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domingo, 2 de febrero de 2025

"El canario de Himmler" de José Jiménez Lozano (El Norte de Castilla, 8-julio de 1962)

 


EL CANARIO DE HIMMLER

¿Salvará al mundo la cultura? ¿Es cierto que de lo que más necesitada está España es de la cultura? Cientos de hombres de letras y de ciencias vienen expresándose por la afirmativa con una coincidencia ciertamente sospechosa. Creo, sinceramente que se trata de un gran tópico, de una gran pereza mental.

La generación del 98 en nuestra Patria diagnóstico que el mal de nuestro país estaba en la falta de cultura, y ahora cualquier universitario cualquier periodista que pone los pies en un pueblecito recarga las tintas sobre la falta de cultura de los campesinos, lo que en parte es verdad, pero solamente en parte, porque el campesino tiene su cultura que no es humanística y libresca ni tiene por qué serlo. Sin embargo, ante las  «espléndidas» realidades de nuestra cultura no deberíamos tener nosotros tampoco esta adoración y esta beatería hacia ella.

Me parece que es un deber sacar de la ignorancia a quienes no saben; pero no debemos imponerles una cultura a la fuerza y una cultura que jamás asimilarán y hasta por la que sienten desprecio. En realidad, ¿en qué es superior nuestra cultura humanística a la cultura campesina y obrera? Es, simplemente, distinta. 

Pero son muchos estos problemas y ahora sólo quisiera preguntarme, de momento, si de verdad podemos esperar un mundo nuevo y justo —el que todos esperamos— de la tan ponderada cultura.  Esta afirma que «cuanto más se desarrolla la ciencia, la cultura común, la vida económica y social, más se ennoblece el hombre mismo. Asciende a una concepción de la existencia cada vez más más alta, a una relación cada vez más plena de sentido entre hombre y hombre, y también, cada vez tiene sentimiento más refinado respecto al apuro del otro, surgiendo poco a poco ese sentimiento básico que hemos expresado en la frase: «hay una persona en apuro: por tanto debo ayudarla». ¿Es cierto eso? «No lo creo», dice el teólogo Guardini. Y hace bien en no hacerlo. La historia reciente de la humanidad demuestra que esto es, en efecto, como piensa también Guardini, una pura ideología que nada tiene que ver con la realidad. El hombre no se ennoblece a fuerza de leer a Platón, ni con la música de Beethoven. Se refina, eso es todo. No nos hagamos ilusiones. Y este hombre culto, refinadísimo, empapado de humanismo, dispuesto a echar una mano en los accidentes y esperando que la cultura construya un paraíso en el mundo, un día, en nombre de esa misma cultura, llena de belleza, encenderá una cámara de gas para niños judíos, exterminará a los locos, se sentirá incómodo con la pobreza de las gentes.

Es la historia del canario de Himmler. Este hombre cultísimo, Jefe de las S.S., que había hecho de la tortura un arte y una ciencia, ha quedado grabado en mi imaginación con aquellas pinceladas que Albert Camus le retrata en alguna parte: volviendo a su casa de noche y entrando en ella por la puerta de detrás, para no despertar a su canario favorito. Él mismo escribía en 1943: «La suerte de un ruso o un checo me tiene absolutamente sin cuidado… Me es totalmente indiferente saber si estas naciones viven prosperas o revientan de hambre.  Esto no me interesa más que en la medida en que esas naciones nos son necesarias como esclavas de nuestra cultura. Que diez mil mujeres rusas mueran agotadas al cavar una fosa anticarros me es totalmente indiferente, si la fosa llega a cavarse efectivamente. Evidentemente no se trata de ser duro y despiadado. Nosotros los alemanes, que somos los únicos en tratar correctamente a los animales, trataremos también correctamente a los animales humanos. Pero sería un crimen contra nuestra propia sangre preocuparnos de ellos y atribuirles un ideal... »

Y la historia del canario es la historia de los dirigentes comunistas fotografiándose con palomas y niños, y no dudando en aplastar a un pueblo bajo las ruedas de sus tanques de la manera más horrible. Que no se me diga que estas son anécdotas. Un tanto por ciento muy elevado de alemanes, hombres cultos y «de gran corazón» votó por Hitler en 1933, y el pueblo chino, el pueblo más cortés y ceremonioso de la tierra ha optado —de otro modo no habría triunfado la revolución— por el régimen atroz de Mao, aunque en este caso hayan contribuido también otros factores al éxito de dicho régimen. Y Hegel trajo consigo a Marx y la justificación de los crímenes en nombre del proletariado y de la historia, como otros los justifican en nombre de otras ideas.

Todo esto quiere decir, me parece, que si es cierto que el mundo le salvará la cultura y a España la engrandecerá la cultura, será una cultura basada en otros principios que la nuestra. Los historiadores de la cultura occidental se esfuerzan a veces por demostrar que ésta está basada sobre el cristianismo. También ha habido quienes han demostrado otra cosa. Porque en la cultura de que venimos hablando es verdaderamente escasa y desde luego superficial la influencia cristiana de estos dos mil años. El espíritu romano de propiedad ha triunfado sobre el de pobreza evangélica, el espíritu pagano de conquista, triunfó y revancha, sobre el espíritu evangélico de mansedumbre y humildad, y el lugar central que el cristianismo señala al hombre pobre y desvalido es repudiado por toda nuestra cultura.

Porque hasta los movimientos políticos e ideologías llamadas de izquierda que hacen bandera de los pobres quieren, en efecto, que la pobreza desaparezca del mundo de mañana, mientras que el cristianismo sabe que los pobres sostienen la historia entera y son el testimonio de Dios hasta el fin de esa historia. He aquí el verdadero humanismo: el que ve a Dios en cada hombre y particularmente en el más pobre, y pequeño. Es hasta una comprobación histórica. De otro modo sólo cabe esperar lo peor de las más exquisita cultura y de los mejores y más selectos sentimientos.

La cultura que se quiere aplicar como universal remedio de todos los males puede ciertamente levantar Universidades en el Congo y hacer de los soldados del señor Adula seres cortesísimos y repletos de ciencia; pero mañana estos hombres cultos, reunidos en una asamblea y siguiendo las indicaciones de esa misma cultura, esterilizarán a todos aquellos de quienes la ciencia asegura que no nacerán hombres fuertes y tampoco tendrán inconveniente en aniquilar una ciudad con armas atómicas o bacteriológicas, si, ello está indicado «por las necesidades». Pues esto mismo ya ha sido decidido por hombres cultísimos y razas «egregias» de nuestros mismos días.

Antes de repetir, pues, que lo que necesita este mundo es cultura, convendría repensar de qué clase de cultura se trata y no despreciar auténticos valores que se hallan ciertamente en mundos como el obrero y el campesino, y que son como para enamorar a un cristiano: la solidaridad, el odio a la guerra, la sinceridad, el sentido de la realidad contra los mitos o las ficciones jurídicas, etc. Desde luego, maldita cultura la que antepone al hombre una idea o un bellísimo sentimiento de delicadeza para con un canario dormido.

JOSE JIMENEZ LOZANO, "El Caballo de Troya" de El Norte de Castilla, 8-VII de 1962, p. 7.


viernes, 21 de septiembre de 2018

Juan Pedro Quiñonero: "SS Lebensborn: de la fecundidad al asesinato" (Destino, 27 de noviembre de 1975)

Remontas humanas e industria del crimen
SS Lebensborn: de la fecundidad al asesinato
George Steiner comentaba, días pasados, en el «New Yorker», que el siglo XX nos ha habituado al terror. Estadística y cualitativamente, el uso de la tortura con fines políticos; el genocidio o masacre de pueblos y sociedades, la demolición física y psicológica de individuos y paisajes iguala nuestro tiempo al de las invasiones de los vándalos.
La hipocresía demente, la locura amaestrada de las sociedades occidentales, asimismo, con una habilidad no sé si idiota o criminal, ha creado, igualmente, una marabunta de escuelas, doctrinas y subterfugios cuya finalidad más inmediata es la del algodón hidrófilo que empapa esos ríos de sangre derramada. Así, Vietnam, o Chile, se justifican en nombre de la defensa de Occidente; los campos de concentración estalinianos se disculpan a través de una «nueva política económica»; y el exterminio de comunidades tercermundistas, sectas religiosas, grupos étnicos, recibe las bendiciones de la conquista de mercados o la rapiña más miserable y venal.
Tras las ideologías y la guerra de los comunicados de prensa, las palabras, industrializado su uso hasta límites manicomiales, sirven para encubrir el asesinato, las matanzas, charcos de sangre y vagones de carne humana conducida al matadero.
El relato de los crímenes del hombre occidental, en nuestro siglo, es una de las crónicas más miserables de la historia de la humanidad. Es necesario recordar las matanzas y actos de sangre que se relatan en la Biblia para imaginar una tenacidad asesina tan minuciosa, una voracidad criminal tan insaciable.
Se acaba de traducir un libro de Marc Hillel. «En nombre de la raza»[1], que relata una de las historias más deleznables que he leído jamás: el reportaje de las SS Lebensborn, creadas por Himmler en pleno delirio maníaco-criminal del Tercer Reich; estas unidades y establecimientos «estaban destinados a la procreación, albergaban a muchachas, solteras en su mayor parte, cuidadosamente seleccionadas y mentalizadas, dispuestas a cumplir un servicio a la patria y a ser fecundadas por jóvenes de pura raza germánica». Himmler decidió que el hombre no descendiese del mono, sino de las SS.
Desde el 12 de diciembre de 1935 se inició en Alemania el funcionamiento de la Oficina Central de la Raza y la Población, y la Sociedad Registrada Lebensborn, que, por orden del Reichsführer, habían nacido para «hacer frente a una urgente necesidad»: dar a las madres «racialmente valiosas» la posibilidad de dar a luz a escondidas de sus padres y de abandonar, si así lo desean, a su hijo a las SS, que garantizaban su crianza primero y luego su adopción.
Predicando «la prohibición de reproducirse a los seres inferiores y estimulando la reproducción a los superiores», las Lebensborn, desde su origen, alimentan a un tiempo la fecundidad y el asesinato: «Menos de un año después de la creación de la primera clínica de la Lebensborn bajo la égida de la Oficina de la Raza y de la Población, el Reichsführer da la orden, el 13 de septiembre de 1936, de colocar a la "privilegiada sociedad” directamente bajo la tutela del Estado Mayor SS. A partir de esta fecha, la Lebensborn se convierte, para la administración SS, en la Oficina L, colocada bajo la responsabilidad del jefe supremo de la Orden, Heinrich Himler».
Por su parte, Himmler se proponía poblar a Alemania con ciento veinte millones de germanos nórdicos antes de 1980. Y las Lebensborn fueron sus «remontas» humanas donde imaginó la creación de la nueva raza: inseminación artificial, robo de niños racialmente puros, exterminio de individuos no aptos, alimentación y cuidado especial de las «vacas sagradas» que debían alimentar el rebaño nazi (las «reproductoras»), son los elementos previos para una comprensión de las Lebensborn: clínicas privadas, hospitales, donde la mujer, por la violencia dirigida de la propaganda o de la brutalidad, debía ser fecundada para proporcionar nuevos soldados, carne de cañón con que colonizar el planeta.
En 1939, por ejemplo, Rudolf Hess publicó, en el «Völkischer Beobachter», una «Carta a una madre soltera», haciendo propaganda de las Lebensborn: «En épocas de grandes peligros deben tomarse medidas incluso contra la moral establecida. Cuando los hombres jóvenes y racialmente puros son enviados al frente, dejando tras ellos hijos que transmitan su sangre a las futuras generaciones, y cuando las jóvenes encintas no pueden casarse por cualquier razón, es menester cuidar de esa riqueza natural. Las objeciones que en tiempos normales pudieran suscitarse carecen de valor ahora. El primer deber de una mujer para la comunidad es el de proporcionar a la nación hijos sanos y de raza pura».
El propio Himmler era más directo: «Más allá de los límites de las leyes, de las costumbres y de los propósitos burgueses, quizá necesarios, será ahora una notable misión para las mujeres y las muchachas de pura sangre alemana —casadas o solteras— pedir a los soldados que parten para el frente que las hagan madres. Semejante actitud no se tomará con un espíritu frívolo, sino con la grave preocupación del deber que ha de inspirar a un soldado que no sabe si volverá a ver un día el cielo de su país. A los hombres y las mujeres que queden en sus hogares, las mismas circunstancias les imponen más que nunca la obligación de seguir engendrando hijos».
El método a seguir en la alimentación de los frentes de batalla con nuevos batallones no fue motivo de discusión: la inseminación artificial «eliminará el complejo psicológico de la experiencia sexual». La moral decadente fue abatida: los campos de batalla necesitaban nuevas manadas perfectamente dóciles para el asesinato y el deber. La inseminación artificial, por supuesto, fue considerada como un método perfecto para eliminar roces humanistas, imperfecciones espirituales de la raza; la jeringa sustituyó al falo, en el proceso de incubación de la nueva raza que soñaba con el exterminio de los inferiores (judíos y demás), la cremación de los residuos de un orden caduco. El Ministerio de Sanidad tenía unas ideas bastante precisas de sus propias necesidades: «El proceso de la procreación se basará, pues, sobre una cosa mecánica, desprovista de alma. Ese proceso no será más artificial que la situación actual, que quiere que las mujeres sanas, llenas de vigor, no puedan dar libre curso a su inclinación a la maternidad y deban permanecer sin hijos».
Lógicamente, el horno crematorio tenía su paralelo en la sociedad civil, no menos concentracionaria, en la esterilización de los niños que no respondían a los cánones de belleza catalogados por las SS.
No se trata, por supuesto, de la obra de unos maníacos con índices de tendencia a la criminalidad más o menos altos. Se trataba de un proyecto administrativo de crear incubadoras que alimentasen los desvaríos asesinos de las SS, de una reescritura de la vida del hombre en el planeta. Escribía Himmler: «Después de la guerra, el "Código del Matrimonio" será modificado, a fin de legalizar la bigamia. El matrimonio es la obra demoníaca de la Iglesia. Sus leyes son inmorales. En la bigamia, cada mujer será para la otra un estímulo a representar, para el marido, la mujer soñada, a imagen de las actrices de cine. Un hombre que pasa toda la vida con la misma mujer está obligado a engañarla. Y como dejan de tener contacto, su unión se hace estéril. Por esa causa no ven la luz millones de niños que tanto necesita el país. Y el hombre, a causa de su moral burguesa, tampoco se atreve a tener hijos con sus queridas».

No obstante tales proyectos, la vida cotidiana de los centros reproductores de las Lebensborn no era tan perfecta y racional como habían programado sus creadores. Y se producían leves roces con el mundanal ruido. Escribía el director de una de estas granjas humanas:
Maternidad SS de Viena, 16 de abril de 1943:
Mi coronel:
Este informe se refiere a Agnes Spangenbeg.
Desde el comienzo de su estancia en nuestra Maternidad, la señora Agnes ha perturbado considerablemente la tranquilidad de las demás parturientas, con sus chismorreos sobre las actividades de la Gestapo en Smolensko. Les ha hecho las más detalladas descripciones sobre las ejecuciones masivas de judíos y, principalmente, del modo que se mata de un tiro en la nuca a los niños de pecho.
La he reprendido enérgicamente, pues ese género de descripciones no entra, ciertamente, en el marco de una Maternidad. Me atrevo a creer, mi coronel, que aprobará mi actitud en este asunto.
Heil Hitler!
Dr. Schwal. SS-Oberturmführer y director de la Maternidad.
Y Marc Hillel proporciona algunos datos más o menos íntimos: «La correspondencia entre 'pensionistas” y responsables de las Lebensborn constituye un inapreciable material sobre las preocupaciones, problemas y modos de vida de las mujeres que frecuentaban las Lebensborn. Algunas cartas son impublicables y uno se pregunta cuál sería la reacción del púdico Himmler ante textos tan precisos. Por ellas se sabe de qué manera y en cuántas ocasiones han debido someterse las "reproductoras” a las voluntades de sus "genitores" para cumplir el “servicio al Führer”. Esta correspondencia trata, sobre todo y con una seriedad que roza lo tragicómico, de abortos, de partos prematuros, de embarazos nerviosos, de esterilidades, de cesáreas, de fecundidad "inhabitual". de hijos deseados que no llegan o, al contrario, de padres "desconocidos" enviados al frente por falta de disciplina, de mujeres que se quejan y abandonan un hogar “porque el tocólogo no es más que un vulgar dentista". Un SS que ha seguido un tratamiento contra la esterilidad comunica a las Lebensborn que se ha roto una pierna en el momento mismo en que iba a intentar embarazar (tal es el término empleado) a su mujer. El autor de la carta lamenta amargamente el "enojoso contratiempo"».
En cuanto a la limpieza, la higiene, la alimentación en estos dispensarios de fecundidad programada con el fin de alimentar las sangrías industriales de los frentes de guerra, da una idea el expediente número 18 de la Lebensborn de Arolsen, que enumera algunos datos en torno a la llegada a la vida y la situación social de los herederos (procreados artificialmente, o robados con asesinato a sus padres) del Orden Nuevo. Esta es una somera relación de elementos de juicio transcritos de tal expediente:
—Trozos de alambre o clavos en la papilla preparada para los niños;
— Orinales completamente llenos, sin vaciar durante varios días e incluso durante varias semanas;
— Puntapiés propinados por las "enfermeras” a los niños sentados precisamente en esos orinales;
—Faltas de disciplina con ocasión de la "entronización" de un nuevo director al que había que saludar en pie, firmes, con el brazo extendido durante horas, ejercicio agotador, "dado nuestro estado”;
—Reprimendas a una mujer encinta "que cantaba en voz alta”;
— Llantos desgarradores de mujeres a consecuencia de una equivocación en la entrega de los recién nacidos a sus madres (evidentemente, estas "equivocaciones" afectaban tan sólo a las madres que querían conservar para ellas "su servicio al Führer”).
Aunque los puntos de vista respecto a los deberes espirituales de las “reproductoras’' y su conquista de la gloria nacional son muy variados. Por ejemplo, el cardenal Gröber, en una “Carta pastoral” de 1 de agosto de 1945, comentaba: «¡Oh, qué ufanas estaban aquellas adolescentes que empujaban el cochecito relleno de plumas, paseando orgullosamente por las aceras de nuestras ciudades! Orgullosas de su "servicio” vivo al Führer, incitaban a sus amigas de la misma edad a dar también prueba de su inmoralidad, a hacer también entrega de su virginidad».
En las Lebensborn, además de las puras tareas de remonta humana, se “estudiaba” el comportamiento de los seres vivos. Por ejemplo, se hacían «experiencias científicas» en tomo al comportamiento “humano” de los judíos, Escribe Hillel:
«Veinte veces, cien veces, había encerrado (se refiere a uno de estos asesinos que dirigían centros de esta índole, un tal doctor Sigmund), en una barraca del campo, a un judío y a una judía desnudos, durante un lapso de tiempo más o menos prolongado. El judío había sido "enfriado”, "frigoríficamente’, hasta el punto de perder el conocimiento, antes de tenderlo sobre la cama. Ciertos cobayas incluso habían tenido derecho a acostarse entre dos mujeres desnudas. Pero el procedimiento no dio plena satisfacción. Con una mujer sola el hombre recobraba antes el conocimiento. Y, descubrimiento sin precedentes, su cuerpo se calentaba más rápidamente después del coito. Desde luego, algunos morían, y de trescientos cobayas cerca de un centenar se negó a aprovechar la ocasión».
Experimento nada alarmante si se tiene en cuenta que, en otros centros, se inyectaba cemento en la vagina de las mujeres, que morían con el vientre hinchado, entre alaridos. Cabe recordar, igualmente, que «por la intervención personal de Himmler» los hijos nacidos que no se adaptaban a las estrictas normas de la especie dictaminadas por los jerarcas nazis eran asesinados sistemática y organizadamente: «Los responsables de las Lebensborn emprendieron la eliminación sistemática de todos los pequeños anormales cuyo nacimiento no había provisto la eugenesia dirigida. Así, a la manera de los dementes, de los seres racialmente ineptos, de los seres inferiores, centenares de niños nacidos en las Lebensborn fueron sacrificados al dios de la raza nórdica. Los padres de las víctimas no necesitaban ser advertidos con antelación de la decisión de "desinfectar" a su progenie. Ni siquiera tenían derecho a recibir el pequeño paquete de cenizas enviado por correo».
No obstante, la eliminación de los niños engendrados y no deseables para las SS estaba sometida a un ritual racionalista: «Más tarde se ha sabido que los profesores del Comité del Reich no mataban “de una vez” a los niños. Con ayuda de inyecciones de luminal o de morfina se les dejaba morir poco a poco, a fin de demostrar, si era necesario, “que se había intentado todo lo posible para salvarlos”. Además, y como el Comité del Reich creía desempeñar un papel preponderante en la mejora de la raza, los cadáveres de los pequeños condenados —sobre todo nórdicos— eran diseccionados, analizados, para servir “a la investigación científica de las enfermedades hereditarias y constitucionales graves».
El hombre contemporáneo, sin duda, ha creado para el crimen más bajo, para la ruindad moral más absoluta, para el asesinato más vil una hornacina de significados sin antecedentes. La maldad gratuita de nuestro tiempo aporta rostros inéditos a la historia de la ruina moral de nuestra especie. Los millones de cadáveres de nuestro siglo no tienen precedentes en el pasado de la humanidad. Eugenesia, genocidio, fecundidad industrializada. delirios asesinos, como vemos, se confunden en esa lúgubre historia
No nos engañemos, los sustratos ideológicos que alimentaron, y alimentan esa marea de sangre derramada, viven y proliferan profusamente en las sociedades occidentales del modo más demente e hipócrita.
Las Lebensborn no fueron un accidente, un episódico incidente desdichado. Por el contrario, respondían a una estrategia ideológica, incluso científica, muy racionalmente planificada. Fecundidad y genocidio son los rostros de un proyecto único, como sabemos De ahí que la emancipación femenina, la homosexualidad, la libertad de pensamiento se considerasen por los estrategas nazis (y en esto su obra, insisto, se continúa en todo Occidente y se ensancha notablemente, a través del fariseísmo no menos asesino, revestido con los fastos de una terminología apenas disimulada) como verdaderos crímenes contra el poder instituido y fuesen perseguidos homosexuales, mujeres emancipadas, matrimonios no sometidos a la voluntad de planificación de la moral fascista, como verdaderos enemigos del orden público. Sin duda, su negativa a engendrar carne humana que transportar en vagones de ganado a los frentes de batalla, su respuesta privada al crimen instituido por el Estado, era un atentado a exterminar por la más extrema violencia.
Juan Pedro Quiñonero, Destino, nº. 1991, 27 nov. 1975, pp. 34-35



[1] En nombre de la raza, de M. H. Ed. Noguer. Barcelona. 1975. 267 páginas

viernes, 7 de septiembre de 2018

"Las juventudes y el fascismo en el periodo entre guerras" de José Luis L. Aranguren (La Vanguardia Española, 28 de octubre de 1972)


A medio siglo de la Marcha sobre Roma
Las juventudes y el fascismo en el período entre guerras
El cincuentenario de la Marcha sobre Roma, visto ya con más que suficiente perspectiva histórica, se ha convertido en —y reducido a— una fecha simbólica: el advenimiento al Poder, por primera vez, del fascismo. Pero ¿detentó el fascismo plenamente el Poder? No. Mantuvo al Rey, buscó —así, con el Vaticano— soluciones conciliatorias, no desencadenó —lejos de ello— la Segunda Guerra Mundial, entró tarde y a traición en ella, y su papel bélico fue bastante deslucido. En suma, el fascismo italiano que, comparado con el alemán, se quedó en una especie de Dictadura del General Primo de Rivera con retórica moderna, lo que verdaderamente aportó fue nada más, pero también nada menos, que la «retórica» fascista. Si Ludwig Marcuse ha podido llamar al wagnerismo culturalista, a partir de «El Anillo de los Nibelungos», el gran «show», por no decir la gran mascarada, con mayor razón puede afirmarse que el fascismo mussoliniano, mera ópera italiana, no pasó de ensayo general del verdadero y totalitario fascismo, y cuando se implantó éste, comparsa o partiquino suyo, inclusive los intelectuales del fascismo, D'Annunzio, los futuristas, padecieron una sobrecarga retórica excesiva o fueron, como el filósofo del sistema Giovanni Gentile, meros epígonos de un Hegel italianizado y pasado por Benedetto Croce.
Hubo sin embargo en Mussolini, ex socialista y discípulo de Sorel, la intuición de la necesidad de apelar a la juventud. A partir de él, la política de Occidente cuenta con la juventud, exalta a la juventud. El himno «Giovinezza» diría yo que, con todas sus connotaciones y supuestos, ha sido la máxima aportación cultural del fascismo Italiano (lo que, evidentemente, no es mucho decir). El mito de la resurrección de Roma que habría encarnado, como su César, Benito Mussolini, ni siquiera él mismo lo tomó bastante en serio como para asumirlo hasta sus últimas consecuencias. Así pues, repitámoslo, el fascismo italiano importa como ensayo del alemán, por su exaltación épico-lírica de la juventud y, aspecto más práctico y movilizador, por su constitución, también por la primera vez, de «milicias» juveniles y aún infantiles (juego premilitar a la guerra).
Mas también en este punto, el de la valoración cultural de la juventud, hay que volver los ojos a Alemania, pues Italia carecía de tradición en este aspecto. Hemos hecho alusión, antes, al wagnerismo. Ahora bien, el wagnerismo se erigió pronto en la representación simbólica de la supremacía aria y del antisemitismo (una de las razones de la ruptura de Nietzsche con Wagner). El wagnerismo cuenta como uno de los grandes movimientos precursores del nacionalismo, Houston Stewart Chamberlain, yerno de Wagner, entusiasta de su música y racista extremado, hasta el punto de nacionalizarse alemán, es decir, para él, «ario». Escribió un libro «Las bases del siglo XIX», enormemente leído como la doctrina del germanismo. Ahora bien, preparando una ponencia sobre «Ecología y Comunicación en el pensamiento de Ortega y Gasset» para el Congreso sobre Comunicación que, cuando aparezca este artículo se habrá celebrado ya en Barcelona, hube de releer un libro del biólogo von Uexküll, tan apreciado por Ortega, que lo hizo traducir, y me encontré con la sorpresa de que su edición estaba dedicada «respetuosamente» a este Chamberlain. Nietzsche —un Nietzsche, cómo se ha sabido después, convenientemente «arreglado» por su hermana y sus colaboradores, para que sirviera al mito ario y antisemita y, finalmente, le fuera presentado como tal al propio Hitler— se convirtió por estos mismos años, tránsito del siglo XIX al siglo XX, en el autor más influyente sobre la juventud; juventud que por entonces comenzó a cobrar conciencia de su importancia sociocultural, en contraste con la más que adulta Alemania guillermina y bismarckiana. La primera asociación cultural juvenil, el «Wandervögel» fue fundada durante el curso 1896-7 por un estudiante de enseñanza media llamado Karl Fischer. El «Jugendbewegung» o «Movimiento de la juventud» —que, por supuesto, no tenía nada de pre-nazi, pero fue aprovechado por los nazis más cultivados como un antecedente— alcanzó su punto culminante en la concentración de los altos de Meissner, cerca de Kassel, en 1913. El gran poeta Stephan George (1868-1933) y su Círculo, fue otro antecedente que, formando parte, en realidad, del Movimiento juvenil, fue utilizado también por el ala relativamente culta del hitlerismo. George fundó en 1892 las «Blaetter fuer die Kunst», de larga vida, publicadas por Georg Bondi, de Berlín, muy bellas ediciones con la cruz esvástica en la cubierta (yo poseo algunos de aquellos volúmenes). Stephan George exaltó el mito del Cuerpo hasta su divinización, y la figura cultual de Maximin, el bello efebo hecho dios. Su catolicismo por no paganizado dejó de influir, y enormemente, en Scheler y su grupo, en Guardini y el movimiento benedictino de Maria Laach; y su reiterado hablar de los Héroes poéticos y del «Neue Reich» facilitó su propagandística aproximación ulterior al III Reich de Hitler. Dos miembros del Círculo de Stephan George, Ernst Bertram y Hans Naumann, se unieron al movimiento nazi y en plena guerra, en 1941, fueron lujosamente reeditadas las obras de George.
Al movimiento juvenil perteneció también la nueva pedagogía de Gustav Wyneken, con sus lemas, tan enormemente actuales, de la «libre comunidad escolar» y la «cultura de la juventud». Y, en fin, autores muy leídos por los jóvenes de entonces fueron Langbehn, Lagarde y Paul Alverdes, autor éste de «Das Innere Reich».
Repito que sería muy injusto considerar a todos estos escritores —a los tres últimos, así como a H. S. Chamberlain, si— y a aquellos movimientos juveniles como prefascistas. Pero lo menos malo del fascismo alemán, o de sus colaboradores, no se entendería sin ellos, como no se entiende a José Antonio Primo de Rivera sin Ortega y Unamuno. De todo lo que oficialmente se ha hecho en España en el plano cultural desde el poder, lo de mayor calidad ha sido sin duda la revista falangista «Escorial» y, para continuar con el paralelismo poético de los nazis, la celebración falangista de la poesía de Unamuno y, aún más la de Antonio Machado. Como ha escrito acertadamente M. J. Langeveld, el hitlerismo explotó el movimiento juvenil frente a los adultos y, como es natural, terminó sofocándolo completamente.
El fascismo ha sido el único movimiento de derechas que no se presentó como tal, sino como superador de la antítesis derecha-izquierda. Y el primer movimiento de derechas que contó con la juventud y la movilizó, porque se dio cuenta de que la necesitaba, de que era menester presentarse como un sistema joven. Y esto ha sido una característica de todos los movimientos fascistas, desde el italiano, con su pintoresco estilo, hasta el español en la fase falangista del Régimen. Pero fue en Alemania donde alcanzó su culminación, que existía una tradición inmediata, viva de la que era menester hablar aquí, aunque haya sido anterior al período entre guerras, porque es la que hace a éste inteligible.
El período de entre guerras se caracterizó en Alemania por el hundimiento económico y la debilidad política. La política de represalias de los aliados vencedores fue de una torpeza extrema que, ofendiendo los sentimientos nacionales, arrancando pedazos de Alemania, ocupando permanentemente el país renano y, lo que aún fue peor, sumiendo a la nación en la ruina económica, prolongada luego con la repercusión del hundimiento financiero americano de 1929, condujo al país a la desesperación y (por un 37% de los votos, en las últimas elecciones libres, las de 1932) a asirse al clavo ardiendo del nazismo, ante la impotencia del Gobierno de Weimar, sus reiteradas disoluciones del Reichstag y, en suma, la crisis del liberalismo, por la que atravesaron igualmente Italia y España, hasta el establecimiento en ellas del fascismo y la dictadura respectivamente.
Los grandes nombres que entre las dos guerras mundiales «sirvieron» al nazismo, cualquiera que fuese la intención subjetiva de los tres últimos pensadores (el primero había muerto ya) fueron fundamentalmente Max Scheler, Ernst Jünger, Martin Heidegger y Carl Schmitt, cuatro grandes figuras, es menester reconocerlo, de la cultura alemana. (Podrían agregarse otros menos importantes: Spengler, introducido en España por Ortega, Ludwig Klages, Hans Carossa, Gottfried Benn, del cual acaba de publicar Barral Editores la autobiografía de su colaboracionismo.) Los movimientos estrictamente culturales, más aún, poéticos que sirvieron asimismo de prestigiosa cobertura al nazismo, y para la atracción de la juventud, fueron los de exaltación de la poesía de Hölderlin y la poesía de Rilke (y el equívoco en la interpretación de la de George, de la que ya hemos hablado).
Max Scheler, influido, como todo su grupo, por el Circulo de Stephan George, importa aquí principalmente como autor de «El Genio de la Guerra y la Guerra alemana», obra de la que Ortega dio a los lectores españoles referencia tan puntual como justa en su severidad, no exenta, sin embargo, de gran aprecio. La estimación del «genio de la guerra» que contiene, ha sido de consecuencias muy graves para la juventud alemana, y el hecho de que fuera escrita en plena primera guerra mundial no exime de responsabilidad moral a su autor.
El caso de Ernst Jünger, discípulo de Nietzsche y también de George, autor, me parece, mal conocido en España, excelente escritor, como Walter Benjamín (que ahora está poniendo de moda aquí Jesús Aguirre, que era tres años mayor que Jünger, y que vale como su simétrico contraste) de fuerte influencia literaria francesa, es muy peculiar. Joven héroe de la primera guerra mundial, sus primeros libros a ella fueron dedicados. Después nos importan «Der Arbeiter» («El trabajador»), 1932, exaltación prefascista del Obrero y, en «Blätter und Steine», 1934, el trabajo «La movilización total», cuyo título ya es por sí bastante expresivo. El canto al espíritu heroico y «La pura forma de la guerra», la relación entre el «genio de la guerra» y el «genio del progreso», la absorción de la vida pública, los ejemplos paradigmáticos de Hindenburg y del racista Lundendorff, y el de Rathenau como ilustración de la escisión interior de la «inteligencia judía» son algunos de sus temas. Durante la segunda guerra mundial y como diario de guerra —de la «ascesis bélica»—, en realidad bastante «enfriado» ya, de los años 1939-1940, escribió « Gärten und Straßen», editado por Mitter & Sohn, que reeditó las otras obras suyas a que he hecho referencia, y que no publicaba sino libros de guerra. Ernst Jünger fue en plena guerra traducido en la Francia ocupada (Gallimard) y en Italia. No sé que haya sido traducido al castellano. La influencia cultural germánica se ejerció aquí entre los estudiosos. Los escritores fascistas o afines, Sánchez Mazas, Eugenio Montes, Giménez Caballero, el Dionisio Ridruejo de entonces, no sabían alemán. Es extraño que Eugenio d'Ors, tan atento siempre al «espíritu de los tiempos», no hubiese hecho traducir a este escritor, de gran calidad literaria y terso estilo.
Heidegger, como es bien sabido, aceptó el Rectorado de la Universidad de Friburgo y pronunció su famoso discurso de toma de posesión el 27 de mayo de 1933 (Hitler era canciller desde el 30 de enero). El «servicio» político que con esta aceptación prestó a| Régimen y, lo que nos importa especialmente, a los ojos de la juventud —Heidegger y Jünger eran, con mucho, los intelectuales más prestigiosos de la Alemania hitleriana— fue enorme.
Ya antes de la segunda guerra, durante ella, habla Heidegger empezado a ocuparse de Hölderlin, como el poeta por excelencia. Las Obras de Hölderlin (cuya edición fue iniciada por Norbert V. Hellingrath, caído en la primera guerra mundial, y a cuya memoria dedicó Heidegger su trabajo «Hölderlin y la esencia de la poesía»), fueron reeditadas en un ya muy difícil momento de la guerra, 1943, lo que muestra la gran importancia que el nazismo les daba. (Por contraste, Peter Weiss en su reciente obra teatral «Hölderlin», da de éste una interpretación opuesta y revolucionaria). Rilke fue en vísperas de la guerra y durante ella tan abundantemente publicado que, según se dijo —probablemente también este decir formaba parte de la propaganda bélica— cada soldado alemán llevaba en su mochila algún libro de Rilke. Y en la «Anthologie de la Poésie Allemande» (Stock, París 1943), obra de pura propaganda germánica (el judío Heine no aparece en ella), a Hölderlin se le dedican más páginas que a nadie, incluso que a Goethe, y me parece que Rilke va en extensión inmediatamente detrás de ambos. Otra antología poética sumamente significativa, «Italien im Deutschen Gedicht» fue publicada asimismo en 1943.
En cuanto al «decisionista», antiliberal y admirador de Donoso Cortés, Carl Schmitt no hace falta hablar mucho de él, por ser bien conocido en España, país que visitó varias veces. Un editor nada fascista, Francisco Ayala, lo tradujo antes del comienzo de nuestra guerra, y Javier Conde después.
No sólo en el plano cultural se propuso el fascismo alemán atraer a la juventud. También en el erotista, como cultivo de la raza — recuérdense los campos de procreación de hijos del Régimen, creados por Himmler— e incluso, por lo menos al principio, de la homosexualidad (las S.A. de Rohm), «Männerbunde» o ligas puramente masculinas, inspiradas muy lejanamente en hipótesis etnológicas, más espiritualmente en el culto a Maximin de George, y muy de cerca, en la «Filosofía» de Hans Blüher. En España estamos viendo ahora la película de Visconti «Muerte en Venecia», pero mucho han de cambiar las cosas para que lleguemos a ver, del mismo Visconti, la que dedicó a la gran familia industrial durante el III Reich, en una de cuyas secuencias los «héroes» homosexuales de las S.A. son exterminados, en plena orgia, bajo las órdenes de Hitler.
Ahora, en el cincuentenario de la subida del primer fascismo al Poder, sería bueno que los gobernantes aprendieran de él la única lección todavía válida que puede dar: la de que en los tiempos modernos no se puede gobernar «contra» la juventud. El fascismo fingió o quiso ser un régimen juvenil y, por ejemplo, su fomento de la «Gemeinschaft» frente al individualismo encuentra su versión actual en la voluntad juvenil de vida en comunidades o comunas. En realidad lo que hizo fue indoctrinar a la juventud, embriagarla con grandes mitos pero, en cualquier caso, contó con ella y se sirvió, para atraerla, de los nombres más prestigiosos que podía manipular —Hölderlin, Nietzsche, George, Rilke, Heidegger, Jünger, italianos pocos, no los había o no servían— cuyo prestigio, y me refiero ahora a los dos últimos, directamente implicados en el nazismo, ha sobrevivido con mucho a éste.
Los sistemas seniles que han sucedido al fascismo saben que carecen de toda posibilidad de comunicación con la juventud y, por eso, lo único que se proponen es sojuzgarla. Grave error, que no puede conducir sino a la rebeldía total o a la total desmoralización de lo mejor que posee un país, lo único realmente prometedor; su porvenir.
José Luis L. ARANGUREN, La Vanguardia Española, 28 de octubre de 1972, p. 50.

domingo, 26 de agosto de 2018

Frédéric de Towarnicki entrevista a Ernst Jünger (ABC, 7 de julio de 1990)


Ernst Jünger: «Alemania no amenazará más a nadie»
Por primera vez desde el derrumbamiento del imperio soviético y la caída del muro de Berlín. Ernst Jünger, uno de los pensadores y novelistas fundamentales para comprender la Alemania de nuestro siglo, aborda, en una larga entrevista de la que ABC Literario ha adquirido los derechos de publicación, el pasado de su patria, las relaciones que mantuvo con otros escritores de su tiempo y una de las cuestiones sustanciales del paisaje geopolítico con el que ha de inaugurarse la Europa del siglo XXI: la reunificación alemana.

Ha vivido usted en Alemania durante el Imperio, la República de Weimar, el III Reich, la II República... ¿Pensaba usted que el proceso de reunificación de Alemania iba a comenzar tan pronto?
-No... Ha sorprendido a todos... La noche en que mi hijo, que es médico, me llamó desde Berlín para decirme que el muro se desplomaba, tuve un momento de emoción. ¡Pensaba que no ocurriría semejante cosa antes de comenzar el tercer milenio!... Había de suceder de una u otra manera... Todas las actividades de unificación -a nivel de las naciones o de Europa- me satisfacen: son un paso más hacia el Estado mundial que, por otra parte, se ha consumado ya al nivel de la técnica y en el cual, según mi opinión, así como las naciones se reabsorberán, tomarán importancia las regiones... Pero aún no hemos llegado a eso...
En contra de lo que algunos piensan, no creo que Alemania reunificada sea una amenaza para las otras naciones. Alemania no amenazará más a nadie. ¡Ya hemos tenido bastante nacionalismo!... Y además se trata de una Alemana reducida, después de todo: sin Silesia. sin Pomerania... La RDA son dieciséis millones de habitantes que se van a añadir a sesenta: ¡una gran provincia! En mi país, ya lo sabe usted, hay personas que están más bien inquietas. Todos saben que la reunificación será una carga muy onerosa para la economía. Éstas son consideraciones de corto alcance.
Sueño de libertad
En nuestro país, por lo demás, la extrema derecha está en decadencia total. Por eso me asombró tanto en París ver en el cementerio Montparnasse una tumba cubierta por una montaña de flores tricolores. Era impresionante. Me explicaron que se trataba de la tumba de un ex dirigente del Frente Nacional. En mi país, en cualquier caso, varias asociaciones de extrema derecha (cuya influencia, por otra parte, es nula) han sido prohibidas.
-¿Y el otro lado? ¿Le han sorprendido las reacciones de los alemanes y de los responsables del Este?
-Ya sabe usted, la historia demuestra que los marxistas no dudan de aprovecharse de las cosas que los demás han tomado a su cargo. ¡Sobre todo cuando se plantean problemas alimentarios y de bienes de consumo! Pasa lo mismo del lado de Gorbachov... Pero para muchos, lo esencial es un sueño de libertad.
-En el plano cultural y literario, ¿no es una aportación con la que habrá que contar?
-De momento, creo yo que el Este aporta bastante poco. La mayor parte de los escritores se han visto obligados a decir lo que se les mandaba, ¡y nunca son los mejores los que hacen eso! La moralidad del que acepta esta sumisión siempre resulta sospechosa, y su creatividad no sobrepasa por lo general el piso bajo... ¡Pero me imagino que vamos a descubrir no poco en los cajones!...
Se habla de la experiencia que enriquece a los pueblos en la prueba. Es verdad. Pero la prueba no debe durar demasiado, ¡porque llega el momento en que son los abuelos los que hicieron la resistencia!... En cuanto a la situación de la URSS, no me asombra en absoluto... Spengler diagnosticaba ya, hace más de cincuenta años, en «La decadencia de Occidente», que Rusia se encontraba en el mismo estado que el imperio de Carlomagno... Podemos imaginar que la descomposición del imperio soviético, como contrapartida robustecerá a los rusos...
-En la línea de «El Problema de Aladino», su último libro («La Tijera»), que acaba de publicarse en Alemania este año, que es el de sus noventa y cinco..., se presenta como una última meditación sobre el destino de nuestra civilización.
Cultura uniforme
-En «El Problema de Aladino» me preguntaba yo sobre la competencia del hombre de la era de la técnica para comprender, para dirigir, la potencia titánica que ha puesto en acción; y también sobre la uniformidad de nuestra cultura, marcada por la desaparición de la trascendencia. Nuestra indiferencia creciente respecto a los antepasados y al culto a los muertos es significativa.
En la misma dirección que algunos de mis libros precedentes, de los cuales, sin embargo, me he distanciado algo, he intentado ir más adelante en las consideraciones que me interesan. Mi libro se divide en dos ámbitos: aquél en el que las tijeras de la Parca «cortan» -es decir, donde todo termina en la muerte- y el ámbito en el que las tijeras no «cortan»: la dimensión estática, el espacio del sueño, la región en la que un salto hacia lo trascendente abre un infinito. Doscientos ochenta y cuatro párrafos están jalonados de reflexiones sobre el arte, la ciencia. la técnica, la historia y el espacio-tiempo. Observo, por ejemplo, que la velocidad de la luz es, a ojos de la ciencia, la velocidad límite: ¡sin embargo, no alcanza la velocidad del pensamiento! El espíritu no tiene necesidad de ningún año luz para llegar a Sirio... Esta comparación explica, según yo, por qué se ha planteado tan tarde la cuestión de la velocidad de la luz. El libro indica también en qué sentido verá el siglo próximo, según creo yo, la aceptación de un lenguaje universal de la técnica en el cual se expresará el trabajador planetario en todas sus formas...
Creo, en efecto, que más allá de las grandes agitaciones que se han producido en nuestra historia desde la Primera Guerra Mundial (el hundimiento de las monarquías o de los Estados nacionales, las revoluciones o las guerras civiles), la única cosa que subsiste en el fondo y que domina en el último plano es la figura de lo que en 1932 llamé el trabajador planetario, que apunta, en realidad, hacia la movilización total de todo lo que existe...
En mi libro distingo por otra parte dos clases de revoluciones mundiales: las que han nacido, por ejemplo, con el marxismo y el nacionalsocialismo y las revoluciones terrestres, en las cuales, especialmente en la rebelión de la tierra, se ponen en juego poderosas fuerzas naturales e incluso cósmicas. Si las dos coinciden, la oleada puede hacerse gigantesca y transformarse en maremoto, en cataclismo. En esta escala, octubre de 1917 o el nacionalsocialismo pueden aparecer algún día como fenómenos de pequeña dimensión... Nietzsche decía que el peor error sería dudar de la voluntad de la Tierra... Y en esto, los Verdes van por el buen camino...
Experiencia de lo sagrado
-El trabajador planetario, determinado por el mundo de la técnica, le parece, pues, que es, en sus múltiples formas, la figura decisiva del hombre de los tiempos modernos. ¿Pero no es ésa una vida arraigada en una mitología personal?
-No es preciso comprender esta estructura sobre un plano sociológico o político, sino, ante todo, esencialmente mítico. El trabajador planetario no está todavía más que a medio camino entre el mundo antiguo de los dioses y el futuro de los titanes. Es una etapa de la voluntad de poder, una Figura que no se ha debilitado hasta ahora y que dominará, creo, el siglo XXI. Tengo razones para pensar que sólo después, en el siglo siguiente, el XXII, volverá a ser posible una edad de la trascendencia, una nueva relación con ella. En pocas palabras, una nueva experiencia de lo sagrado...
-Es cosa admitida que hay en determinadas obras, suyas -especialmente en «Sobre los acantilados de mármol»- toda clase de aspectos premonitorios.
-En cualquier caso, yo no había previsto que fuera a vivir la mayor parte de la Segunda Guerra Mundial en París... verdad es que en una situación difícil. Me han preguntado a menudo: «¿Pero qué es lo que hacía usted en París durante la guerra?» Yo respondía: «Hacía lo que podía...»
Tampoco había previsto yo que fueran a invitarme en 1984 a participar en el homenaje ofrecido a las víctimas de las dos guerras, en compañía del presidente Mitterrand y del canciller Kohl, ni que fuera a recibir los honores de la guarnición de Verdún. Imagínese lo que sentí entonces...
Época ambigua
-¿Se puede saber lo que le dijo el presidente Mitterrand en el Elíseo?
-¡Ah!... ¡Me dijo, entre otras cosas, que en tiempos de Napoleón seguramente me habrían nombrado mariscal! Y puede que también en un siglo futuro. Dijo que vivimos en una época ambivalente, ambigua, en la que las cosas del pasado han perdido su valor, mientras que las nuevas no lo tienen todavía... Le respondí al presidente que pensaba, en efecto, que había aterrizado sobre nuestro planeta en circunstancias históricas desfavorables.
-Julien Gracq ha contado cómo descubrió, en 1942, en una biblioteca de estación la traducción de su novela «Sobre los acantilados de mármol», que acaba de aparecer en Francia, y del malestar que experimentó al darse cuenta que admiraba, en plena ocupación, el libro de un oficial alemán...
-Si... Lo recuerdo... Léautaud se lo dijo entonces a Florence Gould, y fue Jouhandeau quien me lo repitió...
-Su libro, que apareció en Alemania en 1939, narra la aniquilación de una civilización refinada bajo el embiste de un dictador bárbaro que llamaba usted el «Gran Forestal» y que encarna el odio a la cultura. Se vio entonces en él el retrato de Hitler. Su libro se ha considerado como un acto de resistencia contra el nacionalsocialismo, y le pudo costar caro.
-Documentos recientemente encontrados prueban, en efecto, que me libré de disgustos muy graves. No supe hasta entonces que la cosa hubiera llegado tan lejos y que hacia el final de la guerra, el mariscal Keitel y Martin Bormann se ocuparon tan especialmente de mi caso...
En 1939 corregí las pruebas de ese libro poniéndome mi uniforme de capitán. Mi hermano, Frederich Georg, me había dicho: «Van a prohibir el libro; vas a tener disgustos. En todas partes se dice que has dibujado el retrato de Hitler, de Goebbels y de algunos otros». Estaba yo en la línea Sigfrido cuando me enteré de que unos artículos publicados en Suiza y Estados Unidos presentaban mi libro como una crítica del régimen...
Libro premonitorio
-Posteriormente ha explicado usted que su intención no era señalar «directamente» ninguna actualidad política... Para usted, literatura y política son divergentes.
-Mi libro nació de un sueño y lo escribí en unas semanas, en nuestra tierra, la Baja Sajonia, e incluso en mi familia, muchas personas tienen visiones premonitorias: se ven muertos, accidentes, incendios... en mi libro tengo yo también la impresión de haber descrito incendios futuros. Y los peores combates... El libro parece también haber sido premonitorio en lo que se refiere a la atmósfera que precedió al atentado contra Hitler en julio de 1944, malogrado por una aristocracia que se había hecho demasiado débil para llevar a buen término un complot contra unos carniceros, pero lo suficientemente valerosa para salvar el honor...
En mi personaje del «Gran Forestal» quería yo entonces expresar la perversidad del mal hasta en sus raíces metafísicas, pintar el arquetipo de un dictador que puede surgir en todo tiempo. En esta profundidad, los trazos individuales se difuminan. La figura mítica correspondía a Hitler, pero podía también cuadrar con otros, con personajes de mayor envergadura, también demoníacos: con Stalin, entre otros.
Se puede decir hoy, por ejemplo, que no deja de tener algunos trazos comunes con un Jomeini, quien, según ciertas opiniones, encarna algo tan peligroso, pero más oscuro y aterrador: Jomeini era religioso, Hitler y Stalin no. En literatura, cuando se alcanza el centro, la circunferencia queda tocada por todas partes. Novalis escribió: «Lo que pasó en algún tiempo y en algún lugar, sólo eso es real...» De cualquier forma, ¡había algunas personas en el partido que sabían leer!...
Un puente de oro
-Muchos alemanes creyeron en Hitler en 1933 o fueron embaucados por él..., mientras que usted, que no era un hombre de la izquierda, se mantuvo desde el principio a distancia del nacionalsocialismo...
-Cuestión de gusto..., cuestión de estilo... Hitler era un personaje de saldo hacia quien, desde el comienzo, sentí desconfianza y aversión. La brutalidad, la vulgaridad y la ignorancia de los responsables del partido saltaban a la vista. Hitler sabía explotar para su propaganda todos los recurso de la técnica, y su impacto era inmenso cuando hablaba a las masas del Tratado de Versalles o cuando denunciaba las matanzas de los burgueses rusos por los bolcheviques, verdad que hacía correr un viento de pánico sobre toda la burguesía europea... Pero Hitler era un hombre anticuado..., «demodé», históricamente. Al lanzarse contra los judíos se separó de todo el mundo... En el porvenir, el Estado mundial no conocerá «razas»... No se había dado cuenta de que el caso Dreyfus había anunciado en cierto modo la victoria de las democracias sobre las fuerzas reaccionarias ...
-Muchos lectores se han sorprendido al descubrir en su diario que llamaba «Kniebolo» a Hitler.
-Esa clase de nombres surge generalmente de los sueños. La disposición de las consonantes compone una palabra fea y diabólica. Era lo que yo quería: Knie es rodilla en alemán, y Bolo, una especie de bola. Pero el análisis es posterior. Estas palabras surgen instintivamente, y las lenguas se formaron de esta, manera, sin duda. «Grangaznate», o también «Grangarganta», era Goebbels. A partir de 1933 había intentado ganarme para su propaganda, y en todas partes contaba que me había ofrecido un puente de oro.
-Durante su vida se ha librado usted de toda clase de peligros. En «Tormenta de acero» y en «Sobre los acantilados de mármol» evoca usted la existencia de una especie de escudo mágico que hace a veces invulnerable...
-Sí... A fuerza de escaparse se pregunta uno si será sólo el azar. A menudo me han dicho que he nacido bajo una buena estrella.
-¿Cuál es el mayor peligro del que piensa usted que se ha librado?
Creo que fue el día en que Hitler, de viaje, quiso verme en Leipzig, que estaba en su itinerario. ¡Por milagro, un cambio de programa lo impidió en el último minuto! Imagínese la continuación: ¡fotos que habrían dado la vuelta al mundo!... La ocasión única, para algunos, de derribarme un poco más después de la guerra... Recuerde a Heidegger...
-¿Se podría decir que. en cierto modo, la derrota de Alemania le salvó?
La verdad es que, después del atentado del conde Staufenberg, yo había pasado, sin saberlo, del rango de «sospechoso» y «derrotista» al de «individuo muy peligroso». Goebbels llegó a prohibir a la Prensa que citara mi nombre el día de mi cumpleaños.
Un documento del Tribunal de Justicia Popular, enviado a Martin Bormann y presentado a Hitler el 4 de diciembre de 1944, pieza que se ha encontrado recientemente, subrayaba mi derrotismo y mencionaba el «caso» de «Sobre los acantilados de mármol». Al leer esta carta comprendí por qué el mariscal Keitel y otros miembros del partido habían exigido entonces que presentara la dimisión del Ejército: era una maniobra para que me pudiera juzgar, no un Tribunal de guerra, sino el «Volksgericht», la autoridad política suprema del nacionalsocialismo... Pero Hitler -que tenía, sin duda, otras preocupaciones muy distintas- había dado la orden de abandonar (¿provisionalmente?) el caso...          
-Usted conoció bien a Heidegger. «El Trabajador» ejerció influencia sobre su pensamiento. ¿Cómo comprender su compromiso de 1933?
-Sólo he conocido a un hombre que me haya producido una impre­sión tan mágica como él: Picasso. Con Heidegger ocurría verdadera­mente algo. Nada comparable se ha intentado desde los griegos. Tomó partido en 1933 y pronto dio marcha atrás... No era más nazi ni antisemi­ta que usted o que yo... Me envió, cuando cumplí sesenta años, su carta sobre el nihilismo, que he co­locado en una vitrina al lado de una carta de Sade escrita en la Bastilla y del manuscrito de «La máquina infernal», que me regaló Jean Cocteau después de leer «Sobre los acantilados de mármol»...
-¿Ha seguido usted la polémica que se ha entablado a propósito de Heidegger?
-De bastante lejos. Es más fácil atacar a un hombre que tomarse el trabajo de comprender una situación. Para mí, la política era una tri­fulca, una reyerta, que observaba y experimentaba sobre el terreno en Berlín. En aquella época quizá ha­bría dado la bienvenida a una revo­lución nacional, incluso nacionalista, pero no, lo repito, con aquella gen­te. Heidegger, en Friburgo, no tenía ninguna experiencia directa de la vida política. Se puede incluso decir que en este aspecto era un inge­nuo. La polémica que se ha enta­blado no está a su nivel, con unas cuantas excepciones. Un libro de François Fédier que me han mandado de Francia dice cosas muy acertadas sobre este tema. Me parece además irrisoria esa saña por excavar en todo lo que un hombre ha podido escribir, decir o pensar a lo largo de su vida... ¿Quién es capaz de saber cómo interpretarán, dentro de cincuenta años, la entrevista que. tenemos en este momento?... Esa polémica demuestra en todo caso, desconocimiento del hombre e incomprensión de su pensamiento.
Cuando Heidegger murió, en mayo de 1976, fui a Messkirch con un pequeño ramillete de flores. Su mujer hizo abrir el féretro: el rostro de Heidegger era magnífico, muy presente. Deposité mi ramo en el ataúd y volvieron a cerrarlo. Su pensamiento se mantendrá en pie probablemente dentro de tres mil años.
- ¿Cuál es la cosa de su vida de la que se siente más orgulloso o que le ha dado más alegría?
-No lo repita usted: puede que haber visto en manuales de entomología ciertas mariposas y coleópteros que llevan mi nombre. Una admiradora de mi libro «Cazas sutiles» me llegó a regalar una corbata sobre la que están pintadas a mano dos de aquéllas.
-Así está usted seguro, en cualquier caso, de ser inmortal...
Jünger se ríe...
Frédéric de Towarnicki, ABC, 7 de julio de 1990, pp. 64-66