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domingo, 20 de enero de 2008

Falta de fe

...después de haber hablado con M*, me dí cuenta de lo que había sucedido... no es que -por lo menos para algunos de nosotros- hubieran dejado de existir izquierda o derecha, sino que habían dejado de tener relación con lo que consideramos Bien y Mal, bueno y malo, justo e injusto.

domingo, 6 de enero de 2008

Robinson Jeffers y la "magnitud terrible del mundo."

Teniendo en mente la estupenda entrada que Borja ha escrito desde la Patagonia para Feacios, sobre la civilización y la “magnitud terrible del mundo”, me he animado a buscar en mis papeles un poema de Robinson Jeffers.
Quienes me conocen, saben que mis ideas no pueden andan muy cercanas a un escritor que se apoya en autores tales como Darwin o Nietzsche. Pero no hay duda que es un gran poeta, capaz de trasladar en palabras la realidad, y alejarse, de esta manera, de esa obsesión, tan moderna, de no escribir más que del magnifico y pesadísimo ego del magnifico y pesadísimo poeta.

Noche cubierta
De noche, hacia el amanecer, todas las luces de la playa han muerto
y el viento se mueve. Mueve en la oscuridad
el poder durmiente del océano, no más bestial que humano
no debe compararse; lo suyo y lo suyo.
Su aliento soplando a tierra confunde el mundo con niebla; no
hay estrellas
danzando en el cielo; no se distingue la luz de ningún barco.
Veo los pesados cuerpos de granito de las rocas del
promontorio,
antiguas ya cuando Egipto tuvo pirámides,
abultarse en el gris del cielo, y tras ellas los chorros de los
árboles jóvenes
que planté en el año de la paz de Versalles.
Pero aquí está la paz final y sin ridículo. Antes que el primer
hombre
aquí estaban las piedras, el océano, los cipreses,
y la pálida región en el tosco domo de niebla, como piedra, en
donde la luna
cae al oeste. Aquí está la realidad.
Lo otro es un episodio espectral; tras aquietarse las diversiones
del animal inquisitivo: la oscura gloria.
Traducción de Pablo Soler Frost

sábado, 10 de noviembre de 2007

Un poco de musica (dedicado al feacio Borja)



(entrevista con Juan Pedro Quiñonero)

Le Monde de la Musique me recuerda que Mstislav Rostropóvich cumple 80 años… ojeo el número, que está muy bien: una cosa pedagógica con ribetes eruditos, destinados al gran público. Finalmente, me digo, mi vieja entrevista con el Maestro me parece ¡mucho más interesante…!

Con motivo de no recuerdo qué premio castellano, en una fecha que no consigo precisar, estuve dialogando con él durante una hora larga. Me queda este recuerdo escrito:
A quinientos metros muy cortos del antiguo palacio de la princesa de Polignac-Singer, donde se estrenaron algunas obras maestras de don Manuel de Falla, Rostropóvich me recibe en su domicilio parisino, rodeado de estatuas, cuadros e imágenes muy antiguo régimen, con una humildad de visionario y profeta convencido que el arte salvará a la humanidad y a un mundo amenazado de desertización espiritual.

Consagrado, una vez más, como el violonchelista más importante del siglo XX, ¿cual es visión personal de su propio puesto en la historia de su arte?

No soy la persona más adecuada para responder esa pregunta. Por otra parte, el violonchelo, y la música, son, para mí, algo esencial de mi vida: sin ellos no hubiera podido vivir, ¿a que plantearme ese tipo de preguntas?


¿Cómo se llega a ser Rostropóvich?


¡No lo se…! Dios debió crearme de una cierta manera, o darme ciertos dones.


¿Cree usted en Dios?, ¿cree que Dios se ocupó de su nacimiento y carrera?


¡Por supuesto..! Dios nos ha creado a todos.


Pero no todos llegamos a ser Rostropóvich.


¡Afortunadamente…! En mi caso, supe, desde niño, que estaba «condenado» a la música, al violonchelo. Fue algo muy natural. No podía ser de otra manera. Toda mi vida ha estado consagrada a la música, al violonchelo. Ha sido mi manera de llegar a ser feliz. La justificación de mi vida. Se lo debo todo. Lo he dado todo. Ha sido y es mi manera de comunicarme con Dios, de comunicarme con el orden supremo de todas las cosas creadas.


¿Cual es la parte del dolor, el sufrimiento, en la obra y la carrera de un artista?


Enorme. Y, al mismo tiempo, el dolor, el sufrimiento, son una parte esencial en la formación y la liberación del alma de un artista. En mi infancia, en mi juventud, cuando estudiaba, tenía compañeros que estudiaban mucho más que yo. Los había, por ejemplo, que eran capaces de pasarse horas estudiando, trabajando, mientras seguían, en la radio, o la televisión, un partido de fútbol. Yo consagraba menos horas al trabajo, quizá, pero sabía que el arte, la música, el violonchelo, eran una manera que permitiría llegar a ser yo mismo, me permitirían alcanzar un mundo mejor, a través del arte. De ahí que, al final, he llegado a ser feliz. Y el sufrimiento, en mi caso, queda en un segundo plano.

Esa capacidad de interpretar una misa de Bach, al mismo tiempo que se contempla un partido de fútbol, en la televisión, me recuerda el caso de los grandes criminales nazis, o comunistas, capaces de dirigir inmensos campos de concentración y tortura de otros hombres, mientras ellos escuchaban a Mozart.


Algo espantoso, desalmado. Pero, al final, el gran arte acabará triunfando.


¿Cree usted que el arte tiene alguna utilidad práctica?, ¿puede el arte combatir la miseria del mundo, de alguna manera?


El arte es una parte esencial de la vida humana. Como la religión. Es una fuente de libertad y enriquecimiento moral. La salvación misma del hombre, de la humanidad, entera, dependen de la belleza y el arte. Es la belleza la que da un sentido a la vida humana. A través del arte, nos comunicamos con nuestros antepasados, con nuestros muertos, y transmitimos a los hombres que vendrán el legado de nuestra vida espiritual.


Salvamos nuestras almas, pero estamos indefensos ante la inmensidad de la miseria física universal.


¡No…! Siempre podemos hacer algo. Yo he ganado mucho dinero con la música. Pero también doy mucho. He creado una fundación. Ayudo a crear hospitales. La solidaridad, la fraternidad, son cosas espirituales y materiales, al mismo tiempo.


Cioran decía que los castellanos y los rusos tenían en común una cierta locura mística, y citaba el caso de Teresa de Ávila y de Dostoievski.


¡Llevaba razón….! Esa locura mística es una formidable riqueza espiritual.


¿No cree usted que el arte, la cultura, la vida del espíritu, están hoy amenazados por la colonización industrial del planeta?


Hay muchos riesgos, pero el arte, la belleza, nos harán libres. Recuerde los Evangelios.


Usted sufrió en su carne algunas de las páginas más dolorosas y endemoniadas de la vida del hombre del siglo XX, ¿cuales son sus esperanzas y temores ante el siglo que comienza?


Mire, hace poco estuve en el norte de Alemania, en un lugar desde donde los nazis lanzaban sus bombas teledirigidas contra Londres… en ese mismo lugar, yo estuve dirigiendo el Réquiem de mi amigo Benjamín Brittain. Al acabar la interpretación, estaba llorando. Y había otros espectadores, ingleses y alemanes, que también lloraban. En el mismo lugar desde donde se fabricaban instrumentos de muerte y destrucción, el hombre, ingleses, alemanes, un ruso como yo, interpretábamos una obra de perdón y misericordia, de memoria y reconciliación. El hombre del siglo XX bajó a los infiernos más atroces de la historia; pero, finalmente, a través del arte, a través del perdón y la compasión, nosotros podemos seguir viviendo y transmitiendo nuestra fue, nuestra confianza y nuestra esperanza en el arte y la belleza, que nos harán libres.

miércoles, 6 de junio de 2007

"La cautela liberal"


Navegando por internet (buscaba artículos que incluyeran la expresión "moralismo excesivo") he encontrado este artículo interesante (aún cuando no esté del todo de acuerdo)
Dedicado a los feacios

La cautela liberal

(El Correo, 19 de noviembre de 2005)

Como era de prever, la conversación política española se ha convertido en un guiñol de esencias. La esencia denominada 'España' llora por su desgarro y desaparición. Las esencias 'Catalunya' o 'Euskalherria' gimen porque no les dejan nacer y crecer como seres libres. La esencia 'soberanía' las sobrevuela, sin acabar de posarse en ninguna. Las esencias 'identidad' e 'historia' bailan alrededor. Maravilla de las maravillas, de nuevo estamos en el mundo de las ideas platónicas, de las realidades ontológicas que están más allá (o más acá) de los ciudadanos, pero que les sorben el alma a éstos con singular eficacia.

Les propondría que apartemos la vista de esta danza, aunque sea por un rato, y nos coloquemos en el lugar de una rara avis de esta sociedad nuestra, en el lugar del ciudadano liberal, un ciudadano precavido que se plantea las cosas desde el punto de vista de sus propios intereses, desde su particular forma de 'pursuit of happiness'; nunca desde el borroso punto de vista de los pueblos, las naciones, las clases o la historia.

A nuestro ciudadano no le interesa tanto la cuestión del sujeto del poder (¿quién manda?) cuanto la cuestión de los límites del poder (¿qué puede mandar el poder, pertenezca a quien pertenezca?). La primera es la pregunta democrática por excelencia, y su respuesta aproximada es 'manda el pueblo'. La segunda es la pregunta liberal y su respuesta suena más o menos así: «mande quien mande, hay unos límites claros a lo mandable, y esos límites son la esfera privada del ciudadano» (Ortega y Gasset). Preguntas distintas, respuestas diversas, aunque ambas entretejidas en el ovillo de nuestras democracias liberales (Giovanni Sartori). Pues bien, asistimos hoy a una encarnizada disputa por el reparto del poder entre instancias territorialmente diversas, y sin embargo lo importante para nuestro ciudadano no es tanto quién se queda con qué poder, como qué quiere hacer ese quién con el poder que obtenga. ¿Para qué quiere el poder, pregunta el liberal? Y no le valen respuestas esotéricas tales como 'la nación quiere el poder para ser ella misma'. No, dice nuestro liberal, el poder no es una poción mágica para rellenar el 'self' de una u otra nación, el poder es una relación concreta (cotidianamente concreta) con los gobernados y, por ello, lo que éstos quieren saber es qué se (les) va a hacer con ese poder.

Si la cuestión del reparto del poder fuera inocua para los intereses de los ciudadanos no nos importaría nada, absolutamente nada, quién fuera su titular: ¿Qué más me da que las leyes se hagan en Madrid o Vitoria, qué me importa que a esta tierra la llamen oficialmente España o Euskadi, o dónde pongan el 'limes' entre ellas? Lo que a mí me importa es que las leyes sean prudentes y respetuosas con la esfera de mis intereses. En puridad, el ciudadano liberal no tiene preferencias a priori sobre el reparto vertical del poder. Pero lo que sí tiene, eso sí, es mucha desconfianza y recelo ante todo poder. Y de este recelo deriva una serie de intuiciones bastante claras.

El poder, todo poder, debe ser dividido entre tantas instancias como sea posible sin llegar a desvirtuar su eficacia. La acumulación de poder en una sola instancia es mala. 'Seul le pouvoir arrête le pouvoir'. Y la regla se aplica tanto en sentido horizontal (la división de poderes entre instituciones estatales) como vertical (la división entre instituciones territoriales). Porque esas instituciones que se legitiman como naciones o nacionalidades quieren poder para hacer (nos) algo muy concreto, para nacionalizar a sus ciudadanos, para imbuirles esas identidades homogéneas predefinidas que adoran en el hondón de su alma. Es lo que ha hecho España desde 1812, y lo que desean ahora hacer Cataluña y Euskalherria: nacionalizarnos. Ante una amenaza tan obvia para su privacidad, la regla liberal es siempre la misma: repartir el poder, es decir, contrapesar los anhelos nacionalistas, apoyar un Estado multinacional en que ninguna de las nacionalidades pueda prescindir de las demás solapadas. El ciudadano liberal no es un iluso, cree muy poco en la posibilidad de ese teóricamente admirable 'patriotismo constitucional' purgado de nacionalismo que defiende Habermas. Por eso, porque es consciente de que vive en el marco de unos nacionalismos voraces, opta porque el poder se reparta entre todos ellos, a ver si así se contrapesan y puede vivir relativamente tranquilo en el equilibrio resultante.

Otra idea del ciudadano liberal es la de que no existe una única regla que permita, ella sola, organizar la distribución más eficaz del poder entre instancias territoriales diversas. Ni la regla de la centralización ni la del autogobierno son válidas siempre y para todas las cuestiones: todo depende de las circunstancias, como lo demuestra la realidad económica, un buen paradigma del que derivar criterios de racionalidad práctica (aunque esta comparación levante ronchas de indignación entre nuestros republicanos). A veces es mejor la regla de la descentralización, otras la acumulación en una única instancia. Depende, siempre depende. Ni siquiera la tan cacareada regla comunitaria europea de la subsidiariedad (que viene a decir algo tan tautológico como 'debe descentralizarse lo que no deba acumularse') resuelve nada por sí misma. Al liberal siempre le ha gustado el arte de distinguir, el arte de trazar esferas diversas, cada una con sus propias necesidades y reglas de conducta (Michael Walzer). Proponer una regla única para todas las esferas es un reduccionismo estéril y contraproducente.

Hay que ser contextuales y no olvidar que ningún principio se conoce realmente antes de observar los efectos de su aplicación.Nuestro ciudadano liberal desconfía en política (no en otras esferas) de los sentimientos embriagadores, de las utopías y del moralismo excesivo. Hay muchos que ven la política como una palanca moral para cambiar el mundo y conseguir grandes objetivos, sea la arcadia nacionalista, el pueblo republicano armónico, la sociedad sin clases o el retorno al pasado inmóvil. Pero él desconfía, en particular de aquellos proyectos políticos que supongan un cambio sustancial del comportamiento del ser humano. El liberal practica el escepticismo (por eso es un aburrido sermoneador), defiende la humildad como lema distintivo de sus objetivos: disminuir el sufrimiento humano y hacer la vida de los otros un poco más decente, como decía Isaiah Berlin y repite Richard Rorty. Poco más.

Las naciones son artefactos inventados por los hombres para hacer más fácil su convivencia, no son esencias sobrehumanas intemporales. Tienen fecha de construcción y de caducidad, como todo producto de la fértil cultura humana. Y no pasa nada por ello. Lo que ni puede ni debe admitirse es que esos artefactos creados para nuestra utilidad lleguen a convertirse en fetiches o tótems que nos esclavicen, que hagan más difícil nuestra convivencia en lugar de facilitarla.

El ciudadano liberal mira sin embargo en su derredor, en su pasado hispánico, y contempla con desánimo el enorme déficit de sentido liberal que hay en nuestra historia y en nuestra sociedad. Observa cómo sigue predominando entre nosotros, todavía hoy, un discurso político redentorista, colectivista y autoritario (Álvarez Junco). A derecha e izquierda y, desde luego, en todos los nacionalismos. Y es por eso por lo que sacude con desánimo la cabeza y hace lo único que cabe en estas circunstancias, abrir el paraguas de su cautela liberal hasta que escampe. Casi siempre escampa.

José María Ruiz Soroa

domingo, 20 de mayo de 2007

Documento: Un articulo de Borja Lucena publicado en Feacios


Reivindicación de Madrid

Estos días se celebra en Madrid la festividad de San Isidro. En la urbe proliferan festejos, conciertos y alguna verbena, aunque parte importante de la población ni siquiera se da por enterada. En la pradera de San Isidro, el sábado por la tarde, se agolpan miles de madrileños que recorren sin prisa los puestos donde se venden churros y rosquillas del santo, donde se exhiben almendras y manzanas bañadas en caramelo rojo. En estas fechas, toda la amabilidad de mayo se esparce por la ciudad, y la pradera se ve adornada de la plenitud de los plátanos de sombra y los castaños en flor. Por la tarde, en la Plaza de Las Vistillas, la gente se tira en el césped a beber y hablar mientras el ocaso ensombrece el Palacio Real. Lo lúdico se entremezcla sin conflicto con la seriedad de las ancianas vestidas de modistilla y con los trajes de los chulapos. Hay tradiciones, pero, a diferencia de las liturgias nacionalistas, no son obligatorias.
No quiero sugerir que Madrid sea modelo para todo porque, evidentemente, no es así; no obstante, frente a la realidad política que se impone por doquier, defiendo que representa una saludable repugnancia por todo lo que amenaza con devolver al individuo a la grey feudal. Paseando por esos lugares me dio por pensar en la gran diferencia existente entre lo que he vivido en mi ciudad y la apoteosis nacionalista reinante en otras regiones. A la luz de sus fiestas, se hace patente que no existe en Madrid esa compulsiva búsqueda de los orígenes, de la tradición esencial, del espíritu del pueblo que existe en las conmemoraciones solemnes de la identidad cultural catalana y vasca. ¿No es precisamente eso lo que distingue nítidamente a la polis moderna de la aldea? Por mucho que uno quiera buscar esencias, no existen en Madrid, y las fiestas están, sencillamente, para divertirse.
En San Isidro advertí algo que nunca había considerado, precisamente porque en el Madrid de mi niñez- como en tantos otros sitios- era irrelevante. Advertí que soy hijo de inmigrantes. De repente, sorprendido por un hallazgo tan poco extraordinario, contemplé el abismo que separa dos modelos de política hoy en pugna en España. Un hecho tan simple, tan banal para mí, acoge uno de los elementos centrales que separan a la política de la barbarie pre-política. En algo tan fortuito se repite, una y mil veces, la lucha de griegos y persas, de cristianos contra musulmanes, del liberalismo contra el nacionalsocialismo- es decir, de la polis contra todo aquello que amenaza su frágil existencia. Pertenezco a la primera generación madrileña de mi familia y, sin embargo, nunca sentí diferencia esencial alguna con respecto a mis compañeros de colegio y de juegos. De hecho, no sé cuántos de ellos eran madrileños puros o también hijos de foráneos. Este detalle tan poco sorprendente hace visible, sin embargo, una aguda diferencia entre la polis madrileña y la aldea nacionalista: la apariencia de política existente en los feudos del nacionalismo busca insistentemente sus fundamentos en la diversidad de orígenes; se habla de hijos de inmigrantes, de inmigrantes, de xarnegos, de andaluces, de castellanos; en el País vasco existe la denominación de patateros para los alaveses, manchados por la mezcla con Castilla, y, hace años, me sorprendí cuando unas chicas de Hernani establecieron un clara separación entre los bares de castellanos y los de euskaldunes. El cuerpo político se concibe como un agregado de grupos sociales definidos por su adscripción genética- o lingüística, o cultural, que para el caso es lo mismo- y no como una suma de individuos liberados de la pertenencia a un rebaño. Alguien me dirá que éstas son meras categorías lingüísticas, pero es preciso recordar que toda distinción lingüística señala ineludiblemente la contemplación de diferencias en la realidad. Los nacionalistas se descubren en su lenguaje como defensores de un orden extra-político en el que la argumentación racional es suplantada por la retórica de los sentimientos y la pertenencia a la cultura y la lengua. Quiebran así el principio que funda la política tal y como fue creada en la antigua Grecia: la isonomía, la igualdad de los individuos ante la ley. De esta manera, en tanto meros átomos o individuos racionales capaces de acción, es como la polis liberal moderna concibe a sus integrantes, mientras que en la aldea lo sustantivo no es lo que el individuo hace, sino lo que es. De ahí la obsesión por la genealogía que atraviesa, como en las organizaciones tribales, los discursos nacionalistas. Aunque todo se adorne de la retórica de la integración y las buenas intenciones, el nacionalista señala con insistencia maniática la cuestión genealógica, aunque sea para ofrecer como ejemplo la magnanimidad de elegir a un presidente inmigrante, como sucedió el año pasado en Cataluña. El logos es expulsado de la constitución del orden social por el gènos, por la procedencia, por la tradición, los sentimientos y la lengua.


Mientras paseaba el sábado por Madrid, y al abrigo de estas y otras consideraciones, me sentí profundamente aliviado por estar precisamente allí. De los dos modelos de política que se enfrentan hoy en España, yo me quedo con Madrid.

Borja Lucena. Feacio