kruschev. Como se ve, la historia de Czesław Miłosz es una biografía del siglo XX, una historia dramática y que él mostró en una obra rica y variada, de la que sólo conocemos unos cuantos hitos. Después de su ensayo autobiográfico leí poemas suyos en revistas de habla inglesa y supe que se traducían otros libros. En 1980, en años en que ya se notaba una disidencia fuerte en Polonia, Miłosz obtuvo el Premio Nobel. En medio de tanto centenario y tanto cumpleaños, entre cortinas de humo creadas por una prensa literaria cada vez más apresurada y superficial, nos hemos olvidado de todo esto. No puedo resumir El pensamiento cautivo en pocas líneas, pero reviso mi edición de la Universidad de Puerto Rico, me encuentro con mis notas de lectura de entonces y compruebo que las conclusiones son más complejas de lo que uno podría pensar. Miłosz acusaba a los escritores sumisos, a los seguidores obsecuentes de lo que él llamaba el Centro y el Método, es decir, del stalinismo en versión oficial, moscovita, pero a la vez mostraba la tremenda dificultad de la época. Él había sido escritor de gobierno, de orden, sometido por entero al realismo socialista, y sabía en qué consistía todo eso. En primer lugar, sabía que los escritores de su especie provenían de familias burguesas y pequeño-burguesas, de sistemas, de formas de orden, precisamente, que ya eran anacrónicas, apolilladas. Esto hacía que fueran proclives a aceptar las nuevas consignas, la Nueva Fe, como explica reiteradas veces en su ensayo. Eran intelectuales, filósofos, dramaturgos, poetas, que buscaban algo, una fuente de inspiración, un motivo de lucha, y ese algo ya no podía consistir en ideales de la Revolución Francesa o de la Independencia de los Estados Unidos. El choque con las autoridades del nuevo régimen, las de Polonia y las de Moscú, se producía muy pronto, pero la mayoría de las experiencias de los escritores o artistas que emigraban a Occidente eran decididamente malas. Esto no se dice con frecuencia, y no es un fenómeno que hayamos tomado en cuenta.

Miłosz, cuenta historias de poetas de países del Este que llegaban o París o a Londres, huyendo de los comisarios de la Nueva Fe, y tenían que trabajar de ascensoristas o de cuidadores de tiendas para subsistir. No se adaptaban al socialismo real, pero el capitalismo los recibía con toda su frialdad, con su perfecta indiferencia. Más de alguno regresó, arrepentido, y se incorporó a los engranajes del Este sin discutir tanto. En los años duros, en los de José Stalin, lo esencial, la exigencia básica, primera, irreversible, era aceptar en su totalidad, sin la menor reserva, la estética del realismo socialista. No era necesario ingresar al partido o entonar loas a las autoridades. Pero había que escribir poemas sociales, novelas realistas, y desconfiar por sobre todas las cosas de una desviación bautizada como “cosmopolitismo”. Ser cosmopolita consistía en admirar la obra de Franz Kafka, de William Faulkner, de T. S. Eliot, aun cuando se podían deslizar elogios moderados de The Wasteland (La tierra baldía), haciendo hincapié, por ejemplo, en los elementos críticos de la sociedad burguesa contemporánea que era posible advertir en el poema. Lo más seguro, sin embargo, explica Miłosz, era dedicarse al comentario de escritores de cualquier lengua anteriores a 1870. Así no se corría peligro. Y había siempre un hecho claro: ser escritor o intelectual en los países del bloque soviético, siempre que se aceptaran las orientaciones generales que venían de arriba, implicaba tener la subsistencia e incluso los premios, los honores, los puestos en las academias, perfectamente asegurados. En el exterior, fuera de este orden nuevo, de la sumisión al Método, como escribía Czesław Miłosz, se encontraba la intemperie, el peligro, la selva. Había que ser valiente y había que tener motivos sólidos para dar el paso y salirse del sistema. Ahora me pongo a pensar en castillos que sólo conocí de oídas, destinados a residencia de escritores, en editoriales complacientes, en restaurantes de lujo de Budapest donde los escritores comían por cuenta del Estado, en hoteles exclusivos, en termas destinadas a conservar la eterna juventud, en clínicas gratuitas, y comprendo tarde actitudes que antes no comprendía del todo. Si el crimen político fue uno de los rasgos negros del siglo pasado, el otro fue la sumisión, la perfecta hipocresía, las conductas incondicionales. Y tenemos que reconocer, ahora, que escapar era un acto de una audacia muchas veces suicida.

Uno relee ahora, con motivo de su muerte a los 93 años de edad, a Czesław Miłosz, y comprende que los fenómenos del socialismo real eran más complejos, más intrincados de lo que uno mismo pensaba. Miłosz fue silenciado por el mundo literario de Occidente, fue sometido a un proceso de linchamiento intelectual que muchos hemos sufrido en carne propia, y acaba de morir en estos días en un relativo olvido. Un editor me dijo en una oportunidad, hace ya cerca de veinte años, que no podía sacar una nueva edición de Persona non grata, mi testimonio cubano, porque acaba de aparecer una traducción nueva de El pensamiento cautivo y ya eran demasiadas cosas juntas.

La prudencia, el miedo que dominaban en el Este en aquellos años se trasladaban al Oeste. Lo curioso es que yo había leído primero al tío o al tío abuelo de Miłosz, en la versión del chileno Augusto D’Halmar; más tarde había encontrado al azar, y movido por el alcance de nombres, el extraordinario ensayo del sobrino, y todo esto terminó por influir de algún modo, junto a muchas otras influencias, desde luego, en mi propia escritura. Miłosz, por ejemplo, nos llamó la atención desde mediados de la década del cincuenta sobre el 1984, de George Orwell, libro que al parecer era enormemente leído por los miembros más encumbrados de la Nomenclatura, quienes encontraban en el precisiones de una lucidez asombrosa sobre las sociedades de su mundo, a pesar de que Orwell nunca las había visitado. Eran fenómenos paradójicos y que sólo se podían percibir desde muy adentro o desde la distancia. No está mal, por eso, que los saque a relucir ahora, aunque se trate de figuras y episodios del pasado. Al fin y al cabo, leo por ahí que muchos alemanes de hoy sienten una apasionada nostalgia de los tiempos del Muro de Berlín. Después de releer a Miłosz, entiendo, y a la vez me hago preguntas inquietantes sobre la condición humana.

Jorge Edwards, La Segunda, Santiago de Chile, 10 de septiembre de 2004. p, 9.

jueves, 13 de octubre de 2022

"El mundo de Europa oriental: una trágica pérdida de tiempo, de personas y de energía." Entrevista de Gabriela Adameşteanu a Ioan Petru Cualianu (22, núm. 13(63), 5 de abril de 1991)

 

"El mundo de Europa oriental: una trágica pérdida de tiempo, de personas y de energía." 

Entrevista de Gabriela Adameşteanu a Ioan Petru Cualianu  


Gabriela Adameșteanu: ¿Cuántos años tenías cuando marchaste de Rumanía?

Ioan Petru Culianu: 22. Como tu revista.

G.A.: Probablemente eres el único que se fue con esa edad, lo que te permite formar parte, de una manera más profunda, del nuevo mundo en el que te integraste.

I.P.C.: Ya antes vinieron otros. Por ejemplo, Andrei Codrescu. También es un gran escritor, y también es alguien apreciado extraordinariamente como reportero en los Estados Unidos. Como poeta es notable, pero su éxito no proviene de la poesía, sino del hecho de que muy a menudo retransmite para la National Public Radio, una estación de radio muy escuchada por la intelectualidad. La radio estatal en los Estados Unidos no tiene mucho dinero (solo las radios privadas tienen fondos importantes), pero hace programas de muy buena calidad. Y Andrei Codrescu es uno de los garantes de esa calidad. Conmigo es diferente. Escribo en seis idiomas; y cuando se escribe en seis idiomas, no se tiene, en realidad, un idioma propio.

G.A.: ¿Seguiste escribiendo literatura durante estos años?

I.P.C.: Escribí, y dejé de escribir. En realidad no tenía un idioma en el que escribir.

G.A.: ¿Cuándo se empieza a escribir en un idioma se pierde el otro?

I.P.C.: Creo que sí. Se tiene que decidir bien en qué idioma se escribe. Me marché a Italia, así que conozco muy bien el idioma italiano, pero solo últimamente escribo en italiano, porque es completamente diferente escribir cuando escribes para ti y cuando te piden que escribas algo. Obtuve dos doctorados en Francia, escribo mis libros científicos en francés, pero dudé mucho en escribir literatura en ese idioma. Eventualmente comencé a escribir en francés, pero publiqué en Italia. Las cosas no siempre salen como uno las planea. De hecho, casi nunca salen así.

G.A.: ¿Dejaste de escribir en rumano inmediatamente después de irte?

IPC: No, no. Escribí varias novelas en rumano que después deseché. Y me alegro de haberlo hecho: me di cuenta que es una extraordinaria suerte no tener que dar una salida inmediata a lo que uno escribe.

G.A.: ¿Es una oportunidad?

IPC: Sí. A veces creo que escritores muy prolíficos han tenido la desgracia de poder publicarlo todo.

G.A.: ¿Te refieres también a Mircea Eliade, en algunas de las prosas que escribió aquí?

IPC: Sí. Pero en su caso era una situación completamente diferente. Hubo muchas peticiones por parte de los editores.

G.A.: Pero no todos los escritores de la época escribieron un libro tan rápido. Él mismo confesó, en Las promesas del equinoccio, que después se arrepintió.

I.P.C.: La parte fantástica de la prosa de Eliade sigue siendo, en todo caso, muy interesante. En sus diarios afirma que escribió cierta prosa fantástica más rápido de lo normal. Aún así no creo que la velocidad sea necesariamente la culpable.

G.A.: ¿Escribes rápido?

IPC: No. Hace tiempo escribía muy rápido. Pero las historias siempre necesitan su tiempo. Crecen poco a poco, como las plantas. Aunque eso probablemente tú ya lo sepas. En cierto modo, cuando empiezo a escribir, la planta está ahí. Sé lo que es, y lo que tengo que decir, pero no empiezo a escribir hasta que no lo sé. Por esa razón no se debe escribir demasiado.

G.A.: ¿Seguiste lo que sucedió durante este tiempo en Rumania?

I.P.C.: Lo seguí con creciente dolor, desde la primavera. O desde el invierno. Al principio, muy al principio, no sospechaba nada. Tan bien aborregados estábamos por quienes organizaban el gran guión de la Televisión. ¿No?

G.A.: Durante los primeros meses del año pasado vivimos (como casi todo el mundo) con la impresión de que nuestra “buena” Televisión se estropeaba cada dos semanas. Más tarde empecé a pensar que tal vez ya todo empezó a ir mal con las primeras imágenes.

IPC: Sí. Pero el guión había sido muy bien estudiado. Se decía que era la operación de la KGB más exitosa y espectacular desde la retirada del ejército soviético de Afganistán. Obviamente, la KGB tiene una tradición bastante importante de éxitos, especialmente en el extranjero. Aunque dentro de la Unión Soviética parece que o está perdiendo terreno o planteando guiones muy... inquietantes.

G.A.: Sin embargo, la gente salió espontáneamente a la calle. Y esa es también la tesis de România Mare: que no hubo revolución.

I.P.C.: No sé cuáles son las conclusiones extraídas por România Mare. Yo saco la conclusión de que România Mare existe precisamente porque no hubo revolución. Si hubiera habido una revolución, România Mare no existiría. Por supuesto que la gente salió a la calle, pero eso también estaba previsto en el guión. Creo que desde el punto de vista del desarrollo del guión fue un gran acierto. Pero a medida que los corresponsales occidentales comenzaron posteriormente a hacer notar las inconsistencias, comenzando por las víctimas que no eran víctimas, sino de la morgue y...

G.A.: Pero murieron más de mil personas...

I.P.C.: Sí, pero es muy curioso cómo murieron algunas. Aunque la Securitate se había puesto del lado del Gobierno Provisional, se enviaron autobuses con guardias de la Securitate para apoyar al ejército, el ejército abrió fuego, cayendo todo el autobús. Por lo que entiendo, muchas de las víctimas, diabólicamente pensadas, eran discapacitados; gente que se metió en ese autobús para que se produjera un derramamiento de sangre. Es el plan más terrible que se pudo estudiar y llevar a cabo.

G.A.: ¿Pero por qué había que derramar tanta sangre?

I.P.C.: No lo sé. Será la especificidad nacional. Si la dictadura de Ceaușescu forma la especificidad rumana, entonces seguramente se necesitaba algo de sangre. Pero estas son solo suposiciones.

G.A.: Estoy un poco ofendido cuando le echas la culpa de todo a la KGB. ¿No podría la Securitate organizarlo todo por sí misma?

I.P.C.: La estupidez de la Securitate es histórica, de una profundidad sin precedentes.

G.A.: ¿Por qué fue necesaria una transición tan espectacular, cuando en todos los demás países del Este no hubo un solo muerto?

I.P.C.: No sé ahora cuántas víctimas se preveían, sólo creo que se preveía cierto derramamiento de sangre. Si tenías sangre, tenías que hacerla fluir. Solo que otros países del Este no tenían un Ceaușescu. Solo los rumanos podían permitirse ese lujo.

G.A.: ¿De verdad era tan grande el poder real de Ceauşescu, si en un solo día pasó de dictador todopoderoso a autoestopista?

I.P.C.: Esto demuestra que toda la Securitate lo defraudó. Fue a uno de sus reductos, a Târgovişte, y allí encontró al ejército estacionado, pero nadie le recibió. Dorin Tudoran acaba de escribir un artículo muy bonito, en el que dice que en realidad todo lo que está sucediendo (y no es sólo su hipótesis) en la Unión Soviética y en los países satélites, no es más que un plan urdido por la KGB. Probablemente en algún momento -durante la época de Andropov- la KGB trabajó con superordenadores (son máquinas que cuestan decenas de millones de dólares y que pueden crear un modelo del mundo que se adelantase a varias décadas o más) y vio que el modelo no llevaba a ninguna parte. Y luego, se dieron cuenta que sin cambiar a una economía de mercado, las pérdidas serán mayores que las ganancias. Derribaron el Muro, y obviamente dieron inicio a todos los movimientos que ahora se están dando en los países satélites.

G.A.: ¿Pero no crees que ahora los países satélites se están liberando de la influencia de Moscú?

I.P.C.: Mira lo que te digo: no me lo creo en absoluto. Alemania ha sido el golpe más espectacular dado por los soviéticos. Hoy por hoy toda Alemania está, poco a poco, abandonando su vínculo con Europa Occidental: este sería el precio a pagar por la anexión de Alemania Oriental. El precio político, no los seis mil millones de dólares regalados a la Unión Soviética, etc. Pero políticamente, incluso si se mantiene dentro de la OTAN, ya está completamente fuera del paraguas occidental. Así, de esta manera, la OTAN cambiará por completo. Es una gran victoria soviética, con Alemania Occidental fuera del programa político común de los países de Europa Occidental a causa de la Alemania Oriental y del partido socialista. Parece que, en este momento, la KGB ya no domina la situación en la Unión Soviética. Si es así o no, no lo sé. Tal vez esté ideando un nuevo plan diabólico.

G.A.: ¿Me va a decir ahora que también la KGB está relacionada con la [Uniunea] Vatra Românească?

I.P.C.: La Securitate ya dirige la [Uniunea] Vatra Românească. La KGB ahora tiene otras cosas que hacer, porque todo va yendo como es debido en Rumania (dejando aparte a la economía). Mientras que las cosas no marchan muy bien en la Unión Soviética. Andropov ya utilizó a Hungría para estudiar la transición a una economía de mercado. Eso lo llevó a que se dejara que la KGB continuara tranquilamente por ese camino. ¿Crees que Gorbachov tiene tanto peso personal? De ninguna manera. Todos sabemos que un Jefe de Estado es un títere.

G.A.: ¿Era Ceaușescu también un títere?

I.P.C.: Ceaușescu estuvo en algún momento de acuerdo con todos. Y probablemente por esa razón ha tenido tanta paciencia durante tanto tiempo. Con los unos y con los otros.

G.A.: ¿Por qué Ceaușescu convenía a los occidentales?

I.P.C.: Hay sutilezas que yo, que no tengo nada que ver con la política, no sé. Pero lo puedo adivinar. Durante un tiempo fue intermediario en todo el asunto de Oriente Medio. Rumania era el lugar donde los emisarios secretos de la OLP podían encontrarse con los emisarios secretos israelís, etc. Un lugar donde probablemente se llevaron a cabo operaciones que ni siquiera sospechamos. En cuanto a Iliescu, no me parece que tuviera esa posición clave que le aseguró el primer liberalismo de Ceauşescu a principios de los 70. Iliescu es un advenedizo...

G.A.: Pero, por ejemplo, lo que está sucediendo ahora con los búlgaros, ¿no contradicen en algo tu manera de ver las cosas? Superaron el problema de las elecciones. El Parlamento y su presidente, Zheliu Zhelev, elegido por la oposición, ofrecen mucha más credibilidad.

I.P.C.: Entonces eso quiere decir que no debemos culpar de lo que está sucediendo ahora en Rumania a la KGB, sino a la Securitate. Sí, eso es correcto. Pero la Securitate es tan descomunal y tan estúpida que no veo cómo...

G.A.: Matei Călinescu dijo que hoy por hoy la Securitate sólo controla algunas partes de la sociedad. Ya no controla a toda.

I.P.C.: Y tiene razón. Pero sólo la Securitate es capaz de manipular de esta manera. Domina la política nacionalista, domina [Uniunea] Vatra Românească, domina los medios de comunicación. Y tiene un extraordinario poder de influencia. Siempre pueden decir: “Esto básicamente lo hicimos nosotros y por esa razón no podéis recriminarnos nada”. Ahora me doy cuenta de por qué România Mare puede mantener la misma tesis que yo, pero con conclusiones totalmente opuestas.

G.A.: Es por esa razón por lo que estamos tratando de rehabilitar a “nuestra buena Securitate”, que es la que se deshizo de Ceaușescu.

I.P.C.: Así que ahora alguien tiene que huir de la Securitate.

G.A.: ¿Tienes un guión?

I.P.C.: Ya veremos. Puede ser que, al final, sean las razones de orden económico las que reciban...

G.A.: ¿También estabas al tanto de la literatura rumana?

I.P.C.: Estaba al tanto hasta cierto punto. Ya te dije que leí tu novela, Una mañana perdida, en 84. Leí las novelas de Augustin Buzura, a quien admiré hasta la revolución. Después, ya no. Afortunadamente, he conocido más sobre las cosas que quedarán que sobre las que no. Hay una fórmula novedosa de la que pocos podrían escapar, la fórmula de Constantin Ţoiu: se puede criticar de todo siempre que en algún momento digas que “ha llegado la luz” ...

G.A.: ¿Cuál es la situación de la literatura en Estados Unidos en relación con la crítica literaria?

I.P.C.: Toda opinión sobre cualquier cosa de la vida intelectual estadounidense pasa, casi siempre, por una única publicación: la New York Review of Books. Es esa revista la hace que algo sea valorado como bueno o malo. No es, por supuesto, la única publicación, pero sí la más importante. Las cosas que pasan aquí, en América -justificadas o no- son las más importantes, las de mayor peso… por la amplitud del mercado, por su eco, por la atracción que tienen de inmediato en los medios de comunicación de Europa occidental. No conozco al detalle la literatura estadounidense de hoy o, mejor dicho, solo conozco lo que me interesa en cada momento. Estados Unidos es, con diferencia, el lugar más interesante del mundo. El único lugar algo comparable en términos de creatividad es París -pero no en términos de extensión. París es un lugar interesante. Por lo demás Europa no tiene mucho que decir. Supongo.

G.A.: ¿Constituye el mundo de la Europa del Este una zona cultural separada?

I.P.C.: Desafortunadamente, creo que sí. Es una gran y trágica pérdida de tiempo, personas y energía. En un período temporal, como bien dices, de más de cincuenta años, se ha destruido todo el potencial de esa zona.

G.A.: Actualmente hay una discusión sobre Mircea Eliade en publicaciones estadounidenses especializadas: se le critica severamente por ciertos artículos escritos durante el período de 1936-37 en periódicos rumanos; se critican ciertos silencios en sus memorias como respecto a esa época.

I.P.C.: Eso es absurdo. Es, como poco, un crimen contra la inteligencia. Pero de esa manera puedes entender cómo, en aquel entonces, alguien -alguien incluso como Mircea Eliade- pudo caer en la trampa. Todo parecía tener un significado determinado, se creaba un lenguaje que daba la impresión de que comunicaría, lo sé, los resortes de la realidad de forma verosímil. Más aún desde entonces, todos repetían las mismas cosas: no era la innovación de los rumanos. La idea con los judíos, que es sin duda la fuente de las motivaciones económicas legionarias, ya se había incubado desde finales del siglo XIX en Alemania, en Francia y en Inglaterra especialmente. Pero leído a una distancia de cincuenta años, aun haciendo una abstracción de la guerra y del holocausto (por mucho que no se pueda hacer esa abstracción), todo aparece hoy como un crimen contra la inteligencia. Y sigues preguntándote cómo alguien como Eliade pudo caer en la trampa. Sobre todo porque Eliade tiene, digamos, un centenar de artículos políticos, de los cuales ni siquiera el 10% son del período de 1937. El resto son increíblemente bienintencionados y actuales para nosotros. Mircea Eliade comenzó como un demócrata, escribió contra Mussolini, escribió contra la llegada de Hitler al poder (algo que los demás no hicieron). Entre los ilustres colegas vivos de Eliade, al menos uno acogió con entusiasmo el ascenso de Hitler al poder. Entonces, en el 33, Eliade era obviamente un demócrata. Dice que mantuvo este posición hasta 1934, después comenzó una cierta vacilación, y en 1937, obviamente, un deslizamiento.

G.A.: ¿Fue entonces un desliz puntual? ¿No fue una posición consistente desde el inicio?

IPC: No lo creo. En el caso de Eliade parece un desliz. Son básicamente tres artículos en los que hay serios matices de xenofobia y chovinismo. Sobre uno Eliade también dejó por escrito que no es suyo. Todos los que conocemos los escritos de Eliade de ese período nos damos cuenta que, por supuesto, la entrevista se basó en lo que dijo el mismo Eliade; pero que la forma de escribir no es la suya. Y ahí está el único lugar donde hay una referencia directa a los judíos. Pero hay tres artículos de un chovinismo muy desagradable. Y por lo demás, hay algunos artículos a favor de la Guardia de Hierro de Moţa, Marin, etc., que, por favor, se pueden explicar de otra manera. Sin embargo, con todo el desliz en el 37, Eliade no aparece como un antisemita.

G.A.: ¿Ni durante el resto de tu vida?

I.P.C.: Ni durante el resto de mi vida, sin duda. Pero tampoco a través de su obra como periodista de opinión. Aunque hay dos artículos vergonzosamente machistas. Pero, repito, en cuanto a la entrevista que plantea la cuestión judía, tendemos a creer que no la escribió. Pero no podemos creerle cuando dice que nunca la había dado. La dio, por supuesto. Pero probablemente no la editó.

G.A.: Durante aquellos años, ¿Mircea Eliade estuvo más cerca de Nae Ionescu?

I.P.C.:  La cercanía de Eliade con Nae Ionescu no puede tomarse como algo negativo. Nae Ionescu lo descubrió, como descubrió a otros: a Mihail Sebastian o a Eugen Schileru. Nae Ionescu era un hombre muy abierto. Durante la guerra, el futuro exdiputado comunista, George Călinescu, lo acusó de filosemitismo.

G.A.: ¿A Nae Ionescu?

IPC: Sí. Nae Ionescu era un espíritu muy versátil. Y ciertamente no era un antisemita. Pero su obra, a cincuenta o sesenta años de distancia, me parece desoladora. Es de una pobreza tremenda.

G.A.: Cuando, en el último año, se pudo empezar a mencionar el nombre de Nae Ionescu, parecía que se estaba intentando colocar en un pedestal. Me sorprendió, porque había leído su libro de no ficción La rosa de los vientos sin ningún entusiasmo. Pero me imagino la fascinación por la gente. Lo vi, por ejemplo, en Octav Onicescu. Su rostro se iluminó cuando, después de cincuenta años, mencionó el nombre de Nae Ionescu.

I.P.C.: Sí, era apuesto, inteligente y rápido de reflejos. Pero es fascinante la enorme distancia que hay entre él y Eliade. Todo el periodismo de opinión de Eliade, todo lo que Eliade escribió durante ese período sigue siendo interesante. Incluso cuando repite al cien por cien las cosas que decía Nae Ionescu. O de Nichifor Crainic... Me parece que Eliade no entendió, o que lo entendió de una manera muy particular, lo que decían los ortodoxos. De hecho, no debería sorprendernos, porque Eliade tenía sus raíces indias, y sus aventuras eróticas, la importancia del sexo, etc., que no encajaban bien en la ortodoxia. Ni siquiera en algunos liberales. Mutatis mutandis, Eliade fue como un especie de reformador. Eliade vivió la fraseología de Nae Ionescu, que bajo su pluma aparece sobrecogedora, llena de vitalismos, de ambigüedades, de cosas sin fundamento; pero le dio un significado muy personal.

G.A.: ¿Y cómo aparece el trăirism ["existencialismo” ideado por Neo Ionescu] a una distancia de cincuenta y sesenta años? Era una variante del existencialismo, ¿no?

I.P.C.: Yo creo que sí, pero incluso el existencialismo ahora, a una distancia de varias décadas, parece deplorable. Y no a partir de sus representantes más pequeños, como Sartre, sino incluso en los más grandes, como Heidegger: la pobreza conceptual, los clichés, el uso de una dudosa tradición, parecen ahora lamentables. Sé que esto va a horrorizar a algunos de mis amigos. (Risas.) En Alemania hay una corriente anti-heideggeriana muy fuerte. Me tomó su tiempo darme cuenta de esto.

G.A.: ¿Pero esa corriente antiheideggeriana no está ligada a los acontecimientos de la biografía de Heidegger?

I.P.C.: No, no tiene nada que ver con la biografía. Sino con que Heidegger, desde un principio, teologiza las cosas primitivamente, y es un gran manipulador del lenguaje. En alemán suena extraordinariamente simple, incluso simplón. Sus complicaciones provienen de un montón de galimatías estilísticos, asonancias, aliteraciones, etimologías verdaderas o falsas… todo un saco de tropos, un juego literario, detrás del cual se esconde una pobreza conceptual aterradora. Unas declaraciones apodícticas sobre el origen, el destino de Occidente, de la humanidad en general. Es tanto más inútil formularlos cuanto que, afortunadamente, siempre resultan falsos. Por supuesto, Heidegger pertenece a una tradición que quería comprender las percepciones de la civilización occidental. Sin embargo, la civilización occidental ya es completamente diferente a como la que conoció Heidegger en 1938-1939. Y lo que ahora es interesante en ella, [Heidegger] lo pasó totalmente por alto: habría sido de una inautenticidad radical para él.

G.A.: ¿Qué es muy interesante en la civilización occidental actual?

I.P.C.: Muy interesantes son los temas cognitivos que se debaten hoy, todas las cosmologías. Heidegger estaba poniendo la autenticidad radical fuera de los debates cosmológicos, ¿no? Pues bien, esto es exactamente lo que se ha vuelto más interesante hoy en día, gracias a las hipótesis científicas, al estudio de las multiplicaciones. Heidegger pertenece a una tradición filosófica que pasa por a través de la teología cristiana (diría que la peor parte). El memento mori, la meditación sobre la muerte no pertenece a la parte más fascinante de la teología cristiana, que es la de la multiplicación de los mundos, la exploración de las posibilidades desconocidas de Dios, en las que el hombre no tiene ningún papel interesante. Pensar que eres humanista solo porque te preocupa la muerte de un hombre me parece un error capital. Pero Heidegger, sin duda, sigue siendo uno de los más grandes escritores del siglo.

G.A.: ¿Y no era algo más que escritor?

I.P.C.: Todos somos escritores, incluido, entre nosotros, Einstein. No hay otra disciplina. Y en ciencia se dice que las teorías no se aceptan por su verdad, sino por las estrategias para hacerlas aceptar, por su elegancia estética. Si las demostraciones de Einstein no hubieran sido estéticamente elegantes, sus compañeros matemáticos no se habrían dejado convencer por ellas.

G.A.: Aquí en los Estados Unidos se habla bastante de la muerte de la literatura.

I.P.C.: Los científicos que estudian la cibernética afirman que, en momento dado, el lenguaje articulado podría desaparecer del mundo, y ser reemplazado por otro sistema de comunicación. No sé de cuántos cientos de miles de años estamos hablando. Depende mucho del extraordinario desarrollo de los ordenadores. Incluso ahora, una de las cosas más interesantes que estoy haciendo son los “mundos alternativos”. Por ahora son un poco primitivos, pero cuando se desarrollen, será así: coges una máscara, te pones unos guantes y con la ayuda de la máscara y los guantes estás en un mundo completamente diferente. Obviamente, el programa te da el mundo en el que estás. Pero puedes estar donde quieras. Y realmente funcionas en ese mundo; es decir, tus manos, a través de guantes, toman los objetos de ese mundo, palpan los objetos, ¿comprendes?

G.A.: ¿Dónde está ese mundo?

I.P.C.: Está en los ordenadores. Obviamente, esto también plantea problemas filosóficos muy interesantes, porque básicamente nosotros también, en nuestros mundos, estamos, podríamos decir, en nuestros ordenadores. Nuestra conciencia es en realidad una pantalla tridimensional. Otros dicen que tendría más de tres dimensiones. Nuestra imaginación, incluso nuestra conciencia, es similar a la pantalla de un ordenador. Creo que son exactamente las operaciones de los ordenadores las que crean las imágenes. La analogía del ordenador funciona en la medida en que nosotros también tenemos una pantalla, pero por otro lado nosotros mismos somos ese ordenador.

G.A.: Un ordenador que no se domina lo suficiente, ¿verdad? Porque, de hecho, parecería que no estamos usando todas nuestras disponibilidades en absoluto.

I.P.C.: Claro, un ordenador tal vez de poca potencia. Pero en la historia del mundo, muchas religiones, técnicas y folklores han buscado programas de acceso al ordenador, a la verdad, a los secretos de la mente.

G.A.: Estamos llegando al espacio de las doctrinas orientales.

I.P.C.: Sí, se puede decir que también son formas de actuar en algunos programas especiales de la mente humana. Científicamente aún no se conocen. Se conocen ciertos estados especiales de biocorrientes circulantes, llamados ondas alfa, ondas theta, que tienen propiedades muy curiosas sobre el organismo. En las ondas theta, por ejemplo, el cuerpo ya no reacciona al dolor. Pero no quisiera darles mucha importancia a tales cosas, porque en realidad no se conocen con precisión. Son físicos los que lo han investigado. Hay un movimiento New Age muy importante e interesante en California que afirma ser capaz de manipular la mente de tal manera que produzca los resultados deseados. Algo así como la magia, por así decirlo, pero usan técnicas de bombardeo subliminal. Como el hilo musical de los grandes almacenes que tiene mensajes subliminales que te hacen comprar, sentirte muy bien, feliz, entrar en un mundo artificial, en una especie de paraíso. Pero que también contiene mensajes subliminales para que no robes. Y hay leyes que regulan su uso, porque obviamente hubo objeciones. Algunos dicen que eso es una forma de manipular la conciencia. Pero este ejemplo es solo la punta del iceberg de un montón de técnicas. Algunas técnicas, para cambiar la conciencia, el subconsciente, son completamente desquiciadas, otras son muy interesantes; si en determinadas situaciones conoces la fórmula correcta, la conciencia puede producir resultados sorprendentes que superan a la naturaleza. Algunos físicos han investigado sobre uno de los llamados pensadores positivos más interesantes, un tal Napoleon Hill, que forma un grupo y luego camina a través del fuego con sus seguidores. Camina sobre brasas. Movidos por sus afirmaciones, los físicos realizaron investigaciones para demostrar que no estamos ante un fenómeno sobrenatural. Y los electroencefalogramas han demostrado que si entras en la etapa alfa o theta tienes cierta protección contra el dolor.

G.A.: ¿Y esa New Age es de California?

I.P.C.: No, está en todas partes. Pero las “más potentes” están, digamos, en California. Está muy comercializada. Pero algunas cosas son interesantes. Otras son ridículas.

G.A.: Retrocedamos un poco al momento de tu partida.

I.P.C.: Me fui en el 72. Tenía un volumen en Cartea Românească, que ya había sido anunciado en el programa de 1970 en la Editorial Eminescu. Luego, más tarde, Mircea Ciobanu llevó el manuscrito, pero ya sin ninguna esperanza. Eran cuentos surrealistas.

G.A.: ¿Oníricos?

I.P.C.: Sí. Probablemente entonces se habrían definido así.

G.A.: De repente, después de las tesis de 1971, el término onirismo desapareció y también la literatura onírica.

I.P.C.: No puedo explicar por qué mis cuentos no pudieron ser publicados. Tengo la impresión de que cuando me llamó el jefe de redacción para decirme abatido que no podía publicarme, se pronunció la palabra “mística”. Pero desde 1970, hasta las revistas dejaron de publicarme, porque yo le había dicho muy resueltamente un “no” al guardia de la Securitate que había solicitado mis servicios. Y cuando pidió mis servicios, el guardia de Securitate me preguntó: “¿Qué quieres hacer?” “Me gustaría escribir, estudiar”, le respondí. Yo era un estudiante de italiano. “Y como profesión, ¿qué te gustaría ser?” “¡Me interesaría trabajar en una revista!” Me dijo: “¡Podemos hacer todo esto!” Pero yo no era un buen chico. Y como no era un buen chico, tuve señales de inmediato. Y desde 1970 no he podido publicar mi prosa. Entonces fue una señal muy clara, que realmente no tenía nada que hacer en Rumania. Afortunadamente lo entendí y logré salir en el 72. Dos semanas después de la graduación. Estuve en Italia casi cinco años, y después me trasladé a Holanda, donde estuve doce años, de manera intermitente. Fui estudiante aquí en Chicago, en el 75, y estudié con Mircea Eliade. 

G.A.: ¿Conocías ya a Eliade?

I.P.C.: Le conocí en 1974, pero ya mantenía una correspondencia con él desde 1971, todavía viviendo en Rumanía, antes de las tesis. Y luego, cuando marché de Rumanía, empezamos a escribirnos muy a menudo. Nos encontramos en septiembre del 74, en París, y un poco más tarde, en el 75, conseguí irme a trabajar con él. Luego volví a ver a Eliade en verano, un mes en París, y pasamos juntos prácticamente todas las noches. Cuando estuve en Holanda, él también fue a visitarme, con su mujer. Desde 1986 me invitaron aquí a dar conferencias y teníamos varios proyectos en los que estábamos trabajando juntos, pero, lamentablemente, tres semanas después de mi llegada, sufrió un ataque. Permaneció en el hospital durante ocho días. Eliade era un hombre muy generoso, muy encantador e inocente. Tenía un encanto muy especial. Y tenía una gran inteligencia e incluso una prudencia, en cierto sentido, práctica. Entendía muy bien las relaciones sociales, los mecanismos de cierta, lo sé, sociedad intelectual de la que formaba parte: allí no era un extraño, ni se sentía extraño. Pero su gran franqueza formaba parte de su encanto. Por eso, en algún momento puede explicarse cómo Eliade pudo ver las partes generosas de un movimiento sin, digamos, comprender su lado oscuro.

G.A.: ¿Cuántos libros tienes en total?

I.P.C.: Quince. Tengo varios libros que prácticamente no existen (fueron editados con editoriales muy pequeñas, de muy poca tirada), y otros fueron muy bien recibidos- la mayoría en Italia. En Francia solo tengo publicados cinco. Y en Estados Unidos uno publicado y cuatro en imprenta. Además, recientemente publiqué varios cuentos escritos con un colaborador. Escribimos “a cuatro manos”. Escribo bien mi trabajo científico en inglés, pero para la literatura se necesita algo más.

G.A.: ¿Pero eso no significa ya una traducción?

I.P.C.: No, no. Para nada. Todo está escrito conjuntamente. Así es mucho más divertido, de verdad.

Chicago, 2 de diciembre de 1990