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jueves, 6 de febrero de 2025

José Jiménez Lozano sobre erotismo y pornografía ( "La religión del sexo", Destino, 18 de abril de 1976, y "Las diosas inmortales de la pornografía", Destino, 23 de septiembre de 1976)

 


LA RELIGION DEL SEXO[1]

Es todavía una oscura selva apenas explorada este fenómeno, realmente oceánico, del erotismo en el mundo moderno en el que nos hallamos sumergidos y del que no vamos a salir precisamente a fuerza de reflexiones moralisticas, de lamentaciones de predicador o de puras medidas censorias. Sólo a golpe de reflexión y lucidez es como nos haremos cargo de nuestra situación, en este como en otros aspectos. Y ya parece que tenemos las claves del fenómeno, aunque, en realidad, las hemos tenido siempre, porque la reflexión seria sobre esta cuestión no hace, naturalmente, más que prolongar las que el hombre se ha venido haciendo en torno al problema del sexo, como en tomo a las otras cuestiones fundamentales de la vida humana. Lo que ocurre es que se necesita un cierto valor para descubrirle ciertas cosas al hombre de nuestros días: por ejemplo, para descubrirle que su obsesión casi neurótica o decididamente neurótica por «to bed o not to bed», esto es, por «acostarse o no acostarse», «coupling and uncoupling», es desesperadamente la misma de Hamlet: «To be o not to be» («Ser o no ser»), simple ansia desesperada de no morir en una civilización donde todo promete la muerte y sólo parece ofrecer el sexo como realidad salvadora, como deidad prometedora de alguna felicidad y supervivencia, exactamente como en el mundo etrusco, por ejemplo.

Y, cosa curiosa, un reciente libro de William McLean sobre los «graffiti» obscenos de los lugares públicos, donde el hombre anónimo descarga, con frecuencia, sus angustias y sus convicciones más íntimas, no informa, con todo rigor, del evidente paralelo de estas representaciones del sexo con las representaciones sagradas que se hacían del mismo en el mundo etrusco precisamente. El falo con alas de tantos sepulcros o de tantas monedas es, evidentemente, el símbolo de la inmortalidad, y la representación de la mujer, ceñida a los órganos su reproductora potencia, tampoco quiere decir otra cosa. Las medidas eróticas de los concursos de belleza y la morosidad del cine por determinadas regiones de la anatomía femenina ofrecen la misma promesa. Trivializada quizá por las exigencias del consumo, pero no menos real. Y, a este propósito, las reflexiones que hace un teólogo como Harvey Cox en su Ciudad secular me parecen de las más agudas y aceptables de tan famoso libro.

Pero McLean es cruel, como lo es el doctor Rollo May, por ejemplo, al analizar todo este fenómeno obsesivo del erotismo y, para desengañar desde ahora a una civilización como la americana, en la que la muerte, al decir de Toynbee, es «un-american» mucho más «un-american» sin duda que el comunismo, le dice con toda claridad que ese su dar vueltas y vueltas en torno a la alcoba es, en realidad, un dar vueltas en tomo a la tumba, sin nombrarla, disfrazándola, por supuesto, oponiéndola, como para vencerla, las promesas del sexo. Los «graffiti», explica McLean, son una simple pretensión de inmortalidad de un hombre que va a desaparecer y quiere perpetuar su nombre en las paredes, los árboles o las rocas, en lugares más bien subterráneos en los que tuvo sus ensoñaciones eróticas y donde ese nombre y los símbolos sexuales con que va asociado tienen más probabilidades de subsistir, sin ser descubiertos y borrados. «La muerte —explica el doctor Rollo—, y no el sexo, es la causa básica de los desórdenes psíquicos del hombre», el reclamo del sexo ahoga la inconsciente espera de la muerte, «la muerte es el símbolo de la última impotencia y finitud. ¿Qué es lo que vemos, si miramos a través de la marmita de nuestra obsesión sexual? Que tenemos que morir». Y por eso «Playboy» o cualquiera otra revista más o menos erótica, o las añagazas de la publicidad, tratan de consolar al hombre, prometiéndole una cierta inmortalidad, una cierta realización de sí mismo Y lo hacen con una clase de tan decidido dogmatismo que pasa por ser un mensaje de libertad. Junto a «Playboy», dice Harvey Cox con un pequeño rictus de ironía, «las encíclicas papales resultan irresolutas».

«No titubee, este chaleco viril es lo que todo hombre de buen gusto desea para la estación de otoño», dice ese «Playboy», o también se describe una cazadora de cuero como «lo más masculino desde el hombre de las cuevas», o una bebida alcohólica, como entre nosotros, asegurando que es sólo «para hombres», que hacen la guerra, o se dan puñetazos, o desafían a un toro. Es una manera de insinuar que la vida queda garantizada y concretamente por la potencia del sexo a la que hace alusión más o menos velada toda esa jerigonza. Y el hombre, que va a la «sauna» o se encierra en el «cryonics», tampoco busca otra cosa que la salvación. La «sauna», el «cryonics», los adelgazantes, la gimnasia obsesiva, la atroz ascesis de los paseos calculados, de las mediciones del colesterol, las cíclicas revisiones médicas, los análisis minuciosos tienen algo de culto, algo de absoluto, son el «Mesías» de nuestro mundo. Y el erotismo es su evangelio: la muerte está ahí y hay que conjurarla, Dios ha muerto y Deméter, Cibeles o Eros han tomado su lugar. En la vieja civilización cristiana se tenía aún el valor de plantear el «to be o not to be», que es la columna base de toda interrogación filosófica acerca del sentido de la vida del hombre; en la nueva civilización, que ha declarado muerta la fe y se ha percatado de que el espíritu humano nunca podrá dar solución al gran enigma y que, por lo tanto, es inútil que se lo plantee, nos asimos desesperadamente a «to bed o not to bed».

El psicoanálisis de nuestros días ha creado grandes símbolos eróticos para suplir a los viejos símbolos o explicaciones de las viejas culturas o de las religiones y, así, Ferenczi ha hablado, por ejemplo, de que «el acto carnal es, en realidad, la expresión del deseo de retornar al seno materno» y, en último término, al océano del que es símbolo la madre; es decir, a la madre Tierra, a Deméter o a Cibeles; mientras Norman Brown, en un libro que causó sensación, hace años, en los Estados Unidos, aunque con razón ha sido luego muy criticado, tanto por el lado filosófico como por el científico, porque en él no siempre el lirismo se distingue lo suficientemente de lo rigurosamente lógico y científico, daba una interpretación de la Resurrección cristiana, haciéndola consistir en la construcción de un cuerpo nuevo para el hombre, esto es, en una nueva utilización de su cuerpo que, sin inhibición ni límite alguno, diese expresión a todas sus posibilidades, y aun investigase otras, a su polimorfa y radical perversidad, que diría Freud.

Y nuestro mundo anda en esto. Y no bastándole la sexualidad que pudiéramos llamar inmanente, tal y como es en el hombre, tal como se ofrece a nuestro disfrute, trata de distorsionarla más allá de la historia, mezclándola al satanismo, a las oscuras potencias, a ritos mágicos y macabros. Danzas obscenas de mujeres envueltas en velos negros o realizada sobre ataúdes con una perfecta seriedad, las viejas pócimas sacramentales de las brujas medievales son contempladas y consumidas, por ejemplo, en la misma Italia por una sociedad refinada y, al decir, «secularizada» que se burla de las procesiones campesinas o de la misma misa católica y encuentra ridículamente arcaica a la Iglesia.

El cuerpo humano sigue planteando a nuestra cultura, como a las demás, el problema de la identidad del hombre con el mundo y con Algo de lo que se siente desgarrado, y el hombre de nuestro tiempo cree lograr esa identidad a través del sexo. No es el primero, ni será el último. Pero «después de todo —escribe, con razón, Harvey Cox— es Dios y no la Mujer quien es Dios. Él es el centro y la fuente de todos los valores. El libra a los hombres y a las mujeres de la cómoda uniformidad de las deidades culturales... Como don de Él, el sexo es libertado, tanto de los cultos de la fertilidad como de la explotación comercial para convertirse en la cosa netamente humana que El pretendió que fuera». La misma visión histórica cristiana del sexo, que tantos elementos paganos comporta todavía —concretamente estoicos en la moral católica— tienen que evangelizarse profundamente para ser «buena noticia», liberadora para nuestro mundo, en este aspecto. Y el catolicismo, cuyo talante radical es la admiración de la gloria de Dios en la misma naturaleza y que nunca ha sido puritano salvo en los barrocos y contorsionados gestos de la Contrarreforma y en el hipócrita siglo XIX, puede seguramente desmitificar el sexo, a la vez que desacralizar la mojigatería y el puritanismo de los que Incluso el «Playboy» se está nutriendo, ya que el juego del escándalo o del desvelo queda reducido a nada, si no hay velos misteriosos, ni pudibundería, digámoslo con un galicismo. A los ojos de un cristiano medieval, que usaba un lenguaje y un pincel o una gubia mucho más expeditivos, el «Playboy» resultaría aburrido y sus desnudos, íncubos y súcubos, como se decía en la época. Esto es algo triste. Porque hasta la lujuria, en efecto era algo alegre, pero el erotismo no lo es. La mirada ansiosa de los ídolos de carne del «Playboy», del cine o de la publicidad es «ascética», «religiosa», la mirada absoluta y llena de ser de absoluto de quien no quiere morir.

No hablemos de moral ante estas cosas; es rebajar el problema. Se trata de ser o no ser lo que buscamos en nuestra tan cerebral peregrinación a las alcobas. Nuestro mundo, además, es difícil que comprenda la castidad, aunque ésta sea indiscutiblemente hasta una diferencia biológica del hombre con los animales, puesta en evidencia por Bergson o Teilhard, por ejemplo. Pero ese mundo no precisa tanto que se le hable de moral cristiana —tan tributaria a la historia, por lo demás— como de que Jesús venció a la muerte y la muerte está vencida. La Iglesia —tiene razón el filósofo marxista Ernst Bloch, una de las cabezas más formidables de nuestro tiempo— no conquistó el mundo romano venciendo al paganismo con el sermón de las Bienaventuranzas, sino con la gran noticia de que Cristo había resucitado. Y la Iglesia de hoy no debe tratar de vender nada, ni de erigirse en mentora de ética, «la cristiandad compite con vistas a la vida eterna, no en cuestiones de moralidad», Y, por lo menos, hay una constancia histórica: Jesús ha acompañado a los hombres en su dilema existencial, mucho mejor, sin duda, que como pueden hacerlo las saunas y los «cryonics», la medicina convertida en liturgia de conservación y el «Playboy». No es un argumento «utilitario» precisamente.

***

LAS DIOSAS INMORTALES DE LA PORNOGRAFÍA[2]

El cristiano tiene que afirmar que el cuerpo humano no debe ser explotado, aunque sólo sea una mercancía de imágenes y sueños.

La primera pregunta que creo que debe hacerse acerca de la pornografía y en concreto de la pornografía entre nosotros, aquí y ahora, es la de por qué ha surgido de modo tan pujante y cómo es que goza de una tal relevancia y aceptación. Y me parece que no puede darse una respuesta sin conectarla, por una parte, con la salida o los deseos de salida de una situación sociopolítica autoritaria y, por otra, con el emerger del país a los aires de permisividad en el plano de lo sexual de la sociedad occidental. Desde un punto de vista histórico, en efecto, lo que se llamó en otra época «el libertinaje» ha ido siempre unido a un cierto afán de libertad política y la libertad de costumbres ha precedido o acompañado a la libertad política, sobre todo porque los absolutismos y autoritarismos han embargado y embargarán siempre en favor suyo el ámbito privado de lo sexual para traducirlo en agresividad, en deseada represión, en control total de la vida humana. De esta manera, «frustrado el individuo por una sexualidad prohibida y truncada —dirá con razón Tobias Brocher— que se encuentra oprimida al margen de sus vivencias cotidianas, le parece conforme con las reglamentaciones sociales que la agresión es lo más permitido. En oposición a una sexualidad hecha artificialmente piedra de escándalo aparecerán la violencia, la falta de miramientos, el salvajismo, incluso la lucha y la muerte del adversario como los efectos más nobles. El instinto de destrucción se presentará como un mal menor. Si se logra, además, dirigir ese instinto contra la sexualidad, entonces el sistema de coacción es perfecto; sólo el trabajo ennoblece: «Tú no eres nada, tu pueblo lo es todo» o tu partido o el Estado, etc.»

El ciudadano que ha pasado por esta situación y que, además, se asoma a un tipo de sociedad permisiva, ¿cómo no quedará fascinado por la pornografía como por las otras ofertas del sexo? ¿Y cómo no aprovecharán la ocasión, asimismo, un cierto tipo de comerciante y un cierto tipo de político para explotarlo o manipularlo? A este propósito, decía D. H. Lawrence: «El público... no será nunca capaz de proteger sus reacciones individuales de las tretas del explotador. El público ha sido y será siempre explotado. Sólo varían los métodos de explotación. Hoy, se le hacen cosquillas al público para que ponga su huevo de oro», es decir, como siempre, para que aplauda, suelte su dinero o desvíe simplemente sus ojos del camino de su maduración humana o de los problemas comunes que una minoría desea manejar mientras a la mayoría se le ofrecen la resplandeciente carne del «Playboy» o similares.

La pornografía juega tanto más fácilmente con el hombre de hoy cuanto que el sexo y el erotismo se han absolutizado o «teologizado», esto es, en cuanto que sexo y erotismo se presentan ante el hombre de hoy como realidades últimas, las únicas consistentes en un mundo tecnificado, abrumado por el trabajo y la producción, engañado por los políticos, hecho añicos por la violencia, y en el que las ultimidades religiosas han hecho crisis y son abandonadas tranquilamente. «¿Qué es lo que vemos, si miramos a través de la marmita de nuestra obsesión sexual?» se pregunta el doctor Rollo May; y se responde: «Que tenemos que morir», que la figura de este mundo pasa y que la vida del hombre es como el heno, ayer reluciente de rocío y hoy pasto del homo, como dice la Escritura. La reacción es la del viejo paganismo: «Carpe diem»: aprovéchate ahora. Y las criaturas de «Playboy» y de todas las otras revistas eróticas son eternamente jóvenes y nos muestran una carne no sometida al tiempo: una carne sin vejez y sin arruga o defecto, sin patología, sin la mínima servidumbre fisiológica, una carne como de cuerpo resucitado viviendo en la eternidad de su pura función erótica, una carne que le afirma al aplastado hombre de nuestro tiempo: «Hic iacet felicitas», aquí está la felicidad, como decían las antiguas leyendas inscritas en los viejos falos sagrados.

En mi opinión, lo verdaderamente serio del erotismo y la pornografía desde un punto de vista cristiano no se plantea únicamente en el plano moral de la cosificación de la mujer o de la tecnificación y reducción a la biología del amor, ni en los otros aspectos de la casuística de la ética sexual tradicional, sino, sobre todo, en este plano primario y trascendental que es el de la idolatría de esa carne de diosas donde se afirma que está la felicidad y el sentido todo de la vida. Exactamente como ante el Estado con pretensiones de convertirse en Dios —y para ello está, desde luego, dispuesto a aplastar a esas diosas de carne que le disputan su adoración— el cristiano tiene que afirmar que sólo Dios es Dios y sólo en Él está la salvación y planificación del hombre, que tampoco la carne es la Felicidad y que su apariencia divina es mendaz, que el hombre no puede arrodillarse ante ella ni hacerla centro de su vida, que el cuerpo humano, exactamente como el hombre, no debe ser explotado como mercancía, aunque sólo sea una mercancía de imágenes y sueños. Pero no puede unirse a indiscriminadas campañas sólo apariencialmente «antipornográficas», pero en realidad confiscadoras de la alegría y de la vida, del humor y la sexualidad y preparadoras de destrucción y muerte.



[1] Destino: Año XXXII, No. 1698 (18 abr. 1970), p. 56 ss.

[2] Destino: Año XXXVIII, No. 2034 (23 sept. 1976), p. 24.

lunes, 20 de noviembre de 2017

Dos pasajes de "Eros y magia en el Renacimiento" de I. P. Culianu (1984), referidos a la manipulación de las masas y de los individuos.



“2. La manipulación de las masas y los individuos
De vinculis in genereDe los vínculos en general») de Giordano Bruno, pertenece a estos escritos oscuros cuya importancia en la historia de las ideas supera de buen trecho la que tienen ciertas obras célebres. Por la franqueza, e incluso el cinismo, que demuestra en el análisis de su materia, podría compararse al Príncipe de Maquiavelo; además el tema de las dos obras está emparentado: la de Bruno se interesa por la manipulación psicológica en general, la de Maquiavelo se ocupa más especialmente de la manipulación política. Pero ¡qué pálido y ridículo se ve, hoy en día, al príncipe-aventurero maquiavélico comparado al mago-psicólogo de Bruno! La popularidad del Príncipe ha favorecido su consideración durante sucesivos siglos, y le ha llevado, recientemente, hasta la moderna teoría del «Príncipe» —el partido comunista— lanzada por A. Gramsci. Inédito hasta una fecha tardía, poco leído y siempre mal entendido, el De vinculis in genere es sin embargo el escrito que merecería ocupar, hoy en día, el verdadero y único puesto de honor entre las teorías de manipulación de las masas. Sin saberlo, los trusts de inteligencia que dominan el mundo se han inspirado en él: han llevado a la práctica las mismas ideas de Bruno. Podría existir una cierta continuidad ya que Bruno parece haber ejercido su influencia sobre el movimiento ideológico, a principios del siglo XVII, conocido bajo el nombre de rosacruz, cuya repercusión fue enorme. Pero, por lo que sabemos, no ha existido, ni antes de Bruno ni después de él, ningún autor que haya tratado esta materia bajo su aspecto empírico, dejando de lado cualquier consideración de orden ético, religioso o social. De hecho, a nadie se le hubiera ocurrido tratar un tenía como éste desde el punto de vista del mismo manipulador, sin poner primero, como principio fundamental de su investigación, algún derecho divino o humano intangible en el nombre del cual la manipulación estaría condenada.
En el siglo XIX, podemos encontrar, claro está, a unos ideólogos como Karl Marx o Friedrich Engels que creen que la religión es como un «opio para el pueblo». En este sentido, además, sólo repiten un enunciado del De vinculis bruniano donde la religión está considerada únicamente en su calidad de instrumento de manipulación de las masas. Pero, mientras que Marx y Engels tienen unos ideales humanitarios y utópicos, Bruno no manifiesta ninguna preocupación por salvaguardar la dignidad humana: el único derecho que tiene ante sus ojos no pertenece ni a Dios ni a los hombres, sino al mismo manipulador.
Hacia finales del siglo XIX, G. Le Bon sentó las bases de la disciplina llamada «psicología de las masas» (Psychologie des foules, editado en 1895). Más tarde, Sigmund Freud la desarrolló en su obra Psicología de las masas y análisis del yo (1921) que tuvo grandes repercusiones. Pero tanto Le Bon como Freud tenían por objetivo determinar cuáles son los mecanismos psicológicos que actúan dentro de una masa y dirigen su composición, y no enseñar cómo dominar una masa. La ciencia, con sus escrúpulos de orden moral, se niega a seguir un punto de vista que gustosamente deja a cargo del hombre político (de un Adolf Hitler, autor del Mein Kampf, por ejemplo). Se deja al Príncipe lo que le pertenece, aunque después se proteste -como lo hizo Freud- contra los abusos de un Stalin y el «nuevo orden» establecido en la Unión Soviética.
Toda la humanidad ha oído hablar del Príncipe de Maquiavelo, y numerosos políticos se han esforzado en seguir su ejemplo. Pero sólo hoy en día podemos apreciar lo mucho que el De vinculis supera al Príncipe, tanto por su profundidad como por su actualidad e importancia: hoy en día, ya ningún jefe político del mundo occidental pensaría en actuar como el Príncipe de Maquiavelo, pero, en cambio, podría utilizar los recursos de persuasión y manipulación tan sutiles como los que los trusts de inteligencia son capaces deponer a su disposición. Para comprender y poner de relieve la actualidad de De vinculis, deberíamos estar informados acerca de la actividad de estos trusts, de los ministerios de Propaganda; deberíamos poder echar un vistazo a los manuales de las escuelas de espionaje, aunque ya podamos hacernos una idea de lo que contienen viendo lo que, a veces, se trasluce de estas organizaciones cuya finalidad ideal es garantizar el orden y el bienestar común, allá donde ya existe.
El Principe de Maquiavelo era el antepasado del aventurero político cuya figura está desapareciendo. Por el contrario, el mago del De vinculis es el prototipo de los sistemas impersonales de los medios de comunicación, de la censura indirecta, de la manipulación global y de los trusts que ejercen su control oculto sobre las masas occidentales. Desde luego, no es el modelo seguido por la propaganda soviética porque a esta última le falta la sutileza que tan bien se aplica en Occidente. Por el contrario, el mago de Bruno es del todo consciente de que, tanto para atar a las masas como para atar a un individuo, debe tener en cuenta toda la complejidad de las expectativas de los sujetos, y debe crear la ilusión total de que está ofreciendo unicuique suum. Por esta razón, en la manipulación bruniana se necesita tener un conocimiento perfecto del sujeto y sus deseos: sin tenerlo, no puede haber ningún «vinculo». También por esta razón, el mismo Bruno admite que se trata de una operación extremadamente difícil que sólo puede realizarse desplegando unas facultades de inteligencia, perspicacia e intuición que estén a la altura de esta labor. Su complejidad en nada queda disminuida porque la ilusión debe ser perfecta para satisfacer las múltiples expectativas que se ha propuesto. Cuantos más conocimientos tenga el manipulador sobre aquellos que quiere «vincular», mayor serán sus probabilidades de éxito puesto que sabrá escoger el momento propicio para crear el vinculum.
Vemos que la magia erótica bruniana se propone ofrecer a un manipulador los medios para que controle a unos individuos aislados así como a unas masas. El supuesto fundamental es que existe un gran instrumento de manipulación: el eros en su sentido más amplio, aquello que se quiere, que va desde el placer físico hasta las cosas más insospechadas, pasando probablemente por la riqueza, el poder, etc. Todo puede definirse en relación con el eros, puesto que la repugnancia y el odio sólo representan el lado negativo de la misma atracción universal: «Todos los afectos y vínculos de la voluntad se reducen y se refieren a dos: la repugnancia y el deseo, o el odio y el amor. Sin embargo, el odio se reduce él mismo al amor, y por ello resulta que el único vínculo de voluntad es el eros. Está demostrado que todos los olios afectos que una persona puede sentir sólo son, tanto formalmente como fundamental y originalmente, amor. Por ejemplo, la envidia es amor de alguien por sí mismo, y no soporta ni la superioridad ni la igualdad del otro; el mismo principio se aplica a la emulación. La indignación es amor por la virtud [...]; el pudor y el miedo [verecundia, timor] no son más que amor por la honestidad y por lo que da miedo. Se puede decir lo mismo para los otros afectos. Por lo tanto, el odio no es más que amor por el contrario o por lo opuesto, y así mismo, la ira sólo es una especie de amor. Para todos aquellos que están destinados a la filosofía o a la magia, es del todo evidente que el vínculo más elevado, más importante y el más general [vinculum summum, praecipuum et generalissimum] pertenece al eros: lo que explica que los platónicos llamaran al amor el gran demonio, daemon magnus».
La acción mágica tiene lugar por un contacto indirecto (virlualem seu otentialem), a través de sonidos y figuras que ejercen su poder sobre los sentidos de la vista y el oído (Theses de Magia, XV, vol. III. pág. 466). Pasando por las aberturas de los sentidos, imprimen en la imaginación ciertos afectos que son de atracción o repulsión, de goce o repugnancia (ibid.).
Sonidos y figuras no han sido escogidos sin falta de criterio: provienen del lenguaje oculto del espíritu universal (De Magia. III, pág. 411). Entre los sonidos, el manipulador debe saber que las armonías trágicas provocan más pasiones que las cómicas (ibid., pág. 433) porque son capaces de actuar sobre las almas que dudan (ibid., pág. 411).”
“A su vez, las figuras son capaces de provocar la amistad o el odio, la pérdida (pernicies) o la disolución (ibid., pág. 411). De hecho, este fenómeno artificial puede comprobarse cada día cuando los individuos o las cosas que vemos provocan espontáneamente nuestra simpatía o antipatía, repugnancia o atracción (ibid., pág. 447).
La vista y el oído sólo son las puertas secundarias por las que el «cazador de almas» (animarum venator), el mago, puede introducir sus «vínculos» y sus cebos (De vinculis in genere. III. pág. 669). La entrada principal (porta et praecipuus aditus) de todas las operaciones mágicas es la fantasía (De Magia. III, pág. 452); ésta es la única puerta (sola porta) de todos los afectos, o afecciones, internos y es el «vínculo de los vínculos» (vinculum vinculonun) (ibid., pág. 453). La fuerza del imaginario se multiplica por dos cuando interviene la facultad cogitativa poique esta es capaz de subyugar al alma (ibid.). Sin embargo, el «vínculo» tiene que pasar obligatoriamente por la fantasía porque «no hay nada en la razón que no haya sido anteriormente percibido por los sentidos [quod prius nonfuerit in sensu], y no hay: nada que, partiendo de los sentidos, pueda llegar hasta la razón sin pasar por la fantasía» (Theses de Magia, XLIII, vol. III, pág. 481).”
“Ésta sería la voluntad del manipulador, que debe ser de tipo especial. En efecto, Bruno avisa a cualquier operador de fantasmas —en este caso al artista de la memoria— para que regule y controle sus emociones y sus fantasías de manera que, creyendo ser su dueño, no sea, por el contrario, la víctima de sus habilidades. «Procura no transformarle de operador en instrumento de los fantasmas», éste es el mayor peligro que el discípulo tiene ante si (Sigillus sigillorum, 11,2, pág. 193). El verdadero manipulador debe ser capaz de «ordenar, corregir y disponer la fantasía, componer sus especies según su voluntad» (Theses de Magia, XLVIII, vol. III, pág. 485).
Parece ser que el hombre está dotado de un cerebro extremadamente complejo y desprovisto de cualquier tipo de dispositivo especial que le permita analizar los estímulos según su lugar de origen: resumiendo, no es capaz de distinguir directamente entre las informaciones oníricas y las que le transmiten los sentidos, la imaginación de lo tangible. Bruno exige del operador una labor sobrehumana: primero debe guardar inmediatamente y sin equivocarse las diferentes informaciones según su origen y. después, debe hacerse completamente inmune frente a cualquier emoción provocada por causas externas. En definitiva, se supone que ya no reacciona ante ningún estímulo externo No debe dejarse conmover ni por la compasión, ni por el amor del bien y de lo verdadero, ni por nada, para evitar ser «vinculado» a su vez. Para ejercer el control sobre los demás, hay que estar protegido ante cualquier control que venga de los demás (Theses de Magia, XLVIII).
Con una lucidez, extraordinaria, Bruno expone una clara distinción entre la teología (con los fundamentos de la moral que era, no lo olvidemos, una materia exclusivamente teológica) y la «especulación laica» (civilis speculatio), para la cual se ofrece personalmente como representante. Para la teología hay una religión verdadera y creencias falsas, hay un bien y un mal, y en gran parte tienen una naturaleza ideológica. En estas condiciones, no se puede realizar ningún tipo de manipulación de los individuos ni de las masas, sino que se trata más bien de cumplir una misión cuya finalidad es convertir a la única verdad. Por el contrario, para Bruno, sólo existe un principio válido, sólo hay una verdad: todo es manipulable, no existe nadie en absoluto que pueda librarse de las relaciones intersubjetivas, ya sea un manipulador, un manipulado o un instrumento (De vinculis, III, pág. 654). Incluso la teología, la fe cristiana y cualquier otra fe sólo son convicciones de masas instauradas por operaciones de magia.
Para que salga con éxito una operación —Bruno no se cansa nunca de decirlo—, tanto el operador como los sujetos deben estar plenamente convencidos de su eficacia. La fe es la condición previa de la magia: «No existe operador —sea mago, médico o profeta— que pueda desempeñar nada si no existe una fe previa en el sujeto» (De Magia, III, pág. 452); lo que también explica la frase de Hipócrates: «El médico más eficaz es aquél en quien más gente confía» (ibid., pág. 453). «El primer fundamento de la unión universal […] es que haya credulidad no solamente en nosotros, los que operamos, sino también en los pacientes. Ésta es la condición necesaria ya que sin ella no se puede obtener nada […]» (De Magia mathematica. VI. vol. III, pág. 495). «La fe es el mayor vinculo, el vínculo de los vínculos (vinculum vinculorum); de él provienen lodos los demás: la esperanza, el amor, la religión, la piedad, el miedo, la paciencia, el goce, la indignación, el odio, la ira, el desprecio etc. » (Theses de Magia, LIII, vol. III, pág. 490). «Es necesario que el operador posea una fe activa y el sujeto de la operación una fe pasiva. Esta última, sobre todo, es un requisito para cualquier sujeto, porque sin ella, ningún operador, ya sea natural, racional o divino, puede desempeñar nada [...]» (ibid.).
Resulta evidente que los ignorantes serán las personas mejor dispuestas a dejarse convencer por los fantasmas de la teología y los de la medicina: «Vincular [vincire] a estas personas resulta todavía más fácil cuantos menos conocimientos tienen. En ellos, la fuerza del alma se dispone y se abre de tal manera que deja el paso libre a las impresiones provocadas por las técnicas del operador, abriendo así ampliamente aquellas ventanas que, en otras personas, siempre se mantienen cerradas. El operador tiene libres las vías para crear todos los vínculos que quiera: la esperanza, la compasión, el miedo, el amor, el odio, la indignación, la ira, la alegría, la paciencia, el desprecio de la vida, de la muerte, de la fortuna ...» (De Magia, III, págs. 453-454). El hecho de mencionar al profeta junto al mago y al médico, no es una casualidad. La consecuencia más evidente de las especulaciones de Bruno consiste en que toda religión es una forma de manipulación de las masas. Utilizando técnicas eficaces, los fundadores de religiones han sabido influir, de una manera duradera, en la imaginación de las masas ignorantes: han podido canalizar sus emociones y utilizarlas, provocando sentimientos de abnegación y autosacrificio que no hubieran manifestado de manera natural.
Enunciados como éste se prestan con facilidad a los malentendidos; el más común sería considerar que Bruno realiza aquí una crítica sociológica de la religión. Y en verdad, Bruno se sitúa más lejos de la religión que de la teología, a la que no intenta «desenmascarar», sino que únicamente procura mirarla desde un punto de vista operativo más amplio. No condena en absoluto a la religión en nombre de unos principios humanitarios que lo son completamente ajenos. De hecho, no se interesa por la religión en sí, sino por la manera que emplea cualquier religión para instaurarse, siempre y cuando, por un lado, las masas estén dispuestas a aceptarla y, por otro, el mensaje sea conveniente y tenga la capacidad de realizar la conversión de las masas. En cuanto al manipulador, será todavía más persuasivo, más firme en su fe y en su fuerza de convicción, cuando consiga apagar en él y en los demás la philautia, el amor por uno mismo, el egoísmo (De vinculis. III. págs. 652,675). Todo es manipulable, enseña Bruno: pero el manipulador no tiene derecho a utilizar su poder sobre las masas con fines egoístas. Además, parece ser que la existencia del amor propio en el sujeto facilita de alguna manera la creación de «vínculos».
De manera general, resulta más fácil ejercer una influencia duradera en las masas que en un individuo. Para las masas se emplean unos vínculos que son de orden más general. En el caso de un individuo, es necesario conocer primero muy bien sus placeres y sus fobias, lo que suscita su interés y lo que le deja indiferente: «Resulta, en efecto, más fácil manipular [vincire] a varias personas que a una sola» (ibid., pág. 688).”
“3. Vinculum vinculorum
La fórmula «vinculo de los vínculos», Bruno la aplica —ya lo hemos visto— a tres cosas distintas: el eros, la fantasía, la fe. Ciertamente, como sabemos que el eros es una operación fantástica, podemos reducir la lista a dos términos. Después, aprendemos que la fe sólo puede formarse y prosperar en el terreno de la imaginación, lo que viene a significar que, en el fondo, el vinculum vinculorum es el sintetizador receptor y productor de fantasmas.
Sin embargo, Bruno suele reservar esta fórmula para describir la fuerza extraordinaria del eros, daemon magnus, que preside todas las actividades mágicas. Estas últimas sólo son, finalmente, una explotación extremadamente hábil de las propensiones y actitudes individuales, para crear vínculos duraderos cuya finalidad es someter al individuo, o al grupo, a la voluntad del manipulador.
El postulado de esta operación es que nadie puede librarse del círculo mágico: cada persona o bien está manipulada, o bien es un manipulador. Para poder ejercer sus técnicas, después de conseguir un dominio extraordinario sobre su propia fantasía, y habiendo dejado de lado su amor propio, que le hacía vulnerable frente a las adulaciones y las injurias de los demás, el manipulador se dedica a conocer y penetrar, gracias a la intuición, tanto las propiedades como las reacciones y las emociones del sujeto que quiere vincularse...”
“¿Cuál es el objetivo de esta descripción del vinculum cupidinis, del vínculo libidinal? Esta pregunta resulta ser más compleja de lo que parece porque el tratado bruniano, en más de una ocasión, no resulta ser muy explícito, ni mucho menos. Como ya le hemos dado una respuesta, todavía nos queda justificarla.”
...
“Una tercera hipótesis, que no pone en cuestión la idea de manipulación, consiste en decir que el conocimiento de la fenomenología erótica le sirve, al operador, no tan sólo para ejercer su influencia sobre el mundo exterior sino también para obtener una inmunidad perfecta en relación con los «vínculos» de cualquier tipo. Esto es muy probable, y vendría a decir que el operador bruniano es aquel que sabe todo sobre el amor, para aprender a no amar. En efecto, el que ama está vinculado: «El amor del amante es pasivo, es un vínculo. El amor activo es otra cosa, es una fuerza activa en las cosas, y es el que vincula [est ille qui vincit]» (ibid., pág. 649).”

Ioan P. Culianu. Eros y magia en el Renacimiento, ed. Siruela 1999. pp. 131-140.
“5. De la magia como psicosociología general
Aunque la magia erótica de Bruno sea poco ortodoxa, su estudio nos ha permitido conocer un poco mejor las consecuencias extremas a las que puede llegar la identidad, tanto sustancial como operacional, entre eros y magia.
Tendremos que volver hacia atrás para considerar nuevamente cuál puede ser el parentesco entre eros y magia: ¿dónde acaba el eros?, ¿dónde empieza la magia? Parece que la respuesta sea sencilla: en cuanto se manifiesta el eros, la magia también se manifiesta. Por esto, finalmente, la magia erótica representa el grado cero de cualquier magia.
Todavía nos queda precisar la definición de la magia como operación espiritual. En cualquier caso, se trata de un postulado transitivo, y podemos afirmar que toda operación espiritual es al mismo tiempo una operación mágica. Como el eros viene a ser la actividad pneumática natural más sencilla (aquella que interviene en cualquier proceso intersubjetivo), resulta que todos los fenómenos eróticos son al mismo tiempo unos fenómenos mágicos en los que el individuo interviene en calidad de manipulador, de manipulado o de instrumento de manipulación.
Para que un sujeto participe de las operaciones mágicas, la idea misma de magia no debe pasar el límite de su consciencia. De hecho, puesto que ningún acto tiene lugar sin un movimiento del pneuma, se puede decir que toda la existencia de un individuo queda circunscrita en la esfera de la magia natural. Y como las relaciones entre individuos están condicionadas por criterios «eróticos», en el sentido más amplio de la palabra, resulta que la sociedad humana, en sus diferentes niveles, no es más que obra de magia. Por mucho que no sea consciente de ello, todo ser que, debido a la constitución del mundo, esté integrado en un relevo intersubjetivo también está participando en un proceso mágico. Únicamente el operador puede, primero, situarse como un observador de las relaciones intersubjetivas poique ha entendido el conjunto de este mecanismo, y puede realizar, simultáneamente, un conocimiento con la finalidad de sacarle provecho.
Todo esto recuerda curiosamente el concepto de «proceso de transferencia» estudiado por Jacques Lacan: según él, el mundo es un inmenso aparato de intercambios intersubjetivos, donde cada uno hace a su vez el papel de paciente o el de analista, En cuanto al facultativo, aunque Lacan no lo diga expressis verbis, se sitúa en una posición parecida a la del operador de Bruno: ha aprendido los mecanismos del mundo, sabe que el mundo no es más que una máquina de transferencias, y observa todo esto para poder aprovecharlo. Ciertamente, también se supone que debe transferir en el paciente el provecho que haya sacado para poder curarlo.
Las posibilidades del mago son más amplias: las del médico están relativamente más limitadas. Si tenemos dos individuos. A y B, y la relación entre ellos, que podemos llamar Y, y suponemos que A quiere a B pero que B no le corresponde, resulta que su relación, Y, queda definida con estos términos. La labor del mago es modificar Y: si ofrece sus servicios a A, conseguirá para él los favores de B. Pero supongamos que la familia de A decide que, por algún motivo de interés, A debe abandonar su intensa pasión por B: poniéndose a su servicio, el operador modifica Y y «cura» a A. Ésta sería la labor del médico. También podemos imaginar que A es un manipulador mágico que quiere conseguir los favores de B. Es mago, y no médico. De estos tres casos, dos pertenecen a la magia y uno a la medicina. ¿Cuál es, exactamente, la frontera entre estas dos disciplinas? Podemos damos cuenta de que las competencias del médico se limitan, jurídicamente, a los casos que presentan el afecto de A en conflicto con los intereses de la sociedad, lo que significa que el afecto se situaría fuera de la normalidad. Por el contrario, el operador de la magia erótica en general puede utilizar sus conocimientos en contra de la sociedad y en contra de la voluntad de un individuo.
Supongamos ahora que A es un individuo múltiple, una masa que tiene reacciones uniformes. B es un profeta, el fundador de una religión o un jefe político que subyuga utilizando procedimientos mágicos de persuasión. Sus prácticas, como las del médico, se admiten porque al conseguir el consenso social, el mismo operador dicta las reglas de la sociedad.
Tres hipóstasis: mago, médico, profeta. Su vínculo es indisoluble, y sus límites no quedan bien definidos. El «psicoanalista» también pertenece a este círculo porque sus actuaciones están en el límite de lo ilícito y lo sobrehumano. (Reconozcamos que, hoy en día, su situación sigue siendo la misma: un cirujano nunca dirá que un psicoanalista es su «colega», aunque tenga el diploma de médico.)
Como hoy en día se han especializado y delimitado las competencias, podríamos decir que los otros dos operadores de la magia bruniana (el mago, propiamente dicho, y el profeta) han desaparecido. Es más probable, sin embargo, que sencillamente se hayan camuflado tras unas apariencias sobrias y legales: el analista sólo sería una de ellas, y no precisamente la más importante. Actualmente, el mago se encarga de las relaciones públicas, de la propaganda, de la prospección de mercados, de las encuestas sociológicas, de publicidad, de la información, la contra información y la des-información, de la censura, de operaciones de espionaje c incluso de criptografía (esta ciencia fue, durante el siglo XVI, una rama de la magia). Esta figura clave, para la sociedad contemporánea, sólo representa la continuidad del manipulador bruniano, cuyos principios va siguiendo, procurando presentarlos con fórmulas técnicas c impersonales. Los historiadores concluyeron sin razón que la magia había desaparecido con la llegada de la «ciencia cuantitativa». Esta sólo ha sustituido una parte de la magia, prolongando sus sueños y sus finalidades, recurriendo a la tecnología. La electricidad, los medios de transporte rápidos, la radio y la televisión, el avión y el ordenador no son más que las realizaciones de aquellas promesas, formuladas por la magia, que respondían a los procedimientos sobrenaturales del mago: producir luz, desplazarse instantáneamente de un punto a otro del espacio, comunicarse con regiones lejanas del espacio, volar por los aires y disponer de una memoria infalible. Podemos sostener que la tecnología viene a ser una magia democrática que permite a todo el mundo gozar de las facultades extraordinarias de las que, hasta ahora, sólo podía presumir el mago.
Por el contrario, nada ha reemplazado a la magia en el terreno que le es propio: el de las relaciones intersubjetivas. Al mantener una función operacional, tanto la sociología como la psicología y la psicosociología aplicada representan, hoy en día, la continuación directa de la magia renacentista.
¿Qué se pretendía conseguir con el conocimiento de las relaciones intersubjetivas?
Una sociedad homogénea, ideológicamente sana y gobernable. El manipulador de Bruno tenía la responsabilidad de impartir a sus sujetos una educación y una religión correctas: «Ante todo, hay que cuidar mucho la manera de educar a alguien, vigilar el lugar donde sigue sus estudios, vigilar el tipo de pedagogía, de religión, de culto, los libros y los autores estudiados. Pues lodo esto genera por sí mismo, y no por casualidad, todas la cualidades del sujeto» (Theses de Magia, III). El control y la selección son los pilares del orden. No hace falta tener mucha imaginación para entender que la función del manipulador bnuniano la ejerce, ahora, el estado: este nuevo «mago integral» se encarga de producir los instrumentos ideológicos necesarios para conseguir una sociedad uniforme. Cualquier educación crea unas expectativas que ni el mismo estado es capaz de satisfacer. Para los frustrados, existen unas centrales ideológicas que crean expectativas alternativas. Digamos que si el estado produce la «cultura», estos otros centros manipuladores producen la «contracultura» que va dirigida, ante todo, a los marginales.
No hay que engañarse en lo que respecta al carácter de las modas culturales alternativas: en ciertas circunstancias, pueden resultar ser más potentes que la cultura del estado: en tal caso, acabarán sustituyendo a esta última, ya sea siguiendo la evolución, ya sea creando una revolución. Por esta razón, el estado que quiera subsistir, debe tener la capacidad necesaria para asegurar a sus ciudadanos una educación infalible, y, si puede, debe satisfacer sus deseos. Si no lo consigue, debe procurar producir él mismo su contracultura, cuyos componentes ideológicos deben estar organizados de tal manera que impidan la cohesión de los marginados así como el aumento de su poder. El método más sencillo y más eficaz, pero también el más inmoral, consiste en dejar que vaya prosperando el mercado de los fantasmas destructivos y autodestructivos de todo tipo, al mismo tiempo que se va abonando la idea de que existen fuentes alternativas de poder, entre las cuales la más importante sería el «poder mental». Los efectos de la violencia se vuelven contra los agresores, la autodestrucción anula otra parte de los marginados, y, mientras tanto, el tercio restante está ocupado meditando y extasiándose ante las posibilidades desconocidas, pero siempre inofensivas, claro está, de la psique humana. Aunque, en ciertos casos, algunos ritos violentos vayan asociados con prácticas mentales, resulta poco probable que realmente consigan atacar la cultura del estado. La ventaja de estas operaciones sutiles consiste en no recurrir a la represión directa para salvar la idea de libertad, cuya importancia no debe ser desestimada. Por otro lado, las modas alternativas también representan una fuente considerable de prestigio y riqueza para sus creadores: y esto asegura el buen funcionamiento de todas las industrias que están relacionadas con ellas: la imagen, el disco, la moda de la indumentaria. A su vez, el éxito en el mercado de estas operaciones acaba siendo un peligro para el estado que, hasta este momento, había estado ayudándolas discretamente con la finalidad de desviar la atención de los marginados. Pero resulta que el fenómeno adquiere tales proporciones que prácticamente ya no puede ser controlado ni por los manipuladores directos ni por el estado mismo. Surgen entonces nuevas modas que no han sido inventadas por el estado para asegurar su propia subsistencia. Estalla una nueva ola de violencia que el estado no había programado. Las prácticas auto destructivas acaban por afectar a los representantes de las nuevas generaciones que hubiesen podido responder a las expectativas más nobles del estado. La situación se complica cada vez más, y las medidas que se toman exigen un gasto considerable de inteligencia que hubiera sido más útil para unos fines mejores.
Y nos preguntamos si el estado occidental, hoy en día, es realmente un mago o si sólo es un aprendiz de brujo que pone en movimiento unas fuerzas ocultas e incontrolables.
Es difícil contestar a esta pregunta. En cualquier caso, el estado-mago, siempre y cuando no se trate de unos vulgares prestidigitadores, es preferible al estado policial que es aquel que, para defender su propia «cultura» caduca, no duda en reprimir todas las libertades así como la ilusión de las libertades, transformándose en una cárcel donde ya no existe esperanza. Demasiada sutilidad y demasiada flexibilidad son los mayores defectos del estado-mago, que puede degradarse y transformarse en un estado brujo. Una carencia total de sutilidad y de flexibilidad son los mayores defectos de un estado policial, que se ha transformado en un estado-carcelero. Pero la diferencia fundamental entre los dos, la que hace inclinar la balanza a favor del primero, es la naturaleza de la magia: la magia es una ciencia de las metamorfosis, tiene la capacidad de cambiar, puede adaptarse a cualquier circunstancia, puede mejorarse. Por el contrario, la policía jamás puede ser otra cosa que lo que es: en el caso que nos ocupa, es el defensor a ultranza de unos valores caducos, de una oligarquía política inútil y perjudicial para la vida de las naciones. El sistema de coacción está condenado a desaparecer porque lo que defiende no es más que un montón de fórmulas sin ninguna vitalidad. Por su parte, el estado-mago está esperando la posibilidad de desarrollar nuevas oportunidades y nuevas tácticas, y precisamente el exceso de vitalidad puede interferir en su funcionamiento. Seguramente él también sólo podrá explorar una ínfima parte de sus recursos mágicos. Pero intuimos que éstos serán de una riqueza extraordinaria y, en principio, no deberían tener ninguna dificultad en arrancar el árbol seco de la ideología policial.
¿Por qué esto no ocurre? Porque la sutilidad de sus juegos internos agota la atención del estado-mago, y éste resulta tener poca preparación para enfrentarse al problema de una magia fundamental y eficaz en sus relaciones externas. Este monstruo de inteligencia se queda sin recursos en cuanto debe proyectar operaciones a largo plazo o cuando tiene que poner cara de «encanto» para las relaciones internacionales. Su pragmatismo sin contemplaciones ni miramientos acaba creándole una imagen que, aun siendo más bien falsa, resulta repulsiva a la mirada de sus interlocutores. Este defecto, hecho de promesas y discursos bizantinos, le perjudica tanto como sus excesos de inteligencia y su incapacidad para proponer soluciones radicales.
Si nos extrañamos porque el estado policial todavía sigue funcionando también podemos preguntamos porque el estado-mago, que dispone de una cantidad de recursos ilimitada, funciona tan mal; incluso parece que vaya perdiendo terreno, día a día, frente a los progresos ideológicos y territoriales del otro.
La conclusión es evidente: el estado-mago agota su inteligencia creando diversiones internas y demuestra ser incapaz de elaborar una magia a largo plazo para neutralizar la hipnosis provocada por las cohortes policiales que van avanzando. Así y todo, parece que el futuro le pertenezca y aunque el estado policial consiguiera una victoria provisional, no cabría ninguna duda sobre esta cuestión: la coacción violenta deberá rendirse ante los procedimientos sutiles de la magia, la ciencia del pasado, del presente y del futuro.”

Ioan P. Culianu. Eros y magia en el Renacimiento, ed. Siruela (1999). pp. 147-152.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

"Aquella revolución sexual" de Arnold J. Toynbee (ABC Literario 15/04/1989)


Aquella revolución sexual
NO es sólo hoy cuando la sexualidad se ha situado en el centro de nuestras preocupaciones. En todos los tiempos y a través de todas las épocas de la historia de la humanidad, la sexualidad ha representado un problema difícil de resolver por la propia ambigüedad de la naturaleza humana. Por una parte tenemos, como los animales, instintos e impulsos sexuales; por otra parte, nuestra vida tiene un aspecto espiritual cuyas exigencias son incompatibles con un abandono puro y simple a nuestros instintos. La tensión creada por estos dos aspectos de nuestra naturaleza es tanto mayor cuanto que, en el plano animal, nuestra vida del sexo no está naturalmente regulada como en la mayoría de los mamíferos. En éstos, la hembra es sexualmente activa sólo en ciertos periodos determinados, mientras que la hembra humana lo es de manera constante. Razón de más para que los humanos se hayan esforzado por reglamentar la vida sexual.
La experiencia demuestra, me parece a mí, que cuando las relaciones entre los sexos no están reguladas, el hombre y la mujer son desgraciados Esta reglamentación puede adoptar formas muy diversas; puede ser un matrimonio monogámico, poligámico o poliándrico, pero lo esencial es que haya uno. Esto es necesario no sólo para los adultos, sino también y sobre todo para los niños. Es notorio que una de las causas del comportamiento desordenado de muchos jóvenes de hoy es el clima de inseguridad en que han crecido, motivado por una falta de armonía en las relaciones entre sus padres. Esto puede tener repercusiones psicológicas devastadoras sobre los hijos, que pueden quedar traumatizados para toda la vida. Ésta es la razón de que todas las sociedades humanas hayan sentido la necesidad de codificar las relaciones entre los sexos, pero como nuestros instintos son muy fuertes, las reglas han sido siempre más o menos mal soportadas, y de ahí ha resultado mucha hipocresía. Nunca se puede juzgar sobre el estado real de las relaciones sexuales fiándose de las normas oficiales, sino procurando ver lo que sucede de hecho.
Ahora bien, en el siglo XIX, en los países anglosajones y en menor grado en Francia, la moral sexual oficial era muy estricta, pero, en la práctica, era burlada a menudo, y la contradicción entre la teoría y la práctica era en definitiva muy desmoralizadora. Desde este punto de vista, creo que el movimiento presente a favor do una mayor libertad en el terreno sexual es -en parte, al menos- una sana reacción contra la hipocresía «victoriana». Los jóvenes de hoy dicen; «Nuestros predecesores no eran mejores que nosotros, pero pretendían serlo. Nosotros no pretendemos nada; hacemos abiertamente lo que ellos hacían en secreto».
Los precedentes históricos
PERO esta rebelión tiene también un aspecto negativo. No es sólo la hipocresía lo que se rechaza, sino, en definitiva, toda reglamentación de la vida sexual. Pienso incluso que la rebelión contra la hipocresía puede convertirse en una excusa para la rebelión contra toda regla que imponga un cierto dominio de uno mismo. Si abandonamos toda reglamentación cesamos casi de ser humanos sin convertirnos por ello mismo en inocentes animales. ¿En qué nos convertimos? En una especie de monstruos que no son ni hombres ni animales. Lo deplorable en este dominio es que todo exceso en un sentido acaba por desencadenar indefectiblemente una reacción excesiva en sentido contrario. Si busco precedentes históricos a la situación actual, veo inmediatamente dos en la historia de Gran Bretaña: la época de la Restauración (Carlos II), cuya extrema licencia de costumbres es una reacción contra la dictadura puritana de Cromwell, y la época llamada de la Regencia (Jorge IV), cuya relajación explica la reacción victoriana que siguió.
Fuera de la historia de Inglaterra no puede evitarse la comparación con la época del Imperio Romano. Basta leer las Epístolas de San Pablo para advertir, a través de las dificultades que tuvo con los convertidos que no eran judíos de viejo abolengo -especialmente en Corinto-, lo que era la libertad sexual greco-romana a comienzos de la Era Cristiana. San Pablo tenía en la mente el modelo judío de estabilidad en el matrimonio y debo decir que, en este punto, admiro mucho a los judíos. Creo que su sentido muy fuerte de la familia, su solicitud hacia los hijos, que llega hasta el espíritu de sacrificio, es una de las causas de su supervivencia, no sólo bajo el Imperio Romano, sino también en otras épocas más recientes.
Sin embargo, el cristianismo llegó más lejos que el judaísmo en el ascetismo. Debido a la licencia sexual que reinaba entre los primeros convertidos, se cargó pesadamente el acento en la pureza de las costumbres en materia sexual, y por esta causa el cristianismo ha tendido en ciertas ocasiones y en ciertos lugares a confundir la moral con la moral sexual. Y se ha tendido excesivamente con posterioridad a pensar que si el comportamiento sexual era conformista, todo iba bien, mientras se permitía actuar muy mal en otros dominios. Hay muchos aspectos, sin embargo, del Bien y del Mal que no están vinculados a la sexualidad.
Una reacción de tipo fascista
LA comparación con el Imperio Romano está autorizada también por el hecho de que una gran licencia sexual es signo de decadencia de una determinada sociedad o civilización. Los romanos del siglo III a. de J. C. y los griegos del siglo V a. de J. C. eran mucho más virtuosos que los contemporáneos de San Pablo. La reacción cristiana va a la par con la secesión del proletariado interior del Imperio que facilitará las invasiones bárbaras. De hecho, esas invasiones procedentes del exterior son lo más visible en la caída del Imperio Romano, pero no lo más importante. El fenómeno esencial es, me atrevo a decirlo, la invasión «desde abajo», por la cual las clases dominantes son sumergidas por nuevas capas sociales. Las invasiones bárbaras fueron facilitadas por este fenómeno, y lo facilitaron al mismo tiempo. Hubo un encuentro entre un proletariado interior y un proletariado exterior. Asimismo, la reacción -victoriana- contra la desvergüenza de la época «Regency» va a la par con el acceso al poder político y económico de una nueva clase media, endurecida en el trabajo, dura en los negocios y muy apegada a las tradiciones puritanas en cuanto a su vida privada. Y en cuanto esta clase se hizo rica y poderosa conservó su fachada puritana, pero, en secreto, comenzó a traicionar poco a poco el ideal de rigor que exhibía.
Creo que la liberación sexual actual marca el fin de una determinada sociedad burguesa liberal. ¿En beneficio de quién? Veamos lo que sucede en Estados Unidos. Los «hippies», cuya libertad sexual es bien conocida, pertenecen en su mayor parte a familias que son ricas desde hace más de una generación. Y quienes los detestan más son los «cuellos azules», es decir, la capa superior de los obreros industriales que acaban de conquistar la vida cómoda, El mundo de los trabajadores norteamericanos está dividido hoy en dos categorías muy diferentes: una capa de gente pobre, como los negros y los blancos pobres del Sur, y una capa de obreros que ascienden a la categoría de pequeños burgueses. Estos obreros representan la nueva clase ascendente, la de las personas que alcanzan por fin el desahogo económico y que no tienen ningún deseo de poner en tela de juicio esa «American way of live» de que comienzan justamente ahora a disfrutar.
Era de renovación cristiana
SI la liberación sexual de hoy marca la decadencia de una determinada sociedad burguesa liberal, marca también la entrada en una era de renovación del cristianismo. Algunas creencias cristianas se discuten ahora por una gran mayoría de nuestros contemporáneos y se adaptan a los nuevos tiempos. Se trata de una gran revolución porque, desde el siglo IV en Occidente y en Rusia desde el siglo XI, el dogma cristiano y las reglas morales que a él se vinculan han constituido el marco de nuestra vida. Yo diría: un marco demasiado rígido para la vida actual, mal proporcionado, con una importancia excesiva dada a la represión de la sexualidad, que tuvo por consecuencia la hipocresía.
Pero no se puede rechazar este marco impunemente sin experimentar una impresión de vacío.
Plutarco nos cuenta que en el siglo I d. de J. C., al llegar un navío a Grecia, los marineros oyeron un grito lanzado por los espíritus de los dioses que se iban: « ¡El gran Pan ha muerto!» Creo que hoy el gran Pan ha resucitado... por poco tiempo. Pero esto no es el fin de la Historia. En esta resurrección provisional de Pan -y también de Dionisos- veo una revuelta, una protesta contra una vida cotidiana cada vez más reglamentada por las exigencias de la técnica; es del mismo orden que las «huelgas salvajes» en las empresas, que son una protesta más o menos inconsciente contra la monotonía de un trabajo mecanizado y reglamentado. Esta reglamentación se extiende hoy a toda la vida cotidiana. Y nos encontramos apresados en una contradicción: por una parte, la gente se queja de ser esclavizada por los imperativos de la técnica: por otra parte, no se puede concebir ya la vida sin las comodidades que la técnica permite obtener.
CIENTÍFICAMENTE no esta en absoluto excluido que el embarazo sea pronto extrauterino, que los niños crezcan en frascos: así se llegaría al «mundo feliz» de Aldous Huxley. Puede concebirse que la evolución de la ciencia y de la sociedad sean tales que la mujer ya no pueda hacer frente a su embarazo desde el punto de vista económico e incluso desde el social; las comadronas desaparecerían como especies anticuadas. Si se añade a esto las posibilidades de la inseminación artificial, se podría en definitiva fabricar a voluntad hijos sin padre ni madre conocidos, bajo el pretexto de mejorar la especie humana.
Pero, ¿qué podrían ser tales hijos? ¿No se hallarían en un estado peor que el de los huérfanos, porque el huérfano sabe, por lo menos, que ha tenido padres7 Esto plantea ya problemas en el caso de los hijos adoptados cuando hay que decirles la verdad. Pero me parece que si no hubiera padres en absoluto, seria terrorífico. Sin raíces, sin antecesores personalizados, sin sucesores... Ya en los Estados Unidos los negros sufren por no saber de qué región de África proceden, por sentirse aislados de un fondo histórico, y muchos de ellos, debido a su extrema promiscuidad, no tienen prácticamente padre, al haber tenido la madre hijos de varios hombres. Los resultados son desastrosos en el plano psicológico.
Sin llegar a la solución extrema del bebe-probeta, existe el riesgo de que la emancipación de la mujer vaya acompañada de cierta masculinización de ésta, lo que iría en detrimento de los hijos, por atrofia o represión del sentimiento maternal. Conozco los casos de dos mujeres que hicieron carreras brillantes, se entendían muy bien con sus maridos, aparentemente se ocupaban bien de sus hijos y, sin embargo, éstos sufrieron psicológicamente porque su madre no estaba bastante disponible para ellos, no estaban en el centro de sus preocupaciones. Sin embargo, no creo que el sentimiento maternal pueda suprimirse verdaderamente por unos progresos cualesquiera de la ciencia: creo que puede desviarse y reprimirse, y que esto puede provocar grandes frustraciones en las mujeres porque se trata de un instinto innato.
Los nuevos ascetas
HAY en el hombre cosas innatas que el progreso no suprime. Tomemos, por ejemplo, el sentido del pecado, el sentimiento de culpabilidad. La presente liberación sexual no suprime el sentido del pecado, sino que provoca su desplazamiento hacia otros sectores. Los «hippies», por ejemplo, tienen un sentimiento de culpabilidad en to que respecta a la guerra de Vietnam, al problema negro, a la contaminación de la Naturaleza. De la misma manera me parece que el ascetismo reaparece tal voz en Norteamérica, no ya en el dominio del sexo, sino en el del dinero, con esos estudiantes que se niegan deliberadamente a entrar en los negocios, rechazan las proposiciones seductoras de las mayores empresas y optan por carreras más humanitarias, como la de Medicina, por ejemplo.
En el siglo II, la gente se burlaba aún de las tendencias ascéticas de los cristianos. Pero dos siglos más tarde, tos anacoretas del desierto se habían convertido en verdaderas «estrellas» cuyos nombres eran tan célebres como los de las grandes cortesanas y los campeones de las carreras de carros. En Siria. Simeón el Estilita y sus émulos, que permanecieron encaramados durante años en sus columnas, atraían una multitud de peregrinos y suscitaron toda una industria hotelera. Aún no hemos llegado a tanto. Tenemos nuestras figuras del cine, de la canción y del deporte; los campeones del ascetismo han de venir todavía. Pero vendrán. El difunto padre Pio, el sacerdote de la aldea de San Giovanni Rotondo, en Italia del Sur, fue tal vez el precursor. Y como en nuestros días la historia se desarrolla mucho más deprisa gracias a la rapidez de los medios de comunicación, no creo que haga falta esperar dos siglos para asistir a este cambio de costumbres
Arnold J. TOYNBEE, ABC Literario, 15 de abril de 1989. pp VIII-IX

lunes, 24 de septiembre de 2007

Leyendo a Jean-Baptiste Botul


"Non ridere, non lugere, neque detestari, sed intelligere"
el celibato forma parte de la esencia misma de la filosofía