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jueves, 30 de marzo de 2017

"La mística femenina, una tradición olvidada" de Víctoria Cirlot


Hildegard de Bingen Protestificatio de Scivias, Fol. 1, Facsímil de Eibingen del códice de Ruperstberg.
(W: Wiesbaden, Hess. Landesbibliothek, Hs. i), segunda mitad del siglo XII.
Es un error pensar que las mujeres no han contribuido a la construcción de la cultura europea antes del feminismo, que no suele situarse antes del siglo XV, antes de Christine de Pizan y su Ciudad de las damas (1405). Sin conciencia de marginación social, sin oposición al pensamiento masculino, ya en el siglo XII y, en especial, en el siglo XIII, algunas mujeres ofrecieron un testimonio que constituye toda una postura ante la vida, un modo de sentimiento y pensamiento, que alcanza aún nuestro mundo de principios del siglo XXI, y que es, sin embargo, una tradición olvidada. Pienso en las mujeres místicas que, en contra de los prejuicios que prevalecen aún hoy sobre la idea de la mística como una evasión de la realidad, fueron ejemplo vivo de una radical penetración en lo real. Hace pocos días pude oír al profesor Shizuteru Ueda, filósofo japonés de la llamada Escuela de Kioto, practicante y estudioso del zen, hablar de la mística europea como un pensamiento contracultural, tremendamente devastador de los sistemas impuestos. Pensaba el profesor Ueda en el maestro Eckhart, a quien ha dedicado numerosos trabajos y comparado con el zen. La potencia del pensamiento del maestro Eckhart ha resultado indeleble con el paso de los siglos y sólo encuentra ecos anticipados justamente en las voces de las mujeres que lo precedieron: Margarita Porete, Angela de Foligno, Matilde de Magdeburgo, las místicas de la nada y del descenso. No es posible, creo, hablar de la construcción de la cultura europea y olvidar a las místicas. Su importancia radica tanto en la forma que emplearon para decir lo que quisieron decir, como en lo que dijeron. Tanto en la forma como en el contenido se observa un vuelco en el posicionamiento ante la escritura que la convirtió en escritura de la vida, abriendo una brecha que es una vía de la realización espiritual. Me referiré a tres elementos que argumentan el papel de la mística femenina en la fundación de la cultura europea injustamente silenciada: en primer lugar, al valor de la experiencia; en segundo lugar, al empleo de la lengua materna; en tercer lugar, a la nada y al descenso como la nueva orientación en el camino de unión.
1
Ego vidi et audivi: con extraordinaria fuerza suena la primera persona que afirma haber visto y oído. La obra profética de Hildegard von Bingen (1098-1179) sale de haber visto y de haber oído:
Y he aquí que, a los cuarenta y tres años de mi vida en esta tierra, mientras contemplaba, el alma trémula y de temor embargada, una visión celestial, vi un gran esplendor del que surgió una voz venida del cielo diciéndome:... (Scivias, Protestifcatio)
Comencemos por la primera persona. Ciertamente Hildegard von Bingen no es la única en el siglo XII en utilizarla. Si desde san Agustín hasta la época feudal es profundamente rara, en cambio, a principios del nuevo siglo se detecta una oleada en la que se manifiesta un cierto modo de subjetividad: aparecen las autobiografías como la de Guibert de Nogent o Pedro Abelardo, aparecen las canciones de amor de los trovadores del sur de Francia. El roman courtois se interesa más por el individuo que por la colectividad. ¿Cuál es la realidad de esas primeras personas? Se ha insistido en su carácter retórico y hueco. Pero es innegable que manifiesta algo y que su uso hay que contextualizarlo en el género en el que aparece. Cuando Hildegard von Bingen afirma en primera persona haber visto y oído no podemos confundirla con los juegos formales de los trovadores, porque si en ellos se valora su capacidad lingüística, en ella sólo se valora la verdad del testimonio de su experiencia. ¿Y cómo es eso? La valoración de la experiencia, la experiencia que exige a un sujeto que experimente, es algo nuevo en la cultura europea. El principio de la valoración de la experiencia se puede situar en los sermones que comentaron el Cantar de los Cantares (1135-1151) de Bernardo de Clairvaux:
Se trata de un cantar que sólo puede enseñarlo la unción y sólo puede aprenderlo la experiencia (experientia). El que goce de esta experiencia, lo identificará en seguida. El que no la tenga, que arda en deseos de poseerla, y no tanto para conocerla como para experimentarla (experiendi) (Sermones sobre el Cantar de los Cantares, 1, vi, 11).
Como se ha dicho, los comentarios de Bernardo implican una nueva recepción del Cantar, muy comentado desde Orígenes pero sin impacto justamente por haber sido tratados sólo textualmente y no como una vivencia a experimentar. Bernardo invita a su auditorio a entrar en la alcoba. Él mismo afirma conocerla a través de su experiencia:
Entremos ya en la alcoba. ¿Cuál es?... (Sermones, 23, iv, 9). Desde mi experiencia —porque desconozco la de otros—, es la alcoba en la que alguna vez me han introducido. Pero, ¡ay dolor! Raras veces y por poco tiempo (Sermones, 23, vi, 15).
Con el comentario de san Bernardo, el lenguaje del Cantar pasó a ser el modelo para expresar la aventura del alma. El efecto fue inmediato y, en especial, en los ambientes femeninos, en los monasterios de mujeres, según muestran obras como el Sankt Trudpertslied de mediados del siglo XII en que ya se ha aplicado el lenguaje del Cantar para hablar de la relación con Dios. La consideración de la experiencia como forma de conocimiento constituye algo realmente moderno en la cultura medieval habituada a conceder mayor autoridad al libro que al sujeto. Y antes que el mundo, su geografía o naturaleza, fue Dios el objeto de la experiencia y fueron sobre todo las mujeres los sujetos de dicha experiencia.
El interés que suscita una figura como Hildegard von Bingen no se debe sólo a su impresionante facultad visionaria o capacidad creadora, sino a la fundamentación de su existencia en su propio sujeto y a la búsqueda de la verdad en su experiencia. En la biografía que escribió Teoderich von Echternach poco después de su muerte se recogieron fragmentos autobiográficos en los que ella expone «lo que le sucedió». La Vida de Hildegard sirvió de ejemplo para los relatos hagiográficos posteriores en los que los confesores se alejaron de los moldes establecidos y de los tópicos literarios para obtener justamente un relato vivo y veraz. Como apuntó agudamente Giovanni Pozzi si tuvieron lugar los testimonios femeninos fue porque la cultura masculina se interesó por ellos en medio de una grave crisis de creencias. Pero aunque fueran los hombres quienes preguntaron, lo cierto es que fueron las mujeres quienes respondieron. Y en sus respuestas se perfiló un nuevo diseño en el que predominaba el color del sentimiento.
2

El relato autobiográfico basado en la experiencia necesitaba de una lengua nueva que, a diferencia del latín, no estuviera saturada de tradición ni fosilizada por la repetición. Si Hildegard von Bingen escribió en latín, en el siglo XIII Hadewijch de Amberes (c. 1235-1244) y Beatriz de Nazaret (c. 1200-1268) lo hicieron en neerlandés, Matilde de Magdeburgo (1207-1282) en alemán y Margarita Porete (1250/60- 1310) en francés. Desde principios del siglo XII comenzaron a imponerse las lenguas vulgares, pero sólo en las literaturas laicas, esto es, en los cantares de gesta, en la poesía lírica, en los romans. El latín continuaba siendo la lengua de la Iglesia, reservada para el discurso teológico, para el saber escolástico. El uso de la lengua vulgar para hablar de Dios resultó no sólo una novedad, sino en ocasiones un escándalo, como puede comprobarse por la rápida traducción al latín de algunas obras. Así se tradujeron al latín obras como La luz fluyente de la divinidad de Matilde de Magdeburgo y El espejo de las almas simples de Margarita Porete. Si el lenguaje erótico del Cantar podía aceptarse en latín, en cambio parecía inadmisible en lengua vulgar, como algo demasiado próximo, demasiado cercano al mundo de la vida y a la cotidianidad. Además, en la cultura medieval, profundamente ordenada y necesitada del orden, se habían establecido claras correspondencias entre lengua y géneros. Así por ejemplo, la lengua adecuada para la canción de amor era el provenzal y no sin esfuerzos pudo utilizarse el francés, el sículotoscano o el gallegoportugués, y mucho más tardó en ser posible una lírica castellana o catalana. Todavía Dante tuvo que reflexionar acerca de la adecuación entre lengua y contenidos, y de la oportunidad de emplear la lengua vulgar. En el caso de la mística se trató de la imposibilidad de escribir el libro de la vida en una lengua que no fuera la de la vida misma. Más allá de los géneros, pues en muchas ocasiones se trata de auténticos híbridos —mezcla de poesía y prosa, de revelación y profecía—, las lenguas vulgares ofrecieron la posibilidad de expresar un mundo de sentimientos en el que el cuerpo se encontraba absolutamente involucrado, inseparable de un pensamiento que constantemente se hacía carne. Las emociones abrieron un campo de conocimiento nuevo. Amor, dolor, insipidez dibujaron un recorrido de abismamiento hacia un fondo que por vez primera brotó en la conciencia de la cultura europea. Posiblemente nadie lo habría de expresar mejor que el maestro Eckhart, sobre todo en sus sermones en lengua alemana, pero muy cerca de él hay que situar a sus antecesoras y coetáneas. Y en concreto, la unión estrecha entre experiencia, autobiografía, sentimiento y lengua vulgar fue un fenómeno propio de la mística femenina. Si en la mística hebraica no hay expresión autobiográfica ni fundación en el sentimiento es, como recordó Gershom Scholem, porque no hay mujeres.
3
El cielo está arriba y la tierra, abajo. La superioridad del arriba sobre el abajo parece una verdad indiscutible para la vida del espíritu. El ascenso indica el movimiento necesario y el vuelo, el deseo irreprimible. En la mística de tradición platónica el alma asciende a Dios. Cierto hermetismo sostiene que lo que hay abajo es como lo que está arriba, aunque la cuestión consiste en saber exactamente qué se entiende por ese como, es decir, si es una relación de analogía que indica efectivamente semejanza, o, por el contrario, inversión. Pero la afirmación de que el descenso es superior a cualquier ascenso constituye un atentado contra el saber tradicional. Oigamos los versos de Matilde:
Ay, mi buen Señor, no me eleves tanto. Prefiero descender a la parte más baja y allí quiero quedarme gozosa para honrarte (La luz fluyente de la divinidad, IV, XII, 35-37).
Oh, Señor, en la profundidad de la pura humildad
No puedo escaparme de ti
Pero en el orgullo podría olvidarme de ti.
Cuanto más profundo me hundo (mere ie ichtieffer sinke),
Más dulcemente bebo.
(La luz fluyente de la divinidad, IV, XII, 105-107)

Por mucho que el cristianismo justifique el camino de descenso, como ahora veremos, su expresión —hablar de la dulzura infinita y del placer obtenido por ese descenso, como hizo Matilde de Magdeburgo— no deja de ser una tremenda provocación que no pretende serlo, sino sólo una comprobación que no puede entenderse más que dentro de un inmenso espacio de libertad. El lenguaje paradójico de la mística atraviesa deshaciéndolos todos los velos de las ilusiones para llegar hasta un núcleo, un corazón de verdad. La vía descendente, con su negación del ascenso, se sitúa en la paradoja y en ésta se reafirma para rechazar el terreno de lo conocido. Con todo, distintas realidades se suman para dotar de una fuerza inusitada al camino de descenso. En efecto, como ha reiterado el profesor Alois Maria Haas, característica del cristianismo es esta vía de descenso que encontramos en la mística femenina, pues en ella se da la exigencia de imitar el mismo camino de descenso de Dios en su encarnación. Si Dios descendió al hacerse hombre, y con ello se humilló, el alma humana debe realizar esa misma trayectoria, pues en la humillación puede semejarse a Dios. Cuanto más se humilla, más nada se hace, y cuanto más nada, cuanto más despojada esté de lo que ella es, mayor cabida puede dar a la alteridad que es Dios. Se dibuja así el paisaje del desierto como el paisaje del alma:

Debes amar la nada (niht),
Debes huir al yo (iht),
Debes estar solo
Y no acudir junto a nadie.
No debes ocuparte de mucho
Sino que debes liberarte de todas las cosas.
Debes soltar a los presos
Y vencer a los libres.
Debes deleitar a los enfermos
Y tú mismo no tener nada.
Debes beber el agua del dolor
Y encender las brasas del amor con la madera de las virtudes:
De este modo vivirás en el verdadero desierto.
(La luz fluyente de la divinidad, I, XXXV, 1-15)

El alma no puede ascender, sino sólo esperar en su templo vacío a que Dios descienda hasta ella. «A la espera de Dios», en expresión de Simone Weil, que negó la búsqueda como posibilidad de encuentro con Dios. En esta mística del descenso, el ser mujer también tiene su fundamento, pues la mujer, en su fragilidad, se asemeja a la humanidad de Cristo. A la arrogancia del discurso teológico impartido en las Universidades se opuso en el siglo XIII el testimonio femenino de amor y conocimiento de Dios. Por ello, entre otros muchos motivos, los místicos como Eckhart y Heinrich Seuse quisieron «hacerse mujeres», cada uno a su manera, lo que no significaba más que seguir un camino inverso, negativo, cuyo fin último es la nada. Jeffrey Hamburger ha mostrado las miniaturas en que Heinrich Seuse aparece ataviado de un modo claramente femenino. En su sermón sobre La virginidad del alma, el maestro Eckhart consideró la feminidad del alma como la posibilidad de ser fecunda y según su costumbre de un pensamiento «a la inversa», determinó la superioridad de ser mujer a la de ser virgen:
Si el hombre fuera siempre virgen, no daría ningún fruto. Para hacerse fecundo, es necesario que sea mujer. «Mujer» es la palabra más noble que puede atribuirse al alma y es mucho más noble que «virgen». Es bueno que el hombre conciba a Dios en sí mismo, y en esa concepción él es puro y sin mancha. Es mejor, sin embargo, que Dios fructifique en él, pues la fecundidad del don no es más que la gratitud del don, y así el espíritu se hace mujer en la gratitud que renace y en el cual el hombre engendra, de nuevo, a Jesús en el corazón paterno de Dios (36-45).
Si Matilde de Magdeburgo escribió en un alemán maravilloso y extraño a juicio de Heinrich von Nordlingen (1345), Angela de Foligno (c. 1248-1309) era analfabeta y su testimonio fue vertido al latín por su confesor. Sin embargo, a pesar de la traducción y de la sencillez de su lenguaje, su testimonio aún hoy resulta estremecedor por la autenticidad que de él emana. Su peregrinación por los diversos estados del alma realizó la fábula mística en la que el héroe, en lugar de salir vencedor, es vencido. Todo su ser se involucra en la experiencia de Dios: desde su cuerpo desnudo ante la cruz y su grito en la iglesia de Asís, hasta un estado de insipidez e indiferencia como resultado de la experimentación progresiva de los contrarios:
Y aunque tristeza y alegría provenientes de fuera puedan penetrarme un poco, hay en mi alma una cámara donde no entra ni alegría, ni tristeza, ni deleite, ni virtud, ni satisfacción por nada que tenga un nombre. Ahí está todo bien, de tal modo que no es otro bien, pues es de tal modo todo bien que no hay otro bien. Y en ese manifestarse de Dios (aunque diga blasfemia porque no lo puedo decir de otro modo), en ese manifestarse de Dios está toda la verdad, en ese manifestarse de Dios poseo toda la verdad: la que está en el cielo y en el inferno... (Memorial, IX, 398-406).
La experiencia de Dios como nada emerge de un modo fulgurante para situarla como directa antecedente del nihilismo eckhartiano:
[...] cuando se ve a Dios, no trae eso risa en la boca, ni devoción ni fervor ni amor ferviente, pues ni el cuerpo ni el alma se mueven tal como acostumbran moverse, pero no ve nada y lo ve todo, y el cuerpo duerme y la lengua está cortada (Memorial, IX, 51-54).
Insospechadamente estas mujeres de los siglos XII y XIII pudieron hablar y escribir más allá de la literatura. Su conocimiento, más que en un pensar, se fundó en un sentimiento en el que se asentó la certeza del yo. Sus propias vidas fueron el objeto de su escritura. La riqueza de su legado, en muchos aspectos presente en la cultura europea, todavía está por descubrir.


Textos citados
Angela de Foligno, Libro de la vida, edición de Teodoro H. Martín, Sígueme, Salamanca 1991.
Bernardo, san, Obras completas de, V. Sermones sobre el Cantar de los Cantares, edición de los monjes cistercienses, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1987.
Hildegarda de Bingen, Scivias: Conoce los caminos, traducción de Antonio Castro Zafra y Mónica Castro, Trotta, Madrid 1999.
Maestro Eckhart, El fruto de la nada, edición y traducción de Amador Vega Esquerra, Siruela, Madrid 1998.
Mechthild von Magdeburg, Das fliessende Licht der Gottheit, vols. I y II, edición de Hans Neumann, Artemis, Munich-Zurich 1990.
Weil, Simone, A la espera de Dios, Trotta, Madrid 1993.

Estudios
Cirlot, Victoria, y Garí, Blanca, La mirada interior. Escritoras místicas y visionarias en la Edad Media, Martínez Roca, Barcelona 1999.
Haas, Alois Maria, Visión en azul. Estudios de mística europea, Siruela, Madrid 1999.
Hamburger, Jeffrey K., Te Visual and the Visionary. Art and Female Spirituality in Late Medieval Germany, Zone Books, Nueva York 1998.
Pozzi, Giovanni (ed.), Angela da Foligno. El libro dell’esperienza, Adelphi, Milán 1992.
Scholem, Gershom, Grandes tendencias de la mística judía, Siruela, Madrid 1996. Ueda, Shizuteru, Zen y filosofía, Herder, Barcelona 2004.

Residencia de Investigadores CSIC-Generalitat de Catalunya, Barcelona, 2006, pp. 85-96.

sábado, 11 de marzo de 2017

Entrevista a Pierre Hadot. Historia de la "cura" (La Vanguardia 10/08/1996) y conferencia de Victoria Cirlot "El cuidado de sí en la poética del Grial".



Pierre Hadot
Historia de la “cura
Entrevista a Pierre Hadot, filósofo
Desde Sócrates, que invitaba a los atenienses a cambiar el objeto de sus cuidados y preocupaciones, a Foucault, que se refirió a la “inquietud de sí” para proponer un arte de vivir, el concepto de “cura” (“Sorgen”, en alemán; “souci”, en francés) ha interpretado un importante papel en la historia del pensamiento. Pierre Hadot repasa, en esta entrevista, los principales puntos que definen su evolución.
François Ewald
Hablamos con Pierre Hadot de las diversas aproximaciones que, desde su aparición en la filosofía griega hasta sus desarrollos contemporáneos, se han realizado a una noción tan ambigua como fundamental en la historia del pensamiento: la cura.
- El tema de la cura parece haber pertenecido en primer lugar a la filosofía griega. ¿En qué circunstancias aparece?
-Hay que precisar, para empezar, que, en todo el ámbito del concepto, la noción de cura es ambigua, como observó acertadamente Heidegger en las páginas capitales de “El ser y el tiempo” que dedica al tema: la cura [según el término utilizado en la versión castellana de José Gaos] es tanto el cuidado, la entrega o la solicitud que dedicamos a una empresa o una persona, como la angustia y la inquietud que nos asaltan o nos torturan.
En el pensamiento griego, la cura aparece primero en Hesíodo, los trágicos ó los sofistas bajo la forma de la ansiedad provocada por la dureza de la vida o, por ejemplo, el compromiso en el matrimonio y la paternidad o, también, los procesos o los asuntos de la ciudad. La cura está vinculada a la vida en la ciudad y, de modo especial, al exceso de actividad, al activismo, como ha demostrado Paul Demont en su notable libro sobre la ciudad griega y clásica y el ideal de tranquilidad.
Lo novedoso en Sócrates o, al menos, en lo que Platón le hace decir es, sobre todo, que introduce la noción de cura de sí. Los atenienses se ocupan de los asuntos políticos, las riquezas y la reputación, de sus cuerpos, de toda clase de cosas que no son “ellos”; sin embargo, no se ocupan de ellos mismos, es decir, de la calidad de su propio ser, su modo de ser: sincero o hipócrita, justo o injusto, leal o desleal. Así que Sócrates los invita a llevar a cabo una conversión hacia ellos mismos, a cambiar el objeto de sus inquietudes, de su cura.
Pero si Sócrates llama a la gente para que se vuelva sobre sí misma, se convierta y cambie la dirección de su atención y de su cura, es porque los demás son para él objeto de cura. Como le hace decir Platón en la “Apología de Sócrates”, no hay muchas personas que, como él, hayan abandonado por completo sus intereses personales durante años para ocuparse de cada uno de sus conciudadanos. Por lo tanto, para Sócrates, la cura de sí no está nunca separada de la “cura de los otros”.
- ¿Cómo se produce esta articulación entre cura de sí y cura de los otros? ¿Aparece la cura de sí como un gesto egoísta?
- Lo egoísta es la cura de que son objeto, para la mayoría de las personas, las cosas “exteriores”; es decir, la preocupación por someterlas a un interés personal y parcial. Esta cura se sitúa en el orden del haber, de la posesión. Y, como dice Sócrates en la “Apología”, el objeto de cura no tiene que ser lo que se tiene, sino lo que se es. Claro que falta por saber en qué consiste nuestro ser real. Para Sócrates, como ya hemos dicho, consiste en nuestra calidad de ser, nuestro modo de ser. Aunque no se trata aquí de un yo que se situaría sólo en el plano de nuestra individualidad particular, sino de un yo que, de un modo u otro, se ha elevado a lo universal por medio del diálogo. Sócrates es sin duda un individuo que se ocupa de otros individuos, pero haciéndoles descubrir otro nivel de ellos mismos (el de la razón) por medio del discurso racional, que permite el acceso a la universalidad. Ése es el objetivo del diálogo socrático. A través de él, Sócrates invita a los demás hombres a ser objeto de una cura de ellos mismos. Interrogándolos, les hace tomar consciencia de su ignorancia con respecto a los valores que rigen su vida; pero lo que quiere sobre todo es que, en el curso de la discusión, aprendan a someterse a ese árbitro común que es la razón, el discurso racional. Exige el acuerdo de sus interlocutores. Dicho de otro modo, el diálogo es un progreso común por medio de acuerdos sucesivos entre los dos interlocutores, quienes se someten así a las exigencias de la coherencia racional y se elevan en cierto modo hasta un punto de vista que ya no es el de la mera individualidad, sino un punto de vista común. Es en el propio diálogo, pues, donde se pone de manifiesto y se realiza la cura de los otros. Se trata de tomar consciencia de que existe otro punto de vista además del nuestro y que es necesario que quien interroga y quien responde superen sus respectivos puntos de vista para someterse a las exigencias objetivas de la razón. Desde esta perspectiva, la cura de sí significa superar la propia individualidad para acceder a una visión universal, racional y objetiva.
Por otra parte, para Sócrates y, sobre todo, para Platón, la cura de sí sólo tiene sentido en la perspectiva de la “cura de los otros”: la cura de sí es necesaria para dedicarse a la vida “política”, porque la primera cualidad de lo político es la capacidad de ver las cosas según esta perspectiva universal y racional de la que acabamos de hablar.
-¿Cómo se desarrollan posteriormente las nociones de cura y cura de sí?
-No desempeñan, me parece, un papel demasiado importante en Aristóteles, pero se vuelven extremadamente importantes en la filosofía helenística; sobre todo, en el epicureísmo y el estoicismo
Puede afirmarse que, en todas las escuelas helenísticas, incluso en los escépticos, la principal tarea de la filosofía consistirá siempre en librar al hombre de sus preocupaciones. Y estas preocupaciones, para los hombres, provienen siempre de esperar o temer cosas cuyo dominio se les escapa. Para librarse de la preocupación, se hace necesario delimitar una esfera en la que la preocupación desaparezca o en la que ésta se reduzca al mínimo, porque uno se que ésta se reduzca al mínimo, porque uno se sitúa entonces en esa parte esencial del ser que no nos puede ser arrancada por nada.
Para los epicúreos, la esfera se delimitará distinguiendo entre los deseos que no son ni naturales ni necesarios, los deseos que son naturales pero no necesarios y, por último, los deseos que son naturales y necesarios, que son suficientes para ser felices y que nos permiten, una vez satisfechos, conocer la felicidad. Para los epicúreos, los deseos fundamentales son los deseos del cuerpo y, desde este punto de vista, la cura de sí constituye para ellos, muy claramente, una cura de su individualidad. Sin embargo, no estamos ante un egoísmo en el sentido vulgar de la palabra; se trata, más bien, de que el yo se resitúe en la perspectiva general de la naturaleza y el ser universal y acceder así al placer de la existencia pura.
Para los estoicos, se tratará, en cambio, de reconocer exactamente lo que depende de mí y lo que no depende de mí. No depende de mí ser hermoso, rico, fuerte, tener buena salud, éxitos profesionales o políticos, buena reputación, experimentar placer o escapar del sufrimiento. Todo eso depende de elementos ajenos a mi voluntad y, por lo tanto, a mí mismo. No obstante, sí que depende de mí tener o no la intención de actuar bien. El yo se concentra así en el reducido ámbito de la intencionalidad moral, que es absolutamente inatacable, inexpugnable. Por eso he titulado “La ciudadela interior” mi libro sobre las “Meditaciones” de Marco Aurelio.
Por lo tanto, la cura de sí consiste en ellos, como en Platón, en reencontrar el yo esencial y separar de él cuanto le es ajeno. Aunque estoicos y epicúreos vinculan este proceder a un cambio radical en nuestra relación con el tiempo. Separamos de lo que nos es ajeno significa también liberarnos del pasado y el futuro. Si el hombre está torturado por las preocupaciones es porque alberga pesares con respecto al pasado e inquietudes con respecto al futuro. Ahora bien, pasado y futuro no dependen de nosotros. La cura de sí supone, pues, concentrarse en el presente, el único tiempo que vivimos, el único tiempo en el que podemos ser nosotros mismos porque es en él donde actuamos. En el estoicismo y el epicureísmo, siempre encontramos este esfuerzo por librarse de las preocupaciones (las preocupaciones, en plural) y concentrarse en la cura esencial de sí mismo.
Desde Platón hasta el fin-de la antigüedad, la cura de sí se practicó en todas las escuelas filosóficas bajo la forma de ejercicios que podemos llamar “espirituales”: la meditación, el examen de consciencia o la concentración en el presente, de la que hemos hablado.
- ¿Cuál es la actitud del cristianismo en relación con la cura y la cura de sí?
- Jesucristo, en el Sermón de la Montaña, recomienda no preocuparse por los alimentos o el vestido. De modo análogo y opuesto a la tradición griega, se trata sin duda aquí de una inversión de los valores que son objeto de nuestros deseos y atenciones; aunque esta vez, el valor que trasciende el alimento, el vestido o la riqueza es el reino de Dios y de su Ley en la tierra, un reino que, para Jesucristo, es inminente, pero que al mismo tiempo ya está presente, puesto que empieza a realizarse a través del espíritu, por la penitencia, el amor al prójimo, el cumplimiento de la palabra de Dios. Por lo tanto, la cura de sí y la atención a sí mismo están ausentes, en el sentido socrático, en el cristianismo primitivo.
Sin embargo, no tardamos en volver a encontrarlas. A partir del siglo II; en Clemente de Alejandría, por ejemplo. Luego, sobre todo, en el movimiento monástico, vemos reaparecer los ejercicios espirituales de la antigüedad vinculados con la cura de sí. La vida monástica, es decir, la práctica más intensa del cristianismo, se definirá incluso mediante la noción griega de “atención a sí mismo”, como ocurre, por ejemplo, en la “Vida de Antonio” de Atanasio de Alejandría. Al mismo tiempo, reaparece el ideal griego de la impasibilidad, la tranquilidad de espíritu. Un monje del siglo VI, Doroteo de Gaza, no dudará en afirmar que la paz espiritual es tan importante que, en caso necesario, hay que renunciar a lo que se emprende para no perderla.
- ¿Forma parte la cura de sí, avanzando un poco más en la historia, de esas reglas de civilidad que encontramos en el Renacimiento y a lo largo de la época clásica?
- Entramos aquí en un terreno muy amplio, de límites difíciles de definir. Por ejemplo, en la medida en que la cura de sí está vinculada al conocimiento de sí, habría que hablar ya del conocimiento de sí en la edad media, en san Bernardo, por ejemplo. Y, en la medida en que el platonismo, el estoicismo y el epicureísmo han permanecido vivos entre el siglo XV y el siglo XIX, podríamos descubrir, como he hecho para Descartes en un artículo reciente del “Magazine Littéraire”, la permanencia de la práctica de ejercicios espirituales vinculados a la cura de sí en numerosos autores filosóficos. Montaigne es, por supuesto, un ejemplo excelente: todo su libro está muy inspirado por la cura de sí, por más que esa noción sólo aparezca explícitamente en él de forma esporádica. Por lo que sé, la cura de sí sólo aparece como objeto de reflexión filosófica en la filosofía moral (y “popular”) del siglo XVIII, por ejemplo, en G.F. Meier y en J.A. Eberhardt (“Sittenlehre der Vernunft”, 1781). Y, por fin, de modo especial, en Kant, en el capítulo dedicado a los deberes para consigo mismo, en la “Metafísica de las costumbres”. El principio de estos deberes para consigo mismo es precisamente el conocimiento de sí, entendido como un examen de la pureza de nuestra intención moral. Aunque, para Kant, sólo hay moralidad a partir del momento en que el yo, elevándose hasta el nivel de la razón universal, se impone máximas de vida que son ellas mismas una razón universal.
- ¿Es la cura una categoría filosófica en el siglo XIX?
- Creo que con Goethe asistimos al renacimiento del antiguo motivo de la inquietud que tortura a los hombres. Esbozado ya en el principio del primer “Fausto”, el tema reaparece al Final del segundo “Fausto”, poco antes de la muerte del protagonista, cuando la Inquietud lo vuelve ciego. Y, para Goethe, como para los Filósofos antiguos, el hombre sólo puede librarse de la inquietud con la toma de consciencia del valor infinito del momento presente. “El espíritu no mira ni hacia adelante ni hacia atrás, sólo el presente es nuestra felicidad”, dice Fausto a Helena.
En Nietzsche volvemos a encontrar la idea de los Filósofos antiguos según la cual las preocupaciones ahogan la cura de sí. Leemos por ejemplo en la tercera de las “Consideraciones intempestivas”: “¿No están todas las instituciones humanas destinadas a impedir que los hombres sientan sus vidas por culpa de la dispersión constante de sus pensamientos?” y “La prisa es general, porque todos quieren escapar a sí mismos”. Las preocupaciones de la vida protegen a los hombres de la cura de ellos mismos, es decir, en el fondo, para Nietzsche, de la angustia de ser.
En esta perspectiva se sitúa el célebre análisis que Heidegger hizo de la cura en “El ser y el tiempo”. Observemos ante todo que, para él, la noción de cura de sí es una tautología: no hay cura de sí o, mejor dicho, es la cura la que constituye el yo. En el ser humano es esencial el estar siempre por delante de sí, abierto al futuro, sin ser nunca totalmente él mismo. Ése es el modo de ser propio del ser humano. Pero hay diferentes formas de cura de sí. Para Heidegger, la cura, que debería ponemos en presencia de nosotros mismos, corre el riesgo de alejamos de nosotros en la medida en que nos dispersa en dirección a objetos particulares, unos objetos que forman la trama de la vida cotidiana y cuya posesión o pérdida nos preocupan. El mundo moderno es víctima de este activismo, que nos arrastra así hasta la inautenticidad. Como en la filosofía antigua, hay en Heidegger, una superación de la cura; pero, a diferencia de lo que ocurre en la filosofía antigua, esta superación no se produce en la serenidad conquistada por medio de la conversión hacia el yo, sino, al contrario, en la angustia que experimentamos cuando, al desviamos de los objetos particulares que causan nuestras preocupaciones, accedemos a la revelación del Ser.
-¿Cómo explica esta reaparición del motivo de la cura en ese momento determinado en la literatura filosófica?
-El propio Heidegger dice, en su análisis de la cura, que ha adoptado esa perspectiva en el marco de sus intentos de interpretar la antropología agustiniana (es decir, grecolatina) en relación con los fundamentos establecidos en la ontología de Aristóteles. No me considero capaz de explicar totalmente lo que quiere decir ahí Heidegger.

De todos modos, creo que piensa en la representación agustiniana del hombre como ser problemático en el seno del universo, como inquietud (“nuestro corazón siempre está inquieto...”), como inacabamiento y como pecado. Su receptividad a la antropología agustiniana probablemente se explica por la influencia de una poderosa corriente que atraviesa el siglo XIX desde Schelling pasando por Kierkegaard hasta desembocar en Nietzsche, una corriente muy sensible a la angustia fundamental que se halla en el fondo del ser humano, ya sea provocada por la consciencia del pecado o por el carácter espantoso de la existencia. La cura es sólo en cierto modo el primer grado de esa angustia. La anuncia y la oculta. Sin embargo, no hay sólo fuentes literarias. Y si la atención se concentra en la cura y la angustia es sin duda como resultado de la cura y la angustia que oprimen al hombre contemporáneo tanto en el plano espiritual, a causa del acontecimiento mítico de la “muerte de Dios”, como, a la vez, en el plano social, a causa de las condiciones de vida impuestas por la sociedad industrial.
- La última gran reaparición de la noción de cura se encuentra en el último Foucault.
-Quiero precisar ante todo que se trata aquí, por supuesto, de la noción de inquietud de sí, que se inscribe dentro de su investigación relacionada con el modo mediante el cual puede constituirse un sujeto. A la luz de los temas antiguos que se refieren a la cura de sí, al trabajo de uno mismo sobre sí mismo, Foucault propone un arte de vivir, una estética de la existencia, un estilo de vida, que no reproducirían, claro está, los ejercicios espirituales de la antigüedad, sino que abrirían al sujeto la posibilidad de constituirse en libertad, en oposición a los poderes exteriores. Además, Foucault observa que ya en Kant “el sujeto no está simplemente dado, sino que se constituye en relación consigo mismo”. Lo que caracteriza de modo más específico la noción que Foucault tiene de la inquietud de sí quizá sea la introducción de la perspectiva estética, la de una existencia que es creada como un objeto de arte.
Esa nueva orientación del pensamiento de Foucault sorprendió a todos sus discípulos y lectores. Creo no haber sido ajeno a ella. Sé que Foucault leyó mi artículo “Exercices spirituels” poco después de su publicación en el “Annuaire de la Section des Sciences Religieuses” de la Escuela Práctica de Estudios Superiores (1977). Su prematura muerte me impidió dialogar fructíferamente con él sobre estos temas. Un día me anunció que tenía intención de consagrar a la Filosofía antigua toda su docencia futura, lo que demuestra hasta qué punto estaba entusiasmado por su redescubrimiento de esta filosofía. En cualquier caso, resulta evidente que si Foucault eligió esa nueva orientación es porque había algo en él, no sólo intelectualmente, sino también espiritualmente, que lo incitaba a dirigirse en esa dirección. Como he dicho, esta noción de in-quietud de sí pudo parecerle una solución válida al problema de la constitución del sujeto. Quizá también le pareció que podía abrirle al hombre contemporáneo, y a él mismo, un acceso al sentido de la vida.
-¿Qué puede representar hoy la noción de cura?
- Quiero decir ante todo que me seduce mucho una tesis que sé que usted comparte: la perspectiva de la cura, de la inquietud, puede sustituir ventajosamente la de la responsabilidad, tan desvalorizada hoy en día. Es cierto que es posible sustituir una palabra por otra: inquiétese, siéntase responsable de sí mismo, por ejemplo. Esta idea enlaza con lo que decían los estoicos: de las cosas que no dependen de mí no debo inquietarme, porque no soy responsable de ellas; pero de las cosas que dependen de mí, debo inquietarme, deben constituir objeto de cura, porque de ellas sí que soy responsable.
Por lo demás, le diré que personalmente no estoy demasiado convencido de que la existencia pueda otorgar verdaderamente un sentido a la vida: me temo que corre el riesgo de no ir más allá de las morales de la “autorrealización” desarrolladas en el ámbito anglosajón a principio del siglo XX. Lo cierto es que, quizá un tanto ingenuamente, tengo demasiado apego al esfuerzo antiguo (y kantiano, como hemos visto) de intentar abrir el yo a una universalidad “ética”, puesto que cura de sí y cura de los otros están indisolublemente ligadas en la voluntad de la razón de alcanzar la universalidad en la comunión y el diálogo.
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Traducción: Juan Gabriel López Guix
La Vanguardia 10/08/1996, pp. 41-43


Conferencia: "El cuidado de sí en la poética del Grial"
con Victoria Cirlot. Museo de artes visuales, Santiago de Chile, 2014